El poder oculto de la masonería capítulo primero la masoneríA: enemiga de la iglesia






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EL PODER OCULTO DE LA MASONERÍA


 

Capítulo primero

LA MASONERÍA: ENEMIGA DE LA IGLESIA


 

En vista de que el tema de este Segundo Libro ha sido tratado con tal maestría y profundidad por personalidades eminentes y copiosamente documentadas, como Su Santidad el Papa León XIII, el Eminentísimo Cardenal José María Caro R., Arzobispo de Santiago de Chile, por Mons. León Meurin, S.J., Arzobispo Obispo de Port-Louis y otros varios eruditos escritores eclesiásticos y seglares, nos limitaremos a transcribir literalmente tan autorizadas opiniones para no desvirtuar en lo más mínimo su gran autoridad.

Su Santidad León XIII, en su Encíclica “Humanum Genus”, dice literalmente:

“Los Romanos Pontífices, Nuestros Antecesores, velando solícitos por la salvación del pueblo cristiano, conocieron bien pronto quién era y qué quería este capital enemigo apenas asomaba entre las tinieblas de su oculta conjuración, y cómo, declarando su santo y seña, amonestaron con previsión a Príncipes y pueblos que no se dejaran coger en las malas artes y asechanzas preparadas para engañarlos. Diose el primer aviso del peligro el año 1738 por el Papa Clemente XII (Const. In eminenti, die 24 Aprilis 1738), cuya Constitución confirmó y renovó Benedicto XIV (Const. Providas, die 18 Maii 1751), Pío VII (Const. Ecclesiam a Iesu Christo, die 13 Septembris 1821) siguió las huellas de ambos, y Leon XII, incluyendo en la Constitución Apostólica Quo graviora (Cont. Apost. data die 13 martii 1825) lo decretado en esta materia por los anteriores, lo ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII (Encicl. Traditi, die 21 Maii 1829), Gregorio XVI (Encicl. Mirari vos, die 15 Augusti 1832) y Pío IX (Encicl. Qui pluribus, die 9 Novemb. 1846; Aloc. consist. Multiplices inter, die 25 Septemb. 1865, etc.) por cierto (...) repetidas veces, hablaron en el mismo sentido...”

“Ahora a ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos resuelto declararnos de frente contra la misma sociedad masónica, contra el sistema de su doctrina, sus intentos y manera de sentir y obrar, para más y más poner en claro su fuerza maléfica e impedir así el contagio de tan funesta peste (...). No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos (Matth. cap. VII, v. 18), y los frutos de la secta masónica son, además de dañosos, acerbísimos. Porque de los certísimos indicios que hemos mencionado antes resulta el último y principal de sus intentos, a saber: el destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el Cristianismo, levantando a su manera otro nuevo con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del Naturalismo...”

“Sin esto, los turbulentos errores que ya llevamos enumerados han de bastar por sí mismos para infundir a los Estados miedo y espanto. Porque quitado el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, menospreciada la autoridad de los Príncipes, consentida y legitimada la manía de las revoluciones, sueltas con la mayor licencia las pasiones populares, sin otro freno que la pena, ha de seguirse por fuerza universal mudanza y trastorno. Y aún precisamente esta mudanza y trastorno es lo que muy de pensado maquinan y ostentan de consuno muchas sociedades de comunistas y socialistas, a cuyos designios no podrá decirse ajena la secta de los masones, como que favorecen en gran manera sus intentos y conviene con ellas en los principales dogmas...”

“Sea como quiera, ante un mal tan grave y ya tan extendido, lo que a Nos toca, Venerables Hermanos, es aplicarnos con toda el alma en busca de remedios. Y porque sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio está puesta en la virtud de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida, juzgamos ser lo principal el servirnos contra el común enemigo de esta virtud tan saludable. Así que todo lo que decretaron todos los Romanos Pontífices, Nuestros Antecesores, para impedir las tentativas y los esfuerzos de la secta masónica, cuanto sancionaron para alejar a los hombres de semejantes sociedades o sacarlos de ellas, todas y cada una de estas cosas damos por ratificadas y las confirmamos con Nuestra autoridad apostólica” (1).

Como se ve, tanto Su Santidad el Papa León XIII como varios Sumos Pontífices anteriores son muy claros al condenar la masonería, reconociendo asimismo sus intentos de destruir a la Cristiandad, aliada con socialistas y comunistas. ¿Y quiénes dirigen la masonería? Como lo demostraremos en los capítulos siguientes, son los mismos que dirigen al socialismo, es decir: los judíos.

 

Capítulo segundo

LOS JUDÍOS: FUNDADORES DE LA MASONERÍA

 

“Desenmascarar a la masonería es vencerla”, dijo León XIII. Si la desnudamos de sus velos, todo espíritu recto, todo corazón honrado se apartará de ella con horror; y por este solo hecho caerá anonadada y execrada por los mismos que la obedecen.

El Ilustre sabio jesuita Monseñor León Meurin, S.J., Arzobispo Obispo de Port-Louis, en su laboriosísima obra “Simbolismo de la Masonería”, nos demuestra con documentación aplastante que los judíos son los fundadores, organizadores y dirigentes de la masonería, la cual utilizan para lograr el dominio mundial, destruir a la Santa Iglesia Católica y demás religiones existentes. Entre la autorizada bibliografía que presenta al respecto figuran algunas citas que mencionaremos a continuación:

“El Primer Consejo Supremo, como ya hemos dicho, fue constituido el 31 de mayo de 1801, en Charleston, grado 33 de latitud norte, bajo la presidencia del judío Isaac Long, hecho Inspector General por el judío Moisés Cohen, que había recibido su grado en Spitzer, de Hyes, de Franken y del judío Morin” (2).

“Eran pues judíos los fundadores del primer Gran Consejo que había de convertirse en el centro de la masonería cosmopolita. Y lo situaron en América, en una ciudad elegida precisamente en el grado 33 de latitud norte. El Jefe Supremo vive desde 1801 en Charleston. Este jefe era en 1889 Albert Pike, a quien ya hemos nombrado en su Carta Encíclica, fechada el 14 de julio de 1889, aniversario y centenario célebres, él toma los títulos de cada uno de los 33 grados y añade los siguientes: `Muy Poderoso Soberano Comendador, Gran Maestre del Supremo Consejo de Charleston, Primer Consejo Supremo del Globo, Gran Maestre Conservador del Palladium Sagrado, Soberano Pontífice de la Masonería Universal´. Con estos títulos pomposos, publicó su carta Encíclica, en el año trigésimo primero de su pontificado, asistido por diez Ilustrísimos, Muy Iluminados y Muy Sublimes hermanos, Soberanos Grandes Inspectores Generales, Magos Elegidos, que componente el Serenísimo Gran Colegio de los masones eméritos, Consejo de la Falange de Selección y del Batallón Sagrado de la Orden” (3).

“La Encíclica enumera a los 23 Consejeros Supremos `engendrados´ hasta el presente, ya directamente, ya indirectamente, por el de Charleston, esparcidos por el mundo entero. Luego enumera cien Grandes Orientes y Grandes Logias de todos los Ritos en comunicación con el Supremo Consejo de Charleston como soberana Potencia masónica; por ejemplo, el Gran Oriente de Francia, el Consejo General del Rito de Misrain, el Gran Consejo de los masones Oddfellows, etc. De lo que antecede hemos de concluir que la Masonería es una sobre todo el globo, con formas innumerables, pero bajo la dirección suprema del Soberano Pontífice de Charleston...” (4).

 

ORIGEN JUDÍO

 

Los ritos y símbolos de la masonería y de otras sociedades secretas recuerdan constantemente la cábala y el judaísmo: la reconstrucción del Templo de Salomón, la estrella de David, el sello de Salomón, los nombres de los diferentes grados, como por ejemplo: Caballero Kadosh (“Kadosh” en hebreo significa santo), Príncipe de Jerusalén, Príncipe de Líbano, Caballero de la serpiente de Airain, etc. Y la plegaria de los masones ingleses, adoptada en una reunión celebrada en 1663, ¿no recuerda de una manera evidente el judaísmo? (5).

“Finalmente la masonería escocesa se servía de la Era judía; por ejemplo, un libro del masón americano Pike (6), escrito en 1881, está fechado en el `anno mundi 5641´. Actualmente no se conserva esta cronología sino en los altos grados, mientras que los masones añaden generalmente cuatro mil años en la Era cristiana y no 3760 como los judíos” (7).

El sabio rabino Benamozegh escribe lo que sigue:

“Los que quieran tomarse el trabajo de examinar cuidadosamente las cuestiones de las relaciones entre el judaísmo y la francmasonería filosófica, la teosofía y los misterios en general, perderán un poco de su soberbio desdén por la Cábala. Cesarán de sonreir despectivamente ante la idea de que la teología cabalística puede tener una misión que cumplir en la transformación religiosa del porvenir” (8).

¿Quiénes son los verdaderos dirigentes de la masonería? Este es uno de los misterios de la secta, uno de los secretos más cuidadosamente guardados; pero puede asegurarse que el trabajo masónico en el mundo entero se desarrolla de acuerdo con un mismo y único plan, que sus medios son siempre y en todas partes idénticos, y que los fines perseguidos son constantemente los mismos. Esto nos induce a creer que existe un centro único que dirige todos los movimientos de la secta.

Más adelante abordaremos esta cuestión, pero recordemos que la “Carta de Colonia” fechada el 24 de junio de 1535 hablaba de un director de la masonería: el Gran Maestre Patriarca que aunque conocido por muy pocos hermanos existe en realidad; y Gougenot des Mousseaux indica que “esta selección de la Orden, estos jefes efectivos que muy pocos iniciados conocen, funcionan en la provechosa y secreta dependencia de los cabalistas israelitas”, y que los verdaderos jefes de la masonería son “los amigos, los auxiliares, los vasallos del judío a quien acatan como soberano señor” (9).

De la misma opinión participan Eckert, Drumont, Deschamps, Monseñor Jouin, Lambelin y otros conocedores de las cuestiones masónicas y judías.

Dejemos a un lado las enseñanzas dogmáticas de la masonería y del hebraísmo y examinemos las alianzas entre el judaísmo y la masonería desde el punto de vista meramente práctico y real. Discurriendo con lógica no puede menos que aceptarse la conclusión siguiente formulada por L. de Poncins en “Las fuerzas secretas de la revolución”:

            “La universalidad de la Francmasonería, su duración, la invariabilidad de sus fines, que se explican perfectamente si se trata de una creación judía para servir a intereses judíos, serían absolutamente incomprensibles si su origen fuera cristiano. La misma finalidad de la Francmasonería, la destrucción de la civilización cristiana, nos descubre al judío, porque sólo el judío puede resultar beneficiado y únicamente el judío está animado de un odio suficientemente violento contra el Cristianismo, para crear una organización semejante”.

Prosigue Poncins:

“La Francmasonería es una sociedad secreta. está dirigida por una minoría internacional. Ha jurado un odio implacable al Cristianismo. Estos tres rasgos característicos son precisamente los mismos que definen al judaísmo y constituye la demostración de que los judíos son el elemento director de las logias” (10).

La “Revue Internationale des Sociétés Secretès” informaba en 1926 que:

“Ya en 1867 se organiza la “Liga Internacional permanente de la Paz” y su secretario el judío Passy esboza la idea de un tribunal para zanjar sin apelación todos los conflictos entre las naciones” (11).

 

LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES: OBRA JUDÍA.

 

El periódico “Los Archivos Israelitas” soñaba con un tribunal análogo en 1864.

“¿No es natural y aún necesario –escribía un tal Levy Bing- que veamos pronto establecido otro tribunal, un tribunal supremo al que se sometan los grandes conflictos públicos, las querellas entre nación y nación, que juzgue en última instancia y cuya última palabra haga fe? Esta palabra será la palabra de Dios, pronunciada por sus hijos primogénitos (los hebreos), y ante la cual se inclinará con respeto la universalidad de los hombres, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros discípulos” (12).

Tales son los sueños de Israel. Como siempre, coinciden con los de la masonería. El “Almanaque de los Francmasones”, escribe: “Cuando se haya establecido la república en toda la vieja Europa...será cuando reine Israel en autócrata sobre esta vieja Europa” (13).

En el Congreso Universal de la Juventud Judía celebrado el 4 de agosto de 1926, proclamaba el masón H. Justin Godard que los judíos son “el más firme sostén de la Sociedad de las Naciones, que les debe su existencia” (14).

Aún precisa más el judío Cassin:

“El renacimiento del Sionismo es obra de la Sociedad de las Naciones (15). Por eso las organizaciones judías se presentan como defensoras de la Sociedad de las Naciones y por eso los representantes del pueblo elegido pululan en Ginebra” (16).

El Eminentísimo Cardenal José María Caro, Arzobispo de Santiago y Primado de Chile, también en su documentada obra “El misterio de la masonería”, demuestra que son los judíos quienes dirigen a dicha secta con el objeto de dominar al mundo y aniquilar a la Santa Iglesia. En relación a su origen afirma:

“El Ritual masónico denuncia con evidencia su origen judío: los símbolos, comenzando por la misma Biblia, el escudo de armas, en que se trata de desplegar heráldicamente las varias formas de los querubines descritos en la segunda visión de Ezequiel, un buey, un hombre, un león y un águila, las dos columnas del templo masónico, recuerdo este último del templo de Salomón; la reconstrucción del templo, que es la obra masónica, etc. Las leyendas y catecismos, tomados de gran parte de la Biblia, tergiversándola casi siempre al saber masónico, especialmente la leyenda de Hiram, que tan importante papel desempeña en el ritual masónico. Las palabras o términos usuales, como los nombres de las columnas, Boaz y Jakin, las palabras de reconocimiento y de pase, v.gr., Tubalcaín, Schiboleth, Mac-benac, Giblim o Moabon, Nekum o Nekam, Abibalc, etc. La importancia que se da a los números, cosa muy propia de la Cábala, es también otro testimonio de la influencia cabalística en la masonería”.

“Finalmente, los hechos, el reinado de terror, la explosión de odio satánico contra la Iglesia, contra N.S. Jesucristo, las horribles blasfemias en que prorrumpían los revolucionarios masones de Francia, no son más que la expresión y el cumplimiento de las aspiraciones de las sectas cabalísticas y secretas que durante tantos siglos venían trabajando secretamente en contra del Cristianismo. Lo que los bolchevistas, judíos en su mayor parte, hacen ahora en Rusia contra el Cristianismo, no es más que otra edición de lo que hicieron los masones en la Revolución Francesa. Los ejecutores son distintos; la doctrina que mueve y autoriza y la dirección es la misma” (17).

   

Capítulo tercero

LOS JUDÍOS: DIRIGENTES DE LA MASONERÍA

 

El ilustre sabio jesuita Monseñor León Meurin, Arzobispo Obispo de Port-Louis, en su documentada obra “Filosofía de la masonería”, afirma lo siguiente:

“Los primeros once grados de la masonería (del rito escocés) como veremos más adelante, están destinados a transformar al `profano´ en `Hombre verdadero´, en el sentido masónico; la segunda serie que va del grado 12 al 22 debe consagrar al Hombre `Pontífice judío´ y la serie tercera del grado 23 al 33 ha de consagrar al Pontífice `Rey judío´ o `Emperador cabalístico´...”

“Lo primero que sorprende al nuevo adepto a una logia es el carácter judío de todo cuanto en ella encuentra. desde el grado uno hasta el 30 no oye hablar sino de la `Gran obra´, de reconstruir el templo de Salomón, del asesinato del arquitecto Hiram-Abiff; de las dos columnas Boaz y Jakin (III, Reyes, VII, 21), de multitud de contraseñas y palabras sagradas hebreas y de la Era judía, añadiendo 4000 años a la nuestra, para no honrar el nacimiento del divino Salvador”

“Tras haber establecido firmemente a la masonería en los diversos países cristianos, los judíos se aseguraron el predominio de los Grandes Orientes en número e influencia. Por otra parte establecieron gran número de logias formadas exclusivamente por judíos. Ya antes de la revolución de 1789, los hermanos von Ecker y Eckhoffen habían fundado en Hamburgo la `
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