Memoria rota Por Comando xz






descargar 68.58 Kb.
títuloMemoria rota Por Comando xz
página2/3
fecha de publicación16.06.2016
tamaño68.58 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3

— ¡No me acuerdo de nada! No sé dónde estoy ni de dónde he venido. Tengo mucho miedo—. La señora lo rodeó con sus brazos sintiendo como temblaba y dijo:

— Me conoces a mí y yo cuidaré de ti. No te preocupes, no tengas miedo—. De repente cruzó la idea por su cabeza y sin más, aseguró: — Soy tu tía. Yo estaré siempre a tu lado. Has pasado unos días con fiebres muy altas y por eso estás aturdido. ¿Recuerdas ya? — Mintió.

Después de la cena, el matrimonio comenzó a elaborar sus cavilaciones con prudencia y mucho tacto, cuestionándose cuáles serían las preguntas y qué convendría responder. Un plan sistemático en el que ambos se comprometieron en esa responsabilidad común. Ni una palabra de más, ningún titubeo, siempre imperturbables ante las intrigas ajenas. Tenían que mantenerse unidos como nunca antes lo habían estado.

Transcurrieron varias horas planeando hasta los más nimios detalles. La noche se alargó demasiado pues todo se iniciaría en un par de días. Mientras Rubén, no saldría de la vivienda. Resolvieron que lo más adecuado era que Heller y el chico se trasladaran durante, al menos, una semana con sus padres; residían en una casa en el campo, a unos cien kilómetros de Berlín. Él se mantuvo pensativo unos momentos.

― Sé quién nos puede ayudar —añadió Patrick. —Iré mañana a primera hora a mi antiguo barrio a ver al rabino. ¿Recuerdas? Te conté que, cuando era adolescente, el maestro judío Don Aarón organizó un equipo de fútbol con los chavales del vecindario. ¡Qué de tardes he pasado yo jugando y riendo con todos ellos! Tengo que conseguir como sea unos documentos para el muchacho. Hablaré con él y sabrá qué hacer. Lo conseguiré.

—Lleva mucho cuidado—, aconsejó ella. Él la tranquilizó recordándole que no era un barrio judío, que allí vivían gentes trabajadoras de toda índole.

A la mañana siguiente la esposa se levantó de la cama antes del alba. Durmió tan sólo cuatro horas pero se obligó a hacerlo. Salió de su casa y caminó por la acera el trayecto que llevaba hasta la residencia de la familia Goldanski. Iba embutida en un abrigo con el cuello alzado, nadie pudo reconocerla. Aunque, a esas horas, continuaba de noche y no había un alma en toda la calle, se cercioró escudriñando a uno y otro lado. Al llegar a la altura de la vivienda, se detuvo, disimuló y extrajo de su bolso una pequeña linterna. Comprobó que todo permanecía tranquilo y traspasó la entrada del edificio en cuya puerta figuraba una pintada: judíos. No se demoró. Le urgía averiguar el nombre, la edad y cualquier otro dato sobre el chiquillo. Subió al primer piso y avanzó despacio; pulsó el botón de encendido y proyectó el haz de luz hacia el comedor; permaneció estática y aterrada unos minutos. Avanzó intentando no pisar nada para no hacer ruido. A cada paso, Heller vislumbraba el horror de lo que allí ocurrió ante los destrozo de unas vidas hechas añicos. Prosiguió por el pasillo hasta llegar a los dormitorios. En uno de ellos, encontró cuadernos y libros tirados por los suelos, también halló ropa, zapatos y juguetes. Se inclinó y tomó las libretas y los textos escolares. Los cuadernos eran de varios niños: Rubén- 13 años- aula 5; David- 10 años- aula 3; Sara- 15 años aula 7. Memorizó lo necesario, cogió alguna ropa, que creyó del tamaño del crío y salió. No permaneció más tiempo allí. Había visto la tragedia a través de la luz de la linterna y un escalofrío recorrió su espalda.

Al llegar a su hogar, se volvió a poner el camisón y se deslizó en la cama. Aún quedaba una hora para el amanecer, no quería que su marido supiese nada por el momento. La impresión causada al ver la destrucción del hogar de los Goldanski la mantuvo alterada, se emocionó y las lágrimas brotaron sin dominio. No obstante, Patrick sintió su cuerpo helado agitarse junto a él. Se giró preguntándole:

— ¿Qué te ocurre, Heller? – Ella pasó sus manos por los ojos, limpió el resto del llanto y respondió:

— Su nombre es Rubén, tiene trece años y tres o cuatro hermanos más. Acabo de regresar de su casa —. El marido se incorporó y fijó su mirada irritada en Heller sin creer lo que le decía:

— ¿Te has vuelto loca? ¿Has ido tú sola, a estas horas, a ese edificio? Te pudo haber ocurrido cualquier percance. ¡Santo Dios! ¡Eres tan impulsiva!—. Ella contestó:

—Pero no ha pasado nada y tenía que saber. Se llama Rubén, sin embargo, ese nombre es demasiado obvio, es como si llevara en la cara escrito el título “judío” en letras blancas, como las que vi en la puerta de su vivienda. ¿Te parece bien llamarlo Robert? ¿Eh, cariño?— Patrick aún atónito por lo escuchado no entendía aquello que su mujer le preguntaba. Antes se serenó, tomó aire y soltó un bufido. Volvió a mirarla y negó con la cabeza haciéndole saber que no había obrado bien. Pero, al fin y al cabo, todo había ocurrido ya; Heller era muy espontánea y reaccionaba sin pensar. ¡Para qué enfadarse! —. Razonó.

Tal y como decidió Patrick, esa misma mañana, se dirigió a hablar con el rabino. Al llegar distinguió la fachada de la humilde sinagoga con marcas de haber sido tiroteada y, con huellas negras de humo donde el fuego no llegó a prender. Encontró al rabino, ya anciano, ordenando un cúmulo de carpetas de documentos volcados por su despacho. Tras darse a conocer y explicarle su problema con el chiquillo, Patrick confiaba en algún recurso de rápida ejecución que pudiera resolverse en pocos días. Don Aarón meditó durante unos instantes. Luego se inclinó encorvándose sobre las valijas rebuscando algo. Patrick estaba nervioso y la lentitud con la que el rabino se movía comenzó a crearle la sospecha de que no iba sacar nada en claro. Pensó que el viejo rabino ya estaba decrépito y los últimos incidentes habrían agudizado su estado.

— ¿Dónde estará mi agenda? — preguntó al aire el anciano. —Creo recordar que ahí anoté un nombre que nos vendría bien para tu problema. ¡Ah, ahí está! Müller ¿Me la puedes alcanzar?— La abrió y leyó:

—Miguel Ángel Muguiro. Ministro plenipotenciario y encargado de negocio en la Embajada de España en Budapest. ¡Aleluya! Por un momento pensé que no había anotado estos datos. Los años hacen perder la memoria—. Exclamó el rabino pletórico.

— ¡Espere! Creo que no me he explicado bien. Yo lo que pretendo es hallar la solución…

—No, no, no sigas hablando; tú necesitas entrevistarte con este hombre —. Dijo el rabino enfatizando con su dedo sobre la nota de su agenda. —Hazme caso hijo. ¡Escucha! Tengo por aquí varias cartas de unos vecinos que salieron de Berlín cuando advirtieron que la situación empeoraba. Eso sería… por el mes de junio. El cabeza de familia era funcionario y fue despedido del trabajo tras la constitución de esa ley absurda sobre… ¡En fin! Lograron llegar hasta Hungría pensando en quedarse, allí unos familiares le hablaron de este buen hombre, al que no le gustaba el cariz de los acontecimiento en Budapest. El señor Muguiro llegó a la embajada la primavera pasada. Desde su puesto ha denunciado el maltrato de la comunidad hebrea y ha conseguido sacar de Europa a un par de familias. Los vecinos de los que te hablo se hallan a salvo en Tetuán, un protectorado español en Marruecos. Así pues, haz lo que te indico y sé prudente.

Desde la salida del tren, Patrick no cesó de reflexionar. Al principio en la forma de conseguir esos documentos; después, en todos los problemas que podrían originárseles; más tarde, en la mente hueca del muchacho. Lo complicado era la recuperación del niño, si recobraba la memoria por mucho que les doliera, le explicarían lo acontecido. Si no rememoraba su pasado, de igual manera, tendrían la obligatoriedad de argüir la falsedad de hacerse pasar por sus tíos. No percibieron los Müller que el engaño consumado en un par de horas les iba a durar tanto como una eternidad.

Al día siguiente, durante el viaje en autobús, ella pensaba en el muchacho. De vez en cuando le cogía la mano y le acariciaba a la vez que comentaba el paisaje para distraerlo. Supuso que iba a ir reponiéndose con el tiempo, quizás con lentitud pero, antes o después, recobraría la memoria. Ya le había afirmado el parentesco con total convicción; si mejoraba habría que explicar el engaño. No era sencillo tampoco, acudir a un médico con el fin de solucionar con brevedad ese restablecimiento. El doctor les preguntaría cuál fue el episodio ocurrido al pequeño y era su obligación mantener silencio. No decir jamás, que contempló y escuchó lo acaecido a su familia la noche de los cristales rotos. ¿Qué otro trauma podrían esgrimir más creíble?

Con cada día transcurrido la situación empeoraba. Desde el año anterior a los judíos les restringieron casi todos sus derechos. A partir de aquella noche, muchos fueron deportados a las fronteras polacas y otros tantos conducidos a campos de concentración y, algunos asesinados. Adolf Hitler, sin embargo, para muchos alemanes era un héroe nacional. De eso se había encargado el propio Hitler con su libro Meín Kampf, donde quedaron bien claras sus posturas antisemita y su afán invasor por apoderarse de países vecinos. Aunque no a todos los ciudadanos agradaba el modo deplorable de manipular a la sociedad judía. El fervor enloquecido, que un año después, pudo observar el matrimonio Müller, durante la parada militar organizada para celebrar el cincuenta cumpleaños de Hitler, no era compartido por todos, ni por ellos mismos.

Para Patrick el viaje a Budapest fue muy fructífero. Miguel Ángel Muguiro, resultó ser una persona reflexiva de gran corazón; discernía el problema hebreo y lo hacía suyo; no transigía el abuso ni el agravio a personas de toda clase y condición. Al funcionario le llamó la atención que viajara desde Berlín. Hasta ese momento sólo había ayudado a un par de familias berlinesas que, anticipándose a la «noche de los cristales rotos», en la primavera de ese mismo año, marcharon a Hungría para instalarse y poder recuperar todos sus derechos que en Alemania Hitler había ido restringiendo desde 1935 y, que finalmente aconsejados por el embajador, pasaron a instalarse en Tetuán. Miguel Ángel Muguiro había representado a España en embajadas de varios países entre ellas: Viena y Berlín. No ignoraba las leyes antisemitas que se estaban erigiendo y que fueron endurecidas a lo largo del año anterior. Tampoco la fobia y aversión contra el pueblo hebreo introducida desde Alemania y que irradiaba hacia toda Europa. Grupos pro-nazis iban germinando en muchas ciudades europeas incluida Budapest. Por tal motivo, el señor Muguiro vaticinaba que esos agravios no podían concluir en nada bueno. Así pues y de igual modo, Miguel Ángel Muguiro facilitó un pasaporte español a nombre del chico y, unos documentos en los que figuraba la cláusula de adopción para Patrick y Heller Müller, por fallecimiento de los padres en accidente de tráfico en territorio español. Ese fue su consejo que Patrick aceptó sin objeción.

Habían pasado cerca de dos años desde que el chaval entrara en la pastelería de los Müller. Robert, así se llamó desde entonces Rubén, no sólo se sentía dichoso sino que había contribuido al bienestar de sus tíos. No es difícil comprender lo atormentado de los primeros tiempos. No hubo evolución positiva en su cerebro. Seguía sin recodar y él necesitaba conocer su pasado, un ayer reciente que sus tíos tuvieron que urdir. Los incidentes que, al principio, acompañaban las noches de Robert con trastornos del sueño y pesadillas, concluyeron en unos meses. Según relataba: padecía visiones de sombras agitadas que le hostigaban con gritos desgarradores. Impregnado en un sudor frío y, aterrorizado, despertaba mojado. Un médico lo diagnosticó como delirios normales que suelen acaecer en la pubertad y, sin saber nada de su pasado, para dormir con placidez le recetó unos tranquilizantes. Ahora su vida era normal como la de un adolescente alemán. En la escuela, siempre destacó por su pasión por la literatura y la música y su vida giraba en torno a actividades deportivas, las lecturas y los amigos. Su mente guardó en un lugar recóndito del cerebro todo cuanto sufrió y, evaporó cualquier recuerdo de vida pasada en aquellos largos minutos de la noche en que su familia desapareció.

En una ocasión al volver de la escuela mientras sus tíos trabajaban en el obrador, Robert les dijo que le gustaría inscribirse en las Juventudes Hitlerianas; muchos de los compañeros de su edad iban a alistarse; a él le gustaba hacer deporte y actividades al aire libre y así, podría incorporarse en la banda de música. Heller palideció hasta quedar como la harina de su obrador, miró a su marido sin levantar la cabeza de la masa que extendía con el rodillo. El marido sacaba del horno una artesa con pan recién hecho y alarmado, actuó como si no le importase. Mil ideas, mil inquietudes, mil presagios cruzaron por la cabeza del matrimonio, pero una, tan solo una, era la respuesta razonable a pesar del miedo que les pudiera suscitar. La esposa comentó:

—Aún te quedan más de dos años para que sea obligatorio, ¿no? ¿Por qué tanta prisa?

—A mí me gustaría afiliarme ya, tía Heller, con mis compañeros de clase. Además, para cuando tenga diecisiete años habré aprendido a sobrevivir solo a la intemperie, sabré montar las armas y, quizás, pertenecer al grupo de música y tocar la trompeta. ¿Tú qué dices tío Patrick –? Su tío no podía contradecir sus deseos. Así lo pactó el matrimonio. No se interpondrían en el camino elegido por el muchacho, ellos no debían alterar su porvenir. Tragó saliva y respondió:

— Muy bien Robert, todo sea por la música —. Y le obsequió con una fingida sonrisa, a la cual, el chico correspondió y añadió:

—No te preocupes tío Patrick, sé que no te agrada la carrera militar, a mí tampoco. Yo no pienso quedarme ahí, yo quiero estudiar música, esto va a ser sólo por unos años. Gracias tío Patrick—. Y les plantó a ambos un beso en la mejilla.

Robert hizo cuanto supo y perseveró cuanto pudo por estar a un buen nivel físico dentro de las Juventudes Hitlerianas. A sus quince años se sentía feliz pues había conseguido sus metas y alcanzado así un puesto en la tropa musical.

Meses después en el hogar del empresario berlinés Frederick Breuer se preparaba una gran fiesta de cumpleaños para uno de sus hijos, el más pequeño, al que le complacían las canciones y marchas militares. Por este motivo, solicitaron la presencia en su casa del grupo de tambores y trompetas de las Juventudes Hitlerianas y deleitar así a su vástago con varias piezas como colofón a su cumpleaños.

Frederick Breuer luchó, muy joven al final de la Gran Guerra, defendiendo a su patria y sus convicciones, que en nada se parecían a las impuestas por Adolf Hitler desde que asumió el poder. Mantuvo siempre la compostura alzando su brazo a modo de saludo, pero nunca gritó el nombre de Hitler. Él había forjado una gran empresa dedicada a la manufacturación del algodón. Confeccionaba lonas para toldos, tiendas de campaña, velamen y paños. Su empresa fue requerida por el ejército para suministrarse de estos artículos. Las relaciones comerciales eran excepcionales, de ahí que Breuer tuviera intimidad para solicitar ciertos favores. El empresario perseveraba atendiendo su trabajo y al servicio del gobierno.

Robert y su grupo estuvieron allí en aquella fiesta amenizando la tarde. Las coloridas guirnaldas de papel y las decenas de globos hacían del jardín, un espacio multicolor que se mecía al capricho del suave aire otoñal. Los niños disfrutaron de la algarabía de sus juegos. Tras culminar la fiesta con varias piezas militares, los jóvenes músicos se dirigieron a la mesa de merienda preparada para ellos, cuyo aroma hacía un buen rato que olfatearon.

Sara, una de las sirvientas, había estado toda la tarde yendo y viniendo desde la cocina con bandejas de dulces, bizcochos de distintos sabores y refrescos de frutas. En uno de sus recorridos vio a Robert a lo lejos con el grupo de músicos. Ese muchacho era igual a su hermano y, advirtió el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Como si un rayo la hubiera alcanzado quedó petrificada sin moverse del lugar. En sus manos traía una bandeja de vasos con refrescos que a punto estuvieron de desplomarse con ella.
1   2   3

similar:

Memoria rota Por Comando xz iconEste es el listado de Libros de Varieduca. Con el comando Control...

Memoria rota Por Comando xz iconEste es el listado de Libros de Varieduca. Con el comando Control...

Memoria rota Por Comando xz iconEl Papel de la Memoria Histórica y la Memoria Colectiva en los Procesos...

Memoria rota Por Comando xz icon1: introduccióN: herencia natural y herencia cultural
«descubrimientos» a las generaciones futuras. Los anima­les tienen memoria individual, pero no «memoria» social; por el contrario,...

Memoria rota Por Comando xz iconTexto insertado con el comando y modificado

Memoria rota Por Comando xz iconQue rota como suma de vectores magnéticos a partir de 3 bobinas de la fase

Memoria rota Por Comando xz iconInforme o memoria presentado por el Representante Legal

Memoria rota Por Comando xz iconMemoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un Caraqueño

Memoria rota Por Comando xz iconPlan Provincial de Lectura Día de la memoria por la Verdad y la Justicia

Memoria rota Por Comando xz iconMemorias dram (dynamic random access memory): los chips de dram están...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com