Una mirada crítica a la transnacionalización de los medios y los riesgos de una “mediocracia” no representativa, republicana ni federal






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MEDIOS DE COMUNICACIÓN, INTERÉS PÚBLICO VS. INTERÉS PRIVADO

Una mirada crítica a la transnacionalización de los medios y los riesgos de una “mediocracia” no representativa, republicana ni federal.

Introducción  

Esta monografía intenta abordar, desde una perspectiva latinoamericana, un problema complejo que se vio acentuado por la globalización y las nuevas tecnologías dominadas por las leyes del mercado: la “mediocracia” como sistema de gobierno que, precisamente, mediatiza los valores de la democracia formal, sometiéndola a su propia dinámica de la noticia y el espectáculo.

Este enfoque, sobre el que muchos investigadores sin distinciones ideológicas alertan en todo el mundo, es especialmente complejo en Latinoamérica y la Argentina dado que, además de la tensión tradicional entre los intereses de lo público y lo privado -o el sometimiento de lo público a lo privado, es decir, las leyes del mercado-, se agrega un ingrediente preocupante y complejo: la mayoría de los medios ni siquiera responden a capitales nacionales.

El fin de la guerra fría y la bipolaridad impuso al neoliberalismo como único modelo en casi todo el mundo. En ese marco, en los últimos quince años, Latinoamérica en su conjunto siguió las recetas del Fondo Monetario Internacional y se sometió al desmantelamiento de lo público, a tal punto que la mayoría de los Estados nacionales ni siquiera puede poner en práctica marcos regulatorios coherentes y efectivos que corrijan las desviaciones inequitativas de las leyes del mercado.

El fin del estado de bienestar, propiciado anteriormente por el Estado, dio lugar a la privatización de todos los servicios y recursos nacionales, llegando en la Argentina incluso a sectores estratégicos como el agua y el petróleo.

También se terminó con la incipiente burguesía nacional -que había comenzado a ser desmembrada tras el golpe de estado de 1976 y la puesta en marcha del plan económico de José Alfredo Martínez de Hoz- mediante la venta de empresas nacionales de todos los rubros a capitales extranjeros.

Este sometimiento a las leyes del mercado mundial trajo aparejados numerosos beneficios pero también muchos inconvenientes a los que, como nuestro país, ingresaron violentamente a la globalización: el descuido de estrategias nacionales, la ausencia de políticas públicas, la pérdida de identidad cultural y la consecuente falta de control sobre sectores de vital importancia para el desarrollo de los pueblos.

Si bien el tema de los medios de comunicación parece menor comparado con el del agua, la energía o el petróleo, no lo es si se tiene en cuenta que la mayoría de los filósofos y científicos contemporáneos afirman que, en la era de la información, la apropiación del conocimiento es la base de desarrollo de los países y que, ese mismo conocimiento, está impartido en gran medida por los medios de comunicación.

Actualmente, los medios son los que marcan la agenda pública y mediatizan la política. Existe una tensión entre los tiempos mediáticos -regidos por la noticia, por la instantaneidad, por el espectáculo y la puesta en escena- y los tiempos políticos, vinculados a la búsqueda de articulación de intereses dispares y la obtención de acuerdos básicos entre diferentes.

Esta tensión entre política y medios, sumada a los propios errores y falta de respuesta de los partidos políticos -actores fundamentales del sistema democrático- conllevaron al sometimiento de lo público, al sometimiento de la política al principio que rige los medios de comunicación: la ley del mercado.

Como sostiene Otfried Jarren, “el cambio de estructura que se observa actualmente determina una nueva realidad. Los medios buscan operar con una mayor independencia respecto de los actores políticos y, al hacerlo, se desvinculan también de los actores sociales, a la vez que aumenta su dependencia de los actores económicos. Al menos aquellos medios que dependen en sus ingresos de la publicidad actúan como agentes de reclutamiento de grupos de poder adquisitivo para las empresas anunciantes o incluso se convierten en elementos instrumentalizados por el marketing de terceras empresas” .

Según el analista alemán, “probablemente la influencia de los actores económicos sobre los medios siga creciendo (...). Así surge un sistema mediático fuertemente competitivo y que acentúa su tendencia globalizadora; un sistema que gana autonomía frente a los actores políticos del Estado, pero que al mismo tiempo ve cómo se incrementa la influencia de los actores económicos. En el transcurso de este proceso se desvanece el control político sobre los medios, especialmente el que ejercen los Estados nacionales” .

Continúa Jarren: “(...) estamos asistiendo a un cambio fundamental en la política: la democracia de partidos, de formato clásico, se está transformando en una democracia mediática. Hay una creciente incidencia de las reglas de representación política en los medios (entretenimiento, dramatización, personalización, preponderancia de la imagen, todos recursos tomados del arte teatral) con considerables consecuencias para el acontecer político. La selección de acontecimientos espectaculares, la eficaz puesta en escena de los profesionales que caracteriza a importantes sectores del sistema mediático han comenzado a gobernar también a la política”3.

En ese sentido, se observa un cambio de roles de complejas consecuencias. Mientras que en las democracias pluralistas la función de los medios es observar a la política con la finalidad de que los ciudadanos puedan formarse una opinión crítica y juiciosa, en la democracia mediática, son los actores políticos quienes observan a los medios para saber qué temas plantear y cómo presentarse a sí mismos para asegurarse un lugar en el escenario.

Surgieron así en todo el mundo propuestas políticas meramente mediáticas (como el caso Berlusconi, en Italia) o candidatos extrapartidarios (Ramón Palito Ortega o Carlos Reutemann en la Argentina) que no representaron los intereses de las bases ni el pensamiento de los partidos políticos que los propiciaban y sólo se preocuparon por dar una respuesta mediática, por decir lo que los medios señalaban que la gente quería escuchar.

Dentro de esta lógica que relegó a los partidos políticos, estos candidatos fueron en gran medida exitosos en cuanto a lo electoral pero frustrantes en cuanto a su desempeño real en la ejecución de políticas públicas, lo cual debilitó aún más a “La Política” -con mayúsculas-, entendida como la única herramienta capaz de mejorar la calidad de vida de la gente en un sistema democrático.

Paralelamente al debilitamiento político, las recetas neoliberales impartidas desde los países centrales y las economías en crisis motorizaron en la mayoría de los países latinoamericanos la transnacionalización de las pocas empresas de capitales nacionales que quedaban, muchas de ellas vinculadas a las telecomunicaciones.

Por citar un ejemplo, en su libro sobre la historia de la deuda externa, el historiador Norberto Galasso hace referencia a un periodista del matutino Página 12 que denunció años atrás “(...) el control alcanzado por el Citicorp, brazo inversor del Citibank, en el área de las telecomunicaciones: importante participación en Telefónica, adquisición de Cablevisión y VCC, participación en Editorial Atlántida y por tanto, en Telefé y Radio Continental y asociación con Carlos Avila en Torneos y Competencias”4.

Estas empresas periodísticas, más allá de los pomposos códigos de ética profesional, no necesariamente trabajan sólo por el derecho de todo ciudadano a estar informado. En su libro “Grandes Hermanos”, el periodista Eduardo Anguita, analiza algunas de las actitudes asumidas por los medios en la Argentina: “Como se trata precisamente de empresas que, además de informar, pueden manipular la comunicación, el tema se torna delicado: sus propios medios se convierten en armas de presión para defender sus intereses”5.

En definitiva, el problema es sumamente complejo dado que puede existir, incluso, un conflicto de derechos, libertades y obligaciones: el derecho a la información, la libertad de expresión, el derecho a la libertad de empresa y la obligación del Estado de garantizar el bien común de los ciudadanos.

Si bien aún no existe una solución concreta para este fenómeno, algunas iniciativas podrían contribuir al mejoramiento de la calidad informativa dentro del sistema democrático: cambios en el sistema regulatorio, un rol más activo del Estado, puesta en práctica de sistemas de autorregulación por parte de las empresas periodísticas, creación de un ombudsman periodístico, fiscalización de ventas, asociaciones y alianzas empresarias, y robustecimiento de los medios de comunicación públicos.

Asimetrías y desigualdades

La disponibilidad de la información es un aspecto central para las democracias. Un sistema de privilegios, es decir, un sistema en el que sólo unos pocos ciudadanos puedan acceder a la información, es un sistema que no puede llamarse democrático.

Hay que recordar que el control de la información fue una de las formas más importantes del poder y a lo largo de la historia los imperios y las dictaduras echaron mano a la manipulación informativa para controlar a la población mediante el manejo de la opinión pública.

El derecho a la información es un derecho humano y los ciudadanos requieren de información fidedigna y de variadas fuentes para poder decidir por si mismos y, sobre todo, para poder discernir su propio interés en un ambiente crecientemente complejo.

Sin medios profesionales, dedicados a satisfacer las necesidades de información de la ciudadanía, la democracia termina siendo una quimera imposible de realizar.

Este problema es mucho más complejo que lo que parece a simple vista. El fin de la bipolaridad es decir, la caída del imperio soviético que contrarrestaba y contrapesaba geopolíticamente con la cultura occidental y cristiana (encabezada por los Estados Unidos) mediante una red de países denominados “del este”, marcó el inicio del reinado neoliberal y el pensamiento único.

Se impuso, de esa forma, el neoliberalismo o neoconservadurismo, como algunos lo llaman, con “recetas” tendientes al desarrollo de las economías de los países hasta ese momento “no alineados”. Estas políticas, impartidas desde el Fondo Monetario Internacional y organismos satélite o subordinados, no sólo no desarrollaron a los países en el sentido de conseguir igualarlos con los del “primer mundo” sino que detrás de una aparente modernización del Estado provocaron mayor exclusión social, crecimiento de la brecha del ingreso entre los sectores más ricos y más pobres de las sociedades y restricciones en el acceso a la tecnología. Por ende, también motivaron mayores dificultades para acceder a la información -entendida como información plural y democrática- en muchos sectores de las poblaciones.

Ante el nuevo escenario, en muchos países del denominado “tercer mundo”, como los latinoamericanos, se presentó una seria contradicción entre las instituciones políticas -incapaces de subordinar al creciente poder económico transnacional-, las iniciativas económicas y las demandas sociales.

Sometimiento de lo público a las leyes del mercado

El triunfo final del neoliberalismo -una ideología enfocada más a lo político que a lo económico- fue presentado pomposamente en la década del ’90 como una redefinición del estado bajo las normativas del mercado.

La teoría sostenía que la copa del progreso, una vez llena, iba a derramarse hacia la base, colmando de plenitud económica a todos los sectores de la sociedad. Claro que la copa nunca derramó y lo único que lograron las recetas impartidas desde el FMI fue concentrar el poder económico en pocas manos.

Latinoamérica, que venía de procesos dictatoriales en los años ’70 y en los ’80 no había podido encontrar el rumbo económico en el marco de gobiernos populares que no “encajaban” en el nuevo ordenamiento mundial que imponía el gobierno de Ronald Reagan en los Estados Unidos, se sometió en los ’90 a las fórmulas neoliberales.

Desarticulación de los Estados Nacionales en cuanto garantes del estado de bienestar

En la Argentina, con un plan concebido en los '70 pero ejecutado mayormente en los '90, se desmanteló el estado -que dejó de ser garante del bienestar general- y se transnacionalizó la economía.

El historiador Norberto Galasso presenta un pequeño botón de la muestra neoliberal: “(...) gran cantidad de empresas, algunas tradicionales, pasan a poder del capital extranjero. Sin pretender un detalle completo, pueden recordarse las siguientes: Terrabusi, Ginebra Bols, Bagley, Casa Tía, Canale, La Serenísima, Musimundo, Astra, Flichman, Sudamericana, Industrias del Maíz, Odol, Fargo, Tirón, Fric Rot, Stani, La Salteña, Guereño, Llauró, Minuzzi, Colorín, Norton, El Ateneo, San Martín del Tabacal, Etchart, Grafigna, Freddo, Iveco, Hidrobronz, Petroquímica Bahía Blanca, Frigorífico Cepa, Compañía Química, Alba, Grafa, Envases Centenera, Oleaginosa Moreno, Alfajores Habana, Cinzano, Rodas, Navarro Correas, Cochería Paraná, Lázaro Costa, Argentia, Bodegas Santa Ana, Cervecera Santa Fe, Hotel Intercontinental, Hotel Libertador, Alto Palermo, Paseo Alcorta, Abasto, Patio Bullrich, Ecco (emergencias médicas), Sanatorio Agote, Parque Memorial, Parque del Campanario, Jardín de Paz, Parque Luján, Solaz, Droguería Monroe, Villa del Sur, Villavicencio, La Suipachense, Polisur, Nobles, jugos Tang, La Vascongada y Santa Rosa”18.

En su libro sobre la deuda externa, Galasso relata que “el suplemento Cash de Página 12, informa en diciembre de 1998, que ‘entre 1990 y 1998, 426 empresas argentinas fueron compradas por grupos transnacionales en 29.116 millones de dólares y que sólo en 1998, se transfirieron 77 empresas en 10.000 millones de dólares’”19.

La banca nacional sufrió un proceso privatizador similar. “(...) el capitalismo financiero que se implementa es, por sobre todo, colonial, dependiente: Banco Hipotecario, Caja de Ahorro Postal, Banco Quilmes, Banco Roberts, Banco Río, Banco Francés o de Crédito Argentino, Banco Tronquist, Banco Popular Argentino y muchos bancos provinciales como Banco Integrado Departamental (BID) de Venado Tuerto”20.

El papel de los medios de comunicación en ese escenario -y en otros escenarios con características similares a escala planetaria- fue central para la manipulación de la opinión pública. Según cita Sartori sobre la injerencia de los medios en la opinión pública, “en una investigación experimental Iyengar y Kinder (...) concluyen que ‘las noticias televisivas influyen de un modo decisivo a las prioridades atribuidas por las personas a los problemas nacionales y las consideraciones según las cuales valoran a los dirigentes políticos”21.

El conocimiento y la información como valores estratégicos para el desarrollo

Alvin Toffler sostiene que saber es poder. Y el saber se desplaza desde la cúspide piramidal hacia la base, contribuyendo a construir lo que hoy se ha dado en llamar "La Sociedad del Conocimiento", que tiene su propia dimensión moral y frente a la cual los medios masivos resultan verdaderos vertebradores de la vida civil.

Según cita Norma Morandini, “’El predominio necesario del discurso de la libertad de los medios no debe hacernos ignorar otro hecho esencial: los medios acaban convirtiéndose ellos mismos en un poder’, advierte el filósofo y profesor español de Ética, Hugo Aznar, al describir la ‘singular combinación de que los medios disponen de un enorme poder y una gran libertad, es decir una llamativa ausencia de los controles y regulaciones que encontramos en otras actividades e instituciones igualmente poderosas e influyentes en nuestra sociedad’”23.

Los medios de comunicación, entendidos como cualquier objeto que hace las veces de vía para conducir información de un sujeto a otro, tuvieron un avance vertiginoso en las últimas décadas al compás del desarrollo tecnológico. Hoy conforman verdaderas redes mundiales que ocupan todos los espacios y aspectos de la vida cotidiana, complementando -y muchas veces suplantando- el rol educador de las escuelas.

“Por encima de todo, la verdad es que la televisión es la primera escuela del niño (la escuela divertida que precede a la escuela aburrida)”6, sostiene Sartori, y agrega que “(...) nuestros niños ven la televisión durante horas y horas, antes de aprender a leer y escribir”24.

Por otra parte, según Sartori, “La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender”25.

El acceso permanente -y sofocante- a “la información” no siempre significa acceso al conocimiento como se lo entiende desde los ámbitos académicos, dado que la concentración económica mundial también motivo una concentración de medios que “manejan”, dosifican y tamizan la información.

Los medios periodísticos y los periodistas tienen asignada una posición central en la vida de la democracia, sin que esto quiera decir que deban sustituir la labor fiscalizadora de los parlamentos o que se apropien de la función política.

Es fundamental, entonces, abandonar las creencias acerca de la "mediación neutra" que desempeñarían medios y periodistas entre Estado y sociedad civil.

La relación entre medios y la democracia, como muchos autores afirmaron, consiste en que la información es la base de todo proceso democrático, porque todo proceso democrático es un proceso comunicativo. De ahí que existan intereses diversos en la posesión y ejecución de los medios, entre ellos el Estado, los mismos empresarios de los medios y en ocasiones, la sociedad organizada.
A principios del siglo XX, Robert Dahl consideró dos instituciones básicas de un sistema democrático: la libertad de expresión y la variedad de fuentes de información (variedad cualitativa y no meramente cuantitativa como se observa actualmente). Estas instituciones fueron la base de los medios de comunicación en las democracias modernas que hoy se encuentran en crisis.

Los medios de comunicación deben responder al interés público. El sistema de medios es una de las arenas clave en la que los ciudadanos se constituyen, se informan y tienen la posibilidad de deliberación.

Lamentablemente, en la realidad, el interés público tiene mucho menos atención en los medios que las ganancias económicas generadas por la libertad de empresa y las leyes del mercado que no siempre están vinculadas al interés del conjunto de la población.

En ese sentido, Touraine es más drástico en cuanto a la consideración de las democracias actuales en Latinoamérica: "La abolición del monopolio militar y la instauración de elecciones libres no justifican por sí solas que se hable de democracia. Las desigualdades sociales aumentan, los derechos del hombre son violados a menudo, la conciencia de ciudadanía está ausente con frecuencia en la mayor parte de los países del continente"29.
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