Primera parte






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3. Como el señor guste
Tres segundos antes de la recepción de la carta de J. B. Hobson, estaba yo tan lejos de la idea de perseguir al unicor­nio como de la de buscar el paso del Noroeste. Tres segundos después de haber leído la carta del honorable Secretario de la Marina, había comprendido ya que mi verdadera voca­ción, el único fin de mi vida, era cazar a ese monstruo in­quietante y liberar de él al mundo.

Sin embargo, acababa de regresar de un penoso viaje y me sentía cansado y ávido de reposo. Mi única aspiración era la de volver a mi país, a mis amigos y a mi pequeño alojamien­to del jardín de Plantas con mis queridas y preciosas colec­ciones. Pero nada pudo retenerme. Lo olvidé todo, fatigas, amigos, colecciones y acepté sin más reflexión la oferta del gobierno americano.

«Además  pensé  todos los caminos llevan a Europa y el unicornio será lo bastante amable como para llevarme hacia las costas de Francia. El digno animal se dejará atrapar en los mares de Europa, en aras de mi conveniencia personal, y no quiero dejar de llevar por lo menos medio metro de su ala­barda al Museo de Historia Natural.»

Pero, mientras tanto, debía buscar al narval por el norte del Pacífico, lo que para regresar a Francia significaba tomar el camino de los antípodas.

 ¡Conseil!  grité, impaciente.

Conseil era mi doméstico, un abnegado muchacho que me acompañaba en todos mis viajes; un buen flamenco por quien sentía yo mucho cariño y al que él correspondía so­bradamente; un ser flemático por naturaleza, puntual por principio, cumplidor de su deber por costumbre y poco sen­sible a las sorpresas de la vida. De gran habilidad manual, era muy apto para todo servicio. Y a pesar de su nombre1, jamás daba un consejo, incluso cuando no se le pedía que lo diera.

El roce continuo con los sabios de nuestro pequeño mun­do del jardín de Plantas había llevado a Conseil a adquirir ciertos conocimientos. Tenía yo en él un especialista muy docto en las clasificaciones de la Historia Natural. Era capaz de recorrer con una agilidad de acróbata toda la escala de las ramificaciones, de los grupos, de las clases, de las subcla­ses, de los órdenes, de las familias, de los géneros, de los subgéneros, de las especies y de las variedades. Pero su cien­cia se limitaba a eso. Clasificar, tal era el sentido de su vida, y su saber se detenía ahí. Muy versado en la teoría de la clasifi­cación, lo estaba muy poco en la práctica, hasta el punto de que no era capaz de distinguir, así lo creo, un cachalote de una ballena. Y sin embargo, ¡cuán digno y buen muchacho era!

Desde hacía diez años, Conseil me había seguido a todas partes donde me llevara la ciencia. jamás le había oído una queja o un comentario sobre la duración o la fatiga de un viaje, ni una objeción a hacer su maleta para un país cual­quiera, ya fuese la China o el Congo, por remoto que fuera. Se ponía en camino para un sitio u otro sin hacer la menor pregunta.

Gozaba de una salud que desafiaba a todas las enfermeda­des. Tenía unos sólidos músculos y carecía de nervios, de la apariencia de nervios, moralmente hablando, se entiende.

Tenía treinta años, y su edad era a la mía como quince es a veinte. Se me excusará de indicar así que yo tenía cuarenta años.

Conseil tenía tan sólo un defecto. Formalista empederni­do, nunca se dirigía a mí sin utilizar la tercera persona, lo que me irritaba bastante.

 ¡Conseil!  repetí, mientras comenzaba febrilmente a ha­cer mis preparativos de partida.

Ciertamente, yo estaba seguro de un muchacho tan abne­gado. Generalmente no le preguntaba yo nunca si le conve­nía o no seguirme en mis viajes, pero esta vez se trataba de una expedición que podía prolongarse indefinidamente, de una empresa arriesgada, en persecución de un animal ca­paz de echar a pique a una fragata como si se tratara de una cáscara de nuez. Era para pensarlo, incluso para el hombre más impasible del mundo. ¿Qué iba a decir Conseil?

 ¡Conseil!  grité por tercera vez.

Conseil apareció.

 ¿Me llamaba el señor?

 Sí, muchacho. Prepárame, prepárate. Partimos dentro de dos horas.

 Como el señor guste -respondió tranquilamente Con­seil.

 No hay un momento que perder. Mete en mi baúl todos mis utensilios de viaje, trajes, camisas, calcetines, lo más que puedas, y ¡date prisa!

 ¿Y las colecciones del señor? recordó Conseil.

 Nos ocuparemos luego de eso.

 ¡Cómo! ¡El arquiotherium, el hyracotherium, el oréodon, el queropótamo.y las demás osamentas del señor!

 Las dejaremos en el hotel.

 ¿Y el babirusa vivo del señor?

 Lo mantendrán durante nuestra ausencia. Voy a ordenar que nos envíen a Francia nuestro zoo.

 ¿Es que no regresamos a París?

 Sí .... naturalmente...  respondí evasivamente . Pero re­gresamos dando un rodeo.

 El rodeo que el señor quiera.

 ¡Oh!, poca cosa. Un camino un poco menos directo, eso es todo. Viajaremos a bordo del Abraham Lincoln.

 Como convenga al señor  respondió Conseil con la ma­yor placidez.

 ¿Sabes, amigo mío? Verás .... se trata del monstruo, del famoso narval... Vamos a librar de él los mares... El autor de una obra en dos volúmenes sobre los Misterios de los gran­des fondos submarinos no podía sustraerse a la expedicióin del comandante Farragut. Misión gloriosa, pero... tambiéri peligrosa. No se sabe adónde nos llevará esto... Esos anima­les pueden ser muy caprichosos ... Pero iremos, de todos mo­dos. Con un comandante que no conoce el miedo.

 Yo haré lo que haga el señor  dijo Conseil.

 Piénsalo bien, pues no quiero ocultarte que este viaje e, uno de esos de cuyo retorno no se puede estar seguro.

 Como el señor guste.

Un cuarto de hora más tarde, nuestro equipaje estaba pre­parado. Conseil lo había hecho en un periquete, y yo tenía la seguridad de que nada faltaría, pues clasificaba las camisas y los trajes tan bien como los pájaros o los mamíferos.

El ascensor del hotel nos depositó en el gran vestíbulo de entresuelo. Descendí los pocos escalones que conducían a piso bajo y pagué mi cuenta en el largo mostrador que estaba siempre asediado por una considerable muchedumbre. Di la orden de expedir a París mis fardos de animales disecados y de plantas secas y dejé una cuenta suficiente para la manutención del babirusa. Seguido de Conseil, tomé un coche.

El vehículo, cuya tarifa por carrera era de veinte francos descendió por Broadway hasta Union Square, siguió luego por la Fourth Avenue hasta su empalme con Bowery Street, se adentró por la Katrin Street y se detuvo en el muelle trige­simocuarto. Allí, el Katrin ferry boat nos trasladó, hombres, caballos y coche, a Brooklyn, el gran anexo de Nueva York, situado en la orilla izquierda del río del Este, y en algunos minutos nos depositó en el muelle en el que el Abraham Lin­coln vomitaba torrentes de humo negro por sus dos chime­neas.

Trasladóse inmediatamente nuestro equipaje al puente de la fragata. Me precipité a bordo y pregunté por el coman­dante Farragut. Un marinero me condujo a la toldilla y me puso en presencia de un oficial de agradable aspecto, que me tendió la mano.

 ¿El señor Pierre Aronnax?  me preguntó.

 El mismo  respondí . ¿Comandante Farragut?

 En persona. Bienvenido a bordo, señor profesor. Tiene preparado su camarote.

Me despedí de él, y, dejándole ocupado en dar las órdenes para aparejar, me hice conducir al camarote que me había sido reservado.

El Abraham Lincoln había sido muy acertadamente elegi­do y equipado para su nuevo cometido. Era una fragata muy rápida, provista de aparatos de caldeamiento que permitían elevar a siete atmósferas la presión del vapor. Con tal pre­sión, el Abraham Lincoln podía alcanzar una velocidad me­dia de dieciocho millas y tres décimas por hora, velocidad considerable, pero insuficiente, sin embargo, para luchar contra el gigantesco cetáceo.

El acondicionamiento interior de la fragata respondía a sus cualidades náuticas. Me satisfizo mucho mi camarote, situado a popa y contiguo al cuarto de los oficiales.

 Aquí estaremos bien dije a Conseil.

 Tan bien, si me lo permite el señor, como un bernardo en la concha de un buccino.

Dejé a Conseil ocupado en instalar convenientemente nuestras maletas y subí al puente para seguir los preparati­vos de partida.

El comandante Farragut estaba ya haciendo largar las úl­timas amarras que retenían al Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn. Así, pues, hubiera bastado un cuarto de hora de retraso, o menos incluso, para que la fragata hubiese zar­pado sin mí y para perderme esta expedición extraordina­ria, sobrenatural, inverosímil, cuyo verídico relato habrá de hallar sin duda la incredulidad de algunos.

El comandante Farragut no quería perder ni un día ni una hora en su marcha hacia los mares en que acababa de seña­larse la presencia del animal. Llamó a su ingeniero.

 ¿Tenemos suficiente presión?  le preguntó.

 Sí, señor  respondió el ingeniero.

 ¡Go ahead!  gritó el comandante Farragut.

Al recibo de la orden, transmitida a la sala de máquinas por medio de aparatos de aire comprimido, los maquinistas accionaron la rueda motriz. Silbó el vapor al precipitarse por las correderas entreabiertas, y gimieron los largos pisto­nes horizontales al impeler a las bielas del árbol. Las palas de la hélice batieron las aguas con una creciente rapidez y el Abraham Lincoln avanzó majestuosamente en medio de un centenar de ferry boats y de tenders cargados de espectado­res, que lo escoltaban.

Los muelles de Brooklyn y de toda la parte de Nueva York que bordea el río del Este estaban también llenos de curio­sos. Tres hurras sucesivos brotaron de quinientas mil gar­gantas. Millares de pañuelos se agitaron en el aire sobre la compacta masa humana y saludaron al Abraham Lincoln hasta su llegada a las aguas del Hudson, en la punta de esa alargada península que forma la ciudad de Nueva York.

La fragata, siguiendo por el lado de New Jersey, la admirable orilla derecha del río bordeada de hotelitos, pasó entre los fuertes, que saludaron su paso con varias salvas de sus cañones de mayor calibre. El Abraham Líncoln respondió al saludo arriando e izando por tres veces el pabellón norte­americano, cuyas treinta y nueve estrellas resplandecían en su pico de mesana. Luego modificó su marcha para tomar el canal balizado que sigue una curva por la bahía interior for­mada por la punta de Sandy Hook, y costeó esa lengua are­nosa desde la que algunos millares de espectadores lo acla­maron una vez más.

El cortejo de boats y tenders siguió a la fragata hasta la al­tura del light boat, cuyos dos faros señalan la entrada de los pasos de Nueva York. Al llegar a ese punto, el reloj marcaba las tres de la tarde. El práctico del puerto descendió a su ca­noa y regresó a la pequeña goleta que le esperaba. Se forza­ron las máquinas y la hélice batió con más fuerza las aguas. La fragata costeó las orillas bajas y amarillentas de Long Is­land. A las ocho de la tarde, tras haber dejado al Noroeste el faro de Fire Island, la fragata surcaba ya a todo vapor las os­curas aguas del Atlántico.
4. Ned Land
El comandante Farragut era un buen marino, digno de la fragata que le había sido confiada. Su navío y él formaban una unidad, de la que él era el alma.

No permitía que la existencia del cetáceo fuera discutida a bordo, por no abrigar la menor duda sobre la misma. Creía en él como algunas buenas mujeres creen en el Leviatán, por fe, no por la razón. Estaba tan seguro de su existencia como de que libraría los mares de él. Lo había jurado. Era una es­pecie de caballero de Rodas, un Diosdado de Gozon en bus­ca de la serpiente que asolaba su isla. O el comandante Fa­rragut mataba al narval o el narval mataba al comandante Farragut. Ninguna solución intermedia.

Los oficiales de a bordo compartían la opinión de su jefe. Había que oírles hablar, discutir, disputar, calcular las posi­bilidades de un encuentro y verles observar la vasta exten­sión del océano. Más de uno se imponía una guardia volun­taria, que en otras circunstancias hubiera maldecido, en los baos del juanete. Y mientras el sol describía su arco diurno, la arboladura estaba llena de marineros, como si el puente les quemara los pies, que manifestaban la mayor impacien­cia. Y eso que el Abraham Lincoln estaba todavía muy lejos de abordar las aguas sospechosas del Pacífico.

La tripulación estaba, en efecto, impaciente por encontrar al unicornio, por arponearlo, izarlo a bordo y despedazarlo. Por eso vigilaba el mar con una escrupulosa atención. El co­mandante Farragut había hablado de una cierta suma de dos mil dólares que se embolsaría quien, fuese grumete o mari­nero, contramaestre u oficial, avistara el primero al animal. No hay que decir cómo se ejercitaban los ojos a bordo del Abraham Lincoln.

Por mi parte, no le cedía a nadie en atención en las obser­vaciones cotidianas. La fragata hubiera podido llamarse muy justificadamente Argos. Conseil era el único entre todos que se manifestaba indiferente a la cuestión que nos apasio­naba y su actitud contrastaba con el entusiasmo general que reinaba a bordo.

Ya he dicho cómo el comandante Farragut había equipa­do cuidadosamente su navío, dotándolo de los medios ade­cuados para la pesca del gigantesco cetáceo. No hubiera ido mejor armado un ballenero. Llevábamos todos los ingenios conocidos, desde el arpón de mano hasta los proyectiles de los trabucos y las balas explosivas de los arcabuces. En el cas­tillo se había instalado un cañón perfeccionado que se car­gaba por la recámara, muy espeso de paredes y muy estrecho de ánima, cuyo modelo debe figurar en la Exposición Uni­versal de 1867. Este magnífico instrumento, de origen ame­ricano, enviaba sin dificultad un proyectil cónico de cuatro kilos a una distancia media de dieciséis kilómetros.

El Abraham Lincoln no carecía, pues, de ningún medio de destrucción. Pero tenía algo mejor aún. Tenía a Ned Land, el rey de los arponeros. Ned Land era un canadiense de una habilidad manual poco común, que no tenía igual en su peli­groso oficio. Poseía en grado superlativo las cualidades de la destreza y de la sangre fría, de la audacia y de la astucia. Muy maligna tenía que ser una ballena, singularmente astuto de­bía ser un cachalote, para que pudiera escapar a su golpe de arpón.

Ned Land tenía unos cuarenta años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis pies ingleses1  y de robusta complexión. Tenía un aspecto grave y era poco comunicativo, violento a veces y muy colérico cuando se le contrariaba. Su persona llamaba la atención, y sobre todo el poder de su mira­da que daba un singular acento a su fisonomía.

Creo que el comandante Farragut había estado bien inspi­rado al contratar a este hombre que, por su ojo y su brazo, valía por toda la tripulación. No puedo hallarle mejor com­paración que la de un potente telescopio que fuese a la vez un cañón.

Quien dice canadiense dice francés y, por poco comuni­cativo que fuese Ned Land, debo decir que me cobró cierto afecto, atraído quizá por mi nacionalidad. Era para él una ocasión de hablar, como lo era para mí de oír, esa vieja len­gua de Rabelais todavía en uso en algunas provincias cana­dienses. La familia del arponero era originaria de Quebec, y formaba ya una tribu de audaces pescadores en la época en que esa tierra pertenecía a Francia.

Poco a poco, Ned se aficionó a hablar conmigo. A mí me gustaba mucho oírle el relato de sus aventuras en los mares polares. Narraba sus lances de pesca y sus combates, con una gran poesía natural. Sus relatos tomaban una forma épica que me llevaba a creer estar oyendo a un Homero canadien­se cantando la Ilíada de las regiones hiperbóreas.

Describo ahora a este audaz compañero tal como lo co­nozco actualmente. Somos ahora viejos amigos, unidos por la inalterable amistad que nace y se cimenta en las pruebas difíciles. ¡Ah, mi buen Ned! Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más tiempo.

¿Cual era la opinión de Ned Land sobre la cuestión del monstruo marino? Debo confesar que no creía apenas en el unicornio y que era el único a bordo que no compartía la convicción general. Induso evitaba hablar del tema, sobre el que le abordé un día. Era el 30 de julio, es decir, a las tres se­manas de nuestra partida, y la fragata se hallaba a la altura del cabo Blanco, a treinta millas a sotavento de las costas de la Patagonia. Habíamos pasado ya el trópico de Capricor­nio, y el estrecho de Magallanes se abría a menos de sete­cientas millas al sur. Antes de ocho días, el Abraham Lincoln se hallaría en aguas del Pacífico.

Hacía una magnífica tarde, y sentados en la toldilla hablá­bamos Ned Land y yo de unas y otras cosas, mientras mirá­bamos el mar misterioso cuyas profundidades han perma­necido hasta aquí inaccesibles a los ojos del hombre. Llevé naturalmente la conversación al unicornio gigantesco, y me extendí en consideraciones sobre las diversas posibilidades de éxito o de fracaso de nuestra expedición. Luego, al ver que Ned Land me dejaba hablar, le ataqué más directamente.

 ¿Cómo es posible, Ned, que no esté usted convencido de la existencia del cetáceo que perseguimos? ¿Tiene usted ra­zones particulares para mostrarse tan incrédulo?

El arponero me miró durante algunos instantes antes de responder, se golpeó la frente con la mano, con un gesto que le era habitual, cerró los ojos como para recogerse y dijo, al fin:

 Quizá, señor Aronnax.

 Sin embargo, Ned, usted que es un ballenero profesio­nal, usted que está familiarizado con los grandes mamíferos marinos, usted cuya imaginación debería aceptar fácilmen­te la hipótesis de cetáceos enormes, parece el menos indica­do... debería ser usted el último en dudar, en semejantes cir­cunstancias.

 Se equivoca, señor profesor. Pase aún que el vulgo crea en cometas extraordinarios que atraviesan el espacio o en la existencia de monstruos antediluvianos que habitan el inte­rior del globo, pero ni el astrónomo ni el geólogo admitirán tales quimeras. Lo mismo ocurre con el ballenero. He perse­guido a muchos cetáceos, he arponeado un buen número de ellos, he matado a muchos, pero por potentes y bien arma­dos que estuviesen, ni sus colas ni sus defensas hubieran po­dido abrir las planchas metálicas de un vapor.

 Y, sin embargo, Ned, se ha demostrado que el narval ha conseguido atravesar con su diente barcos de parte a parte.

 Barcos de madera, quizá, es posible, aunque yo no lo he visto nunca. Así que hasta no tener prueba de lo contrario, yo niego que las ballenas, los cachalotes o los unicornios puedan producir tal efecto.

 Escuche, Ned...

 No, señor profesor, no. Todo lo que usted quiera, excep­to eso. ¿Quizá un pulpo gigantesco?

 Aún menos, Ned. El pulpo no es más que un molusco, y ya esto indica la escasa consistencia de sus carnes. Aunque tuviese quinientos pies de longitud, el pulpo, que no perte­nece a la rama de los vertebrados, es completamente inofen­sivo para barcos tales como el Scotia o el Abraham Lincoln. Hay que relegar al mundo de la fábula las proezas de los kra­kens u otros monstruos de esa especie.

 Entonces, señor naturalista  preguntó Ned Land con un tono irónico-, ¿persiste usted en admitir la existencia de un enorme cetáceo?

 Sí, Ned, se lo repito con una conviccion que se apoya en la lógica de los hechos. Creo en la existencia de un mamífero, poderosamente organizado, perteneciente a la rama de los vertebrados, como las ballenas, los cachalotes o los delfines, y provisto de una defensa córnea con una extraordinaria fuerza de penetración.

 ¡Hum!  dijo el arponero, moviendo la cabeza con el ade­mán de un hombre que no quiere dejarse convencer.

 Y observe, mi buen canadiense, que si tal animal existe, si habita las profundidades del océano, si frecuenta las capas líquidas situadas a algunas millas por debajo de la superficie de las aguas, tiene que poseer necesariamente un organismo cuya solidez desafíe a toda comparación.

 Y ¿por qué un organismo tan poderoso?  preguntó Ned.  Porque hace falta una fuerza incalculable para mante­nerse en las capas profundas y resistir a su presión.

 ¿De veras?  dijo Ned, que me miraba con los ojos entre­cerrados.

 Ciertamente, y algunas cifras se lo probarán fácilmente.

 ¡Oh, las cifras!  replicó Ned . Se hace lo que se quiere con las cifras.

 En los negocios, sí, Ned, pero no en matemáticas. Escu­che. Admitamos que la presión de una atmósfera esté repre­sentada por la presion de una columna de agua de treinta y dos pies de altura. En realidad, la altura de la columna sería menor, puesto que se trata de agua de mar cuya densidad es superior a la del agua dulce. Pues bien, cuando usted se su­merge, Ned, tantas veces cuantas descienda treinta y dos pies soportará su cuerpo una presión igual a la de la atmós­fera, es decir, de kilogramos por cada centímetro cuadrado de su superficie. De ello se sigue que a trescientos veinte pies esa presión será de diez atmósferas, de cien atmósferas a tres mil doscientos pies, y de mil atmósferas, a treinta y dos mil pies, es decir a unas dos leguas y media. Lo que equivale a decir que si pudiera usted alcanzar esa profundidad en el océano, cada centímetro cuadrado de la superficie de su cuerpo sufriría una presión de mil kilogramos. ¿Y sabe us­ted, mi buen Ned, cuántos centímetros cuadrados tiene usted en superficie?

 Lo ignoro por completo, señor Aronnax.

 Unos diecisiete mil, aproximadamente.

 ¿Tantos? ¿De veras?

 Y, como, en realidad, la presión atmosférica es un poco superior al peso de un kilogramo por centímetro cuadrado, sus diecisiete mil centímetros cuadrados están soportando ahora una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos.

 ¿Sin que yo me dé cuenta?

 Sin que se dé cuenta. Si tal presión no le aplasta a usted es porque el aire penetra en el interior de su cuerpo con una presión igual. De ahí un equilibrio perfecto entre las presio­nes interior y exterior, que se neutralizan, lo que le permite soportarla sin esfuerzo. Pero en el agua es otra cosa.

 Sí, lo comprendo  respondió Ned, que se mostraba más atento . Porque el agua me rodea y no me penetra.

-Exactamente, Ned. Así, pues, a treinta y dos pies por de­bajo de la superficie del mar sufriría usted una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos; a tres­cientos veinte pies, diez veces esa presión, o sea, ciento se­tenta y cinco mil seiscientos ochenta kilogramos; a tres mil doscientos pies, cien veces esa presión, es decir, un millón setecientos cincuenta y seis mil ochocientos kilogramos; y a treinta y dos mil pies, mil veces esa presión, o sea diecisiete millones quinientos sesenta y ocho mil kilogramos. En una palabra, que se quedaría usted planchado como si le sacaran de una apisonadora.

-¡Diantre!  exclamó Ned.

 Pues bien, mi buen Ned, si hay vertebrados de varios cen­tenares de metros de longitud y de un volumen proporcional que se mantienen a semejantes profundidades, con una su­perficie de millones de centímetros cuadrados, calcule la presión que resisten en miles de millones de kilogramos. Calcule usted cuál debe ser la resistencia de su armazón ósea y la potencia de su organismo para resistir a tales presiones.

 Deben estar fabricados  respondió Ned Land  con planchas de hierro de ocho pulgadas, como las fragatas aco­razadas.

 Como usted dice, Ned. Piense ahora en los desastres que puede producir una masa semejante lanzada con la veloci­dad de un expreso contra el casco de un buque.

 Sí ... , en efecto .... tal vez  respondió el canadiense, turba­do por esas cifras, pero sin querer rendirse.

 Pues bien, ¿le he convencido?

 Me ha convencido de una cosa, señor naturalista, y es de que si tales animales existen en el fondo de los mares deben necesariamente ser tan fuertes como dice usted.

 Pero si no existen, testarudo arponero, ¿cómo se explica usted el accidente que le ocurrió al Scotia?

 Pues ... porque...  dijo Ned, titubeando.

 ¡Continúe!

 Pues, ¡porque... eso no es verdad!  respondió el cana­diense, repitiendo, sin saberlo, una célebre respuesta de Arago.

Pero esta respuesta probaba la obstinación del arponero y sólo eso. Aquel día no le acosé más. El accidente del Scotia no era negable. El agujero existía, y había habido que col­marlo. No creo yo que la existencia de un agujero pueda ha­llar demostración más categórica. Ahora bien, ese agujero no se había hecho solo, y puesto que no había sido produci­do por rocas submarinas o artefactos submarinos, necesa­riamente tenía que haberlo hecho el instrumento perforante de un animal.

Y en mi opinión, y por todas las razones precedentemente expuestas, ese animal pertenecía a la rama de los vertebra­dos, a la clase de los mamíferos, al grupo de los pisciformes, y, finalmente, al orden de los cetáceos. En cuanto a la familia en que se inscribiera, ballena, cachalote o delfín, en cuanto al género del que formara parte, en cuanto a la especie a que hubiera que adscribirle, era una cuestión a elucidar poste­riormente. Para resolverla había que disecar a ese monstruo desconocido; para disecarlo, necesario era apoderarse de él; para apoderarse de él, había que arponearlo (lo que compe­tía a Ned Land); para arponearlo, había que verlo (lo que co­rrespondía a la tripulación), y para verlo había que encon­trarlo (lo que incumbía al azar).
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