Título del original inglés, Red dmgén






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5i alguna vez llega a ser declarado cuerdo,
tendrÁ que presentarse ante un tribunal por nueve cargos de crímenes de primer grado.
Su abogado cuenta que el asesino mríltiple pasa el tiempo escnbiendo interesantes artícul os para revistas científicas y mantiene un FmctíFero diÁlogo por correspondencia con algunos de los mÁs renombrados especialistas en psiquiatría.
Dolarhyde friterrurnpió la lectura y miró las fotografías. Había dos arriba del artículo. En una podía verse a
Lecter apoyado contra ¿ costado de un patrullero. La otra era una foto de Will Graharn tomada por Freddy
Lounds en la entrada del Hospital Estatal de Chesapeake. Una pequeña foto de Lounds flanqueaba ambas
columnas.
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Dolarhyde miró durante un buen rato las fotografias. Pasó lentamente sobre ellas la punta del dedo, hacia adelante y hacia atrás; su tacto era sumamente sensible a las asperezas de la impresión. La tinta le manchó la yema del dedo. Mojó ¿ manchón con la lengua y lo liinpió con un pañuelo de papel. Luego recortó el artículo del diario y lo guardó en su bolsillo.
De regreso a su casa, Dolarhyde compró papel higiénico -de esa clase utilizada en barcos y campamentos por su rápida desintegración— y un inhalador nasal.
Se sentía bien a pesar de la fiebre del heno; como muchas personas que han sufrido una gran operación rinoplástica, Dolarhyde no tenía pelos en la nariz y la fiebre del heno lo torturaba. Así como también infecciones de las altas vías respiratorias.
Cuando un camión roto lo hizo detenerse durante diez minutos en el puente del río Missouri hacia St. Charles, esperó pacientemente. Su furgón negro estaba alfombrado, fresco y tranquilo. La Música AcuÁtica de Haendel resonaba en el estéreo.
Seguía con los dedos el compás de la música sobre la dirección del automóvil y se frotaba la nariz.
Un convertible con d05 mujeres estaba detenido junto a él. Ambas vestían shorts y blusas anudadas arriba de la cintura. Parecían cansadas y aburridas y fruncían los ojos por el sol de frente. La que ocupaba el asiento contiguo al del conductor tenía apoyada la cabeza contra el respaldo del asiento y los pies contra ¿ tablero. Esta postura hacía que se formaran d05 arrugas sobre su estómago desnudo. Dolarhyde pudo ver una marca de succión en ¿ costado interno del muslo. La mujer lo sorprendió mirando, se enderezó y cruzó las piernas. El advirtió una expresión de disgusto en su cara.
Le dijo algo a la que conducía. Amnbas mantuvieron la vista fija hacia adelante. Comprendió que hablaban de él. Se puso muy contento al comprobar que no se había enojado. Pocas cosas lo hacían enojarse ya. Sabía que estaba desarrollando una decorosa dignidad.
La música era muy agradable.
El tráfico adelante de Dolarhyde comenzó a moverse. El carril contiguo al suyo seguía atascado. Ansiaba llegar a su casa. Golpeaba el volante al compás de la música y bajó el vidrio de la ventana con la otra mano.
Gargajeó y escupió una flema verdosa sobre las faldas de la mujer, que fue a caer justo al lado del ombligo. Sus insultos resonaron por encima de la música de Haendel al alejarse.
El enormne libro mayor de Dolarhyde tenía por lo menos cien años.
Encuadernado en cuero negro con punteras de bronce, era tan pesado, que estaba apoyado sobre una sólida mesa para escribir a máquina, guardada bajo llave en el armnario de arriba de la escalera. Dolarhyde comprendió que iba a ser suyo desde el instante en que lo vio en St. Louis, en el remnate de una vieja imprenta en bancarrota.
Ahora, recién salido de la ducha y luciendo su kimnono, abrió el armnario y arrastró la mesa con el libro. Cuando todo estuvo centrado bajo la lámina del Gran Dragón Rojo, se instaló en una silla y lo abrió. El olor a papel ajado ascendió hasta su rostro.
En la primera página, en letras miniadas por él mismno, estaban las palabras del libro de la Revelación: «. . .y he aquí un gran dragón rojo...»
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El primer ítem del libro era ¿ único que no estaba prolijamente armado. Suelta entre las páginas había una fotografía amarillenta de Dolarhyde en su tierna infancia, sentado en compañía de su abuela en la escalinata de la gran casona. Estaba agarrado de la falda de su abuela. Esta tenía los brazos cruzados y su espalda muy tiesa.
Dolarhyde pasó la hoja. Hizo caso omiso de ella como si hubiera quedado allí por un error.
Había gran cantidad de recortes en el libro, los más antiguos sobre desapariciones de mujeres mayores en St. Louis y Toledo, Las páginas entre los recortes estaban llenas por la escritura de Dolarhyde, tinta negra con una fina caligrafía muy similar a la de William Blake.
Asegurados a los márgenes, desgarrados trozos de cuero cabelludo arrastraban sus colas de pdo como cometas sujetos al libro de recortes de Dios.
Allí había también recortes de los Jacobi de Birmingham, junto con estuches de películas y diapositivas guardadas en sobres pegados a las páginas.
Lo mismo ocurría con las crónicas de los Leeds, y las películas correspondientes.
La denominación de «Duende Dientudo» no había aparecido en la prensa hasta Adanta. El nombre estaba tachado en todas las referencias al caso Leeds.
En ese momento Dolarhyde hizo lo mismo con el recorte del Tatder, suprimiendo el término «Duende Dientudo» con grandes tachaduras realizadas con un marcador colorado.
Dio vuelta la página y probó el recorte en otra nueva y limpia. ¿Debería agregar la fotografia de Graharn? Las palabras «Criminales Dementes» grabadas en la pared encima de Graham ofendieron a Dolarhyde. Detestaba la simple vista de un lugar de confinamiento. El rostro de Graham permanecía impenetrable para él. Lo puso a un lado momentáneamente.
Pero Lecter... Lecter. Esa no era una buena fotografía del doctor. Dolarhyde tenía una mejor, que buscó en una caja que guardaba en el armario. Fue publicada cuando Lecter fue encerrado y en ella podían apreciarse sus magníficos ojos. No obstante, no era satisfactoria. Dolarhyde veía mentalmente la semblanza de Lecter como un oscuro retrato de un príncipe del Renacimiento. Porque Lecter, único entre todos los hombres, podía tener la sensibilidad y la experiencia corno para comprender la gloria y majestad de la Transformación de Dolarhyde.
Dolarhyde sintió que Lecter sabía lo irreales que eran las personas que morían para ayudarlo a uno en estas cosas, que comprendía que no eran carne sino aire y color y rápidos sonidos que velozmente se silenciaban cuando uno los transformaba, como globos de color que estallaban, más importantes por la transformación, más importantes que las vidas por las que se arrastraban, suplicando.
Dolarhyde soportaba los gritos corno un escultor el polvo de la piedra que golpea.
Lecter era capaz de comprender que la sangre y ¿ aliento eran únicamente elementos que experimentaban una transformación para alimentar su resplandor. Así como la combustión es la fuente de la luz-
Le gustaría conocer a Lecter, conversar con él, disfrutar juntos la visión compartida, ser reconocido por él tal como Juan el Bautista reconoció al que ‘Ano después de él, sentarse sobre él así como el Dragón se sentaba sobre 666 en la serie de las Revelaciones de Blake y filmar su muerte, mientras, al morir, se fundía con la fuerza del Dragón.
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Dolarhyde se puso un par de guantes de goma nuevos y se dirigió hacia su escritorio. Desenrolló y desechó la primera parte del rollo de papel higiénico que había comprado. Luego contó siete hojas y cortó la tira.
Escribiendo cuidadosamente con la mano izquierda sobre ¿ papel redactó una carta dirigida a Lecter.
El habla no es un dato fidedigno para apreciar cómo escribe una persona; nunca se puede saber. El modo de hablar de Dolarhyde estaba truncado y distorsionado por incapacidades reales e imaginarias y la diferencia entre su conversación y su escritura era sorprendente. No obstante, descubrió que no podía transmitir lo más importante que sentía.
Queda comunicarse con Lecter. Necesitaba una respuesta personal antes de poder contarle las cosas importantes.
¿Cómo hacerlo? Revolvió en su caja buscando los recortes sobre Lecter y los leyó todos otra vez. Fiinalmnente se le ocurrió una forma bastante simple y se sentó nuevamente a escribir.
La carta le pareció muy modesta cuando la releyó. La había firmado «Admirador Ansioso».
Consideró dubitativamente la firma durante unos minutos.
«Admirador Ansioso». Realmente lo era. Alzó el mentón orgullosamente durante una fracción de segundo. Introdujo el pulgar enguantado en la boca, se quitó la prótesis y la depositó sobre el secante.
El paladar era poco común. Los dientes eran normnales, rectos y blancos, pero el acrílico rosado tenía un moldeado retorcido para encajar en los pliegues y fisuras de sus encías. En la parte superior, una prótesis de plástico blando, con un obturador encima, le ayudaba a cerrar su endeble paladar al hablar.
Sacó una pequeña caja del escritorio. Contenía otra dentadura. El paladar era iguaL pero no tenía la prótesis con el obturador. Entre los dientes torcidos se veían manchas oscuras que despedían un olor desagradable.
Eran idénticos a los dientes de su abuela, que estaban en un vaso en el piso de abajo.
Las ventanas de la nariz de Dolarhyde se dilataron al percibir el olor. Abrió la boca y los colocó en su lugar y luego los humedeció con la lengua.
Dobló la carta por donde estaba la firmna y mordió con fuerza. Cuando la abrió nuevamente, la firmna estaba encerrada en la marca ovalada de una mordedura; su sello de escribano, su imnprimnátur salpicado de sangre vieja.
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XII
El abogado Byron Metcalf se quitó a corbata a las chico de la tarde, se preparó un trago y apoyó ‘os pies sobre ¿ escritorio.
—Seguro que no quiere uno?
otra oportunidad —contestó Graharn sacándose las espinas de yerbajos adheridas a sus puños y disfrutando del aire acondicionado.
—No conocía mucho a los Jacobi -dijo Metcalf—. Hace solamente tres meses que llegaron aquí. Dos o tres veces ftiirnos con mi esposa a tomar una copa a casa de ellos. Ed Jacobi vino a yerme para hacer un testamento nuevo poco tiempo después de que lo transfirieran aquí y así Lic como lo conocí.
—Pero usted es su albacea.
-Si. Su mujer figuraba primnero en la lista y yo la seguía en caso de que ella hubiera muerto o quedara incapacitada. Tiene un hermano en Filadelfia, pero me parece que no eran muy unidos.
—Usted Lic adjunto al Fiscal de Distrito.
—Así es, desde 1968 hasta ¿ 72. En 1972 me postulé como fiscal. Estuve cerca, pero perdí. Ahora no estoy en absoluto arrepentido.
—Qué impresión tiene de lo que ocurrió aquí, señor Metcalf)
—-Lo primero que pasó por mi cabeza fue pensar en Joseph Yablonski, ¿ dirigente laboral.
Graham asintió.
—-Un crimen con un motivo, en este caso poder, disfrazado como la obra de un maniático. Junto con Jerry Estridge, de la oficina del fiscal, revisamos los papeles de Ed Jacobi con gran minuciosidad.
»Nada. No había nadie a quien la muerte de Ed Jacobi pudiera reportarle un beneficio monetario. Ganaba un buen sueldo y tenía algunas patentes que le daban una renta, pero gastaba casi todo no bien lo cobraba. T0d05 sus bienes pasarían a su esposa, y a los hijos y sus descendientes les dejaba una pequeña fracción de tierra en California. Había dispuesto también la cesión de una pequeña renta para ¿ hijo sobreviviente. Lo suficiente como para pagarle los próximos tres años de universidad, aunque pienso que para entonces no va a haber pasad° de segundo año.
—-Niles Jacobi.
—-Así es. El muchacho era un verdadero dolor de cabeza para Ed. Vivía en California con su madre. Estuvo preso por robo. Tengo la impresión de que su madre es un desastre. Ed Lic allí el año pasado para ver en qué andaba. Lo trajo de vuelta con él a Birmingham y lo hizo entrar al Bardwell Commnunity College. Trató de que viviera con ellos, pero chocaba con los otros chicos y les hacía la vida imposible a todos. La señora Jacobi lo aguantó durante un tiemnpo, pero fmalmente lo mudaron a uno de los dormitorios del colegio.
—-Dónde estaba?
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—La noche del 28 de junio? —Metcalf tenía los párpados bajos cuando miró a Graharn—. La policía se hizo la misma pregunta y yo también. Fue al cine y regresó al colegio. Se ha verificado. Además, su sangre es del tipo O. Señor Graharn, tengo que buscar a mi esposa dentro de media hora. Podernos seguir conversando mañana si le parece. Dígame en qué puedo ayudarlo.
—Me gustaría ver los efectos personales de los Jacobi. Diarios, fotograflas, lo que sea.
—No queda mucho, perdieron casi todo en un incendio en Detroit antes de mudarse aquí. Nada sospechoso; Ed estaba soldando algo en ¿ sótano y las chispas saltaron hasta unas latas de pintura que tenía almacenadas y en d05 minutos se iincendió toda la casa.
»Hay alguna correspondencia personal. La tengo guardada en las cajas de seguridad con los otros objetos de valor. No recuerdo haber visto diarios. T0d0 lo demás está depositado. Quizá Niles tiene algunas fotografias, pero lo dudo. Le propongo lo siguiente, tengo que estar en ¿ tribunal a las nueve y media de la mañana, pero puedo dejarlo en ¿ banco para que re’Ase lo que le interesa y pasar a buscarlo después.
—Perfecto —respondió Grahamn—. Otra cosa mÁs. ide harán falta copias de todo lo relacionado a la testamentaría, reclamos del patrimonio, cualquier impugnación del testamento, correspondencia. Quiero tener tod° 5 esos papeles.
—La oficina del Fiscal de Distrito de Adanta ya me lo solicitó. Están comparándolos con la propiedad de los Leeds allí —-dijo Metcalf.
—No importa, quiero copias para mí.
——De acuerdo, copias para usted. ¿Usted no piensa realmente que hay dinero de por medio ¿verdad?
——No. Sólo confío en que el mismo nombre surja aquí y en Adanta.
—-Yo también.
La residencia para estudiantes del Bardwell Commnunity College consistía en cuatro edificios destinados a
dormitorios que se alzaban rodeando un sucio patio de tierra apisonada. Una guerra de estéreos se llevaba a
cabo cuando llegó allí Grahamn.
Equipos de parlantes ubicados frente a frente en los pequeños balcones al estilo de los de los moteles y sintonizados al volumen máximo, resonaban en el patio. Era Kiss contra la Obertura 1812. Un globo de agua voló por el aire y reventó en el suelo a tres metros de Graham.
Tuvo que agacharse y pasar bajo una ropa tendida en una soga y saltar sobre una bicideta tirada para atravesar el living de la suite que Niles Jacobi compartía con alguien más. La puerta del dormitorio de Jacobi estaba entreabierta y la música atronaba por la rendija. Graham golpeó.
Nadie contestó.
Empujó la puerta hasta abrirla del todo. Un muchacho de cara pecosa estaba sentado en una de las camnas gemelas, aspirando una pipa de más de un metro de largo. Una chica vestida con pantalones de algodón azul estaba tirada en la otra camna.
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El muchacho giró rápidamente la cabeza para mirar a Grahamn. Estaba haciendo un esfrierzo para pensar. —Busco a Niles Jacobi.
El muchacho parecía estupidizado. Grahamn apagó la música.
—Estoy buscando a Niles Jacobi.
—Es sólo un remedio para ¿ asma, hombre. ¿No acostuxnbra a golpear antes de entrar?
—Dónde está Niles Jacobi?
—No tengo la menor idea. ¿Para qué lo busca?
Graham le mostró su chapa.
—Haz un esfrierzo para recordar.
—Oh, mierda —-murmuró la chica.
—-Narcóticos, maldición. Yo no soy tan importante, oiga, discutámnoslo un momento, hombre.
—-Discutamos dónde está Jacobi.
—-Creo que puedo averiguarlo —-dijo la chica.
Graham esperó mientras ella preguntaba en otros cuartos. En cuanto entraba a uno se oía inmediatamente frmncionar ¿ inodoro.
Había pocos rastros de Niles Jacobi en ¿ cuarto —-una fotografia de la familia Jacobi sobre la cómoda. Graham levantó un vaso con hielo derritiéndose y secó con la manga la aureola hiumneda.
La chica volvió.
—-Pruebe en La Serpiente Odiosa —-dijo.
El bar La Serpiente Odiosa tenía ventanas con los vidrios pintados de verde oscuro. Los vehículos estacionad° 5 afimera eran de una curiosa variedad: grandes camiones que parecían de transporte sin carrocería, automóviles compactos, un convertible lila, viejos Dodges y Chevrolets arreglados para correr
Un aparato de aire acondicionado instalado sobre el dintel de la puerta chorreaba constantemente sobre la vereda.
Graham esquivó la salpicadura y entró al bar, que estaba lleno y olía a desinfectante y a agua de colonia barata. Lo atendía una corpulenta mujer vestida con overa11 quien le alcanzó a Grahamn una Coca-Cola por encima de la cabeza de los parroquianos. Era la única mujer presente.
Niles Jacobi, morocho y delgado, estaba parado junto al tocadiscos tragamonedas. lvletió una moneda en la máquina pero el que estaba al lado apretó los botones.
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Jacobi parecía un estudiante disoluto, pero el que seleccionaba la música
El acompañante de Jacobi era una extraña mezcla; tenía cara infantil y un cuerpo fornido y musculoso. Llevaba puesta una camiseta y vaqueros desteñidos y desgastados por ¿ roce de los objetos guardados en los bolsillos. Fuertes músculos sobresalían en sus brazos y sus manos eran grandes y feas. Un tatuaje profesional en ¿ antebrazo izquierdo decía «Hagamos ¿ Amor». Un burdo tatuaje de calabozo en ¿ otro brazo decía: «Randy». El pdo había crecido desparejo luego del corte de la cárcel. Cuando estiró el brazo para oprimir un botón de la máquina Graham advirtió en el antebrazo un pequeño rectángulo afeitado. Sintió un nudo en el estómago.
Siguió a Niles Jacobi y a Randy en medio del gentío hasta el fondo del salón. Ambos se instalaron en un vado.
Graham se detuvo a medio metro de la mesa.
—Ni1es, me llamo ‘SÁTiII Graham. Necesito hablar contigo unos pocos minutos.
Randy levantó la vista y una sonrisa falsa iluminó su cara. Uno de sus incisivos estaba muerto. —Nos conocernos?
—No. Niles, quiero hablar contigo.
Niles arqueó interrogativamente una ceja. Graham pensó qué le habría ocurrido en la prisión.
—-Estamos conversando en privado. Hágase humo —-dijo
Randy.
Graham miró pensativamente los brazos musculosos, el trozo de tela adhesiva en el pliegue del codo, el rectángulo afeitado en el que Randy había probado el fil0 de su cuchillo. La impronta del que pelea con un cuchillo.
«Tengo miedo de Randy. Ataca o retrocede».
—-Me oyó? —-repitió Randy—-. Hágase humo.
Graham se desabrochó la chaqueta y depositó sobre la mesa su placa de identificación.
—-Quédate sentado quietito, Randy. Si te mueves vas a tener d05 ombligos.
—-Disculpe, señor —-Instantánea reacción del preso.
—-Randy, quiero que hagas algo por mí. Que busques en el bolsillo izquierdo trasero. Utiliza solamente d05 dedos. Encontrarás allí un cuchillo de doce centímetros de largo. Ponlo sobre la mesa... Gracias.
Graham dejó caer el cuchillo en su bolsillo. Estaba grasiento.
—-Bien, en el otro bolsillo tienes la billetera. Sácala. ¿Vendiste sangre hoy, verdad?
—-Y qué hay con eso?
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—Pues entonces entrégarne ¿ recibo que te dieron, ¿ que mostrarás la próxima vez en ¿ banco de sangre. Abrelo sobre la mesa.
La sangre de Randy era del grupo O. Randy quedaba descartado.
—Cuánto tiempo hace que saliste de la cárcel?
—Tres semanas.
—Quién es el oficial de libertad condicional?
—No estoy en libertad bajo palabra.
—Eso es posiblemente una mentira.
Graham quería provocar a Randy. Podía detenerlo por portar un cuchillo más largo que lo legalmente permitid 0. Estar en un lugar donde se vendían bebidas alcohólicas era ‘Aolación de su palabra. Graham sabía que estaba irritado con Randy porque le había hecho sentir miedo.
—Randy.
—Qué hay?
Sal de aquí.
—No sé qué puedo contarle, no conocí mucho a mi padre —dijo Niles Jacobi mientras Graham lo llevaba de regreso al colegio en su automóvil—. Abandonó a mi madre cuando yo tenía tres años y no lo volví a ver mamá no lo permitía.
—Fue a visitarte la última primavera.
—Sí.
—A la cárcel.
—-Lo averiguó.
—-Estoy simnplemnente tratando de conocer bien todos los detalles. ¿Qué ocurrió?
—-Bueno, apareció en la sala de visitas, muy tieso y tratando de no mirar alrededor de éL tanta gente parece sentirse allí como en el zoológico... Mi madre me había hablado mucho de él, pero no me pareció tan mal. Era sencillamente un homnbre parado allí con un ajado saco de sport.
—-Qué te dijo?
—-Bueno, yo esperaba que me refregara todas mis culpas o bien que pareciera realmente culpable, eso es lo que generahnente ocurre en la sala de visitas. Pero me preguntó simplemente si creía que podía ir al colegio. ide dijo que él sería mi custodio si aceptaba volver al colegio. Y probar. «Tienes que tratar de ayudarte un poco. Haz el esfuerzo y yo me encargaré de hacerte entrar a un colegio», algo por el estilo.
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—Cuánto tiempo pasó hasta que saliste?
—Dos semanas.
—Ni1es ¿hablaste alguna vez de tu familia mientras estuviste preso? ¿Con tus compañeros de celda o cualquier otra persona? Niles Jacobi dirigió una rápida mirada a Graham.
—Oh. Oh, comprendo. No. No hablé sobre mi padre. No había pensado en él durante años ¿por qué iba a mencionarlo?
——Y aquí? ¿Llevaste alguna vez a un amigo a la casa de tus padres?
——Padre, no padres. Ella no era mi madre.
—-Llevaste alguna vez a alguien allí? Amigos del colegio o...
—O compinches, oficial Graham?
—-Correcto.
No.
—-Nunca?
—-Ni una vez.
——Mencionó alguna vez cierta clase de amenaza, estaba preocupado por algo ¿mes o los meses anteriores a lo que pasó?
—-Estaba perturbado la última vez que hablé con él pero era por mis notas. Tenía muchos aplazos. Me compró d05 despertadores. Pero nada más que yo supiera.
—-Tienes papeles personales de él, cartas, fotograflas, cualquier cosa?
No.
—-Tienes una foto de la familia. Está sobre la cómoda de tu cuarto. Cerca de la gran pipa.
—-Esa pipa no es mía. Por nada del mundo metería esa cosa roñosa en mi boca.
—-Necesito la fotografía. La haré copiar y te la devolveré. ¿Qué otra cosa tienes?
Jacobi sacó un cigarrillo del paquete y palmeó sus bolsillos en busca de un fósforo.
—-Eso es todo. No imagino por qué me dieron eso a mí. lvii padre sonriéndole a la señora Jacobi y a todos los otros monigotes. Se la regalo. Nunca me miró así a mí.
Graham precisaba conocer a los Jacobi. Sus nuevas relaciones de Birmingham no le sirvieron de mucho.
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Byron Metcalf lo llevó a la caja de seguridad del banco. Leyó ¿ pequeño fajo de cartas, casi todas comerciales, y hurgó entre las joyas y la platería.
Durante tres calurosos días trabajó en ¿ depósito donde estaban guardados los muebles y demás pertenencias. Metcalf lo ayudaba por la noche. Todas las cajas guardadas en los cajones fueron abiertas y su contenido
minado. Las fotografía; de la policía le sirvieron a Graham para ver en qué lugar de la casa habían estado dispuestas las cosas.
Los muebles eran nuevos en su mayoría, comprados con ¿ dinero cobrado al seguro luego del incendio de Detroit. Los Jacobi no habían tenido prácticamente tiempo para dejar sus marcas en sus posesiones.
Un ítem, una mesa de noche que conservaba todavía rastros del polvo utilizado para las impresiones digitales le llamnó la atención a Graham. En ¿ centro de la tapa había un gotón de cera verde.
Se preguntó por segunda vez si al asesino le gustaría la luz de las velas.
El equipo forense de Birminghamn fue efectivo en la división de trabajo.
La borrosa marca de la punta de una nariz fue lo mejor que Birmingham y Jimmy Price en Washington pudieron lograr de la lata de gaseosa encontrada en el árbol.
La sección Armnas de Fuego y Herramientas del laboratorio del FBI presentaron su informne sobre la rama seccionada. Las hojas que la cortaron eran gruesas, con un ángulo agudo: había sido hecho con un cortafierro.
La sección Documentación había en’Aado la marca hecha con un cuchillo en!a corteza, al departamnento de Estudios Asiáticos de Langley.
Graham estaba sentado sobre un cajón en el depósito leyendo el extenso informne. Los Estudios Asiáticos iiiformnaban que la marca era un signo chino que significaba «Usted acertó» o «Usted acertó a la cabeza» —una expresión utilizada a veces entre jugadores. Era considerado un signo «Positivo» o «afortunado». Ese signo aparecía tamnbién en una pieza del juego de Mah-Jongg, informnaban los especialistas. Caracterizaba al Dragón Rojo.
84

xffl
La secretaria de Crawford se asomé a la puerta de su oficina en la sede del FBI en Washington, cuando hablaba por teléfono con Graharn que se encontraba en el aeropuerto de Birmingham.
—El doctor Chilton del Hospital de Chesapeake en el 2706.
Dice que es urgente.
—-No cortes, Will —-dijo Crawford al tiempo que asentía y conectaba el otro teléfono—-. Señor Crawford, soy Frederick Chilton—- desde...
—Sí, doctor.
—-Tengo aquí una nota, mejor dicho d05 pedazos de una nota, que parece ser del hombre que maté a ese agente en Atlanta y...
—-De dónde la sacó?
—-De la celda de Hanrdbal Lecter. Aunque no lo crea, está escrita en papel higiénico y tiene marcas de dientes.
—-Puede leérmnela sin tocarla más?
Luchando por mantenerse tranquilo, Chilton leyó:
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