Memoria rota Por Comando xz






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Memoria rota Por Comando XZ

Memoria rota
La familia Goldanski se situó en torno a la mesa para disfrutar de la cena. A la cabeza, Jakob el padre, en el otro extremo, Saúl el abuelo. La madre se sentó al lado de sus dos hijas pequeñas, mientras la abuela lo hizo junto a los mayores: Sara de quince años; Rubén dos años menor y David de sólo diez. Después de bendecir y dar las gracias por los alimentos, con sumo respeto y devoción, los niños siempre se distendían solicitando el bocado de su gusto o el más apetitoso y formaban una pequeña algazara. El padre puso orden para que la situación no llegara al escándalo. En ese instante, Saúl el abuelo, pidió silencio con gravedad e insistencia. Toda la familia enmudeció. El patriarca arrugó el entrecejo y prestó toda su atención girando la cabeza hacia el ventanal, desde donde se veía la calle, al gran alboroto que se oía a lo lejos. Gritos de gente, golpes, insultos, carcajadas desafiantes, impactos de metal, pero ante todo, se percibía el batir de cristales haciéndose trizas. El motín se acercaba por momentos. Los adultos adivinaron lo que podía ocurrir, e inquietos calmaron a los niños sobresaltados. Pero nadie llegó a tranquilizarse. En ese instante unos reiterados golpes en la puerta requerían su rápida apertura. La familia Goldanski, presa de temor, saltó de sus asientos y quedó paralizada junto a la mesa. Los chicos desviaron la atención hacia sus mayores con ojos interrogantes que velaban su miedo, Sara se abrazó a su abuela y Rubén se colocó a sus espaldas medio escondido. Jakob, el padre, percibía la escena impotente, clavó la mirada en su esposa, ella llevó su mano a los labios y cerró con fuerza sus ojos en una súplica interna. Luego Jakob, miró a su padre, al que vio soportar con un suspiro la humillación presente en la entrada a su vivienda. Sabían que alguna otra vez, en el silencio de la noche, golpearon en otras puertas y de aquellos que se llevaron no se supo nunca nada. Sin embargo, en esta ocasión el tumulto rompió la paz del vecindario.

— ¡Abrid malditos! —Gritaban insistiendo en la madera.

Jacob Goldanski trabajaba en un periódico de tirada nacional en el que disponía de una columna de opinión. En ocasiones sus criterios fueron vigilados desde departamentos gubernamentales, por defender a los ciudadanos judíos de abusos en sus derechos como «hijos del pueblo alemán»— así los nombró—, denunció que se estaba generando un trato desdeñoso como ciudadanos de segunda clase.

Dos soldados de la sección de asalto de las SA alemanas entraron junto a un teniente en el domicilio de los Goldanski, empujando con desprecio al dueño de la casa. A Saúl no le dio tiempo ni a preguntar qué deseaban; demasiado sabía él a qué venían. Se adentraron hasta el comedor y el teniente, con gesto altivo, paseó su vista por todos y cada uno de ellos. Al instante, clavó sus ojos en Jacob y dijo:

— ¡Hombre, Goldanski! Sabía que, antes o después, nos veríamos cara a cara. Bien, ahora te ofrezco la ocasión de demostrar que tienes agallas en vez de atacarnos con tu verborrea desde las páginas de tu periódico. ¿Qué vas a hacer cuando te diga que seréis de los primeros deportados a Polonia?

— ¡Tú ven conmigo! — Ordenó a uno de los soldados, luego señaló a Saúl y a Jacob entre gritos— Judíos, sacad todo lo que tengáis de valor; dinero joyas, oro… todo. ¡Vamos, vamos!

Los militares se internaron tras los dos hombres por el corredor; éste daba acceso a los dormitorios y a una biblioteca usada como despacho, con cientos de volúmenes en sus tallados anaqueles de caoba. El resto no se movió del lugar. Los niños pequeños lloraban junto a su madre que pretendía apaciguarlos acariciándoles el cabello. Los mayores intranquilos se mantuvieron firmes. La cena allí, preparada, sobre la mesa. En la calle, continuaba el vocerío de vecinos y tropas de asalto de las SA arengando a la gente. El joven soldado presente en el comedor, con el arma dispuesta ante cualquier movimiento, giró su vista a la vitrina de madera y cristal labrado, en la que reposaba una vajilla de porcelana inglesa, unos juegos de copas, vasos con bordes de oro y otros objetos de plata. En ese momento de mínima distracción, la abuela pasó la mano a la altura de su cintura hacia su espalda y, con un breve toque, le señaló a su nieto Rubén la puerta de la cocina que quedaba justo tras de sí. El chiquillo entendió con rapidez lo que ella le propuso. Pero dudó. Aguardó unos segundos y advirtió que el soldado permanecía aún observando los diferentes adornos de la vitrina. Al pronto, se oyeron unas voces provenientes del fondo de la vivienda y el crío, asustado, se agachó deslizándose en cuclillas hasta alcanzar la puerta señalada por su abuela, dejándola entornada, casi cerrada, tal y como se hallaba antes. A ambos lados de la matriarca quedaron atemorizados Sara y David. — ¿Quién de aquellos hombres se iba a fijar qué faltaba un niño? — Pensó la abuela. —Mi nieto es listo, sabrá arreglárselas.

En tinieblas y pavorido, estuvo Rubén un buen rato en una esquina de la amplia cocina, sin saber qué hacer. Le temblaban las manos y las piernas apenas lo sostenían y decidió esconderse en la parte baja de un armario. Toda esa zona, incluida la galería acristalada, se encontraba a oscuras y sólo desde el comedor se difundía un filo de luz tamizada por la puerta entreabierta. Al igual que la luz, hasta sus oídos impactaban amortiguados los ruegos de su padre y de su abuelo, los llantos y lamentos de sus asustados hermanos, los gemidos de su madre; y creyó ver a su abuela callada, impenetrable, fuerte como ella decía que era su fe. Después escuchó pasos agitados, palabras ofensivas contra ellos, injurias, mentiras, insultos. Las voces descendían por el muro de la escalera hasta la calle, como el agua de lluvia resbala hasta llegar a tierra. Luego ruido de golpes, como si un leñador cortara troncos con un hacha. Ruido de gritos, ruido de cristales, ruido metálico… ruido…ruido… Rubén se posó las manos sobre sus oídos intentando acallarlo todo. No quería pensar dónde se llevaban a su familia. Un intenso pinchazo se clavó en sus sienes. Martilleando con un ritmo cada vez más acelerado que recorría el cerebro hasta la nuca. Se sintió mareado, reprimió las náuseas y cayó desvanecido dentro del aparador. No supo nunca qué le ocurrió, ni el tiempo transcurrido allí escondido. Tampoco se lo preguntó porque al espabilarse no recordaba nada en absoluto antes de ese momento. Sin nostalgias, sin sentimientos, sin recuerdos; la vida acababa de empezar para él.

Cuando despertó era ya noche cerrada en un frío mes de noviembre. Apreció cómo su estómago gritaba cual fiera rugiente. Vagó como un sonámbulo, como un muerto en vida, sus ojos inmóviles, dirigidos hacia un punto fijo, hacia la nada. Se adentró en el comedor con cautela, desconocía el entorno y tropezó con comida desparramada por el suelo y algo, muy poca cosa, encima del tablero. Tomó cuanto quiso de pan, salchichas y queso, de lo que se hallaba en la mesa y de lo que no. Una vez satisfecho su apetito, se dirigió a los dormitorios y se tumbó en una cama, la única rota, pero no destrozada. Su cuerpo soportó el intenso frío durante la noche y encogido entre sábanas desgarradas permaneció horas con pesadillas, duermevela y sobresaltos. Avanzada ya la mañana Rubén despertó atarantado, abstraído, miró a su alrededor como un animal al acecho y siguió su olfato en busca de alimento. Obnubilado y con hambre buscó por el pavimento cualquier cosa. Encontró en la despensa galletas y mermeladas de las que hacía su abuela, aunque él no lo recordara. De este modo transcurrieron varios días hasta que el sustento, diseminado por el suelo, estaba agotado.

Deambuló sin rumbo por la casa. Entró en el baño y al mirarse al espejo no se reconoció. Cansado y desfallecido se sentó en un rincón de la cocina. Al momento, descubrió una puerta que no vio antes, se acercó y la abrió. Una escalera de caracol se presentó ante él. Conducía, a lo que hasta hace unos pocos días, fue la librería de su abuelo Saúl. Allí, donde él se acomodaba en uno de los sillones, dispuestos para los clientes, a leer el libro del Pentateuco o cualquier otro texto que su abuelo le aconsejara. Desde la cima de la escalera, elaborada en madera en una esquina de la tienda, pudo apreciar el gran destrozo ocasionado. Libros, tablas, hojas arrugadas, vidrios de los estantes cubrían todo el suelo; los escaparates, bien decorados siempre con orden y limpieza, ahora estaban llenos de trozos de papel, de libros rotos y puntiagudos cristales.

Se sujetó al pasamano y comenzó a descender con precaución, los peldaños eran estrechos y, Rubén miraba sin entender qué era todo aquello. Permaneció observando la tienda durante largo tiempo, nada le era reconocible y nada sentía como familiar. Fuera, en la calle, el sol lucía tenue invitándole a salir. Cruzó por encima de ese estropicio y salió a la acera, la luminosidad le cegó por un momento. Desde allí contempló a su derecha un magnífico templo, quemado en gran parte y, observó las calles aún con escombros y lunas rotas, de aquella noche infernal. Tomó el camino hacia la izquierda, miró a uno y otro lado, advirtiendo qué clase de comercios quedaba en pie y qué ofrecían sus escaparates. Casi al final de la calle olfateó, antes de verla, una pastelería. Cruzo la calzada y se adentró sin titubear.

El matrimonio Müller servía a la clientela que en esos instantes se hallaba en el establecimiento. Eran una pareja de alrededor de cuarenta años, que atendía su negocio con rectitud y amabilidad. Rubén entró en la tienda con la mano extendida y apoyó el brazo sobre el mostrador. El hombre no reparó en la llegada del chico, su esposa acababa de ocuparse de un cliente y vio al muchacho. Tardó unos segundos en reconocerlo, dado el aspecto sucio y descuidado que lucían sus ropas y su cabello. Alguna vez su madre lo envió a comprar pan, pero no eran chiquillos de jugar en la calle. Lo vio pálido, circunspecto, abstraído. Rubén mantuvo la mano abierta sobre la repisa. La señora Müller le preguntó: —¿Qué deseas? ¿Te envía tu madre? —Él no contestó pero insistía con su mano solicitando un panecillo. A la mujer le extrañó el comportamiento; hizo un gesto a su marido con la cabeza, mirando hacia la puerta que accedía a su casa; cogió un panecillo y un bizcocho y tomó al pequeño por el hombro llevándoselo consigo.

La tienda tenía entrada a la vivienda desde una escalera en el obrador y a través de esta subieron con calma. El crío mordía con ansias el delicioso bizcocho, mientras Heller Müller lo llevó hasta la cocina y le preparó un vaso de leche. El muchacho no la miraba, tan sólo comía. Ella comenzó a hablarle:

— ¿Está bueno el bizcocho? Si quieres otro te lo traigo ahora mismo—. Heller comprendió que algo grave le había pasado al niño de los Goldanski. El chico no le prestaba atención. Hasta ese instante ella no se percató de que lo sucedido hacía unos cuantos días, pudiera estar asociado con el muchacho. Recapacitó sobre aquella noche e intuyó la terrible situación vivida por el chiquillo. Pudo imaginar las crueles escenas que debió sufrir. Trató de charlar con él, y así, comprobar sus respuestas, sin embargo, el pequeño flotaba en una nebulosas incomprensible e impenetrable. Cuando Rubén acabó de tomar la leche Heller, sin preguntar si quiera, lo llevó a uno de los dormitorios le quitó los zapatos, lo acostó y lo arropó; pasándole con delicadeza la mano por su mejilla y cabello.

— ¡Dios mío! ¿Qué te han hecho?

Mientras el niño dormía ella escapó de casa saliendo por la entrada principal. No quería que su marido la viera. Se aproximó hasta la vivienda de los Goldanski situada calle arriba, a unos quinientos metros de la suya, en una de las vías comerciales de un barrio de Berlín. Inmóvil en la acera de enfrente, descubrió el edificio arruinado y le dio argumento para pensar que el chico se hallaba solo. La sensación fue de ruina, como si el edifico estuviera devastado y sus habitantes hiciera años que marcharon. Regresó a su domicilio cabizbaja y esperó a su marido sentada en la confortable sala de estar; preocupada reflexionaba sobre qué hacer con el chaval. Al llegar su esposo, lo abrazó.

— ¿Qué te sucede querida? —Preguntó el señor Müller.

—Nada —, fue su primera respuesta, luego añadió: —Te lo explico mientras almorzamos.

Al acabar de comer, Heller ya le había aclarado lo que sabía sobre el niño. Sentados uno frente a otro, en la mesa del comedor y tomando una taza de café, dejaron al muchacho dormir todo cuanto necesitara. El marido estaba serio y meditabundo. Ella precisaba una respuesta, sin embargo, no se impacientó pues entendía que no era una decisión fácil de tomar. Patrick absorto, movió negativamente la cabeza. Y se repitió a sí mismo:

—No, esto no puede ser, no puede estar pasando.

La esposa esperó tranquila, ensimismada, ausente, mientras se mesaba el cabello y, pasado un buen rato dijo:

—Patrick, yo no sé si el hecho de cobijar a este chiquillo es una desgracia en nuestra vida o, por el contrario, es una bendición de Dios; que al no darnos hijos, nos manda esta prueba para llenar nuestra existencia. No lo sé. Lo que sí sé cierto, es que este niño necesita a alguien; está solo—. Reflexionó la mujer.

Patrick Müller observó las facciones pálidas en el rostro de su esposa, repletas de angustia e intranquilidad.

—Querida, —dijo él, —eso es lo único que tengo claro. De lo que no estoy tan seguro es qué nos puede pasar a nosotros si nos descubren ocultando a un niño judío, sobre todo, después de lo que ocurrió la otra noche. Esa es en realidad mi inquietud. No podemos ocultar al crío y no encuentro la forma de ayudarlo sin levantar sospechas. Pero sería incapaz de entregar a este chico a las autoridades, es como echarlo a una jaula con leones, no obstante, debemos recapacitar. He oído comentar que a los ciudadanos judíos despojados de sus casas la otra noche, los están enviando a Sachsenhausen, en Oranienburg. Quizás sus padres estén allí. Es nuestro cometido ahora cuidar y proteger a este muchacho, mientras no sepamos nada de su familia. Si nos descubren, la única opción será rezar… ya sabes lo que les hacen a los amigos de los judíos—. Heller tomó la palabra:

—He pensado mientras te aguardaba, que no tendríamos por qué ocultarlo. Bien puede ser mi sobrino, el hijo de mi hermana; se encuentra aquí disfrutando unas vacaciones porque su madre, vive en Suiza por trabajo y ahora tiene que viajar con regularidad. Mi hermana es divorciada y… —en este instante cortó el monólogo Patrick y sorprendido exclamo:

—Pero, ¡si tú no tienes ninguna hermana!

— ¡Por eso! ¿Quién lo va a sospechar? –respondió ella y, en su cara ingenua, se coló un gesto pícaro y continuó diciendo:

—Me refiero ante el vecindario y los conocidos, en estos momentos, ya nadie se fía de nadie. Yo lo único que deseo es cuidar y proteger al chaval de la mejor forma posible, sin escondites ni temores, sin sobresaltos, hasta que regresen sus padres o sepamos dónde están. He pensado esclarecerle el pelo con agua oxigenada. Como su cabello es castaño oscuro se le ira aclarando si cada noche le doy una fricción y le quedará muy bien con esos ojos vivarachos color almendra que tiene—. Su marido la miró desconcertado. Muchas veces no llegaba a entender ese cambio brusco de conversaciones hilando unas con otras. Tras recapacitar un buen rato, repitió sus palabras: — una hermana separada que vive en Suiza y viaja mucho por su trabajo… ¡quizás!

Debían pensarlo con cautela, planificarlo detenidamente.

Patrick se marchó a la confitería, mientras ella, permaneció en la sala al cuidado de que el chico despertara. Al instante, le pareció escuchar un sollozo entrecortado por suspiros. Prestó atención y fue acercándose al dormitorio con sigilo y discreción. No pretendía asustarlo. Se detuvo en el umbral de la puerta y dio unos moderados golpecitos. El chaval se incorporó y al ver que era ella, se enjugó las lágrimas con las manos y se sentó en la cama. Lo vio nervioso, pero ya no tenía la mirada perdida. La reconoció. Heller se acercó y ocupó un lugar a su lado. El chiquillo contemplaba el cielo a través de la ventana bajo la vigilancia inquisitiva y curiosa de Heller. La mujer preguntó si había descansado y el chico rompió a llorar.
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