1. jesucristo, principio y culmen del matrimonio y la familia






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IDENTIDAD Y MISION DE LOS COF

El término nuclear en esta denominación es «orientación», palabra que pone a los COF en relación con la dirección de un camino. Orientar implica tener clara la verdad del camino para no desorientarse y para que, mediante la virtud de la prudencia, la persona pueda elegir los medios adecuados para llegar al fin.

El matrimonio y la familia son un camino excelente para construir la propia vida y, sin embargo, muchos lo recorren a oscuras porque no poseen la luz del corazón que ilumine la verdad de su amor y de su vocación. Esta oscuridad impide que tengan esperanza cuando los problemas ponen en peligro la comunión conyugal. Por eso, es esencial que el orientador tenga la luz del camino ya que “si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo” (Mt 15,14). El orientador es el buen pastor capaz de guiar por “el sendero justo (…) aunque camine por cañadas oscuras” (Sal 23, 3-4).

Las siguientes reflexiones pretender sintetizar las principales referencias del Magisterio[2] acerca de los COF y las distintas aportaciones que ha recibido la Subcomisión de Familia y Vida tras la consulta realizada a delegaciones y COF diocesanos.

1.- JESUCRISTO, PRINCIPIO Y CULMEN DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

1.1. Llamados a reproducir el amor del Esposo.

La respuesta del Señor a la pregunta del apóstol Tomás con la que hemos abierto esta exposición, nos presenta el fundamento sobre el que se debe realizar el trabajo de los COF. ¿Cómo podemos saber el camino que han de recorrer las familias cristianas, y de modo particular las que experimentan diversos problemas? La respuesta es una persona: Cristo es el camino que ilumina la auténtica dirección de la vida familiar[3]. Él es “el sol que nace de lo alto” (Lc 1,78), el «Oriente»[4] al que debe referirse todo Orientador familiar cristiano.

Para descubrir la verdad plena sobre el matrimonio y la familia tenemos que seguir la misma metodología utilizada por Jesucristo en la discusión con los fariseos (cf. Mt 19,1-9) cuando remite al principio el matrimonio para descubrir su verdad según el plan salvífico de Dios. Y en ese Misterio originario descubrimos la fuente de toda comunión: el amor primero de Dios que nos ha elegido eternamente para ser «hijos en el Hijo» (cf. Ef 1,5)[5], elección que se hace posible únicamente cuando somos constituidos en la «esposa» que recibe la vida nueva del Espíritu. En la verdad del «principio» está incluido, por lo tanto, el culmen del amor esponsal de Dios en la entrega del Hijo en la cruz[6].

La elección eterna para ser hijos de Dios siendo «esposa» de Cristo constituye el camino que debe recorrer todo matrimonio para alcanzar la plenitud de la vocación a la que ha sido llamado. Por lo tanto, la perspectiva desde la que debe partir y ejercer su trabajo el COF “es una antropología coherente con la visión cristiana de la persona, de la pareja y de la sexualidad”[7] que sirve a las familiasen dos cuestiones fundamentales:

-Ayudar para que las personas que acuden al COF recuperen la memoria del origen volviendo su mirada al amor del Padre restaurando su dignidad de hijos[8].

-Mirar el fin al que apunta su vocación: manifestar en la comunión familiar la alianza esponsal de Cristo porque su misterio de amor ha sido modelado a imagen del gran misterio que es Cristo y la Iglesia[9].

Los COF, por lo tanto, no se ponen al servicio de un “ideal reducido” dentro de una “perspectiva angosta”[10] del matrimonio y la familia. Por supuesto que deben ayudar a construir la familia como lugar originario en el que se vive la vocación innata a todo ser humano, la vocación al amor[11], estableciendo una comunión de personas abierta a la vida[12]. Sin embargo, el COF no puede omitir la segunda parte del camino que deben recorrer los cónyuges cristianos: “el matrimonio corresponde a la vocación de los cristianos sólo cuando refleja el amor que Cristo-Esposo dona a la Iglesia, y que la Iglesia (…) intenta devolver a Cristo”[13].

Esta plenitud supera cualquier energía humana y únicamente se pude alcanzar recibiendo el don del Espíritu Santo que, mediante la caridad esponsal, introduce un nuevo dinamismo interior que hace posible alcanzar el fin al que está orientado cualquier amor esponsal humano: el amor a imagen de Cristo Esposo[14].
1.2.- La gracia que sana el corazón

“Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres” (Mt 19,8). El trabajo que realizan los COF no se puede realizar sin tener en cuenta el estado histórico actual en el que se encuentra la persona humana. Tras el pecado original, el hombre entra en la lógica del dominio y pierde la lógica del don propia del amor verdadero[15]. El corazón pierde parte de la luz y la persona experimenta la dificultad para comprender, no solo el lenguaje esponsal del cuerpo, sino la indisolubilidad de su amor conyugal y la plenitud a la que está llamado[16].

La Constitución pastoral Gaudium et spes nos recuerda que entre los efectos propiosde la gracia sacramental del matrimonio no sólo está, como ya hemos apuntado, la virtud de perfeccionar el amor esponsal mediante el don de la caridad conyugal, sino también la capacidad de sanarlo de la herida del pecado[17]. De esta manera, es Jesucristo quién nal del cuerpo y la irrevocabilinsformado en un corazdificultad para comprender el lenguaja esponal del cuerpo y la irrevocabili”revela la verdad original del matrimonio, la verdad del «principio» y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente”[18]. Y lo hace mediante el don de “un espíritu nuevo” para tener un “corazón nuevo” (cf. Ez 36, 24-28).

Olvidar que “la Redención de Cristo devuelve al corazón del hombre la verdad original del plan de Dios y lo hace capaz de realizarla en medio de las oscuridades y obstáculos de la vida”[19] supondría, en el trabajo realizado en los COF, una grave separación entre la fe y la vida. Estaríamos ante una forma de trabajar que margina lo propio y específico de la fe en materia de matrimonio, familia y vida considerando que no añade nada fundamental a la dimensión humana del amor conyugal. Desde este planteamiento, las soluciones a los problemas familiares serían fundamentalmente técnicos y el principal objetivo sería contar con profesionales competentes en las diversas ciencias humanas que afectan a la vida matrimonial y familiar. Asistimos de esta manera a un claro reduccionismo antropológico que busca soluciones técnicas desde el punto de vista psicológico a los problemas que afectan a la vida interior del hombre olvidando que el auténtico desarrollo del hombre exige un verdadero progreso espiritual[20].

Sin embargo, existe un propium en el matrimonio cristiano que no está al margen del amor humano conyugal. Al contrario, la elección en Cristo de la familia cristiana constituye el principio y el culmen, el fin al que tiende el verdadero amor conyugar, filial o fraterno.

Desde la unidad entre el matrimonio y el don esponsal de Cristo a la Iglesia, entre amor conyugal y caridad esponsal, podemos comprender como la fe incide directamente en la vida matrimonial y familiar hasta el punto que la solución plena a los problemas familiares no se puede dar al margen de esta verdad que tiene un fundamento teológico y espiritual. Es el amor redimido de Cristo la fuente de las respuestas a los problemas y esperanzas de las familias[21].

A partir de las premisas anteriores podemos comprender el criterio más nuclear que ha de presidir el trabajo de cualquier COF católico según viene expuesto en la Carta a las Familias de Juan Pablo II. Al plantear los momentos de crisis profunda por los que puede atravesar el amor humano, el Papa aconseja acudir a los consultorios matrimoniales y familiares para recibir la ayuda de profesionales especializados pero teniendo en cuenta la clave fundamental:

“El matrimonio sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y custodiado solamente por el amor, aquel amor que es «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5) (…). Esta «fuerza del hombre interior» es necesaria en la vida familiar, especialmente en sus momentos críticos, es decir, cuando el amor (…) está llamado a superar una difícil prueba”[22].
1.3. Los COF testigos de esperanza

“Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn, 4,16). Este testimonio cargado de esperanza del apóstol Juan contrasta con la experiencia de muchas personas que acuden a los COF y que han dejado de creer en el amor o han perdido la esperanza en poder continuarlo en el tiempo. El amor deja de ser la verdad que construye sus vidas.

Por esta razón, los COF deben ser el hogar de la esperanza para las personas que experimentan problemas familiares. Con palabras de Juan Pablo II, deben partir siempre del “anuncio gozoso del amor humano redimido. Cristo ha «liberado» al hombre y a la mujer para que puedan amarse en verdad y plenitud”[23].

“La acción pastoral de un Centro Diocesano de Orientación Familiar debe fundamentarse en la teología de la redención del hombre alcanzada a través de la misericordia y de las gracias que se derraman del Corazón de Jesús, muerto y resucitado”[24].

Ese anuncio de esperanza debe presidir el trabajo de todo orientador familiar cristiano que se sitúa no ante el hombre dominado por la debilidad del pecado, sino ante el hombre redimido por Cristo que nos da “la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser”[25]. Se trata del hombre fortalecido en su interior por el Espíritu que le sana, le abre la capacidad de la donación verdadera y le concede la esperanza que le salva[26].

La presencia del Esposo en el hogar que les concede participar de su amor esponsal abriendo el manantial de vida eterna que procede del don del Espíritu, “es la raíz de la esperanza que brilla en la familia cristiana. Es la fuente que permite responder con entrega siempre nueva a las dificultades y pruebas propias de la vida familiar y conyugal”[27].

1.4. El COF, hogar del buen samaritano
“(Jesucristo) nos invita a hacer nuestro el estilo del buen samaritano (…) ¿Y cuál es ese estilo? «Es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”, (Enc. Deus caritas est, 31). Así hizo el buen samaritano. Jesús, no se limita a exhortar; como enseñan los Santos Padres, Él mismo es el buen samaritano, que se acerca a todo hombre y «cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza» (Prefacio común, VIII), y lo lleva a la posada, que es la Iglesia, dónde hace que lo cuiden. «Anda, haz tú lo mismo». El amor incondicional de Jesús que nos ha curado, deberá ahora, si queremos vivir con un corazón de buen samaritano, transformarse en un amor ofrecido gratuita y generosamente, mediante la justicia y la caridad”[28].

El estilo del buen samaritano que proponía Benedicto XVI en Fátima a todas las personas que en la Iglesia sirven a los más pobres y sufrientes ha de ser, sin duda, el estilo de los COF que se enfrentan a las nuevas pobrezas derivadas de los problemas familiares y que son más radicales que las pobrezas materiales ya que inciden en lo más profundo del ser humano: su propia vocación al amor.

Por eso, en los COF, muchas personas han de ser restauradas en su propia dignidad, perdida por la experiencia del desamor, la soledad, la violencia doméstica, el trauma del aborto, el duelo, etc. Para ello se requiere considerar, como proponía el Santo Padre, dos cuestiones fundamentales:

En primer lugar, acercar a cada persona a Cristo buen samaritano que cura las heridas[29]. Se trata de abrir la posibilidad de la sanación interior por medio de la gracia del Espíritu tal y como hemos señalado anteriormente.

En segundo lugar, cada persona que trabaja en el COF debe adoptar el estilo del buen samaritano mostrando el segundo nombre del amor que es la misericordia[30]. Se requiere para ello tener «entrañas de madre»[31], es decir, un corazón que ve y que sabe mostrar el amor de Dios. Se trata, en definitiva, de que en los COF se viva la acogida propia de un hogar mostrando el rostro materno de la Iglesia[32].
1.5. Identidad católica y misión evangelizador del COF

“El vuestro es un compromiso que bien merece la calificación de misión”[33]. Con esta palabras dirigidas a la Confederación de Consultorios familiares de inspiración cristiana definía Juan Pablo II el trabajo de los COF: se trata de una específica y verdadera misión evangelizadora.

En los apartados anteriores hemos planteado de qué manera el COF ayuda a los matrimonios y a las familias a recorrer un camino cuyo fin es manifestar en la Iglesia y en el mundo el «gran misterio» de la donación esponsal de Cristo a la Iglesia. En el recorrido histórico hacia esa plenitud, la familia experimenta diversos problemas que en ciertos momentos pueden configurar auténticas crisis. También hemos expuesto la necesidad de fortalecer «el hombre interior» para recuperar la vocación. Y este perfeccionamiento y sanación requieren de la presencia de Cristo en la familia y el don del Espíritu Santo que cura y transfigura el amor en el hogar y cura las heridas que dañan la comunión.

Desde estas premisas se comprende como el trabajo que realizan los COF va más allá de un servicio especializado de ayuda a la familia. La perspectiva adecuada desde la que se puede considerar su identidad y trabajo es la de la misión propia de la Iglesia en cuanto mediación sacramental de Cristo Buen Pastor que ha venido “para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10). El fin que constituye la identidad del COF se sitúa en el “primer y fundamental” servicio que la Iglesia presta a los esposos cristianos: ayudarles a redescubrir el carácter sacramental de su unión conyugal, el don del Espíritu que han recibido[34] para poder vivir, de esta manera, una auténtica «espiritualidad» matrimonial y familiar que se alimenta constantemente del manantial de vida que es el don del Espíritu que han recibido[35]. Es por ello por lo que el trabajo de los COF va más allá de una acción preventiva y terapéutica que busca consolidar una familia estructurada y sana para servir al objetivo de una familia santa[36].

Esta es la razón por la que, de modo simultáneo o al finalizar el trabajo específico de los COF, el Directorio plantea la necesidad de ayudar a los miembros de la familia a renovar su vida cristiana con un adecuado catecumenado que cultive todas las dimensiones de la fe[37]. Y en esta renovación catecumenal hay que subrayar la necesidad de que los COF orienten a las familias hacia la fuente que alimenta al «hombre interior»:

En primer lugar, la Eucaristía donde los esposos participan del amor esponsal de Cristo y se refuerza la comunión familiar y la misma indisolubilidad del matrimonio ya que “el vínculo conyugal se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo y la Iglesia esposa”[38].

 En segundo lugar, el sacramento de la reconciliación donde la familia participa del Amor misericordioso de Dios capacitándose para perdonar las ofensas que dañan la comunión[39].

En tercer lugar, en necesario invitar a los esposos heridos a descubrir la comunidad eclesial como «hábitat» donde se puede vivir la vocación a la que han sido llamados. Ante la dificultad de emprender el camino en solitario, la Iglesia se manifiesta como una  comunión de vida entre hermanos donde los esposos pueden crecer en la fe y recibir el testimonio del amor fiel de Dios capaz de superar todas las dificultades[40].

En esta misma línea evangelizadora, el Directorio prevé especialistas, no sólo para las áreas más científicas, sino también para la espiritualidad propia del matrimonio y la familia. También, se pide a los profesionales y colaboradores de los COF, además de la correspondiente competencia profesional, una adecuada formación espiritual y moral[41].

A la luz de las indicaciones precedentes, se hace evidente la conveniencia de la presencia de presbíteros designados por el Obispo que puedan prestar el servicio espiritual y sacramental necesario para que los COF realicen ese fin fundamental al que nos hemos referido.

Para terminar este apartado conviene apuntar la necesidad de una estrecha comunión con el Obispo y el Magisterio de la Iglesia para poder llevar a cabo la misión evangelizadora a la que nos hemos referido y que constituye un claro requisito de su identidad católica:

“Para poder denominarse católico debe inspirarse y ejercer su actividad desde la antropología cristiana y la fidelidad al Magisterio y ser reconocido así por el Obispo de la diócesis”[42].

El servicio que realizan es profundamente eclesial y se inserta en la misión propia de la Iglesia. Por ello no sólo se requiere el reconocimiento del Pastor, sino un claro respeto a la verdad moral:“el llamamiento a la norma ética (…) es conditio sine qua non del servicio eclesial al que están llamados los consultorios”[43].

Para ello es fundamental que las normas morales se enseñen y ayuden a vivir en conformidad con la enseñanza del Magisterio[44], acompañando a la persona en su camino histórico de crecimiento moral[45].
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