El vendedor más grande del mundo






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CAPÍTULO IV


 

Hafid empujó hacia un lado el pan a medio comer y se puso a pensar en su infeliz suerte. Mañana haría cuatro días que estaba en Belén y el manto rojo que había traído con tanta confianza estaba aún dentro del paquete sobre las ancas del animal, atado ahora a una estaca en una cueva detrás de la posada.

No oía siquiera el ruido que lo rodeaba en aquel comedor atestado de gente, en circunstancias que miraba con gesto adusto a su comida sin terminar. Las dudas que han asaltado a todos los vendedores desde el comienzo de los siglos pasaron por su mente: «¿Por qué es que la gente no escucha mi historia? ¿Cómo puede uno cautivar su atención? ¿Por qué es que cierran la puerta antes de que haya pronunciado cinco palabras? ¿Por qué pierden interés en mis palabras y se alejan? ¿Son todos pobres en este pueblo? ¿Qué les responderé cuando me dicen que les gusta el manto pero que no tienen dinero para comprarlo? ¿Por qué es que tantos me dicen que vuelva después? ¿Cómo es que los otros venden cuando yo no puedo? ¿Qué temor es éste que se apodera de mí cuando me acerco a una puerta cerrada y cómo puedo vencerlo? ¿No está de acuerdo el precio que yo pido con el que piden los otros vendedores?»

Sacudió la cabeza disgustado al pensar en su fracaso. Quizá ésta no fuera la vida para él. Quizá debiera quedarse de camellero y continuar ganando solo unos cobres por cada día de trabajo. En calidad de vendedor de mercancías se consideraría afortunado si regresaba a la caravana con alguna utilidad. ¿Qué es lo que Pathros lo había llamado? ¿Un joven soldado? Ansió, por unos momentos, estar con sus animales.

Luego sus pensamientos se volvieron a Lisha y su severo padre Calneh, y las dudas desaparecieron de inmediato de su mente. Esta noche dormiría de nuevo en los cerros para ahorrar dinero, y mañana vendería el manto. Además, hablaría con tanta elocuencia que el manto le proporcionaría un buen precio. Comenzaría temprano, apenas se divisara la alborada, y se pondría cerca del pozo de la ciudad. Se dirigiría a todos los que se acercaran y al poco rato estaría de regreso al monte de los Olivos con plata en su bolsa.

Extendió la mano y tomó el pan a medio comer y comenzó a comerlo mientras pensaba en su señor. Pathros se sentiría orgulloso de él porque no se había desanimado ni fracasado. En realidad cuatro días era un tiempo muy largo para vender solo un manto, pero si podía realizar la venta en cuatro días, sabía que podía aprender de Pathros, como efectuarla en tres días, luego en dos días. Con el tiempo, adquiriría tanta habilidad que vendería muchos mantos por hora. Y sería entonces en realidad un vendedor de fama.

Salió de la bulliciosa posada y se dirigió hacia la cueva donde estaba su animal. El aire helado había endurecido la hierba, cubriéndola de una fina capa de hielo y cada hoja crujía como si se quejara bajo la presión de sus sandalias. Hafid desistió de ir esa noche a los cerros. En cambio descansaría en la cueva con su animal.

Mañana, estaba seguro, sería un día mejor, aunque ahora comprendía por qué los otros vendedores siempre pasaban de largo y no se detenían en este pueblo sin prosperidad. Afirmaban que no se podía realizar en el pueblo venta alguna, y se había acordado de sus palabras cada vez que alguien se negaba a comprar su manto. Y sin embargo, Pathros había vendido centenares de mantos aquí hacía muchos años.

Quizá las condiciones habían sido distintas entonces, y después de todo Pathros era un gran vendedor.

Una luz mortecina que salía de la cueva lo hizo apresurar sus pasos por temor de que se encontrara un ladrón dentro de ella. Entró corriendo por la abertura de piedra caliza listo para dominar al malhechor y recobrar sus bienes. En cambio, la tensión desapareció de inmediato de sus músculos ante el cuadro que se presentaba a sus ojos.

Una pequeña vela embutida en una hendidura de la pared rocosa, alumbraba débilmente el rostro de un hombre de barba y a una joven mujer acurrucados el uno junto al otro. A sus pies, en el hueco de una piedra que por lo general contenía forraje para el ganado, dormía un bebé. Hafid sabía muy poco de estas cosas, pero se dio cuenta que el bebé era recién nacido porque tenía la piel roja y arrugada. Para proteger del frío al bebé que dormía, los mantos de la mujer y del hombre cubrían el cuerpecito, dejando solo al descubierto su pequeña cabeza.

El hombre hizo una señal con la cabeza en dirección a Hafid, mientras que la mujer se acercó aún más al bebé. Ninguno habló. Luego un estremecimiento sacudió a la mujer, y Hafid vio que sus delgadas ropas le ofrecían escasa protección contra la humedad de la cueva. Hafid miró de nuevo al bebé. Observó fascinado mientras la boquita se abría y se cerraba, casi con una sonrisa, y una extraña sensación lo invadió. Por alguna razón desconocida pensó en Lisha. La mujer tembló de nuevo de frío, y su repentino movimiento hizo volver a Hafid a la realidad.

Después de algunos momentos de dolorosa indecisión, el futuro vendedor de mercancías se dirigió a su bestia. Con cuidado desató los nudos, abrió las alforjas y sacó el manto. Lo desenrolló y lo acarició con sus manos. El rojo matiz brillaba a la luz de la vela y podía ver la marca de Pathros y la marca de Tola en el interior, asimismo el círculo en el cuadrado y la estrella. ¿Cuántas veces había sostenido este manto en sus cansados brazos en los últimos tres días? Parecía que conocía todo el tejido y las fibras del manto. Era en realidad un manto de calidad. Si se lo cuidaba podía durar toda la vida.

Hafid cerró sus ojos y suspiró. Luego con pasos rápidos se dirigió al lugar donde estaba la pequeña familia, se arrodilló en la paja junto al bebé y suavemente quitó primero de aquel pesebre donde yacía el bebé, el manto raído del padre y luego el de la madre. Y se los devolvió a sus dueños. Asombrados, no podían ni reaccionar siquiera ante la intrepidez de Hafid. Luego Hafid abrió su precioso manto de púrpura y con él envolvió tiernamente al bebé dormido.

Hafid sentía aún en sus mejillas el cálido beso de la joven madre, cuando sacó a su animal de la cueva. Directamente, encima, brillaba la estrella más resplandeciente que Hafid había visto. La contempló fijamente hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas, y luego condujo a su bestia por el sendero que llevaba hacia el camino principal de regreso a Jerusalén y a la caravana en la montaña.
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