Dirigidas a experimentar la potencia de lo negativo y a vivir sus consecuencias, ha traído a la superficie el malestar profundo que hiende como una grieta la autocomprensión de nuestro tiempo






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títuloDirigidas a experimentar la potencia de lo negativo y a vivir sus consecuencias, ha traído a la superficie el malestar profundo que hiende como una grieta la autocomprensión de nuestro tiempo
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Capítulo primero

Como término, el nihilismo hace su aparición a caballo entre el setecientos y el ochocientos en las controversias que caracterizan el nacimiento del idealismo alemán. Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, llega a ser tema general de discusión. Pero emerge como problema, en toda su virulencia y vastedad, recién en el pensamiento del Novecientos. Como expresión de tentativas artísticas, literarias y filosóficas dirigidas a experimentar la potencia de lo negativo y a vivir sus consecuencias, ha traído a la superficie el malestar profundo que hiende como una grieta la autocomprensión de nuestro tiempo. ¿Qué significa?

Encontramos la respuesta a nuestro interrogante en Nietzsche, el primer gran profeta y teórico del nihilismo. Nihilismo: falta el fin, falta la respuesta al “¿para qué?”, ¿qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizaron” (Nietzsche, 1988: XII, 350)

El nihilismo, es, por lo tanto, la situación de desorientación que aparece una vez que fallan las referencias tradicionales, o sea, los ideas y los valores que representaban la respuesta al “¿para qué?”, y que como tales iluminaban el actuar del hombre. “El hombre moderno cree de manera experimenta ya en este valor, ya en aquél, para después dejarlo caer; el círculo de los valores superados y abandonados es cada vez más amplio; se advierte siempre más el vacío y la pobreza de valores, el movimiento es imparable, por más que haya habido intentos grandiosos por desacelerarlo. Al final, el hombre se atreve a una crítica de los valores en general; no reconoce su origen; conoce bastante como para no creer más en ningún valor; he aquí el pathos, el nuevo escalofrío…La que cuento es la historia de los próximos dos siglos…(Nietzsche, 1988 XIII 56-57)

Tampoco la filosofía puede eximirse de pensar la nada, si es verdad que para cumplir con el deber que le es propio, vale decir, la pregunta acerca del ser en cuanto ser, debe deslindar a este último de su oposición esencial, es decir, de la nada. Ésta es la razón de la drástica conclusión a la que en este respecto llega Heidegger: La piedra de toque más dura, pero también menos engañosa, para probar el carácter genuino y la fuerza de un filósofo es la de si experimenta súbitamente y desde los fundamentos la vecindad de la nada en el ser del ente. Aquél al cual esta experiencia lo obstaculiza, está definitivamente y sin esperanza fuera de la filosofía”. (Heidegger, 1994 [1961]: 382)

Capítulo segundo: Turgeniev (19)

Turgeniev, en una retrospectiva autobiográfica, afirma haber sido, con la (1862) novela Padres e hijos, quien ha inventado el término nihilista. (…) Bazarov (…) es un joven médico que viene a hacer una visita a un amigo, quien lo recibe en su hacienda, en presencia de su padre y su tío. Manifiesta primero decepción y después condena por el ocioso modo de vivir de éstos, indiferentes y sordos a cuanto está sucediendo en la sociedad de su tiempo. Los aristócratas se preguntan si Bazarov no es un peligroso “negador” de los valores y el orden social existente, un “nihilista”. Y Bazarov acepta de buen grado tal apelativo: declara querer efectivamente negar el orden inveterado y, con él, los principios y los valores de la vieja generación, que vive en una opulenta indiferencia frente a lo que le está sucediendo al pueblo. Ser nihilista significa para él, sin embargo, no sólo destruir lo viejo, sino también comprometerse en la función social que ha elegido, la del médico. Bazarov es –como Turgeniev lo define- el “hombre nuevo”, el “héroe de nuestro tiempo”, que pasó por la dura escuela del trabajo y del sacrificio, destinado a reemplazar a la nobleza cansada y débil. Él sabe que tiene que negar, sabe que para avanzar debe pisotear creencias y valores tradicionales, y procede impertérrito, sin preocuparse demasiado de las cenizas y de la destrucción que deja a sus espaldas. “Nihilista” es, por ello, el apelativo que le conviene.

Un nihilista”, profirió Nikolaj Petrovic. “Viene del latín nihil, nada, por cuanto puedo juzgar; por lo tanto, esta palabra indica un hombre que… ¿que no admite nada?”

Más bien di: que no respeta nada”, retomó Pavel Petrovic.

Que considera todo desde un punto de vista crítico”, observó Arkadij.

¿Y no es quizá lo mismo?”, preguntó Pavel Petrovic.

No, no es lo mismo. El nihilista es un hombre que no se inclina ante ninguna autoridad, que no da fe a ningún principio, cualquiera sea el respeto de que tal principio esté rodeado.”

¿Y te parece una buena cosa?” lo interrumpió Pavel Petrovic.

Según para quién, tío. Para algunos deriva un bien e él, y para algunos otros, un gran mal.”

Ah, ¿así? Bah, veo que no es un partido de nuestra competencia. Nosotros somos gente del viejo siglo, nosotros consideramos que sin “presíp” (Pavel Petrovic pronunciaba esta palabra dulcemente, a la manera francesa; Arkadij, por el contrario, pronunciaba “principios” arrastrando la sílaba final) sin “presíp”, aceptados, como tú dices, por dogma, no se puede dar un paso, no se puede emitir un respiro… ¿Cómo os llamáis?”

Nihilistas”, profirió distinguidamente Arkadij.

Sí, primer eran los hegelianos, ahora son los nihilistas. Veremos cómo haréis para existir en el vacío, en el espacio sin aire…” (Turgeniev, 1993: 809-10)

(22): No se ha dicho con esto que la definición de Turgeniev haya dado ciertamente en l blanco. Probablemente, como testimonian las múltiples protestas y rectificaciones que ella suscitó, la nueva generación de los hijos era todo, menos indiferente a los principios. Sólo que los principios eran ahora otros: eran los de la nueva visión positiva y materialista del mundo. Pero, como quiera que estuviesen las cosas, la definición de Turgeniev resultó de hecho eficaz al recoger una tendencia operante en la cultura y en la sociedad rusa de entonces. Por lo demás, el término nihilismo había sido ya empleado precedentemente, tanto en otros lugares como en la misma Rusia.

Capítulo tercero: Nihilismo, Romanticismo, Idealismo

(23) Prescindiendo del uso, no mejor atestiguado, que ya Agustín habría hecho de él, al apostrofar como nihilistas a los no creyentes, la aparición del término, en la variante nihilianismus, está documentada en Gualterio de San Víctor. Éste lo usa para designa la herejía cristológica según la cual, siendo el logos divino, eterno y no creado, la humanidad pertenece a Cristo sólo como accidente. Tal “nihilianismo teológico” iba a ser sostenido por Pedro Lombardo en el cuarto de sus célebres Libri sententiarum, lo que motivó el ataque de Gualterio de San Víctor y de Roberto de Melun, y posteriormente la condena oficial del papa Alejandro III, quien para condenar la herejía de los nihilianistas escribe a Guillermo de Champagne dos veces: una primera carta Cum in nostra el 28 de mayo 1170, cuando Guillermo era arzobispo de Sens, y una segunda Cum Christus el 18 de 1177. La forma “nihilismus” aparece por primera vez en 1733 en el título del tratado de Fridrich Lebrecht Goetz De nonismo et nihilismo in theologia, en el cual se define nihilismo como la convicción de que todo es nada, “pro nihilo habere omnia” (Goetz, 1733: 34; cf. Müller lauter, 1984 [1971]: 846)

(Acerca del verdadero nacimiento del término, 24): Se debería mostrar, en particular, cómo la cosmología moderna, con su concepción de la naturaleza de la res extensa, es decir, como mero espacio vacío y materia, ha provocado el desarraigo metafísico del hombre. En el inicio de la Edad Moderna, una escalofriante constatación de Pascal da la medida de la profunda transformación que había causado la cosmología materialista en la posición metafísica del mundo. (…) En el universo físico de la cosmología moderna el hombre ya no puede habitar y sentirse en su casa como en el cosmos antiguo y medieval. El universo es percibido ahora como extraño a su destino individual: se le muestra bien como una desarraigante infinitud que lo inquieta.

(25) Pero el escenario ya está delineado. Pronto también Dios se eclipsará. (…) Entonces, cuando la trascendencia pierde su fuerza vinculante y enmudece, el hombre abandonado a sí mismo reclama su libertad. Más bien, no le queda sino tomársela: el hombre es la libertad misma, puesto que ya no es sino lo que proyecta ser, y todo le está permitido.

En este horizonte se comprende mejor el primer uso verdadera y propiamente filosófico del concepto, individualizado hacia el fin del siglo XVIII en el contexto de las controversias que caracterizan el nacimiento del idealismo. En la contraposición del idealismo al realismo y el dogmatismo, el término “nihilismo” se emplea para caracterizar la operación filosófica mediante la cual el idealismo intenta “anular” en la reflexión el objeto del sentido común, con el fin de mostrar cómo él, en verdad, no es otra cosa que el producto de una actividad invisible e inadvertida del sujeto.

“Nihilismo” significa entonces, en su acepción positiva, la destrucción filosófica de todo presupuesto y todo dato inmediato; en la negativa, por el contrario, la destrucción de las evidencias y las certezas del sentido común por parte de la especulación idealista. (…) Es precisamente en el sentido negativo como Jacobi acusa al idealismo de ser un nihilismo, introduciendo así por primera vez el término dotado de un valor filosófico. Jacobi afirma: En verdad, mi querido Fichte, no debe irritarme si usted, o quien sea, quiere llamar quimerismo a lo que yo contrapongo al idealismo, al cual dirijo el reproche de nihilismo. (Jacobi, 1962: 245, cf. También 223) (…) Jacobi combate como “nihilismo”, pero también como “ateísmo”, el modo en el cual se ha hecho ingresar a Dios en la consideración de la filosofía, desde Spinoza hasta Fichte, y Schelling: Dios se vuelve objeto de argumentación, es decir, de un saber discursivo, dialéctico, racional, y deja de ser el Absoluto puro y simple al cual sólo puede llegar una captación directa de tipo intuitivo. Tal captación es, para Jacobi, la función propia de la Vernunft, es decir, de la razón, entendida, según la etimología del término subrayada ya por Leibniz y por Herder, como un Vernehmen (percibir), o sea, como la percepción del Absoluto. De aquí la reducción de la razón a una suerte de contacto inmediato con el Absoluto, es decir, a una “fe” (Glaube), reducción ésta que distingue la posición filosófica de Jacobi y que será severamente atacada por los idealistas, en particular, por Hegel.

Al responde a la cuestión de “en qué habrían consistido los progresos reales de la metafísica en Alemania desde los tiempos de Leibniz y de Wolff” Jenisch contrapone al spinozismo, es decir, al dogmatismo y al realismo, la nueva posición surgida con Kant, es decir, el idealismo, y se propone ilustrar –como reza el título de la carta del autor a Kant, publicada en el apéndice al escrito- “los efectos favorables y desfavorables que la filosofía crítica tuvo hasta ahora”. Partidario de un “realismo relativo” (Verhältnis-Realismus), Jenisch interpreta el idealismo kantiano no en un sentido absoluto sino en sentido crítico, es decir, como idealismo trascendental: siendo nuestro intelecto no “arquetípico” sino “ectípico”, o sea, no originario, productor él mismo de las ideas y los conceptos que conoce, sino limitado, finito, la cosa en sí no puede ser eliminada. Vale decir, queda una resistencia dura del ser que no se deja absorber y resolver enteramente en el pensamiento. Ahora bien, a pesar de que la anulación de la cosa en sí se muestra a nuestra razón y a nuestra imaginación como una hipótesis monstruosa y terrible, aun así ella ha sido largamente practicada por la filosofía más reciente, que ha entendido y desarrollado el idealismo en sentido absoluto. Pero con esta operación tal filosofía ha terminado por negar la realidad de las cosas, es decir, ha terminado por aniquilar en el abismo de la irrealidad, entre las “ondas leteicas de la eterna nada”, la naturaleza entera con las miríadas de seres y creaturas que pululan en el universo. Si hubiera que interpretarlos de ese modo, el idealismo y el criticismo “predicarían el más manifiesto ateísmo y nihilismo”. (Cf. Pöggeler en Arendt, 1974: 335 ss.; Riedel, 1978:380)

(28) Schlegel usa el término “nihilismo” también en otro sentido, para caracterizar la visión oriental del mundo. Dice que el nihilismo es la forma mística-oriental del panteísmo (Schlegel, 1963: 27, 573, 575). Esta ecuación se vuelve a encontrar más tarde también en la Esencia del cristianismo de Feuerbach. (…) Jean Paul hace por el contra un uso bien preciso y definido de él. Creador, no por azar, del personaje de Roquairol (Titan, 1800-1801), una de las más significativas figuras de nihilistas de la literatura alemana, Jean Paul critica en la Clavis Fichtiana seu Leibgeberiana (1800), dedicada a Jacobi, y después en un capítulo entero de la Propedéutica a la estética, a los “nihilistas poéticos”, o sea, los románticos. Ellos ven sólo el arte y no la naturaleza: ebrios de su yo, profundamente “egoístas” no hacen más que celebrar el juego de la fantasía, vale decir, la actividad espontánea del yo creador, olvidando el no-yo, la naturaleza, el universo entero, Dios incluido, que terminan por reducir a nada. Pero cuanto, casi como un sol que se oculta, también Dios desaparece y se desvanece por un tiempo, entonces todo el mundo entra en la oscuridad. (Jean Paul: 1950 V31). El ateísmo despedaza el universo entero en una miríada de yoes aislados, sin unidad ni conexiones, donde cada uno está solo frente a aquella Nada en cuya presencia incluso Cristo, al final de los tiempos, desespera de la existencia de Dios-Padre. (Lamento de Shakespeare muerto): experiencia de la nada.

No existe allí Dios ni tiempo. La eternidad no hace más que dar vueltas en sí misma y roer el caos. El arco iris irisado de los seres se arquea sin sol sobre el abismo y se disuelve gota a gota: asistimos a la muda sepultura de la Naturaleza suicida y somos sepultados con ella. ¿Quién más alza la mirada hacia un ojo divino de la Naturaleza? Él lo sujeto con una desmesurada órbita vacía y negra. (Jean Paul, 1959: II, II, 590-591).

En la nada termina por hundirse también el punto firme sobre el cual los idealistas basaba su annihilatio mundi, o sea, el yo.

Si cada yo es padre y creador de sí mismo, ¿Por qué entonces no puede ser también el propio ángel exterminador? (Jean Paul, 1959: I, II, 274)

Estos elementos pueden bastar para dar una idea del sugestivo contexto en el cual los románticos tratan el problema del “nihilismo”. Pero aun más significativo desde un punto de vista filosófico es el hecho de que el término es empleado en sentido técnico nada menos que por los jóvenes Schelling y Hegel. Mientras Schelling toma nota de la polémica entre Jacobi y Fichte y rechaza la acusación según la cual él mismo sería un nihilista, Hegel reivindica la necesidad del nihilismo transcendental como procedimiento metódico de la filosofía. En el ensayo “Fe y saber” (…) Hegel toma posición con respecto a la controversia entre Jacobi y Fichte, y los critica a ambos, junto a Kant, como dualistas. El argumento principal que hace valer contra ellos es que permanecen firmes en una dicotomía ontológica de fondo, en cuanto no son capaces de resolver completamente el ser en el pensamiento. En este contexto, Hegel afirma –contra Jacobi- que el “nihilismo de la filosofía trascendental” de Fichte es un paso metodológico inevitable, pero al mismo tiempo –contra Fichte- que su nihilismo es meramente relativo e incapaz de llegar a aquel pensamiento puro en el cual la oposición al ser es superada. En la Ciencia de la lógica es la nada, no el ser, la que hace las veces de punto de partida en el comienzo de la filosofía (Hegel, 1981: 231). Esta primera tematización de la nada es el fondo sobre el cual Hegel desarrollará posteriormente el diagnóstico nihilista de la transición al mundo moderno en términos de “muerte de Dios”, “ateísmo”, “fatalismo” “pesimismo”…y declaró la necesidad de que la dialéctica atraviese la negatividad y el “nihilismo” es decir, el “sentimiento de que Dios está muerto”, aunque reconociéndolo como un simple momento en la vida del espíritu, que queda superado.
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