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NOTA INTRODUCTORIA: La carta que aparece a continuación es parte de un debate sobre la homosexualidad que tuvo lugar en la lista de correo electrónico de la Sociedad Dominicana de Psicólogos (CODOPSI) a finales de 2007. El Sr. Tarquino Santana, entonces Presidente del CODOPSI, fungió como moderador del debate. Para proteger la privacidad de los participantes citados en la carta, sus nombres han sido cambiados. La autora de la carta es Denise Paiewonsky, socióloga y docente universitaria dominicana.
Santo Domingo, 19 de noviembre del 2007
Sr. Tarquino Santana

Presidente

Colegio Dominicano de Psicólogos (CODOPSI)
Estimado Tarquino:
A mi regreso a la ciudad luego de algunos días de ausencia, me he encontrado con varios aportes nuevos al debate sobre la homosexualidad sobre los cuales, si usted es tan amable, me gustaría hacer algunos comentarios. […] Dirigiré mis comentarios a los aportes del Dr. Alfredo Perales, de Rafael Tavarez Z. y de Lidia Morales Martínez. Dado que los dos últimos se centran en el mismo tema -las ideas del Dr. Joseph Nicolosi y su Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad (NARTH)- abordaré los dos últimos de manera conjunta.
Siempre que es relevante refiero a los lectores a citas breves tomadas de Wikipedia -que supongo puede ser considerada por todos como un recurso objetivo y neutral-, a textos científicos y a documentos de asociaciones profesionales.

Sobre las Consideraciones del Dr. Perales:
1) En torno a la exclusión de la homosexualidad del DSM, me parece importante destacar que esto no ocurrió en los años 90, sino en 1973 –es decir, hace ya más de tres décadas, en el transcurso de las cuales prácticamente todas las asociaciones científicas y profesionales reconocidas a nivel internacional han hecho lo mismo. Cabe mencionar de manera particular la decisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS), adoptada en 1990. En otras palabras, la despatologización de la homosexualidad no es una “moda estadounidense”, sino el estándar científico-profesional vigente internacionalmente desde hace ya varias décadas. En ese sentido remito a los/as lectores a la página relevante de Wikipedia1:
Las organizaciones médicas y la homosexualidad

El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud (OMS) excluyó la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. El Gobierno del Reino Unido hizo lo propio en 1994, seguido por el Ministerio de Salud de la Federación Rusa en 1999 y la Sociedad China de Psiquiatría en 2001. Los dirigentes de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) habían votado previamente de manera unánime retirar la homosexualidad como trastorno de la sección Desviaciones sexuales del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, el DSM-II en 1973…[

Actualmente, organizaciones estadounidenses e internacionales como la American Medical Association, la American Counseling Association, la National Association of Social Workers, la American Academy of Pediatrics, la National Association of School Psychologists, la American Academy of Physician Assistants, la Organización Mundial de la Salud, etc. también han dejado de considerar la homosexualidad como una enfermedad, siguiendo en parte la decisión de 1973 de la APA.

Hoy día, diversas organizaciones profesionales, entre ellas el Asociación Psicológica Americana, no consideran que los intentos de modificación de la orientación sexual homoerótica sean unos procedimientos profesionalmente éticos, en tanto que tales intentos no han producido resultados clínicos satisfactorios, y en tanto que el concepto de funcionalidad conductual se ha desarrollado a favor de las personas frente al control social coercitivo.

Por supuesto, como señala el Dr. Perales, en la República Dominicana no es obligatorio adoptar los criterios de estas organizaciones, pero sí habría que hacer una breve reflexión sobre el uso selectivo de los estándares y criterios internacionales, que en la mayoría de los casos se consideran un recurso (científico) valioso y hasta indispensable en la práctica profesional, pero que en lo referido a la homosexualidad pueden súbitamente concitar reacciones (ideológicas) de rechazo y denuncia.
2) Durante muchos siglos, la condena de la homosexualidad en Occidente se basó en preceptos fundamentalmente religiosos (v.g., innúmeros “sodomitas” fueron juzgados y ejecutados por la Inquisición y otras instancias eclesiásticas, incluso algunos en la plazoleta de nuestra Catedral Primada, aquí en Santo Domingo2). A partir del s. XVI, con la consolidación de los Estados nacionales modernos en Europa, la persecución y condena de la homosexualidad –de origen estrictamente religioso3- pasó a ser también un asunto de Estado, como muestran los códigos penales de algunos países todavía hoy. Pero desde las primeras décadas del siglo XX, el rechazo de la homosexualidad se ha basado fundamentalmente en criterios científicos –es decir, en la patologización de la condición que hicieran la mayoría de los sexólogos y siquiatras que empiezan a aparecer a finales del s.XIX, quienes, de manera totalmente acrítica, incorporaron a sus teorías científicas las normativas de sus respectivas sociedades y épocas. Todas las corrientes actuales de rechazo/condena de la homosexualidad responden, en última instancia, a una o ambas de estas herencias ideológico-culturales: la condena religiosa (pecado) y la condena científica (patología). Por eso no sorprende que, aunque en su párrafo segundo el Dr. Perales rechace la patologización, en el siguiente describa la homosexualidad (junto a la psicosis y la neurosis) como “términos técnicos que describen tipos teóricos de personalidad patológica”.
Con esto quiero llegar a lo siguiente: La despatologización de la homosexualidad llevada a cabo por la comunidad científica internacional a partir de 1973 no fue producto de nuevos estudios o descubrimientos científicos que de repente demostraran su “normalidad”, sino que fue resultado de la lenta acumulación de una masa crítica de estudios y análisis que pusieron en evidencia las bases ideológico-religiosas, pero no científicas, que en primer lugar llevaron a la comunidad científica a patologizarla. Lo que hizo necesaria la despatologización fue la constatación de que nunca hubo evidencia científica válida que justificara la patologización.
3) De la mayor importancia me parecen los argumentos del Dr. Perales en cuanto a los efectos negativos de la homosexualidad, tanto para el individuo como para la sociedad. En relación a lo primero el Doctor señala que su experiencia clínica de 25 años le indica que la homosexualidad “en la inmensa mayoría de los casos es más nociva que productiva”, bloqueándole al individuo “el camino de la maduración y la productividad personales”. Argumentos similares aparecen en los otros dos textos, que destacan la mayor incidencia de depresión, adicciones y suicidio entre personas homosexuales.
Creo que a los profesionales del comportamiento les queda muy claro que cualquier colectivo social expuesto de manera sistemática y desde muy temprana edad al desprecio social, al prejuicio y a la discriminación; cuyos miembros son estigmatizados por las iglesias, rechazados por padres y amigos, expulsados de escuelas y lugares de trabajo, ridiculizados por la cultura popular, etc.; los miembros de esta colectividad tienen por necesidad que presentar una mayor incidencia de trastornos emocionales y una menor “productividad personal”. La invisibilidad y el aislamiento social, los efectos corrosivos de un medio social cargado de referentes culturales negativos, el desprecio social permanente que suscita su orientación, etc., son devastadores para la autoestima y a veces para la salud mental de las personas homosexuales.
La literatura especializada está repleta de estudios que documentan los impactos de la discriminación y el prejuicio por cualquier razón (raza, etnia, orientación sexual, etc.) sobre la salud mental de las personas. Hasta la relación entre exposición a estereotipos y desempeño personal (y por ende, productividad) ha sido minuciosamente investigada por profesionales del comportamiento4. No es para nada extraño que las víctimas del estigma y el rechazo social presenten mayores índices de trastornos emocionales y comportamientos autolesivos. Lo que sí resulta extraño es que todavía se insista en ubicar el origen de estos problemas en el individuo en sí y en su condición (de raza, discapacidad u orientación sexual, por ejemplo) y no en la estigmatización que sufre en su medio social.
En relación a lo segundo -los efectos negativos de la homosexualidad para la sociedad- el Dr. Perales se refiere de manera particular al abuso sexual de menores, un estereotipo ampliamente extendido con el que se sigue legitimando la discriminación y el prejuicio anti-homosexual en nuestra sociedad. En este sentido yo les ruego al Dr. Perales y a los demás lectores que compartan conmigo algún estudio científico (avalado por una institución reconocida y preferiblemente peer-reviewed) que muestre un patrón sistemático de mayor incidencia de pedofilia entre homosexuales, tanto hombres como mujeres. A pesar de las evidentes dificultades para calcular la proporción real de personas homosexuales en la población (que probablemente resulte en un subregistro generalizado) y a pesar de que los abusos a menores cometidos por homosexuales tienden a ser más denunciados a las autoridades que los cometidos por heterosexuales; a pesar de todo esto los estudios muestran que la variable crítica para entender el abuso sexual de menores no es la orientación sexual sino el género: los varones, ya sean hetero u homosexuales, son responsables de entre el 95-99% de los casos, y la frecuencia según la orientación sexual del agresor refleja sus proporciones relativas dentro de la población general. Ahora bien, si los medios de comunicación informaran cotidianamente a sus lectores con titulares como “Heterosexual viola niña” u “Hombre heterosexual embaraza hija de 11 años”, etc. –como lo hacen habitualmente en el caso de los violadores homosexuales- quizás la opinión pública también empezaría a establecer un vínculo entre heterosexualidad y abuso sexual de menores, ¿no creen?
4) Por último, algunos comentarios breves en relación al penúltimo párrafo del Dr. Perales. Primero, en lugar de hablar de “esta moda de la homosexualidad, como una entidad a ser promocionada, alentada y defendida”, ¿no podríamos hablar de un movimiento social de minorías reclamando el reconocimiento de su existencia y de sus derechos básicos como seres humanos y como ciudadanos? Segundo, la afinidad entre los movimientos feministas y gay que tanto alarma al Dr. Perales tiene un origen preciso: se llama la Teoría de Género. A pesar de su desnaturalización política y su limitada difusión dentro de la comunidad científica dominicana, hay que recordar que a partir de los años 70 y 80 esta teoría revolucionó el campo de las ciencias sociales en todo el mundo, aportando elementos conceptuales, metodológicos y epistemológicos claves para analizar la desigualdad social en todas su formas, no sólo las de género y orientación sexual. Tercero, en lo que respecta a la adopción de niños, refiero a los lectores al documento de posición de la American Psychological Association de julio del 2004 titulado “APA Policy Statement. Sexual Orientation, Parents, & Children”, disponible en el internet en http://www.apa.org/pi/lgbc/policy/parents.html, que entre otras cosas señala lo siguiente5 :
“No hay fundamento científico para concluir que las madres lesbianas o los padres gays no pueden cumplir adecuadamente sus roles parentales debido a su orientación sexual (Armesto, 2002; Patterson, 2000; Tasker & Golombok, 1997). Al contrario, los hallazgos de investigación indican que los padres gay/madres lesbianas tienen la misma probabilidad que los padres heterosexuales de ofrecer a sus hijos un ambiente sano y el apoyo necesario”.
La abundante bibliografía citada en este documento constituye un recurso valioso que vale la pena consultar antes de fijar una posición frente al tema. Otros estudios relevantes son el de la Dra. Ellen C. Perrin, profesora de pediatría de Tufts University School of Medicine de Boston, que en el 2005 realizó un análisis exhaustivo de 15 estudios previos sobre el tema; así como el de J. Wainright sobre hijos adolescentes, aparecido en Child Development, vol. 75 (noviembre 2004) y basado en informaciones provenientes del Estudio Nacional Longitudinal de Salud Adolescente de los Estados Unidos (National Longitudinal Study of Adolescent Health).

Sobre las consideraciones de Rafael Tavarez Z. y de Lidia Morales Martínez
1) Como indiqué al comienzo, estos dos aportes giran en torno al Dr. Joseph Nicolosi, fundador y director de la Thomas Aquinas Psychological Clinic (California) y presidente de la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad (NARTH). Esto demuestra nueva vez el éxito que están teniendo los extremistas religiosos en la difusión de sus ideas, mediante el engañoso pero efectivo método de camuflarlas en formulaciones de apariencia rigurosamente científicas. Es la misma estrategia que están utilizando en EEUU (y cada vez más an América Latina) los detractores de la Teoría de la Evolución y defensores del Creacionismo bíblico, uno de cuyos vehículos más efectivos ha sido la teoría seudo-científica del Diseño Inteligente.
Quizás el Sr. Tavarez y la Sra. Morales se sorprendan de saber que la terapia reparativa o de conversión es considerada inefectiva y potencialmente dañina por la comunidad médica, y que esta forma de terapia es vista como marginal. En palabras de Wikipedia:

“La terapia de reorientación sexual (también conocida como terapia reparativa o terapia de conversión) se refiere a una serie de métodos enfocados al cambio de la orientación sexual de gays, lesbianas y bisexuales para convertirlos en personas heterosexuales o para eliminar o disminuir sus deseos y comportamientos homosexuales. Muchas técnicas han sido probadas, incluyendo la modificación del comportamiento, la terapia de aversión, el psicoanálisis, la oración y el consejo religioso. La terapia de reorientación sexual está estrechamente relacionada con el movimiento «ex-gay», que es más explícitamente religioso. Grupos de ex-gays tienden a enfocarse en evitar actividades homosexuales y secundariamente (o a veces, en absoluto) en cambiar la tendencia subyacente.

El consenso médico y de los trabajadores de la salud mental en los Estados Unidos es que no existe o existe muy poca evidencia científica de que la terapia de reorientación sexual sea efectiva para cambiar la orientación sexual y existe alguna evidencia de que puede ser dañina. Ninguna de las principales organizaciones médicas de los EEUU apoya la terapia de reorientación y algunas han expresado su preocupación sobre la ética y las hipótesis que rodean a esta práctica. La mayoría opina que la orientación sexual no puede ser cambiada con terapia, que los intentos de reorientación pueden ser dañinos para el bienestar personal y que las posiciones defendidas por [los partidarios de la terapia de reorientación] «NARTH [National Association for Research and Therapy of Homosexuality] y Focus on the Family crean un ambiente en el que pueden florecer el prejuicio y la discriminación»… Debido a la opinión médica, la terapia de reorientación sexual es una práctica marginal.6

En los EEUU, NARTH y Focus on the Family son reconocidas como organizaciones políticas, no científicas, ligadas a la derecha religiosa ultraconservadora que está inmersa en la llamada “Guerra Cultural” (Culture Wars) con los sectores liberales, y cuyas prioridades políticas giran todas en torno a la sexualidad (el aborto, la homosexualidad, la emancipación de las mujeres)7. Ante esta situación, no resulta sorprendente que la revista Estudi Cattolici, donde aparece la entrevista con el Dr. Nicolosi, no solamente sea católica (como indica su nombre), sino que sea una publicación del Opus Dei8. De todas las organizaciones católicas de extrema derecha, el Opus Dei es la que mejor ha asimilado la estrategia de marketing de ideas de los evangélicos estadounidenses, utilizando el lenguaje de la ciencia y las instituciones formales para legitimar discursos que, aunque procuran cuidadosamente guardar las apariencias, responden a una visión religiosa del mundo muy particular.
Por ejemplo, el Dr. Nicolosi evidencia la ortodoxia religiosa que subyace en sus teorías científicas cuando define la homosexualidad como “desorden intrínseco” (el mismo término utilizado en el Nuevo Catecismo de la Iglesia y en las declaraciones oficiales del Vaticano), o cuando propone la Ley Natural como fundamento de su teoría sobre la complementariedad funcional de los sexos (en la que basa su rechazo de la homosexualidad)9.
2) Entre los muchos aspectos de las terapias reparativas que merecen atención, llamo la atención de los lectores a dos en particular: su metodología terapéutica y sus tasas de éxito. Como se menciona en la cita anterior –y se describe ampliamente en la literatura relevante- esta terapia tiene un fuerte componente religioso (consejería espiritual, sesiones de oración, grupos de apoyo parroquiales, etc.). Observen cómo en la entrevista el Dr. Nicolosi minimiza este componente, obviando mencionar la palabra “oración” y ofreciendo poquísimos detalles sobre los procedimientos terapéuticos en sí, mientras centra su exposición en su versión pasada por agua de la teoría freudiana sobre la etiología de la homosexualidad. Observen también que el Doctor se cuida mucho de afirmar que la terapia puede cambiar la orientación o eliminar el deseo homosexual, limitándose a afirmar que este deseo puede disminuir.
Dado que NARTH y Focus on the Family y demás son organizaciones estadounidenses, han sido las sociedades científicas y profesionales de ese país las que han enfrentado en el terreno público los falsos reclamos y las pretensiones de autenticidad científica de las terapias reparativas. A continuación cito del documento de la Asociación Americana de Consejería (American Counseling Association, ACA), publicado en mayo del 2006 y titulado “Cuestiones Eticas relativas a la Terapia de Conversión o Reparativa”:
“Encontramos que la mayoría de estudios sobre este tema han sido de naturaleza expositiva. No encontramos ninguna evidencia científica publicada en revistas peer reviewed que dé cuenta de que la terapia de reparación tenga éxito en cambiar la orientación sexual de los individuos desde personas del mismo sexo hacia personas del sexo opuesto. Más aún, no encontramos ningún estudio longitudinal que diera seguimiento a los resultados obtenidos por participantes en este tipo de tratamiento. Hemos llegado a la conclusión de que los estudios publicados en revistas peer reviewed especializadas en consejería ponen de manifiesto que las terapias de conversión pueden causar daño a los clientes”10.
Anteriormente se habían pronunciado en términos similares la Academia Americana de Pediatría, la Asociación Americana de Consejería, la Asociación Americana de Psiquiatría, la Asociación Americana de Psicología, y la Asociación Nacional de Psicología Escolar, como se puede ver en el documento de la APA citado en las notas11.
3) Por último, quiero mencionar un par de características del discurso del Dr. Nicolosi que creo merecen la atención de los lectores. La primera es la utilización reiterativa de estereotipos homosexuales descartados hace ya mucho tiempo por su absoluta falta de fundamento empírico, como se observa en su argumentación sobre los jóvenes “constitucionalmente sensibles, introvertidos y refinados” (también habla de jóvenes “de constitución pasiva o delicada”). La segunda son sus nociones esencialistas y ahistóricas sobre el género, que postulan la masculinidad y la feminidad como rasgos biológicos inalterables, que en el imaginario del Doctor siguen correspondiendo a los estereotipos de género que predominaban en los años 50.
El cliché de que las lesbianas fueron todas niñas marimachas y los gays todos niños “delicados” quizás pudo tener alguna justificación décadas atrás, antes de la adopción de la Teoría de Género por el mainstream académico y antes del desarrollo y politización del movimiento gay. Es decir, en la época en que los roles de género tradicionales constituían el único referente y modelo a imitar por las personas gays y lesbianas y, sobre todo, cuando la mayoría de las personas homosexuales estaban en el closet y las únicas “reconocibles” como tales a simple vista eran aquellas que transgredían abiertamente los roles de género establecidos. Pero en las últimas décadas, la salida masiva del closet de gays y lesbianas en todo el mundo, con su enorme y sorprendente diversidad, hizo tambalear estos estereotipos simplistas –que cayeron estrepitosamente cuando en los años 80 en los países del Norte se pusieron de moda el modelo del gay atlético e hipermasculino y las chicas ultrafememinas del “Lesbian Chic”. Hace años que en las comunidades gay y lesbianas de todo el mundo tanto la identidad como los roles de género se consideran construcciones culturales arbitrarias y restrictivas, a ser subvertidas consciente y voluntariamente (o no), como demuestra la popularidad del “gender-bending” y otras manifestaciones similares de transgresión política de las rigideces de género. En todo caso, cualquiera que tenga una mínima experiencia con comunidades gay y lesbianas sabe que los estereotipos del homosexual afeminado y la lesbiana viril no guardan correspondencia con la realidad.
Con esto concluyo mis comentarios sobre el Dr. Nicolosi y su NARTH, pero no quiero terminar la carta sin referirme brevemente al último párrafo del artículo enviado por Rafael Tavarez, que a mi juicio resulta lo más perturbador y hasta ofensivo de lo que ha circulado en este debate. Me permito citarlo:
“La lucha contra la negación del carácter patológico de la homosexualidad en todos sus aspectos (individuales y sociales) no debe ser por tanto sólo y exclusivamente un acto de legítima defensa de la sociedad frente a amenazas que minan sus más íntimos y básicos fundamentos, sino ante todo un acto de caridad hacia hermanos enfermos que necesitan de la verdad sobre su condición para dejarse curar”.12
Quizás el Sr. Tavarez desconozca la aberrante historia de los “tratamientos” utilizados por los profesionales médicos y del comportamiento a lo largo del siglo XX para caritativamente “curar” a sus hermanos homosexuales de su “enfermedad”. La lista parece sacada de los archivos de tortura de la Inquisición y alcanzó tales extremos de crueldad que en la actualidad constituye un estudio de caso imprescindible en los textos universitarios sobre objetividad científica. La lista parcial de “tratamientos” incluye, entre otros, la castración quirúrgica de hombres y mujeres, la clitoridectomía (practicada a miles de adolescentes y mujeres adultas hasta la década de los años 30), la inmersión prolongada en tinas de agua helada, la terapia de shock, la lobotomía, las terapias de aversión con eméticos, la castración química, etc., etc. La vergüenza que suscita esta herencia barbárica entre los profesionales del comportamiento fue parte importante de su decisión de despatologizar la homosexualidad a partir de los años 70. Pero la herencia sigue jugando un papel importante en el imaginario político de las comunidades gays y lesbianas (junto con los cientos de miles de homosexuales muertos en los campos de concentración nazi), manifestándose en una resuelta oposición a todas las formas de terapia y “curación”.
La idea de que la homosexualidad es una enfermedad necesitada de tratamiento o prevención constituye un anacronismo tanto en términos médicos como sociales y políticos, un anacronismo sustentado en errores científicos, estereotipos prejuiciados y actitudes culturales autoritarias y excluyentes frente a la diversidad humana. Hablar de la “legítima defensa de la sociedad” ante la homosexualidad supone que el hecho de compartir la cama y los afectos con una persona del mismo sexo representa una amenaza para la sociedad toda. ¿Qué tipo de amenaza y contra qué exactamente? Por ejemplo, la demanda de derechos civiles para parejas del mismo sexo ha generado una fuerte reacción conservadora de sectores que se dicen defensores de la institución matrimonial. Esto resulta un poco ridículo dado el estado en que se encontraba dicha institución mucho antes de que gays y lesbianas empezaran a hablar de matrimonio. Consideremos por ejemplo que en nuestro país el matrimonio (civil y/o religioso) nunca ha predominado sobre las uniones consensuales, que siguen siendo la mayoría; que la tasa de divorcio ronda el 50%; que el incesto alcanza proporciones epidémicas; que la violencia intrafamiliar, a pesar del enorme subregistro, constituye la principal causa de denuncias presentadas ante las autoridades13; que el feminicidio figura entre las principales causas de muerte de mujeres en edad reproductiva; y que la exigencia del “débito conyugal” sigue estando extendida entre amplias capas de la sociedad dominicana. Resulta pues bastante obvio que lo que define el carácter ético de una relación sexual no es su clasificación de acuerdo al sexo biológico de los participantes, sino la naturaleza del intercambio entre ambos. Como señala M. Lamas14,
“Lo definitorio en relación a si el acto sexual es o no ético radica no en un determinado uso de los orificios y los órganos corporales sino en la relación de mutuo acuerdo y mutua responsabilidad de las personas involucradas… Con estos valores se fomenta, además, la reciprocidad del placer”.
En el discurso anti-homosexual se pueden discernir dos argumentos básicos, que por lo general subyacen a todos los demás: el de la normalidad estadística (¿cómo puede ser normal algo que caracteriza a un porcentaje tan minoritario de la población?), y el de la complementariedad natural de los sexos (que en su formulación católica se apoya en la noción medieval de “Ley Natural” y en su formulación seudo-científica en la biología reproductiva). Ambos argumentos son fácilmente refutables. El primero por la historia y la antropología –o sea, aplicando la lógica de la “normalidad estadística” al hecho de que todas las sociedades humanas conocidas, antiguas y actuales, han tenido prácticas homosexuales. Al segundo lo refuta la misma biología, vía la fácil constatación de que todas las especies animales con cierta capacidad de aprendizaje presentan comportamientos sexuales no reproductivos, incluyendo la homosexualidad, lo cual es observable en casi todas las especies mamíferas y, de manera particular, entre nuestros parientes más cercanos, los primates.
Nunca ha habido, ni hay en la actualidad, una teoría científica que explique adecuadamente la naturaleza y las causas de la homosexualidad, como tampoco hay ninguna que pueda explicar la naturaleza y causas de la heterosexualidad –si bien las de ésta última no han sido buscadas obsesivamente por la comunidad científica durante más de un siglo, como en el caso de la primera. Cada generación de científicos se ha encargado de desvirtuar las teorías de sus predecesores al respecto, desde las nociones de perversidad innata de Krafft-Ebing hasta las teorías freudianas, las hormonales, las conductistas, las genéticas, etc., etc. Aunque el mainstream de las ciencias del comportamiento abandonó hace tiempo la búsqueda de explicaciones etiológicas y de nuevos tratamientos, dentro de la investigación médica algunos sectores continúan esta búsqueda hoy, con estudios que dicen mostrar niveles más bajos de andrógenos en hombres homosexuales, o incrementos de hormona luteinizante tras la inyección de estrógenos, o mayor concordancia en gemelos monozigóticos, o un marcador genético en la mitad inferior del cromosoma X., etc.15 El problema está en que, como señala un siquiatra español, “ninguno de estos hallazgos está contrastado y replicado en estudios distintos de los que desarrollaron sus autores”16.
Pero no se trata sólo de la ausencia de consensos mínimos dentro de la comunidad científica en torno a cualquiera de estas teorías, sino todo lo contrario: se trata del desarrollo de un consenso cada vez más amplio en torno a la idea de que, en tanto la homosexualidad no es una patología, no hay necesidad alguna de buscar sus causas –y, por ende, de pretender su cura. Las personas homosexuales que el Sr. Tavarez y el Dr. Nicolosi pretenden “ayudar” se beneficiarían mucho más si sus esfuerzos se dirigieran a combatir la intolerancia y la discriminación que siguen empobreciendo y hasta destrozando tantas vidas, tan sólo en función del sexo de la persona amada (esto no hay que olvidarlo nunca: la homosexualidad es, antes que todo, una forma de amar).

La lucha contra la homofobia social no sólo beneficiaría a las personas gay y lesbianas sino también al conjunto de la sociedad, en tanto se vayan abandonando los hábitos de exclusión, discriminación e intolerancia que lesionan a tantas personas no sólo en función de su orientación sexual, sino también de su raza, nacionalidad, discapacidad física o mental, condición VIH, u otras. Cuando aprendamos que todas las personas tienen la misma dignidad y deben gozar de los mismos derechos ciudadanos, seremos una sociedad más democrática. Cuando aprendamos que la diversidad no es un peligro que nos amenaza sino un don que nos enriquece, seremos una sociedad más justa y más feliz.
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