Primera parte






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Nautron respoc lorni virch



Ignoro lo que pueda significar.

Pronunciadas esas palabras, el segundo descendió a bor­do. Pensé que el Nautilus iba a reanudar su navegación sub­marina y descendí a mi camarote.

Así pasaron cinco días sin que cambiara la situación. Cada mañana subía yo a la plataforma y oía pronunciar esa frase al mismo individuo.

El capitán Nemo seguía sin aparecer.

Ya me había hecho a la idea de no verle más cuando, el 16 de noviembre, al regresar a mi camarote con Ned y Conseil, hallé sobre la mesa una carta. La abrí con impaciencia. Es­crita con una letra clara, un poco gótica, la carta decía lo si­guiente:
«Señor profesor Aronnax.
A bordo del Nautilus, a 16 de noviembre de 1867.
El capitán Nemo tiene el honor de invitar al profesor Aron­nax a una partida de caza que tendrá lugar mañana por la mañana en sus bosques de la isla Crespo. Espera que nada impida al señor profesor participar en la expedición, a la que se invita también a sus compañeros.
El comandante del Nautilus

Capitán NEMO.»
 ¡Una cacería!  exclamó Ned.

 Y en sus bosques de la isla Crespo  añadió Conseil.

 Así que va, pues, a tierra, este hombre  dijo Ned Land.

 Así parece indicarlo claramente la carta  dije, releyén­dola.

 Pues bien, hay que aceptar la invitación  dijo el cana­diense . Una vez en tierra firme, veremos qué podemos ha­cer. Por otra parte, no nos vendrá mal comer un poco de car­ne fresca.

Sin pararme a pensar en la contradicción existente entre el horror manifiesto del capitán Nemo por los continentes y las islas, y su invitación a una cacería en un bosque, dije a mis compañeros:

 Veamos ante todo dónde está y cómo es esa isla Crespo.

Consulté el planisferio y a los 320 40' de latitud Norte y 1670 50'de longitud Oeste hallé un islote que fue descubier­to en 1801 por el capitán Crespo y al que los antiguos mapas españoles denominaban como Roca de la Plata. Nos hallá­bamos, pues, a unas mil ochocientas millas de nuestro pun­to de partida. La dirección del Nautilus, ligeramente modi­ficada, le llevaba hacia el Sudeste.

Mostré a mis compañeros aquella pequeña roca perdida en medio del Pacífico septentrional.

 Si el capitán Nemo va de vez en cuando a tierra  les dije , escoge para ello islas absolutamente desiertas.

Ned Land movió la cabeza por toda respuesta, antes de salir con Conseil.

Aquella noche, tras dar cuenta de la cena, que me fue ser­vida por el steward mudo e impasible, me dormí no sin algu­na preocupación.

Al despertarme al día siguiente, 17 de noviembre, sentí que el Nautilus se hallaba absolutamente inmóvil. Me ves­tí rápidamente y fui al gran salón. Allí estaba el capitán Nemo, esperándome. Se levantó, me saludó y me preguntó si estaba dispuesto a acompañarle.

Como no hizo la menor alusión a su ausencia durante aquellos ocho días, yo me abstuve de todo comentario al res­pecto, limitándome a decirle simplemente que tanto yo como mis compañeros estábamos dispuestos a seguirle.

 Tan sólo  añadí  desearía hacerle una pregunta.

 Pregunte, señor Aronnax, que si puedo darle respuesta lo haré con mucho gusto.

 Pues bien, capitán, ¿cómo es posible que usted, que ha roto toda relación con la tierra, posea bosques en la isla Crespo?

 Señor profesor, los bosques de mis posesiones no piden al sol ni su luz ni su calor. Ni leones, ni tigres, ni panteras, ni ningún cuadrúpedo los frecuentan. Sólo yo los conozco y sólo para mí crece su vegetación. No son bosques terrestres, son bosques submarinos.

 ¿Bosques submarinos?

 Sí, señor profesor.

 ¿Y es a ellos a los que me invita a seguirle?

 Precisamente.

 ¿A pie?

 En efecto.

 ¿Para cazar?

 Para cazar.

 ¿Escopeta en mano?

 Escopeta en mano.

No pude entonces dejar de mirar al comandante del Nau­tilus de un modo poco halagüeño para su persona.

«Decididamente  pensé , está mal de la cabeza. Ha debi­do sufrir durante estos ocho días un acceso que aún le dura. ¡Qué lástima! Preferiría habérmelas con un extravagante que con un loco.»

Debían leerse claramente en mi rostro tales pensamien­tos, pero el capitán Nemo se limitó a invitarme a seguirle, lo que hice como un hombre resignado a todo.

Llegamos al comedor, donde hallamos servido ya el desayuno.

 Señor Aronnax  me dijo el capitán , le ruego que com­parta conmigo sin ceremonia este almuerzo. Hablaremos mientras comemos. Le he prometido un paseo por el bos­que, pero no puedo comprometerme a encontrar un restau­rante por el camino. Así que coma usted, teniendo en cuenta que la próxima colación vendrá con algún retraso.

Hice honor a la comida que tenía ante mí, compuesta de diversos pescados y de rodajas de holoturias, excelentes zoó­fitos, con una guarnición de algas muy aperitivas, tales como la Porphyria laciniata y la Laurentia primafetida. Te­níamos por bebida un agua muy límpida a la que, tomando ejemplo del capitán, añadí algunas gotas de un licor fermen­tado, extraído, a usanza kamchatkiana, del alga conocida con el nombre de Rodimenia palmeada.

El capitán Nemo comió durante algún tiempo en silencio. Luego, dijo:

 Señor profesor, al proponerle ir de caza a mis bosques de Crespo, ha pensado usted hallarme en contradicción conmi­go mismo. Al informarle de que se trata de bosques subma­rinos, me ha creído usted loco. Señor profesor, nunca hay quejuzgar a los hombres a la ligera.

 Pero, capitán, le ruego...

 Escúcheme, y verá entonces si puede acusarme de locura o de contradicción.

 Le escucho.

 Señor profesor, sabe usted tan bien como yo que el hom­bre puede vivir bajo el agua a condición de llevar consigo su provisión de aire respirable. En los trabajos submarinos, el obrero, revestido de un traje impermeable y con la cabeza encerrada en una cápsula de metal, recibe el aire del exterior por medio de bombas impelentes y de reguladores de salida.

 Es el sistema de las escafandras  le dije.

 En efecto, pero en esas condiciones el hombre no es li­bre: está unido a la bomba que le envía el aire por un tubo de goma, verdadera cadena que le amarra a tierra. Si nosotros debiéramos estar así ligados al Nautilus, no podríamos ir muy lejos.

 ¿Y cuál es el medio de estar libre?

 El que nos ofrece el aparato Rouquayrol Denayrouze, inventado por dos compatriotas suyos, y que yo he perfec­cionado para mi uso particular. Este sistema le permitirá arriesgarse en estas nuevas condiciones fisiológicas sin que sus órganos sufran. Se compone de un depósito de chapa gruesa, en el que almaceno el aire bajo una presión de cincuenta atmósferas. Ese depósito se fija a la espalda por me­dio de unos tirantes, igual que un macuto de soldado. Su parte superior forma una caja de la que el aire, mantenido por un mecanismo de fuelle, no puede escaparse más que a su tensión normal. En el aparato Rouquayrol, tal como es empleado, dos tubos de caucho salen de la caja para acabar en una especie de pabellón que aprisiona la nariz y la boca del operador; uno sirve para la introducción del aire inspi­rado y el otro para la salida del aire expirado; es la lengua la que cierra uno u otro según las necesidades de la respira­ción. Pero yo, que tengo que afrontar presiones considera­bles en el fondo de los mares, he tenido que modificar ese sistema, con la utilización de una esfera de cobre como esca­fandra. Es en esta esfera en la que desembocan los tubos de inspiración y expiración

 Muy bien, capitán Nemo, pero el aire que usted lleva debe usarse muy rápidamente y cuando éste no contiene más de un quince por ciento de oxígeno se hace irrespirable.

 Así es, pero ya le he dicho que las bombas del Nautilus me permiten almacenarlo bajo una presión considerable, y en esas condiciones el depósito del aparato puede proveer aire respirable durante nueve o diez horas.

 Ninguna objeción ya por mi parte  respondí . Única­mente, quisiera saber, capitán, cómo puede usted iluminar su camino por el fondo del océano.

 Con el aparato Ruhmkorff, señor Aronnax. Si el otro se lleva a la espalda, éste se fija a la cintura. Se compone de una pila Bunsen que yo pongo en actividad no con bicromato de potasa, sino con sodio. Una bobina de inducción recoge la electricidad producida y la dirige hacia una linterna de una disposición particular. En esta linterna hay una serpentina de vidrio que contiene solamente un residuo de gas carbónico. Cuando el aparato funciona, el gas se hace luminoso, dando una luz blanquecina y continua. Así equipado, respiro y veo.

 Capitán Nemo, da usted tan abrumadoras respuestas a todas mis objeciones que no me atrevo ya a dudar. Sin em­bargo, aunque obligado a admitir los aparatos Rouquayrol y Ruhmkorff, me quedan algunas reservas acerca del fusil con el que va a armarme.

 Por supuesto, no se trata de un fusil de pólvora  respon­dió el capitán.

 ¿De aire?

'  Claro es. ¿Cómo quiere que fabrique pólvora a bordo, sin tener aquí ni salitre, ni azufre ni carbón?

 Por otra parte  dije , para tirar bajo el agua, en un me­dio que es ochocientas cincuenta y cinco veces más denso que el aire, habría que vencer una resistencia considerable.

 Eso no sería un obstáculo mayor. Hay ciertos cañones, perfeccionados después de Fulton por los ingleses Philippe Coles y Burley, por el francés Furcy y por el italiano Landi, que están provistos de un sistema particular de cierre y que pueden tirar en esas condiciones. Pero, se lo repito, como ca­rezco de pólvora, la he reemplazado por aire comprimido que me procuran en abundancia las bombas del Nautilus.

 Pero ese aire debe gastarse rápidamente.

 Mi depósito Rouquayrol puede proveerme de aire si es necesario. Basta para ello un grifo ad hoc. Además, señor Aronnax, podrá usted comprobar por sí mismo que en estas cacerías submarinas no se hace un consumo excesivo de aire ni de balas.

 Pese a todo, me parece que en esa semioscuridad, y en medio de un líquido muy denso en relación con la atmósfe­ra, los tiros no pueden ir muy lejos y deben ser difícilmente mortales.

 Al contrario, con este tipo de fusil todos los tiros son mortales, y todo animal tocado, por ligeramente que sea, cae fulminado.

 ¿Por qué?

 Porque no son balas ordinarias las que tira el fusil sino pequeñas cápsulas de vidrio (inventadas por el químico austríaco Leniebrock) de las que tengo un considerable aprovi­sionamiento. Estas cápsulas de vidrio, recubiertas por una armadura de acero, y hechas más pesadas por un casquillo de plomo, son verdaderas botellitas de Leyde, en las que la electricidad está forzada a muy alta tensión. Se descargan al más ligero choque, y por poderoso que sea el animal que las reciba, cae fulminado. Añadiré que estas cápsulas tienen un grosor del cuatro y que la carga de un fusil ordinario podría contener una decena.

-No discuto más  respondí, levantándome  y estoy dis­puesto a tomar mi fusil. Además, a donde vaya usted, iré yo.

El capitán Nemo me condujo hacia la parte posterior del Nautilus y, al pasar ante el camarote de Ned y Conseil, les lla­mé para que nos siguieran.

Llegamos a una cabina, situada cerca de la sala de máqui­nas, en la que debíarnos ponernos nuestros trajes de paseo.

16. Andando por la llanura
Aquella cabina era, para hablar con propiedad, el arsenal y el vestuario del Nautilus. Colgadas de las paredes, una do­cena de escafandras esperaban a los expedicionarios.

Al verlas, Ned Land manifestó una gran repugnancia a la idea de introducirse en una de ellas.

 Pero, Ned  le dije-, los bosques de la isla Crespo son submarinos.

 ¡Vaya!  dijo el arponero, desilusionado al ver desvane­cerse sus sueños de carne fresca , y usted, señor Aronnax, ¿va a meterse en un ropaje así?

 Es necesario, Ned.

 Es usted muy libre de hacerlo  respondió el arponero, alzándose de hombros , pero lo que es yo, a menos que se me obligue, nunca me meteré en una de estas vestimentas.

 Nadie va a obligarle, señor Ned  dijo el capitán Nemo.

 Y Conseil, ¿va a arriesgarse?  preguntó Ned.

 Yo seguiré al señor a donde vaya  respondió Conseil.

A una llamada del capitán, acudieron dos hombres de la tripulación para ayudarnos a ponernos aquellos trajes impermeables, hechos de caucho y sin costuras y realizados de modo que sus usuarios pudieran soportar presiones considerables. Se hubiera dicho una armadura elástica a la vez que resistente. Formados aquellos extraños trajes por cha­queta y pantalón, éste se empalmaba con unas gruesas botas guarnecidas con unas pesadas suelas de plomo. El tejido de la chaqueta estaba reforzado por fmas láminas de cobre, que acorazaban el pecho protegiéndole de la presión de las aguas y que permitían el libre funcionamiento de los pulmones; sus mangas terminaban en unos fmos guantes que dejaban a las manos gran libertad de movimientos.

Como se ve, tales escafandras perfeccionadas distaban mucho de recubrimientos tan informes como las corazas de corcho, los cofres, y los trajes marinos inventados o preconi­zados en el siglo XVIII.

El capitán Nemo, uno de sus compañeros  una especie de Hércules, que debía tener una fuerza prodigiosa , Conseil y yo nos hallamos pronto revestidos de aquellos trajes, a falta tan sólo ya de alojar nuestras cabezas en sus esferas metáli­cas. Pero antes de proceder a esta operación, pedí permiso al capitán para examinar los fusiles que nos estaban desti­nados.

Uno de los hombres del Nautilus me presentó un fusil muy sencillo cuya culata, hecha de acero y hueca en su inte­rior, era de gran dimensión. La culata servía de depósito al aire comprimido al que una válvula, accionada por un gati­llo, dejaba escapar por el cañón de metal. Una caja de pro­yectiles, alojada en la culata, contenía una veintena de balas eléctricas que por medio de un resorte se colocaban automá­ticamente en el cañón del fusil. Efectuado un disparo, el pro­yectil siguiente quedaba listo para partir.

 Capitán Nemo  le dije , es un arma perfecta y de fácil manejo. Estoy deseando probarla. Pero ¿cómo vamos a lle­gar al fondo del mar?

 En este momento, señor profesor, el Nautilus está posa­do a diez metros de profundidad. Vamos a partir.

 Pero ¿cómo saldremos?

 Va usted a verlo.

El capitán Nemo introdujo su cabeza en la esfera metáli­ca, y Conseil y yo hicimos lo propio, no sin antes haber oído al canadiense desearnos irónicamente una «buena caza». Nuestros trajes terminaban en un collar de cobre agujerea­do al que se ajustaba el casco de metal. Tres aberturas prote­gidas por gruesos cristales permitían ver en todas las direc­ciones sin más que ladear la cabeza en el interior de la esfera. Una vez que ésta se halló ajustada, los aparatos Rouquayrol, colocados a la espalda, comenzaron a fimcionar. Pude com­probar que se respiraba perfectamente.

Con la lámpara Ruhmkorff suspendida de mi cinturón y con el fusil en la mano, me hallé listo para partir. Pero apri­sionado en un traje tan pesado y clavado al suelo por mis suelas de plomo me resultó imposible dar un paso.

El caso estaba previsto, pues sentí que me empujaban ha­cia una pequeña cabina contigua al vestuario. Igualmente impelidos, mis compañeros me siguieron. Pude oír como se cerraba tras nosotros una puerta provista de obturadores, y súbitamente nos hallamos envueltos en una profunda oscu­ridad.

Tras unos minutos de espera, oí un vivo silbido, al tiem­po que sentí que el frío ganaba mi cuerpo desde los pies al pecho. Evidentemente, desde el interior del barco y me­diante una válvula se había dado entrada en él al agua exte­rior que nos invadía y que pronto llenó la cámara en que nos hallábamos. Una segunda puerta practicada en el flan­co del Nautilus se abrió entonces dando paso a una difusa claridad. Un instante después, nuestros pies hollaban el fondo del mar.

¿Cómo poder transcribir ahora las impresiones indele­bles que dejó en mí este paseo bajo las aguas? Las palabras son impotentes para expresar tales maravillas. Cuando el mismo pincel es incapaz de reflejar los efectos particulares del elemento líquido, ¿cómo podría reproducirlos la pluma?

El capitán Nemo iba delante y su compañero cerraba la marcha a algunos pasos de nosotros. Conseil y yo nos man­teníamos uno cerca del otro, pese a que no fuera posible cambiar una sola palabra a través de nuestros caparazones metálicos. Yo no sentía ya la pesadez de mi revestimiento, ni la de las botas, ni la de mi depósito de aire, ni la de la esfera en cuyo interior mi cabeza se bamboleaba como una almen­dra en su cascarón. Al sumergirse en el agua, todos estos objetos perdían una parte de su peso igual a la del líquido desplazado, y yo aprovechaba con placer esta ley física des­cubierta por Arquímedes. Había dejado de ser una masa inerte y tenía una libertad de movimientos relativamente amplia.

Me asombró la potencia de la luz que, a treinta pies bajo la superficie del océano, llegaba al fondo. Los rayos solares atravesaban fácihnente aquella masa acuosa disipando su coloración. Podía distinguir con nitidez los objetos a una distancia de cien metros. Más allá, los fondos se deshacían en finas degradaciones del azul hasta borrarse en la oscuri­dad. Verdaderamente, el agua que me rodeaba era casi como el aire, más densa que la atmósfera terrestre, pero casi tan diáfana. Por encima de mí, distinguía la tranquila superficie del mar.

Caminábamos sobre una arena fina lisa, no arrugada como la de las playas que conservan la huella de la resaca. Aquella alfombra deslumbrante, como un verdadero reflec­tor, reflejaba los rayos del sol con una sorprendente intensi­dad, produciendo una inmensa reverberación que penetra­ba en todas las moléculas líquidas. ¿Se me creerá si afirmo que a esa profundidad de treinta pies veía yo como si estu­viera en la superficie? Durante un cuarto de hora anduvimos por ese fondo de arena sembrado de una impalpable capa de polvo de conchas. El casco del Nautilus, perceptible como un largo escollo, desaparecía poco a poco, pero su fanal, cuan­do se hiciera la noche en medio de las aguas, facilitaría nuestro retorno a bordo, con la proyección de sus rayos nítida­mente visibles. Efecto difícil de comprender para quien no ha visto más que en tierra esas luces blancas tan vivamente acusadas. Allí, el polvo que satura el aire les da la apariencia de una niebla luminosa; pero en el mar, como bajo el mar, esa luz se transmite con una incomparable pureza.

Seguíamos caminando por aquella vasta llanura que pa­recía no tener límites. Al cortar con la mano la masa líquida que se cerraba tras de mí, comprobé que la huella de mis pa­sos se borraba inmediatamente bajo la presión del agua.

De repente, se dibujaron ante nuestros ojos algunas for­mas casi diluidas en la lejanía. Eran unas magníficas rocas tapizadas de las más bellas muestras de zoófitos. Pero lo que más llamó mi atención fue un efecto especial al medio en que me hallaba.

Eran en ese momento las diez de la mañana. Los rayos del sol tocaban la superficie de las aguas en un ángulo bastante oblicuo, y al contacto de su luz descompuesta por la refrac­ción, como a través de un prisma, flores, rocas, plantas, con­chas y pólipos se teñían en sus bordes de los siete colores del espectro. El entrelazamiento de colores era una maravilla, una fiesta para los ojos, un verdadero calidoscopio de verde, de amarillo, de naranja, de violeta, de añil, azul .... en fin, toda la paleta de un furioso colorista. ¡Cuánto sentía no po­der comunicar a Conseil las vivas sensacio s que me em­abargaban y rivalizar con él en exclamaciones deliración! No sabía, como el capitán Nemo y su compañero, cambiar mis pensamientos por signos convenidos. Por ello, me ha­blaba a mí mismo y gritaba en la esfera de cobre que rodeaba mi cabeza, gastando así en vanas palabras más aire de lo conveniente.

Ante tan espléndido espectáculo, Conseil se había deteni­do como yo. Evidentemente, en presencia de esas muestras de zoófitos y moluscos, el buen muchacho se dedicaba, como de costumbre, al placer de la clasificación. Pólipos y equinodermos abundaban en el suelo. Los isinos variados; las cornularias que viven en el aislamiento; racimos de ocu­linas vírgenes, en otro tiempo designadas con el nombre de «coral blanco»; las fungias erizadas en forma de hongos; las anémonas, adheridas por su disco muscular, semejaban un tapiz de flores esmaltado de porpites adornadas con su gor­guera de tentáculos azulados; de estrellas de mar que cons­telaban la arena y de asterofitos verrugosos, finos encajes que se diría bordados por la mano de las náyades y cuyos festones se movían ante las ondulaciones provocadas por nuestra marcha. Sentía un verdadero pesar al tener que aplastar bajo mis pies los brillantes especímenes de molus­cos que por millares sembraban el suelo: los peines con­céntricos; los martillos; las donáceas, verdaderas conchas saltarinas; los trocos; los cascos rojos; los estrombos ala de­-ángel; las afisias y tantos otros productos de este inagotable océano. Pero había que seguir andando y continuamos ha­cia adelante, mientras por encima de nuestras cabezas boga­ban tropeles de fisalias con sus tentáculos azules flotando detrás como una estela, y medusas, cuyas ombrelas opalinas o rosáceas festoneadas por una raya azul nos «abrigaban» de los rayos solares, y pelagias noctilucas que, en la oscuridad, habrían sembrado nuestro camino de resplandores fosfores­centes.

Entreví todas esas maravillas en el espacio de un cuarto de milla, deteniéndome apenas y siguiendo al capitán Nemo que, de vez en cuando, me hacía alguna que otra señal. La naturaleza del suelo empezó a modificarse. A la llanura de arena sucedió una capa de barro viscoso que los americanos llaman oaze, compuesta únicamente de conchas silíceas o calcáreas. Luego recorrimos una pradera de algas, plantas pelágicas muy frondosas que las aguas no habían arrancado todavía. Aquel césped apretado y mullido habría podido ri­valizar con las más blandas alfombras tejidas por la mano del hombre. Pero a la vez que bajo nuestros pies, la vegetación se extendía también sobre nuestras cabezas. Una ligera bóveda de plantas marinas, pertenecientes a la exuberante familia de las algas, de las que se conocen más de dos mil es­pecies, se cruzaba en la superficie de las aguas. Veía flotar largas cintas de fucos, globulosos unos, tubulados otros, laurencias, cladóstefos de hojas finísimas, rodimenas pal­meadas semejantes a abanicos de cactus. Observé que las plantas verdes se mantenían cerca de la superficie del mar, mientras que las rojas ocupaban una profundidad media, dejando el fondo a los hidrófilos negros u oscuros.

Estas algas son verdaderamente un prodigio de la crea­ción, una de las maravillas de la flora universal. Esta familia forma a la vez los vegetales más pequeños y más grandes de la naturaleza. Así, si se han podido contar en un espacio de cinco milímetros cuadrados cuarenta mil de estas plan­tas, se han recogido también fucos de una longitud superior a quinientos metros.

Hacía ya aproximadamente hora y media que habíamos salido del Nautilus. Era ya casi mediodía, a juzgar por la per­pendicularidad de los rayos solares, que ya no se refracta­ban. La magia de los colores fue desapareciendo poco a poco, y los matices de la esmeralda y del zafiro se borraron de nuestro firmamento. Caminábamos a un paso regular que resonaba sobre el suelo con una gran intensidad. Los menores ruidos se transmitían con una rapidez a la que no está acostumbrado el oído en tierra. En efecto, el agua es para el sonido mejor vehículo que el aire y se propaga en ella con una rapidez cuatro veces mayor.

En aquel momento, el suelo adquirió un declive muy pro­nunciado. La luz cobró una tonalidad uniforme. Alcanza­mos una profundidad de cien metros que nos sometió a una presión de diez atmósferas. Pero nuestros trajes estaban tan bien concebidos para ello que esa presión no me causó nin­gún sufrimiento. únicamente sentí una cierta molestia en las articulaciones de los dedos, pero fue pasajera. En cuanto al cansancio que debía producir un paseo de dos horas, em­butido en una escafandra a la que no estaba acostumbrado, era prácticamente nulo, pues mis movimientos, ayudados por el agua, se producían con una sorprendente facilidad.

Llegados a una profundidad de trescientos pies, veíamos aún, pero débilmente, los rayos del sol. A su intensa luz ha­bía sucedido un crepúsculo rojizo, a medio término entre el día y la noche. Sin embargo, veíamos aún lo suficiente como para no necesitar del concurso de los aparatos Ruhmkorff.

El capitán Nemo se detuvo, esperó a que me uniera a él y entonces me mostró con el dedo unas masas negras que se destacaban en la oscuridad a corta distancia.

«Es el bosque de la isla de Crespo», pensé. Y no me equi­vocaba.
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