El vendedor más grande del mundo






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CAPÍTULO V


 

Hafid cabalgaba lentamente con la cabeza baja de manera que no notaba ya que la estrella esparcía un camino de luz delante de él. ¿Por qué había cometido un acto tan necio? No conocía a esa gente reunida en la cueva. ¿Por qué no había procurado venderles el manto? ¿Qué le diría a Pathros? ¿Y a los demás? Se revolcarían en el suelo de risa cuando supieran que había regalado el manto que se le había confiado para vender. Y a un bebé desconocido en una cueva. Se puso a meditar para ver si se le ocurría alguna historia para engañar a Pathros. Quizá podía decirle que le habían robado el manto de las alforjas del asno, mientras él cenaba en el comedor. ¿Creería Pathros tal historia? Era posible, porque había muchos asaltantes en la región. ¿Y aunque Pathros le creyera, no lo censuraría por su descuido?

Ensimismado en sus pensamientos se encontró de pronto en la senda que cruzaba el jardín de Getsemaní. Se bajó del asno y caminó cansadamente delante de él hasta que llegó a la caravana. La luz que brillaba del cielo alumbraba el lugar como si fuese de día, y la confrontación que había temido se le presentó de inmediato al ver a Pathros, fuera de su tienda, observando atentamente los cielos. Hafid se detuvo, sin hacer movimiento, pero el anciano lo vio casi de inmediato.

El anciano se acercó al joven y con una voz que trasuntaba asombro y sobrecogimiento le preguntó:

—¿Has venido directamente de Belén?

—Sí, señor.

—¿No te alarmas que una estrella te haya seguido?

—No lo había observado, señor.

—¿Que no lo habías observado? Me ha sido imposible moverme de este lugar desde que vi por primera vez que la estrella se levantaba sobre Belén hace casi dos horas. Jamás he visto otra con más color y brillantez. Y luego, mientras la observaba, comenzó a moverse en los cielos y a acercarse a nuestra caravana. Y ahora que está directamente sobre nuestras cabezas, tú apareces, y por dios, ya no se mueve más.

Pathros se acercó a Hafid y estudió el rostro del joven con detenimiento al preguntarle:

—¿Participaste de algún acontecimiento extraordinario mientras te hallabas en Belén?

—No, señor.

El anciano frunció el entrecejo como absorto en sus pensamientos.

—Nunca he pasado una noche como ésta, ni he experimentado nada semejante.

Hafid vaciló y dijo:

—Yo tampoco me olvidaré jamás de esta noche, señor.

—¿Ah, sí? ¿A ti también te pasó algo esta noche? ¿Cómo es que regresas tan tarde?

Hafid guardó silencio mientras el anciano se volvió y comenzó a hurgar en las alforjas del asno de Hafid.

—¡Están vacías! Por fin alcanzaste el éxito. Entra a mi tienda y cuéntame tus experiencias. Puesto que los dioses han convertido la noche en día no puedo dormir y quizá tus palabras me den alguna pista del porqué una estrella siguió a un camellero.

Pathros se reclinó en su catre y escuchó con los ojos cerrados la larga historia de Hafid y las interminables negativas, rechazos e insultos que había tenido que afrontar en Belén. Ocasionalmente asentía con un ligero movimiento de cabeza, como cuando Hafid describió al mercader de artículos de alfarería que lo expulsó a viva fuerza de su negocio, y sonrió cuando el joven le narró la historia del soldado romano que le arrojó el manto en la cara a Hafid, cuando el joven vendedor se había negado a rebajar el precio.

Finalmente Hafid, con una voz ronca y velada, describía todas las dudas que lo habían asediado en la posada esa misma noche. Pathros lo interrumpió diciéndole:

—Hafid, haz memoria y cuéntame con detalles todas las dudas que pasaron por tu mente mientras sentado allí te lamentabas de tu propia suerte.

Cuando Hafid había mencionado todas sus dudas lo mejor que podía, el anciano le preguntó:

—Ahora bien, ¿qué pensamiento vino a tu mente que desalojó las dudas y te impartió nuevo valor para procurar de nuevo vender el manto a la mañana siguiente?

Hafid pensó por unos momentos en su respuesta y luego dijo:

—Pensé solo en la hija de Calneh. Aún en aquella asquerosa posada sabía que no me atrevería jamás a verle la cara de nuevo si fracasaba.

Y con voz quebrantada, Hafid dijo:

—Pero de todos modos, le fracasé.

—¿Has fracasado? No te entiendo. El manto no ha regresado contigo.

Con una voz que parecía un murmullo, tan baja que Pathros tuvo que inclinar el cuerpo hacia adelante para oír, Hafid relató el incidente de la cueva, del bebé y del manto. Mientras el joven hablaba, Pathros lanzaba miradas repetidas a la puerta de la tienda y al resplandor que aún iluminaba el campamento. Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro perplejo y no se dio cuenta que el joven había dejado de contar la historia y ahora sollozaba.

De pronto cesaron los sollozos y reinó el silencio en la espaciosa tienda. Hafid no se atrevía a levantar la vista. Había fracasado, demostrando con su fracaso que no estaba preparado para otra labor que no fuera la de camellero. Venció el impulso de ponerse de pie y salir corriendo de la tienda. Luego sintió sobre sus hombros la mano del gran vendedor y con esfuerzo levantó los ojos y los fijó en Pathros.

—Hijo mío, este viaje no ha sido de mucho beneficio para ti.

—No, señor.

—Pero lo ha sido para mí. La estrella que te siguió me ha curado de una ceguera que me cuesta admitir. Te explicaré este asunto sólo después de nuestro regreso a Palmira. Ahora te haré una solicitud.

—Sí, señor.

—Nuestros vendedores comenzarán a llegar de regreso a la caravana mañana antes de la puesta del sol, y sus animales necesitarán cuidado. ¿Estás dispuesto por ahora a retornar a tu trabajo de camellero?

Hafid se puso de pie resignadamente y se inclinó ante su benefactor.

—Lo que me pida, eso haré… Y le pido disculpas por mi fracaso.

—Ve, entonces, y prepárate para el retorno de nuestros vendedores, y nos veremos de nuevo cuando lleguemos a Palmira.

Al salir de la tienda, Hafid quedó enceguecido por un instante por la brillante luz que alumbraba el lugar. Se restregó los ojos y oyó que Pathros lo llamaba desde el interior de la tienda.

El joven se dio vuelta y entró de nuevo, esperando que el anciano le hablara. Pathros lo señaló con la mano y le dijo:

—Duerme en paz porque no has fracasado.

La estrella brillante alumbró el campamento durante toda la noche.
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