Decreto sobre la actividad






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Ad gentes

DECRETO SOBRE LA ACTIVIDAD
MISIONERA DE LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

El decreto «Ad gentes divinitus» es otro ejemplo de cómo el Concilio no se limitó a sugerir más y más perfección en las sucesivas redacciones de los textos que se le presentaban, sino que a veces decidió, en llamativa votación, la orientación entera de un documento para pedir su replanteo radical. Esta vez ocurrió así :

A la Comisión antepreparatoria habían llegado 177 pro­puestas referentes a temas misionales. Con ellas, la Comi­sión preparatoria de misiones, dividida en cinco Subcomi­siones, redactó siete pequeños esquemas sobre puntos par­ticulares. La Comisión central preparatoria los examinó entre marzo y mayo de 1962 y ordenó su unificación en lo que podemos llamar segundo texto del esquema sobre mi­siones.

El Concilio creó desde su primera etapa una nueva con­ciencia del deber misional, a medida que estudiaba la esen­cia de la Iglesia y el oficio de los sucesores de los Apóstoles, los Obispos. Por eso, la Comisión conciliar de misiones orde­nó en marzo de 1963 una tercera redacción que superara el tono excesivamente jurídico de la anterior.

Para diciembre de 1963, sin embargo, ya existía el cuarto texto, que fue repartido a los Obispos a comienzos de fe­brero de 1964.

Incidencias que pertenecen a la más larga historia del Concilio hicieron que, cuando estaban llegando por cente­nares las propuestas de perfeccionamiento del esquema, la Comisión recibiera el encargo de reducirlo a una serie bre­vísima de trece «proposiciones», renunciando a todo desarro­llo doctrinal. En julio, previa aprobación del Papa, se expe­día a todas las diócesis del mundo ese quinto y brevísimo texto.

Aun dada su corta longitud, todavía fue cambiado en once puntos y aumentado en uno, para atender a las obser­vaciones llegadas entre julio y octubre. Así, en su sexta redacción, llegó el tema misional al Aula, donde fue discutido del 6 al 9 de noviembre de la tercera etapa conciliar, 1964. Para dar una muestra especial de benevolencia y subrayar la importancia que la Iglesia en concilio dedicaba al tema misional, bajó el propio Papa Pablo VI, que tuvo un dis­curso en el que mostró su esperanza de que, «con los debidos perfeccionamientos», el documento fuera aprobado. Los per­feccionamientos que los oradores fueron pidiendo eran, sin embargo, tantos en número e importancia, que, faltando todavía un centenar de oradores por hablar, la Comisión tomó la iniciativa de retirar el esquema antes de toda vota­ción. Un aplauso acogió esa iniciativa; pero el secretario general ordenó votar, y los resultados fueron 1.601 votos contrarios al texto y sólo 3I1 favorables.

En enero de 1965 había nueva redacción: la séptima, primera en línea que llevaría al éxito final. Se repartió, después de muchas consultas, a comienzos del verano.

La última discusión en el Aula tuvo lugar del 8 al 13 de octubre de 1965, y el texto salió aprobado como base. La octava redacción, o «textus emendatus», muy enriquecida, se votó primero por párrafos y luego en su totalidad, con 2.162 votos favorables, 18 negativos y dos nulos.

El 7 de diciembre de 1965, Pablo VI promulgó el decreto «Ad gentes divinitus», después de la votación final de 2.394 «placet», con sólo cinco «non placet». Fue la votación más alta de todas las realizadas en el Concilio.

SUMARIO

Proemio.—La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de predicar el Evangelio. El Concilio desea exponer los prin­cipios de la actividad misionera y reunir las fuerzas de todos los fieles para difundir el reino de Dios.

CAPITULO I.—Principios doctrinales

  1. El designio del Padre.—La Iglesia es por su naturaleza mi­sionera. Dios nos ha llamado a participar de su vida y de su gloria, no sólo individualmente, sino además como pueblo.

  2. La misión del Hijo.—Para establecer la comunión con El, Dios decidió entrar en la historia humana enviando a su Hijo. Cristo fue enviado como mediador para hacer par­tícipes a los hombres de la vida divina. Lo que una vez fue predicado y realizado por el Señor, debe ser procla­mado sobre toda la tierra.

  1. Misión del Espíritu Santo.—En Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, y la Iglesia comenzó a manifestarse y a difundirse. Es el Espíritu Santo el que, a través de los tiempos, unifica la Iglesia, enriqueciéndola -'con sus dones y suscitando en el corazón de los fieles el espíritu misionero.

  1. La Iglesia, enviada por Cristo.—Los Apóstoles, llamados por Cristo, fueron la semilla del nuevo Israel y el origen de la sagrada Jerarquía. A ellos Jesús ordenó predicar por todas partes la buena nueva. Este es el origen del deber que la Iglesia tiene de difundir la verdad y la salvación de Cristo. Para cumplir este mandato, la Iglesia debe caminar por el sendero de Cristo, en pobreza, obediencia, servicio y olvido de sí hasta la muerte, de la cual El resurgió vic­torioso.

  2. La actividad misionera.—Esta misión de la Iglesia es úni­ca, aunque conoce varias modalidades, las cuales no de­penden de su naturaleza, sino de las circunstancias. Las iniciativas evangelizadoras que se comprenden bajo el nombre de misiones tienen como objeto fundar nuevas Iglesias, autóctonas tan pronto como sea posible, con pro­pia jerarquía, de forma que puedan contribuir al bien de la Iglesia una y universal. Son varios los problemas y las situaciones que se presentan a la actividad misionera, la cual se diferencia de la actividad pastoral, que concierne a los fieles, y de las iniciativas ecuménicas, aunque todas ellas están íntimamente unidas entre sí.

  1. Causas y necesidad de la acción misionera.—La razón de la acción misionera es la voluntad de Dios. Es necesario que todos los hombres se conviertan a Cristo y por el bautis­mo sean incorporados a la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Aunque Dios, por vías que El sólo conoce, puede conducir a la fe a los hombres que ignoran sin culpa a la Iglesia, sin embargo, incumbe a ésta el deber de evange­lizar. A la actividad misionera se debe el que Dios sea ple­namente glorificado por la fe de los hombres, unidos en un solo cuerpo; y gracias a dicha actividad se realiza el designio divino.

  1. La acción misionera en la vida y en la historia lumana.—Manifestando a Cristo, la Iglesia revela a los hombres la auténtica verdad de su condición y de su entera vocación.

g. Carácter escatológico de la acción misionera.—El tiempo de la acción misionera está situado entre las dos venidas del Señor. La acción misionera tiende a la plenitud escatoló­gica, ya que gracias a ella se desarrolla el Pueblo de Dios hasta el tiempo establecido por el Padre.

CAPíTULo lI.—La obra misionera

10. Introducción.—Es todavía inmensa la labor misional pen­diente. Un gran número de hombres desconoce el mensaje evangélico. Son muchos los que permanecen separados de él. Algunos incluso niegan a Dios. Para anunciar el mis­terio de la salvación la Iglesia debe insertarse en todos los grupos humanos.

Artículo I.°--El testimonio cristiano

si. El testimonio de la vida y el diálogo.—La Iglesia debe estar presente a través de sus hijos, los cuales están obligados a manifestar el Espíritu Santo, que les anima. Para poder dar testimonio eficaz de Cristo, deben unirse a los demás hombres con la estima mutua y caridad, participar en la vida cultural y cívica, descubriendo con gozo las semillas de la Palabra que en las tradiciones de los pueblos se ha­llan. Cristo y los Apóstoles nos han dado ejemplo de diá­logo sincero y paciente.

  1. Presencia de la caridad.—A ejemplo de Cristo, vivan los cristianos animados por la caridad. Trabajen juntos con los demás hermanos por el recto ordenamiento económico del país y el mejoramiento del nivel de vida de los pueblos, teniendo, sin embargo, a la vista no sólo el progreso ma­terial, sino también la dignidad y la fraternidad de los hom­bres en la verdad de Cristo.

Artículo 2.°—La predicación del Evangelio y la reunión del Pueblo de Dios

  1. Evangelización y conversión.—Dondequiera que es posible, se debe anunciar el Evangelio. La conversión inicial debe después desarrollarse a lo largo del catecumenado. Así como la Iglesia defiende para sus fieles el derecho a seguir su fe, así prohíbe severamente forzar a cualquiera a abra­zarla, e incluso pide que sean examinados y eventualmen­te purificados los motivos de la conversión.

  2. Catecumenado e iniciación cristiana.—Orientación pastoral y normas prácticas para el catecumenado.

Artículo 3.°—Formación de la comunidad cristiana

15. Presencia de Dios en el mundo.—El misionero debe consti­tuir una comunidad cristiana digna, capaz de subvenir a las propias necesidades y de organizar las asociaciones pro­pias, dotadas de espíritu ecuménico, libre de todo confu­sionismo, que viva según los usos y las tradiciones del país, evitando el racismo y el nacionalismo.

16. Constitución del clero local.—La Iglesia arraiga más pro­fundamente en los diferentes grupos humanos cuando de éstos provienen los Obispos, los sacerdotes y los diáconos que se ponen al servicio de sus hermanos. Orientación y normas para la formación del clero.

  1. Formación de los catequistas.—Orientaciones y normas so­bre la formación y la actividad de los catequistas.

  2. Promoción de la vida religiosa.—Deberá ponerse sumo cui­dado para introducir la vida religiosa en las jóvenes Igle­sias. Los Institutos religiosos que trabajan en misiones de­ben procurar transmitir sus valores tradicionales según la índole propia de cada nación. Deberán cultivarse las di­versas formas de vida religiosa, a fin de presentar los dife­rentes aspectos de la misión de Cristo. Mención particu­lar de las Ordenes contemplativas.



CAPITULO III.—Las Iglesias particulares

  1. Los progresos de las Iglesias nuevas.—La obra de formación de una Iglesia se puede considerar suficientemente termi­nada cuando ha alcanzado una cierta estabilidad y se halla en situación de regirse con clero, religiosos, laicos e insti­tuciones locales. Estas Iglesias, sin embargo, se hallan casi siempre en las zonas más pobres del mundo y sufren esca­sez de clero y de medios materiales. Por ello, tienen nece­sidad todavía de la acción misionera, la cual debe procu­rarles las ayudas necesarias para el desarrollo de su vida cristiana. Esta acción debe ayudar también a las Iglesias fundadas ya de antiguo, pero que se encuentran hoy en es­tado de decadencia o debilidad.

  2. La acción misionera de las Iglesias particulares.—El Obispo debe ser ante todo el predicador de la fe y debe conocer exactamente la situación y la mentalidad de su grey. En las Iglesias de reciente fundación, el clero local debe em­prender con celo la obra de la evangelización juntamente con los misioneros, bajo la guía única del Obispo. Dígase lo mismo de los religiosos y de los seglares.

2 I . Hay que promover el apostolado de los seglares.—Una Iglesia no vive verdaderamente si no dispone de un auténtico lai­cado. Por ello es necesario constituir un laicado maduro, capaz de encarnar el mensaje cristiano en la psicología, en la cultura y en las estructuras del pueblo. Los ministros de la Iglesia deben tener en gran estima el apostolado de los seglares.

22. Diversidad en la unidad.—Es necesario alentar una re­flexión teológica hecha a la luz de las diversas culturas para ver—al margen de todo sincretismo—por qué vías la fe busca la inteligencia en el contexto cultural y religio­so de los diversos pueblos.

CAPÍTULO IV.—Los misioneros

  1. La vocación misionera.—Aunque a todo cristiano incumbe el deber de propagar la fe, sin embargo, Cristo llama a aquellos hombres y a aquellos Institutos a los que inspira una particular vocación misionera.

  2. La espiritualidad misionera.—El misionero debe tener la audacia de predicar el escándalo de la cruz, mostrando cuán ligero es el peso de la cruz y encontrando entre fati­gas y tribulaciones el gozo de Dios. Convencido de que la obediencia es una virtud particular del ministro de Cris­to, deberá el misionero cultivar la gracia de su vocación, renovándose cada día.

25-26. Formación espiritual, moral, doctrinal y apostólica.—Se indican las orientaciones espirituales, culturales y didácti­cas que deben inspirar la formación de los misioneros.

  1. Institutos que trabajan en las misiones.—Los Institutos reli­giosos, ayudados por su estructura comunitaria, pueden acometer con mayor facilidad esta tarea. Por tanto, con frecuencia la Santa Sede les confía territorios enteros que deberán ser objeto de su acción misionera.

CAPÍTULO V.—Ordenación de la actividad misionera

  1. Introducción.—Todo cristiano debe ayudar a la evangeli­zación según su propia capacidad, colaborando de forma coordinada con los demás fieles y con los misioneros.

  1. Ordenación general.—Directrices y normas prácticas para el funcionamiento de la Congregación de Propaganda Fide.

3o. Ordenación local de las misiones.-EI promover y coordinar toda la actividad misionera es función del Obispo, el cual, en lo posible, debe constituir un Consejo pastoral com­puesto de sacerdotes, religiosos y laicos.

3 Coordinación regional.—Las Conferencias episcopales de­berán tratar, respetando las diferencias locales, los proble­mas de interés común, creando obras (seminarios, escue­las superiores, etc.) que puedan servir al bien común.

  1. Ordenación de la actividad de los Institutos.

  2. Coordinación entre los Institutos.

  3. Coordinación entre los Institutos científicos.—Normas y prác­ticas para el funcionamiento y la coordinación de estos Ins­titutos.

CAPÍTULO VI.—La cooperación

  1. Introducción.—El Concilio invita a todos los cristianos a una profunda renovación interior y les anima a que asu­man su propia responsabilidad en la difusión del Evan­gelio.

  1. Deber misionero de todo el Pueblo de Dios.—Todos los fieles están obligados a cooperar en la obra misionera en virtud de su incorporación a Cristo. El deber más importante en orden a la evangelización es el testimonio personal de una vida profundamente cristiana. Déseles, pues, la informa­ción necesaria acerca de la situación y de las necesidades misioneras, valiéndose para ello de los modernos medios de comunicación social.

  2. Deber misionero de las comunidades cristianas.—También las comunidades diocesanas y parroquiales deben cooperar a la actividad misionera. A este propósito, será útil que se pongan en conexión con los misioneros salidos de las propias comunidades.

  3. Deber misionero de los Obispos.—Todo Obispo ha sido con­sagrado no solamente para su diócesis, sino también para el mundo entero. El mandamiento de Cristo de predicar a toda criatura afecta al Obispo directamente. Es misión de éste suscitar en la propia diócesis el sentido misionero, alentar las vocaciones y las actividades misioneras de los Institutos religiosos y, sobre todo, sostener las Obras Mi­sionales Pontificias. Labor de las Conferencias episcopa­les en este campo.

  4. Deber misionero de los sacerdotes.—También los sacerdotes, colaboradores de los Obispos, deben comprender que su vida está consagrada a las misiones. En su actividad pas­toral cultiven el fervor misionero. Los profesores de semi­narios y universidades deben informar a los alumnos so­bre la situación de la Iglesia y sobre la necesidad de una evangelización más intensa. En la enseñanza de las cien­cias bíblicas, históricas y morales deberán subrayarse los aspectos misioneros que están en ellas contenidos.

  5. Deber misionero de los Institutos de perfección.—El Concilio conoce los méritos misionales de los Institutos contem­plativos y activos y los exhorta a perseverar en este celo. Tanto los unos como los otros son exhortados a fundar ca­sas en territorios de misión, adaptadas a la situación local. También la ayuda de los Institutos seculares será fructí­fera en este campo de evangelización.

  6. Deber misionero de los seglares.—En los territorios ya cris­tianos, los seglares cooperen a la evangelización, desper­tando en sí mismos y en los demás el interés por los pro­blemas misioneros, alimentando vocaciones y ofreciendo toda clase de ayudas. En los territorios de misión, los se­glares deben enseñar en las escuelas, intervenir en los asuntos temporales, promover las varias formas del apos­tolado seglar. Finalmente, deben aportar su propia ayuda económica a los pueblos en vías de desarrollo.

  1. Conclusión.—Los Padres conciliares, en unión con el Ro­mano Pontífice, sienten profundamente el deber de extender por todas partes el reino de Dios y saludan amorosa­mente a todos los predicadores del Evangelio, que traba­jan por Dios para que todas las naciones lleguen al cono­cimiento de la verdad.

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