Primera parte






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12. Todo por la electricidad
  Señor  dijo el capitán Nemo, mostrándome los instru­mentos colgados de las paredes de su camarote , he aquí los aparatos exigidos por la navegación del Nautilus. Al igual que en el salón, los tengo aquí bajo mis ojos, indicándome mi situación y mi dirección exactas en medio del océano. Al­gunos de ellos le son conocidos, como el termómetro que marca la temperatura interior del Nautilus, el barómetro, que pesa el aire y predice los cambios de tiempo; el higróme­tro que registra el grado de sequedad de la atmósfera; el storm glass, cuya mezcla, al descomponerse, anuncia la in­minencia de las tempestades; la brújula, que dirige mi ruta; el sextante, que por la altura del sol me indica mi latitud, los cronómetros, que me permiten calcular mi longitud y, por último, mis anteojos de día y de noche que me sirven para escrutar todos los puntos del horizonte cuando el Nautilus emerge a la superficie de las aguas.

 Son los instrumentos habituales del navegante y su uso me es conocido  repuse . Pero hay otros aquí que respon­den sin duda a las particulares exigencias del Nautilus. Ese cuadrante que veo, recorrido por una aguja inmóvil, ¿no es un manómetro?

 Es un manómetro, en efecto. Puesto en comunicación con el agua, cuya presión exterior indica, da también la pro­fundidad a la que se mantiene mi aparato.

-¿Y esas sondas, de una nueva clase?

 Son unas sondas termométricas que indican la tempera­tura de las diferentes capas de agua.

 Ignoro cuál es el empleo de esos otros instrumentos.

 Señor profesor, aquí me veo obligado a darle algunas ex­plicaciones. Le ruego me escuche.

El capitán Nemo guardó silencio durante algunos instan­tes y luego dijo:

 Existe un agente poderoso, obediente, rápido, fácil, que se pliega a todos los usos y que reina a bordo de mi barco como dueño y señor. Todo se hace aquí por su mediación. Me alumbra, me calienta y es el alma de mis aparatos mecá­nicos. Ese agente es la electricidad.

 ¡La electricidad!  exclamé bastante sorprendido.

 Sí, señor.

 Sin embargo, capitán, la extremada rapidez de movi­mientos que usted posee no concuerda con el poder de la electricidad. Hasta ahora la potencia dinámica de la electri­cidad se ha mostrado muy restringida y no ha podido pro­ducir más que muy pequeñas fuerzas.

 Señor profesor, mi electricidad no es la de todo el mun­do, yeso es todo cuanto puedo decirle.

 Bien, no insisto, aun cuando me asombre tal resultado. Una sola pregunta, sin embargo, que puede no contestar si la considera usted indiscreta. Pienso que los elementos que emplee usted para producir ese maravilloso agente deben gastarse pronto. Por ejemplo, el cinc ¿cómo lo reemplaza us­ted, puesto que no mantiene ninguna comunicacion con tie­rra?

 Responderé a su pregunta. Le diré que en el fondo del mar existen minas de cinc, de hierro, de plata y de oro, cuya explotación sería ciertamente posible. Pero yo no recurro a ninguno de estos metales terrestres, sino que obtengo del mar mismo los medios de producir mi electricidad.

 ¿Del mar?

 Sí, señor profesor, y no faltan los medios de hacerlo. Yo podría obtener la electricidad estableciendo un circuito en­tre hilos sumergidos a diferentes profundidades, a través de las diversas temperaturas de las mismas, pero prefiero em­plear un sistema más práctico.

 ¿Cuál?

 Usted conoce perfectamente la composición del agua marina. En cada mil gramos hay noventa y seis centésimas y media de agua, dos centésimas y dos tercios aproximada­mente,/de cloruro sódico, y muy pequeñas cantidades de dor-ros magnésico y potásico, de bromuro de magnesio, de st4fato de magnesio y de carbonato cálcico. De esa nota­ble cahtldad de cloruro sódico contenida por el agua mari­na extraigo yo el sodio necesario para componer mis ele­mentos.

 ¿El sodio?

 En efecto. Mezclado con el mercurio forma una amalga­ma que sustituye al cinc en los elementos Bunsen. El mercu­rio no se gasta nunca. Sólo se consume el sodio, y el mar me lo suministra abundantemente. Debo decirle, además, que las pilas de sodio deben ser consideradas como las más enér­gicas y que su fuerza electromotriz es doble que la de las pi­las de cinc.

 Comprendo bien, capitán, la excelencia del sodio en las condiciones en que usted se halla. El mar lo contiene. Bien. Pero hay que fabricarlo, extraerlo. ¿Cómo lo hace? Evidente­mente, sus pilas pueden servir para tal extracción, pero, si no me equivoco, el consumo de sodio necesitado por los aparatos eléctricos habría de superar a la cantidad produci­da. Ocurriría así que consumiría usted para producirlo más del que obtendría.

 Por esa razón es por la que no lo extraigo por las pilas, señor profesor. Simplemente, empleo el calor del carbón te­rrestre.

-¿Terrestre?

 Digamos carbón marino, si lo prefiere  respondió el ca­pitán Nemo.

 ¿Acaso puede usted explotar yacimientos submarinos de hulla?

 Así es y habrá de verlo usted. No le pido más que un poco de paciencia, puesto que tiene usted tiempo para ser paciente. Recuerde sólo una cosa: que yo debo todo al océa­no. Él produce la electricidad, yla electricidad da al Nautilus el calor, la luz, el movimiento, en una palabra, la vida.

 Pero no el aire que respira...

 ¡Oh!, podría fabricar el aire que consumimos, pero sería inútil, ya que cuando quiero subo a la superficie del mar. Si la electricidad no me provee del aire respirable, sí acciona, al menos, las poderosas bombas con que lo almacenamos en depósitos especiales, lo que me permite prolongar por el tiempo que desee, si es necesario, mi permanencia en las ca­pas profundas.

 Capitán, no tengo más remedio que admirarle. Ha halla­do usted, evidentemente, lo que los hombres descubrirán sin duda algún día, la verdadera potencia dinámica de la electricidad.

 Yo no sé si la descubrirán  respondió fríamente el capi­tán Nemo . Sea como fuere, conoce usted ya la primera apli­cación que he hecho de este precioso agente. Es él el que nos ilumina con una igualdad y una continuidad que no tiene la luz del sol. Mire ese reloj, es eléctrico y funciona con una re­gularidad que desafía a la de los mejores cronómetros. Lo he dividido en veinticuatro horas, como los relojes italianos, pues para mí no existe ni noche, ni día, ni sol ni luna, sino únicamente esta luz artificial que llevo hasta el fondo de los mares. Mire, en este momento son las diez de la mañana.

 En efecto.

 Aquí tiene otra aplicación de la electricidad, en ese cua­drante que sirve para indicar la velocidad del Nautilus. Un hilo eléctrico lo pone en comunicación con la hélice de la co­rredera, y su aguja me indica la marcha real del barco. Fíje­se, en estos momentos navegamos a una velocidad modera­da, a quince millas por hora.

 Es maravilloso, y veo, capitán, que ha hecho usted muy bien al emplear este agente que está destinado a reemplazar al viento, al agua y al vapor.

 No hemos terminado aún, señor Aronnax  dijo el capi­tán Nemo, levantándose , y si quiere usted seguirme, visita­remos la parte posterior del Nautilus.

En efecto, conocía ya toda la parte anterior del barco sub­marinc-,cuya división exacta, del centro al espolón de proa, era la siguiente   el comedor, de cinco metros, separado de la biblioteca por un tabique estanco, es decir, impenetrable al agua; la biblioteca, de cinco metros; el gran salón, de diez metros, separado del camarote del capitán por un segundo tabique estanco; el camarote del capitán, de cinco metros; el mío, de dos metros y medio, y, por último, un depósito de aire de siete metros y medio, que se extendía hasta la roda. El conjunto daba una longitud total de treinta y cinco metros. Los tabiques estancos tenían unas puertas que se cerraban herméticamente por medio de obturadores de caucho, y ellas garantizaban la seguridad a bordo del Nautilus, en el caso de que se declarara una vía de agua.

Seguí al capitán Nemo a lo largo de los corredores y llega­mos al centro del navío. Allí había una especie de pozo que se abría entre dos tabiques estancos. Una escala de hierro, fi­jada a la pared, conducía a su extremidad superior. Pregunté al capitán Nemo cuál era el uso de aquella escala.

 Conduce al bote -respondió.

 ¡Cómo! ¿Tiene usted un bote?  pregunté asombrado.

 Así es. Una excelente embarcación, ligera e insumergi­ble, que nos sirve para pasearnos y para pescar.

 Pero entonces, cuando quiera embarcarse en él estará obligado a volver a la superficie del mar, ¿no?

 No. El bote está adherido a la parte superior del casco del Nautilus, alojado en una cavidad dispuesta en él para reci­birlo. Tiene puente, está absolutamente impermeabilizado y se halla retenido por sólidos pernos. Esta escala conduce a una abertura practicada en el casco del Nautilus, que comu­nica con otra similar en el costado del bote. Por esa doble abertura es por la que me introduzco en la embarcación. Se cierra la del Nautilus, cierro yo la del bote por medio de tor­nillos a presión, largo los pernos y entonces el bote sube con una prodigiosa rapidez a la superficie del mar. Luego abro la escotilla del puente, cuidadosamente cerrada hasta enton­ces, pongo el mástil, izo la vela o cojo los remos, y estoy listo para pasearme.

 Pero ¿cómo regresa usted a bordo?

 No soy yo el que regresa, señor Aronnax, sino el Nauti­lus.

 ¿A una orden suya?

 Así es, porque unido al Nautilus por un cable eléctrico, me basta expedir por él un telegrama.

 Bien  dije, maravillado , nada más sencillo, en efecto.

Tras haber pasado el hueco de la escalera que conducía a la plataforma, vi un camarote de unos dos metros de longi­tud en el que Conseil y Ned Land se hallaban todavía co­miendo con visible apetito y satisfacción. Abrimos una puerta y nos hallamos en la cocina, de unos tres metros de longitud, situada entre las amplias despensas de a bordo. Allí era la electricidad, más enérgica y más obediente que el mismo gas, la que hacía posible la preparación de las comi­das. Los cables que llegaban a los fogones comunicaban a las hornillas de platino un calor de regular distribución y man­tenimiento. La electricidad calentaba también unos apara­tos destiladores que por medio de la evaporación suminis­traban una excelente agua potable. Cerca de la cocina había un cuarto de baño muy bien instalado cuyos grifos proveían de agua fría o caliente a voluntad.

Tras la cocina se hallaba el dormitorio de la tripulación, en una pieza de cinco metros de longitud. Pero la puerta es­taba cerrada y no pude ver su interior que me habría dado una indicación sobre el número de hombres requerido por el Nautilus para su manejo.

Al fondo había un cuario tabique estanco que separaba el dormitorio del cuarto de máquinas. Se abrió una puerta y me introduje allí, donde el capitán Nemo  un ingeniero de primer orden, con toda seguridad  había instalado sus apa­ratos de locomoción. El cuarto de máquinas, netamente ilu­minado, no rnedía menos de veinte metros de longitud. Es­taba dividido en dos partes: la primera, reservada a los elementos que producían la electricidad, y la segunda, a los mecanismo)-ransmitían el movimiento a la hélice.

Nada más entrar, me sorprendió el olor sui generis que lle­naba la pieza. El capitán Nemo advirtió mi reacción.

 Son emanaciones de gas producidas por el empleo del sodio. Pero se trata tan sólo de un ligero inconveniente. Ade­más, todas las mañanas purificamos el barco ventilándolo completamente.

Yo examinaba, con el interés que puede suponerse, la ma­quinaria del Nautilus.

 Como ve usted  me dijo el capitán Nemo , uso elemen­tos Bunsen y no de Ruhmkorff, que resultarían impotentes. Los elementos Bunsen son poco numerosos, pero grandes y fuertes, lo que da mejores resultados según nuestra expe­riencia. La electricidad producida se dirige hacia atrás, don­de actúa por electroimanes de gran dimensión sobre un sis­tema particular de palancas y engranajes que transmiten el movimiento al árbol de la hélice. Ésta, con un diámetro de seis metros y un paso de siete metros y medio, puede dar hasta ciento veinte revoluciones por segundo.

 Con lo que obtiene usted...

-Una velocidad de cincuenta millas por hora.

Había ahí un misterio, pero no traté de esclarecerlo. ¿Cómo podía actuar la electricidad con tal potencia? ¿En qué podía hallar su origen esa fuerza casi ¡limitada? ¿Acaso en su tensión excesiva, obtenida por bobinas de un nuevo tipo? ¿O en su transmisión, que un sistema de palancas des­conocido podía aumentar al infinito? Eso era lo que yo no podía explicarme.

 Capitán Nemo, compruebo los resultados, sin tratar de explicármelos. He visto al Nautilus maniobrar ante el Abra­ham Lincoln y sé a qué atenerme acerca de su velocidad. Pero no basta moverse. Hay que saber adónde se va. Hay que po­der dirigirse a la derecha o a la izquierda, hacia arriba o ha­cia abajo. ¿Cómo hace usted para alcanzar las grandes pro­fundidades en las que debe hallar una resistencia creciente, evaluada en centenares de atmósferas? ¿Cómo hace para su­bir a la superficie del océano? Y, por último, ¿cómo puede mantenerse en el lugar que le convenga? ¿Soy indiscreto al formularle taléslweguntas?

 En modo alguno, señor profesor  me respondió el capi­tán, tras una ligera vacilación , ya que nunca saldrá usted de este barco submarino. Venga usted al salón, que es nuestro verdadero gabinete de trabajo, y allí sabrá todo lo que debe conocer sobre el Nautilus.

13. Algunas cifras
Un instante después, nos hallábamos sentados en un diván del salón, con un cigarro en la boca. El capitán me mos­traba un dibujo con el plano, la sección y el alzado del Nauti­lus. Comenzó su descripción en estos términos:

 He aquí, señor Aronnax, las diferentes dimensiones del barco en que se halla. Como ve, es un cilindro muy alargado, de extremos cónicos. Tiene, pues, la forma de un cigarro, la misma que ha sido ya adoptada en Londres en varias cons­trucciones del mismo género. La longitud de este cilindro, de extremo a extremo, es de setenta metros, y su bao, en su mayor anchura, es de ocho metros. No está construido, pues, con las mismas proporciones que los más rápidos va­pores, pero sus líneas son suficientemente largas y su forma suficientemente prolongada para que el agua desplazada sal­ga fácilmente y no oponga ningún obstáculo a su marcha. Estas dos dimensiones le permitirán obtener por un simple cálculo la superficie y el volumen del Nautilus. Su superficie comprende mil cien metros cuadrados cuarenta y cinco cen­tésimas: su volumen, mil quinientos metros cúbicos y dos décimas, lo que equivale a decir que en total inmersión des­plaza o pesa mil quinientos metros cúbicos o toneladas.

»Al realizar los planos de este barco, destinado a una na­vegación submarina, lo hice con la intención de que en equi­librio en el agua permaneciera sumergido en sus nueve décimas partes. Por ello, en tales condiciones no debía des­plazar más que las nueve décimas partes de su volumen, o sea, mil trescientos cincuenta y seis metros y cuarenta y ocho centímetros, o, lo que es lo mismo, que no pesara más que igual número de toneladas. Esto me obligó a no superar ese peso al construirlo según las citadas dimensiones.

»El Nautilus se compone de dos cascos, uno interno y otro externo, reunidos entre sí por hierros en forma de T, que le dan una extrema rigidez. En efecto, gracias a esta disposi­ción celular resiste como un bloque, como si fuera macizo. Sus juntas no pueden ceder, se adhieren por sí mismas y no por sus remaches, y la homogeneidad de su construcción, debida al perfecto montaje de sus materiales, le permite de­safiar los mares n-ás violentos.

»Estos dos casos están fabricados con planchas de acero, cuya densidad con relación al agua es de siete a ocho déci­mas. El primero no tiene menos de cinco centímetros de es­pesor y pesa trescientas noventa y cuatro toneladas y noven­ta y seis centésimas. El segundo, con la quilla que con sus cincuenta centímetros de altura y veinticinco de ancho pesa por sí sola sesenta y dos toneladas, la maquinaria, el lastre, los diversos accesorios e instalaciones, los tabiques y los vi­rotillos interiores, tiene un peso de novecientas sesenta y una toneladas con sesenta y dos centésimas, que, añadidas a las trescientas noventa y cuatro toneladas con noventa y seis centésimas del primero, forman el total exigido de mil tres­cientas cincuenta y seis toneladas con cuarenta y ocho cen­tésimas. ¿Ha comprendido?

 Comprendido.

 Así pues prosiguió el capitán , cuando el Nautilus se halla a flote en estas condiciones, una décima parte del mis­mo se halla fuera del agua. Ahora bien, si se instalan unos depósitos de una capacidad igual a esa décima parte, es de­cir, con un contenido de ciento cincuenta toneladas con se­tenta y dos centésimas, y se les llena de agua, el barco pesará o desplazará entonces mil quinientas siete toneladas y se ha­llará en inmersión completa. Y esto es lo que ocurre, señor profesor. Estos depósitos están instalados en la parte infe­rior del Nautílus, y al abrir las llaves se llenan y el barco que­da a flor de agua.

 Bien, capitán, pero aquí llegamos a la verdadera dificul­tad. Que su barco pueda quedarse a flor de agua, lo com­prendo. Pero, más abajo, al sumergirse más, ¿no se encuen­tra su aparato submarino con una presión que le comunique un impulso de abajo arriba, evaluada en una atmósfera por treinta pies de agua, o sea, cerca de un kilogramo por centí­metro cuadrado?

 Así es, en efecto.

 Luego, a menos que no llene por completo el Nautilus, no veo cómo puede conseguir llevarlo a las profundidades.

 Señor profesor, respondió el capitán Nemo, no hay que confundir la estática con la dinámica, si no quiere uno expo­nerse a errores graves. Cuesta muy poco alcanzar las bajas regiones del océano, pues los cuerpos tienen tendencia a la profundidad. Siga usted mi razonamiento.

 Le escucho, capitán.

-Cuando me planteé el problema de determinar el au­mento de peso que había que dar al Nautilus para sumergir­lo, no tuve que preocuparme más que de la reducción de vo­lumen que sufre el agua del mar a medida que sus capas van haciéndose más profundas.

 Es evidente.

 Ahora bien, si es cierto que el agua no es absolutamente incompresible, no lo es menos que es muy poco compresi­ble. En efecto, según los cálculos más recientes, esta compre­sión no es más que de cuatrocientas treinta y seis diezmillo­nésimas por atmósfera, o lo que es lo mismo, por cada treinta pies de profundidad. Si quiero descender a mil me­tros, tendré que tener en cuenta la reducción del volumen bajo una presión equivalente a la de una columna de agua de mil metros, es decir, bajo una presión de cien atmósferas. Dicha reducción será en ese caso de cuatrocientas treinta y seis cienmilésimas. Consecuentemente, deberé aumentar el peso hasta mil quinientas trece toneladas y setenta y siete centésimas, en lugar de mil quinientas siete toneladas y dos décimas. El aumento no será, pues, más que de seis tonela­das y cincuenta y siete centésimas.

 ¿Tan sólo?

 Tan sólo, señor Aronnax, y el cálculo es fácilmente veri­ficable. Ahora bien, dispongo de depósitos suplementarios capaces de embarcar cien toneladas. Puedo así descender a profundidades considerables. Cuando quiero subir y aflorar a la superficie, me basta expulsar ese agua, y vaciar entera­mente todos los depósitos si deseo que el Nautilus emerja en su décima parte sobre la superficie del agua.

A tales razonamientos apoyados en cifras nada podía yo objetar.

 Admito sus cálculos, capitán  respondí , y mostraría mala fe en discutilos, puesto que la experiencia le da razón cada día, pero me temo que ahora nos hallamos en presen­cia de una dificultad real.

 ¿Cuál?

 Cuando se halle usted a mil metros de profundidad, las paredes del Nautilus deberán soportar una presión de cien atmósferas. Si en ese momento decide usted vaciar sus de­pósitos suplementarios para aligerar su barco y remontar a la superficie, las bombas tendrán que vencer esa presión de cien atmósferas o, lo que es lo mismo, de cien kilogramos por centímetro cuadrado. Pues bien, eso exige una po­tencia.

 Que sólo la electricidad podía darme  se apresuró a de­cir el capitán Nemo . Le repito que el poder dinámico de mi maquinaria es casi infinito. Las bombas del Nautilus tienen una fuerza prodigiosa, lo que pudo usted comprobar cuan­do vio sus columnas de agua precipitarse como un torrente sobre el Abraham Líncoln. Por otra parte, no me sirvo de los depósitos suplementarios más que para alcanzar profundi­dades medias de mil quinientos a dos mil metros, con el fin de proteger mis aparatos. Pero cuando tengo el capricho de visitar las profundidades del océano, a dos o tres leguas por debajo de su superficie, empleo maniobras más largas, pero no menos infalibles.

-¿Cuáles, capitán?

 Esto me obliga naturalmente a revelarle cómo se maneja el Nautilus.

 Estoy impaciente por saberlo.

 Para gobernar este barco a estribor o a babor, para mo­verlo, en una palabra, en un plano horizontal, me sirvo de un timón ordinario de ancha pala, fijado a la trasera del co­daste, que es accionado por una rueda y un sistema de po­leas. Pero puedo también mover al Nautilus de abajo arriba y de arriba abajo, es decir, en un plano vertical, por medio de dos planos inclinados unidos a sus flancos sobre su centro de flotación. Se trata de unos planos móviles capaces de adoptar todas las posiciones y que son maniobrados desde el interior por medio de poderosas palancas. Si estos planos se mantienen paralelos al barco, éste se mueve horizontal­mente. Si están inclinados, el Nautilus, impulsado por su hé­lice, sube o baja, según la disposición de la inclinación, si­guiendo la diagonal que me interese. Si deseo, además, regresar más rápidamente a la superficie, no tengo más que embragar la hélice para que la presión del agua haga subir verticalmente al Nautilus como un globo henchido de hi­drógeno se eleva rápidamente en el aire.

 ¡Magnífico, capitán! Pero ¿cómo puede el timonel seguir el rumbo que le fija usted en medio del agua?

 El timonel está alojado en una cabina de vidrio con cristales lenticulares, que sobresale de la parte superior del cas­co del Nautilus.

-¿Cristales? ¿Y cómo pueden resistir a tales presiones ?

 Perfectamente. El cristal, por frágil que sea a los cho­ques, ofrece, sin embargo, una resistencia considerable. En experiencias de pesca con luz eléctrica hechas en 1864 en los mares del Norte, se ha visto cómo placas de vidrio de un es­pesor de siete milímetros únicamente, resistían a una pre­sión de dieciséis atmósferas, mientras dejaban pasar poten­tes radiaciones caloríficas que le repartían desigualmente el calor. Pues bien, los cristales de que yo me sirvo tienen un espesor no inferior en su centro a veintiún centímetros, es decir, treinta veces más que el de aquellos.

 Bien, debo admitirlo, capitán Nemo; pero, en fin, para ver es necesario que la luz horade las tinieblas, y yo me pre­gunto cómo en medio de la oscuridad de las aguas...

 En una cabina situada en la parte trasera está alojado un poderoso reflector eléctrico, cuyos rayos iluminan el mar hasta una distancia de media milla.

 ¡Magnífico, capitán! Ahora me explico esa fosforescen­cia del supuesto narval que tanto ha intrigado a los sabios. Y a propósito,,,desearía saber si el abordaje del Scotia por el Nautilus, que tanto dio que hablar, fue o no el resultado de un choque fortuito.

 Absolutamente fortuito. Yo navegaba a dos metros de profundidad cuando se produjo el choque, que, como pude ver, no tuvo graves consecuencias.

 En efecto. Pero ¿y su encuentro con el Abraham Lincoln?

 Señor profesor, lo siento por uno de los mejores navíos de la valiente marina americana, pero fui atacado y hube de defenderme. Sin embargo, me limité a poner a la fragata fue­ra de combate. No le será difícil reparar sus averías en el puerto más cercano.

 ¡Ah!, comandante  exclamé con convicción , su Nauti­lus es verdaderamente maravilloso.

 Sí, señor profesor  respondió con auténtica emoción el capitán Nemo , y para mí es como un órgano de mi propio cuerpo. El hombre está sometido a todos los peligros que so­bre él se ciernen a bordo de cualquiera de vuestros barcos confiados a los azares de los océanos, en cuya superficie se tie­ne como primera impresión el sentimiento del abismo, como ha dicho tan justamente el holandés jansen, pero por debajo de su superficie y a bordo del Nautilus el hombre no tiene nin­gún motivo de inquietud. No es de temer en él deformación alguna, pues el doble casco de este barco tiene la rigidez del hierro; no tiene aparejos que puedan fatigar los movimientos de balanceo y cabeceo aquí inexistentes; ni velas que pueda llevarse el viento; ni calderas que puedan estallar por la pre­sión del vapor; ni riesgos de incendio, puesto que todo está hecho con planchas de acero; ni carbón que pueda agotarse, puesto que la electricidad es su agente motor; ni posibles en­cuentros, puesto que es el único que navega por las aguas pro­fundas; ni tempestades a desafiar, ya que a algunos metros por debajo de la superficie reina la más absoluta tranquilidad. Sí, éste es el navío por excelencia. Y si es cierto que el ingenie­ro tiene más confianza en el barco que el constructor, y éste más que el propio capitán, comprenderá usted la confianza con que yo me abandono a mi Nautilus, puesto que soy a la vez su capitán, su constructor y su ingeniero.

Transfigurado por el ardor de su mirada y la pasión de sus gestos, el capitán Nemo había dicho esto con una elocuencia irresistible. Sí, amaba a su barco como un padre ama a su hijo. Pero esto planteaba una cuestión, indiscreta tal vez, pero que no pude resistirme a formulársela.

 ¿Es, pues, ingeniero, capitán Nemo?

 Sí, señor profesor. Hice mis estudios en Londres, París y Nueva York, en el tiempo en que yo era un habitante de los continentes terrestres.

 Pero ¿cómo pudo construir en secreto este admirable Nautilus?

 Cada una de sus piezas, señor Aronnax, me ha llegado de un punto diferente del Globo con diversos nombres por destinatario. Su quilla fue forjada en Le Creusot; su árbol de hélice, en Pen y Cía., de Londres; las planchas de su casco, en Leard, de Liverpool; su hélice, en Scott, de Glasgow. Sus de­pósitos fueron fabricados por Cail y Cía., de París; su maqui­naria, por Krupp, en Prusia; su espolón, por los talleres de Motala, en Suecia; sus instrumentos de precisión, por Hart Hermanos, en Nueva York, etc., y cada uno de estos provee­dores recibió mis planos bajo nombres diversos.

 Pero estas piezas separadas hubo que montarlas y ajus­tarlas  dije.

 Para ello, señor profesor, había establecido yo mis talleres en un islote desierto, en pleno océano. Allí, mis obreros, es decir, mis bravos compañeros, a los que he instruido y forma­do, y yo, acabamos nuestro Nautilus. Luego, una vez termina­da la operación, el fuego destruyó toda huella de nuestro paso por el islote, al que habría hecho saltar de poder hacerlo.

-Así construido, parece lógico estimar que el precio de costo de este buque ha debido ser cuantiosísimo.

 Señor Aronnax, un buque de hierro cuesta mil ciento veinticinco francos por tonelada. Pues bien, el Nautilus des­plaza mil quinientas. Su costo se ha elevado, pues, a un mi­llón seiscientos ochenta y siete mil quinientos francos; a dos millones con su mobiliario y a cuatro o cinco millones con las obras de arte y las colecciones que contiene.

 Una última pregunta, capitán Nemo.

 Diga usted.

 Es usted riquísimo, ¿no?

 Inmensamente, señor profesor. Yo podría pagar sin difi­cultad los diez mil millones de francos a que asciende la deu­da de Francia.

Miré con fijeza al extraño personaje que así me hablaba. ¿Abusaba acaso de mi credulidad? El futuro habría de decír­melo.
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