Título del original inglés, Red dmgén






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Se alegraba de haber llamado al zoológico ofreciendo la filmación con película infrarroja pues Dandridge era capaz de verificarlo.
un gran zoológico. Acompañé a mi hermano y a mi sobrina cuando vinieron aquí para ayudarme con la mudanza. Tienen una sección donde se puede tocar a los animales. Abracé frierte a la llama. Era una sensación agradable, pero ¿ olor, Dios nilo... hasta que no me cambié la camisa tuve la impresión de que me seguía una llama.
Eso era mantener una conversación. Tenía que decir algo o mandarse mudar.
—Cómo llegó a Baeder?
—Pusieron un aviso en ¿ Instituto Reiker en Denver donde trabajaba yo. Un día que inspeccionaba la pizarra de noticias tropecé con él. Lo que en realidad ocurrió es que Baeder tenía que acomodar su sistema de empleos para cumplir con ¿ contrato de Defensa. Consiguieron meter a seis mujeres, d05 negras, d05 mejicanas, una orientaL parapléjica y a nil en un total de ocho solicitudes. Estábamos todas incluidas en por lo menos d05 categorías, comprende.
—Usted resultó una buena adquisición para Baeder.
——Y las otras también. Baeder no hace obras de caridad.
——Yantes de eso? —-Estaba traspirando un poco. La conversación se hacía dificil. Pero en cambio era muy agradable poder mirarla. Tenía buenas piernas. Se había cortado un tobillo al afeitarse. Sintió en sus brazos ¿ peso de sus piernas inertes.
——Durante diez años después de termninar ¿ colegio, entrenaba a personas que acababan de quedarse ciegas, en ¿ Instituto Reiker de Denver. Este es mi primer trabajo afuera.
—-Afuera de qué?
—-Afuera en ¿ ancho mundo. En Reiker era todo muy insular. Lo que quiero decir es que preparábamos a personas para vivir en ¿mundo de los que ven y nosotros no pertenecíamos a él. Hablábamos demnasiado unos con otros. ide dieron ganas de salir y probar durante un tiemnpo cómo me las arreglaba afiera. En realidad, lo que tenía pensado era dedicarme a terapia del habla, trabajar con niños que tuvieran problemnas de habla y audición. Supongo que uno de estos días reconsideraré esa idea —-yació ¿ contenido de su vaso—-. Qué tonta, había olvidado que tengo unos bocaditos de cangrejo que preparó la señora Paul. Son muy ricos. Debería habérselos ofrecido antes que ¿ postre. ¿Quiere probarlos?
—-Ajá.
—-Usted cocina?
Una pequeña arruga apareció en su frente. Se dirigió a la cocina.
—-Qué le parece un poco de café?
—-Ajá.
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Comentó ‘os precios de la comida pero no obtuvo respuesta. Volvió al living, se sentó en ¿ diván y apoyó los codos sobre sus rodillas.
—Qué le parece si discutirnos algo brevemente, así nos lo sacamos de encima?
Silencio.
—Hace rato que no dice nada. En realidad, no ha dicho nada desde que mencioné la terapia del habla —su voz era suave pero firme, no reflejaba ningún dejo de compasión—. Lo entiendo perfectamente bien porque usted habla muy bien y porque yo escucho. La gente no pone atención. ide preguntan todo ¿ tiempo ¿qué? ¿qué? Si no quiere hablar no importa. Pero espero que lo haga. Porque puede hacerlo y me interesa lo que tenga que decir.
—Ajá. Eso es bueno —dijo Dolarhyde suavemente. Evidentemente este pequeño discurso era sumamente unportante para ella. ¿Estaría invitándolo a unirse a ella y a la china parapléjica en el dub de las d05 categorías? Se preguntó para sus adentros cuál seda la segunda categoría en la que él estaba incluido.
Su próxima frase le resultó increíble.
—Puedo tocarle la cara? Quiero saber si sonríe o si ha fruncido ¿ ceño —irónicamente agregó-: Quiero saber si debo callarme la boca o seguir hablando.
Levantó la mano y esperó.
«Cómo se las arreglaría si le arrancara los dedos de un mordisco?», pensó Dolarhyde. Aun con su dentadura de todos los días podría hacerlo con la misma facilidad que si mordiera una galleta. Si se apoyaba fuertemente sobre los talones, recostándose con todo su peso contra el respaldo del sofá y la sujetaba con ambas manos de la muñeca, le seda imposible separarse de él a tiempo. Crunch, crunch, crunch, crunch, tal vez le dejaría ¿ pulgar. Para medir las tortas.
Sujetó la muñeca de Reba con ¿ pulgar y ¿ índice y dio vuelta su bonita y estropeada mano a la luz. Tenía muchas cicatrices pequeñas y varios raspones y rasguños. Una pequeña cicatriz en ¿ dorso, tal vez de una quemnadura.
Demnasiado cerca de su propia casa. Muy al principio de su Transformnación. No estaría más allí para que él pudiera mirarla.
No debía de saber nada sobre él puesto que le había hecho ese pedido. No debía de haber andado chismnorreando.
—Debe aceptar mi palabra de que estoy sonriendo —le dijo. Sin problemnas con la «s». Y era cierto que esbozaba una especie de sonrisa que permitía apreciar su perfecta dentadura para uso diario.
Dejó caer la mano de Reba sobre sus faldas. La mano se apoyó sobre ¿ muslo entrecerrada, los dedos se deslizaron sobre la tela como una mirada esquiva.
-Creo que el café está listo —dijo Reba.
—Me voy —tenía que irse, a su casa, para desahogarse.
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Ella asintió.
—No quise ofenderlo.
No.
No se movió del diván y esperé hasta oír ¿ ruido de la cerradura para tener la certeza de que se había marchad 0.
Reba McClane se preparó otro gin tonic. Puso unos discos de Segovia y se acurrucó en ¿ sofá. El cuerpo de Dolarhyde había dejado una marca profiinda y tibia en ¿ almohadón. Rastros de su persona impregnaban ¿ aire ——la cera de los zapatos, un cinturón nuevo de cuero, una buena loción para después de afeitarse.
Qué hombre tan impenetrable. Había oído solamente unos pocos comentarios sobre él en la oficina. Dandridge, conversando con uno de sus adulones y refiriéndose a él como «ese hijo de puta».
Para Reba era muy importante la intimidad. Nunca había gozado de intimidad de niña al aprender a desenvolverse después de haber perdido la vista.
Y ahora, en público, jamás podía tener la certeza de que no la estaban observando. Por eso le atraía en Dolarhyde su celo por lo privado. Ella no había sentido ¿ menor indicio de simpatía por parte de él y eso era bueno.
Como lo era también ¿ gin.
De repente la música de Segovia resultó pesada. Puso los cantos de las ballenas.
Tres duros meses en una ciudad nueva. El invierno por delante, tratando de encontrar ¿ cordón de la vereda cubierto por la nieve. Reba McClane, de piernas esbeltas y valiente, execraba la autocompasión. No la toleraba. Tenía conciencia de una faceta de resentimiento por su invalidez y. al no poder librarse de ella, trataba de utilizarla, para imnpulsar sus ansias de independencia, reforzar su determinación de obtener lo más posible de cada día.
A su modo, era muy dura. Sabía que tener fe en cualquier clase de justicia natural era una quimera. Hiciera lo que hiciera acabada igual que todo ¿ mundo: de espaldas en la cama con un tubo en la nariz preguntándose «Será esto todo?»
Sabía que nunca podría ver la luz, pero podía tener otras cosas. Había otras cosas para disfrutar. Había gozado ayudando a sus alumnos, un goce intensificado por la certeza de que no se la recompensaría ni castigaría por ayudarlos.
Al hacerse de amigos, siempre se cuidaba de la gente que fomnenta la dependencia y se nutre de ella. Se había relacionado con alguna gente así ——los ciegos los atraen y ellos son sus enemigos.
Relaciones. Reba tenía conciencia de que era fisicamnente atractiva para los hombres. Dios bien sabía que muchos de ellos arriesgaban un toqueteo cuando la tomaban por el brazo.
Le gustaba mucho hacer el amor, pero años atrás había aprendido algo fundamental sobre los hombres; la mayoría de ellos tienen pánico de acarrear con un lastre. Y en su caso esa aprensión se veía aumentada.
No le gustaba que un hombre entrara y saliera de su camna como si estuviera robando pollos.
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Ralph Mandy vendría a buscarla para llevarla a comer. Le encantaba lamentarse cobardemente de que estaba tan castigado por la vida que era incapaz de amar. El precavido Ralph se lo repetía demasiado a menudo y eso la irritaba. Ralph era divertido, pero ella no quería sentirse su dueña.
No quería ver a Ralph. No tenía ganas de conversar ni de oír las pausas en las conversaciones de los que estaban junto a ellos mientras la observaban comer.
Sería tan lindo ser deseada por alguien que tuviera ¿ coraje de ponerse ¿ sombrero y marcharse o quedarse si se le daba la gana y que le reconociera a ella ¿ mismo derecho. Alguien que no se preocupara por ella.
Francis Dolarhyde, tímnido, con ¿ cuerpo de un adeta y nada de tonterías.
Nunca había visto ni tocado un labio partido y no tenía asociaciones visuales con ¿ sonido. Se preguntaba si Dolarhyde pensaría que ella lo comprendía fácilmente porque Había tantos conceptos erróneos respecto de los ciegos. Se preguntaba si Dolarhyde compartía la creencia popular de que los ciegos tienen «un espíritu más puro» que ¿ resto de las personas, que en cierta formna están santificados por su mal. Sonrió para sus adentros. Eso tamnpoco era cierto.
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)OCX[1
La policía de Chicago trabajaba bajo una presión del periodismo, un «conteo regresivo» en las noticias nocturnas hasta la próxima luna llena. Faltaban once días.
Las familias de Chicago estaban asustadas.
Al mismo tiempo, había aumentado la concurrencia de espectadores a los automóvil cines donde se proyectaban películas de horror que no deberían haber estado en la cartelera más de una semana. Fascinación y horror. El fabricante que tanto éxito obtuvo entre el público del mercado punk y rock con las camisetas que ostentaban la inscripción «Duende Dientudo», sacó otro modelo con la frase «El Dragón Rojo es ¿ show de una noche». Las ventas se repartían por igual entre ambas.
El propio Jack Crawford tuvo que aparecer en una conferencia de prensa con oficiales de la policía después del entierro. Había recibido órdenes de Arriba de hacer más visible la presencia de los federales; no la hizo más audible ya que no abrió la boca.
Cuando en investigaciones en las que interviene mucho personal no se cuenta con muchos datos, tienden a
volverse sobre ellas mismas, repasando sin cesar lugares ya vistos. Adquieren la forma circular de un huracán o
de un cero.
Adondequiera que iba, Graham se encontraba con detectives, cámaras, corridas de personal uniformado y el incesante parloteo de las radios. Necesitaba estar tranquilo.
Crawford, irritado por la conferencia de prensa, encontró a Graham esa tarde en el silencio de un salón vacío destinado a un jurado, ubicado en ¿piso de arriba de la oficina del Fiscal del Estado.
Unas luces friertes y bajas iluminaban la tapa de fieltro verde de la mesa del jurado sobre la cual Graharn había desparramado sus papeles y fotografias. Se había quitado la chaqueta y la corbata y estaba hundido en una silla estudiando d05 fotos. El retrato enmarcado de la familia Leeds estaba frente a él y junto a éste, sujeto a una pizarrita y apoyado contra un botellón, ¿ de la familia Jacobi.
Las fotografias de Grahamn le hicieron pensar a Crawford en ¿ altar plegadizo de los toreros, listo para instalar en cualquier cuarto de hotel. No había ninguna fotografía de Lounds. Sospechó que Graham no había pensado en absoluto en el episodio de Lounds. No necesitaba preocuparse por Grahamn.
—Este cuarto parece una sala de billar -dijo Crawford.
—Los liquidaste? -Grahamn estaba pálido pero sobrio. Tenía en su mano un vaso con jugo de naranja.
—Dios —Crawford se dejó caer sobre una silla—. Tratar de pensar allí es corno tratar de hacerse entender en un marncomlo.
—A1guna novedad?
—El comisionado sudaba tinta y se rascaba las pelotas por una pregunta que le hicieron los de la televisión, es lo único interesante que vi. Si no me crees mira el programa de las seis y el de las once.
—Quieres jugo de naranja?
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—Tanto como comer alambre de piia.
—Qué suerte. Así queda más para mí —Graham parecía cansado, sus ojos estaban demasiado briUantes—. ¿Qué pasó con ¿ combustible?
—Dios bendiga a Liz Lake. Hay cuarenta y una estaciones de Servco Suprerne en ¿ Gran Chicago. Los muchachos del capitán Osborne las revisaron, investigando ventas en bidones a conductores de furgones y camiones. Todavía nada, pero no han revisado todos los turnos. Servco tiene otras ciento ochenta y seis estaciones desparramadas en ocho estados. Hemos solicitado ayuda a las jurisdicciones locales. Tomará cierto tiemnpo. Dios quiera que haya utilizado una tarjeta de crédito. Existe una posibilidad.
Si es capaz de chupar una manguera no tienes ninguna posibilidad.
—Le pedí al comisionado que no comentara que ¿ Duende Dientudo tal vez vive por los alrededores. Esta gente ya está bastante aterrada. Si les llegara a decir eso, a la noche cuando los borrachos vuelvan a sus casas esta ciudad va a convertirse en una segunda Corea.
—Sigues pensando que no está lejos?
—Y tú no? Sería posible, Hill.
Crawford tomó el informne de la autopsia de Lounds y lo leyó a través de sus pequeños anteojos.
—El golpe de la cabeza databa de más tiempo que las heridas de la boca. De cinco a ocho horas más, no están seguros. Ahora bien, las heridas de la boca se habían producido con bastantes horas de antelación a la llegada de Lounds al hospital. Estaban quemnadas ademnás, pero pudieron determinarlo por las interiores. Retuvo cierta cantidad de cloroformo en sus.., cuernos, en no sé qué parte de su nariz. ¿Crees que estaba inconsciente cuand 0 el Duende Dientudo lo mordió?
—No. Debe de haber querido tenerlo despierto.
—Era lo que pensaba. Muy bien, empieza pegándole un golpe en la cabeza —cuando llegó al garaje. Tiene que mantenerlo dormido con doroformno hasta llegar a algrin lugar donde el ruido no sea advertido. Lo trae de vuelta aquí horas después de haberlo mordido.
—Podía haberlo hecho en la parte posterior del furgón, haber estacionado en algún lugar alejado —-replicó Gr a ham.
Crawford se masajeó los costados de la nariz con sus dedos, provocando en su voz un tono similar al de un megáfono.
—-Olvidas las ruedas de la silla. Bey encontró d05 tipos de pelusa de alfombra, una de lana y otra sintética. La sintética puede pertenecer quizás a la de una furgoneta, pero ¿cuándo has visto una alfombra de lana en una furgoneta? ¿Cuántas alfombras de lana has visto en lugares que puedan alquilarse? Muy pocas. Alfombras de lana se ven en las casas particulares, \Vill. Y la tierra y el moho provenían de un lugar oscuro en el que debía haber estado guardada la silla de ruedas, un sótano sucio.
—-Quizás.
——Y ahora echa una mirada a esto.
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Crawford sacó de su portafolio un adas Rand McNaUy de la red caminera. Había trazado un círculo en ¿ mapa correspondiente a «kilometraje y distancia horaria de los Estados Unidos».
—Freddy desapareció durante un lapso de poco más de quince horas y sus heridas están distribuidas en ese tiempo. Voy a suponer un par de cosas. No me gusta hacerlo, pero veamos... ¿De qué te des?
—Recordaba esa vez que enseñabas unos ejercicios prácticos en Quantico, cuando uno de tus alumnos te dijo que él suponía algo.
—No lo recuerdo. Aquí...
—Le hiciste escribir la palabra «suponer» en ¿ pizarrón. Agarraste la tiza y empezaste a subrayar y a gritar:
«TUsted no tiene que suponer nada!», eso Lic lo que le dijiste, según recuerdo.
—Le hacía falta una patada en ¿ trasero. Pero ahora mira bien esto. Debes tener en cuenta ¿ tráfico de Chicago un martes por la noche cuando salió de la ciudad llevándose a Lounds. Déjale un par de horas para divertir- se con Lounds en ¿ lugar al que lo condujo y luego ¿ tiempo de regresar en su automnóvil. No puede haberse alejado mucho más de seis horas de manejo desde Chicago. Pues bien, este círculo abarca seis horas de conducir alrededor de Chicago. Como verás es algo desparejo pues hay camninos de tráfico más rápido que otros.
—A lo mejor no se movió de allí.
—Por supuesto, pero esto es lo más lejos que pudo haber llegado.
—De modo que lo has circunscrito a Chicago o a un círculo que incluye Milwaukee, Madison, Dubuque, Peona, St. Louis, Indianapolis, Cincinnati, Toledo y Detroit, para citar sólo unos cuantos nombres.
—A1go mejor que eso. Sabemos que recibió ¿
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