Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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Visionario


Usseau, primavera de 1792...

¿El diablo habría elegido domicilio al presbítero? Algunos parroquianos están convencidos de ello. El cura juramentado Cottenceau, defendido por su sacristán, ha entrado en política Oficial Municipal, ¡helo aquí que celebra con pompa el matrimonio civil de un sacerdote de la vecindad!

Los desvíos del ciudadano cura son producto de la influencia del “espíritu iluminado” de Pierre François Ingrand, originario de la villa y futuro enviado de la Convención en Poitou durante el Terror? Por todas partes en Francia, en esta época, se acentúan profundos antagonismos entre los portadores de “ideas nuevas” y los partidarios del Antiguo régimen. Usseau no es la excepción. En los alrededores de la aldea escogida en su cañada y al fin de la avenida de olmos que trepan las pendientes de la Motte se levanta, como un vigía, el castillo de la familia de Viart.

La jurisdicción del Cura Cottenceau parece detenerse en los muros del castillo impermeables a las “luces” del ciudadano Ingrand. El castillo y la aldea son dos mundos que se defienden, se recelan y continúan en coexistir a pesar de todo.

El castellano Henri Louis de Viart se ha juntado al ejército de Condé en Alemania y su hijo Carlos al levantamiento vandeano. Madame de Viart y su hija Catherine-Irene vivien en la gran morada en compañía del caballero Robin de la Perthinière, hermano de la castellana.

A la izquierda del castillo, un modesto edificio: la casa del granjero François Maumain. Pedro se convierte en José, y encuentra allí un asilo seguro. Sus primos y los castellanos que él ha encontrado muchas veces en la Roche en Gué (cerca de Sain Pierre de Maillé) donde ha nacido Madame de Viart, con las únicas personas que conocen su verdadera identidad. Sin embargo la situación es delicada y no puede durar.

Pedro pide licencia a cada uno y sube a caballo con su primo. Muy pronto los dos desaparecen en el bosque. Pero a la media noche vuelven a la quinta. En adelante, Pedro vivirá como recluso. Un granero en forma de corredor irregular, oscuro y rebajado, de unos cinco metros de longitud por dos de ancho y uno y medio metros de altura, será su alojamiento. Durante el día no deberá moverse de allí bajo ningún pretexto.

En mi granero, relatará él más tarde, estaba colocado de manera que no podía mantenerme de pie. Yo descendía alguna vez por una especie de trampa en el gabinete de Maumain donde yo tenía a lo más tres pies de largo para pasearme. La falta de ejercicio me había fatigado extremadamente. Lo que yo comía estaba casi siempre frío por la dificultad de traerme a mi cárcel, lo que incomodaba aún la respiración. Había llegado a ser seco, delgado, al punto que la piel estaba colada sobre los huesos y mi cuerpo despedía un tal olor que me apestaba a mi mismo”.

Para el joven sacerdote de 24 años, este tiempo de prueba es de una extraordinaria experiencia espiritual. El sufrimiento, la soledad y la incertidumbre del mañana serán el desierto donde se descubre la proximidad de un Dios fiel a su ternura, un Dios que habla al corazón.

Durante los cinco meses que he quedado allí, confiará él, no me he fastidiado un solo instante. Todos los días, decía la misa a media noche y aunque tuviese gran cuidado de purificar el corporal, creía siempre haber dejado algunas partículas de las santas especies y tener así al Buen Dios conmigo. Terminada mi misa, yo subía a mi granero donde pasaba todo el día en la lectura de la Historia eclesiástica y en hacer oración. Solamente cuando Maumain venía, yo pasaba algún tiempo con él. El me decía que no se ilusione; que todo no acabaría tan pronto. Mi querido amigo, añadí, no conviene engañarse en eso. Todo en manos de Dios. Es preciso confesaros. Confesé primero al pobre René (empleado del castillo) y en seguida a él mismo. Eran las primeras personas que yo confesaba desde mi ordenación.

Estuve así cinco meses enteros, sin poder salir, sin poder confesarme. Pero el Señor me había hecho la gracia de no sentir ninguna inquietud, y gozaba de una gran paz de conciencia. Es verdad que el Buen Dios hace grandes gracias en esos momentos”.

Sin embargo, las noticias que le llegan no son nada tranquilizantes. En Coussay, muchas vejaciones llueven sobre los suyos. Sus parientes detenidos por los “patriotas” locales son arrasados hasta Chatellerault donde las autoridades, más clementes, les devolvieran la libertad. Los sacerdotes refractarios amenazados de deportación, el presbiterio de Saint Pierre de Maillé se vacía. El abate Rion se oculta del lado de Coussay antes de ser detenido y deportado sobre los buques de Rochefort. El abate Fournet se prepara a emigrar a España. En el castillo llegan los ecos del levantamiento vandeano cuyos combates se aproximan.

Deformadas, amplificadas y tanto más angustiantes, las noticias que vienen de París; en julio de 1792, la ofensiva de los ejércitos austriacos y prusianos conduce a la Asamblea a proclamar la “Patria en peligro”; en agosto, al término de un lento e inexorable proceso de ruptura entre el Rey y los representantes del Pueblo, Luis XVI es depuesto y encarcelado en el Templo; en los primero días de septiembre, el miedo de la invasión extranjera hábilmente manejada conduce a la masacre de 1300 personas, ente las cuales numerosos sacerdotes y religiosos; el 22 de septiembre, la Realeza abolida, la Convención proclama la República

Así, se da la vuelta con dificultad, muchas veces trágicamente, una página de la historia de Francia. Desde el fondo de su granero, Pedro percibe sobre todo los dolores de este verdadero trabajo de alumbramiento. Los múltiples desgarramientos del cuerpo social, particularmente del tejido eclesial, el “cisma”, le afectan profundamente. Por momentos, tiene el sentimiento de un hundimiento total de esta Iglesia a la cual se ha entregado en cuerpo y alma. Adivina la tristeza de los fieles desorientados casi escandalizados, por los comportamientos de algunos de sus pastores o simplemente abandonados a si mismos.

Nuestro joven sacerdote lleno de ardor soporta mal estar reducido a la inactividad cuando hay tanto que hacer. Pero ¿en qué puede emprender? Perplejo, ora y reflexiona hasta este día de septiembre donde él relata:

Trepado en mi granero, después de haber dicho la misa, de rodillas cerca del corporal donde yo creía tener siempre el Santísimo Sacramento, vi lo que somos al presente. Me pareció que estábamos muchos reunidos juntos; que formábamos una tropa de misioneros que debían propagar el Evangelio por todas partes. Como yo pensaba en esta sociedad de misioneros, me vino también la idea de una sociedad de mujeres, pero no de una comunidad, tal como existe ahora, puesto que no había visto jamás religiosas. Yo me decía; no tendremos ni dinero, ni entradas; seremos comidos de piojos, y tanto como yo puedo acordarme, pues no lo aseguraría, temo mentir, me decía aún: habrá una sociedad de mujeres piadosas que cuidarán de nuestros asuntos mientras que nosotros iremos de misión.

Este deseo de fundar una sociedad que llevase por todas partes la fe no me ha dejado jamás”.

Mucho tiempo, guardará silencio sobre lo que él vivió esta noche. Cuando él hablara muchos años más tarde, sus oyentes presentan que él no entrega sino algunos rasgos de una experiencia indecible. Cuando, en una carta de Irene de Viart que ha llegado a ser Sor Françoise, evoca, hablando de la Motte d’Usseau, la “primera cuna de nuestra infancia” (carta del 14 de octubre de 1810), no indica el carácter “Fundador” de este acontecimiento para su familia religiosa? Sus discípulos, para subrayar su importancia, no tardarán en aumentar el relato, haciendo desfilar interminables filas de religiosos y religiosas vestidos de blanco.

Así se ha censurado mucho sobre la naturaleza de lo que se ha acostumbrado llamar la “visión” de la Motte d’Usseau.

¡Qué importa! Lo que ha atravesado el corazón y el espíritu de Pedro Coudrin, como una intuición fulgurante, en lo más oscuro de este tiempo de prueba, tiene algo de sorprendente, ¡Qué locura! Cuando todo a su alrededor se deshace, perseguido y solo concibe –o recibe- el proyecto de reunir una doble comunidad de hombres y mujeres, pobres y sin medios, para llevar el Evangelio a todas partes “visionario”, lo es absolutamente. Conducido por el Espíritu al desierto, su mirada va más allá de las circunstancias históricas inmediatas. Helo aquí como proyectado en este porvenir que no pertenece sino a aquellos que se atreven a arriesgar la vida, poniendo toda su confianza en Dios.

En Pedro Coudrin, hay algo de un “nuevo Moisés”. La Eucaristía celebrada y largamente adorada es su “zarza ardiente” (Ex. 3,1-10). El encuentra allí un Dios que, en Jesucristo, se hace compañero de camino de la humanidad de la cual experimenta los “sufrimientos y la miseria”.

Pedro está turbado en lo más profundo de su ser por la bondad de “Dios rico en misericordia” (Ef. 2,4) Sin proceder a un análisis riguroso de lo que pasa alrededor de él siente claramente que la indiferencia a este Amor manifestado en el Corazón de Cristo es la causa última de los males de la sociedad. Sólo la proclamación del Evangelio, por los actos y la palabra, puede curar y reconstruir un mundo desgarrado.

Tal es con certeza el corazón de su experiencia esa noche. Como de una fuente viva en primavera, brotan con impetuosidad una determinación y una audacia que en adelante van a orientar su vida. Nada podrá apartarle de “esta ardiente obligación” que no le dejará ningún reposo pues es el fruto de una pasión. En su escondite, apasionado por lo que él ha “visto”, se siente incómodo. No es su sitio.

Además, a pesar de las precauciones, llega a ser difícil guardar el secreto de su presencia a los ojos curiosos de Irene y Próspero, los niños de la casa. Los fríos del invierno que se aproxima no favorecen tampoco una permanencia prolongada en este reducto mal aislado.

Las semanas pasan, estremecedoras. El 20 de octubre de 1792, Pedro lee en su breviario el relato del martirio de San Caprais, Obispo de Agen. Este Pastor de los primero siglos (principios del siglo IV), huyendo de la persecución se ha refugiado en la montaña alta de la ciudad. De ahí observa lo que pasa en el lugar: una joven de menos de veinte años, Sainte – Foy, sufre el martirio antes de renegar de la fe. El viejo Obispo se siente cobarde. Deja inmediatamente su escondite y se presenta ante el perseguidor Dacien. “Yo soy cristiano, dice, regenerado por las aguas del bautismo y confirmado por la consagración episcopal. Me llamo Caprais”. Inquebrantable en su fe, obtiene el martirio. No es preciso más para determinar a Pedro dejar su escondite enseguida. Los Maumai y los Viart tratan en vano de razonarle: “El Buen Dios me guardará, responde él.

Cuando yo salí de la casa de los Maumain, relata, me prosterné al pié de un roble que no estaba lejos de la casa y me entregué a la muerte. Pues yo me había hecho sacerdote con la intención de sufrir todo, de sacrificarme por Dios y morir si es preciso por su servicio. Sin embargo tenía siempre un cierto presentimiento que me salvaría.”

Sin esperar más se pone en camino... o más bien como un “atleta de Cristo”, consumido por la pasión del Evangelio, “olvidando el camino recorrido, tiende hacia delante” y se lanza resueltamente (Fil. 3,12-14).

Sobre estas tierras del alto Poitou, el otoño es decididamente fecundo. La semilla sepultada en primavera, surge vigorosa, pronta a afrontar un invierno que se anuncia largo y riguroso.


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