El vendedor más grande del mundo






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CAPÍTULO XVIII


 

Y así aconteció que Hafid esperó en su solitario palacio a aquel que iba a recibir los pergaminos. El anciano, acompañado solo de su tenedor de libros digno de confianza, observaba el ir y venir de las estaciones, y las enfermedades propias de la vejez le impidieron bien pronto toda actividad, con la excepción de sentarse serenamente en su jardín cubierto.

Y esperó.

Y esperó casi tres años completos después de haber dispuesto de sus riquezas y de haber disuelto su emporio comercial

Y un día procedente del desierto oriental apareció un hombre de pequeña estatura que cojeaba, un extraño que entró a Damasco y se dirigió directamente a través de las calles hasta el palacio de Hafid. Erasmo, por lo general modelo de cortesía y propiedad, se paró resueltamente en la puerta cuando el visitante repitió su pedido: «Quisiera hablar con tu señor».

La apariencia de aquel forastero no inspiraba confianza. Tenía las sandalias desgarra das y remendadas con una soga, sus piernas bronceadas estaban heridas y rasguñadas, con llagas en muchos sitios, y tenía rodeada la cintura de una especie de delantal holgado y andrajoso hecho de pelos de camello. Aquel extraño tema el pelo largo y enmarañado y sus ojos, enrojecidos por el sol, parecían arder desde adentro.

Mientras sostenía con mano firme el picaporte de la puerta, Erasmo le preguntó:

—¿Qué es lo que buscas de mi señor?

El extraño se quitó la mochila del hombro y unió sus manos en actitud de oración hacia Erasmo.

—Te ruego, mi buen hombre, que me des audiencia con tu señor. No busco hacerle daño ni le pediré limosna. Permíteme que el escuche mis palabras y luego me iré de inmediato si lo ofendo.

Erasmo, inseguro aún, abrió lentamente la puerta e hizo una señal hacia el interior. Luego se dio vuelta sin mirar y caminó con rapidez hacia el jardín con el visitante que lo seguía, cojeando.

En el jardín, Hafid dormitaba, y Erasmo vaciló ante su señor. Tosió, y Hafid hizo un ligero movimiento. Volvió a toser y el anciano abrió los ojos.

—Perdóneme que le interrumpa el sueño, señor mío, pero tenemos un visitante.

Hafid, que se había despertado, se sentó y fijó sus ojos en el extraño que hizo una reverencia y habló:

—¿Es usted al que llaman el vendedor más grande del mundo?

Hafid frunció el ceño pero asintió.

—Así me han llamado en épocas pretéritas. La corona ya no descansa en mi anciana cabeza. ¿Qué buscas de mí?

El visitante, de pequeña estatura, se mantuvo de pie ante Hafid, y se restregó las manos sobre su velludo pecho. Pestañeó y replicó:

—Me llamo Saulo y regreso ahora a mi ciudad natal de Tarso, procedente de Jerusalén. Sin embargo, le ruego que no permita que mi apariencia le engañe. No soy un bandido del desierto ni limosnero de las calles. Soy ciudadano de Tarso y también ciudadano de Roma. Mi pueblo son los fariseos de la tribu de Benjamín, y aunque mi oficio es fabricante de tiendas, he estudiado a los pies del gran Gamaliel. Algunos me llaman Pablo.

Acompañaba a sus palabras con la oscilación de su cuerpo, y Hafid, que aún no se había despertado por completo hasta este momento, se disculpó pidiéndole a su visitante que se sentara.

Pablo asintió pero siguió de pie:

—He venido para pedirle directivas y ayuda que sólo usted puede darme. ¿Me permitirá, señor, contarle mi historia?

Erasmo, de pie detrás del extraño, sacudió la cabeza violentamente, pero Hafid hizo como si no lo notara. Estudió con detenimiento a aquel que le había interrumpido el sueño y luego asintió:

—Soy muy anciano para seguir mirándote con la cabeza levantada. Siéntate a mis pies y te escucharé.

Pablo puso al lado su mochila y se hincó cerca del anciano que esperaba en silencio.

—Hace cuatro años, a raíz de que el conocimiento acumulado en demasiados años de estudio había enceguecido mi corazón y no podía ver la verdad, fui testigo oficial del apedreamiento en Jerusalén de un santo llamado Esteban. Había sido condenado a muerte por el sanedrín judío por blasfemia contra Dios.

Hafid lo interrumpió con un dejo de perplejidad en su voz.

—No sé que tengo que ver con esta actividad.

Pablo levantó la mano como para calmar al anciano y dijo:

—Lo explicaré de inmediato. Esteban era seguidor de un hombre llamado Jesús, que a menos de un año antes de la lapidación de Esteban, fue crucificado por los romanos por sedición contra el estado. La culpabilidad de Esteban consistía en su insistencia de que Jesús era el Mesías, cuya venida había sido predicha por los profetas judíos, y que el templo había conspirado con Roma para asesinar a este hijo de Dios. Esta conducta constituía un acto de censura a las autoridades constituidas y sólo podía ser castigada con la muerte, y como se lo he manifestado, yo participé. Además, en virtud de mi fanatismo y fervor juvenil, se me concedieron cartas para el sumo sacerdote del templo, y se me confió la misión de viajar aquí a Damasco para realizar una pesquisa y hallar a todo seguidor de Jesús y enviarlo encadenado a Jerusalén para que fuese castigado. Esto ocurrió, como lo he manifestado, hace cuatro años.

Erasmo miró de soslayo a Hafid, y quedó asombrado, porque había una expresión en la mirada del anciano que el fiel tenedor de libros no había visto desde hacía muchos años. Sólo se oía el borboteo de la fuente en el jardín, hasta que Pablo habló de nuevo diciendo:

—Y ahora en circunstancias que me acercaba a Damasco con ideas asesinas en mi corazón, vi un resplandor repentino del cielo. Aunque no recuerdo haber sido golpeado, me encontré en el suelo, y aunque no podía ver, sí podía oír, y oí una voz en mis oídos que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y yo le respondí: «¿Quién eres tú?» Y la voz me replicó: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer».

Después de una pausa, Pablo prosiguió:

—Me puse de pie y fui conducido de la mano por mis compañeros a la ciudad de Damasco y allí no pude comer ni beber durante tres días mientras permanecí en la casa de un seguidor del crucificado. Luego fui visitado por otro llamado Ananías, que me dijo que en una visión se le había dicho que me visitara. Luego me puso la mano sobre los ojos y pude ver de nuevo. Enseguida comí, y bebí y recuperé las fuerzas.

Hafid se inclinó hacia adelante en su banco y preguntó:

—¿Qué pasó entonces?

—Fui llevado a la sinagoga y la presencia de un perseguidor como yo de los seguidores de Jesús infundió temor en todos sus discípulos, pero prediqué de todas maneras y mis palabras los confundieron, porque ahora hablaba de que aquel que había sido crucificado era en realidad el Hijo de Dios. Y todos los que me escuchaban sospecharon una treta de mi parte porque ¿no había provocado estragos en Jerusalén? No los pude convencer del cambio que se había operado en mi corazón, y muchos conspiraron amenazándome de muerte, de manera que escapé por sobre las murallas y regresé a Jerusalén.

Pablo guardó silencio por un instante y luego prosiguió:

—En Jerusalén se repitió lo que había acontecido en Damasco. Ninguno de los discípulos de Jesús se acercaba siquiera a mí aunque se había recibido noticia de mi predicación en Damasco. No obstante, continué predicando en el nombre de Jesús pero sin resultados.

Por todas partes que hablaba antagonizaba a aquellos que me escuchaban hasta que un día fui al templo y mientras me hallaba en el atrio, observando la venta de palomas y corderos para el sacrificio, oí de nuevo la voz.

—¿Y esta vez qué le dijo? —preguntó Erasmo antes de darse cuenta de lo que decía.

Hafid sonrió a su viejo amigo y le hizo señas a Pablo para que continuara.

—La voz me dijo: «Tú has tenido la Palabra durante casi cuatro años pero le has comunicado a muy pocos la luz. Hasta la Palabra de Dios debe venderse a la gente o de lo contrario no la oirán. ¿No hablé en parábolas para que todos entendiesen? Pocas moscas podrás cazar con el vinagre. Retorna a Damasco y busca a aquel que es aclamado como el más grande vendedor del mundo. Si vas a esparcir mi Palabra por el mundo, que él te enseñe el camino».

Hafid dirigió una mirada rápida a Erasmo y el anciano tenedor de libros comprendió la pregunta. ¿Era éste a quien había esperado tanto tiempo? El gran vendedor se inclinó hacia adelante y puso su mano en el hombro de Pablo.

—Cuéntame de este Jesús —le dijo.

Pablo, con voz sonora y enérgica, contó de Jesús y de su vida. Mientras que Hafid y Erasmo escuchaban, Pablo habló de la larga espera judía del Mesías que vendría y los uniría en un reino nuevo e independiente de felicidad y paz. Habló de Juan el Bautista, y de la llegada en el escenario de la historia, de aquel que se llamaba Jesús. Narró los milagros realizados por este hombre, sus conferencias ante la multitud, la resurrección de los muertos, el trato que les dio a los cambiadores de dinero, y manifestó también su crucifixión, sepultura y resurrección. Finalmente, como para dar más impacto a su historia, Pablo metió la mano en sus alforjas y sacó un manto rojo que puso en la falda de Hafid.

—Señor, tiene consigo todos los bienes terrenales que dejó este Jesús. Todo lo que tenía lo compartió con el mundo, hasta su vida. Y al pie de la cruz, los soldados romanos echaron suertes sobre este manto. Lo recobré después de muchas diligencias y búsquedas cuando estuve por última vez en Jerusalén.

Hafid se puso pálido y le temblaron las manos al dar vuelta el manto manchado de sangre. Erasmo, alarmado por el aspecto de su señor, se acercó al anciano. Hafid continuaba dándole vueltas al manto hasta que halló una pequeña estrella cosida en la vestidura… la marca de Tola, cuyo gremio hacía los mantos vendidos por Pathros. Junto a la estrella había un círculo cosido dentro de un cuadrado… la marca de Pathros.

Y mientras Pablo y Erasmo observaban el anciano levantó el manto y lo frotó tiernamente contra sus mejillas. Hafid sacudió la cabeza. Imposible. Miles de mantos habían sido hechos por Tola y vendidos por Pathros en los años en que comerciaba a lo largo de las rutas de las caravanas.

Apretando aún el manto y hablando en un ronco susurro, Hafid dijo:

—Dime lo que se sabe del nacimiento de este Jesús.

Pablo le dijo:

—Dejó nuestro mundo con muy poco. Había entrado a él con menos. Nació en una cueva en Belén, durante la época del censo de Tiberio.

La sonrisa de Hafid parecía casi infantil para los dos hombres, al observar con asombro, porque las lágrimas comenzaron a correr por las arrugadas mejillas del anciano. Se las enjugó con la mano y preguntó:

—¿Y no salió también la estrella más brillante que el hombre ha presenciado jamás, y que alumbró encima del lugar del nacimiento de este bebé?

Pablo abrió la boca pero no pudo decir nada ni era necesario. Hafid levantó los brazos y abrazó a Pablo, y esta vez ambos lloraron mezclando sus lágrimas.

Finalmente el anciano se puso de pie y llamó a Erasmo.

—Fiel amigo, ve a la torre y vuelve con el cofre. Por fin hemos encontrado a nuestro vendedor.

 


 

FIN

 

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