Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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El 17 de marzo de 1789, en Poitiers, los comienzos del colegio universitario Santa Marta (Liceo Enrique IV1) conocen una afluencia desacostumbrada. En la capilla cuyas puertas están abiertas de par en par, se apercibe gradas colocadas para recibir una asamblea numerosa. La agitación es grande: se interpela, se atropella hasta sobre el umbral del santuario y vivas discusiones se prosiguen mientras que cada uno trata de señalar el sitio que le asigna el protocolo.

Dentro de algunos instantes, el marqués de Paligny, gran senecal de Poitou, va a abrir la sesión inaugural de la asamblea provincial de tres órdenes (nobleza, clero, tercer estado) que debe proceder a la redacción de los “cuadernos de representaciones” y a la elección de los diputados a los Estados generales.

La crisis política y financiera ha conducido al Rey Luis XVI, el 8 de agosto de 1788, a convocar esta asamblea extraordinaria que no se ha reunido desde 1614. Los Estados Generales deben abrirse en Versalles el 5 de mayo de 1789. El 24 de enero, una comunicación real precisa los pasos a seguir par poner en ruta una amplia consulta popular y el procedimiento de elección de los diputados.

Desde la modesta parroquia rural a las corporaciones urbanas cada colectividad es solicitada para redactar un “cuaderno de quejas, reclamos y peticiones”.

En Poitou y el País charentais, 100.000 hombres de más de veinticinco años se reúnen en febrero y marzo de 1789 a fin de hacer conocer al Rey “los abusos que existen” y sus proposiciones para remediarlos. El debate sobre todo en las aldeas, anardece los espíritus. Una mala cosecha en 1788 y un invierno riguroso hacen más pesado el clima social. El precio del trigo está sujeto a especulación. En el mes de abril la circulación de los granos está detenida en Pitou. Incidentes acompañados de violencia se multiplican sobre los mercados rurales2.

Cuando la asamblea provincial comienza sus trabajos, estas tensiones repercuten aún en las filas del clero. Las discusiones que preparan la redacción del cuaderno de representaciones hacen aparecer una clara decisión entre el clero parroquial cercano a los problemas del pueblo y del clero alto. El obispo Marcial Beaupoil de Daint- Aulaire, cuya auténtica “solicitud pastoral”, no se puede poner en duda, lleva un estilo de gran señor y se atrae muchas antipatías entre sus sacerdotes a causa de ese autoritarismo. El no será elegido sino al cuarto turno después de los sacerdotes Lescesve (Cura de Saint – Triaise en Poitiers). Jallet (Cura de Cherigné) y Ballard (Cura de Piré-sur-Velluire). El 13 de junio de 1789 en Versalles, dejando la reunión de los diputados del clero para juntarse con los del tercer Estado, estos tres sacerdotes poitevinos van a poner en acción el proceso de formación de la asamblea nacional. Faulcon, diputado del Tercer Estado, en tono burlón anota: “¡El alto y bajo clero están en guerra y las gentes de Dios hacen un ruido del diablo!

Los estudiantes de Teología del Colegio Santa Marta observan con admiración –y con cierto regocijo- esta batahola que por esta vez no es suya. Entre ellos encontramos a Pedro Coudrin que ha ingresado a la Universidad de Poitiers desde el fin del Vera de 1785. Frecuenta primero al Colegio DIADELPHIQUE, cerca de la Catedral de San Pedro, donde estudia Filosofía y obtiene, en 1786, el título de bachiller y un año después el de Licenciado y Maestro en Artes. En esta época se hospeda en la familia de un modesto carpintero, Renot, Place du Pilori (Plaza de la Libertad). En octubre de 1788, obtiene, gracias al sacerdote Fournet, el puesto de preceptor de los niños de François Chocquin, consejero en el gran Baillage de Poitiers. No tiene sino 20 años. Muy pronto sin embargo, la familia Chocquin le tiene en gran estima al punto de confiarle amplias responsabilidades.

Todos han partido para un viaje largo, escribe a su hermana María. Me han encargado todas las llaves de todos los asuntos de la casa. A pesar de que ellos tienen en mi mucha confianza, estoy siempre preocupado de temor que no se encontrase todo en buen orden cuando ellos regresen” (16 de septiembre de 1788).

El no toma parte en “el fárrago que ocupa a los grandes” en los salones de esos huéspedes rumoreando los acontecimientos que agitan la ciudad y el país en esta primavera de 1789.

Pedro se hace eco de ello cerca de sus padres “Aquí los disturbios son grandes por la convocación de los Estados Generales”. Estos serán los únicos comentarios que tendremos de su parte, sobre los acontecimientos que hacen nacer muchas esperanzas en los unos sin disipar la inquietud de los otros.

Seguramente, Pedro no hará carrera política, sus preocupaciones son otras. El prevée para el otoño su entrada al seminario diocesano. Sus estudios y su cargo de preceptor le absorben completamente. En la segunda quincena de abril de 1789, se entera por su cura, el sacerdote Michel Limousin, la pérdida del proceso que sostenía desde hace cuarenta años su familia a los Degenne y a sus herederos los Doury. Ante esta prueba que hace incierto su porvenir, se encuentra en él los acentos evangélicos de su abuelo perdonando a su irascible cuñada.

Acabo de saber, escribe el 23 de abril a su padre, la noticia de nuestra destrucción. ¡Ay! ¿Por qué lo he ignorado tan largo tiempo? Vuestra ternura hacia mi quería evitarme la pena. Es el colmo de la desgracia; pero hay un Dios fuente de toda consolación. ¡Ah! Tengamos confianza en El, ya que la injusticia de los hombres nos reduce a un vil gusano de la tierra, a quien se le quita hasta su sustancia. Los crímenes no quedarán impunes, y estad convencido que existe un Dios misericordioso para los afligidos. ¿Qué queréis, amigos míos? Esta decidido que debemos estar sobre la paja toda nuestra vida. Es preciso resolverse a ello. He ahí Job ¡El cielo, el justo cielo lo quiere. Soportemos con paciencia lo que él ordena. Yo trataré de no haceros gastar nada en adelante. Ah! ¡Estáis en desgracia! Pedid a Dios, pedid a Dios sin cesar. Es el verdadero, el bueno, el único consolador.

Perdonemos, padre mío, madre mía, mi tío, hermanos míos, y mi hermana muy sufrida. Perdonemos, perdonemos. ¿Quién sabe? Puede ser que Dios quiera que tengamos éxito de otra manera. ¡Oh! la confianza en Jesús es una bella virtud. Resignémonos a su santa voluntad. Bendigamos la mano que nos hiere. Pues está decidido en los decretos de la Divina Providencia que, si el cielo no permitiese todo esto, nos podría el puñal en el cuello y no nos matarían.

Seamos dóciles al Ser Supremo, no le abandonemos. Ciertamente, El nos consolará muy pronto. La justicia eterna no sufrirá que seamos siempre desgraciados. En vano nos entregaríamos a la desesperación. Las cosas han sucedido, el golpe está dado, no lo volváis incurable. Arreglad lo más pronto. No se quiere sino nuestra ruina. El Señor no lo sufrirá. Tendremos aún la ventaja con la ayuda de la misericordia del Dios vivo.

Amemos a Dios: si mis queridos padres, amémoslo por sobre todo. El nos aliviará, estad seguros de ello; no sufrirá que perdamos todo; pero perdonemos a nuestros enemigos.”

El golpe dado a los suyos es demasiado injusto. Pedro deja hablar a su corazón. Su “confianza en Dios” no puede ser defraudada. En Jesucristo, su misericordia y su fidelidad por la humanidad han tomado carne. Tal es la seguridad que le da esta fe que el profesa al usar la pluma y que le dicta palabras de perdón frente al odio que persigue a su familia desde muchos años.

Esta prueba templó su carácter. Limitó la tranquilidad de una existencia que transcurría con la blanda serenidad de las aguas de la Boivre o del Clain. En la adversidad manifiesta admirables recursos de determinación y de audacia.

Los consejos prudentes del abogado Chocquin y de sus relaciones permitirán a Abraham Coudrin hacer frente honorablemente a las consecuencias de la sentencia que le es desfavorable. Esta experiencia repentina de precariedad, aún relativa, vuelve a su hijo más atento a la situación de mucha gente alrededor de él ¡Aquí se sufre mucho, los pobres se lamentan! El trigo vale hasta tres libras, 100 céntimos. Ya no se hace pan blanco, y los burgueses no puedes comprarlo, a menos que estén enfermos. Trabajar para ganar la vida, he aquí la suerte del pobre como nosotros. (1º. De Julio de 1789). ¿En esta coyuntura, qué decidir para el porvenir? Las noticias venidas desde París durante el verano, no son nada favorables para quien quiere entrar en la “carrera eclesiástica”. ¿Cómo hacer frente a los gastos de pensión del seminario?

Pedro aprovecha los meses de vacaciones en Saint-Pierre- de Maillé y en Coussay para reflexionar y consultar. En el otoño, la decisión está tomada. Su padre pagará la pensión, M. Chocquin acepta dejar partir al preceptor de sus hijos, quién va a presentarse a un concurso para obtener una beca. El 11 de noviembre de 1789, los Padres Lazaristas, que dirigen el seminario diocesano, acogen a Pedro Coudrin en la hospedería Pinet. Desde entonces, él se consagra a los estudios y a los diferentes ejercicios de la vida del Seminario. “Sacrifica todo, anota el P. Hilarión... aún su violón” a pesar de que ama la música y siente con ella las más vivas emociones. Pedro no hace nunca las cosas a medias. El sacerdote Brault, su profesor de Teología y futuro Arzobispo de Albi, escribirá a este respecto: “¡Qué candor en este alumno! ¡Qué piadosa penetración en las materias las más elevadas! ¡Qué angélica virtud! El no pierde jamás la presencia de Dios”.

Su piedad impresiona a los directores del Seminario a los cuales es recomendado por el Vicario General de Aviau de Sanzay, futuro Arzobispo de Viena. “Tenéis allí un sujeto que os hará honor, cuidadle bien; es un árbol que, extendiendo a lo lejos sus ramas, llevará buenos frutos!” Según su hermano Carlos, se habría querido hacer de él un “escritor”, es decir, un intelectual: tiene capacidades para ello. Tal no parece ser su inclinación. Pedro pertenecía desde un tiempo atrás a la Asociación de Vida Espiritual, muy extendida en la época entre los seminaristas. Su director espiritual, el P. Hayer, que ha capacitado bien al hombre, le orienta más bien hacia la vida pastoral. “El buen Coudrin”, como le llaman sus amigos, es feliz en el Seminario y él no se lo oculta.

Se está bien aquí para todo, escribe a los suyos el 31 de Enero de 1790. Lo que me tranquiliza es que mis superiores parecen brindarme amistad, y yo no se si es la Providencia quien lo permite, porque yo tengo mayor necesidad de ello, me distinguen más que a los otros, sea haciéndome hacer las lecturas, sea haciéndome cantar, sea pidiéndome lo que es más difícil. Gracias a Dios, yo desempeño bien y todo parece ir bien. Ellos están contentos y yo también. No me preocupo sino de haceros gastar tanto dinero”.

Una inquietud sin embargo:

Hasta la Trinidad, estoy en la incertidumbre. Pues en ese tiempo seré recibido a las Órdenes, sin yo lo merezco. Oremos todos para que yo llegue al final. Nunca fue tan difícil”.

En efecto, el llamamiento a la Ordenación se adelantará al Sábado Santo. Surgió entonces una nueva dificultad. Los Doury de Coussay, que habían ganado el proceso, supieron que Abranham Coudrin da como título clerical por su hijo “una renta vitalicia de ochenta libras constituida sobre un terreno” concernido por la sentencia, hacen inmediatamente oposición. Pedro debe disuadir a su padre irritado de iniciar un nuevo proceso pues, él escribe el 16 de marzo: “Aunque se hay puesto oposición a mi título, la Providencia proveerá. El Sr. Obispo podrá dispensarme de él. No hagáis de ningún modo citar a esas gentes, yo os lo pido. Tratad mas bien de conformaron lo más pronto. Evitemos ser oprimidos, pacificad las cosas con el tiempo... Perdonad todo”. (16 de marzo de 1970).

Efectivamente, el 1º. De abril de 1970, el sacerdote Dancel de Bruneval, Vicario General del Sr. Saint – Aulaire, declara el título suficiente. Dos días después,. El 3 de abril, Pedro recibe las Ordenes menores y el subdiaconado de manos de su Obispo venido de París donde él participa de la Asamblea Constituyente que se prepara a elaborar la Constitución civil del clero.

Para Pedro y sus compañeros, un paso decisivo está dado. El viejo Obispo que les ha invitado a ello, ha tomado conciencia de comprometerles en una aventura inédita.

Después de algunos meses, el joven subdiácono va a tomar por largo tiempo los caminos de la clandestinidad y de la audacia.
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