Colección latinoamérica






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títuloColección latinoamérica
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fecha de publicación05.06.2015
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La Nación de Buenos Aires expresaba en un editorial, el 12 de enero:
Evidentemente, el presidente de Estados Unidos no ha podido convencer con su documento ni al Parlamento Federal ni al mundo, sobre la necesidad de adoptar medidas tan graves, que entrañan por sí mismas una actitud injuriosa para las ideas y los sentimientos de justicia internacional que profesan todos los Estados Unidos...

Pero la misma estructura del documento nos suministra la clave de este lamentable episodio del panamericanismo, según es sentida esta doctrina por ciertos espíritus de la Unión, muy altamente coloca­dos [...] Todas las actividades del almirante Latimer y las negociaciones de su gobierno fueron enderezadas a crear [...] un situacionismo sumiso a la influencia de Estados Unidos, propósito que se realiza en la persona del señor Díaz, trabajosamente llevado a la presidencia de su patria, para asumir el papel nada envidiable de reclamar el patrocinio de una nación extranjera, con el objeto de consolidar su deleznable autoridad.

Ante la conciencia de todo ser independiente y que tenga de su nacionalidad un concepto de serena altivez, como quiera que sean las ideologías que se atribuyen al señor Sacasa y los recursos que operan en una nación perturbada, es preferible la suerte inquietante de este personaje, que no la demediada condición de mandatario que reviste el señor Díaz, bajo el amparo de las armas extranjeras, porque de cualquier manera que se resuelvan los sucesos, siempre será éste quien enajenó al extranjero lo que hay de fundamental en toda soberanía, esto es, el derecho y el deber de resolver por sí misma sobre su propio destino.

El resultado del Mensaje [...] nos afirma en nuestras convicciones iniciales [...] Un nuevo concepto del imperialismo más crudamente materialista ha suplantado los sentimientos de elevado idealismo y respetuosa afinidad que los grandes políticos y directores de aquella gran República habían logrado establecer...
Dos días antes, otro editorial de La Nación había expresado: “Miembros del Senado y de la Cámara de Representantes de la Unión han hecho el proceso de esta empresa netamente imperialista, denunciando con preci­sión los actos de las fuerzas militares de ocupación territorial [...]. Además del acto de intervención [...] queda todavía la amenazante perspectiva de un conflicto armado entre aquella nación y México, destinataria efectiva y causante, según los gobernantes norteamerica­nos, de los hechos ocurridos.”

Otro que contestó a Coolidge fue T. Seydel Vaca, representante de Sacasa en Washington, quien después de declarar que la deuda externa de Nicaragua había aumentado en lugar de decrecer, añadió:
Nicaragua no debía 20 millones de dólares en 1917, como se ha expuesto, y nunca debió tal suma. Según el Mensaje del presidente, la deuda de bonos alcanza actualmente a 6.600.000 dólares, o sea más de lo que fue en 1919, en tiempos de la intervención económi­ca. La intervención de los banqueros en Nicaragua cuesta al pueblo una barbaridad, por las ganancias indebidas que ellos realizan, con ayuda de políticos venales nicaragüenses.

Conozco estas maquinaciones por haber sido miem­bro de la mesa directiva del Ferrocarril Pacífico y del Banco Nacional de Nicaragua. En el Ferrocarril Pacífico no se ha adquirido ninguna locomotora desde 1912, es decir, antes de que los banqueros se apoderaran de él. En todo este periodo no se ha construido ni una sola milla de nuevas vías, las estaciones permanecieron en condiciones vergonzo­sas y no se ejecutaron reparaciones de ninguna clase.

Sólo recientemente el gobierno nicaragüense adqui­rió el control sobre el ferrocarril, de mano de los banqueros.

Sin embargo, a, pesar de haber dejado al ferroca­rril en estas condiciones desastrosas, los banqueros aumentaron las tarifas de carga en un 60 por ciento y las de pasajeros en un 120 por ciento, para poder pagar grandes salarios a personas de su elección. Los impuestos aduaneros fueron aumentados en un 100 por ciento, sin que se haya realizado ninguna obra pública que valga la pena. Esto fue debido al derroche de las finanzas nicaragüenses por los banqueros y a un gobierno irresponsable que desde hace 15 años fue impuesto a Nicaragua. Estos hechos son fáciles de probar.

Mucho se ha hablado de que Nicaragua no debe actualmente nada a los banqueros; pero precisamente cuando el gobierno nicaragüense, después de muchos sacrificios, logró cancelar las deudas contraídas con esos banqueros y libertar su Banco Nacional y sus ferrocarriles de las garras de ellos, se hizo el simulacro de elegir las autoridades inconstituciona­les, para impedir que Nicaragua se sustrajera al control de dichos banqueros.
Por su parte. La Prensa castigaba en varios editoria­les las declaraciones de Coolidge. El 12 de enero manifestaba:
Raya en lo inconcebible la pretensión de emplear la intervención armada como protección de los intereses de los extranjeros en las naciones americanas, toda vez que eso significaría aceptar el absurdo de que pesa más en los valores humanos la bolsa del huésped que la soberanía del país que lo admitió con fiado. Y la teoría adquiere los contornos del delirio cuando el presidente liga su acción ilegal a la expectativa de los que hicieron inversiones en Nicaragua, las cuales, dicho sea de paso, no podrían resultar perjudicadas por la inflación de la moneda nicaragüense en la que tales inversiones no consisten, porque son propiedades, empresas o títulos en moneda de oro extranjero.
Al día siguiente, en editorial titulado: “El imperialis­mo sin careta”, La Prensa de Buenos Aires volvía a la carga:
Estas declaraciones, que mezclan tantas cosas no probadas con sofismas, encierran una verdad dolorosa: la de que Estados Unidos —nación cuyo fondo puritano alentaba confianza en los dos continentes, a pesar de muchos hechos viejos y extraños a todo puritanismo— demuestra en esta emergencia, que los intereses de sus súbditos —los que sintetizábamos ayer con la expresión la bolsa del huésped— le son muy queridos, mucho más queridos que cualquier valor moral o material de la vida y la propiedad de las naciones extrañas, pues no ha vacilado en avasallar una soberanía. La poderosa nación pone crudamente de manifiesto que no permanece indiferente ante los acontecimientos que hacen peligrar los grandes intereses que le son propios, y para protegerlos impide a una nación independiente resolver con libertad los muy grandes, que en sus cuestiones internas le afectan.

Con este mensaje presidencial se injuria a todas las naciones de Centroamérica en su carácter de entida­des soberanas, además de que se llega a afirmar la pretensión de que todo el continente consienta en someterse a su tutela, a su vigilancia, a su protección, como si alguna nación de América, después de sufrir y de proclamarse independiente con esfuerzos sobrehumanos, después de luchas aisladas, sin apoyo de poderosos, se mostrase dispuesta a entregar su libertad tan agriamente conquistada, al vasallaje de otra nación, que realizó con especial felicidad su progreso en menos de siglo y medio, que es hoy poderosa, que se ha venido llamando hermana, y que efectivamente, es nación americana.44

La pretendida superintendencia sobre el pago de empréstitos, repugnante a todos los principios del derecho internacional, es anacrónica y constituye un atropello sin calificativo conocido. A pesar de no haber garantizado ninguno de esos empréstitos, sin requerimiento de los tenedores de títulos, y ante un posible y problemático pedido, el presidente de Estados Unidos, Mr. Coolidge y su secretario Ke­llogg, ordenan invadir un país, arriar la bandera que se ostenta como señal de soberanía, y sustituirla con la enseña que contiene, más que el sentido represen­tativo de toda una nación, el pensamiento del hecho material de una parte de los posibles perjudicados por la revolución nicaragüense.

Otra afirmación del documento la juzgamos originalísima: la que considera procedente la intervención porque las negociaciones de los tratados, de los cuales surgieron más tarde los empréstitos, se hicieron en Washington y por vía diplomática, con tal criterio, las convenciones comerciales, los tratados realizados en virtud de convocatoria o invitación de Estados Unidos, los laudos arbitrales que se le han pedido, todos ellos autorizarían su injerencia armada en las cuestiones internas.

El imperialismo ha arrojado la careta, y cuadra que los pueblos libres lo rechacen. Y por más que se quieran desvirtuar las afirmaciones del Mensaje, por más que con actos posteriores se disfracen nueva­mente las intenciones, quedará como frase lapidaria sobre la doctrina Monroe, sobre las frases de Wilson, las que dijo Coolidge al final del documento: “La moneda nicaragüense, actualmente a la par, tendrá que ser inflada si continúa la revolución y los tenedores de bonos tendrán que dirigir sus ojos a Estados Unidos en demanda de protección para sus intereses.”

Las naciones de América, cuyos empréstitos fue­ron cubiertos casi todos en las oficinas de crédito de Nueva York, pueden abrir bien los ojos, porque un gobierno que se presentaba como de orden común, se cree ahora dispensador mundial de justicia y amenaza convertirse en el patrón supremo del valor de las monedas, humillando soberanías con una soberbia que no es de gran nación de soberana democracia, sino de banqueros dominados por la materia, que les llena las manos y les oscurece el espíritu.
También el New York Times, el 12 de enero, ratificaba su opinión condenatoria. Lo hizo en estos términos:
Parece como si sólo la Unión pudiera prestar ayuda legalmente al gobierno de otra nación, y que a México se le prohibiese hacer otro tanto. ¿Por qué ha de atemorizar semejante actitud al presidente Coolidge, hasta el punto de adoptar otra absurda hacia el gobierno mexicano, cuando las actitudes de ambos gobiernos, la del mexicano y la de la Unión, son exactamente las mismas? Y ésta es la moralidad del presidente de Estados Unidos cubierta con el disfraz de la rectitud puritana.
VI
No podía faltar la opinión del senador Borah. En pleno Senado, el 13 de enero, exclama:
Enviad un buque de guerra norteamericano, no para proteger la vida y los intereses norteamericanos, sino para forzar el empréstito que los representantes en Nicaragua decían que violentaba la opinión de la gran mayoría del pueblo. ¡Si hemos de adoptar esta clase de política, hagámoslo abiertamente, pero que primero se pronuncie al respecto el Congreso!

¡El tratado del empréstito y el tratado del Canal, lo hemos concertado con nosotros mismos! —gritó luego. ¡Díaz no podría mantenerse en el poder ni una sola noche, si no fuera por la presencia de la marinería norteamericana! ¡Concertamos el tratado del empréstito, que fue un acto de imperialismo tal, como jamás deshonró a nación alguna, y mientras no aceptemos el juicio del pueblo nicaragüense sobre esas operaciones y mientras no nos de su aprobación, no podremos salir de Nicaragua! ¡Con nuestra marina acampamos durante trece años en el palacio presidencial de Nicaragua, y a menos que obtengamos el fallo del pueblo nicaragüense, acamparemos allá todo un siglo!

Jamás habrá paz en la América Central, si nosotros sostenemos en el poder a hombres que no cuentan con el apoyo de la voluntad popular. Y nosotros, menos que ninguna otra nación, debemos encargarnos de imponer a los pueblos gobernantes que no desean. No podéis matar al espíritu de independencia nacional que vive en Nicaragua; ¡ese espíritu podrá quedar aletargado, pero no lo podréis disfrutar!

Si la doctrina Monroe es interpretada en el sentido de que permita las intromisiones de Estados Unidos en los asuntos internos de esos países, esa doctrina se convierte en puñal y no en escudo.
El discurso de Borah terminó así:
Inaugurar una campaña de paz, abolir la idea de la fuerza, intentar establecer relaciones amistosas, ponerse en contacto con las masas y con el pueblo mismo, hagamos esto, y podremos establecer en Centroamérica una política que proteja nuestros intereses y que respete nuestros derechos, y habremos hecho lo que tenemos derecho a hacer, recibiendo especial consideración de esos pueblos.
El profesor Johns Hopkins, citado ante la Comisión respectiva de la Cámara de Representantes, para que diera su opinión, censuró el discurso de Coolidge. A la objeción de algunos representantes, de que los norteame­ricanos no obligan a nadie a contraer empréstito, respondió que si bien Estados Unidos acordó empréstitos a otros países, envió “consejeros financieros” solamente a las repúblicas latinoamericanas. Después dijo: “El presi­dente dijo hace pocos días que dejó todo el asunto en manos de un almirante, y creo que es éste un proceder muy malo. El gobierno no desea mantener en el poder al señor Díaz, que es amigo de ciertos banqueros. No veo por qué México no ha de tener en todo caso, el mismo derecho que nosotros de prestar ayuda a un partido en Nicaragua.”

La observación era justa y apuntaba al razonamiento de Coolidge, en el sentido de que no podía menos que ayudar a Díaz, por cuanto le había reconocido como gobernante de Nicaragua. ¿Por qué no podía tolerar entonces que Calles —que había reconocido a su vez a Sacasa— ayudara al gobierno revolucionario, basado sobre el mismo principio?

Acerca de la situación México-Nicaragua, se expedía así The World el 10 de enero:
El presidente Calles admite que el retiro del reconocimiento de su gobierno por el de Estados Unidos no tardaría en provocar tentativas revolucio­narias en México. El gobierno de Calles vive bajo la amenaza de un desastre, pero aun así continúa hablando y obrando con buen sentido y ecuanimidad. Para descubrir signos de pánico hay que dirigirse a Washington y no a México. El gobierno de Mr. Coolidge se empeña en proceder a tontas y a locas, sin haber sufrido ningún daño positivo. Ni en México ni en Nicaragua se ha perdido una sola vida norteameri­cana, ni ningún ciudadano norteamericano ha sido herido y ninguna propiedad de la Unión ha sido secuestrada de hecho. Sin embargo, los buques de guerra se están dirigiendo ya a todo vapor hacia el mar Caribe.

Un portavoz oficial del presidente Coolidge está hablando sobre la opresión de un gobierno amigo de la América Central, y diariamente podemos compro­bar que no hemos tenido ningún motivo para intervenir en Nicaragua. Primeramente se trataba de proteger los bosques norteamericanos de caoba; luego, las obras de un canal imaginario; más tarde, dos diplomáticos extranjeros nos solicitaron el envío de fuerzas a Managua: desembarcamos después fuer­zas de marinería en Nicaragua, para dar una lección a “alguien” en México.

Hemos intervenido, no hemos intervenido y nos hemos limitado a defendernos meramente contra alguna ofensiva belicosa. Mr. Coolidge parece tener la vaga idea de que si logra poner “k. o.” a Sacasa, se apuntará un tanto en cualquier forma, en México. Hace caso omiso de los consejos del senador Borah, por más que las experiencias adquiridas por éste en los asuntos latinoamericanos se remontan a veinte años, mientras las de Mr. Coolidge apenas cubren el espacio de cuatro años, y a pesar de que Mr. Borah manifestó al presidente que su política es disparatada e imposible...

Son los sostenedores de títulos fraudulentos quie­nes tienen motivos para sentirse alarmados y quienes han logrado persuadir al Departamento de Estado de la necesidad de librar las primeras batallas por ellos. El presidente Calles insiste en su propósito de someter la legislación mexicana a una revisión por un tribunal internacional, para salvaguardar la sobera­nía mexicana y establecer así un precedente fatal para la libertad y soberanía de todas las naciones, a pesar de lo cual dice: “Toda la historia demuestra que los tribunales internacionales prestan su apoyo a las naciones fuertes. Sin embargo, en caso necesario, México tomará sobre sí este riesgo, con el fin de evitar un peligro más grave para el país, y deseoso de elegir el menor entre dos males, no tendrá ningún inconveniente en ir a La Haya.

De este modo, Calles se ofrece a aceptar el arbitraje hasta sobre la validez de los títulos espurios. ¿Puede subsistir, entonces, una duda acerca de cuál debe ser nuestra respuesta?

VII
En la Cámara de Senadores de la Unión, el demócrata Hudleston acusó a su gobierno de desarrollar una política imperialista, agregando que Nicaragua había quedado reducida a las condiciones de una colonia de Estados Unidos. Interrogado sobre si Gran Bretaña y Francia habían solicitado o no la protección de Washington, para sus intereses, contestó afirmativamente, pero “nosotros —dijo— no estamos obligados a hacernos cargo de asuntos sucios y es un asunto muy sucio enviar soldados para cobrar deudas'“.

En México, Zepeda, representante de Sacasa, dejaba por su parte al Tío Sam sin otro de sus pretextos de intervención. El 12 de enero declaraba a United Press que las armas empleadas por los liberales provenían de Estados Unidos, y que la mayoría de ellas había sido embarcada en Nueva Orleans, en mayo de 1926. “El primero de dichos cargamentos —decía— llegó a Nicara­gua en el Barranco, buque al mando de oficiales yanquis y con todos sus papeles en regla.” Poco tiempo después, los liberales compraron el buque armado Foam, cuyo capi­tán, así como su oficialidad, eran igualmente estadouni­denses. Fue el Foam el que bombardeó las fortificaciones del Bluff, en Bluefields, que estaba en poder de Chamorro y fue capturado por las tropas constitucionalistas.

Aquel 12 de enero y para responder a las críticas de que había sido objeto, Kellogg presentó un memorando al Comité de Relaciones Exteriores del Senado, presidido por el senador republicano Borah, en el que esta vez alegaba la existencia de actividades comunistas contra Estados Unidos en México y otros países latinoamerica­nos. El documento comenzaba así:
Los dirigentes del bolcheviquismo han tenido ideas bien definidas con respecto al papel que México y la América Latina han de tomar en sus programas generales de revolución en el mundo entero. Dichos dirigentes han estatuido, como uno de los requisitos necesarios para el fomento victorioso de un movimiento revolucionario internacional en el Nuevo Mundo, y como una de sus obras principales, la destrucción de lo que llaman “imperialismo norteamericano.”
Los “descubrimientos” de Kellogg se basaban esta vez45 sobre declaraciones, asambleas y congresos comunis­tas, realizados tanto en la Unión Soviética como en Estados Unidos y México. Se trataba de las habituales resoluciones y mensajes de carácter ideológico-político, emitidos periódicamente por los partidos comunistas de todo el mundo, que Kellogg esgrimía como pruebas irrefutables de una supuesta colusión entre México, la URSS y el bolcheviquismo, para el creciente dominio de América Central, el primer paso del cual lo constituía el apoderamiento de Nicaragua. En abono de su argumenta­ción transcribió una tesis aprobada por la Internacional Comunista, según la cual las clases obreras latinoamerica­nas estaban destinadas a jugar un tremendo papel en la liquidación del yugo de la burguesía estadounidense, y recordó una supuesta declaración de Georgi Tchicherin, comisario del Pueblo Ruso, en el sentido de que México era “una base política muy cómoda para el desarrollo” de sus relaciones con el Nuevo Mundo.

Se trataba, en este último caso, de declaraciones de Tchicherin, que habían sido tergiversadas y que no obstante ello, habían sido respondidas en su oportunidad —4 de mayo de 1925— por el propio presidente Calles. El episodio se registró con motivo del establecimiento de relaciones entre la URSS y México, y Calles puntualizó que tal vinculación se establecía con base en el postulado del Derecho Internacional de respetar la soberanía de los pueblos, para darse las instituciones que creyesen más convenientes, pero que su gobierno “no tolerará que se abuse de la buena fe, pretendiendo tomarlo como instrumento para la realización de maniobras o combina­ciones de política internacionales o para la propagación de principios que no sustenta”, ya que para realizar la reforma político-social mexicana no había habido necesi­dad de la intervención “de fuerzas exóticas y ajenas a nuestras luchas, a nuestro carácter y a nuestra mentali­dad.”

Estas declaraciones habían sido ampliamente difundi­das, no obstante lo cual, Kellogg las pasó por alto en su memorando. En respuesta directa a Kellogg desde Moscú, el canciller Máximo Litvinoff puntualizó: “El gobierno soviético no puede tener ni tiene relaciones con México, a no ser las de lealtad y no intervención. El comisario de Relaciones Exteriores, Georgi Tchicherin, tuvo completa razón al congratularse por el restablecimiento de las relaciones normales entre la Unión Soviética y México. El gobierno bolchevique continuará haciendo lo posible por restablecer relaciones normales con todos los Estados de América. El explicar el desmejoramiento de las relaciones entre Estados Unidos y México, atribuyéndolo a la declaración perfectamente leal del comisario Tchicherin, sirve tan sólo para divertir al mundo.”

La Nación de Buenos Aires, el 14 de enero, se refirió así a las declaraciones de Kellogg:
Mientras el señor Coolidge pretende explicar su intervención en los sucesos internos de Nicaragua, según su deber de protección a los intereses y vidas de los ciudadanos norteamericanos radicados en aquel país y para los derechos que le atribuye el tratado de 1914 sobre construcción del nuevo Canal con el Pacífico, Mr. Kellogg justifica la apremiante violación de la soberanía nicaragüense en los motivos provocados por una vasta conspiración bolchevique, que tendría en México y otras naciones de Centroamérica su principal foco contra el orden y las instituciones de Estados Unidos. En la extensa relación de antecedentes presentada por este último personaje, para nada se hace referencia a las causas invocadas por el presidente de la Unión, ni siquiera a título de argumento supletorio y relacionado con los intereses de su país en el territorio de Nicaragua. Son meras informaciones poco precisas acerca de los propósitos del comunismo internacional y las maqui­naciones extremistas de Moscú, en cuanto ellas consideran la vigorosa contextura de la civilización norteamericana como la valla más difícil contra la difusión de los ideales y realidades del bolcheviquismo. Es tan distinta la razón de una y otra explicación, que el juicio no sabe cómo acertar sobre la verdade­ra, para discernir con lógica certidumbre acerca del mérito de las mismas. Tal incertidumbre es propia en todas las circunstancias encubiertas o equívocas [...].

[...] Volviendo al contenido de las explicaciones de Mr. Kellogg, en la hipótesis de que ellas fueran la única causa de la actitud de Estados Unidos en Nicaragua, resalta su puerilidad como justificación de un hecho tan insólito, cual es el avasallamiento de una soberanía internacional [...]. Pero el hecho de que medien declaraciones de las Internacionales Comunistas y se hayan formulado previsiones alenta­doras para que se radiquen en México y otros países latinoamericanos las futuras cruzadas del comunismo contra la burguesía norteamericana, parece ser mas bien una ilusión de cerebros atormentados, que no el plan agresivo y bien previsto de una agresión inminente.

Las explicaciones de Mr. Kellogg no convencen: se dirían un pretexto de última hora para eludir los riesgos de la difícil posición en que se ha colocado [...]. La actitud política de Estados Unidos en esta triste página de la historia moderna americana comporta, según lo tenemos demostrado, una deplorable declinación de su prestigio. Y no será cierta­mente con especiosos argumentos que logrará disipar el justificado recelo que suscita en el mundo la violencia y la injusticia de sus empresas imperialistas. La protesta inconfundible y la reacción de la opinión mundial deben anoticiar a los gobernantes de la Unión acerca del espíritu que domina en estos momentos, respecto de la agresión que se consuma contra una débil nación, cuyo subyugamiento sin gloria tan poco enriquece el patrimonio moral ni la honra de Estados Unidos.
Igualmente mordaz era el comentario de La Prensa:
Nada tan intangible como la soberanía de una nación, sobre todo en esta época en que cada una ha tomado su puesto en el concierto universal. ¿Cómo puede entonces un país ir con sus armas a otro, a intervenir en sus cuestiones internas, so pretexto de combatir al bolcheviquismo, comunismo o lo que sea? Combata el que haya dentro de su territorio, en uso de su más perfecto derecho, pero no se meta en casa ajena, por la sola razón de ser el más fuerte.

A nadie convence la palabra de Mr. Kellogg y mata definitivamente al panamericanismo de trágica juguetería, que andaba ufanado en el camino de la historia.
Veamos ahora una opinión de la prensa adicta a Coolidge. Es del Chicago Tribune: el 12 de enero:
Sería necio pretender que Estados Unidos permi­tiera la existencia de un “gobierno de selva”, en las cercanías del Canal de Panamá, que pudiera tolerar continuas revoluciones para derrocar a un gobierno, la destrucción de propiedades y las amenazas contra las vidas o toda clase de libertad, estado de cosas, que si se le da la interpretación debida, significa asesinatos, anarquía y despojo. No beneficia a nadie que se impidiera que el espíritu de empresa norteamericano desarrollase los recursos naturales que el espíritu de empresa indígena sólo destruiría y que el europeo anhela adquirir.
El 14 de enero, el representante Eaton, a quien el cable de Associated Press señala como “antiguo pastor de la Iglesia, sostenida en Cleveland con los fondos Rockefeller”, apoya también a Coolidge, en razón del “peligro de que México se entregue a las doctrinas bolcheviques”.

El mismo día, el New York Times reproduce un telegrama de Romain Rolland a los estudiantes latinoamericanos: “La invasión de Nicaragua es una parte de un plan largamente premeditado del imperialismo norteamericano, que si llega a ser puesto en ejecución, pondrá término a la libertad en todo el mundo.”

VIII
El 14 de enero, Rodolfo Espinosa, ministro de Relaciones Exteriores de Sacasa, presenta ante el cónsul yanqui en Bluefields una protesta “por la captura y destrucción de más de un millón de cartuchos y setecientos fusiles, propiedad de los liberales en Río Grande, el 23 de noviembre, por orden del almirante Latimer, al declararse que este punto era zona neutral” .

¡No observa igual firmeza el propio presidente Sacasa! En declaraciones escritas a la United Press, revelará nuevamente su debilidad y su desvaído oportunismo político. Después de negar que su gobierno tuviera convenios con México o con cualquiera otra nación y de alegar que las armas de su ejército fueron adquiridas en Estados Unidos y “allí donde fue posible conseguirlas”, expresará:
Es también absolutamente inexacta la aseveración de que la representación liberal se haya negado a concurrir al Congreso cuando Díaz fue designado presidente, y de que también yo me he abstenido de concurrir a esa sesión. Muchos diputados liberales se encontraban fuera de Nicaragua debido a las persecu­ciones de que fueron objeto, y yo, perseguido despiadadamente después del golpe de Estado llevado a efecto por Chamorro y Díaz contra el presidente Solórzano, me vi obligado a abandonar Nicaragua, trasladándome directamente a Washington, donde en diciembre de 1925 presenté un memorándum.

Es particularmente extraño que el presidente Coolidge desconozca o haya olvidado esos hechos y haga declaraciones en contra de ellos. Yo permanecí en Washington durante varios meses en estrecho contacto con la situación [...] hasta que regresé a Nicaragua. Esa misma actitud hubiera asumido el vicepresidente Coolidge a la muerte del presidente Harding si cualquier ciudadano de la Unión, sin ningún derecho para ello, hubiera encabezado una revolución para usurparle la presidencia.

Si las declaraciones del presidente Coolidge son confirmadas, lo cual equivaldrá prácticamente a una declaración de guerra contra el pueblo de Nicaragua, a quien legalmente represento, sólo me quedará el recurso de abandonar mis posiciones, a fin de evitar a mis conciudadanos, cuando más no sea, el peligro de una absurda y desigual lucha con Estados Unidos.”
Pero la debilidad de Sacasa era compensada por la acción de espíritus fervientemente democráticos, que, sobre todo en la propia Unión, daban diariamente la batalla por la soberanía de Nicaragua. Entre ellos, junto al infatigable Borah figuraba Robert Lafollette, que años más tarde defendería con denuedo la política de Roosevelt contra los grandes monopolios. En la sesión del Senado del 11 de enero, causó sensación cuando reveló que desde algún tiempo atrás, la Secretaría de Estado hacía una especie de simulacro de publicidad, “para tomar el pulso a los diarios acerca de la importancia que éstos darían a la publicación de declaraciones de la especie que contenía el memorándum de Kellogg”. “El subsecretario de Estado. Mr. Olds —prosiguió Lafollette— invitó a su despacho a los representantes de la prensa para considerar con ellos el proyecto de propagar en los diarios del país la misma clase de informaciones, que luego se daba en dicho memorán­dum. No se discutió en esa ocasión la autenticidad o la naturaleza de esas informaciones, sino que se trató de cerciorarse de si la prensa metropolitana estaba dispuesta a destacar el hecho de que México se había convertido en el centro de las operaciones del gobierno ruso y de los comunistas del mundo contra el gobierno y el pueblo de Estados Unidos.

Después lanzó contra Kellogg una grave acusación, imputándole una omisión en el texto del memorándum:
Es una omisión hecha en forma tal, que creo no ha sido hecha con otro espíritu que con el de simple mala fe.

Mr. Kellogg cita al señor Tchicherin con relación al significado que dio el canciller ruso al reconocimiento de Rusia por el gobierno mexicano, pero descuidó mencio­nar siquiera las declaraciones oficiales emitidas por el presidente Calles, en respuesta a la comunicación, no obstante el hecho de que esas declaraciones aparecieron en la prensa de Estados Unidos durante los días que fueron transmitidas a Moscú.
Como Estados Unidos no había reconocido todavía al gobierno de la Unión Soviética —reconocimiento que sólo se haría años después, con Roosevelt —, los diarios habían atacado también a Calles, porque éste sí se había decidido a entablar relaciones con el Soviet. Lafollete leyó las declaraciones de Calles, de las cuales opinó:
“Se trata de una afirmación de la más sólida política, expresada en un lenguaje que no titubeo en hacerlo mío. Es un lenguaje que no admite más que una sola interpretación, y en esta interpretación, que no puede ser otra, vemos que el presidente Calles ha hecho la advertencia oficial y explícita al gobierno de Rusia, de que México no toleraría a los Soviets ninguna de las actividades que pudieran crear alguna situación embarazosa en sus relaciones con cualquier tercer país. A pesar de esto, henos aquí ante el espectáculo de Mr. Kellogg en su viciosa “pose” de propaganda barata, omitiendo deliberadamente, en documentos proporcionados a todos los diarios del mundo, un documento que retrata al presiden­te Calles de cuerpo entero, y revela a las claras el espíritu de hombre público que el mismo Mr. Kellogg ha tratado de desfigurar, con toda sangre fría, ante la conciencia universal”.
Otra sarcástica crítica fue la de Máximo Litvinoff, ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, quien volvió a burlarse de Kellogg:
Los hombres de Estado de los países capitalistas adoptaron últimamente la costumbre de disimular su incompetencia en los problemas internos, o sus ambiciones agresivas en el terreno de la política internacional, bajo la revelación de supuestas intrigas o conspiraciones bolcheviques. Desautorizar seriamente esas declaraciones fantásticas equivaldría a afrentar a la opinión pública.

De igual manera sería razonable atribuir a tales “intrigas” las inundaciones ocurridas en Estados Unidos, o los terremotos del Japón. Sea que la cuestión en debate se refiera a las huelgas mineras en Gran Bretaña o al ataque de la marinería contra la independiente república de Nicaragua, o al fusila­miento de gentes en Java y Sumatra por la policía holandesa, siempre sale a relucir las misma justifica­ción: los complots y las intrigas del gobierno bolchevique.

Constituiría simplemente un insulto a la opinión pública si me pusiera a repudiar tan fantásticas explicaciones. Estoy familiarizado con las resolucio­nes de la Tercera Internacional. Desgraciadamente no estoy en situación, por el momento, de verificar las citas que de ellas hace Mr. Kellogg, pero estoy también familiarizado con las malignas resoluciones de la Federación Norteamericana del Trabajo en contra de los fundamentos del régimen soviético. Es tan ridículo justificar los ataques de la marinería norteamericana contra Nicaragua por las censuras al imperialismo, contenidas en las resoluciones de la Tercera Internacional, como lo sería el justificar el fracaso de las pérdidas de las cosechas en la Unión Soviética por las resoluciones de la Federación Norteamericana del Trabajo.
The Evening World, de Nueva York, no gastaba en cambio tanta ironía en su editorial de la misma fecha:
Mister Kellogg es un pobre de espíritu, nervioso, mal informado e inadecuado anciano, que no tiene la fuerza mental ni la entereza de carácter necesarias para enfrentarse a la tremenda presión que se está ejerciendo para romper con México, derrocar a Calles y establecer —si es preciso por medio de la intervención armada— un gobierno de mexicanos que se someta a los intereses de este país. El memorándum al Senado fue escrito con el objeto preconcebido de envenenar la mente del pueblo norteamericano y de llevarlo a la guerra.
Los pedidos francos y las veladas insinuaciones para que renunciara Kellogg comienzan a sucederse en la prensa y en el Congreso. Un nuevo editorial del Evening World preguntaba: “¿Es el alto comercio norteamericano tan ingenuo que crea poder tratar a los pequeños países a puntapiés y puñetazos hoy, y ganar de nuevo su buena voluntad al sonreírles mañana?”. Por su parte, The World, el día 16, no publicaba su acostumbrado editorial. En cambio, ocupando su espacio en primera página y a cuatro columnas, una caricatura mostraba a un periodis­ta golpeando a las puertas del Departamento de Estado y preguntando: “¿Qué razones alega hoy para justificar la intervención en Nicaragua?”.

La intencionada pregunta se basaba no tanto en el torpe intento de Kellogg y Olds para influir sobre la prensa desinformándola, sino también, como lo observa el historiador Wood, en lo “evidentemente inadecuado” de las explicaciones oficiales para tratar de fundamentar la rápida ampliación del papel de los soldados estadouniden­ses en Nicaragua:
“A principios de 1927, en el curso de dos semanas, el gobierno ofreció a un público cada vez más hostil y escéptico, no menos de nueve justificaciones distintas de su política en Nicaragua, separadas cronológicamente. Todas estas diversas justificaciones fueron atacadas por un creciente coro de opinión pública, dirigido por muchas potentes voces [...]46”.
A juicio del mismo Wood, el mensaje de Coolidge al Congreso “puso término finalmente a la diaria emisión de justificaciones por el Departamento de Estado”, pero al propio tiempo “puso oficialmente en claro, por primera vez, que el asunto de Nicaragua era parte de una crisis de relaciones con México” y provocó además el temor de un conflicto bélico, iniciando lo que podría llamarse una “alarma de guerra”, que duró unas dos semanas.

El New York Times, que el 29 de diciembre de 1926 apoyaba en un editorial la política de Coolidge, alegando que “todo lo que hacemos tiene al menos por objeto, ayudar y proteger a las repúblicas más débiles de este continente; más que dominarlas o despojarlas; si esto es imperialismo, saquen de ello el mayor partido”, cambió desde comienzos de año su actitud desafiante, frente a la reacción operada en la opinión pública mundial, y se sumó a las críticas en contra de la administración Coolidge. El Times de Londres por ejemplo, en aparente respuesta al Times de Nueva York, apuntó: “Quizás Estados Unidos no esté dispuesto a que se le nombre entre las naciones imperialistas, pero los fundadores de su comercio han creado intereses norteamericanos en países vecinos subdesarrollados, cuyos recursos naturales ofre­cen ventajosos mercados al desbordamiento de la riqueza nacional”. Y también el Daily News de Londres, se permitía calificar al discurso de Coolidge como un disparate que demostraba “la hipocresía de la filosofía moral norteamericana en la política internacional”.

Opiniones como las precedentes no eran sino un eco multiplicado de las que se vertían prácticamente en el mundo entero. Para su gran sorpresa, Coolidge y Kellogg descubrieron que en vez de Calles y México, los que estaban en el banquillo de los acusados eran ellos y Estados Unidos. Hasta el propio ex secretario de Estado, Charles E. Hughes, declaró que “los países latinoamerica­nos son amigos y debe tratárseles en forma amistosa”. No mucho después, de nuevo, el New York Times volvía a llamar a la cordura al gobierno, con razones de más peso, al apuntar que el “resentimiento” que se estaba formando en América Latina, “podría fácilmente inclinar la balanza en favor de los exportadores europeos”, pues “sin duda influye eso que se llama 'sentimiento', aun en los asuntos internacionales”. Y agregaba el “consejo” fraterno de que la Unión debía tratar con los países latinoamericanos dentro de “un espíritu prudente y conciliador”, porque “aunque no podemos dejar de sentirnos muy superiores a ellos, en el fondo de nuestros corazones, no es prudente ni provechoso tratarlos como si se les considerase inferiores”47. En esta pragmática recomendación se advertía la inminencia de un cambio.


IX
El día 15 Díaz envía un telegrama a la embajada nicaragüense en Washington, proponiendo conceder a los liberales varios puestos judiciales y ejecutivos, y decretar elecciones en 1928 bajo la supervigilancia yanqui. Todas las reclamaciones surgidas por la revolución serían resueltas por una comisión tripartita, integrada por liberales, conservadores y... yanquis. Los liberales ten­drían que entregar previamente sus armas, las que les serían pagadas por su gobierno. La declaración abogaba por la “protección del gobierno de Estados Unidos contra las intenciones del gobierno mexicano” y proponía “mantener únicamente una fuerza de milicia para el servicio policial, de acuerdo con el Tratado de 1923”, la que sería “instruida” por una misión de Estados Unidos. Naturalmente, no podía faltar el tema predilecto de Díaz: prometía “la emisión de un gran empréstito para la construcción de carreteras y ferrocarriles bajo la supervigilancia de Estados Unidos”.
“Dicho empréstito será invertido bajo el control de Estados Unidos y desde luego es obvio decir que las mejoras conseguidas serán tan beneficiosas a los conservadores como a los liberales. La cooperación del gobierno de Estados Unidos en la solución de nuestros problemas hará que podamos obtener tal empréstito en términos razonables. Desgraciadamente existen en Estados Unidos personas bien intencionadas que han sido influidas por la falsa y maliciosa propaganda de parte de los agitadores políticos latinoamericanos e inspirada en la que ellos llaman imperialismo de la Unión en Nicaragua.

Negarnos a nosotros mismos la oportunidad de desarrollar nuestras riquezas por temor a la dominación del capitalismo norteamericano, es simplemente privar a nuestro pueblo de su única esperanza de conseguir un más elevado nivel de vida. Y nosotros no tememos al capital norteamericano. Nosotros hemos comprobado que los banqueros norteamericanos han hecho más para el mejoramiento de muchos pueblos latinoamericanos que todos los llamados agitadores contra el capital norteamericano, dentro y fuera de América, o de los que se titulan amigos de la independencia de los pueblos de Latinoaméri­ca, en los propios Estados Unidos. Nosotros no podemos razonablemente abrigar el temor de perder nuestra independencia por el hecho de contraer más deudas, sino que más bien debemos creer que las conquistas que podamos realizar con la ayuda del capital extranjero y sus empresas, alcanzaremos la independencia económica ne­cesaria para la verdadera independencia política entre las demás naciones del mundo.

Pido al pueblo norteamericano que no preste oídos a la mal guiada y poco sincera crítica de los agitadores profesionales de la América Latina, o de los propios norteamericanos que no alcanzan a comprender nuestras necesidades. La amistosa intervención de funcionarios amigos para el arreglo de nuestras dificultades políticas que conduzcan a una paz permanente; la eficiente ayuda de los técnicos financieros y de capital prestado en términos favorables para proyectos constructivos, solamente ésos son los medios de ayudarnos a remediar nuestros males. Por solicitar esa ayuda he sido frecuentemente acusado injustamente, pero abrigo la plena confian­za de que el veredicto de la historia justificará mi política y la de mi partido”.
El 14 de enero, Henry Parkes Cadman, Jefe del Consejo Federal de las Iglesias Cristianas de Estados Unidos, declaró estar a favor de un arbitraje con México y en contra de cualquier invasión. La declaración de tan influyente personaje movió a su vez a una organización pacifista, el Consejo Nacional de Prevención de la Guerra, a enviar sendas copias de ese documento a unos setenta mil clérigos, pidiéndoles que apremiaran a su grey y a sus diputados para que influyeran en favor de la paz. Y como suele ocurrir en Estados Unidos cuando una causa tiene adeptos, bien pronto, como lo refiere Wood, “torrentes de cartas y telegramas inundaron el Congreso, la Casa Blanca y el Departamento de Estado”. El 16 de enero, añade Wood, “la prensa pudo observar un nuevo ambiente pacífico en Washington”.

Aquel mismo día, el presidente de la Federación Norteamericana del Trabajo, William Green, declaraba que los obreros estadounidenses se oponían a una guerra con México y que no creían que los obreros mexicanos tuviesen “tendencias bolcheviques”. Pronunciamientos de parecido tenor hicieron el presidente de la Universi­dad de Columbia, Nicholas Murray Butler, y el conocido periodista William Allen White, quien viajó especialmen­te a Washington para entrevistar a Coolidge, y pedirle que “resolviera amistosamente las cuestiones con México y Nicaragua”. Además, en la misma Universidad de Columbia se realizaba un acto estudiantil, en cuyo transcurso censuraron a Coolidge, el clérigo, historiador y profesor Samuel Guy Inman y el presidente de la Liga Patriótica Nicaragüense, Walter Herrador.

En el Senado, de nuevo el incisivo Borah tronaba su disconformidad, esta vez al comentar el pedido de Adolfo Díaz:
“La declaración demuestra que Díaz está incapacitado y es peligroso como presidente de Nicaragua. Hace toda clase de esfuerzos, mediante manifestaciones falsas y exageradas, por envolvernos en dificultades con México. Sus intereses estarían servidos si este gobierno estuviese en guerra con México, y está empleando todos los medio para provocar esa situación; por consiguiente, nuestro gobierno debería retirar su reconocimiento a Díaz”.
Le acompañaba en su argumentación un editorial de The Evening World:
Aunque la conducta del gobierno en Nicaragua y en México es incalificable, los amantes de la paz y de la justicia deberán sentirse complacidos al contem­plar el levantamiento indignado del pueblo de Estados Unidos contra estos movimientos imperialistas. Es además halagador, descubrir que los norteamerica­nos están cansados de que se les presente a cada rato el fantasma del bolcheviquismo, con el fin de despertar el apoyo del público. Una guerra con México, que tuviera por causa la cuestión de Nicaragua, sería un crimen. El gobierno empieza a retroceder, pero es posible que escuchemos otra “explicación”, en cuanto Mr. Kellogg pueda cobrar aliento.
Al día siguiente, 17 de enero, The World arremetía a su vez:
Sólo por la fuerza de la opinión pública, el país supo impedir que su gobierno obrara en una dirección contra la cual no existía ninguna oposición exterior. Son muy contados los casos en que un pueblo pletórico de fuerzas haya actuado espontánea y voluntariamente como freno para la acción de su gobierno, pese a la tentación de una fácil conquista. La victoria así obtenida debe ser ahora consolidada. A Mr. Coolidge se le brinda la gran oportunidad de transformar su política de violencia, que prevalecía hasta la semana pasada, en una política que esté más de acuerdo con la voluntad expresada por el pueblo norteamericano. La cuestión de si al obrar así le puedan servir o no instrumentos como los señores Kellogg, Sheffield y otros plutócratas de menor cuantía, que hasta ahora sólo se ocuparon de complicar los asuntos, debe ser resuelto por el mismo presidente Coolidge.

Es de la mayor importancia que nada de lo que se haga en Nicaragua pueda dar lugar a la más leve sospecha. Si accedemos a las instancias de Díaz, convirtiendo a Nicaragua en un protectorado mili­tar, nos encargamos con ello de mantener en el poder a un gobierno impopular, lo que constituirá una manifestación de imperialismo, en la acepción más genuina de la palabra, y probablemente un ejemplo y precedente para México, absolutamente contrario a los intereses y deseos del pueblo norteamericano.

No necesitamos trazar un cuadro idealista de la democracia en América Latina, pero tampoco nos corresponde adoptar actitudes cínicas. La democra­cia en América Latina y en otras partes será quizás una ilusión, pero el sentimiento nacional no lo es, sino que constituye una de las fuerzas más poderosas que actualmente conmueven al mundo, de modo que no puede haber una política norteamericana inspira­da en principios sanos, que no acepte el sentimiento nacional como uno de los factores fundamentales.
Al promediar la primera quincena de enero, el vuelco de la opinión pública en favor de una solución pacífica se había hecho tan perceptible, que algunos observadores predijeron un cambio en la intransigencia de Coolidge, no obstante su duro empecinamiento. Para comprender su tozudez, bien valdrían estas pinceladas que sobre su persona y su actuación trazó un cronista de su época:
“No era un dirigente audaz ni pretendía serlo. No seguía estrella alguna, no se lanzaba al ataque de reducto alguno. Teniendo en cuenta el hecho de que estuvo en la Casa Blanca durante cinco años y siete meses, su historia presidencial resulta sorprendentemente negativa [...].

“En cuanto a política exterior [...] mantuvo con astucia un aire de magnífica despreocupación [...]. Aparte de la tardía solución de los problemas nicaragüense y mexicano, y de la defensa de este tratado (Kellogg-Briand) un tanto inocuo, la política de la administración Coolidge consistió en cobrar el dinero que se le debía (incluso a expensas de considerables resentimientos), mantener una atenta vigilancia sobre la expansión del imperio financie­ro norteamericano y dejar las cosas como estaban en todos los demás aspectos [...].

“Mantuvo el statu quo en beneficio del mundo de los negocios [...]. Política carente de inspiración y de heroísmo, se sugerirá. Pero fue sincera. Calvin Coolidge creía honradamente que al intervenir lo menos posible y al aliviar las cargas impositivas de los ricos, beneficiaba a todo el país [...]. El gran dios de los negocios reinaba supremo en el país y Coolidge tuvo la fortuna de convertirse casi en un semidiós, al rendir discreta pleitesía ante su altar”48.
Como el petróleo era la principal lámpara votiva de ese altar, Coolidge le dedicó su morosa atención mientras pudo hacerlo. Cuando se echó encima a la opinión pública nacional y mundial, trató aún de resistir, pero fue Kellogg quien comprendió que el país no aceptaría entrar en guerra con México en defensa de las propiedades de los Sinclair, los Mellon y los Doheny —además de las de la Standard Oil—, a todos los cuales habían salpicado las escandalosas revelaciones legislativas, que siguieron a la muerte del presidente Harding.

De modo que cuando el senador Joseph Robinson logró el 20 de enero, que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado aprobara por trece votos contra tres la moción de que el problema con México fuese resuelto por medio del arbitraje, Kellogg anunció que tal proyecto merecía sus plácemes y que coincidía con sus propios deseos. Sin embargo, Coolidge aún se resistió, contradiciendo a su propio secretario con el alegato de que era derecho inalienable de toda persona “poseer una propiedad”, de la cual no podía privarle “ningún gobier­no, a menos que se le pague”. Empero, cuando el propio Senado aprobó el 25 de enero el proyecto Robinson, por 79 votos contra cero, la unanimidad aplastante le movió a resignarse, no sin algunos intentos más de resistencia. En opinión del New York Times del 23 de enero, “fue la opinión del mundo la que triunfó. Este es el logro, esa es la seguridad de saber hoy que el criterio reflexivo de la humanidad, está del lado de la paz y positivamente contra la guerra”.

México se libraba de la intervención armada. Mas Nicaragua, que no había sido contemplada en la resolu­ción Robinson, no tendría la misma fortuna.

CAPÍTULO V


LA MAREA DE LOS CASCOS INVASORES

Suena al Norte,

Suena al Norte la armadura de los bárbaros.

Yo ya puse mis oídos en la tierra

de igual modo que los indios, mis hermanos,

cuando altivos, temblorosos de soberbia,

escuchaban la marea de los cascos invasores

hace cuatrocientos años;

he oído sobre el seno de la tierra

y he sentido, sofocado,

—cual si el eco rebotase en mis arterias—

el avance poderoso de los bárbaros.
FÉLIX CALDERÓN AVILA

Canto a Centroamérica.

I
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