Primera parte






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9. Los arrebatos de Ned Land
Ignoro cuál pudo ser la duración del sueño, pero debió ser larga, pues nos libró completamente del cansancio acumu­lado. Yo me desperté el primero. Mis compañeros no se ha­bían movido todavía y permanecían tendidos en su rincón como masas inertes.

Apenas me hube levantado de aquel duro «lecho», me sentí con el cerebro despejado y las ideas claras, y reexaminé atentamente nuestra celda.

Nada había cambiado en su disposición interior. La pri­sión seguía siéndolo y los prisioneros también. Sin embargo, el steward había aprovechado nuestro sueño para retirar el servicio de mesa. Nada indicaba, pues, un próximo cambio de nuestra situación, y me pregunté seriamente si nuestro destino sería el de vivir indefinidamente en ese calabozo.

Esa perspectiva me pareció tanto más penosa cuanto que, si bien mi cerebro se veía libre de las obsesiones de la víspera, sentía una singular opresión en el pecho. Respiraba con di­ficultad, al no bastar el aire, muy pesado, al funcionamiento de mis pulmones. Aunque la cabina fuese bastante amplia, era evidente que habíamos consumido en gran parte el oxí­geno que contenía. En efecto, cada hombre consume en una hora el oxígeno contenido en cien litros de aire, y el aire, car­gado entonces de una cantidad casi igual de ácido carbóni­co, se hace irrespirable.

Era, pues, urgente renovar la atmósfera de nuestra cárcel, y también, sin duda, la del barco submarino. Esto me llevó a preguntarme cómo procedería para ello el comandante de aquella vivienda flotante. ¿Obtendría el aire por procedi­mientos químicos, mediante la liberación por el calor del oxígeno contenido en el clorato de potasa y la absorción del ácido carbónico por la potasa cáustica? En ese caso, de­bía haber conservado alguna relación con los continentes para poder procurarse las materias necesarias a tal opera­ción. ¿O se limitaría únicamente a almacenar en depósitos el aire bajo altas presiones para luego distribuirlo según las ne­cesidades de su tripulación? Tal vez. Quedaba también el procedimiento, más cómodo y económico, y por tanto más probable, de emerger a la superficie de las aguas para respi­rar, como un cetáceo, y renovar así su provisión de atmósfe­ra para un período de veinticuatro horas. Fuera cual fuese el método adoptado, me parecía prudente que se empleara sin más tardanza.

En efecto, mis pulmones se sentían ya obligados a multi­plicar sus inspiraciones para extraer de la celda el escaso oxí­geno que contenía. De repente, me sentí refrescado por una corriente de aire puro y perfumado de emanaciones salinas. Era la brisa del mar, vivificante y cargada de yodo. Abrí am­pliamente la boca y mis pulmones se saturaron de frescas moléculas. Al mismo tiempo, sentí un movimiento de ba­lanceo, de escasa intensidad, pero perfectamente determi­nable. El barco, el monstruo de acero, acababa evidente­mente de subir a la superficie del océano para respirar, al modo de las ballenas. La forma de ventilación del barco que­daba, pues, perfectamente identificada.

Tras absorber a pleno pulmón el aire puro busqué el con­ducto, el aerífero que canalizaba hasta nosotros el bienhechor efluvio y no tardé en encontrarlo. Por encima de la puerta se abría un agujero de aireación que dejaba pasar una fresca columna de aire para la renovación de la atmósfera de la cabina.

Me hallaba concentrado en esa observación cuando Ned y Conseil se despertaron casi al mismo tiempo, bajo la in­fluencia de la revivificante aeración. Ambos se restregaron los ojos, desperezaron los brazos y se pusieron en pie en un instante.

 ¿Ha dormido bien el señor?  preguntó Conseil con su cortesía consuetudinaria.

 Magníficamente  respondí . ¿Y usted, Ned?

 Profundamente, señor profesor. Pero, si no me engano, me parece que estoy respirando la brisa marina.

Un marino no podía engañarse. Conté al canadiense lo que había ocurrido durante su sueño.

 Bien  dijo . Eso explica perfectamente los mugidos que oímos cuando el supuesto narval se halló en presencia del Abraham Lincoln.

 Así es, señor Land, era su respiración.

 No tengo la menor idea de qué hora pueda ser, señor Aronnax. ¿No será la hora de la cena?

 ¿La hora de la cena? Debería decir la hora del almuerzo, pues con toda seguridad nuestra última comida data de ayer.

 Lo que demuestra -dijo Conseil  que hemos dormido por lo menos veinticuatro horas.

-Ésa es mi opinión -respondí.

 No voy a contradecirle  manifestó Ned Land , pero cena o almuerzo, el steward sería bienvenido, ya trajera una u otro.

 Una y otro  corrigió Conseil.

 Justo  replicó el canadiense , pues tenemos derecho a dos comidas, y por mi parte haría honor a ambas.

 Pues bien, Ned, esperemos  respondí . Es evidente que estos desconocidos no tienen la intención de dejarnos morir de hambre, ya que si así fuera no tendría sentido la comida de ayer.

 A menos que ese sentido sea el de cebarnos  replicó Ned.

 ¡Protesto!  respondí . No hemos caído entre canibales.

 Una golondrina no hace verano  dijo con seriedad el ca­nadiense . Quién sabe si esta gente no estará privada desde hace mucho tiempo de carne fresca, y en ese caso, tres hom­bres sanos y bien constituidos como el señor profesor, su do­méstico y yo...

 Aleje de sí esas ideas, señor Land  respondí al arpone­ro , y, sobre todo, no se base en ellas para encolerizarse con­tra nuestros huéspedes, lo que no haría más que agravar nuestra situación.

 En todo caso   dijo el arponero , tengo un hambre en­diablada, y ya sea la cena o el almuerzo, no llega.

 Señor Land  repliqué , hay que conformarse al regla­mento de a bordo, y supongo que nuestros estómagos se adelantan a la campana del cocinero.

 Pues bien, los pondremos en hora  dijo con tranquili­dad Conseil.

 Sólo usted podría hablar así, amigo Conseil  replicó el irascible canadiense . Se ve que usa usted poco su bilis y sus nervios. ¡Siempre tranquilo! Sería usted capaz de decir el Deo gracias antes que el benedícite y de morir de hambre antes que de quejarse.

 ¿De qué serviría?  dijo Conseil.

 ¡Pues serviría para quejarse! Ya es algo. Y si estos piratas (y digo piratas por respeto y por no contrariar al señor pro­fesor, que prohibe llamarles canibales) se figuran que van a guardarme en esta jaula en la que me ahogo, sin oír las im­precaciones con que yo suelo sazonar mis arrebatos, se equi­vocan de medio a medio. Veamos, sefíor Aronnax, hable con franqueza, ¿cree usted que nos tendrán por mucho tiempo en esta jaula de hierro?

 A decir verdad, sé tanto como usted, amigo Land.

 Pero ¿qué es lo que usted supone?

 Supongo que el azar nos ha hecho conocer un importan­te secreto. Y si la tripulación de este barco submarino tiene interés en mantener ese secreto, y si ese interés es más impor­tante que la vida de tres hombres, creo que nuestra existencia se halla gravemente comprometida. En el caso contrario, el monstruo que nos ha tragado nos devolverá en la primera ocasión al mundo habitado por nuestros semejantes.

 A menos  dijo Conseil  que nos enrolen en su tripula­ción y nos guarden así con ellos.

 Hasta el momento  replicó Ned Land- en que alguna fragata, más rápida o más afortunada que el Abraham Lin­coln, se apodere de este nido de bandidos y envíe a su tripu­lación, y a nosotros con ella, a respirar por última vez a la ex­tremidad de su verga mayor.

-Buen razonamiento, Ned  dije . Pero todavía no se nos ha hecho, que yo sepa, ninguna proposición. Inútil, pues, discutir el partido que debamos tomar hasta que sea necesa­rio. Se lo repito, esperemos; tomemos consejo de las circuns­tancias y abstengámonos de toda acción, puesto que no hay nada que hacer.

 Al contrario, señor profesor  respondió el arponero, que no quería darse por vencido , hay que hacer algo.

 ¿Qué, señor Land?

 Escaparnos.

 Escaparse de una prisión «terrestre» es a menudo dificil, pero hacerlo de una prisión submarina, me parece absoluta­mente imposible.

-¡Vamos, amigo Ned! -dijo Conseil , ¿qué va a responder ala objeción del señor? Yo no puedo creer que un americano se halle nunca a falta de recursos.

El arponero, visiblemente turbado, se calló.

Una huida, en las condiciones en que nos había puesto el azar, era absolutamente imposible. Pero un canadiense es un francés a medias, y Ned Land lo acreditó con su respuesta, tras unos momentos de vacilación y reflexión.

 Así que, señor Aronnax, ¿no adivina usted lo que deben hacer unos hombres que no pueden escaparse de su prisión?

 No, amigo mío.

 Pues es bien sencillo, es preciso que se las arreglen para permanecer en ella.

 ¡Diantre!  exclamó Conseil , es cierto que más vale es­tar dentro que debajo o encima.

 Pero después de haber expulsado de ella a los carceleros y a los guardianes  añadío Ned Land.

 ¿Cómo? Ned, ¿piensa usted en serio en apoderarse de este barco?

 Muy en serio, en efecto -respondió el canadiense.

 Eso es imposible.

 ¿Por qué? Puede presentarse alguna oportunidad favo­rable, y no veo lo que podría impedirnos aprovecharla. Si no hay más de una veintena de hombres a bordo de esta máqui­na, no creo que hagan retroceder a dos franceses y a un ca­nadiense, digo yo.

Más valía admitir la proposición del arponero que discu­tirla. Por ello me limité a responderle así:

-Dejemos que las circunstancias manden, señor Land, y entonces veremos. Pero hasta entonces, se lo ruego, contenga su impaciencia. No podemos actuar más que con astucia, y no es con la pérdida del control de los nervios con lo que podrá usted originar circunstancias favorables. Prométame, pues, que aceptará usted la situación sin dejarse llevar de la ira.

 Se lo prometo, señor profesor  respondió Ned Land, con un tono poco tranquilizador . Ni una palabra violenta saldrá de mi boca, ni un gesto brutal me traicionará, aunque el ser­vicio de la mesa no se cumpla con la regularidad deseable.

 Tengo su palabra, Ned.

Cesamos la conversación, y cada uno de nosotros se puso a reflexionar por su cuenta. Confesaré que, por mi parte, y pese a la determinación del arponero, no me hacía ninguna ilusión. No creía yo en esas circunstancias favorables que ha bía invocado Ned Land. Tan segura manipulación del sub marino requería una numerosa tripulación y, consecuente mente, en el caso de una lucha, nuestras probabilidades de éxito serían ínfimas. Además, necesario era, ante todo, estar libres, y nosotros no lo estábamos. No veía ningún medio de salir de una celda de acero tan herméticamente cerrada. Y si como parecía probable, el extraño comandante de ese barco tenía un secreto que preservar, cabía abrigar pocas esperan zas de que nos dejara movernos libremente a bordo. La incógnita estribaba en saber si se libraría violentamente de nosotros o si nos lanzaría algún día a algún rincón de la tierra Todas estas hipótesis me parecían extremadamente plausi-bles, y había que ser un arponero para poder creer en la re­conquista de la libertad.

Me di cuenta de que las ideas de Ned Land iban agriándose con las reflexiones a que se entregaba su celebro. Podía oír poco a poco el hervor de sus imprecaciones en el fondo de su garganta, y veía cómo sus gestos iban tornándose amenaza­dores. Andaba, daba vueltas como una fiera enjaulada y gol­peaba con pies y manos las paredes de la celda. Pasaba el tiempo mientras tanto y el hambre nos aguijoneaba cruel­mente, sin que nada nos anunciara la aparición del steward.

Esto era ya olvidar demasiado nuestra situación de náu­fragos, si es que realmente se tenían buenas intenciones ha­cia nosotros.

Atormentado por las contracciones de su robusto estó­mago, Ned Land se encolerizaba cada vez más, lo que me ha­cía temer, pese a su palabra, una explosión cuando se hallara en presencia de uno de los hombres de a bordo.

La ira del canadiense fue creciendo durante las dos horas siguientes. Ned Land llamaba y gritaba, pero en vano. Sor­das eran las paredes de acero. Yo no oía el menor ruido en el interior del barco, que parecía muerto. No se movía, pues de hacerlo hubiera sentido los estremecimientos del casco bajo la impulsión de la hélice. Sumergido sin duda en los abismos de las aguas, no pertenecía ya a la tierra. El silencio era es­pantoso. No me atrevía a estimar la duración de nuestro abandono, de nuestro aislamiento en el fondo de aquella cel­da. Las esperanzas que me había hecho concebir nuestra en­trevista con el comandante iban disipándose poco a poco. La dulzura de la mirada de aquel hombre, la expresión gene­rosa de su fisonomía, la nobleza de su porte, iban desapare­ciendo de mi memoria. Volvía a ver al enigmático personaje, sí, pero tal como debía ser, necesariamente implacable y cruel. Me lo imaginaba fuera de la humanidad, inaccesible a todo sentimiento de piedad, un implacable enemigo de sus semejantes, a los que debía profesar un odio imperecedero.

Pero ¿iba ese hombre a dejarnos morir de inanición, ence­rrados en esa estrecha prisión, entregados a esas horribles tentaciones a las que impulsa el hambre feroz? Tan espantosa idea cobró en mi ánimo una terrible intensidad, que, con el re­fuerzo de la imaginación, me sumió en un espanto insensato.

Conseil permanecía tranquilo, en tanto que Ned Land rugía.

En aquel momento, oímos un ruido exterior, el de unos pasos resonando por las losas metálicas, al que pronto si­guió el de un corrimiento de cerrojos. Se abrió la puerta y apareció el steward.

Antes de que pudiera hacer un movimiento para impedír­selo, el canadiense se precipitó sobre el desgraciado, le derri­bó y le mantuvo asido por la garganta. El steward se asfixiaba bajo las poderosas manos de Ned Land.

Conseil estaba ya tratando de retirar de las manos del ar­ponero a su víctima medio asfixiada, y yo iba a unirme a sus esfuerzos, cuando, súbitamente, me clavaron al suelo estas palabras, pronunciadas en francés:

 Cálmese, señor Land, y usted, señor profesor, tenga la amabilidad de escucharme.

10. El hombre de las aguas
Era el comandante de a bordo quien así había hablado.

Al oír tales palabras, Ned Land se incorporó súbitamente. El steward, casi estrangulado, salió, tambaleándose, a una señal de su jefe; pero era tal el imperio del comandante que ni un gesto traicionó el resentimiento de que debía estar ani­mado ese hombre contra el canadiense.

Conseil, vivamente interesado pese a su habitual impasi­bilidad, y yo, estupefacto, esperábamos en silencio el desen­lace de la escena.

El comandante, apoyado en el ángulo de la mesa, cruzado de brazos, nos observaba con una profunda atención. ¿Du­daba de si debía proseguir hablando? Cabía creer que la­mentaba haber pronunciado aquellas palabras en francés.

Tras unos instantes de silencio que ninguno de nosotros osó romper, dijo con una voz tranquila y penetrante:

 Señores, hablo lo mismo el francés que el inglés, el ale­mán que el latín. Pude, pues, responderles durante nuestra primera entrevista, pero quería conocerles primero y refle­xionar después. Su cuádruple relato, absolutamente seme­jante en el fondo, me confirmó sus identidades, y supe así que el azar me había puesto en presencia del señor Pierre Aronnax, profesor de Historia Natural en el Museo de París, encargado de una misión científica en el extranjero; de su doméstico, Conseil, y de Ned Land, canadiense y arponero a bordo de la fragata Abraham Licoln, de la marina nacional de los Estados Unidos de América.

Me incliné en signo de asentimiento. No había ninguna interrogación en las palabras del comandante, y en conso­nancia no requerían respuesta. Se expresaba con una facili­dad perfecta, sin ningún acento. Sus frases eran nítidas; sus palabras, precisas; su facilidad de elocución, notable. Y, sin embargo, yo no podía «sentir» en él a un compatriota.

El hombre prosiguió hablando en estos términos:

 Sin duda ha debido parecerle, señor, que he tardado de­masiado en hacerles esta segunda visita. Lo cierto es que, una vez conocida su identidad, hube de sopesar cuidadosa­mente la actitud que debía adoptar con ustedes. Y lo he du­dado mucho. Las más enojosas circunstancias les han puesto en presencia de un hombre que ha roto sus relaciones con la humanidad. Han venido ustedes a perturbar mi existencia...

 Involuntariamente  dije.

 ¿Involuntariamente?  dijo el desconocido, elevando la voz . ¿Puede afirmarse que el Abraham Lincoln me persigue involuntariamente por todos los mares? ¿Tomaron ustedes pasaje a bordo de esa fragata involuntariamente? ¿Rebotaron involuntariamente en mi navío los obuses de sus cañones? ¿Fue involuntariamente como nos arponeó el señor Land?

Había una contenida irritación en las palabras que acaba­ba de proferir. Pero a tales recriminaciones había una res­puesta natural, que es la que yo le di.

 Señor, sin duda ignora usted las discusiones que ha sus­citado en América y en Europa. Tal vez no sepa usted que di­versos accidentes, provocados por el choque de su aparato submarino, han emocionado a la opinión pública de ambos continentes. No le cansaré con el relato de las innumerables hipótesis con las que se ha tratado de hallar explicación al inexplicable fenómeno cuyo secreto sólo usted conocía. Pero debe saber usted que al perseguirle hasta los altos ma­res del Pacífico, el Abraham Lincoln creía ir en pos de un po­deroso monstruo marino del que había que librar al océano a toda costa.

Un esbozo de sonrisa se dibujó en los labios del coman­dante, quien añadió, en tono más suave:

 Señor Aronnax, ¿osaría usted afirmar que su fragata no hubiera perseguido y cañoneado a un barco submarino igual que a un monstruo?

Su pregunta me dejó turbado, pues con toda certeza el co­mandante Farragut no hubiese dudado en hacerlo, creyendo deber suyo destruir un aparato de ese género, al mismo títu­lo que un narval gigantesco.

 Comprenderá usted, pues, señor, que tengo derecho a tratarles como enemigos.

No respondí, y con razón. ¿Para qué discutir semejante proposición, cuando la fuerza puede destruir los mejores ar­gumentos?

 Lo he dudado mucho. Nada me obligaba a concederles mi hospitalidad. Si debía separarme de ustedes, no tenía ningún interés en volver a verles. Me hubiera bastado situar­les de nuevo en la plataforma de este navío que les sirvió de refugio, sumergirme y olvidar su existencia. ¿No era ése mi derecho?

 Tal vez sea ése el derecho de un salvaje  respondí , pero no el de un hombre civilizado.

-Señor profesor  replicó vivamente el comandante , yo no soy lo que usted llama un hombre civilizado. He roto por completo con toda la sociedad, por razones que yo sólo ten­go el derecho de apreciar. No obedezco a sus reglas, y le con­juro a usted que no las invoque nunca ante mí.

Lo había dicho en un tono enérgico y cortante. Un deste­llo de cólera y desdén se había encendido en los ojos del des­conocido. Entreví en ese hombre un pasado formidable. No sólo se había puesto al margen de las leyes humanas, sino que se había hecho independiente, libre en la más rigurosa acepción de la palabra, fuera del alcance de la sociedad. ¿Quién osaría perseguirle hasta el fondo de los mares, pues­to que en su superficie era capaz de sustraerse a todas las asechanzas que contra él se tendían? ¿Qué navío podía resis­tir al choque de su monitor submarino? ¿Qué coraza, por gruesa que fuese, podía soportar los golpes de su espolón? Nadie, entre los hombres, podía pedirle cuenta de sus actos. Dios, si es que creía en Él; su conciencia, si la tenía, eran los únicosjueces de los que podía depender.

Tales eran las rápidas reflexiones que había suscitado en mí el extraño personaje, quien callaba, como absorto y re­plegado en sí mismo. Yo le miraba con un espanto lleno de interés, tal y como Edipo debió observar a la esfinge.

Tras un largo silencio, el comandante volvió a hablar.

 Así, pues, dudé mucho, pero al fin pensé que mi inte­rés podía conciliarse con esa piedad natural a la que todo ser humano tiene derecho. Permanecerán ustedes a bordo, puesto que la fatalidad les ha traído aquí. Serán ustedes li­bres, y a cambio de esa libertad, muy relativa por otra parte, yo no les impondré más que una sola condición. Su palabra de honor de someterse a ella me bastará.

 Diga usted, señor  respondí , supongo que esa condi­ción es de las que un hombre honrado puede aceptar.

 Sí, señor, y es la siguiente: es posible que algunos aconte­cimientos imprevistos me obliguen a encerrarles en sus ca­marotes por algunas horas o algunos días, según los casos. Por ser mi deseo no utilizar nunca la violencia, espero de us­tedes en esos casos, más aún que en cualquier otro, una obe­diencia pasiva. Al actuar así, cubro su responsabilidad, les eximo totalmente, pues debo hacerles imposible ver lo que no debe ser visto. ¿Aceptan ustedes esta condición?

Ocurrían allí, pues, cosas por lo menos singulares, que no debían ser vistas por gentes no situadas al margen de las leyes sociales. Entre las sorpresas que me reservaba el porve­nir no debía ser ésa una de las menores.

 Aceptamos  respondí . Pero permítame hacerle una pregunta, una sola.

 Dígame.

 ¿Ha dicho usted que seremos libres a bordo?

 Totalmente.

 Quisiera preguntarle, pues, qué es lo que entiende usted por libertad.

 Pues la libertad de ir y venir, de ver, de observar todo lo que pasa aquí  salvo en algunas circunstancias excepciona­les , la libertad, en una palabra, de que gozamos aquí mis companeros y yo.

Era evidente que no nos entendíamos.

-Perdón, señor –proseguí-, pero esa libertad no es otra que la que tiene todo prisionero de recorrer su celda, y no puede bastarnos.

 Preciso será, sin embargo, que les baste.

 ¡Cómo! ¿Deberemos renunciar para siempre a volver a ver nuestros países, nuestros amigos y nuestras familias?

 Sí, señor. Pero renunciar a recuperar ese insoportable yugo del mundo que los hombres creen ser la libertad, no es quizá tan penoso como usted puede creer.

 Jamás daré yo mi palabra  intervino Ned Land  de que no trataré de escaparme.

 Yo no le pido su palabra, señor Land  respondió fría­mente el comandante.

 Señor  dije, encolerizado a mi pesar , abusa usted de su situación. Esto se llama crueldad.

 No, señor, esto se llama clemencia. Son ustedes prisione­ros míos después de un combate. Les guardo conmigo, cuan­do podría, con una sola orden, arrojarles a los abismos del océano. Ustedes me han atacado. Han venido a sorprender un secreto que ningún hombre en el mundo debe conocer, el secreto de toda mi existencia. ¿Y creen ustedes que voy a reenviarles a ese mundo que debe ignorarme? ¡jamás! Al rete­nerles aquí no es a ustedes a quienes guardo, es a mí mismo.

Esta declaración indicaba en el comandante una decisión contra la que no podría prevalecer ningún argumento.

 Así, pues, señor -dije , nos da usted simplemente a ele­gir entre la vida y la muerte, ¿no?

 Así es, simplemente.

 Amigos míos  dije a mis compañeros , ante una cues­tión así planteada, no hay nada que decir. Pero ninguna pro­mesa nos liga al comandante de a bordo.

 Ninguna, señor -respondió el desconocido.

Luego, con una voz más suave, añadió:

 Ahora, permítame acabar lo que quiero decirle. Yo le co­nozco, señor Aronnax. Si no sus compañeros, usted, al me­nos, no tendrá tantos motivos de lamentarse del azar que le ha ligado a mi suerte. Entre los libros que sirven a mis estu­dios favoritos hallará usted el que ha publicado sobre los grandes fondos marinos. Lo he leído a menudo. Ha llevado usted su obra tan lejos como le permitía la ciencia terrestre. Pero no sabe usted todo, no lo ha visto usted todo. Déjeme decirle, señor profesor, que no lamentará usted el tiempo que pase aquí a bordo. Va a viajar usted por el país de las maravi­llas. El asombro y la estupefacción serán su estado de ánimo habitual de aquí en adelante. No se cansará fácilmente del es­pectáculo incesantemente ofrecido a sus ojos. Voy a volver a ver, en una nueva vuelta al mundo submarino (que, ¿quién sabe?, quizá sea la última), todo lo que he podido estudiar en los fondos marinos tantas veces recorridos, y usted será mi compañero de estudios. A partir de hoy entra usted en un nuevo elemento, verá usted lo que no ha visto aún hombre al­guno (pues yo y los míos ya no contamos), y nuestro planeta, gracias a mí, va a entregarle sus últimos secretos.

No puedo negar que las palabras del comandante me cau­saron una gran impresión. Habían llegado a lo más vulnera­ble de mi persona, y así pude olvidar, por un instante, que la contemplación de esas cosas sublimes no podía valer la li­bertad perdida. Pero tan grave cuestión quedaba confiada al futuro, y me limité a responder:

 Señor, aunque haya roto usted con la humanidad, quiero creer que no ha renegado de todo sentimiento humano. So­mos náufragos, caritativamente recogidos a bordo de su barco, no lo olvidaremos. En cuanto a mí, me doy cuenta de que si el interés de la ciencia pudiera absorber hasta la nece­sidad de la libertad, lo que me promete nuestro encuentro me ofrecería grandes compensaciones.

Pensaba yo que el comandante iba a tenderme la mano para sellar nuestro tratado, pero no lo hizo y lo sentí por él.

 Una última pregunta  dije en el momento en que ese ser inexplicable parecía querer retirarse.

 Dígame, señor profesor.

 ¿Con qué nombre debo llamarle?

 Señor  respondió el comandante , yo no soy para uste­des más que el capitán Nemo, y sus compañeros y usted no son para mí más que los pasajeros del Nautilus.

El capitán Nemo llamó y apareció un steward. El capitán le dio unas órdenes en esa extraña lengua que yo no podía reconocer. Luego, volviéndose hacia el canadiense y Conseil, dijo:

 Les espera el almuerzo en su camarote. Tengan la amabi­lidad de seguir a este hombre.

 No es cosa de despreciar  dijo el arponero, a la vez que salía, con Conseil, de la celda en la que permanecíamos des­de hacía más de treinta horas.

 Y ahora, señor Aronnax, nuestro almuerzo está dispues­to. Permítame que le guíe.

 A sus órdenes, capitán.

Seguí al capitán Nemo, y nada más atravesar la puerta, nos adentramos por un estrecho corredor iluminado eléc­tricamente. Tras un recorrido de una decena de metros, se abrió una segunda puerta ante mí.

Entré en un comedor, decorado y amueblado con un gus­to severo. En sus dos extremidades se elevaban altos apara­dores de roble con adornos incrustados de ébano, y sobre sus anaqueles en formas onduladas brillaban cerámicas, porcelanas y cristalerías de un precio inestimable. Una vaji­Ha lisa resplandecía en ellos bajo los rayos que emitía un te­cho luminoso cuyo resplandor mitigaban y tamizaban unas pinturas de delicada factura y ejecución.

En el centro de la sala había una mesa ricamente servida. El capitán Nemo me indicó el lugar en que debía instalarme.

 Siéntese, y coma como debe hacerlo un hombre que debe estar muriéndose de hambre.

El almuerzo se componía de un cierto número de platos, de cuyo contenido era el mar el único proveedor. Había al­gunos cuya naturaleza y procedencia me eran totalmente desconocidas. Confieso que estaban muy buenos, pero con un gusto particular al que me acostumbré fácilmente. Me parecieron todos ricos en fósforo, lo que me hizo pensar que debían tener un origen marino.

El capitán Nemo me miraba. No le pregunté nada, pero debió adivinar mis pensamientos, pues respondió a las pre­guntas que deseaba ardientemente formularle.

 La mayor parte de estos alimentos le son desconocidos. Sin embargo, puede comerlos sin temor, pues son sanos y muy nutritivos. Hace mucho tiempo ya que he renunciado a los alimentos terrestres, sin que mi salud se resienta en lo más mínimo. Los hombres de mi tripulación son muy vigo­rosos y se alimentan igual que yo.

 ¿Todos estos alimentos son productos del mar?

-Sí, señor profesor. El mar provee a todas mis necesida­des. Unas veces echo mis redes a la rastra y las retiro siempre a punto de romperse, y otras me voy de caza por este ele­mento que parece ser inaccesible al hombre, en busca de las piezas que viven en mis bosques submarinos. Mis rebaños, como los del viejo pastor de Neptuno, pacen sin temor en las inmensas praderas del océano. Tengo yo ahí una vasta pro­piedad que exploto yo mismo y que está sembrada por la mano del Creador de todas las cosas.

Miré al capitán Nemo con un cierto asombro y le dije:

 Comprendo perfectamente que sus redes suministren excelentes pescados a su mesa; me es más difícil comprender que pueda cazar en sus bosques submarinos; pero lo que no puedo comprender en absoluto es que un trozo de carne, por pequeño que sea, pueda figurar en su minuta.

 Nunca usamos aquí la carne de los animales terrestres  respondió al capitán Nemo.

 ¿Y eso?  pregunté, mostrando un plato en el que había aún algunos trozos de fdete.

 Eso que cree usted ser carne no es otra cosa que filete de tortuga de mar. He aquí igualmente unos hígados de delfín que podría usted tomar por un guisado de cerdo. Mi cocine­ro es muy hábil en la preparación de los platos y en la conser­vación de estos variados productos del océano. Pruébelos todos. He aquí una conserva de holoturias que un malayo declararía sin rival en el mundo; he aquí una crema hecha con leche de cetáceo; y azúcar elaborada a partir de los gran­des fucos del mar del Norte. Y por último, permítame ofre­cerle esta confitura de anémonas que vale tanto como la de los más sabrosos frutos.

Probé de todo, más por curiosidad que por gula, mientras el capitán Nemo me encantaba con sus inverosímiles relatos.

 Pero el mar, señor Aronnax, esta fuente prodigiosa e ina­gotable de nutrición, no sólo me alimenta sino que también me viste. Esas telas que le cubren a usted están tejidas con los bisos de ciertas conchas bivalvas, teñidas con la púrpura de los antiguos y matizadas con los colores violetas que extraigo de las aplisias del Mediterráneo. Los perfumes que hallará usted en el tocador de su camarote son el producto de la destilación de plantas marinas. Su colchón está hecho con la zostera más suave del océano. Su pluma será una barba córnea de ballena, y la tinta que use, la secretada por la jibia o el calamar. Todo me viene ahora del mar, como todo volverá a él algún día.

 Ama usted el mar, capitán.

 ¡Sí! ¡Lo amo! ¡El mar es todo! Cubre las siete décimas partes del globo terrestre. Su aliento es puro y sano. Es el in­menso desierto en el que el hombre no está nunca solo, pues siente estremecerse la vida en torno suyo. El mar es el ve­hículo de una sobrenatural y prodigiosa existencia; es movi­miento y amor; es el infinito viviente, como ha dicho uno de sus poetas. Y, en efecto, señor profesor, la naturaleza se ma­nifiesta en él con sus tres reinos: el mineral, el vegetal y el animal. Este último está en él ampliamente representado por los cuatro grupos de zoófitos, por tres clases de articulados, por cinco de moluscos, por tres de vertebrados, los mamífe­ros, los reptiles y esas innumerables legiones de peces, orden infinito de animales que cuenta con más de trece mil espe­cies de las que tan sólo una décima parte pertenece al agua dulce. El mar es el vasto receptáculo de la naturaleza. Fue por el mar por lo que comenzó el globo, y quién sabe si no terminará por él. En el mar está la suprema tranquilidad. El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie pueden to­davía ejercer sus derechos inicuos, batirse, entredevorarse, transportar a ella todos los horrores terrestres. Pero a treinta pies de profundidad, su poder cesa, su influencia se apaga, su potencia desaparece. ¡Ah! ¡Viva usted, señor, en el seno de los mares, viva en ellos! Solamente ahí está la independen­cia. ¡Ahí no reconozco dueño ni señor! ¡Ahíyo soy libre!

El capitán Nemo calló súbitamente, en medio del entu­siasmo que le desbordaba. ¿Se había dejado ir más allá de su habitual reserva? ¿Habría hablado demasiado? Muy agitado, se paseó durante algunos instantes. Luego sus nervios se cal­maron, su fisonomía recuperó su acostumbrada frialdad, y volviéndose hacia mí, dijo:

 Y ahora, señor profesor, si desea visitar el Nautilus estoy a su disposición.
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