El vendedor más grande del mundo






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CAPÍTULO I


 

Hafid se demoró frente al espejo de bronce y estudió su imagen reflejada en el metal bruñido.

«Sólo los ojos conservan su juventud», murmuró al darse vuelta y caminar lentamente por el espacioso piso de mármol. Pasó entre columnas de ónice negro que sostenían el cielorraso bruñido de plata y de oro, y sus ancianas piernas lo llevaron más allá de las mesas esculpidas en madera de ciprés y marfil.

Las incrustaciones de carey brillaban en los sofás y divanes, y las paredes, adornadas con piedras preciosas, relucían con brocados del más esmerado diseño. Enormes palmeras crecían plácidamente en vasijas de bronce sirviendo de marco a una fuente de ninfas de alabastro, mientras que grandes floreros, incrustados de piedras preciosas, competían con su contenido en llamar la atención. Ningún visitante al palacio de Hafid podía dudar de que se tratara en realidad de una persona con grandes riquezas.

El anciano pasó por un jardín cercado y entró a su almacén que se extendía más allá de su mansión en una distancia de 500 pasos. Erasmo, su principal tenedor de libros, esperaba inseguro un poco más allá de la entrada.

—Mis saludos, señor —dijo Erasmo.

Hafid inclinó levemente la cabeza y continuó en silencio. Erasmo lo siguió sin poder ocultar la preocupación de su rostro ante la extraordinaria solicitud de su amo para celebrar una entrevista en este lugar. Cerca de las plataformas de carga, Hafid se detuvo contemplando las mercancías que eran sacadas de vagones de carga y contadas en puestos separados. Había lana, lino fino, pergaminos, miel, alfombras y aceite del Asia Menor; cristales, higos, nueces, y bálsamo de su propio país; textiles y drogas de Palmira; jengibre; canela y piedras preciosas de Arabia; maíz, papel, granito, alabastro y basalto de Egipto; tapizados de Babilonia; pinturas de Roma; y estatuas de Grecia. Flotaba en el ambiente un intenso aroma a bálsamo y el fino olfato de Hafid percibía la presencia de dulces ciruelas, manzanas, queso y jengibre.

Finalmente se volvió a Erasmo.

—Mi viejo amigo, ¿cuánta riqueza hay ahora acumulada en nuestro tesoro?

Erasmo palideció.

—¿En total?

—En total.

—No he estudiado los números recientemente, pero calcularía que hay más de siete millones de talentos de oro.

—Y si todas las mercancías en todos mis almacenes y emporios se convirtieran en oro, ¿cuánto reportarían?

—Nuestro inventario no está aún completo para esta temporada, señor, pero calcularía un mínimo de otros tres millones de talentos.

Hafid asintió con la cabeza.

—No compres más mercancías. Inicia de inmediato los planes necesarios para vender todo lo que es mío y convertirlo en oro.

El tenedor de libros abrió la boca sin emitir sonido. Retrocedió como si algo le hubiese golpeado, y cuando finalmente recobró el habla, tuvo que hacer un esfuerzo para decir.

—No lo entiendo, señor. Este ha sido nuestro año más provechoso. Cada uno de los emporios informa sobre aumentos en las ventas respecto de la temporada anterior. Hasta las legiones romanas son ahora nuestros clientes, puesto que, ¿no le vendió al procurador de Jerusalén 200 sementales árabes en el espacio de dos semanas? Perdóneme mi intrepidez, porque rara vez pongo en tela de juicio sus directivas, pero esta orden no la puedo entender…

Hafid sonrió y le tomó con suavidad la mano a Erasmo.

—Mi camarada digno de confianza, ¿es tu memoria lo suficientemente vivida como para recordar la primera orden que recibiste de mí cuando comenzaste a trabajar para mí hace muchos años?

Erasmo frunció el ceño fugazmente, y luego se le iluminó el rostro.

—Me encargó que sacara todos los años la mitad de las ganancias de nuestro tesoro y las distribuyera entre los pobres.

—¿Y no me consideraste en aquella época un hombre de negocios necio?

—Abrigué grandes recelos, señor.

Hafid asintió con la cabeza y extendió los brazos hacia las plataformas de carga.

—¿Estás dispuesto a admitir que tu preocupación carecía de fundamento?

—Sí, señor.

—Permíteme entonces animarte a que tengas fe en mi decisión hasta que te explique mis planes. Soy ahora anciano y mis necesidades son sencillas, elementales. Dado que mi amada Lisha ha sido quitada de mí, después de tantos años de felicidad, es mi deseo distribuir todas mis riquezas entre los pobres de esta ciudad. Guardaré solo lo suficiente como para terminar mi vida sin incomodidades. Además de disponer de nuestro inventario, quiero que prepares los documentos necesarios a fin de transferir el título de propiedad de cada uno de los emporios al que actualmente lo administra por mí. Quiero también que distribuyas 5.000 talentos de oro a estos gerentes corno recompensa por sus años de lealtad, para que puedan surtir de nuevo sus estantes y anaqueles como deseen.

Erasmo comenzó a hablar pero la mano en alto de Hafid le impuso silencio.

—¿Te parece desagradable esta tarea?

El tenedor de libros sacudió la cabeza y esbozo una sonrisa.

—No, señor, solo que no puedo comprender su razonamiento. Sus palabras son las de un hombre cuyos días están contados.

—Es propio de ti, Erasmo, que te preocupes por mí en vez de ti. ¿No piensas en tu futuro cuando nuestro imperio comercial quede disuelto?

—Hemos sido camaradas durante muchos años. ¿Cómo puedo yo ahora pensar solo en mí mismo?

Hafid abrazó a su viejo amigo y le contestó:

—No es necesario. Te pido que transfieras in mediatamente 50.000 talentos de oro a tu nombre y te ruego que te quedes conmigo hasta que se cumpla una promesa que hice hace muchísimos años. Cuando esa promesa se haya cumplido te legaré esté palacio y el almacén a ti, porque estaré entonces listo para reunirme con Lisha.

El anciano tenedor de libros miró fijamente a su señor, incapaz de comprender las palabras que había oído.

—El palacio, 50.000 talentos de oro, el almacén; no los merezco…

Hafid asintió.

—He considerado siempre tu amistad como mi mayor bien. Lo que ahora te lego a ti es de ínfima importancia comparado con tu inagotable lealtad. Has llegado a dominar el arte de vivir, no solo en lo que a ti respecta, sino en lo referente a los demás, y esta solicitud te ha sellado por sobre todo como un hombre entre los hombres. Ahora te insto a que te apresures a consumar mis planes. El tiempo es la mercancía más valiosa que poseo y el reloj de arena de mi vida está casi lleno.

Erasmo volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Con voz quebrada le preguntó:

—¿Y qué me dice de su promesa que aún tiene que cumplirse? Aunque hemos sido como hermanos nunca le he oído hablar de tal asunto.

Hafid se cruzó de brazos y sonrió.

—Nos reuniremos de nuevo cuando hayas cumplido las órdenes que te he dado esta mañana. Entonces te revelaré un secreto que no he compartido con nadie, excepto con mi amada esposa, por más de 30 años.
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