Discurso completo pronunciado por el General en Jefe Vladimir Padrino López, Comandante Estratégico Operacional de la fanb






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Discurso completo pronunciado por el General en Jefe Vladimir Padrino López, Comandante Estratégico Operacional de la FANB

Muy buenos días para todos y todas: Primeramente damos gracias a Dios, artífice de todas las creaciones del mundo, por encontrarnos en estos espacios de proyección de aquel lugar histórico ubicado hoy en la esquina El Conde, donde se decidió nuestro carácter soberano e independiente, un día como hoy hace 203 años.

Agradezco profundamente a la Asamblea Nacional, a su Presidente, su Junta Directiva, Diputados y Diputadas por la oportunidad que le dan, no a este soldado, sino a nuestra gloriosa Fuerza Armada Nacional Bolivariana de expresarse en el Día de la Patria y también en el Día de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, lo cual constituye un sublime acto de unidad cívico-militar, consigna profundamente bolivariana.

Me viene a la memoria el célebre discurso del Libertador Simón Bolívar, febrero de 1819 en Angostura; al comienzo de su discurso, parafraseándolo, puedo decir con humildad: Dichoso el ciudadano que tiene el honor de encontrarse reunido con los representantes del pueblo de la Venezuela Bolivariana en esta augusta Asamblea Nacional, fuente de autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la Nación.

Señor Presidente de la República, Nicolás Maduro Moros, Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana; ciudadano diputado Diosdado Cabello Rondón, camarada compañero de armas, Presidente de la Asamblea Nacional; ciudadana Gladys María Gutiérrez, Presidenta del Tribunal Supremo de Justicia; ciudadana Luisa Ortega Díaz, Fiscal General de la República; ciudadana Gabriela del Mar Ramírez, Defensora del Pueblo; ciudadana Adelina González, Contralora General de la República; ciudadano Ciro Araujo, Defensor Público General, ciudadano Darío Vivas, Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional; amiga Blanca Eekhout, Segunda Vicepresidenta de la Asamblea Nacional; Ciudadano Fidel Ernesto Vásquez, Secretario General de la Asamblea Nacional, ciudadano Jorge Arreaza, Vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela; ciudadanos Ministros del Gabinete Ejecutivo; ciudadanos Diputados y diputadas de la Asamblea Nacional; ciudadanos Diputados y Diputadas del Parlamento Latinoamericano; Ministra del Poder Popular para la Defensa, Almiranta en Jefa Carmen Meléndez Rivas; demás mayores generales y almirantes integrantes del Alto Mando Militar; señores representantes de los países del mundo que hacen vida en Venezuela; señor Nuncio Apostólico; amigos de los medios de comunicación y, por supuesto, compañeros, compatriotas de nuestro pueblo venezolano y soberano que hoy está de fiesta. (Aplausos).

Realmente no es muy común ver a un soldado en estos espacios donde se debate la política del Estado, pero las relaciones y los procesos humanos van transformando los resultados y las realidades a través de los tiempos. Esto sólo es atribuible a la política, lo que va colocando en el tablero del ajedrez estatal y no estatal los elementos que la definen, la política.

Desde hace siglos se intenta explicar el concepto de política y las formas en las que debe llevarse y cómo deben de llevarse a cabo. Entre los documentos más clásicos se encuentran los de Platón y Aristóteles, ambos en sus obras tituladas “La República” tenían visiones distintas, dándole Aristóteles un enfoque más científico que incorporaba un análisis social que tomara en cuenta elementos psicológicos, culturales, sociales; así como, estableciendo también relaciones causas y efectos. Decía Aristóteles: “El hombre es un animal político por excelencia, por naturaleza, el hombre, si no vive en la polis, está incompleto y tiende a formar una sociedad políticamente organizada”. También Gramsci intentó dar una respuesta a la verdadera razón de ser de la política; y como él, tantos otros.

La política también está relacionada con la ética, el mismo Aristóteles en el siglo V a.c., específicamente en su obra “Ética a Nicómaco”, señala que somos la suma de nuestros actos y por eso dependemos de ello para enfrentar como seres morales. La virtud moral se adquiere por la práctica, al igual que el dominio de cualquier arte o habilidad, decía Aristóteles.

Me permito hacer un introito de esta naturaleza recordando a nuestro Comandante Supremo Hugo Chávez, quien desde este mismo escenario, desde esta misma Tribuna hizo llamados constantes a entender y practicar la política como ciencia, a asumirla, a entenderla como tal. Decía mi Comandante Hugo Chávez, que en el mundo de hoy unas de las cosas más grandes que ha venido ocurriendo es el retorno de la política.

En este caso me refiero –como él mismo lo mencionaba– a la gran política donde nosotros, los hombres y mujeres del pueblo uniformado, estamos sumidos. Bajo esta premisa nuestro Comandante Supremo decía, en muchas ocasiones, y exigía también que un general, un almirante, una generala, una almiranta, debía ser un hombre o una mujer de Estado.

Nosotros interpretamos a un hombre o una mujer de Estado como aquel ciudadano o ciudadana que se sabe y se siente heredero de la cultura, de las tradiciones, de los valores, de los aciertos y desaciertos, de las victorias y derrotas de su nación, heredero del pasado y del presente, responsable del futuro de una historia hecha y escrita al calor del pueblo al cual nos pertenecemos.

Un hombre o una mujer de Estado es aquel que forma parte de la polis, que entiende y visualiza el estado final deseado de una nación; en definitiva, somos nosotros, generales y generalas, almirantes y almirantas, hombres y mujeres de Estado que se sienten miembros de una nación con su misión de destino. Quizás aquí está la respuesta de ver a este humilde soldado, representante de nuestra Fuerza Armada Nacional Bolivariana, aquí entre ustedes, producto del retorno de la verdadera política que el Estado revolucionario le ha impreso a la dinámica nacional. (Aplausos).

Estoy aquí como venezolano, como compatriota, como compañero, como heredero de las glorias de Bolívar, como amante de la paz, con los deseos firmes y fuertes de llevar a Venezuela, junto a ustedes, a la suprema felicidad social: consigna profundamente bolivariana. (Aplausos).

Nuestra Fuerza Armada tuvo su génesis republicana al calor de una política de paz –quiero que esto se escuche muy bien–. Nosotros nacimos al calor de una política de paz, pero para preservarla y mantenerla indefectiblemente debíamos, primero, obtener nuestra independencia, aun cuando esto deviniera o se tradujera en una cruenta guerra. Resulta curioso cómo la premisa de la paz se mantuvo presente en el pensamiento y acción de los alfareros de la nueva República durante los acontecimientos de la declaración de la Independencia.

Ese diputado firmante del Acta de Independencia que usted, camarada compañero Darío Vivas, mencionó, Don José de Sata y Bussy, un sargento de artillería firmante del Acta de Independencia, plasmaba este sentimiento el 2 de marzo de 1811 con motivo de la manifestación de las Fuerzas Armadas en los solemnes festejos de la instalación del Congreso Nacional, cuando él decía esta expresión: “Dichoso el Estado Militar si sus armas se enmohecen en medio de una profunda e inalterable paz, dichoso él si jamás necesita la Patria de su funesto ministerio, pero si el destino lo ordena de otra suerte, si los enemigos exteriores o interiores se oponen a tus santos designios, él protesta ser el apoyo de la libertad, el terror de la ambición y el destructor de la tiranía”. Así lo afirmaba él. (Aplausos).

Es importante ver cómo nosotros, de donde venimos y cómo nacimos, como República, como Fuerza Armada y como Estado, y allí está parte de esos sentimientos, de esos precursores, de esos próceres que rondaban alrededor del movimiento emancipatorio nacional. Nuestra Independencia se declara la mañana del 5 de julio de 1811, cuando el Presidente del Congreso comunicaba en sesión pública la posición del Ejecutivo, a quien se le había hecho la consulta el día anterior acerca o a favor de la Independencia.

Por allí andaba rondando Bolívar, José Félix Ribas, Miranda, azuzando con sus doctrinas, con sus discursos revolucionarios, y conspirando contra las posturas conservadoras. Esta Independencia declarada reivindica para siempre la voluntad popular, soberana, y una orgullosa dignidad nacional que inscribió a Venezuela entre los países libres del mundo en condiciones de plena igualdad política y con pleno derecho natural de afirmarse, defenderse y salvaguardarse.

Después de la magnánima declaratoria, el pueblo de Venezuela, junto con los militares regocijados por el glorioso suceso de este día, emprendieron un gobierno libre e independiente, con la premisa que ningún extranjero tiene derecho para dominarlo y que, como Estado libre e independiente, tiene pleno poder para darse la forma de gobierno que sea conforme con la voluntad de sus pueblos, declarar la guerra, hacer alianzas, hacer la paz, como dice nuestra Acta de Independencia: “hacer la paz”.

Está claro que el Estado venezolano ha nacido, crecido y se ha desarrollado bajo la égida de la paz, quedando ahora ratificada por nuestra Constitución Bolivariana como un fin esencial del Estado que adopta una posición de rechazo a la guerra y a la violencia, y promueve constantemente todas las acciones nacionales e internacionales, a través de la diplomacia, destinadas a consolidarla como meta estratégica.

Permítanme que acuda también a las ideas del filósofo alemán Immanuel Kant, quien en su breve ensayo denominado Hacia la paz perpetua llevó a cabo un esfuerzo importante por demostrar el uso de la razón, nuestra razón es la única vía para lograr la convivencia pacífica, tanto entre los individuos como entre los pueblos y las naciones.

De este tratado de Kant concluimos el establecimiento de una paz definitiva que, además de un deber, es una esperanza bien fundada mientras se le considera un ideal proyectado por la propia razón y al cual nos podemos acercar poco a poco de manera constante.

La noción de democracia participativa y protagónica que no sólo está contenido en el texto constitucional, sino que es impulsada firmemente por la Revolución Bolivariana, tiende más a una distribución amplia del poder, mucho más, muchísimo más que a la concentración; la propia realidad que vivimos en los actuales momentos muestra la tendencia dominante hacia el rompimiento de las estructuras de poder tradicionales, empoderando al pueblo de su propio destino. (Aplausos).

Y fíjense, el valor sustantivo que ha hecho posible en gran medida esta realidad, ha sido precisamente la idea de la paz; para unos un valor moral, para otros una condición objetiva sin la cual no es posible el ascenso humano. Esta inclinación pacífica se vio concretada en el año 2004, cuando sectores políticos convocaron a un referendo revocatorio contra el Presidente Hugo Chávez, después de una arremetida contra el Estado y el pueblo de Venezuela; y aquí, por abrumadora mayoría, el pueblo de Venezuela se fue por la opción de la paz; es decir, por los mecanismos constitucionales que nos dieron para dirimir y escoger a nuestras autoridades legítimas y legales del Estado. Allí quedó comprobada la vocación pacifista, no solamente del Estado, de su Fuerza Armada, sino también del pueblo de Venezuela. (Aplausos).

También ella –me refiero a la paz– en el ámbito internacional configuró una estrategia constitucional, al menos en el siglo XX todas nuestras previsiones fundacionales han contenido un repudio a la guerra como instrumento de la política internacional, una declaración que a la diferencia de las oportunidades anteriores, cuando ella solamente formaba parte de los preámbulos de las Constituciones, ahora en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se materializa en su parte dispositiva, cuando declara el territorio nacional como un territorio de paz. (Aplausos).

Así pues, queridos compatriotas, la paz es una tarea que exige más valentía, más determinación y más heroísmo que la propia guerra. El proceso bolivariano ha demostrado durante estos años la determinación de ser pacifista, promoviendo la paz en cada rincón y en cada espacio de nuestra Patria y más allá. Vale mencionar los esfuerzos por mantenerla por parte del ciudadano Nicolás Maduro Moros, Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela y Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, quien ha hecho ingentes esfuerzos llamando al diálogo y al encuentro con los distintos sectores de la sociedad; pero aun así, lamentablemente, nos encontramos con quienes pretenden imponer su voluntad por la vía de la violencia, e incluso, por la vía del terrorismo. (Aplausos).

Esto como se desarrolló en los últimos hechos, hechos inducidos y tarifados por poderes fácticos, obviamente, que buscan un enfrentamiento entre hermanos de un mismo pueblo, que mantuvieron en zozobra a una parte de nuestra población: ancianos, hombres, mujeres y niños, colocándolos bajo estado de secuestro, cercenándoles derechos fundamentales, y llevando a la muerte a decenas de compatriotas y centenares de heridos. Los mismos que destruyeron con su malévola inspiración propiedades públicas y privadas, despojando a buena parte de nuestro pueblo de sus alimentos y del combustible necesario para generar la electricidad en nuestro sistema eléctrico de generación distribuida, y de todos los insumos necesarios para hacer la vida normal. A esto se le suma la reciente develación de planes de magnicidio para derrocar al gobierno legal y legítimamente constituido, para aniquilar nuestras alianzas, y para reimplantar aquí el modelo opresor y depredador del cual nosotros estamos saliendo. (Aplausos).

Se trata, queridos compañeros y compañeras, de un golpe de Estado en situación continuada, esto no es nuevo, quince años lidiando con esto, bajo la doctrina de la guerra no convencional de los Estados Unidos de Norteamérica. En esta oportunidad, en estos hechos violentos recientes, no fue la fuerza pública la que restituyó el orden, no, fue el pueblo de Venezuela con su mayoritario rechazo a la violencia y al terrorismo, fue el mismo pueblo de Venezuela quien se impuso y optó por la paz, nuevamente, en Venezuela. (Aplausos).

Nosotros podemos ir observando la historia, y aquí en Venezuela la fuerza pasa a un segundo lugar, sólo si alguien se atreve a hollar nuestro sagrado suelo, hollar nuestra Independencia y nuestra soberanía; pero aquí a lo interno, todos los actos violentos que puedan tener lugar provocados por factores internos, quintas columnas, van a fracasar hoy, mañana y siempre. (Aplausos).

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Una de tantas parábolas proféticas de nuestro señor Jesucristo. (Aplausos).

Ahora, yo me hago unas preguntas como soldado y como ciudadano, ¿Es esta la política a la cual yo hacía referencia al inicio de mis palabras? ¿Será que convergemos todos con el espíritu de nuestros próceres en promover y construir la paz? ¿Costará mucho volcar nuestra mirada al pasado y ver el verdadero espíritu esencial con que construimos la República, con que construimos sus instituciones, incluida la Fuerza Armada? ¿Es esta la política ética, la gran política a la cual se refería el Presidente Hugo Chávez, tantas veces desde esta misma Tribuna?

En ese sentido, nuestra victoria ha sido la paz y esta ha sido la consigna de nuestro Comandante en Jefe por la cual nosotros, militares y civiles, seguiremos luchando en unidad revolucionaria. (Aplausos).

Todo ello es el resultado de lo que se considera el desafío al orden imperial que se intenta establecer a escala mundial. Nuestra República enfrenta en otras circunstancias un adversario en las mismas condiciones de superioridad por las cuales combatió el imperio español. Ya no se trata de combatir un centro de poder ubicado en Madrid, ni a unas tropas donde las diferencias tecnológicas prácticamente eran imperceptibles, no, el adversario que hoy tenemos que combatir no está ubicado geográficamente, domina el espacio virtual que ofrece el campo de la información y la comunicación, y por consiguiente, el teatro de la guerra no tiene límites espaciales ni temporales, aun cuando no podemos descartar una intervención directa a través de una agresión militar a gran escala.
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