Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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Anda – Tierra


Hace frío. A lo lejos, Pedro no es enseguida más que una silueta que se hunde en la noche.

En adelante será difícil localizarle. Los bosques, las cavernas, los tejados, los senderos ocultos serán su morada. Pedro se va a Coussay donde ve a los suyos a quienes confiesa. Este encuentro discreto y rápido, deja pendiente la cuestión: “¿qué puerta golpear?” Su Cura, el abate Michel Limousin ha tomado desde hace más de un mes el camino a Suiza. El abate Fournet de Millé ha ido a España.

La situación de los sacerdotes que rehusan prestar el juramento exigido por la Constitución civil del clero llega a ser peligrosa, aunque por el momento, no esten amenazados sino de deportación.

Pedro no tomará el camino del destierro. El sufrimiento del pueblo cristiano desgarrado es muy grande.

No demora más en los alrededores de Coussay. A través del bosque, evitando rutas y aldeas se dirige a Poitiers. Aunque la ciudad no está más que a algunos kilómetros, agotado, se arrastra con dificultad. Un habitante de Migné le invita a subir a su carreta. La conversación que se entabla le descubre rápidamente que su conductor está imbuido de los principios revolucionarios. De reojo, éste observa con circunspección a su “pasajero”. El vestido es el de un jornalero; pero las manos son demasiado blancas.

Cómo se llama tu patrón?” le pregunta. “Se llama Rabbi!” “Rabbí?” Interroga al paisano, poco familiarizado con el Evangelio, “yo no le conozco”. “Es una pena, dice Pedro, ganarías mucho allí.” Prudentemente, prefiere esquivarse en la encrucijada siguiente.

Llegado a Poitiers, se dirige enseguida hacia el 26, calle de la Regratterie a dos pasos de Nuestra Señora la grande. María Ana Gauffreau tiene allí un comercio de paños. Los clientes que frecuentaban su almacén no vienen todos para comprar los tejidos. Entre ellos se deslizan sacerdotes proscritos. Cuando el último cliente ha salido: “pequeña, delgada, con su ropa negra y con su gorra de tul, les conduce cojeando al piso... “Allí son reconfortados y orientados hacia un refugio seguro. Al correr de los meses, esta modesta tienda va a llegar a ser uno de los fundamentos de la Iglesia clandestina en Poitiers. Al final de la Revolución, la “Madre de los sacerdotes” podrá regocijarse, contando los tallados sobre la madera de su chimenea, de haber abierto su puerta centenares de veces a los sacerdotes en dificultad.

Pedro encuentra allí la dirección de un confesor y las indicaciones para encontrar el abate Dancel de Bruneval. El vicario general, aunque habiendo rehusado el juramento, debe a su edad (65 años) y a su estado de salud, no estar sino en residencia vigilada y no en prisión. En 1794, la “Sociedad popular de los amigos de la Constitución, residente en Poitiers” no tiene tregua para que le sea aplicada la ley. En términos esogidos, le hace saber a la autoridad competente.

¿Es que se calcula la edad de las serpientes? ¿Es que se debe cuidar a los animales feroces a causa de su vejez? Todos los días el cincel nacional cercena de en medio de nosotros septuagenarios, aún octogenarios. Apresuraos, pues de hacer común a todos los sacerdotes refractarios la pena inflingida a aquellos que no han alcanzado los sesenta años”.

Su deseo no será nunca escuchado. Por el momento el “general” relevado por laicos valerosos y astutos -como la Srt. Gauffreau- gobierna la diócesis en nombre de Mons. De Saint Aulaire, en las barbas del obispo constitucional. Pedro contacta fácilmente con él y recibe poderes y consignas necesarias.

Desde luego, el “general” le manifiesta una confianza excepcional. Pedro no tiene aún 24 años y apenas un año de sacerdocio; helo aquí encargado de la delicada misión de recibir la retractación de los sacerdotes juramentados. El “general” sabe lo que hace. El ha conocido al seminarista Coudrin y oído las apreciaciones elogiosas de sus profesores. La elección del vicario general es ciertamente iluminada y juiciosa. No será el abate Coudrin quien desenmascarará algunos meses más tarde al falso obispo de Agra, un denominado Guillot de Folleville que se pretende delegado apostólico para el oeste de Francia. Sin embargo, Mons. De Bruneval encarga a un sacerdote de experiencia el canónigo de Montreboeuf, decano del capítulo de Amboise (el Padre Lamothe en la clandestinidad) guiar el aprendizaje del joven sacerdote. En compañía de su maestro, será José, otro día Pedro o Jerónimo, muchas veces Caprais.

Después de algún tiempo de ministerio en la ciudad, vuela con sus propias alas. A partir de enero de 1793, se establece más allá de Pont-Neuf cerca de las grutas del barrio Saint Cipriano. El hospital de los Incurables –actual hospital Pasteur- es una de la “paradas” de la red de la Srta. Geoffreau. Las Hijas de la Sabiduría albergan allí a los sacerdotes refractarios: la superiora, Sor Ave (María Teresa Vexiau), “maestra prudente y audaz” juega un papel importante en esta Iglesia de las catacumbas que esta en tren de nacer. Esto le valdrá, en 1794, el Viernes Santo, en compañía de la Srt. Gauffreau, una sesión de exposición en la picota de la actual plaza de la Libertad. Pedro Coudrin llega a ser pronto un frecuentador de los lugares. “Toma allí el vestido” de los pobres... Un día mientras él visita a los enfermos, es sorprendido por una visita de la policía. Imposible de escaparse. Un lecho está vacío: se acaba de retirar el cadáver de un cierto “Anda-Tierra”. Pálido como un muerto, y él sale de allí bien vivo. En adelante se llamará “Marche-a-Terre” (Anda Tierra). Hilarión Lucas, anota que él será conocido bajo este nombre” no solamente en Poitiers, sino en muchos lugares de Poitou y de la Touraine donde iba a ejercer, con peligro de su vida, su ministerio. “Para completar esta entrada en la “orden de los pobres”, las hermanas le arreglaron un hábito de “pobres de los Incurables”, especie de uniforme de los miserables a su cargo.

Los incurables no son el único refugio de Anda Tierra en los arrabales del norte de Poitiers. Sobre el altiplano que domina los acantilados del valle del Clain, en el castillo de Vaumoret (entre Auxéaumont y Montamisé), dos granjeros Duvergé y Barroux ocultan sacerdotes refractarios. Anda Tierra es del número.

Como se temía las visitas domiciliares, relata Hilarión, desde muy temprano se les enviaba al bosque, donde quedaban todo el día. Llevaban para su alimento un poco de pan muy grueso con queso y no tenían por bebida sino agua. Pues los víveres eran muy caros, y aquellos que les habían dado una ayuda eran muy pobres”.

Es poco probable que Pedro haya pasado sus días en errar por el bosque. Con frecuencia de noche, pero también de día, bajo disfraces los más inesperados –por ejemplo, como soldado- visita a los enfermos, los confiesa, prepara a los niños a la primera comunión, celebra matrimonios, se une a los cristianos reunidos para la Eucaristía.

Nada le detiene, ni el peligro, ni las distancias, ni la fatiga...

En ese tiempo, confiará él más tarde, yo era todo un fuego. He estado durante más de dos años, sin tener casa donde dejar el Santísimo Sacramento. Le llevaba siempre sobre mí, con el temor de encontrar algunos enfermos. Les administraba algunas veces a seis o siete por la noche. Toda mi idea era que si fuera tomado prisionero, comulgaría como viático. Este era todo mi consuelo. No tenía reposo ni noche, ni día. No dormía casi nada, yo que tengo necesidad de sueño”.

Tal es Anda Tierra a sus 25 años, tal será el infatigable fundador y pastor. Su ardor apostólico –“el celo” según su expresión- tomado en esta proximidad continua con “el Bien Amado”, no le dejará ningún reposo. Con más frecuencia sobre las rutas que en su convento, por el servicio del Evangelio, irá, arrastrando en su seguimiento, buscadores de Dios y servidores de la humanidad.

Decididamente, Pedro Coudrin no conocerá un aprendizaje pastoral ordinario. Inmediatamente confrontado en situaciones inéditas, hace frente sin vacilación.

Se siente bien en medio de los habitantes del barrio de Montbernage, separado de la ciudad por el Clain, este arrabal poblado de jardineros y agricultores, casi no está atormentado por la efervescencia “de las ideas nuevas”. Además por los excesos de ciertos miembros del clero constitucional, una habitante de Montbernage resumirá la opinión de muchos: “No había allí más diablos en el infierno... habían salido todos!” Su pastor, el abate Pruel, cura de la Basílica Santa Radegunda ha encontrado un refugio seguro entre ellos. Esas gentes sencillas, reagrupadas alrededor de la capilla de los Bergeries, erigida el comienzo del siglo por Grignion de Montgort, son sólidos cristianos formados en su espíritu por las Hijas de la Sabiduría que tienen allí una escuela.

La misma configuración de los lugares parece predestinar este arrabal a ser un ‘islote de resistencia”.

Una puerta espesa separaba entonces la ciudad de Faubourg. Se elevaba frente a la gran calle, sobre la última pila del Puente Joubert, y no lejos de una casa que servía de cuerpo de guardia. La vía que costea el Clain no dominaba lo suficiente el nivel del río; y cada año las aguas inundaban. Así durante los desbordamientos y desde siglos los habitantes del barrio se comunicaban entre ellos por los jardines, y esta disposición de los lugares no es sin importancia, pues muchos sacerdotes le debieron la salvación”2.

Cuando el abate Pruel se resigna al destierro, sus parroquianos adoptan a Anda Tierra como su Cura. El hace equipo con otro joven sacerdote, René François Soyer apodado “la Fauvette”, de la diócesis de Angers. Con ellos un grupo ardiente de laicos entre los cuales la memoria colectiva ha retenido los nombres de Paul Bernard, llamado “Augusto” o “cinco pies” como Marche-a-Terre llama a “su vicario general”, su mujer “la Guste”, las familias Puisais y Nivais, su guía y guardia del cuerpo habitual Etienne de Bilot... Ciertas tardes a la caída de la noche, una corneta lanza su llamada entre los acantilados que, frente a la ciudad, dominan el curso del Clain, Los soldados en facción sobre el puente Joubert han oído la señal sin decifrar el mensaje. Sobre la otra rivera, al contrario, “fervientes cristianos” los despertadores se apresuran a pasar a la acción. Anda Tierra va a celebrar la misa esta noche. Es preciso, pues, prevenir a los vecinos y guiarles hacia un lugar de culto improvisado:

Los muchachos los más listos se escalonaban hasta el puente Joubert a fin de dar la alarma en caso de visitas domiciliares; otras guardaban en inspección en sus casas a las personas manchadas con ideas revolucionarias; los hombre armados de bastones nudosos se ponían detrás de las mujeres para protegerles en caso de necesidad, y cuando la asamblea estaba completa, la ceremonia comenzaba.

Se decía primero muy alto el rosario; los cantores entonaban enseguida los cánticos del P. De Monfort, y ellas las repetían con tanta animación que una noche as cantaron todas a excepción de dos, de las que no sabían los tonos, y la colección contiene ciento cincuenta y cuatro. Ellas repetían aún aquellas que había compuesto M. Coudrin, y que eran par el auditorio una verdadera predicación.

El tiempo transcurría desde las 11 de la noche o doce hasta las dos, tres y algunas veces hasta las cuatro de la mañana. “Un ligero movimiento anunciaba en fin la llegada del sacerdote, quien con frecuencia no vivía en el arrabal y no penetraba allí sino con peligro de su vida, como M. Coudrin, disfrazado de mendigo, como M. Soyer bajo el uniforme de guardia nacional. Enseguida el oficiante subía ala altar y decía la misa: se la contaba en las fiestas solemnes; y una noche en la que se celebraba en una granja de la Cueille-Aigüe, los habitantes de la baja ciudad de Pont Jouvert oyeron distintamente las palabras del Credo. Al día siguiente, se conversaba de ello públicamente en las calles de Poitiers, y cada uno decía que había en Montbernage una ceremonia muy extraordinaria.

Por fin el sacerdote dirigía a la asamblea sus consejos y les daba la señal de retirarse.3

Con mayor frecuencia, es la granja de la Gervil perteneciente a los esposos Pasquier o una gran sala de su casa, que sirve de Iglesia parroquial. Escalas cubiertas de tablones atraviesan todas las calles que rodean su finca. Por vía aérea, la asamblea puede dispersarse en el menor tiempo y el sacerdote regresar a uno de los múltiples escondites instalados por las gentes del barrio. Mucho tiempo después, Pedro se acordará “de sus callejones” por donde se le llevaba por la noche en los bosques.

Su ministerio no se limita a Faubourg de Montbernage. Con frecuencia a pasar el peligro, pasa el Pont Joubert, se acuerda él:

Yo confesaba entonces a todos los sacerdotes de ciudad. Los había más de cuarenta. Pasaba tres y cuatro noches en hacer esta tarea”.

Muchas veces con M. Fauvette (Abate Soyer), he escalado los muros de las prisiones, de las Carmelitas, de Saint Pierre, de los Penitentes, para llevar consuelo a las personas que estaban encerradas. Los prisioneros no sabían por donde pasábamos. Se nos hacía pasar por encima de los muros. Encontrábamos allá abajo personas que nos conducían a la sala de las personas encerradas y nos regresaban igualmente. El carcelero de una prisión tenía costumbre todas las tardes de salir para cerrar su contraventana y dejar su puerta abierta durante este corto lapso de tiempo. Nos habíamos dado la señal de alerta con los prisioneros y nos entrábamos así durante este instante.

Un perro que estaba en la puerta no ladró y encontrábamos a una persona que nos atendía allí y nos conducía a la sala”.

En los comienzos, llevábamos el Santísimo Sacramento sobre nosotros en copones llenos de hostias. Fui el primero que me propuse meter todos los ornamentos en una especie de mochila y no le advertí a Aglaé (abate Martín de la diócesis de Angoulême), pero cuando hubimos llegado, le dije allí la misa. Mi querido amigo me decía, tu nos expones por tus imprudencias”.

En Poitiers, las antiguas casas religiosas transformadas en prisiones rebosaban de proscritos. Al correr de los meses, la Convención endurecía el tono.

Después del verano de 1792, la afirmación repetida de los peligros exteriores, la insurrección vandeana y el peligro federalista arrastraban a un endurecimiento del aparato de represión”.4

El 18 de marzo de 1793, una ley castigó con la muerte a todo emigrante o sacerdote deportado (es decir aquellos que no han prestado el juramento) que se encontraban en el territorio de la República. La denuncia es promovida al rango de virtud cívica y seis años de prisión prometidos a los “encubridores

A cincuenta kilómetros de Pitiers, la insurrección vandeana se extiende. La ciudad ve llegar las tropas de la República. El Comité de salud pública se radicaliza. “Los aristócratas” y reaccionarios de todo color no son los aliados naturales de los adversarios de la Patria. En Poitou, los convencionales Piorry e Ingrand (de Usseau), hacen el arreglo y repueblan a su manera los conventos vacíos de sus ocupantes habituales. En ese contexto, las audacias de Anda Tierra son consideradas como otros tantos desafíos por las autoridades. Parece que la movilidad y los múltiples disfraces del sacerdote clandestino hubieran impedido, durante muchos meses, a la policía, de identificarlo.

Pero el 3 de octubre de 1793, el ciudadano Louis – Blaise Bobin, comisario del Comité de supervigilancia revolucionaria se trasladó a la casa de la Srta. Geoffreau para poner bajo depósito judicial los objetos que han pertenecido a su hermano el abate René Goffreau que se había exiliado en España. En el curso de la operación, descubre el acta de matrimonio del “Sr. Delaunay y Ursula Pavon” fechada el 31 de enero de 1793, firmada “Pedro Coudrin, sacerdote católico”. El ciudadano hace detener enseguida a todos aquellos que se encuentran en la casa y a los signatarios del acta de matrimonio... salvo Pedro Coudrin cuya cabeza es puesta a precio.

El 21 de enero de 1794, en el curso de una “batida a los refractarios” organizada por el muy celoso alcalde de Vendeuvre son detenidos dos hermanos, los sacerdotes Juan y Ambrosio Dechartre originarios de Richelieu (Indre – et Loire). El ciudadano Chenevrières, miembro del Tribunal revolucionario encargado de interrogarles, se da cuenta muy rápidamente del partido que él puede sacar de allí. Los dos hermanos cuya personalidad era juzgada más que frágil por sus huéspedes pasas a las confesiones completas contra la promesa de salvar la vida. Todas las filiares de la clandestinidad son descubiertas al perspicaz y perverso Chenevrières que les interroga “fuera de todo formalismo”.

“De las “confidencias” de Juan Dechartre, él concluye que ha encontrado el 31 de enero de 1793 “un nominado Coudrin, sacerdote de Chatellerault que estaba oculto en los Incurables, a quien él ha hecho su confesión general y que le ha confiado todos los poderes de la Santa Sede.

Por toda recompensa los dos hermanos y su “encubridor” Modesto Babin serán guillotinados el 13 de abril domingo de Ramos.

Desde hace muchos meses, Anda Tierra se aloja con el lazarista Nicolás Daudin, en casa del albañil Laudinet. El 28 de marzo parte a confesar a los enfermos de los Incurables. Durante su ausencia, el P. Daudin es arrestado, víctima de una denuncia. Su proceso dura veinte días. Jamás citará él, el nombre de P. Coudrin. Es ejecutado el Viernes Santo 18 de abril sobre la plaza de la Picota.

Pedro deja precipitadamente su refugio y se oculta en la casa del panadero Vinais frente a los Incurables. Sobre el altiplano de Vaumoret, los sacerdotes, presos de pánico, habían hecho desaparecer todo lo que podía denunciar su sacerdocio, y se habían dispersado.

Como él relatará más tarde, su situación de proscrito llega a ser insostenible.

Se me miraba de tal manera como perdido que se tiraba pajitas (juego de muchacho) y se abandonaba a la suerte para saber quien me acompañaría. Yo me fastidiaba cuando se quería impedirme salir y amenazaba salir de la casa en pleno día y de no volver a entras jamás. Yo decía, ¡cómo se quiere impedir mi ministerio! ¡Ah! Seré muy pronto tomado no ejerciéndolo más”.

Fui entonces echado de todas partes. Escribí a Fauvette que ya no tenía asilo. Vine a Poitiers a través de una multitud de guardias, disfrazado de panadero llevando un pan de seis libras sobre mi cabeza. Ellos no me preguntaron nada.

La Srta. Geoffroy, fundadora y responsable de la Sociedad del Sagrado Corazón, le recibió allí. Ella relata en su autobiografía:

El Señor abate Coudrin vino a verme. Me parece aún verle con su pequeño vestido azul, y sus cabellos atados en cola por detrás con un cinta”. Esta casa, nos dice, será la mía; durante la semana iré a llevar socorros en la ciudad y en los alrededores; el domingo vendré a decir la misa en medio de vosotros, pero con una condición, y es que vosotros recibiréis a todos aquellos que quisieran venir. Si no lo queréis, yo me pongo a la puerta con mi breviario y les introduzco yo mismo”.

El 22 de abril de 1794, bajo la presión de los acontecimientos y la conducción del Espíritu de Dios, Pedro abre un nuevo capítulo de su “carrera’. Muy a su manera: cuando sería más razonable mantenerse tranquilo, lejos de la ciudad, helo aquí establecido a dos pasos del Tribunal Revolucionario que tiene su Sede en la Trinidad (actual seminario) abriendo un lugar de culto clandestino.

Sin duda, el recuerdo de su visión de la Motte de Usseau no le ha dejado y ha guiado su elección.


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