Título del original inglés, Red dmgén






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títuloTítulo del original inglés, Red dmgén
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Amen can fournal of Psychiatry y Yhe General Archives. Pero siempre se refieren a problemas que no son los que él tiene. Creo que terne que si «lo resolvemos» nadie se va a interesar más por él y va a permanecer en una celda ignota por el resto de sus días.
Chilton hizo una pausa. Había utilizado su visión periférica para observar a su interlocutor durante entrevistas. Pensaba que podría observar así a Graham sin que se percatara.
consenso aquí es que la única persona que ha demostrado algún entendimiento práctico de Hannibal Lecter es usted, señor Graham. ¿Puede decirme algo sobre él?
No.
-Ciertos miembros del personal sienten curiosidad por lo siguiente: cuando usted vio los crímenes del doctor Lecter, su «estilo», por llamarlo de algún modo ¿pudo usted tal vez reconstruir sus fantasías? ¿Y le ayudó eso a identificado?
Graham no respondió.
—Lamentablemente estamos muy escasos de material en ese aspecto. Hay un solo artículo en el fournal of Ahnormal Psychology. ¿Le importaría conversar con algunos miembros del personal? —no, no, esta vez
el doctor Bloom fue muy severo conmigo al respecto. Tenemos que dejarlo tranquilo. La próxima vez, quizás.
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El doctor Chilton estaba familiarizado con la hostilidad. Y en ese momento tenía una muestra bien evidente. Graham se puso de pie.
-Gracias, doctor. Quiero ver a Lecter ahora.
La puerta de acero de la sección de seguridad máxima se cerró detrás de Graharn. Oyó ¿ ruido de la cerradura que se corría.
Graham sabía que Lecter dormía la mayor parte de la mañana. Miró al fondo del corredor. Desde ese ángulo no podía ver ¿ interior de la celda de Lecter, pero pudo advertir que no había mucha luz.
Graham quería ver dormido al doctor Lecter. Necesitaba tiempo para juntar frierzas. Si llegaba a sentir en su cabeza la locura de Lecter tendría que reprimirla rápidamente antes de que lo desbordara.
Para disimular ¿ ruido de sus pisadas caminó detrás de un guardia que empujaba un carrito con ropa de cama. Es muy dificil engañar al doctor Lecter.
Graham se detuvo a mitad de camino. Barras de acero cubrían totalmente ¿ frente de la celda. Detrás de las rejas, a más de un brazo de distancia, había una gruesa red de nylon que iba del techo hasta ¿piso y de pared a pared. Grahamn pudo ver a través de la reja una mesa y una silla clavadas en ¿ piso. La mesa estaba cubierta por una pila de libros en rústica y numerosa correspondencia. Se acercó a los barrotes, apoyó sus manos sobre ellos y enseguida las retiró.
El doctor Hanribal Lecter dormía en un catre, su cabeza sobre una almohada apoyada contra la pared. Le Grand Dxctxonnaae de Cu.xs,ne de Alejandro Dumas estaba abierto sobre su pecho.
Graham había estado mirando por las rejas no más de cinco segundos cuando Lecter abrió los ojos y dijo:
—Es la misma espantosa loción para después de afeitarse que usó durante el juicio.
—Me la mandan de regalo para Navidad.
La luz se reflejaba en pequeñas manchas rojizas en los ojos marrones del doctor Lecter. Graham sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. Se pasó la mano por ella.
—Navidad, por supuesto —acotó Lecter—. ¿Recibió mi tarjeta?
—La recibí. Gracias.
El laboratorio criminológico del FBI en Washington le había enviado a Graham la tarjeta de Navidad del doctor Lecter. Graham la llevó al patio de atrás de su casa, la quemnó y se lavó las manos antes de tocar a Molly.
Lecter se levantó y se acercó a la mesa. Era un homnbre pequeño y delgado. Muy prolijo.
—-Por qué no se sienta, \ViII? Creo que por allí hay un armnario donde guardan unas sillas plegables. Por lo menos de ahí parece provenir el ruido.
—-El guardia me traerá una.
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Lecter permaneció de pie hasta que Graham se sentó en ¿ pasillo.
—Cómno está ¿ oficial Stewart?
—Muy bien.
El oficial Stewart había abandonado su trabajo con las fuerzas de la ley después de haber inspeccionado el sótano de Lecter. Actualmente administraba un motel. Graham se abstuvo de mencionarlo. No creía que a Stewart le gustara recibir ninguna clase de correspondencia de Lecter.
—Qué pena que sus problemas emotivos fueran más fuertes que él. Yo pensaba que podía convertirse en un agente muy competente. ¿\Vill, tiene usted a veces problemas?
—No.
—-Por supuesto.
Graham tenía la impresión de que Lecter estaba atravesándole el cráneo con su mirada. Su atención le producía la sensación de tener una mosca caminando adentro.
—Me alegra que haya venido. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Tres años? Mis visitantes son todos profesionales. Clínicos psiquiatras comunes y afanosos y mediocres doctores en psicología de oscuras universidades de nadie sabe dónde. Chupatintas tratando de proteger sus puestos con artículos en los diarios.
—El doctor Bloomn me mostró su artículo sobre manía quirúrgica en Yhe fournal o[Clinx cal Psych,atry.
—-Muy interesante, aún para un lego.
—-Un lego... lego, lego. Interesante palabra —dijo Lecter—-. Tantos sabihondos dando vueltas por ahí. Tantos expertos, subvencionados por el gobierno. Y usted dice que es un lego.
Pero usted fue el que me atrapó ¿verdad, Will? ¿Sabe usted cómo lo hizo?
—Estoy seguro que leyó la transcripción. T0d0 figura allí.
—No, no es así. ¿Sabe usted cómo lo hizo, Will?
—Figura en la transcripción. ¿Qué importancia tiene ahora?
—A mí no me importa, Will.
—Quiero que me ayude, doctor Lecter.
—Lo suponía.
—Referente a Adanta y a Birminghamm.
—Sí.
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—Estoy seguro que debe haberlo leído.
——Leí los diarios. No puedo recortarlos. Por supuesto que no me permiten tener tijeras. Sabe usted, a veces me amenazan con quitarme los libros. No querría que ellos pensaran que estoy lucubrando algo morboso
Lanzó una carcajada——. El doctor Lecter tiene dientes blancos y pequeños.
——Usted quiere saber cómo los elige, no es así?
—-Se me ocurrió que podría tener algunas ideas. Le pido que me las transmita.
—-Y por qué debería hacerlo?
Graham había anticipado la pregunta. Una razón para detener a asesinos múltiples no se le ocurriría así corno así al doctor Lecter.
—-Hay cosas que usted no tiene —-manifestó Grahamn—-. Material de investigación, inclusive secuencias de películas. Hablaría con el jefe de personal.
—-Chilton. Debe de haberlo visto cuando entró. Horrible ¿no le parece? Dígamne la verdad ¿no encuentra que escudriña en nuestra mente con la misma habilidad de un adolescente tratando de quitarle la faja a una muchacha? Lo observó por el rabillo del ojo. Se dio cuenta ¿verdad? Tal vez no pueda creerlo, pero trató de hacerme a mí un test de apercepción temática. Estaba sentado allí, igual que el gato de Cheshire, esperando ver aparecer un Mf 13. Ja. Disculpe, olvidé que usted no pertenece a esta feligresía. Es una tarjeta con una mujer en cama y un hombre parado en primer plano. Se suponía que yo debía evitar una interpretación sexual. Me reí. Se enojó y les dijo a todos que yo había evitado ir a la cárcel por un síndrome de Ganser —-no importa, es muy aburrid 0.
—-Tendría acceso a la cinemateca de la Asociación Americana de Medicina.
—-No creo que pudiera conseguirme las cosas que quiero.
—-Haga la prueba.
—-Ya tengo bastante para leer con todo esto.
—-Podría ver el archivo de este caso. Y hay otra razón.
—-Diga, por favor.
—Creo que debe tener curiosidad por saber si es usted más vivo que la persona a la que busco.
—-Y entonces, por implicancia, piensa que es usted más vivo que yo, ya que me atrapó.
—-No. Sé que no soy más vivo que usted.
entonces cómo hizo para capturarmne, Will?
—Usted tenía desventajas.
—Qué desventajas? —Pasión. Y es insano.
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—Está muy bronceado, Will.
Graham no contestó.
—-Sus manos están ásperas. No parecen ya las manos de un policía. Esa loción para después de afeitarse parece elegida por un niño. ¿Tiene un barquito en la etiqueta, verdad? ——El doctor Lecter rara vez mantiene la cabeza derecha. La friclina hacia un lado cuando forrnula una pregunta, como si quisiera atornillar su curiosidad en nuestra mejilla. Otra pausa y luego Lecter dijo:
——No piense que puede persuadirme recurriendo a mi vanidad intelectual.
——No creo poder persuadirlo. Lo hará o no lo hará. De todas formas, el doctor Bloom está trabajando en eso y es ¿ mejor...
——Tiene ahí el legajo?
—Sí.
—-Y fotografias?
—Sí.
—-Déjemne verlas y lo reconsideraré.
—No.
—-Sueña usted mucho, Will?
—-Adiós, doctor Lecter.
—-Todavía no me amenazó con quitarme los libros.
Graham comenzó a caminar.
—-Déjemne ver el legajo, entonces. Le diré lo que pienso.
Graham tuvo que apretar bien el abultado legajo para que cupiera en la bandeja de la comida. Lecter lo hizo deslizarse hacia él.
—-Hay un resumnen arriba de todo. Puede leerlo ahora —-dijo Grahamn.
—-Le importa si lo leo en privado? Démne una hora.
Graham esperó en un sofá tapizado en plástico en un macabro salón. Varios guardias entraron para tomar café. No les dirigió la palabra. Miraba fijamente los pequeños objetos que había en el cuarto alegrándose de que se mantuvieran irimnóviles en su visión. Tuvo que ir d05 veces al baño. Estaba como insensible.
La llave giró permitiéndole ingresar nuevamente a la sección de segundad máxima.
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Lecter estaba sentado a su mesa; los ojos velados por sus pensamientos. Graham sabía que había pasado la mayor parte del tiempo con las fotografias.
un muchacho muy tímido, \Vill. ide encantaría conocerlo... ¿Ha considerado usted la posibilidad de que esté desfigurado?
—Los espejos.
Sí. Advierta que rompió todos los espejos de las casas, pero no fue únicamente para obtener los pedazos que necesitaba. No clava los trozos sólo para herir. Están colocados de forma que él pueda verse. En los ojos —la señora Jacobi y... ¿Cómo se llamaba la otra?
—La señora Leeds.
—Eso es.
—Muy interesante —-dijo Graharn.
——No es «interesante». Usted había pensado ya en eso.
—-Lo había considerado.
—-Vino acá solamente para mirarme. Para aspirar otra vez ¿ viejo aroma ¿no es verdad? ¿Por qué no se huele a usted mismo?
—Quiero su opinión.
—-No tengo ninguna en este momento.
—-Cuando la tenga me gustaría oírla.
—-Puedo guardarme ¿legajo?
—-No lo he decidido todavía —-respondió Graham.
—-Por qué no hay descripciones de los terrenos? Aquí tenernos vistas de los frentes de las casas, de las plantas, diagramas de los cuartos donde tuvieron lugar las muertes y poca mención del terreno. ¿Cómo eran los jardines?
—-Jardines amplios en la parte posterior, con cercos, algunos con arbustos. ¿Por qué?
—-Porque, mi querido \Vill, si este candidato siente una atracción especial por la luna, tal vez le guste salir al exterior para mirarla. Antes de asearse, comprende. ¿Alguna vez ha visto sangre a la luz de la luna, \Vill? Parece casi negra. Por supuesto que conserva su brillo característico. Si llegado el caso, uno estuviera desnudo, sería mejor gozar de cierta privacidad para esos menesteres. Debe demostrarse cierta consideración con los vecinos
—-Usted piensa que el lugar es un factor que tiene en cuenta al elegir sus víctimnas?
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—Oh, sí. Habrá más víctimas, por supuesto. Perniltame guardar ¿ legajo Will. Lo estudiaré. Y si tiene más agregados me gustaría echarles un vistazo, también. En las raras ocasiones en que mi abogado me llama me alcanzan un teléfono. Antes me comunicaban por el comnutador, pero como puede suponer, todo ¿ mundo escuchaba la conversación. ¿Podría darme ¿ número de teléfono de su casa?
No.
—Sabe por qué me atrapó, WiII?
—-Adiós, doctor Lecter. Puede dejarme cualquier mensaje en el nruxnero que figura en el legajo.
Graham se alejó.
—Sabe por qué me atrapó?
Graham estaba ya fuera del alcance de la vista de Lecter y aceleró su marcha en dirección a la distante puerta de acero.
—-La razón por la que pudo atraparme es porque ambos somos iguales —-fue lo último que oyó Graham al cerrarse la puerta metálica a su paso.
Estaba insensible a excepción del temor de perder esa insensibilidad. Caminaba con la cabeza gacha, sin hablar con nadie y sentía las pulsaciones de su sangre corno un hueco batir de alas. Le pareció muy corta la distancia hasta el exterior. Ese era simplemente un edificio; había solamente cinco puertas entre Lecter y la calle. Tenía la absurda sensación de que Lecter había salido junto con él. Se detuvo al trasponer la puerta de entrada y echó un vistazo alrededor para asegurarse de que estaba solo.
Desde un automóvil estacionado del otro lado de la calle, con el gran angular apoyado sobre una ventanilla, Freddy Lounds obtuvo una buena instantánea de Graham parado en el umnbral, sobre el cual y escritas en la piedra podían leerse las palabras: «Hospital Estatal de Chesapeake para Criminales Insanos».
El resultado, publicado en el National Tattler, mostraba la foto recortada de la cabeza de Grahamn y las d05 últimas palabras talladas en la piedra.
57

Vm
El doctor Hannibal Lecter permaneció recostado en su catre con las luces de la celda apagadas después que se e Graham. Transcurrieron varias horas.
Durante un rato se limité a las sensaciones táctiles; la trama de la Linda de la almohada contra sus manos erijazadas detrás de la cabeza, la suave membrana que cubría su mejilla.
Luego Lic ¿ turno de los olores y permitió a su mente jugar con ellos. Algunos eran reales pero otros no. Habían puesto Clorox en ¿ baño; semen. Estaban comiendo ají picante en ¿ hall; uniformes empapados en transpiración. Graharn no había querido darle ¿ número de su teléfono particular; ¿ olor amargo y verde de yerbajos recién cortados. Lecter se incorporó. El hombre podría haberse mostrado educado. Sus pensamientos tenían ¿ olor a metal caliente de un reloj eléctrico.
Lecter pestañeó vanas veces y sus cejas se arquearon. Encendió las luces y le escribió una nota a Chilton pidiéndole un teléfono para llamar a su abogado.
De acuerdo con la ley, Lecter tenía derecho a hablar en privado con su abogado y no había abusado de ese privilegio. Como Chilton no le permitía trasladarse hacia donde estaba el teléfono, tenían que alcanzárselo hasta donde estaba él.
Se lo llevaron d05 guardias, que desenrollaron un largo cable desde la torna que había junto al escritorio de ellos. Uno de los guardias tenía las llaves. El otro esgrimía una lata de lvlace, un aerosol que provocaba intenso ardor en los ojos.
Vaya al fondo de su celda, doctor Lecter. Mirando a la pared. Si se da vuelta o se acerca a las rejas antes de oír el ruido de la cerradura le arrojaré lvlace a la cara. ¿Entendido?
—Por supuesto -dijo Lecter—. Muchas gracias por traer el teléfono.
Tenía que pasar la mano por la red de nylon para marcar. Informaciones de Chicago le sumirtistró el número del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Chicago y el de la oficina del doctor Alan Bloom. Marcó el nrímero del conmutador del departamento de psiquiatría.
—Estoy tratando de comunicarme con el doctor Alan Bloom.
—No tengo seguridad de que haya venido hoy pero le comnunicaré.
—Un momento, se supone que conozco el nombre de su secretada y lamento tener que confesar que lo he olvidado.
—Linda King. Un momento por favor.
-Gracias.
El teléfono sonó ocho veces antes de que contestaran.
—Oficina de Linda King.
—Linda?
58

—Liinda no viene los sábados.
El doctor Lecter había especulado con eso.
—Tal vez usted pueda ayudarme, si no le es molesto. Soy B0b Greer de la compañía editora Blaine y Edwards. El doctor Bloom me pidió que le enviara un ejemplar del libro de Overholser, El Psiquiatra y la Ley a Will Graham, y Linda debía darme su dirección y teléfono, pero no lo hizo.
—Yo soy solamente una ayudante, ella vuelve el lu...
—Tengo que alcanzar el Expreso Federal en cinco minutos y no me gusta molestar al doctor Bloom en su casa ya que él le ordenó a Linda que me lo enviara y no quiero meterla en un lío. Debe estar ahí en su Rolodex o como se llame. Le estaré eternamente agradecido si me lo dice.
—No tiene un Rolodex.
—No será una agenda común?
—Sí.
—Sea buena, búsquemne el nruxnero de ese tipo y no le haré perder mÁs tiemnpo.
—-Cómo dijo que se llamnaba?
—Graham. Will Graham.
—-Muy bien, el teléfono de su casa es 305 JL-7002.
—Se supone que tengo que enviárselo a su casa.
—-No figura la dirección de su casa.
—-Qué dirección da?
—-Oficina Federal de Investigaciones, Diez y Pennsylvania, Washington, D.C. Oh, y casulla de Correo 3680, Marathon, Florida.
—-Perfecto, es un ángel.
—No faltaba más.
Lecter se sentía mucho mejor. Se le ocurrió que en alguna oportunidad podría sorprender a Grahamn con una llamnada, o, si ese tipo no era capaz de mostrar un poco más de amabilidad, le pediría a una de esas firmnas que abastecen a los hospitales que le enviaran por correo a Grahamn una bolsa para colostomnía en recuerdo de viejos temnpos.
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A más de mil setecientos kilómetros hacia ¿ sudoeste, en la cafetería del Laboratorio de Películas Gateway en St. Louis, Francis Dolarhyde esperaba que le sirvieran una hamburguesa. Las entradas que se ofrecían en el mostrador no presentaban buen aspecto. Se paró junto a la caja y bebió un sorbo de café de la taza de papel.
Una muchacha pelirroja vestida con un delantal de laboratorio entró a la cafetería y estudió la máquina de caramelos. lvliró varias veces a Francis Dolarhyde que estaba de espaldas a ella y frunció los labios. Firiahnente se acercó a él y le preguntó:
—Señor D.?
Dolarhyde se dio la vuelta. Usaba siempre gafas protectoras rojas ftiera del cuarto oscuro. Ella fijó la vista en el puente de las gafas.
—Le importaría sentarse un momento conmigo? Tengo algo que decirle.
—Qué tiene que decirme, Eileen?
—Que reahnente lo siento muchísimno. Que sencillamente B0b estaba borracho y como usted bien lo sabe, haciéndose el payaso. No fue esa su intención. Siéntese conmigo, por favor. Aunque sólo sea un minuto.
—Bien.
Dolarhyde jamás decía «sí» porque tenía algunas dificultades con la
Se sentaron. Ella retorcía nerviosamente una servilleta con sus manos.
—-T0d05 estábamos divirtiéndonos mucho en la fiesta y nos alegramos de que viniera —dijo ella—-. Nos alegramos de veras y nos sorprendimos también. Usted sabe cómo es B0b, imita permnanentemnente las voces de la gente, debería actuar en la radio. Imitó d05 o tres tonadas, con chistes y demás, puede hablar exactamente igual a un negro. Cuando iniltó esa otra voz no lo hizo para molestarlo a usted. Estaba demasiado borracho como para darse cuenta de quiénes estaban presentes.
—-T0d0 el mundo reía y de repente nadie.., rió —-Dolarhyde no decía nunca «mnás», por la «s»—. Entonces e cuando B0b se dio cuenta de lo que había hecho.
—-Pero contiinuó.
—-Lo sé —dijo ella tratando de mirar de la servilleta a las antiparras sin demnorarse demnasiado—-. Y se lo hice notar. Dijo que no tenía mala intención, que comprendió que ya no había forma de dar marcha atrás y entonces prefirió seguir con la bromna. Usted ‘Ao cómo se sonrojó.
—Me propuso realizar un dúo con él.
—Lo abrazó y trató de tomarlo del brazn. Quería que usted también lo tomara como una broma, señor D.
—Lo tomné como una broma, Eileen.
—B0b está desesperado.
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—Bueno, no quiero que esté desesperado. No lo quiero. Dígaselo de mi parte. Y que aquí no hará ninguna diferencia. Dios mío, con la habilidad de B0b yo haría bro... haría una broma a continuación de otra
Dolarhyde evitaba en lo posible los plurales—. Bueno, no pasará mucho antes de volver a reunir-nos y entonces verá cómo me siento.
—Bien, señor D. Usted sabe que debajo de todas esas bromas B0b es realmente un tipo muy sensible.
—Estoy seguro. Cariñoso, imagfrio —la voz de Dolarhyde estaba ahogada por su mano. Cuando estaba sentad 0 apoyaba siempre ¿ nudillo de su índice bajo la nariz.
—Cómo dijo?
-Creo que usted es buena para él, Eileen.
—Yo también lo creo, de veras. Bebe solamente los fmes de semana. No bien empieza a relajarse su esposa lo llama por teléfono. Me hace caras mientras hablo con ella, pero me doy cuenta que luego se queda molesto. Una mujer puede darse cuenta de esas cosas —Palmneó a Dolarhyde en la muñeca y a pesar de las antiparras advirtió que el toque se había registrado en sus ojos—. No se preocupe, señor D. ide alegro de haber tenido esta charla.
—Yo también, Eileen.
Dolarhyde la contemnpló mientras se alejaba. Tenía una marca de succión en la parte posterior de la rodilla. Pensó, acertadamente, que Eileen no sentía aprecio por él. En honor a la verdad, nadie lo apreciaba.
El espacioso cuarto oscuro estaba fresco y olía a productos químicos. Francis Dolarhyde frispeccionó el revelador del tanque A. Cientos de metros de películas familiares de todo ¿ país habían pasado por el secador. Muchas veces durante el día levantaba muestras de películas y las examinaba, secuencia tras secuencia. El silencio reinaba en la habitación. Dolarhyde no fomentaba la conversación entre sus ayudantes y se comunicaba generalmnente por gestos.
Cuando terminó el turno de la tarde quedó solo en el cuarto oscuro, para revelar, secar y ensamblar algunas películas de su propiedad.
Dolarhyde llegó a su casa alrededor de las diez de la noche. Vivía solo en una gran casa que le habían dejado sus abuelos. Se alzaba al final de un camino de grava que atravesaba un huerto de manzanos al norte de Saint Charles, Missouri, del otro lado del río Missouri, frente a St. Louis. El propietario del huerto se había ausentado y nadie lo cuidaba. Arboles secos y retorcidos se erguían entre otros florecientes. Ahora, a fines de julio, el aire del huerto estaba saturado con el olor a manzanas podridas. Durante el día se llenaba de abejas. El vecino más cercano estaba a diez cuadras.
Dolarhyde realizaba siempre una inspección de la casa cuando regresaba del trabajo; unos años antes hubo un frustrado intento de robo. Encendió las luces de cada cuarto y echó un vistazo. Una visita no pensaría que vivía solo. La ropa de sus abuelos colgaba todavía en los roperos, los cepillos de su abuela con cabellos entre las cerdas estaban aún sobre la cómoda. Sus dientes descansaban en un vaso sobre la mesa de noche. Hacía tiempo ya que se había evaporado el agua. Diez años habían transcurrido desde la muerte de su abuela.
(El director de la frmneraria le había preguntado: 61

Contento de estar solo en la casa, Dolarhyde subió al primer piso, se dio una prolongada ducha y se lavé ¿ pelo.
Se vistió con un kimnono de un material sintético con una textura como la de la seda y se acosté en la angosta cama en el cuarto que había ocupado desde su niñez. El secador de pdo de su abuela tenía una gorra de plástico y una manguera. Se puso la gorra y mientras se secaba el pdo hojeé una revista de modas. El odio y la bestialidad en algunas fotografias era notable.
Comenzó a sentirse excitado. Giró la pantalla metálica de su lámpara de lectura hasta hacerla iluminar una lámina que colgaba de la pared frente a los pies de la cama. Era El Gran Dragón Rojo y la Mujer Revestida del Sol, de William Blake.
El cuadro le impresioné mucho la primera vez que lo vio. Nunca había visto antes nada que representara gráficamnente sus pensamientos. Tenía la impresión de que Blake hubiera espiado en su oreja y descubierto así el Dragón Rojo. Durante varias semanas Dolarhyde tuvo la preocupación de que sus pensamientos refulgieran en sus orejas y frieran visibles en la oscuridad del cuarto de trabajo y velaran las películas. Se colocó tapones de algodón en las orejas. Pero temiendo que el algodón friera demasiado inflamable probó con lana de acero. Como eso los hizo sangrar, fmal,nente cortó pequeños trozos de tela de amianto de una tabla de planchar y formnó con ellos unas bolitas que podía calzar en las orejas.
El Dragón Rojo era todo lo que había tenido durante mucho tiempo. Pero ya no era todo. Sintió los comienzos de una erección. Hubiera querido disfrutarla lentamente, pero no podía esperar más. Dolarhyde corrió los pesados cortinados de la sala de la planta baja. Instalé el proyector y la pantalla. A pesar de las protestas de su abuela, su abuelo había llevado al li’Ang un sillón de respaldo reclinable (ella colocó una carpetita de encaje donde apoyaba la cabeza). A Dolarhyde le gustaba el sillón, era muy cómodo. Enroscó una toalla en el apoya- brazos.
Apagó las luces. Así, recostado en ese cuarto oscuro, podía sentirse en cualquier parte. La luz del lecho estaba provista de una pantalla giratoria que producía manchas multicolores que trepaban por las paredes y el piso y parecían rozarle la piel. Podría haber estado acostado sobre el asiento de una nave espaciaL en una burbuja de vidrio entre las estrellas. Cuando cerró los ojos pensó que sentía las manchas de luz que se movían sobre él y al abrirlos, se convertían, en las luces de una ciudad situada arriba o abajo de él. Ya no había más arriba o abajo. La pantalla giraba más rápido a medida que se calentaba y las manchas se arremolinaban alrededor de él, pasando sobre los muebles en haces angulosos y cayendo como una lluvia de meteoros sobre las paredes. Podría ser un corneta atravesando la Nebulosa del Cangrejo.
Pero un lugar estaba protegido de la luz. Había colocado junto a la máquina un pedazo de cartón que proyectaba una sombra sobre la pantalla.
Alguna vez, en el futuro, fumaría primero para intensificar el efecto, pero en esta oportunidad no era necesario.
Oprimió el botón que ponía en funcionamiento el proyector. Un rectángulo blanco apareció en la pantalla, un rayado grisáceo al comenzar a pasar la película sobre la lente y enseguida el perrito gris paré las orejas y corrió hacia la puerta de la cocina, temblando y agitando su pequeña cola. Un corte y el perro corría junto al cordón de la vereda, dándose vuelta para tirar mordiscos hacia un costado.
Ahora entraba a la cocina la señora Leeds trayendo los paquetes con las compras. Reía y se tocaba el pelo. Los chicos sallan detrás de ella.
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Un corte nuevamente y una torna mal iluminada del dormitorio de Dolarhyde en ¿piso de arriba. Está parado desnudo frente al grabado de El Gran Dragón Rojo y la Mujer Revestida del Sol. Tiene puestos «anteojos de combate», esos anteojos de plástico que se sujetan alrededor de la cabeza y que usan los jugadores de hockey. Tiene una erección que ayuda con su mano.
La imagen sale ligeramente de foco al acercarse Dolarhyde a la cámara con movimientos estilizados, estirando la mano para corregir ¿ foco e invadiendo totalmente ¿ marco de la película con la cara. La película tiembla y súbitamente enfoca un primer plano de su boca, su desfigurado labio superior fruncido, la lengua asomando entre los dientes, un ojo en blanco todavía en la imagen. La boca cubre la pantalla, los labios retorcidos dejan ver sus dientes mellados y la oscuridad al introducir la lente en su boca.
Los inconvenientes de la parte que seguía eran evidentes.
Una secuencia movida y borrosa con una luz fuerte se convirtió en una cama y en el acuchillamiento de Charles Leeds; la incorporación de su esposa, cubriéndose los ojos con una mano, dándose vuelta hacia su marido y poniendo las manos sobre él, rodando hacia el costado de la cama con las piernas enredadas en las sábanas, tratando de levantarse. La cámara enfocó de repente el techo, sacudiéndose y provocando unas rayas similares a las de un pentagrama, para luego estabilizarse y presentar una toma de la señora Leeds acostada nuevamente, con una mancha oscura que se agrandaba en su camisón y Leeds llevándose las manos al cuello y con los ojos desorbitados. La pantalla quedó a oscuras durante cinco segundos y luego se oyó el leve sonido de un empalme.
La cámara estaba ahora inmóvil, sobre un trípode. T0d05 habían muerto ya y estaban ubicados en distintos lugares. Dos chicos sentados contra la pared que miraba hacia la cama, otro en el rincón enfrentando a la cámara. El señor y la señora Leeds en la cama, cubiertos con las sábanas. El señor Leeds apoyado contra la cabecera, la soga que lo sujetaba por el pecho semioculta por las sábanas y la cabeza inclinada hacia un costado.
Dolarhyde hizo su aparición en la película desde la izquierda, con movimientos estilizados como los de un bailarín balines. Salpicado de sangre y desnudo a excepción de las gafas y los guantes, haciendo morisquetas y saltando sobre los muertos. Se acercó al costado más alejado de la cama, donde estaba la señora Leeds, agarró la punta de la sábana, la sacó de un tirón y permaneció en una pose como si acabara de realizar una verónica.
Una fma capa de sudor cubría en ese momento a Dolarhyde mientras miraba la película, sentado en el living de sus abuelos. Sacaba constantemente la lengua gruesa, humedeciendo la reluciente cicatriz de su labio superior, mientras gemía y se estimulaba.
A pesar de haber alcanzado en ese momento la cúspide de su placer, no pudo evitar cierto disgusto al advertir que en la escena siguiente perdía toda gracia y elegancia en sus movimientos, al agitar la cabeza como un cerdo, apuntando distraídamente el trasero a la cámara. No había pausas sobrecogedoras, ningún sentido del ritjno, solamente un frenesí brutal.
De todas formas, era maravilloso. Observar la película le resultaba maravilloso. Pero no tanto como los actos en sí.
Dolarhyde sintió que la película tenía d05 defectos principales: el primero que no registraba las muertes del matrimonio Leeds y el segundo, que su actuación al final no era muy buena. Era como si perdiera todos sus atributos. Por cierto que el Dragón Rojo no lo haría así.
Bueno, debía filmar muchas películas más y esperaba que con la experiencia podría mantener cierto nivel estético, aun en los momentos más íntimos.
63

Tenía que vencer. Se trataba de la obra de su vida, de algo magnífico. Viviría para siempre.
Tendría que hacerlo pronto. Seleccionar a sus compañeros de reparto. Ya había copiado varios filmes de salidas familiares durante ¿ 4 de julio. El fmal del verano siempre traía aparejado un gran movimiento en la planta de revelado, al recibirse todas las películas filmadas durante las vacaciones. El día de Acción de Gracias suministraría otra buena tanda.
A diario recibía envíos familiares por correo.
64

x
El avión de Washington a Birmingham estaba medio vacío. Graham eligió un asiento junto a la ventanilla que tenía desocupado ¿de al lado.
Rechazó un emparedado algo seco que le ofreció la azafata y apoyó ¿ legajo de los Jacobi sobre ¿ soporte para la bandeja. Había anotado al principio las similitudes entre los Jacobi y los Leeds.
Ambas parejas estaban al final de la treintena, ambas tenían hijos, d05 varones y una mujer. Edward Jacobi tenía otro hijo de un matrimonio anterior, que estaba en ¿ colegio cuando fue asesinada su familia.
En ambos casos, los d05 padres poseían títulos universitarios, y ambas familias vivían en casas de d05 plantas en agradables suburbios. Tanto la señora Jacobi como la señora Leeds eran mujeres bonitas. Las familias utilizaban idénticas tarjetas de crédito y estaban suscriptas a idénticas revistas populares.
Ahí termninaban las similitudes. Charles Leeds era un abogado especializado en impuestos, mientras que Edward Jacobi era ingeniero y metalúrgico. La familia de Adanta era presbiteriana; los Jacobi, católicos. Los Leeds residían desde hacía muchos años en Adanta, en camnbio los Jacobi habían vi’Ado solamnente tres meses en Birmingham, por haber sido trasladados allí desde Detroit.
La palabra «casualidad» resonaba molestamente en los oídos de Grahamn como una canilla que pierde. «Casual ¿ección de víctimas», «sin motivo aparente», termninología emnpleada por los periodistas y pronunciada con ira y frustración por los detectives en los departamentos de homicidios.
Empero «casualidad» no era ¿ término exacto. Graham sabía que los que realizaban asesinatos múltiples y en serie, no eligen sus víctimas al azar.
El hombre que asesinó a los Jacobi y a los Leeds vio algo en ellos que lo atrajo hacia esas personas y lo imnpulsó a matarlos. Podía haberlos conocido muy bien —así lo esperaba Graham— o quizá no los conocía en absoluto. Pero Graham estaba seguro de que ¿ asesino los había visto en alguna oportunidad antes de matarlos. Los eligió porque tenían algo que lo atraía y las mujeres constituían ¿meollo del asunto. ¿Qué seda?
Existían ciertas diferencias entre los d05 crímnenes.
Edward Jacobi fue muerto de un disparo mientras bajaba la escalera emnpuñando una linterna, posiblemente lo había despertado un ruido.
La señora Jacobi y sus hijos fueron muertos de un tiro en la cabeza, la señora Leeds en ¿ abdomen. En todos los casos ¿ armna utilizada fue una pistola automática de nueve milímnetros. Restos de lana de acero de un silenciador de fabricación casera se encontraron en las heridas. Ninguna huella dactioscópica en las cápsulas servidas.
El cuchillo había sido usado únicamente en Charles Leeds. El doctor Princi creía posible que se tratara de un instrumento con una hoja delgada, aguda y extremadamente filosa.
Los métodos para entrar a las casas diferían tamnbién; la puerta del jardín forzada en ¿ caso Jacobi y ¿ cortador de vidrio en ¿ de los Leeds.
Las fotografías del crimen de Birmninghamn no mostraban tanta sangre como la que se encontró en ¿ de Leeds, pero había manchas en las paredes del dormitorio a poco más de sesenta centftnetros del suelo. Por lo tanto ¿
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asesino también había tenido público en Birmingham. La policía de Birmingham revisó los cadáveres en busca de impresiones digitales, incluyendo las uñas, pero no encontró nada. A un mes de su inhumación en Birmningham, ya no quedarían ni rastros de una huella como la que se encontró en ¿pequeño Leeds.
En ambos lugares había ¿ mismo pdo rubio, la misma saliva, ¿ mismo
Graham apoyó las d05 fotografias de las sonrientes familias contra ¿ respaldo del asiento delantero y se quedó mirándolas durante un buen rato, en medio de la calIna del avión en vuelo.
¿Qué podría haber atraído particularmnente al asesino hacia ellos! Graham quería creer a todo trance que existía un factor común y que pronto lo descubriría.
De lo contrario, tendría que entrar a otras casas y ver qué le había dejado el Duende Dientudo.
Graham obtuvo unas direcciones en la oficina de Birmingham y se puso en contacto con la policía telefónicamente desde el aeropuerto. El aire acondicionado del automóvil que alquiló le salpicaba las manos y brazos de agua.
Su primnera parada Lic en la oficina de la Inmnobiliaria Geehan, en la avenida Dennison.
Geehan, alto y calvo, apresuró el paso sobre la alfombra peluda color turquesa para saludarlo. Su sonrisa se desvaneció no bien Grahamn exhibió su credencial y le pidió la llave de la casa de los Jacobi.
—Jrán hoy tamnbién policías uniformnados? —preguntó con la mano sobre su cabeza.
——No lo sé.
—Espero en Dios que no. Tengo oportunidad de mostrarla d05 veces esta tarde. Es una linda casa. Cuando la gente la ve se olvida de lo que ocurrió. El jueves pasado vino una pareja desde Duluth, unos jubilados con buen respaldo, fanÁticos del Cinturón del Sol. Estábamos ultimando detalles cuando apareció el patrullero y entraron todos a la casa. La pareja les hizo algunas preguntas y por cierto que no se quedaron cortos en sus respuestas. Esos simpáticos oficiales les hicieron hacer todo el recorrido, explicándoles quién estaba dónde. Luego se despidieron amablemnente, adiós, señor Geehan, disculpe la molestia. Traté de mostrarles todas las medidas de seguridad que habíamos dispuesto, pero ni las escucharon. Se marcharon como habían venido por el camino de grava y no se detuvieron hasta instalarse en su automóvil.
—A1gún soltero ha solicitado visitarla?
—A mí no. Hay una lista muy larga. Pero me parece que no. La policía no queda permitirnos pintar hasta, bueno, no sé, el hecho es que hasta el martes no pudimos acabar la pintura del interior. Dos manos de látex para interiores y en algunas partes inclusive tres. Todavía estamos trabajando en ¿ exterior. Va a quedar realmente linda.
—Cómo se las arreglarán para venderla antes de tener autorización del juez?
—No puedo cerrar el trato hasta entonces, pero eso no significa que no pueda tener todo listo. La gente podría mudarse con un acuerdo formnalizado por escrito. Tengo que hacer algo. Un socio mío tiene el papel preparado y ese interés nos mantiene despiertos de noche y de día.
—Quién es el albacea del señor Jacobi?
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—Metcalf, Byron Metcalf de la firma Metcalf y Barnes. ¿Cuánto tiempo calcula que se quedará allí?
—No lo sé. Hasta que termine.
—Deje la llave en ¿ buzón. No necesita venir hasta aquí.
Graham experimentaba la vaga sensación de seguir un rastro frío mientras conducía rumbo a la casa de los Jacobi. Estaba justo en ¿ línilte de la ciudad, en una zona recientemente anexada a ésta. Detuvo una vez ¿ automóvil en la carretera para estudiar ¿mapa antes de encontrar la salida a un camino secundario pavimnentad 0.
Había transcurrido más de un mes desde que fueron asesinados. ¿Qué había estado haciendo él entonces? Instalando un par de motores diesel en un casco Rybovich de veinte metros, haciéndole señas a Ariaga en la grúa para que bajara un centftnetro más. Molly aparecía al fmal de la tarde y los tres se sentaban bajo un toldo en la cabina de la embarcación a medio terminar y comían los enormes camarones que traía Molly y bebían cerveza h¿ada marca Dos Equis. Ariaga explicaba cuál era la mejor forma de limpiar langostinos y dibujaba la aleta de la cola sobre ¿ aserrín de la cubierta mientras los rayos del sol se quebraban sobre las olas y jugueteaban sobre las plumas de las inquietas gaviotas.
El agua del aire acondicionado salpicaba la pechera de la camisa de Grahamn, que se encontraba en ese momento en Birmingham, donde no había camarones ni gaviotas. lvlientras conducía veía a su derecha praderas y lotes arbolados, cabras y caballos y. a su izquierda estaba Stonebridge, una zona residencial que databa de tiempo atrás, con tinas pocas y elegantes mansiones y unas cuantas casas de personas adineradas.
Vio ¿ cartel de la inmobiliaria casi cien metros antes de llegar. La casa de los Jacobi era la única a la derecha de la ruta. La savia de los nogales había pegoteado las piedritas del camino que resonaban contra los guardabarros del automóvil. Un carpintero trepado a una escalera estaba instalando rejas en las ventanas. El hombre saludó a Graham con la mano cuando entró a la casa.
Un gran roble daba sombra al patio de lajas del costado de la casa. Por la noche imnpediría también que pasara la luz del farol del jardín lateral. Por esa puerta corrediza de vidrio era por donde había entrado ¿ Duende Dientudo. Las puertas habían sido reemplazadas por otras nuevas, cuyos marcos de aluminio conservaban todavía un brillo impecable y la etiqueta con la marca de la fábrica. Una reja nueva de hierro frmndido protegía las corredizas. La puerta del sótano también era nueva, de acero y con cerrojos. Sobre las lajas había cajones con las partes de un termnotanque.
Graham entró a la casa. Pisos desnudos y olor a encierro. Sus pasos resonaron en los cuartos vacíos.
Los espejos nuevos de los baños no habían reflejado jamás las caras de los Jacobi ni la de su asesino. T0d05 conservaban aún la marca de una etiqueta que había sido despegada. Una lona utilizada por los pintores estaba doblada en un rincón del dormitorio principal. Graham se sentó sobre ella ¿ tiempo necesario para que la luz d¿ sol pasara de uno a otro tablón sobre ¿ piso de madera.
No había nada. Ya no quedaba nada allí.
¿Vivirían todavía los Leeds si hubiera llegado allí inmnediatamnente después de la masacre de los Jacobi? Eso era lo que Graham se preguntaba. Consideró ¿ peso de esa responsabilidad.
Pero no disminuyó al salir de la casa y contemplar ¿ cielo azul.
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Graham se paré a la sombra de un nogaL los hombros encogidos, las manos en los bolsillos y dirigió su mirada a lo largo del camino que desembocaba en la ruta frente a la casa de los Jacobi.
¿Cómo había llegado allí ¿ Duende Dientudo? Debía de haber conducido un automóvil. ¿Dónde lo estacionó? El camino de entrada de grava era demasiado ruidoso para una visita a medianoche, pensó Grahamn. La policía de Birmingham no estaba de acuerdo.
Camirió por ¿ sendero hasta la ruta. El camino asfaltado tenía zanjas a ambos lados, hasta donde su vista le permitía ver. Era posible detenerse cruzando la zanja y ocultar ¿ vehículo entre las plantas del lado de la propiedad de los Jacobi, siempre y cuando ¿ terreno estuviera firmne y seco.
Frente a la casa de los Jacobi y del otro lado del camniino estaba la única entrada a Stonebridge. El cartel decía que Stonebridge tenía un servicio particular de vigilancia. Un vehículo extraño no pasaría desapercibido allí. Y tamnpoco un hombre caminando entrada ya la noche. Eliminado ¿ estacionamiento en Stonebridge.
Graham volvió a la casa y se sorprendió al comprobar que ¿ teléfono funcionaba. Uamnó a la Oficina Meteorológica y se enteró de que ¿ día anterior al asesinato de los Jacobi llovieron siete milímnetros. Por lo tanto las zanjas estaban llenas. El Duende Dientudo no había ocultado su automóvil en la ruta asfaltada.
Un caballo que se encontraba del otro lado del jardín avanzó a la par de Grahamn mientras caminaba junto al cerco pintado de blanco en dirección a los fondos de la propiedad. Le dio al caballo una pastilla de naranja y se separó de él en una esquina, al dar vuelta junto al cerco del fondo, detrás de las construcciones anexas.
Se detuvo al ver el sudo hundido ligeramente en el sitio en que los niños habían enterrado su gato. Al pensar en eso, junto con Springfield en la comisaría de Adanta, había imnaginado que las construcciones serían blancas. En realidad eran de color verde oscuro.
Los chicos habían envuelto al gato en un paño de cocina y lo habían enterrado dentro de una caja, con una flor entre las patas.
Graham apoyó el antebrazo sobre la parte superior del cerco y descansó sobre él su cabeza.
El entierro de un animal favorito, rito solemne de la niñez. Los padres que regresan a casa y sienten vergüenza de rezar. Los niños mirándose el uno al otro descubriendo nuevas fuerzas en los sitios en que el dolor más se hace sentir. Uno inclina la cabeza y enseguida los otros lo imitan, la pala más alta que cualquiera de ellos. Luego una discusión sobre si el gato está o no en el cielo con Dios y Jesús y un largo silencio sin que se oiga gritar a rnnguno.
Mientras permnanecía parado sintiendo el calor del sol en su espalda, Grahamn tuvo la certeza de que el Duende Dientudo no se había contentado con matar al gato, sino que ademnás había esperado hasta que los chicos lo enterraran. No podía perderse ese episodio.
No hizo d05 viajes hasta allí, uno para matar al gato y otro para asesinar a los Jacobi. Mató al gato y esperó hasta que los niños lo descubrieran.
No había formna alguna de determinar exactamente dónde encontraron los chicos al animnalito. La policía no había localizado a nadie que hubiera hablado con los Jacobi después del mediodía, aproximadamente diez horas antes de que murieran.
¿Cómo había llegado el Duende Dientudo y dónde había esperado?
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lvlás allá del cerco de atrás, un terreno cubierto por arbustos casi tan altos corno una persona, se extendía unos treinta metros hasta llegar a lo árboles. Graharn sacó del bolsillo trasero ¿ mapa arrugado y lo desplegó sobre ¿ cerco. En él se veía una ininterrumpida fracción arbolada que se extendía durante cuatrocientos metros desde los fondos de la propiedad de los Jacobi y que continuaba en ambas direcciones. Más allá de la arboleda, limitándola hacia ¿ sur, pasaba un camino vecinal, paralelo a la ruta sobre la cual daba la propiedad de los Jacobi. Graham salió en su automóvil nuevamente a la carretera, calculando la distancia con su odómetro. Tomó rumbo al sur y se dirigió hacia el camino vecinal que figuraba en el mapa. Condujo lentamente por él, controlando otra vez la distancia hasta que el odómetro le indicó que estaba justo detrás de la casa de los Jacobi, del otro lado de la fracción arbolada.
El pavimento se interrumpía al llegar allí a un futuro bardo de viviendas modestas, proyecto de tan reciente data que no figuraba en el mapa. Detuvo su automóvil en el área destinada a estacionamiento. La mayoría de los automóviles eran viejos, con los resortes saliendo de sus tapizados. Dos estaban apoyados sobre cajones.
Unos niños negros jugaban al basket sobre la tierra desnuda junto a un único arco sin red. Graham se sentó sobre el parachoques durante un rato para mirar el partido.
Tenía ganas de quitarse la chaqueta, pero sabía que ¿ 44 Special y la cámara chata en su cinturón llamarían la atención. Siempre sentía una extraña molestia cuando la gente miraba su revólver.
Un equipo estaba integrado por ocho jugadores con camisa. Los de torso desnudo eran once, y todos jugaban simultáneamente. El arbitraje era por adamación.
Un pequeño de torso desnudo, al fallar en la devolución, se dirigió airadamente a su casa. Regresó fortificado con una galletita y se integró nuevamente al grupo.
Los gritos y el ruido de la pelota mejoraron el ánimo de Grahamn.
Un gol, una pelota al cesto. Pensó en cuÁntas cosas tenían los Leeds. Y los Jacobi también, según la policía de Birmingham, después de haber descartado el robo como móvil. Botes y elementos deportivos, equipos de
pamnento, máquinas fotográficas y escopetas y cañas de pescar. Era otra cosa que ambas familias tenían en común.
Y al pensar en los Leeds y los Jacobi con vida, no pudo evitar recordar cómo habían estado después y entonces le fue imposible seguir mirando el partido de basket. Inspiró hondo y se dirigió al monte oscuro que se alzaba del otro lado del camino.
La maleza, muy tupida al empezar el bosque de coniferas, se hizo más rala al internarse Grahamn bajo el sombrío follaje y su marcha resultó mÁs fácil y agradable sobre el mullido colchón formado por las agujas de los pinos. El aire era cálido y calmo. Los pájaros de los árboles anunciaban su llegada.
El terreno bajaba suavemente hasta el cauce seco de un arroyo sobre el que se alzaban unos pocos cipreses, y en la tierra rojiza podían verse pisadas de mapaches y ratones de campo. Unas huellas de pies humanos, probablemente algunas dejadas por niños, se desparramaban por el lecho del arroyo. Todas eran hondas y redondeadas y muchas lluvias habían caído sobre ellas.
El terreno subía del otro lado del arroyo, transformándose en una arcilla arenosa sobre la que crecían helechos bajo los pinos. Graham subió la colina en medio de esa atmósfera calurosa, hasta ver luz debajo de los árboles en el límite del bosque.
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Entre los troncos pudo divisar ¿piso superior de la casa de los Jacobi.
Otra vez apareció la tupida maleza que llegaba casi hasta su cabeza, y que se extendía desde ¿linde del bosque hasta ¿ cerco de atrás de los Jacobi. Graham se abrió camino entre las plantas y se detuvo junto a la valla que daba al jardín.
El Duende Dientudo podría haber estacionado su automóvil en ¿ barrio en construcción y atravesado ¿ b05- que hasta llegar al matorral detrás de la casa. Podría haber atraído al gato y estrangularlo, sujetando ¿ cuerpo inerme en una mano mientras se arrastraba de rodillas y agarraba ¿ cerco con la otra. A Grahamn le pareció ver ¿ gato por ¿ aire, sin darse vuelta para caer sobre sus patas y oír el ruido sordo al chocar su lomo contra la tierra.
El Duende Dientudo debía de haber hecho todo eso durante el día, ya que los niños no habrían encontrado ni enterrado al gato de noche.
Y debía de haber esperado para verlos cuando lo encontraran. ¿Esperó todo el día en medio del calor del matorral? Parado junto al cerco hubiera sido visible entre los tablones. Para poder tener una perspectiva del jardín desde el fondo del matorral, tendría que estar parado mirando a las ventanas de la casa con el sol de frente. Evidentemente retrocedería hacia los árboles. Y eso mismo hizo Grahamn.
La policía de Birmingham no era tonta. Vio por donde habían rastreado la maleza, revisando el terreno como al go común y corriente. Pero eso Lic antes de que se encontrara el gato. Buscaban pistas, objetos caídos, huellas, no una situación o posición ventajosa.
Se internó unos cuantos metros entre la arboleda que se alzaba detrás de la casa de los Jacobi y caminó hacia adelante y hacia atrás entre las manchas de sombra. En primer término se dedicó al terreno alto que brindaba una ‘Asión parcial del jardín y luego recordó la parte baja junto a la primera hilera de árboles.
Al cabo de una hora de búsqueda un reflejo de luz que procedía del suelo le llamó la atención. Lo perdió y lo encontró nuevamente. Era la argolla de latón de una lata de gaseosa semienterrada entre las hojas bajo un olmno, uno de los pocos olmnos que crecían entre los pinos.
Lo advirtió a d05 metros y medio de distancia y durante cinco minutos no se acercó, dedicándose a escudriñar el terreno que rodeaba al árbol. Se puso en cudillas y apartó las hojas tiradas adelante de él mientras se acercaba al árbol, adelantándose como si fuera un pato por la senda que abría, para evitar arruinar cualquier huella. Trabajó lentamente y consiguió despejar de hojas todo alrededor del tronco. Ninguna pisada había hollado la capa de hojas del año anterior.
Cerca del pedazo de aluminio encontró el corazón seco de una manzana, devorado por las hormigas. Los pájaros habían dado cuenta de las semillas. Estudió el lugar durante otros diez minutos. Finalmente se sentó en el suelo, estiró sus piernas doloridas y se recostó contra el olmno.
Una nube de jejenes revoloteaba iluminada por un rayo de sol. Una oruga se paseaba por la parte posterior de una hoja.
Un resto de arcilia rojiza proveniente de la suela de un zapato podía verse en una rama sobre su cabeza.
Graham colgó su saco de una horqueta y comenzó a trepar cuidadosamente por el lado opuesto del árbol, examinando las ramas que estaban más arriba de la que tenía el resto de barro, desde atrás del tronco. Cuando llegó a los nueve metros de altura miró hacia el otro lado del tronco y divisó la casa de los Jacobi a ciento cin70

cuenta metros de distancia. Parecía muy distinta desde ese ángulo, predominando ¿ color del techo. Podía ver perfectamente bien ¿ jardín posterior y ¿ terreno de atrás de las construcciones anexas. Unos discretos larga- vistas captarían fácihnente la expresión de un rostro a esta distancia.
Graham podía oír ¿ tráfico a lo lejos, y un poco más distante ¿ ladrido de un perro. Una chicharra inició su adormecedor zumbido ahogando todos los otros sonidos.
Una gruesa rama justo encima de él se unía al tronco formando un ángulo recto con la casa de los Jacobi. Subi6 un poco más para poder ver y se apoyó contra ¿ tronco para observar mejor.
Junto a su mejilla y calzada entre ¿ tronco y la rama había una lata de una bebida gaseosa.
—Qué placer —-susurró Grahamn contra la corteza del olmo—-. Dios mío, qué placer. Ven aquí, latita.
No obstante, podría haberla dejado allí un chico.
Trepó un poco más alto por ¿ mismo lado del árboL lo que resultó bastante arriesgado al llegar a las ramas más pequeñas, y dio la vuelta para poder mirar la rama mÁs gruesa de abajo.
Un pedazo de corteza exterior de la parte de arriba de la rama había sido arrancada, dejando a la vista una parte verdosa de la médula interna, del tamaño de una baraja. Centrado en el rectángulo verde, grabado en la madera blanca, Graham vio esto:
Había sido hecho cuidadosa y prolijamente con un cuchillo muy puntiagudo. No era la obra de un niño.
Graham fotografió la marca, alternando cuidadosamente el foco.
La vista desde la rama gruesa era buena y había sido mejorada: el resto de una ramita colgaba desde otra sima- da más arriba. Había sido cortada para despejar la visual. Las fibras estaban comprimidas y el extremo un poco achatado por el corte.
Graham buscó el pedazo que había sido cortado. Si hubiera estado en el suelo lo habría visto antes. Allí, enredadas entre el verde follaje de las ramas bajas, había unas hojas marrones.
El laboratorio iba a precisar ambos lados del corte para poder medir el ángulo del f110 de la hoja utilizada. Eso significaba volver allí con una sierra. Tomó varias fotografias del muñón, mientras murmnuraba todo el tiemnpo para sus adentros.
«Creo, mi amigo, que después de haber estrangulado al gato y haberlo arrojado al jardín, trepaste hasta aquí a esperar. Pienso que observaste a los niños y pasaste el rato soñando y tallando la rama. Cuando se hizo de noche los viste pasar delante de las ventanas iluminadas y observaste cómo bajaban las persianas y se apagaban una tras otra las luces. Y al cabo de un rato descendiste del árbol y te dirigiste hacia ellos. ¿Fue así, verdad? No debió resultarte dificil bajar directamente desde la rama grande provisto de una linterna y ayudado por la brillante luz de la luna que acababa de aparecer».
Pero a Grahamn le resultó bastante complicado el descenso. Introdujo una varita en la abertura de la lata, la retiró cuidadosamente de la horqueta de la rama, y bajó, sujetando la ramita entre los dientes cuando tenía que utilizar las d05 manos.
71

Cuando llegó otra vez al barrio en construcción, Graham descubrió que alguien había escrito en ¿ costado de su automóvil cubierto de polvo: «Levon es un pajarón». La altura de la escritura indicaba que aun los residentes más jóvenes poseían un buen nivel de instrucción.
Se preguntó si habrían escrito también en el automóvil del Duende Dientudo.
Graham se quedó sentado durante unos minutos contemplando las hileras de ventanas. Aparentemente había unas cien que podían verse desde allí. Era posible que tal vez alguien recordara haber visto tarde en la noche en el estacionamiento un forastero blanco. Valía la pena intentarlo por más que ya hubiera transcurrido un mes. Para interrogar a cada residente, sin perder tiempo, tendría que contar con la ayuda de la policía de Birmningham.
Luchó contra la tentación de enviar directamnente a Washington a Jimmny Price la lata de gaseosa. Tenía que pedir a la policía de Birminghamn que le cediera algunos agentes. Sería mejor entregarles lo que tenía. Entalcar la lata era un trabajo shnple. Buscar impresiones digitales producidas por una transpiración ácida era algo diferente. Price podría hacerlo aun después de la prueba con el polvo de la policía de Birmningham, siemnpre y cuando no se tocara la lata con dedos desnudos. Mejor era entregársela a la policía. Sabía que la sección documentación del FBI se arrojada con dientes y uñas sobre la marca grabada. Fotograflas para todo el mundo; nada se perdía con eso.
Llamó a la sección Homicidios de Birminghamn desde la casa de los Jacobi. Los agentes llegaron justo cuando Geehan, el corredor de la inmobiliaria, hacía entrar a los frituros compradores.
72

XI
Eileen estaba leyendo un arculo del National Tattler titulado «TMugre en ¿ pan!» cuando Dolarhyde entró en la cafetería. Había comido solamente ¿ relleno de su emparedado de atún.
Escondidos tras las gafas rojas, los ojos de Dolarhyde barrieron la primera página del Tatder. Además de «TMugre en ¿ pani» había otros titulares que rezaban: «Elvis en un secreto nido de amor —FotografIas Exclusivas —». «Sorprendente descubrimiento para enfermos de cáncer», y ¿ titular en grandes letras: «Hannibal el Caníbal ayuda a la Ley —La policía consulta al maníaco por los asesinatos del Duende Dientudo».
Se paró junto a la ventana, revolviendo distraídamente su café hasta que oyó levantarse a Eileen. Ella yació ¿ contenido de su bandeja en el tacho de basura y estaba por arrojar también ¿ Tatder cuando Dolarhyde le palmeó ¿ hombro.
—Puedo tomar ese diario, Eileen?
—Por supuesto, señor D. Lo compro solamente por ¿ horóscopo.
Dolarhyde lo leyó en su oficina con la puerta cerrada.
Freddy Lounds fumaba d05 artículos en la misma página central doble.
La historia principal era una sobrecogedora reconstrucción de los asesinatos de los Jacobi y los Leeds. Como la policía no había divulgado la mayoría de los detalles, Lounds los desenterró de su frondosa imaginación.
A Dolarhyde le parecieron banales.
La otra columna era más interesante:
LOCO DEPRAVADO CONSULTADO ACERCA DE LOS CRÍMENES MÚLTIPLES POR EL AGENTE QUE INTENTO MATAR
Por Freddy Lounds
Chesapeake, MD. Agentes Federales paralizados en la bus queda del «Duende Dientudo», asesino psicópata de Familias enteras en Birmingham y Atlanta, recurrieron en busca de ayuda al mÁs salvaje criminal en cautiverio.
El doctor Hannibal Lecter, cuyos innombrables crímenes Fueron publicados hace tres años en estas pÁginas, Fue consultado durante esta semana en la celda que ocupa en el hospicio de mÁxima seguridad, por el sobresaliente investigador VVillum (Will) Graham.
Graham Fue acuchillado por el doctor Lecter quedando casi mortalmente herido, cuando descubrió a ese mríltiple asesino.
Fue sacado de su temprano retiro para capitanear la cacería del «Duende Dientudo>,.
¿Qué ocurrió durante el encuentro de estos d05 enemigos mortal es? ¿Qué Fue a buscar Graham7
73

«Para atrapar a un criminal como éste hace [alta alguien que se le parezca», Fue el comentario que le hizo un importante agente Federal a este reportero. Se reFería a Lecter, conocido como «Hannibal el Caníbal», que es al mismo tiempo psiquiatra y un asesino mríltiple.
¿O estaría refinéndose a Graham7
El Tattler se enteró de que Graham, antiguo instructor [orense en la Academia del FBI, estuvo en una oportunidad recluido en una clínica mental durante cuatro semanas,
Los oficiales Federales se negaron a decir por qué habían destinado a un hombre con un historial de Inestabilidad mental al [rente de una desesperada cacería humana.
No Fue revelada la índole del problema mental de Graham, pero un antiguo ayudante psiquiÁtrico lo definió como una «proFunda depresión».
Garmon Evans, un ex asistente médico del Hospital Naval de Bethesda, dijo que Graham Fue alojado en el pabellón de psiquiatría poco después de haber matado a Garrett Jacob H0bb5, el «GavilÁn de Minnesota». Graham dio muerte de un disparo a H0bb5 en 1975, cerrando el octavo mes de reinado de terror de H0bb5 en MinneÁpolis.
Evans dijo que Graham estaba retraído y se negó a comer o hablar durante las primeras semanas de su internación.
Graham no Fue nunca agente del FBL Observadores veteranos atribuyen esto a estrictos procedimientos de la Oficina Federal, destinados a detectar inestabilidad.
Fuentes Federales revelaron solamente que Graham trabajó onginalmente en el laboratorio criminal del FBIy Fue asignado a la enseñanza en la Academia del FBI de resultas de sobresalientes tareas tanto en el laboratorio como en el campo de acción, donde prestó servicios como «agente especial».
El Tattler se enteró de que antes de trabajar para los Federales, Graham integraba la división de homicidios del Departamento de Policía de Nueva OrleÁns, cargo que abandonó para asistir a la escuela de prÁctica [orense de la Universidad George VVashington.
Un oficial de Nueva OrleÁns que trabajó junto con Graham maniFestó: «Bueno, pueden decir que se ha ubilado, si quieren, pero a los Federales les gusta saber que anda por ahL Es como tener una víbora real debajo de la casa- No se verÁ mucho, pero es bueno saber que estÁ allí para comerse a las víboras venenosas»El doctor Lecter estÁ internado para el resto de su vida.
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