Primera parte






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5. ¡A la aventura!
Ningún incidente marcó durante algún tiempo el viaje del Abraham Lincoln, aunque se presentó una circunstancia que patentizó la maravillosa habilidad de Ned Land y mos­tró la confianza que podía depositarse en él.

A lo largo de las Malvinas, el 30 de junio, la fragata entró en comunicación con unos balleneros norteamericanos, que nos informaron no haber visto al narval. Pero uno de ellos, el capitán del Monroe, conocedor de que Ned Land se halla­ba a bordo del Abraham Lincoln, requirió su ayuda para ca­zar una ballena que tenían a la vista. Deseoso el comandante Farragut de ver en acción a Ned Land, le autorizó a subir a bordo del Monroe. Y el azar fue tan propicio a nuestro cana­diense que en vez de una ballena arponeó a dos con un doble golpe, asestándoselo a una directamente en el corazón. Se apoderó de la otra después de una persecución de algunos minutos. Decididamente, si el monstruo llegaba a habérse­las con el arpón de Ned Land, no apostaría yo un céntimo por el monstruo.

La fragata corrió a lo largo de la costa sudeste de América con una prodigiosa rapidez. El 3 de julio nos hallábamos a la entrada del estrecho de Magallanes, a la altura del cabo de las Vírgenes. Pero el comandante Farragut no quiso aden­trarse en ese paso sinuoso y maniobró para doblar el cabo de Hornos, decisión que mereció la unánime aprobación de lo tripulación, ante la improbabilidad de encontrar al narval en ese angosto estrecho. Fueron muchos los marineros que opinaban que el montruo no podía pasar por él, que «era de­masiado grande para eso».

El 6 de julio, hacia las tres de la tarde, el Abraham Lincoln doblaba a quince millas al sur ese islote solitario, esa roca perdida en la extremidad del continente americano, al que los marinos holandeses impusieron el nombre de su ciudad natal, el cabo de Hornos. Se enderezó el rumbo al Noroeste y, al día siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las aguas del Pacífico.

 ¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo!  repetían los marineros del Abraham Lincoln.

Y los abrían desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es, por la perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo. Día y no­che se observaba la superficie del océano. Los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus posibili­dades en un cincuenta por ciento, jugaban con ventaja en la conquista del premio.

No era yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero. Concedía tan sólo algunos minu­tos a las comidas y algunas horas al sueño para, indiferente al sol o a la lluvia, pasar todo mi tiempo sobre el puente. Unas veces inclinado sobre la batayola del castillo y otras apoyado en el coronamiento de popa, yo devoraba con ávi­da mirada la espumosa estela que blanqueaba el mar hasta el límite de la mirada. ¡Cuántas veces compartí la emoción del estado mayor y de la tripulación cuando una caprichosa ba­llena elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso su­cedía, se poblaba el puente de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de marineros y oficiales, que, sobrecogidos de emoción, observaban los movimien­tos del cetáceo. Yo miraba, miraba hasta agotar mi retina y quedarme ciego, lo que le hacía decirme a Conseil, siempre flemático, en tono sereno:

 Si el señor forzara menos los ojos, vería mejor.

¡Vanas emociones aquellas! El Abraham Lincoln modifi­caba su rumbo en persecución del animal señalado, que re­sultaba ser una simple ballena o un vulgar cachalote que pronto desaparecían entre un concierto de imprecaciones.

El tiempo continuaba siendo favorable y el viaje iba trans­curriendo en las mejores condiciones. Nos hallábamos en­tonces en la mala estación austral, por corresponder el mes de julio de aquella zona al mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía tranquila y se dejaba observar fácilmente en un vasto perímetro.

Ned Land continuaba manifestando la más tenaz incre­dulidad, hasta el punto de mostrar ostensiblemente su de­sinterés por el examen de la superficie del mar cuando no es­taba de servicio o cuando ninguna ballena se hallaba a la vista. Y, sin embargo, su maravillosa potencia visual nos hu­biera sido muy útil. Pero de cada doce horas, ocho por lo menos las pasaba el testarudo canadiense leyendo o dur­miendo en su camarote. Más de cien veces le reconvine por su indiferencia.

 ¡Bah!  respondía , no hay nada, señor Aronnax, y aun­que existiese ese animal, ¿qué posibilidades tenemos de ver­lo, corriendo, como lo estamos haciendo, a la aventura? Se ha dicho que se vio a esa bestia en los altos mares del Pacífi­co, lo que estoy dispuesto a admitir, pero han pasado ya más de dos meses desde ese hallazgo, y a juzgar por el tempera­mento de su narval no parece gustarle enmohecerse en los mismos parajes. Parece estar dotado de una prodigiosa faci­lidad de desplazamiento. Y usted sabe mejor que yo, señor profesor, que la naturaleza no hace nada sin sentido; por eso, no habría dado a un animal lento por constitución la facultad de moverse rápidamente si no tuviera la necesidad de utilizar esa facultad. Luego, si la bestia existe, debe estar ya lejos.

No sabía yo qué responder a tal argumentación. Era evi­dente que íbamos a ciegas. Pero ¿cómo podríamos proceder de otro modo? Cierto que nuestras probabilidades eran muy limitadas. Pese a todo, nadie a bordo dudaba todavía del éxi­to, y no había un marinero dispuesto a apostar contra la pró­xima aparición del narval.

El 20 de julio atravesamos el trópico de Capricornio a 1050 de longitud, y el 27 del mismo mes, el ecuador, por el meridiano 110. La fragata tomó entonces una más decidida dirección hacia el Oeste, hacia los mares centrales del Pacífi­co. El comandante Farragut pensaba, con fundamento, que era mejor frecuentar las aguas profundas y alejarse de los continentes y de las islas, cuyas proximidades parecía haber evitado siempre el animal, «sin duda porque no había dema­siada agua para él», decía el contramaestre. La fragata pasó, pues, a lo largo de las islas Pomotú, Marquesas y Sandwich, cortó el trópico de Cáncer a 1320 de longitud y se dirigió ha­cia los mares de China.

Por fin nos hallábamos en el escenario de la última apari­ción del monstruo. A partir de entonces puede decirse que ya no se vivía a bordo. Los corazones latían furiosamente, incubando futuros aneurismas incurables. La tripulación entera sufría una sobreexcitación nerviosa de la que yo no podría dar una pálida idea. No se comía ni se dormía. Veinte veces al día, un error de apreciación, una ilusión óptica de algún marinero encaramado a una cofa, causaban un súbito alboroto, y estas emociones, veinte veces repetidas, nos mantenían en un estado de eretismo demasiado violento para no provocar una próxima recesión. Y, en efecto, la reac­ción no tardó en producirse. Durante tres meses, tres meses de los que cada día duraba un siglo, el Abraham Lincoln sur­có todos los mares septentrionales del Pacífico, corriendo tras de las ballenas señaladas, procediendo a bruscos cam­bios de rumbo, virando súbitamente de uno a otro bordo, parando repentinamente sus máquinas, forzando o redu­ciendo el vapor alternativamente, con riesgo de desnivelar su maquinaria, y sin dejar un punto inexplorado desde las costas del Japón a las de América. ¡Y nada! ¡Nada más que la inmensidad de las olas desiertas! Nada que se asemejara a un narval gigantesco, ni a un islote submarino, ni a un resto de naufragio, ni a un escollo fugaz ni a nada sobrenatural.

La previsible reacción a tanto entusiasmo baldío se pro­dujo inevitablemente. El desánimo se apoderó de todos y abrió una brecha a la incredulidad. Un nuevo sentimiento nos embargó a todos, un sentimiento que se componía de tres décimas de vergüenza y siete décimas de furor. Había que ser estúpidos para dejarse seducir por una quimera, y esta reflexión aumentaba nuestro furor. Las montañas de ar­gumentos acumulados desde hacía un año se derrumbaban lamentablemente. Cada uno pensaba ya únicamente en des­quitarse, en las horas del sueño y de las comidas, del tiempo que había sacrificado tan estúpidamente.

Con la versatdidad inherente al espíritu humano, se pasó de un exceso al extremadamente opuesto. Los más fervien­tes partidarios de la empresa se convirtieron fatalmente en sus más ardientes detractores. La reacción subió desde los fondos del navío, desde los puestos de los pañoleros hasta los de la oficialidad, y, ciertamente, sin la muy particular obstinación del capitán Farragut, la fragata hubiese puesto definitivamente proa al Sur.

Sin embargo, no podía prolongarse mucho más tiempo esa búsqueda inútil. El Abraham Lincoln no tenía nada que reprocharse, pues había hecho todo lo posible por lograrlo. Nunca una tripulación de un buque de la marina norteame­ricana había dado más muestras de celo y de paciencia, y en ningún caso podía imputársele la responsabilidad de fraca­so. Ya no quedaba más que regresar, y así se le comunicó al comandante, quien se mantuvo firme en su intención de persistir en su empeño. Los marineros no ocultaron enton­ces su descontento, de lo que se resintió el servicio, sin que ello quiera decir que se produjese una rebelión a bordo. Des­pués de un razonable período de obstinación, el comandan­te Farragut, al igual que Colón en otro tiempo, pidió tres días de paciencia. Si en ese plazo no apareciera el monstruo, el timonel daría tres vueltas de rueda y el Abraham Lincoln pondría rumbo a los mares de Europa.

Tal promesa fue hecha el 2 de noviembre, y tuvo por resul­tado inmediato reanimar a la abatida tripulación. De nuevo volvió a escrutarse el horizonte con la mayor atención, em­peñados todos y cada uno en consagrarle esa última mirada en la que se resume el recuerdo. Se apuntaron los catalejos al horizonte con una ansiedad febril. Era el supremo desafío al gigantesco narval, y éste no podía razonablemente dejar de responder a esta convocatoria de «comparecencia».

Transcurrieron los dos primeros días. El Abraham Lincoln navegaba a presión reducida. Se emplearon todos los medios posibles para llamar la atención o para estimular la apatía del animal, en el supuesto de que se hallase en aquellos parajes. Se echaron al mar, a la rastra, enormes trozos de tocino, para la mayor satisfacción de los tiburones, debo decirlo. Se echa­ron al agua varios botes para explorar en todas direcciones, en un amplio radio de acción, el mar en torno al Abraham Lincoln, dejado al pairo. Pero la noche del 4 de noviembre lle­gó sin que se hubiera desvelado el misterio submarino.

Al día siguiente, 5 de noviembre, expiraba a mediodía el plazo de rigor. Tras fijar la posición, el comandante Farra­gut, fiel a su promesa, debía poner rumbo al Sudeste y aban­donar definitivamente las regiones septentrionales del Pa­cífico.

La fragata se hallaba entonces a 310 15' de latitud Norte y 1360 42' de longitud Este. Las tierras del Japón distaban me­nos de doscientas millas a sotavento. Se acercaba ya la noche, acababan de dar las ocho. Grandes nubarrones velaban el disco lunar, entonces en su primer cuarto. La mar ondula­ba apaciblemente bajo la roda de la fragata. Yo me hallaba a proa, apoyado en la batayola de estribor. A mi lado, Consed miraba el horizonte. La tripulación, encaramada a los oben­ques, escrutaba el horizonte que iba reduciéndose y oscure­ciéndose poco a poco. Los oficiales escudriñaban la crecien­te oscuridad con sus catalejos de noche. De vez en cuando el oscuro océano resplandecía fugazmente bajo un rayo de luna entre dos nubes. Luego, el rayo de luz se desvanecía de nuevo en las tinieblas.

Observando a Conseil, creí ver que el buen muchacho se había dejado contagiar un poco del estado de ánimo gene­ral. Quizá y por vez primera sus nervios vibraban bajo el sentimiento de la curiosidad.

 Vamos, Conseil  le dije , ésta es la última ocasión de embolsarse dos mil dólares.

-Permítame el señor decirle que en ningún momento he contado con esa prima, y que aunque se hubieran ofrecido cien mil dólares no por eso se hubiera visto más pobre el go­bierno de la Unión.

-Tienes razón, Conseil. Después de todo, es una estúpi­da aventura, y nos hemos lanzado a ella con una excesiva li­gereza. ¡Cuánto tiempo perdido y cuántas emociones inúti­les! ¡Pensar que hace ya seis meses que podíamos estar en Francia!

 En la casa del señor, en el museo del señor. Y yo tendría ya clasificados los fósiles del señor. El babirusa del señor es­taría ya instalado en su jaula del jardín de Plantas, y sería la atracción de todos los curiosos de la capital.

 Así es, Conseil. Y lo que es más, así me lo temo, la gente va a burlarse de nosotros.

 En efecto  respondió muy tranquilamente Conseil . Creo que van a burlarse del señor. Y ¿puedo permitirme decir que ... ?

 Puedes permitírtelo, Conseil.

 Pues bien, que el señor se lo tiene merecido.

 ¿De veras?

 Cuando se tiene el honor de ser un sabio como el señor, no se puede exponer uno a...

Conseil no pudo acabar su frase. En medio del silencio, se oyó una voz. La de Ned Land. Y la voz de Ned Land gritaba:

  ¡Ohé! ¡La cosa en cuestión, a sotavento, al través!

6. A todo vapor
Al oír este grito, toda la tripulación se precipitó hacia el arponero; comandante, oficiales, contramaestres, marine­ros, grumetes y hasta los ingenieros, que dejaron sus máqui­nas, y los fogoneros, que abandonaron sus puestos. Se había dado la orden de parar, y la fragata ya no se desplazaba más que por su propia inercia.

Tan profunda era ya la oscuridad que yo me preguntaba cómo había podido verlo el canadiense, por buenos que fue­sen sus ojos. Mi corazón latía hasta romperse.

Pero Ned Land no se había equivocado, y todos pudimos advertir el objeto que su mano indicaba. A unos dos cables del Abraham Lincoln y por estribor, el mar parecía estar ilu­minado por debajo. No era un simple fenómeno de fosfo­rescencia ni cabía engañarse. El monstruo, sumergido a al­gunas toesas de la superficie, proyectaba ese inexplicable pero muy intenso resplandor que habían mencionado los informes de varios capitanes. La magnífica irradiación debía ser producida por un agente de gran poderluminoso. La luz describía sobre el mar un inmenso óvalo muy alargado, en cuyo centro se condensaba un foco ardiente cuyo irresis­tible resplandor se iba apagando por degradaciones suce­sivas.

 No es más que una aglomeración de moléculas fosfores­centes  exclamó uno de los oficiales.

 No, señor  repliqué con convicción . Ni las folas ni las salpas son capaces de producir una luminosidad tan fuerte. Ese resplandor es de naturaleza eléctrica... Además, ¡mire, mire cómo se desplaza! ¡Se mueve hacia adelante y hacia atrás! ¡Se precipita hacia nosotros!

Un grito unánime surgió de la fragata.

 ¡Silencio!  gritó el comandante Farragut . ¡Caña a bar­lovento, toda! ¡Máquina atrás!

Los marineros se precipitaron hacia la caña del timón y los ingenieros hacia sus máquinas. El Abraham Lincoln, aba­tiendo a babor, describió un semicírculo.

 ¡A la vía el timón! ¡Máquina avante!  gritó el comandan­te Farragut.

Ejecutadas estas órdenes, la fragata se alejó rápidamente del foco luminoso. Digo mal, quiso alejarse, hubiera debido decir, pues la bestia sobrenatural se le acercó con una veloci­dad dos veces mayor que la suya.

Jadeábamos, sumidos en el silencio y la inmovilidad, más por el estupor que por el pánico. El animal se nos acercaba con facilidad. Dio luego una vuelta a la fragata cuya marcha era entonces de catorce nudos y la envolvió en su resplandor eléctrico como en una polvareda luminosa. Se alejó después a unas dos o tres millas, dejando una estela fosforescente comparable a los torbellinos de vapor que exhala la locomo­tora de un expreso. De repente, desde los oscuros límites del horizonte, a los que había ido a buscar impulso, el monstruo se lanzó hacia el Abraham Lincoln con una impresionante rapidez, se detuvo bruscamente a unos veinte pies de sus cintas, y se apagó, no abismándose en las aguas, puesto que su resplandor no sufrió ninguna degradación, sino súbitamente y como si la fuente de su brillante efluvio se hubiera extinguido de repente. Luego reapareció al otro lado del na­vío, ya fuera por haber dado la vuelta en torno al mismo o por haber pasado por debajo de su casco. En cualquier mo­mento podía producirse una colisión de nefastos efectos para nosotros.

Las maniobras de la fragata me sorprendieron. En vez de atacar, huía. El barco que había venido en persecución del monstruo se veía perseguido. Como preguntara la razón de esa inversión de papeles, el comandante Farragut, cuyo ros­tro tan impasible de ordinario reflejaba entonces un asom­bro infinito, me dijo:

 Señor Aronnax, ignoro cómo es el ser formidable con que tengo que habérmelas, y no quiero poner en peligro im­prudentemente a mi fragata en medio de esta oscuridad. Además, ¿cómo atacar a lo desconocido?, ¿cómo defenderse? Esperemos la luz del día y entonces los papeles cambiarán.

 ¿Le queda alguna duda, comandante, sobe la naturaleza del animal?

 No, señor, es evidentemente un narval gigantesco, pero es también un narval eléctrico.

 Quizá  dije  si emite descargas eléctricas sea tan ina­bordable como un gimnoto o un torpedo.

 Posiblemente  respondió el comandante , y si posee en sí una potencia fulminante debe ser el animal más terri­ble que haya salido nunca de las manos del Creador. Por eso, hay que ser prudentes.

Toda la tripulación permaneció en pie durante la noche, sin que nadie pensara en dormir. No pudiendo competir en velocidad, el Abraham Lincoln había moderado su marcha. Por su parte, el narval, imitando a la fragata, se dejaba mecer por las olas y parecía decidido a no abandonar el escenario de la lucha.

Sin embargo, hacia medianoche desapareció, o, por em­plear una expresión más adecuada, se «apagó» como una luciérnaga. ¿Habría huido? Cabía temer más que esperar que así fuera. Pero, a la una menos siete minutos, pudimos oír un silbido ensordecedor, semejante al producido por una co­lumna de agua exhalada con una extrema violencia.

El comandante Farragut, Ned Land y yo estábamos en ese momento en la toldilla, escrutando ávidamente las profun­das tinieblas.

 Ned Land, ¿ha oído usted a menudo el rugido de las ba­llenas?  preguntó el comandante.

 Muchas veces, senor, pero nunca el de una ballena cuyo hallazgo me haya valido dos mil dólares.

 En efecto, se ha ganado usted la prima. Pero, dígame, ¿no es ése el ruido que hacen los cetáceos al exhalar el agua por sus espiráculos?

 El mismo ruido, señor, con la diferencia de que el que acabamos de oír es incomparablemente más fuerte, No hay error posible, es un cetáceo lo que tenemos ante nosotros. Y con su permiso, señor  añadió el arponero , mañana al despuntar el día le diremos dos palabras a nuestro vecino.

 Si es que está de humor para escucharle, señor Land  dije con un tono de escasa convicción.

 Que pueda yo acercarme a cuatro largos de arpón  re­plicó el canadiense  y verá usted si se siente obligado a escu­charme.

 Para acercarse a él  dijo el comandante  supongo que tendré que poner una ballenera a su disposición.

 Claro está.

 Lo que significará poner en juego la vida de mis hom­bres.

 Y la mía  respondió el arponero, con la mayor simplici­dad.

Hacia las dos de la mañana reapareció con no menor in­tensidad el foco luminoso, a unas cinco millas a barlovento del Abraham Lincoln. A pesar de la distancia y de los rui­dos del viento y del mar, se oían claramente los formidables coletazos del animal y hasta su jadeante y poderosa respira­ción. Se diría que en el momento en que el enorme narval as­cendía a la superficie del océano para respirar, el aire se pre­cipitaba en sus pulmones como el vapor en los vastos cilindros de una máquina de dos mil caballos.

«¡Hum!, una ballena con la fuerza de un regimiento de ca­ballería sería ya una señora ballena», pensé.

Permanecimos alertas hasta el alba. Se iniciaron los pre­parativos de combate. Se dispusieron los aparejos de pesca a lo largo de las bordas. El segundo de a bordo hizo cargar las piezas que lanzan un arpón a una distancia de una milla y las que disparan balas explosivas cuyas heridas son morta­les hasta para los más poderosos animales. Ned Land se ha­bía limitado a aguzar su arpón, que en sus manos se conver­tia en un arma terrible.

A las seis comenzó a despuntar el día, y con las primeras luces del alba desapareció el resplandor eléctrico del narval. A las siete era ya de día, pero una bruma matinal muy espe­sa, impenetrable para los mejores catalejos, limitaba consi­derablemente el horizonte, ante la cólera y la decepción de todos.

Subí hasta la cofa de mesana. Algunos oficiales estaban ya encaramados en lo alto de los mástiles.

De repente, y al igual que en la víspera, se oyó la voz de Ned Land:

 ¡La cosa en cuestión por babor, atrás!

Todas las miradas convergieron en la dirección indicada. A una milla y media de la fragata, un largo cuerpo negruzco emergía de las aguas en un metro, aproximadamente. Su cola, violentamente agitada, producía un considerable re­molino. Jamás aparato caudal alguno había batido el mar con tal violencia. Un inmenso surco de blanca espuma des­cribía una curva alargada que marcaba el paso del animal.

La fragata se aproximó al cetáceo, y pude observarlo con tranquilidad. Los informes del Shannon y del Helvetia habían exagerado un poco sus dimensiones. Yo estimé su longitud en unos doscientos cincuenta pies tan sólo. En cuanto a su grosor, no era fácil apreciarlo, pero, en suma, el animal me pareció admirablemente proporcionado en sus tres dimensiones.

Mientras observaba aquel ser fenomenal, vi cómo lanzaba dos chorros de agua y de vapor por sus espiráculos hasta una altura de unos cuarenta metros. Eso me reveló su modo de respiración, y me permitió concluir definitivamente que per­tenecía a los vertebrados, clase de los mamíferos, subclase de los monodelfos, grupo de los pisciformes, orden de los cetá­ceos, familia ... En este punto no podía pronunciarme todavía. El orden de los cetáceos comprende tres familias: las ballenas, los cachalotes y los delfines, y es en esta última en la que se inscriben los narvales. Cada una de estas familias se divide en varios géneros, cada género en especies y cada especie en va­riedades. Variedad, especie, género y familia me faltaban aún pero no dudaba yo de que llegaría a completar mi clasifica­ción, con la ayuda del cielo y del comandante Farragut.

La tripulación esperaba impaciente las órdenes de su jefe Tras haber observado atentamente al animal, el comandante llamó al ingeniero, quien se presentó inmediatamente.

 ¿Tiene suficiente presión?  le preguntó el comandante.

 Sí, señor  respondió el ingeniero.

 Bien, refuerce entonces la alimentación, y a toda máquina.

Tres hurras acogieron la orden. Había sonado la hora del combate. Unos instantes después, la dos chimeneas de la fra­gata vomitaban torrentes de humo negro y el puente se mo­vía con la trepidación de las calderas.

Impelido hacia adelante por su potente hélice, el Abraham Lincoln se dirigió frontalmente hacia el animal. Éste le dejó aproximarse, indiferente, hasta medio cable de distancia, tras lo cual se alejó sin prisa, limitándose a mantener su dis­tancia sin tomarse la molestia de sumergirse.

La persecución se prolongó así durante tres cuartos de hora, aproximadamente, sin que la fragata consiguiera ga­narle al cetáceo más de dos toesas. Era evidente que con esa marcha la fragata no le alcanzaría nunca.

El comandante Farragut se mesaba con rabia su frondosa perilla.

  ¡Ned Land!  gritó.

Acudió a la orden el canadiense.

 ¿Me aconseja todavía que eche mis botes al mar?

-No, señor  respondió Ned Land-, pues esa bestia no se dejará atrapar si no quiere.

 ¿Qué hacer entonces?

 Forzar las máquinas si es posible. Si usted me lo permite, yo voy a instalarme en los barbiquejos del bauprés y si con­seguimos acercarnos a tiro de arpón, lo arponearé.

 De acuerdo, Ned, hágalo  respondió el comandante Fa­rragut-. ¡Ingeniero  gritó , aumente la presión!

Ned Land se dirigió a su puesto. Se forzaron las máquinas. La hélice comenzó a girar a cuarenta y tres revoluciones por minuto. El vapor se escapaba por las válvulas. Lanzada la co­rredera, se comprobó que el Abraham Líncoln había alcan­zado una velocidad de dieciocho millas y cinco décimas por hora.

Pero el maldito animal corría también a dieciocho millas y cinco décimas por hora.

Durante una hora aún, la fragata se mantuvo a esa veloci­dad, sin conseguir ganarle una toesa al animal, lo que era particularmente humillante para uno de los más rápidos na­víos de la marina norteamericana. Una ira sorda embargó a la tripulación, que injuriaba al monstruo, sin que éste se dig­nara responder. El comandante Farragut no se retorcía ya la perilla, se la comía.

El ingeniero se vio convocado de nuevo.

 ¿Ha llegado usted al máximo de presión?  le preguntó el comandante.

 Sí, señor  respondió el ingeniero.

 ¿Y están cargadas las válvulas?

 A seis atmósferas y media.

 Pues cárguelas a diez atmósferas.

Una orden bien norteamericana, ciertamente. No se hu­biera llegado más allá en el Mississippi en las competiciones de velocidad a que se entregan los vapores fluviales.

 Conseil  dije a mi buen sirviente, que se hallaba a mi lado , ¿te das cuenta de que muy probablemente vamos a saltar por los aires?

 Como el señor guste  respondió Conseil.

Pues bien, debo confesar que, en mi excitación, no me im­portaba correr ese riesgo.

Se cargaron las válvulas, se reforzó la alimentación de car­bón y se activó el funcionamiento de los ventiladores sobre el fuego. Aumentó la velocidad del Abraham Lincoln hasta el punto de hacer temblar a los mástiles sobre sus carlingas. Las chimeneas eran demasiado estrechas para dar salida a las espesas columnas de humo. Se echó nuevamente la corre­dera.

 ¿Y bien, timonel?  preguntó el comandante Farragut.

 Diecinueve millas y tres décimas, señor.

 ¡Forzad los fuegos!

El ingeniero obedeció. El manómetro marcó diez atmós­feras.

Pero el cetáceo acompasó nuevamente su velocidad a la del barco, a la de diecinueve millas y tres décimas.

¡Qué persecución! No, imposible me es describir la emo­ción que hacía vibrar todo mi ser.

Ned Land se mantenía en su puesto, preparado para lan­zar su arpón.

En varias ocasiones, el animal se dejó aproximar.

 ¡Le ganamos terreno!  gritó el canadiense. ,

Pero en el momento en que se disponía al lanzamiento de su arpón, el cetáceo se alejaba, con una rapidez que no puedo por menos de estimar en unas treinta millas por hora. Y en alguna ocasión se permitió incluso ridiculizar a la fra­gata, impulsada al máximo de velocidad por sus máquinas, dando alguna que otra vuelta en torno suyo, lo que arrancó un grito de furor de todos nosotros.

A mediodía nos hallábamos, pues, en la misma situación que a las ocho de la mañana.

El comandante Farragut se decidió entonces por el recur­so a métodos más directos.

 ¡Ah!  exclamó . Ese animal es más rápido que el Abra­ham Lincoln. Pues bien, vamos a ver si es más rápido tarn­bién que nuestros obuses. ¡Contramaestre, artilleros a la ba­tería de proa!

Inmediatamente se procedió a cargar y a apuntar el cañón de proa. Efectuado el primer disparo, el obús pasó a algunos pies por encima del cetáceo, que se mantenía a media milla de distancia.

 ¡Otro con mejor puntería!  gritó el comandante . ¡Quinientos dólares a quien sea capaz de atravesar a esa bestia in­fernal!

Un viejo artillero de barba canosa  me parece estar viéndolo ahora con una expresión fría y tranquila en su semblante  se acercó a la pieza, la situó en posición y la apuntó durante largo tiempo. La fuerte detonación fue se­guida casi inmediatamente de los hurras de la tripulación. El obús había dado en el blanco, pero no normalmente, pues tras golpear al animal se había deslizado por su super­ficie redondeada y se había perdido en el mar a unas dos millas.

 ¡Ah!, ¡no es posible!  exclamó, rabioso, el viejo artille­ro . ¡Ese maldito está blindado con planchas de seis pulga­das!

 ¡Maldición!  exclamó el comandante Farragut.

La persecución recomenzó, y el comandante Farragut, cerniéndose sobre mí, me dijo 

 ¡Voy a perseguir a ese animal hasta que estalle mi fra­gata!

 Sí  respondí , tiene usted razón.

Podía esperarse que el animal se agotara, que no fuera in­diferente a la fatiga como una máquina de vapor. Pero no fue así. Transcurrieron horas y horas sin que diera ninguna se­ñal de fatiga.

Hay que decir en honor del Abraham Lincoln que luchó con una infatigable tenacidad. No estimo en menos de qui­nientos kilómetros la distancia que recorrió nuestro barco durante aquella desventurada jornada del 6 de noviembre, hasta la llegada de la noche que sepultó en sus sombras las agitadas aguas del océano.

En aquel momento creí llegado el fin de nuestra expedi­ción, al pensar que nunca más habríamos de ver al fantástico animal. Pero me equivocaba.

A las diez horas y cincuenta minutos de la noche, reapare­ció la claridad eléctrica a unas tres millas a barlovento de la fragata, con la misma pureza e intensidad que en la noche anterior. El narval parecía inmóvil. ¿Tal vez, vencido por la fatiga, dormía, entregado a la ondulación de las olas? El co­mandante Farragut resolvió aprovechar la oportunidad que creyó ver en esa actitud del animal, y dio las órdenes en con­secuencia. El Abraham Lincoln se acercó a él despacio, pru­dentemente, para no sobresaltar a su adversario.

No es raro encontrar en pleno océano a las ballenas sumi­das en un profundo sueño, ocasión que es aprovechada con éxito por sus cazadores. Ned Land había arponeado a más de una en tal circunstancia.

El canadiense volvió a instalarse en los barbiquejos del bauprés.

La fragata se acercó silenciosamente, paró sus máquinas a unos dos cables del animal y continuó avanzando por su fuerza de inercia. Todo el mundo a bordo contenía la respi­ración. El silencio más profundo reinaba sobre el puente. Estábamos ya tan sólo a unos cien pies del foco ardiente, cuyo resplandor aumentaba deslumbrantemente.

Inclinado sobre la batayola de proa veía yo por debajo de mí a Ned Land, quien, asido de una mano al moco del bau­prés, blandía con la otra su terrible arpón. Apenas veinte pies le separaban ya del animal inmóvil.

De repente, Ned Land desplegó violentamente el brazo y lanzó el arpón. Oí el choque sonoro del arma, que parecía haber golpeado un cuerpo duro.

La claridad eléctrica se apagó súbitamente. Dos enormes trombas de agua se abatieron sobre el puente de la fragata y corrieron como un torrente de la proa a la popa, derribando a los hombres y rompiendo las trincas del maderamen. Se produjo un choque espantoso y, lanzado por encima de la batayola, sin tiempo para agarrarme, fui precipitado al mar.
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