Primera parte






descargar 1.46 Mb.
títuloPrimera parte
página4/35
fecha de publicación04.06.2016
tamaño1.46 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Biología > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   35

7. Una ballena de especie desconocida
La sorpresa causada por tan inesperada caída no me privó de la muy clara impresión de mis sensaciones.

La caída me sumergió a una profundidad de unos veinte pies. Sin pretender igualarme a Byron y a Edgar Poe, que son maestros de natación, creo poder decir que soy buen nada­dor. Por ello la zambullida no me hizo perder la cabeza, y dos vigorosos taconazos me devolvieron a la superficie del mar. Mi primer cuidado fue buscar con los ojos la fragata. ¿Se habría dado cuenta la tripulación de mi desaparición? ¿Habría virado de bordo el Abraham Lincoln? ¿Habría bota­do el comandante Farragut una embarcación en mi búsque­da? ¿Podía esperar mi salvación?

Profundas eran las tinieblas. Entreví una masa negra que desaparecía hacia el Este y cuyas luces de posición iban desapareciendo en la lejanía. Era la fragata. Me sentí perdido.

 ¡Socorro! ¡Socorro!  grité, mientras nadaba desespera­damente hacia el Abraham Lincoln, embarazado por mis ro­pas que, pegadas a mi cuerpo por el agua, paralizaban mis movimientos. Me iba abajo... Me ahogaba.

 ¡Socorro!

Fue el último grito que exhalé. Mi boca se llenó de agua. Me debatía, succionado por el abismo.

De pronto me sentí asido por una mano vigorosa que me devolvió violentamente a la superficie, y oí, sí, oí estas pala­bras pronunciadas a mi oído:

 Si el señor fuera tan amable de apoyarse en mi hombro, nadaría con más facilidad.

Mi mano se asió del brazo de mi fiel Conseil.

 ¡Tú! ¡Eres tú!

 Yo mismo  respondió , a las órdenes del señor.

 ¿Te precipitó el choque al mar al mismo tiempo que a mí?

 No. Pero como estoy al servicio del señor, seguí al señor.

El buen muchacho encontraba eso natural.

 ¿Y la fragata?

 ¡La fragata!  respondió Conseil, volviéndose de espal­das . Creo que el señor hará bien en no contar con ella.

 ¿Cómo dices?

 Digo que en el momento en que me arrojé al mar, oí que los timoneles gritaban: «¡Se han roto la hélice y el timón!».

 ¿Rotos?

 Sí; destrozados por el diente del monstruo. Es la única avería, creo yo, que ha sufrido el Abraham Lincoln. Pero des­graciadamente para nosotros es una avería que le impide go­bernarse.

 Entonces estamos perdidos.

 Posiblemente  respondió Conseil, con la mayor tran­quilidad . Pero aún tenemos unas cuantas horas por delan­te, y en unas horas pueden pasar muchas cosas.

La imperturbable sangre fría de Conseil me dio ánimos. Nadé con más vigor, pero, incomodado por mis ropas que me oprimían como los cellos de un barril, tenía grandes difi­cultades para sostenerme a flote. Conseil se dio cuenta.

 Permítame el señor hacerle una incisión.

Y con una navaja desgarró mis ropas de arriba abajo en un rápido movimiento. Luego me liberó de mis ropas con gran habilidad, mientras yo nadaba por los dos. A mi vez procedí a prestar idéntico servicio a Conseil, y continuamos «navegando» uno junto al otro.

Nuestra situación era terrible. Tal vez no se hubiera dado cuenta nadie de nuestra desaparición, y aunque no hubiera pasado inadvertida, la fragata, privada de gobierno, no po­dría venir en busca nuestra. únicamente podíamos contar con sus botes.

Partiendo de esta hipótesis, Conseil razonó fríamente e hizo un plan consecuente. ¡Qué extraordinaria naturaleza la de este flemático muchacho, que se sentía allí como en su casa!

Dado que nuestra única posibilidad de salvación era la de ser recogidos por los botes del Abraham Lincoln, se decidió que debíamos organizarnos de suerte que pudiéramos espe­rarlos el mayor tiempo posible. Yo resolví entonces que divi­diéramos nuestras fuerzas a fin de no agotarlas simultánea­mente, y así convinimos que uno de nosotros se mantendría inmóvil, tendido de espaldas, con los brazos cruzados y las piernas extendidas, mientras el otro nadaría impulsándolo hacia adelante. Esta tarea de remolcador no debía prolon­garse más de diez minutos, y relevándonos así podríamos nadar durante varias horas y mantenernos incluso hasta el alba.

Débil posibilidad, pero ¡la esperanza está tan fuertemente enraizada en el corazón del hombre! Además, éramos dos. Y, por último, puedo afirmar, por improbable que esto parez­ca, que aunque tratara de destruir en mí toda ilusión, aun­que me esforzara por desesperar, no podía conseguirlo.

La colisión de la fragata y del cetáceo se había producido hacia las once de la noche. Calculé, pues, que debíamos na­dar durante unas ocho horas hasta la salida del sol. Opera­ción rigurosamente practicable con nuestro sistema de rele­vos. El mar, bastante bonancible, nos fatigaba poco. A veces trataba yo de penetrar con la mirada las espesas tinieblas que tan sólo rompía la fosforescencia provocada por nues­tros movimientos. Miraba esas ondas luminosas que se des­hacían en mis manos y cuya capa espejeante formaba como una película de tonalidades lívidas. Se hubiera dicho que es­tábamos sumergidos en un baño de mercurio.

Hacia la una de la mañana me sentía ya totalmente exte­nuado, con los miembros rígidos por el efecto de unos vio­lentos calambres. Conseil tuvo que sostenerme, y a partir de ese momento nuestra conservación pesó exclusivamente so­bre él. Pronto oí jadear al pobre muchacho. Su respiración se tornó corta y rápida, y eso me hizo comprender que no po­dría resistir ya mucho más tiempo.

 ¡Déjame! ¡Déjame!  le dije.

 ¡Abandonar al señor! ¡Nunca! Antes me ahogaré yo. Me ahogaré antes que él.

La luna apareció en aquel momento, entre los bordes de una espesa nube que el viento impelía hacia el Este. La su­perficie del mar rieló bajo sus rayos. La bienhechora luz rea­nimó nuestras fuerzas. Pude levantar la cabeza y escrutar el horizonte. Vi la fragata, a unas cinco millas de nosotros, como una masa oscura, apenas reconocible. Pero no había ni un bote a la vista.

Quise gritar.  ¡Para qué, a tal distancia! Mis labios hincha­dos no dejaron pasar ningún sonido. Conseil pudo articular algunas palabras, y gritar repetidas veces:

 ¡Socorro! ¡Socorro!

Suspendidos por un instante nuestros movimientos, es­cuchamos. Y quizá fuera uno de esos zumbidos que en el oído produce la sangre congestionada, pero me pareció que un grito había respondido al de Conseil.

 ¿Has oído?  murmuré.

-¡Sí! ¡Sí!

Y Conseil lanzó al espacio otra llamada desesperada.

Ya no había error posible. ¡Una voz humana estaba respondiendo a la nuestra! ¿Era la voz de algún infortunado abandonado en medio del océano, la de otra víctima del choque sufrido por el navío? ¿O provenía esa voz de un bote de la fragata, llamándonos en la oscuridad?

Conseil hizo un supremo esfuerzo y, apoyándose en mi hombro, mientras yo extraía fuerzas de una última convul­sión, irguió medio cuerpo fuera del agua sobre la que cayó en seguida, agotado.

 ¿Has visto algo?

 He visto...  murmuró , he visto .... pero no hablemos..., conservemos todas nuestras fuerzas ...

¿Qué podía haber visto? Entonces, no sé cómo ni por qué, me asaltó por vez primera el recuerdo del monstruo. Pero ¿y esa voz ... ? En estos tiempos los Jonás no se refugian ya en el vientre de las ballenas.

Conseil comenzó a remolcarme. De vez en cuando levan­taba la cabeza, miraba ante sí y profería un grito de reconoci­miento al que respondía la voz, cada vez más cercana. Yo ape­nas podía oírla, llegado ya al límite de mis fuerzas. Notaba cómo se me iban separando los dedos; mis manos no me obe­decían ya y me negaban un punto de apoyo; la boca, abierta convulsivamente, se llenaba de agua; el frío me invadía hasta los huesos. Levanté la cabeza por última vez y me hundí... En ese instante, choqué con un cuerpo duro, y me agarré a él. Sentí cómo me retiraban y me sacaban a la superficie. Mis pulmones se descongestionaron, y me desvanecí...

Pronto volví en mí, gracias a unas vigorosas fricciones que recorrieron mi cuerpo. Entreabrí los ojos.

 ¡Conseil!  murmuré.

 ¿Llamaba el señor?  dijo Conseil.

A la débil luz de la luna que descendía por el horizonte vi una figura que no era la de Conseil y que reconocí en seguida.

 ¡Ned!  exclamé.

 En persona, señor, el mismo, que va corriendo tras de la prima ganada  respondió el canadiense.

 ¿También le precipitó al mar el choque de la fragata?

 Sí, señor profesor, pero más afortunado que usted, pude tomar pie casi inmediatamente sobre un islote flotante.

 ¿Un islote?

 O, por decirlo con más propiedad, sobre su narval gi­gantesco.

 Explíquese, Ned.

 Sólo que pronto pude comprender por qué mi arpón no le hirió y se melló en su piel.

 ¿Porqué, Ned, porqué?

 Porque esta bestia, señor profesor, está hecha de acero.

Debo aquí hacer acopio de mis impresiones, revivificar mis recuerdos y controlar mis propias aserciones.

Las últimas palabras del canadiense habían dado un vuel­co a mi cerebro. Rápidamente me icé hasta la cima del ser o del objeto semisumergido que nos servía de refugio y la gol­peé con el pie. Era evidentemente un cuerpo duro, impene­trable, y no la sustancia blanda que forma la masa de los grandes mamíferos marinos. Pero ese cuerpo duro podía ser un caparazón óseo semejante al de los animales antediluvia­nos, que me permitiría clasificar al monstruo entre los repti­les anfibios, tales como las tortugas y los aligátores.

Pues bien, no. El lomo negruzco que me soportaba era liso, bruñido, sin imbricaciones. Respondía a los golpes con una sonoridad metálica, y, por increíble que fuera, parecía estar hecho, qué digo, estaba hecho con planchas atornilla­das.

La duda ya no era posible. El animal, el monstruo, el fenó­meno natural que había intrigado al mundo científico de todo el orbe y excitado y extraviado la imaginación de los marinos de ambos hemisferios era, había que reconocerlo, un fenómeno aún más asombroso, un fenómeno creado por la mano del hombre.

El descubrimiento de la existencia del ser más fabuloso, del ser más mitológico, no habría podido sorprender tanto y entan alto grado a mi razón como el que acababa de hacer. Que lo prodigioso provenga del Creador, parece sencillo. Pero ha­llar de repente bajo los ojos lo imposible, misteriosa y huma­namente realizado, es algo que hace naufragar a la razón.

Y no había vacilación posible. Nos hallábamos, efectiva­mente, tendidos sobre la superficie de una especie de barco submarino cuya forma, hasta donde podía juzgar por lo que de ella veía, era la de un enorme pez de acero. Ned Land te­nía ya formada su opinión al respecto, y Conseil y yo hubi­mos de compartirla con él.

 Pero, puesto que es así  dije , este aparato contiene un mecanismo de locomoción y una tripulación para manio­brarlo.

 Evidentemente  respondió el arponero , y sin embargo hace ya tres horas que habito esta isla flotante sin que su tri­pulación haya dado todavía señales de vida.

 ¿Ha permanecido inmóvil durante todo este tiempo?

 Así es, señor Aronnax. Se deja mecer por las olas, sin ningún otro movimiento.

 Sin embargo, nosotros sabemos, sin la menor duda, que está dotado de una gran velocidad. Ahora bien, para produ­cir esa velocidad hace falta una máquina y para hacer fun­cionar ésta un maquinista. De todo ello infiero que... ¡esta­mos salvados!

 ¡Hum!  exclamó Ned Land, en tono de duda.

En aquel mismo momento, y como corroboración de mi argumento, se oyó un ruido procedente de la extremidad posterior del extraño aparato, cuyo propulsor era evidente­mente una hélice, y se puso en movimiento. Apenas si tuvi­mos tiempo para aferrarnos a su parte superior que emergía de las aguas en unos ochenta centímetros. Afortunadamen­te, su velocidad no era excesiva.

-Mientras navegue horizontalmente  murmuró Ned Land  nada tengo que objetar, pero como le dé por sumer­girse, no doy dos dólares por mi pellejo.

Y aún hubiera podido dar menos. Se hacía, pues, urgente comunicar con los seres encerrados en el interior de la má­quina. Busqué en la superficie de la misma una abertura, una escotilla, un «agujero de hombre», por emplear la ex­presión técnica. Pero las líneas de tornillos, sólidamente fi­jados en las junturas de las planchas, eran continuas y uniformes.

La luna desapareció en ese momento y nos sumió en una profunda oscuridad. Necesario era esperar la llegada del día para considerar los medios de penetración en el interior del barco submarino.

Así, pues, nuestra salvación dependía únicamente del ca­pricho de los misteriosos tripulantes que dirigían el aparato. Si decidían sumergirse, estaríamos perdidos. Exceptuado este caso, no dudaba yo de la posibilidad de entrar en rela­ción con ellos. Pues, en efecto, de no producir por sí mismos el aire, ne¿esario era que ascendiesen de vez en cuando a la superficie del océano para renovar su provisión de molécu­las respirables. De ahí la necesidad de que existiera una abertura que pusiera en comunicación el interior del barco con la atmósfera.

Había que descartar ya completamente toda esperanza de ser salvados por el comandante Farragut, pues íbamos hacia el Oeste y a una velocidad que, aunque relativamente moderada, yo estimaba no inferior a unas doce millas por hora. La hélice batía el agua con una regularidad matemáti­ca, y a veces emergía lanzando una espuma fosforescente a gran altura.

Hacia las cuatro de la mañana aumentó la velocidad. Nos era muy difícil resistir a tan vertiginosa marcha, sobre todo cuando las olas nos azotaban de plano. Afortunadamente, Ned halló una argolla fijada a la superficie del aparato, a la que pudimos asirnos con seguridad.

Al fin acabó la espantosa noche, de la que mi memoria no ha podido conservar todas sus impresiones. Tan sólo un detalle quedó impreso en ella. Durante algunos momentos de calma del mar y del viento creí oír en varias ocasiones unos vagos sonidos, una especie de armonía fugaz producida por lejanos acordes. ¿Cuál era, pues, el misterio de esa navega­ción submarina cuya explicación buscaba en vano el mundo entero? ¿Qué seres vivían en ese extraño barco? ¿Qué agente mecánico le permitía desplazarse con tan prodigiosa veloci­dad?

Se hizo de día. Las brumas matinales nos envolvían, pero no tardaron en desgarrarse. Me disponía a examinar atenta­mente la superficie del aparato, que en su parte superior pre­sentaba una especie de plataforma horizontal, cuando me di cuenta de que el barco iniciaba un movimiento de inmer­sión.

 ¡Eh! ¡Por todos los diablos!  gritó Ned Land, al tiempo que golpeaba con el pie la plancha sonora . ¡Ábrannos, na­vegantes inhospitalarios!

Pero era difícil hacerse oír en medio del ensordecedor zumbido de la hélice.

Afortunadamente, cesó el movimiento de inmersión.

De repente, se produjo en el interior del barco un ruido de herrajes, que precedió a la apertura de una plancha por la que apareció un hombre que profirió un extraño grito antes de desaparecer en seguida.

Algunos instantes después, ocho hombres muy fornidos, con el rostro velado, aparecieron por la abertura y, silencio­samente, nos introdujeron en su formidable máquina.

8. «Mobilis in mobile»
Ese rapto tan brutalmente ejecutado se había realizado con la rapidez del relámpago, sin darnos tiempo ni a mis compañeros ni a mí de poder efectuar observación alguna. Ignoro lo que ellos pudieron sentir al ser introducidos en aquella prisión flotante, pero a mí me recorrió la epidermis un helado escalofrío. ¿Con quién tendríamos que habérnos­las? Sin duda con piratas de una nueva especie que explota­ban el mar a su manera.

Nada más cerrarse la estrecha escotilla me envolvió una profunda oscuridad. Mis ojos, aún llenos de la luz exterior, no pudieron distinguir cosa alguna. Sentí el contacto de mis pies descalzos con los peldaños de una escalera de hierro. Ned Land y Conseil, vigorosamente atrapados, me seguían. Al pie de la escalera se abrió una puerta que se cerró inme­diatamente tras nosotros con estrépito.

Estábamos solos. ¿Dónde? No podía decirlo, ni apenas imaginarlo. Todo estaba oscuro. Era tan absoluta la os­curidad que, tras algunos minutos, mis ojos no habían podido percibir ni una de esas mínimas e indetermi­nadas claridades que dejan filtrarse las noches más cerra­das.

Furioso ante tal forma de proceder, Ned Land daba rienda suelta a su indignación.

-¡Por mil diablos!  exclamaba . He aquí una gente que podría dar lecciones de hospitalidad a los caledonianos. No les falta más que ser antropófagos, y no me sorprendería que lo fueran. Pero declaro que no dejaré sin protestar que me coman.

 Tranqudícese, amigo Ned, cálmese  dijo plácidamente Conseil . No se sulfure antes de tiempo. Todavía no estamos en la parrilla.

 En la parrdla, no  replicó el canadiense-, pero sí en el horno, eso es seguro. Esto está bastante negro. Afortunada­mente, conservo mi cuchillo y veo lo suficiente como para servirme de él. Al primero de estos bandidos que me ponga la mano encima...

 No se irrite usted, Ned  le dije , y no nos comprometa con violencias inútiles. ¡Quién sabe si nos estarán escuchan­do! Tratemos más bien de saber dónde estamos.

Caminé a tientas y a los cinco pasos me topé con un muro de hierro, hecho con planchas atornilladas. Al volverme, choqué con una mesa de madera, cerca de la cual había unas cuantas banquetas. El piso de aquel calabozo estaba tapiza­do con una espesa estera de cáñamo que amortiguaba el rui­do de los pasos. Los muros desnudos no ofrecían indicios de puertas o ventanas. Conseil, que había dado la vuelta en sen­tido opuesto, se unió a mí y volvimos al centro de la cabina, que debía tener unos veinte pies de largo por diez de ancho. En cuanto a su altura, Ned Land no pudo medirla pese a su elevada estatura.

Había transcurrido ya casi media hora sin modificación alguna de la situación cuando nuestros ojos pasaron súbita­mente de la más extremada oscuridad a la luz más violenta. Nuestro calabozo se iluminó repentinamente, es decir, se lle­nó de una materia luminosa tan viva que no pude resistir al pronto su resplandor. En su blancura y en su intensidad reconocí la iluminación eléctrica que producía en torno del barco submarino un magnífico fenómeno de fosforescencia. Reabrí los ojos que había cerrado involuntariamente yvi que el agente luminoso emanaba de un globo deslustrado, enca­jado en el techo de la cabina.

 ¡Por fin se ve!  exclamó Ned Land, quien, cuchillo en mano, mostraba una actitud defensiva.

 Sí  respondí, arriesgando una antítesis , pero la situa­ción no es por ello menos oscura.

 Tenga paciencia el señor  dijo el impasible Conseil.

La súbita iluminación de la cabina me permitió examinar sus menores detalles. No había más mobiliario que la mesa y cinco banquetas. La puerta invisible debía estar herméti­camente cerrada. No llegaba a nosotros el menor ruido. Todo parecía muerto en el interior del barco. ¿Se movía, se mantenía en la superficie o estaba sumergido en las profun­didades del océano? No podía saberlo.

Pero la iluminación de la cabina debía tener alguna razón, y ello me hizo esperar que no tardarían en manifestarse los hombres de la tripulación. Cuando se olvida a los cautivos no se ilumina su calabozo.

No me equivocaba. Pronto se oyó un ruido de cerrojos, la puerta se abrió y aparecieron dos hombres.

Uno de ellos era de pequeña estatura y de músculos vigo­rosos, ancho de hombros y robusto de complexión, con una gruesa cabeza con cabellos negros y abundantes; tenía un frondoso bigote y una mirada viva y penetrante, y toda su persona mostraba ese sello de vivacidad meridional que ca­racteriza en Francia a los provenzales. Diderot pretendía, con razón, que los gestos humanos son metafóricos, y aquel hombre constituía ciertamente la viva demostración de tal aserto. Al verlo se intuía que en su lenguaje habitual debía prodigar las prosopopeyas, las metonimias y las hipálages, pero nunca pude comprobarlo, pues siempre empleó ante mí un singular idioma, absolutamente incomprensible.

El otro desconocido merece una descripción más detalla­da. Un discípulo de Gratiolet o de Engel hubiera podido leer en su fisonomía como en un libro abierto. Reconocí sin va­cilación sus cualidades dominantes: la confianza en sí mis­mo, manifestada en la noble elevación de su cabeza sobre el arco formado por la línea de sus hombros y en la mirada lle­na de fría seguridad que emitían sus ojos negros; la sereni­dad, pues la palidez de su piel denunciaba la tranquilidad de su sangre; la energía, demostrada por la rápida contracción de sus músculos superciliares, y, por último, el valor, que ca­bía deducir de su poderosa respiración como signo de una gran expansión vital. Debo añadir que era un hombre orgu­lloso, que su mirada firme y tranquila parecía reflejar una gran elevación de pensamientos, y que de todo ese conjunto de rasgos y de la homogeneidad expresiva de sus gestos cor­porales y faciales cabía diagnosticar, según la observación de los fisonomistas, una indiscutible franqueza.

Me sentí «involuntariamente» tranquilizado en su pre­sencia y optimista en cuanto al resultado de la conversación.

Imposible me hubiera sido precisar si el personaje tenía treinta y cinco o cincuenta años. Era de elevada estatura; su frente era ancha; recta la nariz; la boca, netamente dibujada; la dentadura, magnífica, y sus manos eran finas y alargadas, eminentemente «psíquicas», por emplear la expresión de la quirognomonía con que se caracteriza unas manos dignas de servir a un alma elevada y apasionada. Aquel hombre constituía ciertamente el tipo más admirable que me había encontrado en toda mi vida. Detalle particular: sus ojos, un tanto excesivamente separados entre sí, podían abarcar si­multáneamente casi la cuarta parte del horizonte. Esa facul­tad  que pude verificar más tarde- se acompañaba de la de un poder visual superior incluso al de Ned Land. Cuando aquel desconocido fijaba sus ojos en un objeto, la línea de sus cejas se fruncía, sus anchos párpados se plegaban cir­cunscribiendo las pupilas y, estrechando así la extensión del campo visual, miraba. ¡Qué mirada la suya! ¡Cómo aumen­taba el tamaño de los objetos disminuidos por la distancia! ¡Cómo le penetraba a uno hasta el alma, al igual que lo hacía con las capas líquidas, tan opacas para nuestros ojos, y como leía en lo más profundo de la mar!

Los dos desconocidos, tocados con boinas de piel de nu­tria marina y calzados con botas de piel de foca, vestían unos trajes de un tejido muy particular que dejaban al cuerpo una gran libertad de movimientos.

El más alto de los dos  evidentemente el jefe a bordo  nos examinaba con una extremada atención, sin pronunciar pa­labra. Luego se volvió hacia su companero y habló con él en un lenguaje que no pude reconocer. Era un idioma sonoro, armonioso, flexible, cuyas vocales parecían sometidas a una muy variada acentuación.

El otro respondió con un movimiento de cabeza y añadió dos o tres palabras absolutamente incomprensibles para no­sotros. De nuevo los ojos del jefe se posaron en mí y su mira­da parecía interrogarme directamente.

Respondí, en buen francés, que no entendía su idioma, pero él pareció no comprenderme a su vez y pronto la situa­ción se tornó bastante embarazosa.

 Cuéntele el señor nuestra historia, de todos modos  me dijo Conseil . Es probable que estos señores puedan com­prender algunas palabras.

Comencé el relato de nuestras aventuras, cuidando de ar­ticular claramente las sflabas y sin omitir un solo detalle. De­cliné nuestros nombres y profesiones, haciéndoles una pre­sentación en regla del profesor Aronnax, de su doméstico Conseil y de Ned Land, el arponero.

El hombre de ojos dulces y serenos me escuchó tranquila­mente, cortésmente incluso, y con una notable atención. Pero nada en su rostro indicaba que hubiera comprendido mi historia. Cuando la hube terminado, no pronunció una sola palabra.

Quedaba el recurso de hablar inglés. Tal vez pudiéramos hacernos comprender en esa lengua que es prácticamente uni­versal. Yo la conocía, así como la lengua alemana, de forma su­ficiente para leerla sin dificultad, pero no para hablarla correc­tamente. Y lo que importaba era que nos comprendieran.

 ¡Vamos, señor Land!  le dije al arponero , saque de sí el mejor inglés que haya hablado nunca un anglosajón, a ver si es más afortunado que yo.

Ned no se hizo rogar y recomenzó mi relato, que pude comprender casi totalmente. Fue el mismo relato en el fon­do, pero diferente en la forma. El canadiense, llevado de su carácter, le dio una gran animación. Se quejó con acritud de haber sido aprisionado con desprecio del derecho de gentes, pidió que se le dijera en virtud de qué ley se le retenía así, in­vocó el habeas corpus, amenazó con querellarse contra los que le habían secuestrado indebidamente, se agitó, gesticu­ló, gritó, y, finalmente, dio a entender con expresivos gestos que nos moríamos de hambre.

Lo que era totalmente cierto, aunque casi lo hubiéramos olvidado.

Con gran asombro por su parte, el arponero pudo darse cuenta de que no había sido más inteligible que yo. Nuestros visitantes permanecían totalmente impasibles. Era evidente que no comprendían ni la lengua de Arago ni la de Faraday.

Tras haber agotado en vano nuestros recursos fdológicos, me hallaba yo muy turbado y sin saber qué partido tomar, cuando me dijo Conseil:

 Puedo contárselo en alemán, si el señor me lo permite.

 ¡Cómo! ¿Tú hablas alemán?

 Como un flamenco, mal que le pese al señor.

 Al contrario, eso me agrada. Adelante, muchacho.

Y Conseil, con su voz pausada, contó por tercera vez las diversas peripecias de nuestra historia. Pero, pese a los ele­gantes giros y la buena prosodia del narrador, la lengua ale­mana no conoció mayor éxito que las anteriores.

Exasperado ya, decidí por último reunir los restos de mis primeros estudios y narrar nuestras aventuras en latín. Cice­rón se habría tapado los oídos y me hubiera enviado a la co­cina, pero a trancas y barrancas seguí mi propósito. Con el mismo resultado negativo.

Abortada definitivamente esta última tentativa, los dos desconocidos cambiaron entre sí algunas palabras en su len­gua incomprensible y se retiraron sin tan siquiera habernos dirigido uno de esos gestos tranquilizadores que tienen cur­so en todos los países del mundo. La puerta se cerró tras ellos.

 ¡Esto es una infamia!  exclamó Ned Land, estallando de indignación por vigésima vez . ¡Cómo! ¡Se les habla a estos bandidos en francés, en inglés, en alemán y en latín, y no tie­nen la cortesía de responder!

 Cálmese, Ned  dije al fogoso arponero , la cólera no conduce a nada.

 Pero ¿se da usted cuenta, señor profesor  replicó nues­tro irascible compañero , de que podemos morir de hambre en esta jaula de hierro?

 ¡Bah! Con un poco de filosofía, podemos resistir aún bastante tiempo  dijo Conseil.

 Amigos míos  dije-, no hay que desesperar. Nos hemos hallado en peores situaciones. Hacedme el favor de esperar para formarnos una opinión sobre el comandante y la tripu­lación de este barco.

 Mi opinión ya está hecha  replicó Ned Land . Son unos bandidos.

 Bien, pero... ¿de qué país?

 Del país de los bandidos.

 Mi buen Ned, ese país no está aún indicado en el mapa­mundi. Confieso que la nacionalidad de estos dos descono­cidos es difícil de identificar. Ni ingleses, ni franceses, ni ale­manes, es todo lo que podemos afirmar. Sin embargo, yo diría que el comandante y su segundo han nacido en bajas latitudes. Hay algo en ellos de meridional. Pero ¿son españo­les, turcos, árabes o hindúes? Eso es algo que sus tipos físicos no me permiten decidir. En cuanto a su lengua, es absoluta­mente incomprensible.

 Éste es el inconveniente de no conocer todas las lenguas, o la desventaja de que no exista una sola -respondió Conseil.

-Lo que no serviría de nada -replicó Ned Land . ¿No ven ustedes que esta gente tiene un lenguaje para ellos, un len­guaje inventado para desesperar a la buena gente que pide de comer? Abrir la boca, mover la mandíbula, los dientes y los labios ¿no es algo que se comprende en todos los países del mundo? ¿Es que eso no quiere decir tanto en Quebec como en Pomotu, tanto en París como en los antípodas, que tengo hambre, que me den de comer?

 ¡Oh!, usted sabe, hay naturalezas tan poco inteligentes.

No había acabado Conseil de decir esto, cuando se abrió la puerta y entró un steward. Nos traía ropas, chaquetas y pantalones, hechas con un tejido cuya naturaleza no pude reconocer. Me apresuré a ponerme esas prendas y mis com­pañeros me imitaron.

Mientras tanto, el steward  mudo, sordo quizá  había dis­puesto la mesa, sobre la que había colocado tres cubiertos.

 ¡Vaya! Esto parece serio y se anuncia bien  dijo Conseil.

 ¡Bah!  respondió el rencoroso arponero , ¿qué diablos quiere usted que se coma aquí? Hígado de tortuga, fidete de tiburón o carne de perro marino...

 Ya veremos -dijo Conseil.

Los platos, cubiertos por una tapa de plata, habían sido colocados simétricamente sobre el mantel. Nos sentamos a la mesa. Decididamente, teníamos que vérnoslas con gente civilizada, y de no ser por la luz eléctrica que nos inundaba, hubiera podido creerme en el comedor del hotel Adelhi, en Liverpool, o del Gran Hotel, en París. Sin embargo, debo de­cir que faltaban por completo al pan y el vino. El agua era fresca y límpida, pero era agua, lo que no fue del gusto de Ned Land. Entre los platos que nos sirvieron reconocí diver­sos pescados delicadamente cocinados, pero hubo otros so­bre los que no pude pronunciarme, aunque eran excelentes, hasta el punto de que hubiera sido incapaz de afirmar si su contenido pertenecía al reino vegetal o al animal. En cuanto al servicio de mesa, era elegante y de un gusto perfecto. Cada utensilio, cuchara, tenedor, cuchillo y plato, llevaba una le­tra rodeada de una divisa, cuyo facsímil exacto helo aquí:
MOBILIS N IN MOBILE
¡Móvil en el elemento móvil! Esta divisa se aplicaba con exactitud a este aparato submarino, a condición de traducir la preposición in por en y no por sobre. La letra N era sin duda la inicial del nombre del enigmático personaje al man­do del submarino.

Ned y Conseil no hacían tantas reflexiones, devoraban, y yo no tardé en imitarles. Estaba ya tranquilizado sobre nues­tra suerte, y me parecía evidente que nuestros huéspedes no querían dejarnos morir de inanición.

Todo tiene un fin en este bajo mundo, hasta el hambre de quienes han permanecido sin comer durante quince horas. Satisfecho nuestro apetito, se dejó sentir imperiosamente la necesidad de dormir. Reacción muy natural tras la intermi­nable noche que habíamos pasado luchando contra la muerte.

 Me parece que no me vendría mal un sueñecito  dijo Conseil.

 Yo ya estoy durmiendo  respondió Ned.

Mis compañeros se tumbaron en el suelo y no tardaron en sumirse en un profundo sueño. Por mi parte, cedí con me­nos facilidad a la imperiosa necesidad de dormir. Demasia­dos pensamientos se acumulaban en mi Cerebro, acosado por numerosas cuestiones insolubles, y un tropel de imáge­nes mantenía mis párpados entreabiertos. ¿Dónde estába­mos? ¿Qué extraño poder nos gobernaba? Sentía, o más bien creía sentir, que el aparato se hundía en las capas más pro­fundas del mar, y me asaltaban violentas pesadillas. Entre­veía en esos misteriosos asilos todo un mundo de descono­cidos animales, de los que el barco submarino era un congé­nere, como ellos vivo, moviente y formidable... Mi cerebro se fue calmando, mi imaginación se fundió en una vaga somnolencia, y pronto caí en un triste sueño.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   35

similar:

Primera parte iconPrimera parte

Primera parte iconPrimera parte

Primera parte iconPrimera parte

Primera parte iconPrograma: Primera parte

Primera parte iconPrimera parte introducción

Primera parte iconPrograma primera parte

Primera parte iconLa era de trujillo primera parte

Primera parte iconParte primera: los principios 6

Primera parte iconPrimera parte normas fundamentales

Primera parte iconLa era de trujillo primera parte






© 2015
contactos
ley.exam-10.com