Sor maría natalia magdolna






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Muerte pospuesta
Cuando tenía treinta y tres años, mis superiores me mandaron a Bélgica. Nuestro convento tenía pocas religiosas que pudieran llevar adelante los trabajos materiales. Aunque yo no era muy fuerte y con frecuencia me enfermaba, me gustaban los trabajos de la casa, como pintar, lavar los trastes, limpiar los baños, acarrear el carbón a las estufas, y hasta el trabajo del establo. Cuando tenía un poco de tiempo, me gustaba leer. Sin embargo, por estos trabajos pesados, me adelgacé muchísimo, hasta quedarme en los huesos. Mi superiora tuvo miedo de que yo no resistiera mucho e hizo saber a la superiora de la Casa Madre de Pozsony (Bratislava) que, humanamente hablando, yo no tenía mucho tiempo de vida.

Una noche el Señor me dijo:

–Tú me pediste que querías imitarme y que Yo te llevara conmigo cuando tuvieras treinta y tres años. Ha llegado la hora: te estoy llamando. Pero si tú aceptas seguir sufriendo en la tierra para salvar almas, yo puedo prolongar tu vida.

Le contesté que yo deseaba sufrir para salvar muchas almas del infierno. Entonces Él me prometió que me dejaría en la tierra para que pudiera salvar las almas inmortales de los hombres; le dije:

–Jesús, dame la gracia de poder consolarte hasta que sea una anciana, y cuando muera, déjame llevar almas al Cielo hasta el final de los tiempos. Concédeme que yo pueda orar ante miles de sagrarios abandonados mientras Tú permanezcas en la tierra en la sagrada Hostia.

Jesús me lo prometió. Después me dijo:

–¿Qué más deseas pedirme en tus treinta y tres años?

–¿Qué más puedes darme, si Tú te das a mí totalmente? –le contesté.

–Tienes razón; Yo no puedo dar más que a Mí mismo; pero pídeme algo para ti misma. La profundidad del pozo de mi gracia es infinita.

–Mi querido Jesús, puesto que has vivido entre nosotros treinta y tres años, te pido que nos des 33 regalos.

–¡Está bien! Yo te daré estos regalos para honrar a mi Madre. Estas 33 promesas se realizarán en los que, con un corazón puro, un deseo sincero y un ferviente amor, consuelen al Inmaculado Corazón de mi Madre.
El don de la palabra
En los años cuarenta y tantos, estando yo en uno de nuestros conventos, la madre superiora me invitó a dar una plática para unas 150 religiosas de varias partes del país. La Orden se encontraba entonces en una fuerte crisis vocacional y varias religiosas querían salir para casarse. Yo estaba muerta de miedo, y le dije:

–Madre, por favor, no me obligue a esto. ¿Cómo puedo yo, sin estudios, dirigirme a esas religiosas, cuando muchas de ellas tienen diplomas y son maestras? Yo nunca he hablado así en público y mis nervios me impedirían pronunciar una sola palabra.

Pero mis excusas no me sirvieron de nada y la madre superiora, por obediencia, me ordenó dar la plática. Ya no podía insistir más, sólo le pedí que me diera un poco de tiempo para consultarlo con Nuestro Señor.

Así pues, le dije a Jesús que yo no era nada, solamente una pobretona, y que no podía cumplir con la obediencia si Él no me fortalecía con su gracia. Entonces oí la voz confortante de Jesús:

–No tengas miedo, no vas a hablar tú, sino Yo hablaré por ti a las Hermanas, tú serás solamente mi instrumento. Yo necesito que alguien se me entregue en alma y corazón.

Las palabras de Jesús fueron muy consoladoras y hermosas, pero yo seguía atemorizada y le dije que prefería hacer cualquier otro trabajo, aunque fuera de los más bajos, que dar una plática. Entonces oí otra vez la voz de Jesús:

–Te dije: ¡No tengas miedo! ¡Yo hablaré! Dile a la madre superiora que estás lista para dar la plática.

Me abandoné completamente a Jesús y llegué a la capilla puntualmente. Se me ocurrió que, mientras las personas sabias preparan sus notas antes de dar una plática, yo hablaría improvisando, casi al aire. Di un vistazo al sagrario y una felicidad sobrenatural me invadió. Oí otra vez su voz: “¡Tú eres solamente un instrumento. Yo hablaré!”.

Me senté a la mesa. No me atreví a mirar a nadie; solamente empecé a hablar. Fui como un instrumento musical en las manos de mi Señor Jesús; tal vez un violín, cada sonido, cada palabra, todos los acordes rápidos de la escala llegaban a tiempo a mi alma. Todo esto era la voz de Jesús. La pequeña capilla del convento se convirtió en un bosque encendido; todo estaba encendido e irradiaba una extraña luz. Me convertí en una vasija de dulce bebida y yo fui la primera en gustarla. Yo fui la primera en oír y guardar esas palabras. Fui la discípula, como los apóstoles en el sermón de la montaña. Yo estaba absolutamente segura de que alguien estaba hablando en mí de cosas que yo nunca había pensado antes.

¿De qué estaba hablando Jesús? El oro de sus palabras brilla aún en mi alma. Habló de las religiosas, de las que quieren dejar la Orden, de las que quieren casarse, del descontento, de la desobediencia, de la falta de respeto y obediencia a las superioras, de la crítica a sus órdenes. Habló del proceso de desintegración que se encuentra en casi todos los conventos. Yo estaba tan llena de gozo que no podía ni siquiera oír mi propia voz y no sentía que mis labios se movían. No fue una plática que Jesús dio, fue una música sobrenatural que inundó la pequeña capilla y todas cantamos con Él. Estábamos llenas del alegre espíritu de la pobreza evangélica, de la obediencia y de la castidad. A medida que Jesús hablaba, yo iba desapareciendo completamente.

Hablé cerca de dos horas. No cerré mi boca ni por un momento. Estaba llena de gracia sobrenatural y no supe cómo terminé la plática. Después, desaparecí rápidamente corriendo por la escalera a mi cuarto. Pero las religiosas me siguieron también muy rápidas y me alcanzaron. Estaban asombradas de lo que yo había dicho.

Después la superiora me informó que muchas de las que querían dejar la Orden prometieron ser fieles a sus votos.

–¿Ves, Natalia? –dijo–. Yo tenía razón en insistir que tú les hablaras.

Yo le dije que no fui yo, sino Jesús mismo quien les habló; que yo misma aprendí mucho porque su voz salía de mí; yo solamente oía su divina melodía que resuena aún en mí: “Sólo mi gracia te mantiene viva, mi misericordia vive en tu corazón”. Me quedé en la luz de sus pensamientos.
La vocación de Sor Natalia
Así me dijo el Señor:

–Hija mía, dile a tu confesor: “Si yo encuentro un alma, pura y pronta a hacer sacrificios, a través de ella yo puedo salvar no solamente un millar de almas, sino naciones enteras”.

–Te has olvidado, Señor mío, quién soy yo.

–Verdaderamente tú no eres nada ni nadie; lo único que tienes que hacer es transmitir mis mensajes, tal como yo te diré.

Esto me dio paz; de esta manera puedo permanecer en mi insignificancia.

En otra ocasión me quejé con el Señor de que yo no hablaba la lengua húngara muy bien y por eso yo esperaba que Él me libraría de esta ardua tarea. Él contestó:

–Tú no sabes nada, creatura torpe. ¿Para qué crees que Yo te he dado a tu confesor y a tu maestra de novicias? Ellos estarán a tu lado y te ayudarán.

Le pregunté a Jesús cuáles eran sus intenciones para mí. Él me contestó:

–Hija mía, a través del amor y del sufrimiento, serás víctima por los sacerdotes, por los pecadores y por las almas del purgatorio. Sé pronta para toda clase de sufrimientos por ellos. Cuando Yo pida un sacrificio, tú deberás comunicarlo a tus superioras y a tu confesor. Si ellos no aceptan, Yo te daré sufrimientos internos. Por esto ellos sabrán que soy Yo el que te pide este sacrificio.

Lo que me dijo ocurrió. Los sufrimientos en mi alma fueron tan tremendos que yo preferiría mejor cualquier dolor físico.

Un día, Jesús me atrajo hacia Él con tal fuerza que perdí completamente el control de mis sentidos y no pude decir mis oraciones vocales. Cuando recobré el conocimiento, estaba avergonzada porque había interrumpido la oración de la comunidad. Sufrí mucho porque Jesús me mostró las catástrofes que sobrevendrían sobre el mundo y la perdición de las almas.

Mis superioras me ordenaron que le pidiera a Jesús que me enviara sus regalos sin signos sensacionales externos, de otra manera no podría participar en la oración comunitaria ni tampoco quedarme en la comunidad de las Hermanas de santa Ma. Magdalena. Comuniqué esto a Jesús que me contestó:

–Muy bien. En el futuro tú recibirás mis gracias sin signos visibles. Yo viviré y actuaré en ti como lo hice cuando vivía entre los hombres. Yo viví, oré y trabajé como cualquier otro hombre. Mientras pasaba el tiempo con mi Padre en éxtasis, el mundo no se percataba.

La misión que yo recibí de Jesús me causó mucho sufrimiento. Cuando yo me quejé con Jesús, Él dijo:

–¡Hija mía! Yo salvé al mundo en la cruz. Yo di mi sangre por ti; tu confesor y tu maestra de novicias todavía no han derramado su sangre. No olvides que los sufrimientos son el precio de la tierra en la que Yo estoy preparando un futuro más feliz para tu país y para todo el mundo.

En 1940, cuando yo tuve dudas acerca de la autenticidad de los mensajes que recibía, Jesús me habló:

–¡No tengas miedo! Yo fui el que te habló; Yo, el Amor duradero y la Verdad duradera. Mi deseo y voluntad son que el mundo reconozca a mi Madre Inmaculada como Reina del Mundo. Este mensaje debe llegar a los sacerdotes. Mi Corazón no puede descansar hasta que mi Madre Inmaculada haya subido públicamente al trono del mundo como Reina del Mundo.

Tímidamente le contesté:

–Yo no puedo decir esto a los sacerdotes, porque mi húngaro es pobre, y hay peligro que no pueda transmitir tus mensajes correctamente.

Al oír esto, el Señor me consoló diciendo:

–Yo soy el Dios del poder; Yo soy pequeño con los pequeños, pero soy grande con los grandes. No vaciles, solamente dile todo a tu confesor. Él no malentenderá ni mi voluntad ni mi divina intención.

Algunos días después, Jesús me urgió así:

–¡Si Yo hablo, tú debes hablar también. Siempre y cuando Yo esté callado, ¡tú debes estar callada también! ¿Por qué tienes miedo? Tú no fracasarás. ¡Mi Madre Inmaculada recibirá los honores que Ella merece! ¡Esta es la última vez que Yo te confío algo! ¡Ve y has lo que te ordené que hicieras! ¡Tú no debes retrasar el gozo que mi Corazón quiere realizar por medio tuyo y completar contigo!

En una visión me di cuenta que mi querido país no sería una excepción en la catástrofe que se avecinaba y pensé que sería inútil escribir y comunicar todo esto. Jesús me reprendió dulcemente:

–¿Qué? ¿Yo corrí y dejé mi misión cuando vi mi cruz y mi muerte? ¡Tú debes hacer lo mismo que Yo! ¡Tú debes continuar escribiendo aunque mueras mañana y todo se perdiera! Yo soy el Único que da la orden sobre mi proyecto; nadie puede pedirme cuentas. ¡Nadie puede entrometerse en lo que Yo hago!

–¿Y si mi confesor me prohíbe escribir? –le pregunté.

–¡Entonces no escribirás! ¡La palabra de tu confesor es la Mía! Conserva tus escritos cuidadosamente porque se necesitarán después de la guerra (Segunda Guerra Mundial). El padre Gologi continuará mi trabajo como mi apóstol.

En otra ocasión Jesús me consoló:

–Tú tienes que recibir mis órdenes divinas con paz en tu corazón. Tú encontrarás esta paz interior solamente si enfocas tus pensamientos sólo en Mí. Yo quiero que digas mis mensajes a tu confesor. Tú eres el instrumento con el cual Yo quiero abrir la puerta y alcanzar a mis sacerdotes.

–¡Oh Jesús, buen Pastor! ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué es lo que estás pensando, escogiéndome a mí y rebajándote tanto?

Es imposible para mí resistir los deseos de Jesús; yo quiero obedecer cada uno de sus deseos mientras que Él así lo quiera para que todo esto le glorifique en todo porque Él lo es Todo y yo soy nada.
II

EXPERIENCIAS MÍSTICAS
La prenda de la vida eterna
Un día, mientras barría el corredor del convento, me encontré de repente en éxtasis en Nazaret y oí una voz que me dijo que debía recorrer el pueblo. Yo siempre había anhelado encontrarme con Jesús de Nazaret y ahora tendría la oportunidad. Empecé a recorrer la calle de casa en casa. De una casa salió un hombre que me preguntó:

–¿A quién buscas?

–A Jesús de Nazaret –le contesté, tan preocupada en encontrarlo que ni siquiera me fijé en él.

–Entra –me dijo– y encontrarás a mi madre; ella te dirá dónde lo puedes encontrar –y se fue.

Entré en la casa y vi una mujer sentada. Por su dulce cara reconocí al instante a la Virgen María. Corrí feliz hacia Ella diciéndole que andaba en busca de Jesús.

–Acaba de salir –me dijo.

Me puse muy triste porque creí que Él se me había escondido.

Entonces la Señora me dijo:

–Mi Hijo me dijo que tú vendrías y que yo te enseñara algo.

Entonces ella sacó una prenda de vestir, tan bonita, tan preciosa que me dio miedo hasta mirarla.

–Esta es la prenda de la vida eterna –me explicó–. Esta prenda es de Sor Córdula, quien llegará hoy a tu convento cerca del mediodía.

Nadie sabía nada de la llegada de esta religiosa.

–Tú tienes que orar mucho por ella –añadió Nuestra Señora. Luego me mostró otra prenda aún más hermosa.

–Y esta es para Sor Marcela –siguió diciendo la Virgen–. Ella fue tu compañera cuando viajaste a Bélgica. Mi Hijo me dijo que te dijera que también rezaras mucho por esta religiosa, porque si no, no podrá recibir las gracias con las que Él desea colmarla.

Entonces me mostró una tercera prenda, diciéndome:

–Y ésta es tu prenda de la vida eterna.

Por un momento creí que me moriría ante la belleza de esa prenda.

Entonces Nuestra Madre Santísima con dos dedos levantó un poquito la manga de mi hábito de religiosa y añadió:

–Mi Hijo también me dijo que tendrás que quitarte este hábito para que puedas ponerte esta prenda de la vida eterna.

De repente salí de mi éxtasis y me encontré terriblemente confundida. Al otro día, después de misa, le conté todo a la madre superiora, quien me escuchó con comprensión y cariño; le pregunté llorando cómo y cuándo me quitaría el santo hábito y por qué tendría que salir del convento. Ella no supo contestarme. Entonces oré delante del sagrario, haciéndole a Jesús la misma pregunta que seguía molestándome. Oí su voz:

–Cuando tú tengas que quitarte el hábito religioso, todas las demás religiosas con las que tú vives también se quitarán el suyo.

Esto fue lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial cuando en mi país fueron dispersadas todas las órdenes religiosas.

Al mediodía, como Nuestra Señora me había dicho, sonó el timbre y una nueva religiosa, llamada Córdula, llegó de nuestro convento de Pozsony (Bratislava). Se había escapado de su convento porque entonces el convento de Pozsony y todo el territorio había pasado a Checoslovaquia y ahora ella tenía que empezar su noviciado con nosotras.
La cuerda de la campana
Además de las visiones, tuve que sufrir muchísimo por causa de Satanás. El espíritu maligno sabía que yo soy un instrumento en manos de Dios y puedo ayudar a salvar a muchísimas almas con la oración y el sacrificio. Todo lo que se gana para Jesús es pérdida para Satanás. Mi vida estaba llena de tentaciones y mortificaciones.

En una ocasión el demonio me llevó al campanario de la iglesia. Me ofreció la cuerda de la campana invitándome a que me colgara. Yo estaba entonces muy abatida y no encontraba razón para seguir viviendo más. La tentación era tan fuerte que casi estaba condescendiendo. De repente, la campana grande empezó a tocar. Era el mediodía. Como de costumbre recé el Ángelus y mientras rezaba sentí que la opresión diabólica iba disminuyendo. Estuve escondida en el campanario hasta el anochecer, cuando mi madre superiora, con la ayuda de una lámpara llegó y me encontró cerca de las diez de la noche. Me dio una Medalla y rezamos. Satanás, batiendo en retirada, como un animal asqueroso, me dijo:

–¡No importa que esta vez no pude llevarte conmigo, pero te aseguro que tú serás mía a la hora de la muerte!

En ese momento oí la voz de Jesús que dijo:

–¡Ella no será tuya, porque no tú, sino Yo soy el que derramé mi sangre por ella!

Entonces me sentí completamente aliviada en mi alma y en mi cuerpo y todas mis dudas desaparecieron.
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