Primera parte






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21. Una hecatombe
Esa manera de hablar, lo imprevisto de la escena, la histo­ria del barco patriota y la emoción con que el extraño perso­naje había pronunciado la últimas palabras, ese nombre de Vengeur, cuya significación no podía escaparme, me impre­sionaron profundamente. No podía dejar de mirar al capi­tán que, con las manos extendidas hacia el mar, contempla­ba, fascinado, los gloriosos restos. Quizá no debiera yo saber jamás quién era, de dónde venía, adónde iba, pero cada vez veía con más claridad al hombre liberarse del sabio. No era una misantropía común la que había encerrado en el Nauti­lus al capitán Nemo y a sus hombres, sino un odio mons­truoso o sublime que el tiempo no podía debilitar.

¿Buscaba ese odio la venganza? El futuro debía darme pronto la respuesta.

El Nautilus ascendía ya lentamente hacia la superficie, y poco a poco vi desaparecer las formas confusas del Vengeur. Pronto, un ligero balanceo me indicó que flotábamos en la superficie.

En aquel momento, se oyó una sorda detonación. Miré al capitán. Éste no se había movido.

 ¡Capitán!

No respondió.

Le dejé y subí a la plataforma. Conseil y Ned Land me ha bían precedido.

 ¿De dónde viene esa detonación?  pregunté.

 Un cañonazo  respondió Ned Land.

Miré en la dirección del navío que había visto. Se acercaba al Nautilus y se veía que forzaba el vapor. Seis millas le sepa­raban de nosotros.

 ¿Qué barco es ése, Ned?

 Por su aparejo y por la altura de sus masteleros -respon­dió el canadiense  apostaría a que es un barco de guerra. ¡Ojalá pueda llegar hasta nosotros y echar a pique a este con­denado Nautilus!

 ¿Y qué daño podría hacerle al Nautilus, Ned?  dijo Con­seil . ¿Puede atacarle bajo el agua, cañonearle en el fondo del mar?

 Dígame, Ned, ¿puede usted reconocer la nacionalidad de ese barco?

El canadiense frunció las cejas, plegó los párpados, guiñó los ojos y miró fijamente durante algunos instantes al barco con toda la potencia de su mirada.

-No, señor. No puedo reconocer la nación a la que perte­nece. No lleva izado el pabellón. Pero sí puedo afirmar que es un barco de guerra, porque en lo alto de su palo mayor ondea un gallardete.

Durante un cuarto de hora continuamos observando al barco que se dirigía hacia nosotros. Yo no podía admitir, sin embargo, que hubieran podido reconocer al Nautilus a esa distancia y aún menos que supiesen lo que era este ingenio submarino.

No tardó el canadiense en precisar que se trataba de un buque de guerra acorazado de dos puentes. Sus dos chime­neas escupían una espesa humareda negra. Sus velas plega­das se confundían con las líneas de las vergas, y a popa no llevaba izado el pabellón. La distancia impedía aún distinguir los colores de su gallardete que flotaba como una delga­da cinta. Avanzaba rápidamente. Si el capitán Nemo le deja­ba acercarse se abriría ante nosotros una posibilidad de sal­vación.

 Señor  dijo Ned Land , como pase a una milla de noso­tros me tiro al mar, y les exhorto a hacer como yo.

No respondí a la proposición del canadiense, y continué observando al barco, que aumentaba de tamaño a medida que se acercaba. Ya fuese inglés, francés, americano o ruso, era seguro que nos acogerían si podíamos acercarnos a él.

 El señor haría bien en recordar  dijo entonces Conseil­- que ya tenemos alguna experiencia de la natación. Puede confiar en que yo le remolcaré si decide seguir al amigo Ned.

Iba a responderle, cuando un vapor blanco surgió a proa del navío de guerra. Algunos segundos después, el agua, perturbada por la caída de un cuerpo pesado, salpicó la popa del Nautilus. Inmediatamente se escuchó una detona­ción.

 ¡Vaya! ¡Nos cañonean!  exclamé.

 ¡Buena gente!  murmuró el canadiense.

 No nos toman, pues, por náufragos aferrados a una tabla.

 Mal que le pese al señor.. Bueno -dijo Conseil, sacu­diéndose el agua que un nuevo obús había hecho saltar so­bre él , decía que han debido reconocer al narval y lo están canoneando.

 Pero deberían ver  repuse  que están tirando contra hombres.

 Tal vez sea por eso  respondió Ned Land, mirándome.

Sus palabras me hicieron comprender. Sin duda, se sabía a qué atenerse ya sobre la existencia del supuesto monstruo. Sin duda, en su colisión con el Abraham Lincoln cuando el canadiense le golpeó con su arpón, el comandante Farragut había reconocido en el narval a un barco submarino, más peligroso que un sobrenatural cetáceo. Sí, eso debía ser, y era seguro que en todos los mares se perseguía a ese terrible in genio de destrucción. Terrible, en efecto, si, como podía su ponerse, el capitán Nemo empleara al Nautilus en una obra de venganza. ¿No habría atacado a algún navío aquella noche, en medio del océano Índico, cuando nos encerró en la celda? ¿Aquel hombre enterrado en el cementerio de cora no habría sido víctima del choque provocado por el Nauti­lus? Sí, lo repito, así debía ser. Eso desvelaba una parte de la misteriosa existencia del capitán Nemo. Y aunque su identi­dad no fuera conocida, las naciones, coaligadas contra él perseguían no ya a un ser quimérico, sino a un hombre que las odiaba implacablemente. En un momento, entreví ese pasado formidable, y me di cuenta de que en vez de encon­trar amigos en ese navío que se acercaba no podríamos sino hallar enemigos sin piedad.

Los obuses se multiplicaban en torno nuestro. Algunos, tras golpear la superficie líquida, se alejaban por rebotes a distancias considerables. Pero ninguno alcanzó al Nautilus.

El buque acorazado no estaba ya más que a tres millas. Pese al violento cañoneo, el capitán Nemo no había apareci­do en la plataforma. Y, sin embargo, cualquiera de esos obu­ses cónicos que hubiera golpeado al casco del Nautilus le hu­biera sido fatal.

 Señor -me dijo entonces el canadiense , debemos inten­tarlo todo para salir de este mal paso. Hagámosles señales. ¡Mil diantres! Tal vez entiendan que somos gente honrada.

Y diciendo esto, Ned Land sacó su pañuelo para agitarlo en el aire. Pero apenas lo había desplegado cuando caía so­bre el puente, derribado por un brazo de hierro, pese a su fuerza prodigiosa.

 ¡Miserable!  rugió el capitán . ¿Es que quieres que te en­sarte en el espolón del Nautilus antes de que lo lance contra ese buque?

Si terrible fue oír al capitán Nemo lo que había dicho, más terrible aún era verlo. Su rostro palideció a consecuencia de los espasmos de su corazón, que había debido cesar de latir un instante. Sus ojos se habían contraído espantosamente. Su voz era un rugido. Inclinado hacia adelante, sus manos retorcían los hombros del canadiense. Luego le abandonó, y volviéndose hacia el buque de guerra cuyos obuses llovían en torno suyo, le increpó así:

 ¡Ah! ¿Sabes quién soy yo, barco de una nación maldita? Yo no necesito ver tus colores para reconocerte. ¡Mira! ¡Voy a mostrarte los míos!

Y el capitán Nemo desplegó sobre la parte anterior de la plataforma un pabellón negro, igual al que había plantado en el Polo Sur.

En aquel momento, un obús rozó oblicuamente el casco del Nautilus sin dañarlo, y pasó de rebote cerca del capitán antes de perderse en el mar. El capitán Nemo se alzó de hom­bros. Luego se dirigió a mí:

 ¡Descienda!  me dijo en un tono imperativo . ¡Baje con sus compañeros!

 Señor, ¿va usted a atacar a ese buque?

 Señor, voy a echarlo a pique.

 ¡No hará usted eso!

 Lo haré  respondió fríamente el capitán Nemo . Abs­téngase de juzgarme, señor. La fatalidad va a mostrarle lo que no debería haber visto. Me han atacado y la respuesta será terrible. ¡Baje usted!

 ¿Qué barco es ése?

 ¿No lo sabe? Pues bien, tanto mejor. Su nacionalidad, al menos, será un secreto para usted. ¡Baje!

El canadiense, Conseil y yo no podíamos hacer otra cosa que obedecer. Una quincena de marineros del Nautilus ro­deaban al capitán y miraban con un implacable sentimiento de odio al navío que avanzaba hacia ellos. Se sentía que el mis­mo espíritu de venganza animaba a todos aquellos hombres.

Descendí en el momento mismo en que un nuevo proyec­til rozaba otra vez el casco del Nautilus, y oí gritar al capitán:

 ¡Tira, barco insensato! Prodiga tus inútiles obuses. No escaparás al espolón del Nautílus. Pero no es aquí donde de­bes perecer, no quiero que tus ruinas vayan a confundirse con las del Vengeur.

Volví a mi camarote. El capitán y su segundo se habían quedado en la plataforma. La hélice se puso en movimiento y el Nautilus se alejó velozmente, poniéndose fuera del al­cance de los obuses del navío. Pero la persecución prosiguió y el capitán Nemo se limitó a mantener la distancia.

Hacia las cuatro de la tarde, incapaz de contener la impa­ciencia y la inquietud que me devoraban, volví a la escalera central. La escotilla estaba abierta y me arriesgué sobre la plataforma. El capitán se paseaba por ella agitadamente y miraba al buque, situado a unas cinco o seis millas a sota­vento. El capitán Nemo se dejaba perseguir atrayendo al bu­que hacia el Este. No le atacaba, sin embargo. ¿Dudaba tal vez?

Quise intervenir por última vez. Pero apenas interpelé al capitán Nemo, me impuso el silencio.

-Yo soy el derecho, yo soy la justicia  me dijo . Yo soy el oprimido y ése es el opresor. Es por él por lo que ha perecido todo lo que he amado y venerado: patria, esposa, hijos, pa­dre y madre. Todo lo que yo odio está ahí. ¡Cállese!

Dirigí una última mirada al buque de guerra que forzaba sus calderas. Luego me reuní con Ned y Conseil.

 ¡Huiremos! -les dije.

 Bien  repuso Ned . ¿Qué barco es ése?

 Lo ignoro. Pero sea quien sea, será hundido antes de que llegue la noche. En todo caso, más vale perecer con él que hacerse cómplices de represalias cuya equidad no puede medirse.

 Ésa es mi opinión  dijo fríamente Ned Land . Espere­mos a la noche.

Y llegó la noche. Un profundo silencio reinaba a bordo. La brújula indicaba que el Nautilus no había modificado su dirección. Oía el zumbido de su hélice, que batía el agua con una rápida regularidad. Se mantenía en la superficie, y un ligero balanceo le sacudía de babor a estribor y vice­versa.

Mis compañeros y yo habíamos resuelto fugarnos en el momento en que el buque estuviera bastante cerca y sus tri­pulantes pudieran oírnos o vernos a la luz de la luna, a la que faltaban tres días para alcanzar su plenilunio. Una vez a bor­do de ese barco, si no pudiéramos evitar el golpe que le ame­nazaba, haríamos, al menos, todo lo que las circunstancias nos permitieran intentar.

Varias veces creí que el Nautilus se disponía para el ata­que. Pero seguía limitándose a dejar acercarse al adversario para luego reemprender la huida.

Transcurrió una buena parte de la noche sin incidente al­guno. Acechábamos la ocasión de pasar a la acción y hablá­bamos poco, dominados por la emoción. Ned Land quería precipitarse al mar. Yo le forcé a esperar. Pensaba yo que el Nautilus debía atacar al dos puentes en la superficie y enton­ces sería no sólo posible sino fácil evadirse.

A las tres de la mañana, inquieto, subí a la plataforma. El capitán Nemo no la había abandonado. Estaba en pie, a proa, cerca de su pabellón, al que la ligera brisa desplegaba por encima de su cabeza. No perdía de vista al navío. Su mi­rada, de una extraordinaria intensidad, parecía atraerlo, fas­cinarlo, tirar de él más seguramente que si lo hubiera remol­cado. La luna pasaba por el meridiano. júpiter se elevaba hacia el Este. El cielo y el océano rivalizaban en tranquilidad, y la mar ofrecía al astro nocturno el más bello espejo que nunca hubiese reflejado su imagen.

Al pensar en esa calma de los elementos y compararla con la cólera que incubaba el Nautilus sentí estremecerse todo mi ser.

El buque se mantenía a dos millas de nosotros. Se había acercado, marchando hacia ese brillo fosforescente que señalaba la presencia del Nautilus. Vi sus luces de posición, verde y roja, y su fanal blanco suspendido del estay de mesa­na. Una vaga reverberación iluminaba su aparejo e indicaba que sus calderas habían sido llevadas al máximo de presión. Haces de chispas y escorias de carbones encendidas se esca­paban de sus chimeneas e iluminaban la noche.

Permanecí así hasta las seis de la mañana, sin que el capi­tán Nemo pareciera darse cuenta de mi presencia. El buque se había acercado a milla y media y con las primeras luces del alba recomenzó su cañoneo. No podía faltar ya mucho tiempo para que el Nautilus se decidiera a atacar y nosotros a dejar para siempre a aquel hombre al que yo no osaba juzgar.

Me disponía ya a bajar, a fin de prevenir a mis compane­ros, cuando el segundo subió a la plataforma, acompañado de varios marinos. El capitán Nemo no les vio o no quiso verlos. Se tomaron las disposiciones que podrían llamarse de «zafarrancho de combate». Eran muy sencillas; consis­tían únicamente en bajar la barandilla de la plataforma, el receptáculo del fanal y la cabina del timonel para que la su­perficie del largo cigarro de acero no ofreciera un solo sa­liente que pudiese dificultar sus movimientos.

Regresé al salón. El Nautilus continuaba navegando en su­perficie. Las primeras luces del día se infiltraban en el agua. De vez en cuando, con las ondulaciones de las olas se anima­ban los cristales del salón con los tonos encendidos del sol levante. Amanecía aquel terrible 2 de junio.

A las cinco, la corredera me indicó que el Nautilus reducía su velocidad. Quería eso decir que dejaba acercarse al buque de guerra, cuyos cañonazos se oían cada vez con más inten­sidad. Los obuses surcaban el agua circundante y se hun­dían en ella con un silbido singular.

-Amigos míos  dije , ha llegado el momento. Un apretón de manos y que Dios nos guarde.

Ned Land estaba decidido, Conseil, tranquilo, yo, nervio­so, sin poder contenerme apenas. Pasamos a la biblioteca.

Pero en el momento en que yo empujaba la puerta que co­municaba con la escalera central, oí el ruido de la escotilla al cerrarse bruscamente. El canadiense se lanzó hacia los pel­daños, pero conseguí retenerle. Un silbido bien conocido in­dicaba que el agua penetraba en los depósitos. En efecto, en unos instantes el Nautilus se sumergió a algunos metros de la superficie.

Era ya demasiado tarde para actuar.

Comprendí la maniobra. El Nautilus no iba a golpear al buque en su impenetrable coraza, sino por debajo de su lí­nea de flotación, donde el casco no está blindado.

De nuevo estábamos aprisionados, como obligados testi­gos del siniestro drama que se fraguaba. Apenas tuvimos tiempo para reflexionar. Refugiados en mi camarote, nos mirábamos sin pronunciar una sola palabra. Me sentía do­minado por un profundo estupor, incapaz de pensar. Me ha­llaba en ese penoso estado que precede a la espera de una es­pantosa detonación. Esperaba, escuchaba, con todo mi ser concentrado en el oído.

La velocidad del Nautilus aumentó sensiblemente hasta hacer vibrar toda su armazón. Era el indicio de que estaba tomando impulso.

El choque me arrancó un grito. Fue un choque relativa­mente débil, pero que me hizo sentir la fuerza penetrante del espolón de acero, al oír los estridentes chasquidos. Lanzado por su potencia de propulsión, el Nautilus atravesaba la masa del buque como la aguja pasa a través de la tela.

No pude soportarlo. Enloquecido, fuera de mí, salí de mi camarote y me precipité al salón. Allí estaba el capitán Nemo. Mudo, sombrío, implacable, miraba por el tragaluz de babor.

Una masa enorme zozobraba bajo el agua. Para no per­derse el espectáculo de su agonía, el Nautilus descendía con ella al abismo. A unos diez metros de mí vi el casco entre­abierto por el que se introducía el agua fragorosamente, y la doble línea de los cañones y los empalletados. El puente es­taba lleno de sombras oscuras que se agitaban. El agua subía y los desgraciados se lanzaban a los obenques, se agarraban a los mástiles, se retorcían en el agua. Era un hormiguero humano sorprendido por la invasión de la mar.

Paralizado, atenazado por la angustia, los cabellos eriza­dos, los ojos desmesuradamente abiertos, la respiración contenida, sin aliento y sin voz, yo miraba también aquello, pegado al cristal por una irresistible atracción.

El enorme buque se hundía lentamente, mientras el Nau­tilus le seguía espiando su caída. De repente se produjo una explosión. El aire comprimido hizo volar los puentes del barco como si el fuego se hubiera declarado en las bodegas. El empuje del agua fue tal que desvió al Nautilus. Entonces el desafortunado navío se hundió con mayor rapidez, y apare­cieron ante nuestros ojos sus cofas, cargadas de víctimas, luego sus barras también con racimos de hombres y, por úl­timo, la punta del palo mayor. Luego, la oscura masa desapa­reció, y con ella su tripulación de cadáveres en medio de un formidable remolino.

Me volví hacia el capitán Nemo. Aquel terrible justiciero, verdadero arcángel del odio, continuaba mirando. Cuando todo hubo terminado, el capitán Nemo se dirigió a la puerta de su camarote, la abrió y entró, seguido por mi mirada. En la pared del fondo, debajo de los retratos de sus héroes, vi el de una mujer joven y los de dos niños pequeños. El capitán Nemo los miró durante algunos instantes, les tendió los bra­zos, y, arrodillándose, prorrumpió en sollozos.

22. Las últimas palabras del capitán Nemo
Los paneles que cubrían los cristales se habían cerrado so­bre esa visión espantosa, pero sin que por ello se hubiera ilu­minado el salón. En el interior del Nautilus todo era tinieblas y silencio, mientras abandonaba con una rapidez prodigio­sa, a cien pies bajo la superficie, aquel lugar de desolación. ¿Adónde iba? ¿Al Norte o al Sur? ¿Adónde huía ese hombre tras su horrible represalia?

Regresé a mi camarote, donde Ned y Conseil permane­cían todavía en silencio. Sentía un horror invencible hacia el capitán Nemo. Por mucho que le hubieran hecho sufrir los hombres no tenía el derecho de castigar así. Me había hecho si no cómplice, sí, al menos, testigo de su venganza. Eso era ya demasiado.

La luz eléctrica reapareció a las once y volví al salón, que estaba vacío. La consulta de los diversos instrumentos me informó de que el Nautilus huía al Norte a una velocidad de veinticinco millas por hora, alternativamente en superficie o a treinta pies de profundidad. Consultada la carta, vi que pa­sábamos por el canal de la Mancha y que nuestro rumbo nos llevaba hacia los mares boreales con una extraordinaria ve­locidad.

Apenas pude ver al paso unos escualos de larga nariz, los escualos martillo; las lijas, que frecuentan esas aguas; las grandes águilas de mar; nubes de hipocampos, que se pare­cen a los caballos del juego de ajedrez; anguilas agitándose como las culebrillas de un fuego de artificio; ejércitos de cangrejos, que huían oblicuamente cruzando sus pinzas so­bre sus caparazones, y manadas de marsopas que compe­tían en rapidez con el Nautilus. Pero no estaban las cosas como para ponerse a observar, estudiar y clasificar.

Por la tarde, habíamos recorrido ya doscientas leguas del Atlántico. Llegó la noche y las tinieblas se apoderaron del mar hasta la salida de la luna. Me acosté, pero no pude dor­mir, asaltado por las pesadillas que hacía nacer en mí la ho­rrible escena de destrucción.

Desde aquel día, ¿quién podría decir hasta dónde nos llevó el Nautilus por las aguas del Atlántico septentrional? Siem­pre a una velocidad extraordinaria y siempre entre las bru­mas hiperbóreas. ¿Costeó las puntas de las Spitzberg y los cantiles de la Nueva Zembla? ¿Recorrió esos mares ignora­dos, el mar Blanco, el de Kara, el golfo del Obi, el archipiéla­go de Liarrow y las orillas desconocidas de la costa asiática? No sabría yo afirmarlo como tampoco calcular el tiempo transcurrido. El tiempo se había parado en los relojes de a bordo. Como en las comarcas polares, parecía que el día y la noche no seguían ya su curso regular. Me sentía llevado a ese dominio de lo fantasmagórico en el que con tanta facilidad se movía la imaginación sobreexcitada de Edgar Poe. A cada instante, esperaba verme, como el fabuloso Gordon Pym, ante «esa figura humana velada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra, situa­da tras esa catarata que defiende las inmediaciones del Polo».

Estimo  aunque tal vez me equivoque  que la aventurera carrera del Nautilus se prolongó durante quince o veinte días, y no sé lo que hubiera durado de no haberse producido la catástrofe con la que terminó este viaje. Del capitán Nemo no se tenía ni noticia. De su segundo, tampoco. Ni un hom­bre de la tripulación se hizo visible un solo instante. El Nau­tilus navegaba casi continuamente en inmersión, y cuando subía a la superficie a renovar el aire, las escotillas se abrían y cerraban automáticamente. Como no se fijaba ya la posición en el planisferio, no sabía dónde estábamos.

Diré también que el canadiense, al cabo de sus fuerzas y de su paciencia, tampoco aparecía. Conseil no podía sa­car de él una sola palabra, y temía que se suicidase, en un ac­ceso de delirio bajo el imperio de su tremenda nostalgia. Le vigilaba a cada instante con una abnegación sin límites.

En tales condiciones, la situación era ya insostenible.

Una mañana  imposible me sería precisar la fecha , al despertarme de un amodorramiento penoso y enfermizo, vi a Ned Land inclinado sobre mí y decirme en voz baja:

 Vamos a evadirnos.

Me incorporé.

 ¿Cuándo?

 Esta misma noche. Toda vigilancia parece haber desapa­recido del Nautilus. Se diría que el estupor reina a bordo. ¿Estará usted dispuesto, señor?

 Sí. ¿Dónde estamos?

 A la vista de tierras que he advertido esta mañana entre la bruma, a unas veinte millas al Este.

 ¿Qué tierras son ésas?

 Lo ignoro, pero sean las que fueren nos refugiaremos en ellas.

-Sí, Ned. Nos fugaremos esta noche, aunque nos trague el mar.

 La mar está movida, el viento es fuerte, pero no me asus­ta atravesar esas veinte millas en el bote del Nautilus. He po­dido dejar en él algunos víveres y varias botellas de agua, sin que se dé cuenta la tripulación.

-Le seguiré.

 Si me sorprenden, me defenderé y me haré matar.

 Moriremos juntos, amigo Ned.

Yo estaba decidido a todo. El canadiense me abandonó. Subí a la plataforma, sobre la que apenas podía mantenerme bajo el embate de las olas. El cielo estaba amenazador, pero puesto que la tierra estaba allí tras las espesas brumas, había que huir, sin pérdida de tiempo.

Volví al salón. Temía y deseaba a la vez encontrar al capi­tán Nemo. Quería y no quería verlo. ¿Qué podría decirle? ¿Podía yo ocultarle el involuntario horror que me inspiraba? No. Más valía no hallarse cara a cara con él. Más valía olvi­darle. Y sin embargo...

¡Cuán larga fue aquella jornada, la última que debía pasar a bordo del Nautilus! Permanecí solo. Ned Land y Conseil evitaban hablarme por temor a traicionarse.

Cené a las seis, sin apetito, pero me forcé a comer, ven­ciendo la repugnancia, para no encontrarme débil. A las seis y media entró Ned Land en mi camarote, y me dijo:

 No nos veremos ya hasta el momento de partir. A las diez, todavía no habrá salido la luna. Aprovecharemos la os­curidad. Venga usted al bote, donde le esperaremos Conseil y yo.

El canadiense salió sin darme tiempo a responderle.

Quise verificar el rumbo del Nautílus y me dirigí al salón. Llevábamos rumbo Norte Nordeste, a una tremenda veloci­dad y a cincuenta metros de profundidad.

Lancé una última mirada a todas las maravillas de la na­turaleza y del arte acumuladas en aquel museo, a la colec­ción sin rival destinada a perecer un día en el fondo del mar con quien la había formado. Quise fijarla en mi memoria, en una impresión suprema. Permanecí así una hora, pasando revista, bajo los efluvios del techo luminoso, a los tesoros resplandecientes en sus vitrinas. Luego volví a mi camarote, y me revestí con el traje marino. Reuní mis notas y guardé cuidadosamente los preciosos papeles. Me latía con fuerza el corazón, sin que me fuera posible contener sus pulsaciones. Ciertamente, mi agitación, mi perturbación me hubieran traicionado a los ojos del capitán Nemo. ¿Qué estaría ha­ciendo él en ese momento? Escuché a la puerta de su cama­rote y oí sus pasos. Estaba allí. No se había acostado. A cada movimiento, me parecía que iba a surgir ante mí y pregun­tarme por qué quería huir. Sentía un temor incesante refor­zado por mi imaginación a cada momento. Esta impresión se hizo tan compulsiva que llegué a preguntarme si no sería mejor entrar en el camarote del capitán, verlo cara a cara y desafiarle con el gesto y la mirada.

Era una idea de loco que, afortunadamente, pude conte­ner. Me tendí sobre el lecho para tratar de contener la agita­ción que me recorría el cuerpo. Mis nervios se calmaron un poco, pero mi cerebro seguía superexcitado. Mentalmente pasé revista a toda mi existencia a bordo del Nautilus, a to­dos los incidentes, felices o ingratos, que la habían atravesa­do desde mi desaparición del Abraham Lincoln... La caza submarina, el estrecho de Torres, los salvajes de la Papuasia, el encallamiento, el cementerio de coral, el paso de Suez, la isla de Santorin, el buzo cretense, la bahía de Vigo, la Atlán­tida, la banca de hielo, el Polo Sur, el aprisionamiento en los hielos, el combate con los pulpos, la tempestad del Gulf Stream, el Vengeur y la horrible escena del buque echado a pique con su tripulación... Todos estos acontecimientos pa­saron ante mis ojos como esos decorados de fondo que se ven en el teatro. El capitán Nemo se engrandecía desmesura­damente en ese medio extraño. Su figura se agigantaba hasta tomar proporciones sobrehumanas. Dejaba de ser mi seme­jante para convertirse en el hombre de las aguas, en el genio de los mares.

Eran ya las nueve y media. Me sujetaba la cabeza entre las manos para impedirle estallar. Cerré los ojos. No quería pensar. ¡Media hora aún de espera! ¡Media hora más de pe­sadilla, de una pesadilla que iba a volverme loco!

En aquel momento, oí los vagos acordes del órgano, una armonía triste bajo un canto indefinible, la queja de un alma que quiere romper sus lazos terrestres. Escuché con todos mis sentidos a la vez, respirando apenas, sumergido como e capitán Nemo en uno de esos éxtasis musicales que le lleva­ban fuera de los límites de este mundo.

Me aterró la súbita idea de que el capitán Nemo saliera de su camarote y de que estuviera en el salón que yo debía atra­vesar para huir. Le encontraría allí por última vez y él me ve­ría, ¡me hablaría tal vez! Un solo gesto suyo podía aniquilar­me, una sola palabra suya podía encadenarme a su Nautilus

Iban a dar las diez. Había llegado el momento de abando­nar mi camarote y de ir a reunirme con mis compañeros. No debía vacilar, aunque el capitán Nemo se irguiera ante mí.

Abrí la puerta con cuidado, y, sin embargo, me pareció que al girar sobre sus goznes hacía un ruido terrible. Tal vez el ruido resonara únicamente en mi imaginación. Avancé lentamente por los corredores oscuros del Nautilus, dete­niéndome a cada paso para contener los latidos de mi cora­zón. Llegué a la puerta angular del salón y la abrí con suma precaución. El salón estaba sumido en una profunda oscuri­dad. Los acordes del órgano resonaban débilmente. El capi­tán Nemo estaba allí. No podía verme. Creo incluso que aun en plena luz no me hubiese visto, absorto como estaba en su éxtasis.

Me deslicé sobre la alfombra, tratando de evitar el menor tropiezo que pudiese traicionar mi presencia. Necesité cin­co minutos para llegar a la puerta del fondo que daba a la bi­blioteca. Me disponía a abrirla, cuando un suspiro del capi­tán Nemo me clavó al suelo. Comprendí que iba a levantarse, e incluso lo entreví al filtrarse hasta el salón la luz de la bi­blioteca. Vino hacia mí, los brazos cruzados, silencioso, des­lizándose más que andando, como un espectro. Su pecho oprimido se hinchaba de sollozos. Y lo oí murmurar estas palabras, las últimas que guardo de él:

 ¡Dios Todopoderoso! ¡Basta! ¡Basta!

¿Era la confesión del remordimiento lo que escapaba de la conciencia de ese hombre?

Aterrorizado, me precipité a la biblioteca, llegué a la esca­lera central, la subí y luego, siguiendo el corredor superior, fui hasta el bote en el que penetré por la abertura que había dejado paso a mis dos compañeros.

 ¡Partamos! ¡Partamos!  grité.

 Al instante  respondió el canadiense.

Se cerró y atornilló el orificio practicado en la plancha del Nautilus, mediante una llave inglesa de la que se había pro­visto Ned Land. Se cerró igualmente la abertura del bote, y el canadiense comenzó a desatornillar las tuercas que nos re­tenían aún al barco submarino.

Súbitamente nos llegó un ruido del interior. Se oían gri­tos, voces que se respondían con vivacidad. ¿ Qué ocurría? ¿Se habían dado cuenta de nuestra fuga? Sentí que Ned Land me deslizaba un puñal en la mano.

 Sí  murmuré , sabremos morir.

El canadiense se había detenido en su trabajo. De repen­te, una palabra, veinte veces repetida, una palabra terrible, me reveló la causa de la agitación que se propagaba a bordo del Nautilus. No era de nosotros de lo que se preocupaba la tripulación.

 ¡El Maelström! ¡El Maelström!  gritaban una y otra vez.

¡El Maelström! ¿Podía resonar en nuestros oídos una pa­labra más espantosa en tan terrible situación? ¿Nos hallába­mos, pues, en esos peligrosos parajes de la costa noruega? ¿Iba a precipitarse el Nautilus en ese abismo, en el momento en que nuestro bote iba a desprenderse de él?

Sabido es que en el momento del flujo las aguas situadas entre las islas Feroë y Lofoden se precipitan con una irresis­tible violencia, formando un torbellino del que jamás ha po­dido salir un navío. Olas monstruosas corren desde todos los puntos del horizonte y forman ese abismo tan justamente denominado «el ombligo del océano», cuyo poder de atrac­ción se extiende hasta quince kilómetros de distancia. Allí, no solamente los barcos se ven aspirados, sino también las ballenas y hasta los osos blancos de las regiones boreales.

Allí es donde el Nautilus  involuntaria o voluntariamen­te, tal vez  había sido llevado por su capitán. Describía una espiral cuyo radio disminuía cada vez más. Con él, el bote, aún aferrado a su flanco, giraba a una velocidad vertiginosa. Sentía yo los vértigos que suceden a un movimiento girato­rio demasiado prolongado. Estábamos espantados, vivien­do en el horror llevado a sus últimos límites, con la circu­lación sanguínea en suspenso y los nervios aniquilados, empapados en un sudor frío como el de la agonía. ¡Y qué fra­gor en torno de nuestro frágil bote! ¡Qué mugidos que el eco repetía a una distancia de varias millas! ¡Qué estrépito el de las olas al destrozarse en las agudas rocas del fondo, allí don­de los cuerpos más duros se rompen, allí donde hasta los troncos de los árboles se convierten en «una piel», según la expresión noruega!

¡Qué situación la nuestra, espantosamente sacudidos! El Nautilus se defendía como un ser humano. Sus músculos de acero crujían. A veces, se levantaba, y nosotros con él.

 Hay que resistir  gritó Ned Land y atornillar las tuer­cas. Si nos sujetamos al Nautilus, tal vez podamos salvarnos todavía.

No había acabado de hablar cuando se produjo un fuerte chasquido. Desprendidas las tuercas, el bote, arrancado de su alvéolo, salió lanzado como la piedra de una honda hacia el torbellino.

Me di un golpe en la cabeza con una cuaderna de hierro y, bajo este violento choque, perdí el conocimiento.


23. Conclusión
Así concluyó este viaje bajo los mares. Imposible me es decir lo que ocurrió aquella noche, cómo el bote pudo esca­par al formidable torbellino del Maelström, cómo Ned Land, Conseil y yo salimos del abismo. Cuando volví en mí, me hallé acostado en la cabaña de un pescador de las islas Lofoden. Mis dos compañeros, sanos y salvos, estaban junto a mí y me estrechaban las manos. Efusivamente, nos abrazamos.

En estos momentos no podemos todavía regresar a Fran­cia. Son raros los medios de comunicación entre el norte y el sur de Noruega. Me veo, pues, forzado a esperar el paso del vapor que asegura el servicio bimensual del cabo Norte.

Es, pues, aquí, en medio de estas buenas gentes que nos han recogido, donde reviso el relato de estas aventuras. Es exacto. Ni un solo hecho ha sido omitido, ni un detalle ha sido exagerado. Es la fiel narración de esta inverosímil expe­dición bajo un elemento inaccesible al hombre, y cuyas rutas hará libres algún día el progreso.

¿Se me creerá? No lo sé. Poco importa, después de todo. Lo que yo puedo afirmar ahora es mi derecho a hablar de es­tos mares bajo los que, en menos de diez meses, he recorri­do veinte mil leguas; de esta vuelta al mundo submarino que me ha revelado tantas maravillas a través del Pacífico, del índico, del mar Rojo, del Mediterráneo, del Atlántico y de los mares australes y boreales.

¿Qué habrá sido del Nautilus? ¿Resistió al abrazo del Maelström? ¿Vivirá todavía el capitán Nemo? ¿Proseguirá bajo el océano sus terribles represalias o les puso fin con esa última hecatombe? ¿Nos restituirán las olas algún día ese manuscrito que encierra la historia de su vida? ¿Conoceré, al fin, el nombre de este hombre? ¿Nos dirá el buque desapare­cido, por su nacionalidad, cuál es la nacionalidad del capitán Nemo?

Yo lo espero. Espero también que su potente aparato haya vencido al mar en su más terrible abismo, que el Nautilus haya sobrevivido allí donde tantos navíos han perecido. Si así es, si el capitán Nemo habita todavía el océano, su patria adoptiva, ¡ojalá pueda el odio apaciguarse en su feroz cora­zón! ¡Que la contemplación de tantas maravillas apague en él el espíritu de venganza! ¡Que el justiciero se borre en él y que el sabio continúe la pacifica exploración de los mares! Si su destino es extraño, es también sublime. ¿No lo he com­prendido yo mismo? ¿No he vivido yo diez meses esa exis­tencia extranatural? Por ello, a la pregunta formulada hace seis mil años por el Eclesiastés: «¿Quién ha podido jamás sondear las profundidades del abismo?», dos hombres entre todos los hombres tienen el derecho de responder ahora. El capitán Nemo y yo.

FIN

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