Memoria rota Por Comando xz






descargar 68.58 Kb.
títuloMemoria rota Por Comando xz
página3/3
fecha de publicación16.06.2016
tamaño68.58 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3

La chica vivía en el domicilio de los Breuer, ayudaba a la cocinera y entretenía a los niños jugueteando con ellos, en el amplio jardín que circunda la vivienda. Sobre la cabeza una cofia delataba su condición de criada y recogía el negro cabello anillado de la muchacha. Su tez pálida enaltecía unos ojos oscuros de mirada sagaz.

Todo ocurrió hacía un par de años cuando, al volver de firmar un buen contrato, el coche en el que viajaba el empresario derrapó en una curva y tuvo que detenerse. Bajó del vehículo asustado y tembloroso; deambuló durante unos minutos a lo largo de la cuneta con el fin de recuperar los nervios. En ese instante, escucho unos gemidos y descubrió a Sara agazapada y malherida, tirada en una zanja a unos pocos kilómetros de la frontera; en la carretera que une la capital con kostrzyn en Polonia. Se deslizó por el reducido terraplén y se acercó. Después de comprobar su mal estado, la introdujo en el asiento trasero de su coche y marchó de vuelta a Berlín.

Su amigo el doctor Dieter Kurtz, al que acudió en esos momentos tan delicados para la chica y para él mismo, le informó de la violación y de los golpes recibidos, su demacrado cuerpo tardaría en sanar pero no mostraba gravedad, siempre que fuera atendida con esmero. El mismo Kurtz le hizo saber que, por su aspecto, era probable que fuese judía, aunque no llevara nada identificativo. El médico comentó:

— ¿Dices que la has encontrado cerca de Kostrzyn? Tengo entendido que es hacia allá donde están trasladando a los judíos del campo de Sachsenhausen; los trenes parten de Berlín atestados de gente; los deportan a Polonia, aunque al parecer, el gobierno de Varsovia no pretende hacerse cargo de esos pobres desgraciados y allí permanecen: en la frontera—.

—Algo había oído, pero no creí que fuera cierto—. Respondió Breuer. Y quiso saber:

— ¿Quién la podría asistir y buscarle un lugar dónde quedarse—? El doctor lo miró con el rostro circunspecto y, pensativo, dijo:

— Tal y como está cambiado la condición de los judíos, hoy por hoy, en ningún sitio. Esta es la tercera chica que atiendo en condiciones semejantes. Quedan muy pocos médicos que no delatasen una situación parecida.

—La llevaré a mi casa—, dijo Frederick sin pensarlo. —Allí la cuidara Frau Schneider, la institutriz de mis hijos—. El médico aprobó con un movimiento de cabeza y añadió —Haces bien, amigo mío, es una pobre criatura desamparada. Dios sabrá que le puede deparar el futuro si ahora no la protegemos. Pero cuídate de las malas lenguas y mantén las apariencias.

La tarde de la fiesta de cumpleaños, Sara se hallaba perpleja, insistía en creer que el joven que tocaba la trompeta era su hermano. La semejanza era tremenda. Sus nervios no debían traicionarla. Cada vez que volvía de la cocina con dulces y refrescos, no conseguía dejar de observar sus facciones; luego recogía vasos y platos y regresaba con rapidez al jardín para examinar sus movimientos, sus gestos, su voz cambiada, siempre desde lejos. Se sentía muy confundida —«¡No puede ser él! O tal vez sí. Pero ese uniforme…me engaña, me intimida. Lo poco que sé, es que quedó en la cocina de casa, solo, la noche que fuimos sorprendidos mientras cenábamos. Han pasado dos años. Debo averiguar si es él»—. Pensó.

Una vez que los niños acabaron la merienda corrieron a jugar. Los chicos de la banda se sentaron a degustar la magnífica invitación, mientras Sara, discreta y con lentitud iba retirando los utensilios de la mesa de los chiquillos y, con miradas furtivas, analizaba cada detalle de aquel muchacho: su manera de hablar, su pelo, quizás más claro, su risa…Él no se fijó en ella. Varias sirvientas se movían entre las mesas con rapidez sin que se notara su presencia.

Los jóvenes ya permanecían en píe a punto de marchar. A Sara le bailaban las piernas. Sintió una opresión en la garganta, sin embargo, hizo acopio de fuerza y con un hilo de voz quiso gritar su nombre:

— ¡Rubén…! ¡Rubén…—! Apenas se escuchó entre el bullicio de los juegos.

Robert no percibió como suya esa llamada. Sara reunió, desde lo más profundo de su ser, un ímpetu insólito y grito de nuevo:

— ¡Rubén, Rubén!

Un par de muchachos se volvieron a mirar a la sirvienta autora del vocerío, entre ellos Robert. La chica no lograba despegar los ojos de su hermano. Esa mirada insistente le confirmó al joven que la llamada iba dirigida a él. Al instante, a Sara le ascendió por la espalda un estremecimiento que hizo que le temblara todo su cuerpo; como un cervatillo indefenso se mantuvo inerte, incapaz de reacción, al ver a su hermano aproximarse hacia ella. Él, muy decidido, avanzó varios pasos y preguntó:

— ¿Me llamas a mí? —La adolescente no respondió, tenía su vista clavada en aquellos ojos almendrados y chispeantes que tan bien recordaba. Al igual que sus juegos en la galería acristalada con las peonzas o lanzado las canicas para ver quién las conseguía dejar más cerca de la pared. Sin duda era su hermano Rubén. Ahora tan cerca, de píe ante ella estaba segura.

— Yo me llamó Robert. Te debes haber confundido. —Sara no acertó a contestarle y desde el fondo de su memoria exclamo:

— ¡Cómo has crecido! ¡Estás muy mayor!

En la cara de Robert se dibujó una sonrisa atónita. No sabía cómo hacer entender a aquella muchacha que cometía un error.

—Yo no soy quién tú crees. Me llamo Robert. Robert Müller. ¿Me comprendes? —Ante la insistencia del chico, Sara, dejó a un lado su obstinación y observó que su hermano Rubén no se acordaba o no quería recordar. Era inaudita esa actitud. Entonces ella dijo:

— ¡Te pareces tanto a mi hermano! Hace dos años que no lo veo.

— ¿Ves cómo estás equivocada? Yo no tengo hermanos, soy hijo único. Vivo con mis tíos desde que mis padres murieron. No puedo ser tu hermano.

Sara sintió unas enormes ganas de abrazarlo; de que él, a su vez, la rodeara con sus brazos y apreciar la ternura de un beso en su mejilla. Pero Rubén insistía en la negativa y ella percibió que sus palabras eran sinceras. Entonces preguntó:

— ¿Cuándo fallecieron tus padres?

— ¿A qué viene esa pregunta ahora? ¿Qué tiene eso que ver? –Él, indeciso, recapacitó unos momentos antes de continuar, no sabía si responder o no. Sara desvió la mirada hacia el suelo notando en sus ojos la afluencia de unas lágrimas que caían deslizándose sin control. Y él que seguía observándola, introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y le tendió su pañuelo. Ella le mostró una leve sonrisa de agradecimiento.

—En noviembre hará dos años. Mis tíos me acogieron. Pero yo… no me acuerdo, tuve unas fiebres muy altas y…

En ese instante Sara lo comprendió todo. Rubén, su hermano, no recordaba. Su mente estaba hueca. ¿Qué debía hacer? Podría explicarle lo ocurrido aquella noche, aunque era posible que él no la creyera. Pero al menos intentar que así fuese y en adelante disfrutar de su apoyo y su compañía. Pero…en ese caso, también tendría que confesarle que todos permanecieron durante días recluidos en Sachsenhausen y, más tarde, los trasportaron en tren hasta kostrzyn; que pasaron semanas a la espera de su admisión en Polonia, la cual nunca llegó. Cómo revelarle que ella ahora no se hallaba con su familia porque unos desaprensivos, trabajadores de la reconstrucción de obras y mantenimiento de las vías del tren, la secuestraron con malas artes, ofreciéndole alimentos para todos; que la golpearon y la ultrajaron, dejándola después tirada en una carretera a su suerte. Y luego, al parecer, su familia fue trasladada a un campo de concentración más opresor. Así se lo narró el empresario cuando Sara le suplicó que buscara a sus padres. ¿Cómo contarle todo lo ocurrido? Eso sería cómo clavarle una daga en el corazón. Por el contrario, la otra opción era callar. Callar para siempre. Dejar que la nueva vida que él llevaba siguiera su rumbo y, junto a sus actuales tíos, fuera feliz.

Pasaron unos segundos. A ambos les parecieron interminables pues ninguno de los dos se movió. Robert sentía como si le hubiesen clavados los zapatos en la tierra, no tenía nada que añadir, sin embargo, continuó allí observando y sintiendo la tristeza de la chica. Sara, estrujaba el pañuelo mojado entres sus dedos y lo oprimía contra su pecho, estimó que no insistiría en hacerle saber nada, si lo que de verdad deseaba era la felicidad de su hermano. Robert acertó a decir:

— ¡No te preocupes, mujer! Ya verás cómo lo encuentras y seguro que estará bien—. Y ella pensó: —« Eso es cierto, veo que él se encuentra muy bien y yo estoy más tranquila».

De imprevisto Sara dijo:

Robert, ¿ese es tu nombre verdad? ¿Te importaría darme un abrazo, tal y como, lo haría mi hermano?

VII CONCURSO DE RELATOS DE HISLIBRIS Página

1   2   3

similar:

Memoria rota Por Comando xz iconEste es el listado de Libros de Varieduca. Con el comando Control...

Memoria rota Por Comando xz iconEste es el listado de Libros de Varieduca. Con el comando Control...

Memoria rota Por Comando xz iconEl Papel de la Memoria Histórica y la Memoria Colectiva en los Procesos...

Memoria rota Por Comando xz icon1: introduccióN: herencia natural y herencia cultural
«descubrimientos» a las generaciones futuras. Los anima­les tienen memoria individual, pero no «memoria» social; por el contrario,...

Memoria rota Por Comando xz iconTexto insertado con el comando y modificado

Memoria rota Por Comando xz iconQue rota como suma de vectores magnéticos a partir de 3 bobinas de la fase

Memoria rota Por Comando xz iconInforme o memoria presentado por el Representante Legal

Memoria rota Por Comando xz iconMemoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un Caraqueño

Memoria rota Por Comando xz iconPlan Provincial de Lectura Día de la memoria por la Verdad y la Justicia

Memoria rota Por Comando xz iconMemorias dram (dynamic random access memory): los chips de dram están...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com