Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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Sacerdote


Este domingo 5 de septiembre de 1790, los parroquianos de Coussay se preparan a escuchar con una mezcla de curiosidad y de orgullo el primer sermón de un hijo del país. Cada uno retiene el aliento cuando aparece este joven hombre de 23 años, cabeza redonda sólidamente plantada y ligeramente separada del cuello; bajo los largos cabellos escapados al solideo, un rostro agraciado donde resplandecen dos grandes ojos ardientes y serenos..

El subdiácono Pedro Coudrin –el Coudrinet de otro tiempo- frente a un nuevo auditorio de compatriotas y parientes exclama:

Dios Todopoderoso, vos que escogéis los más débiles instrumentos para operar las más grandes maravillas, dignaos bendecir los primeros esfuerzos de mi celo; dignaos afirmar mis pasos vacilantes a la entrada de la carrera que vos me destináis a recorrer. Y vosotros, mis queridos oyentes, vosotros a quienes por más de un título yo puedo llamar mis hermano, os conjuro, no por los lazos de la sangre y de un parentesco carnal que me une a muchos de entre vosotros, sino por estas fuentes sagradas donde hemos recibido todos un nuevo nacimiento en Jesucristo, por la sangre vivificante del Redentor que es reproducida diariamente sobre el altar, yo os pido suplicar al Padre de la luces derramar sobre mi sus dones perfectos a fin de que yo llegue a ser un ministro según su Corazón”.

El sermón donde se le siente aún reciente el curso de “elocuencia sagrada” del seminario se desarrolla a partir de la advertencia del apóstol Pablo a los Corintios: “Que cada uno se examine a si mismo antes de comer este pan y beber de esta Copa. Pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1ª. Co. 11, 28-29)

Este tema, corriente en la época, refleja una sensibilidad religiosa más obsesionada por la indignidad del pecador que por la misericordiosa bondad del Padre. Sin embargo, el estilo convencido del orador deja traslucir esta indefectible confianza en el amor de Dios que será uno de los rasgos esenciales de su vida espiritual.

Cuando este amable Salvador os invita a las bodas del Cordero, en el tiempo que é abre sus brazos para estrecharos contra su Corazón divino que vosotros le entregáis a la ignominia. ¡Ah! yo creo oírle deciros en la efusión de su ternura: “Oh vosotros a quienes ha amado hasta la muerte, vosotros a quienes llevo en mis entrañas, vosotros, mis queridos, mis bien amados discípulos, venid a recibir la preciosa prenda de mi amor, venid a saciaros en la fuente de vida; venid a gustar cuan dulce soy, venid a uniros a mi para no separarnos jamás”.

La sangre del Cordero sin mancha... ha corrido de la Cruz para lavar los más horribles crímenes”. Oh Jesús que habéis perdonado a vuestros verdugos en el acceso de sus más grandes furores. Perdonad a sus desgraciados imitadores. Penetrados del más vivo dolor por haberos ultrajado, ellos os suplican por ese Corazón paternal que está siempre abierto al más criminal de los hombres y que después de haberles servido de refugio en este mundo, llegue a ser en la morada de la gloria el asilo eterno de su felicidad”.

De esta fe enraizada en el amor de un “Dios fiel”, va a tener él gran necesidad. “La carrera” que evoca en su exordio no se anuncia totalmente seguro. El 2 de noviembre de 1789, la Iglesia es despojada de sus bienes. Algunos meses más tarde, el 11 de febrero de 1970, se suprimen las Ordenes y Congregaciones religiosas, “sin que puedan ser establecidas otras semejantes en el porvenir”. El 12 de julio de 1790, la Asamblea Constituyente vota la Constitución civil del clero. Esta reorganización que hace de la Iglesia un mecanismo del Estado, sin lazo con Roma, suscita muchos interrogantes. ¿No sería más razonable esperar para comprometerse posteriormente?

Ninguna vacilación, aparece en él. El 17 de octubre, Pedro da de nuevo su sermón en Saint–Pierre-de-Maillé y a la mitad de noviembre se reintegra al seminario en Poitiers. El 18 de diciembre, es ordenado diácono en Angers por el Obispo del lugar, Mons. Duvivier de Lorry. El 27 de noviembre de 1790, la Constituyente había exigido a los miembros del clero el juramento a la Constitución civil. Los lazaristas que dirigen el seminario se niegan a ello. A fines del mes de enero de 1791, son expulsados mientras que los seminaristas se dispersan. Pedro pierde entonces su guía seguro; el Padre Luis Hayer, quien será ejecutado en Niort el 1º. De abril de 1793.

Pedro vuelve cerca de los suyos. Asiste el 2 de febrero a la misa dominical de Coussay-les-Bois en el curso de la cual los parroquianos van a oír al vicario Brunet pronunciar el famoso juramento:

Juro velar con cuidado sobre los fieles que me están confiados, ser fiel a la Nación, a la Ley y al Rey y mantener con todo mi poder la Constitución decretada por la Asamblea Nacional y aceptada por el Rey!” 1.

El Cura Limousin permanece en la reserva. Prefiere esperar el parecer de Roma sobre esta cuestión tan espinosa. En Sain-Pierre-de-Mailé, André Hubert Fournet y François Rion han pensado en la posibilidad de prestar este juramento. Para el diácono Pedro Coudrin, que no tiene cargo pastoral, la cuestión no se plantea. El no piensa menos en ello y, tanto en Coussay como en Sain-Pierre-de-Maillé las conversaciones “presbiterales” deben estar muy animadas.

En Poitiers los espíritus de enardecen. Sin esperar el decreto romano, Mons. Beaupoil de Saint Aulaire no se incomoda para decir todo el mal que él piensa de la Constitución civil del clero y del juramento. Su intervención en la Asamblea Nacional da matices y a abierto la vía al rechazo del juramento para la mayor parte de los obispos.

Puesto que su titular rehusa el juramento, la Sede Episcopal de Poitiers se declara vacante. En términos de la ley, el colegio electoral es convocado para el 28 de febrero de 1791. El obispo cesante habla de cisma y fulmina. Nada se hace allí. El abate Lecesve, Cura de Saint Triaise de Poitiers, es elegido obispo de la Vienne. Y sus electores denuncian “es escrito incendiario del señor Beaupoil”. El cual no desarma e infringe al nuevo elegido y a sus partidarios todas las sanciones canónicas de las que él dispone. Tanto más que el 10 de marzo el Papa pío VI se ha pronunciado y ha condenado la Constitución civil del clero.

Se adivina la turbación de los simples fieles y la virulencia de los debates en los cenáculos clericales poitevinos.

Desde que el documento romano es conocido, las tomas de posición se aceleran. Algunos de aquellos que han prestado juramento se retractan: es el caso en Saint-Pierre-de-Maillé de A.H. Fournet y de Fr. Rion. En Coussay el tono sube. El abate Limousin, sostenido por el diácono Pedro Coudrin, sale de su reserva. El uno y el otro declaran alto y fuerte su adhesión a la decisión del Papa. De pronto, hechos aquí en la ilegalidad. Un decreto del 9 y 17 de junio de 1791 castiga con la “degradación cívica” a todos aquellos que “leyeran, distribuyeran, imprimieran o pusieran carteles” una u otra de las “expediciones de la Corte de Roma”. Los patriotas de Coussay se apresuran en denunciar a las autoridades Chatellerault en términos de los cuales sólo la ortografía es equivocada:

Señores, la municipalidad tiene el honor de representaros que desde hace algunos días se deslizan muchos dichos incendiarios en esta parroquia, de parte del Sr. Cura habiendo ganado muchos partidarios para sí, quien llega hasta a decir que la misa dicha y celebrada por el Sr. François Brunet, sacerdote y vicario de esta parroquia, es nula y sacrílega y que todos aquellos que se confiesen con el Sr. Vicario sean condenados.

El abate Coudrin diácono y partidario del Sr. Cura ha declarado públicamente y en plena reunión que el Sr. Vicario no tenía más poder que él para celebrar los santos misterios. El escribano de este municipio9 (aquí falta el verbo: sin duda atestiguar) el mismo que el dicho Coudrin diácono estando con su familia que no se le podía impedir de decir y comprometer a quien le plazca en el parroquia y anunciarles el breve o pretendida bula, y ha dicho públicamente que él predicaría cuando a bien le pareciera y que no podía imponerle ni obligarle el juramento requerido por la ley...” en Coussay el 15 de junio de 1791”

Desde entonces, un alejamiento temporal de su parroquia natal se impone al joven diácono. Llega a la pequeña aldea de Saint-Ustre, escondida en la verdura entre la Vienne y la selva de la Guerche a unos veinte kilómetros de Coussay. El abate Fillatreau acoge al fugitivo. Los dos hombres no se conocían. Pedro sabe que él es el único sacerdote del cantón de Dangé que no ha prestado el juramento. Es suficiente para que se tejan los lazos de una amistad sólida que nunca se desmentirá.

Para el joven hombre esta reclusión vale un retiro. Los últimos acontecimientos le han destrozado. Esta primera experiencia de la adversidad en su camino en seguimiento de Cristo es dura par su sensibilidad tierna aún. Estos precoces desgarramientos ahondan más profundamente el surco de su fe.

En la tranquilidad del presbiterio de Saint-Ustre, sostenido por los sabios consejos del abate Fillatreau, reflexiona, ora y escribe:

Cuando vuelva a Coussay en agosto, lleva el texto de un sermón sobre la “Bienaventuranza del sufrimiento”. La composición de este documento es todavía muy académica. Se adivina, sin embargo, que el autor “ha tomado en su corazón” todos estos acontecimientos que le han trastornado y herido muchas veces. “la pérdida de un proceso”, la persecución de un “enemigo furiosos”, “el honor debilitado por “un calumniador atroz” ¿no son algunas de las “aflicciones” que él y los suyos han experimentado recientemente? No está en su temperamento gemir y resignarse. Pedro Coudrin es un combatiente de la fe. Esta fe intrépida en la adversidad se enraíza en el amor de Cristo, servidor sufriente de Dios. Ninguna vacilación, la cruz será la compañera de su vida. ¿Para caminar en pos de Jesús, se puede hacer otra elección?

Las aflicciones son inevitables, afirma él; ellas son ventajosas, la fe nos lo enseña, la experiencia lo confirma... No basta sufrir con Jesucristo, es preciso sufrir por Jesucristo, es preciso sufrir como Jesucristo...

Por Jesucristo seremos salvados, El sólo es el camino, la verdad, y la vida. El sólo es nuestro jefe, nuestro guía, nuestro modelo y no se puede caminar sobre sus huellas sino llevando su cruz, no se puede ir a la vida sino por la puerta estrecha, no se puede ser su discípulo sino renunciando a las costumbres del hombre viejo. Jesucristo mismo no ha llegado al Reino de los cielos sino por el camino de los sufrimientos. Ha sido preciso, dice la Escritura, que él sufra para entrar en la gloria...

Si es verdad que el Profeta (Isaías 53) llama hijo de Dios un hombre de dolores. ¿Y por quien ha sufrido?, pues era inocente, por nosotros, hermanos míos, que somos culpables, para curarnos por sus heridas...

Sobre este altar reposa el amigo divino que ha purgado vuestras iniquidades, que ha cargado nuestros dolores, que ha sido quebrantado por nuestros crímenes. Es Jesucristo quien nos ha dado el ejemplo único de una ternura que el sentimiento humano no alcanzará jamás... ¿Qué reconocimiento, hermanos míos, nos compromete un tal beneficio...?

Nuestra semejanza con El no es solamente un deber de reconocimiento; es el fundamento de nuestra salvación; no reinaremos jamás con Jesucristo, si no sufrimos con El...

Esas inquietudes que os atormentan, este fastidio que os devora, esas fatigas que os abaten, esas contradicciones que os apena, esas injurias que os hieren, en fin el menor desagrado, abren delante de vosotros una fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna... ¿Puede temer un cristiano que ve a su lado un Dios paciente que no abandona jamás los corazones afligidos? No Dios mío, no temeré las aflicciones porque vos estáis conmigo. Vuestro apoyo será toda mi fuerza, vuestra bondad mi único recurso. A la sombra de vuestras alas, sostendré como el Apóstol los esfuerzos juntos de los más rudos asaltos: el hambre, la desnudez, los peligros, la persecución, la violencia, nada en el mundo podrá separarme de vuestro amor. (Rom. 38,8). En el exceso de mi aflicción, yo me arrojaré en los brazos de Jesús, estrecharé mi corazón contra su Corazón; mezclaré sus lágrimas con las mías, rociaré mis llagas con su sangre, y esta sangre vivificante reanimará mi valor abatido...

Sabemos ciertamente que seremos salvados sin duda si somos conformes a la imagen de Jesucristo sufriente, ¿sufrís vosotros?, sufrís por Jesucristo.

Pobres de Jesucristo, vosotros que pasáis hambre, vosotros que lloráis ahora, consolaos, el tiempo no está lejos en el cual un Dios rico en misericordia os consolará con las riquezas de su gloria donde seréis saciados con un pan celeste, donde vuestra tristeza será cambiada en gozo que no se os arrebatará jamás. Consolaos en fin, vosotros todos, cualquiera que sean vuestras penas. He aquí el consolador que os tiende los brazos. He aquí aquel que os dice: Venid a mí y yo os aliviaré. Oh Jesús, a quien iremos? Vos tenéis palabras de vida eterna, las únicas que pueden consolarnos perfectamente.

Hijos de luz, no nos gloriemos sino en la cruz de Jesucristo. Oh Cruz de mi Salvador, Vos seréis en adelante mi único recurso. Vos serviréis a mi alma como de ancla firme y segura en la tempestad de las aflicciones... No me limitaré a trazar sobre mi vuestro signo de bendición; os imprimiré en mis entrañas, os colocaré sobre el altar de mi corazón”.

Seguramente, esta obra de juventud conserva una estructura académica. Pero ya resuena como una profesión de fe que permite comprender mejor otros escritos parciales. En la trayectoria del futuro fundador nada vendrá a desmentir los términos, al contrario.

En todo caso, la convicción del joven diácono es contagiosa. Mientras él predica de nuevo su sermón en Saint-Pierre-de-Maillé una joven de 19 años le escucha con atención. Estas palabras van directamente al corazón de Irene y afianzan su determinación de consagrarse a Dios, aunque este propósito no sea sino de oportunidad. En los salones del castillo vecino de la Roche en Gué nace una amistad prometida a una larga carrera como el sermón que marca los comienzos de ella... Cerca de cuarenta años más tarde, en Rouen, el vicario general Coudrin de aún lo que él llama “su homilía sobre los sufrimientos” (3 de abril de 1827). Este documento es uno de esos filamentos rojos que permiten comprender el lanzamiento de una vida.

En adelante, nada detendrá a Pedro en su marcha hacia la ordenación sacerdotal. El sabe en quien ha puesto su fe y presiente lo que eso le costará.

Durante el otoño de 1791, encuentra en Poitiers al abate Dancel de Bruneval a quien Mons. De Saint Aulaire ha confiado la diócesis antes de emigrar a Suiza. El obtiene las cartas dimisorias que le autorizan a recibir la ordenación de manos de todo Obispo en comunión con el Papa.

La dificultad estaba en encontrar uno”, anota el P. Hilarion en sus Memorias. “Hacia el fin de 1791 (o en los primeros días de 1792) se entera que Mons. De Bonal, obispo de Clermont, permanecía oculto en París... Llega allá en febrero de 1792”. “En el camino, precisa el autor de las memorias, encuentra toda clase de recursos, caballos para su viaje, personas decentes para pagarle los gastos, y a él no le cuesta nada”. Sin duda caminos y redes clandestinas están ya en actividad.

El 4 de marzo de 1792, segundo domingo de Cuaresma, es para Pedro “el día más feliz de su vida”, Y también, par la treintena de ordenados de pie frente a Mons. De Bonal, sin catedral, ni multitud, sino con el dolor de los viejos libros y la exigüidad de la Biblioteca del Colegio de los Irlandeses, a dos pasos del Panteón. La capilla del establecimiento, que beneficia de la extraterritorialidad, está aún abierta. Cada día se suceden allí misas, oficios, bendiciones del Santísimo Sacramento, celebrados por sacerdotes que no ha prestado el juramento a la Constitución civil del clero. Esta intensa actividad litúrgica y la necesaria discreción explican la ordenación en la biblioteca. No existe ninguna relación detallada de la celebración, Pedro Coudrin es avaro en confidencias. Más tarde él asegurará haberse “hecho sacerdote con la intención de sufrir todo, de sacrificarme por el Buen Dios y morir si lo es preciso por su servicio.”

Esto nos basta para adivinar el espíritu en el cual sigue el retiro predicado los días siguientes por un discípulo del Padre de Clorivière, el P. François-Georges Cormaux.

Poco después, el nuevo sacerdote regresa a Coussay-les Bois con este simple testimonio en el bolsillo: “Certifico que M. Pierre Coudrin, de la diócesis de Pitiers, es sacerdote. De Floirac, vicario general” (de París).

Su regreso y sobre todo la celebración cotidiana de la misa, intrigan. ¿Cuándo y dónde ha sido ordenado sacerdote y por quién? El Sr. Cura tiene conocimiento del testimonio de su sacerdocio. Esto basta. El 8 de abril de 1792, día de Pascua, aquel le invita a celebrar la misa mayor. Mientras que ellos se preparan en la sacristía, llega Louis Doury, el alcalde, portador de un aviso para leer al fin del oficio. Después de haber dado la bendición final, Pedro lee el comunicado del Procurador síndico de Chatellerault que convoca a los ciudadanos de Coussay el domingo siguiente, 15 de abril, para la elección del nuevo cura, conforme a la ley. El acentúa esta lectura con un comentario sin apelación: “Ni yo, ni mi familia, no tomaremos parte en este acto de cisma”.

Esto es demasiado. La ocasión es muy propicia par el “ciudadano-alcalde” para arreglar algunas cuentas con la familia Coudrin. Por la tarde, a la salida de vísperas, conviene con sus partidarios en un ataque para poner la mano sobre esos clérigos rebeldes. Advertidos a tiempo, los interesados desaparecen en el campo. Pedro se refugia en la quinta de los Chézaux, a ocho kilómetros más o menos al norte de Coussay en el lindero de la selva de la Guerche. La familia de uno de sus condiscípulos en el seminario, Les Arnudeau, acoge al fugitivo.

Cuando yo fui echado de la casa de mi padre, confiará él a sus novicios, estuve extremadamente contento de verme en este estado de despojo absoluto. Estuve gozoso de tener que sufrir por el nombre de Jesús”.

Tal es el camino fecundo escogido por Pedro Coudrin, el 8 de abril de 1792. A los 24 años, he aquí que avanza jubiloso sobre las huellas de los confesores de la Fe. Deja tras él, por largo tiempo, Coussay y su familia, pero ¿por qué porvenir?

Muy despechado de no haber podido saciar sus rencores ancestrales, el ciudadano Doury se pone en peligro de un ataque cerebral cuando sabe que, el 16 de abril, Pedro Coudrin ha bendecido el matrimonio de su primo Louis Maumain. El celebrante estando fuera del alcance, proyecta ampararse en los jóvenes esposos. La operación fracasa, pero los Coudrin y sus amigos tendrán que sufrir serias vejaciones de parte de la autoridad municipal. Durante este tiempo, Pedro toma contacto en Poitiers con el vicario general Dancel de Bruneval. Este le da las autorizaciones necesarias para ejercer el ministerio y algunas consignas de prudencia. Sin duda es preferible que el joven sacerdote se haga olvidar por algún tiempo.

A fines de abril – principios de mayo de 1972, Pedro se dirige al castillo de La Motte d’Usseau del cual François Maumain el hermano de Louis, es el granjero. La hospitalidad generosamente ofrecida llegará a ser una prudente reclusión. En los alrededores, la primavera adorna la campiña de colores nuevos y de cantos de pájaros, botones y flores prometen futuros días fecundos.
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