Sor maría natalia magdolna






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Fin del pecado, no fin del mundo
Cuando alguien le preguntó al Señor sobre el fin del mundo, Él contestó: “Está cerca el fin del pecado, pero no el fin del mundo. Pronto terminará la perdición de muchas almas. Mis palabras se cumplirán y habrá solamente “un solo rebaño y un solo Pastor”.

Vi a gente de otras denominaciones entrar en la Iglesia purificada y santificada, pero solamente después que el pecado sea vencido y Satanás encadenado.
¿Puede Jesús enviarnos mensajes hoy?
Jesús contestó así a los que no creen que Él pueda enviar mensajes:

–Sacerdotes míos, que Me aman, ¿cómo pueden creer que Yo no pueda enviarles mis palabras para que las almas mejoren? Yo les dije: “Estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¿Puedo estar inactivo cuando estoy con ustedes? ¿Puedo estar mudo cuando sé que mis palabras pueden salvar miles de almas? ¡Puedo desenmascarar a los falsos profetas y lo haré! Si no pudiera, ¿cómo puedo ser el Dios de amor, luz y providencia? He pedido arrepentimiento hasta con los primeros hombres: Adán y Eva. He pedido arrepentimiento por medio de mi precursor, Juan el Bautista. ¿No les he puesto Yo mismo el ejemplo de reparación y vida de sacrificio? Esta es la razón por la que permanezco en los sagrarios, para llevar a las almas al amor y a la penitencia. ¿No es esto por lo que todavía vivo entre ustedes en los templos, en donde consuelo al Padre celestial tan ofendido? Entonces, si Yo mismo bajo hasta ustedes con tan noble gesto, ¿por qué se apartan de Mí?

Unos días más tarde, después de la sagrada Comunión, Jesús me dijo: “Si mis sacerdotes pudieran ver al mundo a la luz de la verdad, verían que lo he conservado solamente por las obras de reparación de los justos. Las oraciones y reparaciones de los justos mueven mi Corazón a tener misericordia con mi pueblo y a disminuir los bien merecidos castigos”.
Dignidad del sacerdote
Fue duro y difícil para mí llevar estos mensajes a los superiores, especialmente cuando se trataba de fuertes advertencias y reprensiones. Me era difícil escribir hasta una sola palabra por motivo de la santidad y dignidad de los sacerdotes. Sentía mi insignificancia ante ellos desde el momento en que el Señor me mostró su dignidad. Sacrificaría mi vida miles de veces por los sacerdotes. El Salvador –aunque censuró a los sacerdotes por sus pecados– los protege ante su Padre celestial. Él oró por ellos de este modo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen; si lo supieran, no Me ofenderían sino Me amarían. Por favor, ten piedad de ellos, cese tu justa cólera”.

Después de esta oración vi cómo el Salvador presurosamente llevaba sus gracias a aquellas almas sacerdotales por las que había rogado; las gracias llegaron a los sacerdotes en parte a través de inspiraciones y en parte a través de las palabras de otras personas.

–Hija mía, ora y sacrifícate por aquellos superiores que rehúsan reconocerme en las almas. Sufro mucho por esos superiores porque los amo y deseo que Me reconozcan en las almas confiadas a su cuidado. Reza para que la luz se haga en ellos. Que sepan que Yo soy el Superior de los superiores. Yo soy el único Señor y puedo actuar libremente. Soy aquel a quien nada ni nadie puede atar. Vicarios míos, deberían saber por qué les dirijo estas palabras tan duras. Mi reino no es el despotismo. Mi poder no es la fuerza. Si hablo, es por consideración a ustedes; obedezcan antes que sea muy tarde.

Luego de esto, el Señor no volvió a hablarme de los superiores por dos meses. Después vi de nuevo al Señor. Parecía muy triste mientras miraba a aquellos superiores que preparaban cuerdas para atarlo. Me dijo: “Quitaré a estos superiores de mi camino. Hija mía, escribe mis palabras con tu propia sangre y envíaselas a ellos: lo que he comenzado, lo terminaré; lo que deseo, lo conseguiré; si no ha de ser con ellos entonces será con otros”. Entendí que el Señor señalaba la muerte de algunos superiores; la muerte era una gracia para ellos, porque así se les evitaba un mal mayor: la continuación en sus errores.
Obstáculos
Desde 1943 el Señor ha pedido siete veces a los superiores que le quiten las cuerdas. En una ocasión me dijo: “Deseo que lleves mi mensaje a Roma y a los superiores de mi hijo, el padre G.; aparten de Mí los impedimentos si quieren ver mi gloria y quieren recibir mis bendiciones. Hija mía, es mi última advertencia a tus superiores. Si no permiten que, por medio de mi hijo (el padre G.), Yo fortaleza a esas almas debilitadas y cansadas, no podrán evitar mi castigo”.

Cuando el Señor me hablaba así, yo también sufría mucho. Hubiera preferido morir a ver a Nuestro Salvador en ese estado de agonía y escuchar sus quejas sin poder ayudarlo.
Justicia en lugar de misericordia
En una ocasión el Señor me reveló el secreto de las gracias perdidas. Me mostró dos grupos de almas. Las oraciones y sacrificios del primer grupo se elevaban al cielo hacia Él, mientras Él extendía sus manos llenas de gracias sobre la tierra. El otro grupo, que no llevaba una vida de oración y sacrificio, se burlaba del primero y le causaban una gran pena a Jesús. Ellos bloqueaban intencionalmente los esfuerzos de Jesús por derramar sus gracias sobre la tierra. Por eso Jesús me dijo: “Mira, querida hija: las almas buenas me piden las gracias y Yo se las daría de todo corazón, pero luego intervienen las almas malas y no dejan que Yo reparta mis gracias”.

Le pregunté al Señor cómo es posible que un espíritu malo pudiera llegar a oponer un obstáculo tan grande, y Él me contestó: “Lutero era un hombre e Ignacio de Loyola era un hombre. ¡Pero, qué diferencia entre las obras de ambos! La relajación y la tibieza de mis elegidos me causan tal dolor, que tú morirías de sufrimiento si pudieras sentir aunque sólo una parte. ¡Ay de aquellos que por sus acciones o falta de acción impiden que las gracias de Dios lleguen a la gente! No solamente serán juzgados los que rechazan las gracias, sino también los que impiden a otros recibirlas”.

– ¡Ay de ustedes, sacerdotes ingratos y tercos! ¡Cuán fácil sería para ustedes quitar todos los obstáculos! ¡Qué fácil sería para ustedes salvar a su país y al mundo! Pero su falta de fe Me mantiene atado hasta en aquellas almas en las que Yo podría llevar a cabo mi plan. Ustedes atraerán sobre sí mismos los golpes del justo castigo, porque sus faltas cancelan mis planes y mi voluntad. ¡Hija mía, mi amor misericordioso tiene que dejar paso a mi justicia!
La proximidad de los sufrimientos
Vi con los ojos del alma los sufrimientos que pronto tendríamos que pasar. Sin embargo, esta visión no era tan dolorosa como el ver al salvador sufriendo. Jesús me miró y dijo: “Hija mía, ayuna y ora por los sacerdotes que trabajan en contra de Mí. Ellos no viven de acuerdo a las enseñanzas de la fe. Observo todas sus palabras y obras. Esto es solamente el comienzo de la angustia. Y si esto es solo el principio, ¿qué seguirá si ellos no se convierten?”

Vi a algunos religiosos en Roma, y también a algunos obispos locales, que actuaban contra Jesús. Por esto Él sufría tanto. Pero vi cómo soportaba pacientemente, esperando y esperando. En cuanto a los sacerdotes desobedientes, Él dijo: “Esta es su hora, ¡pero también mi hora viene ya!”.
El sufrimiento de escribir
Un día, durante la Misa, Jesús me advirtió que debía darme prisa para escribir sus mensajes y pasarlos, porque se acercaba rápidamente la hora en la que se me prohibiría todo esto. Comencé a quejarme desesperada de lo mucho que yo sufría por tener que estar trabajando siempre en estos escritos. Jesús no aprobó mis palabras y por un tiempo no se me apareció. Cuando regresó, me dijo: “Hija mía, ¿piensas que otros instrumentos míos, a los que Yo he hablado, no han sufrido lo mismo? Te aseguro que ellos trabajaron mucho y siempre recuperaron su fuerza. Siempre les di la gracia necesaria como lo hago también contigo”. De esta manera recuperé nuevos bríos para continuar.
Súplica de un milagro
Un día fui al Santísimo para pedirle ayuda a Jesús para los superiores que no acataban Su voluntad. Le pedí que hiciera un milagro, no uno pequeño sino uno grande, para despejar todas las dudas sobre el origen de los mensajes. El Señor me contestó: “¡Deberías dejar este asunto en mis manos! Mi hora no ha llegado aún. Cuando llegue, los ojos de todos se abrirán y el velo desaparecerá. Entonces todos aquellos que sufren y trabajan Conmigo ahora, se maravillarán ante mi obra maestra. Ellos saborearán sus frutos para siempre”.

Muchos no aceptaron esta respuesta, y yo volví a pedirle al Señor alguna señal. En tono severo Jesús me dijo: “Hija mía, hice lo que era necesario. ¿Por qué no pueden ellos aceptar esta respuesta? ¡Yo soy el Señor de mis siervos! ¿Por qué no toman mi mano y me siguen por el camino por donde ellos pueden reconocerme?” El Señor entonces mencionó cierta señal, por la que algunos casi lo reconocieron, pero aún estaban indecisos de tomar el camino correcto. Entonces el Señor dijo: “¿Por qué es alma, a la que Yo le di la luz, y casi me reconoció, se alejó de Mí? ¿Por qué ese superior en particular, influenciado por sus subalternos siguió atando mis manos? Él tiene el poder de permitir que mi sacerdote trabaje entre sus compañeros sacerdotes y entre mis almas consagradas para hacer reparación. ¡Ay de aquellas almas que ponen resistencia! ¡Pero más desgraciados aquellos que alientan a otros a no inclinarse ante Mí!”.
¡Milagros, no!”
Después de cierto tiempo Jesús me dijo:

– ¡Mis sacerdotes deberían saber que ellos no pueden exigir ningún milagro! Este no es el tiempo de multiplicar panes. Este es el tiempo para la conversión milagrosa de los pecadores. ¡Si ellos creen, se salvarán; si no, sufrirán!

–No se aflijan por el hecho de que mis sacerdotes Me reconocen con tanta lentitud y Me desobedecen con tanta facilidad. Este es mi destino en la tierra. No resulta tan doloroso para Mí que las almas se Me acerquen tímidamente, pero taladra mi divino Corazón la manera en que algunos de ellos rehúsan reconocerme. ¡Hasta tú dudaste de Mí! Te aseguro que no sufrirás ningún daño a causa de mis mensajes.
Yo soy el Todo”
Me había propuesto guardar silencio sobre los anteriores mensajes, pensando que Jesús podía lograr lo que Él deseaba sin mí, y así podía evitar la desazón que me causaba mi torpeza. Pero Él me dijo: “Hija mía, ¿no sabes que mi yugo es dulce para los que me aman? ¿Puede ser duro cuando es suave? ¿Puede algo dulce ser amargo? ¿Puede algo ser desagradable cuando es agradable? ¡Yo soy el Todo! Soy tu alegría, no solamente cuando te hablo sino siempre, también cuando te digo que hables de mis mensajes. ¡No puedes guardar silencio!
Mensaje al Papa Pío XII
Un día, durante la Segunda Guerra Mundial, Jesús expresó sus preocupaciones por Roma. Me dijo: “Es mi voluntad que lleves el siguiente mensaje a mi bendito hijo, el Papa: ‘¡No dejes el Vaticano! ¡Si sales, el enemigo lo destruirá inmediatamente!’ Se entregó el mensaje y el Santo Padre se quedó en el Vaticano. Una bomba cayó en Castelgandolfo (la residencia del Papa) a donde había pensado ir”.

–Hija mía, en el pasado dije al mundo que un Papa reinaría en este tiempo, que sería un hombre angelical, que viviría una vida santa. Su humilde santidad y su vida de penitencia por la humanidad me impulsó a derramar mis gracias sobre el mundo entero.

Una vez vi al Salvador secando las lágrimas de los ojos del Santo Padre, lágrimas que derramaba por los pecados del mundo. Fue para mí una experiencia conmovedora. Siempre amé y respeté al Santo Padre pero mi simpatía y mi amor han crecido aún más desde que Jesús me contó un sinnúmero de cosas de él. Jesús me dio este mensaje para el Papa:

–Hijo mío, mi hijo bendito, mira a tu alrededor y limpia las ciudades de aquellos que luchan contra la verdad y destruyen la vida auténtica. Pon guardias a las puertas de las ciudades, impide la entrada a los hogares de bestias aún más maléficas. En medio de tu arduo trabajo levanta tu vista a mi Madre Inmaculada; agarra su mano maternal y tomarás nuevo vigor. Ella te llevará hacia la montaña de la victoria, al lugar donde mis discípulos presenciaron mi transfiguración. ¡Confía en Ella! He puesto mi poder y mi reino en sus manos.
La cadena interminable de fuego
Ante el apremio de Nuestra Santísima Madre llevé a cabo la hora de reparación nocturna por los sacerdotes que habían abandonado a Jesús y a la Iglesia. Hacia la una de la madrugada, Jesús me habló: “Algún día todos verán la interminable y ardiente cadena a la que mis hijos sacerdotes están atados, por haber cambiado el confesionario, lugar de misericordia, en un lugar de pecado. Estas almas sacerdotales maldicen el confesionario incesantemente con gritos dolorosos desde el infierno, recordando los pecados cometidos allí”.

Entonces Jesús me enseñó algo raro, pues continuó diciendo: “Hace años envié una petición a Roma para que la Jerarquía de la Iglesia regulara el asunto de la confesión y cómo debía ésta llevarse a cabo”.

Jesús me hizo saber que Él no desea que los pecados contra el sexto mandamiento sean discutidos en detalle en la confesión: lo importante es la contrición sincera. Él continuó: “Han pasado cuarenta años y mi petición no ha sido tomada en serio. Todo se ha quedado igual. ¿Quién es responsable de las almas de los sacerdotes que se condenan? El hecho de que los jefes de la Iglesia recomendaran el cuarto de confesiones en lugar del confesionario tradicional dio a algunos sacerdotes una nueva ocasión para pecar”.
Llamado a unos sacerdotes desleales
Jesús se dirigió de esta manera a un sacerdote que lo había abandonado a Él y a la Iglesia:

–Esta es mi hora para hablarte de nuevo: pero se acerca la hora en que tú deberás hablarme a Mí. ¡Mi querido sacerdote! Detente un minuto y piensa en tu sagrada vocación. Piensa cómo me rendirás cuenta de tu vida cuando entres en la eternidad. Tú, hermano mío, que te abandonaste y te entregaste al mundo, ahora que vives de acuerdo a los deseos de la carne, ¿eres feliz? ¡No puedes serlo! Mi amor, a causa de tu pasada lealtad, guardó una chispa de gracia para ti y ahora esta chispa, como la voz de tu conciencia, no te deja tranquilo. ¡Regresa a Mí! Mi Corazón es una fuente de misericordia. Si diriges a Mí tus ojos y olvidas al mundo, Yo olvidaré tus pecados; ¡pero si tú te olvidas de Mí, se te juzgará por tus pecados!
El manto de María
–Si rezas por mis sacerdotes, hija mía querida, acude siempre a mi Madre Inmaculada. Ella es la Madre de las almas sacerdotales; Ella escuchará tus plegarias y protegerá del peligro a sus hijos predilectos. Ella es su Reina y los cubrirá con su manto y velará por ellos con amor maternal para que no se condenen.
El manto de las divinas virtudes
Jesús exhortó así a sus almas consagradas:

–Mis queridos sacerdotes, me regocijo cuando veo que responden a mi amor y perseveran a mi lado en las dificultades. Revístanse con el manto de mis virtudes para que el gran enemigo de sus almas no se les acerque con sus astutas mentiras.

–Revístanse con mi manto de humildad. Sean ustedes las mansas ovejas en medio de los lobos hambrientos. Mírenlos con comprensión y oren por ellos incansablemente. Extiendan su mano con amor al ambicioso y al altanero, no les nieguen el beneficio de orar juntos. Muéstrenles la luz para que abandonen el camino de la arrogancia. Vengan a Mí y beban de la fuente de mi humildad. Si hacen esto, bendeciré la vida de esos pecadores con el sacramento del arrepentimiento sincero y salvaré sus almas de otros peligros.

–Revístanse con el manto de la amabilidad para servir. Traigan a la senda de la humildad a aquellos hijos míos sacerdotes que ya sienten una falsa seguridad, como si estuvieran en la montaña de la victoria. Digan a mis orgullosos hijos: “Yo, Jesús, amo a los pequeños pero acepto también a los grandes. Los acepto y los abrazo si trabajan para salvar las almas, si frenan su orgullo y crecen en la humildad. Los convertiré en apóstoles a causa de su vida de oración y penitencia”.

–Revístanse con el manto esplendoroso de la santidad. Que este manto brille en aquellos que viven en el abandono, los que están en la oscuridad espiritual y me buscan con timidez. No los juzguen. Son víctimas de la negligencia. A causa de la negligencia se han vuelto esclavos de la carne y del pecado. Irradien la luz de la gracia en la vida de todas las almas sacerdotales, aisladas y abandonadas. Fíjense en sus heridas y encuentren su curación. ¡Deben hacer el bien cuando aún hay tiempo! ¡No olviden que “Cuando lo hicieron con alguno de esos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron Conmigo”! (Mt 25, 40).

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes, hagan que su vida diaria irradie gozo y felicidad! Vivan aquí en la tierra la felicidad de las almas en el cielo. Con esto el mundo quedará limpio y podrá recibir la gran gracia de la futura paz mundial. Esta gracia llegará a su tiempo; ¡estén listos y oren!
¡Vivan una vida mística!”

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Me consuela ver cómo sus corazones me desean; cómo tienen sed de Mí y cómo puedo llenar sus corazones con mi presencia divina. Deben saber que Yo vivo en ustedes místicamente para que la gloria de mi Padre pueda ser revelada. Por lo tanto, vivan una vida pura, que no haya espacio para un amor desordenado a las creaturas.
¡Háblenme!”
– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Su vida deberá ser serena y recogida. Deberán amar la oración contemplativa. Deberán amar los lugares tranquilos sin distracciones. En la quietud, observen cómo la gracia trabaja en sus almas. Piensen en Mí con frecuencia. Deberán amar el pensar en Mí. Cuéntenme sus pensamientos, sus preocupaciones, háganme compañía y platíquenme. En el momento santo de la gracia mística descansen en Mí. Notarán las gracias así ganadas cuando regresen a su quehacer diario. ¡Verán qué diferente será su modo de pensar, de trabajar y de hablar después de este encuentro Conmigo! Escucharán mi voz y la reconocerán inmediatamente. Si alguien tiene oído para oír y sigue mi llamada, si está dispuesto a perder la vida del mundo y vivir en Mí, éste Me encontrará aquí en esta vida.

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Quisiera reunirme con ustedes no solamente en el momento del Sacrificio del altar, sino también en la pesada vida diaria de este mundo, cuando el mundo y sus perseguidores los ataquen, cuando por mi causa son perseguidos injustamente.

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Han oído lo que les dije: “Ustedes son sacerdotes para siempre según el orden de Melquisedec”. Han entendido que su camino por este mundo ha de ser corto y estrecho; acordaron no desear otros placeres y gozos fuera de aquellos que les esperan en la vida eterna. Aceptaron haber muerto Conmigo en la cruz y aceptaron esta muerte. ¿Por qué quieren entonces resucitar en este mundo? ¿Por qué buscan la perdición eterna? ¡En verdad les digo: “Encontrarán aquello que buscan”!
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