Testimonios y vivencias






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AII.4. SOCIALISMO

«Los trabajadores no tienen patria»

Manifiesto comunista

Karl Marx (Tréveris, 1818 – Londres, 1883)

Friedrich Engels (Barmen-Elberfel, 1820 – Londres, 1895)

El socialismo nace también del desengaño de la revolución liberal. Al igual que el anarquismo, pretende la supresión de la propiedad privada de los medios de producción, así como de las clases sociales y de la explotación del hombre por el hombre. La diferencia reside en que, mientras el primero pone el énfasis en la autonomía individual, el segundo lo pone en la sociedad. Para los anarquistas bastará la supresión de toda autoridad para llegar a la sociedad ideal y para los socialistas debe existir una sociedad organizada para que los individuos puedan vivir su libertad. Por tanto, es frecuente encontrar teóricos y militantes de ambas causas que comparten pensamientos y tácticas.

Las diferentes corrientes socialistas coincidían en la denuncia del sistema y en la construcción de una sociedad socialista, pero diferían en sus propuestas. Unos, como Henri de Saint-Simon, consideraban que la libertad no garantiza la justa distribución de la renta y que el Estado debía organizar imperativamente el sistema económico. Otros, como Charles Fourier, proponían el libre asociacionismo en lugar del establecimiento de un Estado fuerte y planificador. La población, en la propuesta de Fourier, se asociaría en falanges, que residirían en una construcción racional: el falansterio, dedicándose a tareas agrícolas y artesanales. Los discípulos de Fourier fundaron en América algunos falansterios que tuvieron una vida efímera.

Carlos Marx calificó de un plumazo todas las corrientes socialistas precedentes como socialismos utópicos17 condenados al fracaso por desconocimiento de la naturaleza humana y las relaciones de producción y sentenció que la burguesía había corrompido de tal forma a la sociedad que los proletarios comulgaban con los mismos prejuicios burgueses (Patria, Religión, Propiedad, Mercado) que habría que extirpar. Para ello sería necesario un período de dictadura del proletariado, ejercido por aquellos proletarios que estuvieran exentos de prejuicios: los militantes del partido. Eliminados los prejuicios, el Estado desaparecería con ellos para dar paso a la sociedad comunista, en la que cada uno aportaría según sus posibilidades y recibiría según sus necesidades.

En el siglo XXI, cuando ya hemos conocido las fechorías de Stalin, Mao-Tse-Tung, Ceacescu, Pol Pot y tantos otros, debemos evocar nuevamente a Goya. Pero, puesto que se cantaban maravillas de la revolución rusa de 1917, que dio lugar a la URSS, las masas ignorantes volvían sus ojos a Moscú envidiando su revolución. ¿He dicho ignorantes? ¿Y las cultas? Malraux, Sartre, el mismo Arthur Koestler que había de escribir más tarde El cero y el infinito, contribuyeron con su pluma a mantener la ignorancia y la esperanza. ¿Fue ignorancia o frivolidad? Sin necesidad de recurrir a Alberti, Pablo Neruda, Premio Stalin, tampoco escatimó elogios:

«Stalin es el mediodía, la madurez de los hombres y de los pueblos. Ha enseñado a todo el mundo a crecer, a crecer, a las plantas y a los metales les ha enseñado a crecer. ¡Somos stalinistas ! iHe aquí nuestro orgullo! ¡Stalinistas! ¡He aquí la legión de honor de nuestro tiempo!»

En su obra El Capital, ponía de relieve las contradicciones de la economía capitalista, en la que los proletarios, llamados así porque carecen de otro patrimonio que su prole, se encuentran atrapados tanto física como psicológicamente. Para Marx, todo intento de liberación pasa por cambiar el modo de producción, lo que no está al alcance de los trabajadores mientras no se les libere de los prejuicios burgueses de los que ellos mismos están imbuidos. «El poder político –dice Marx- es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra» y como el poder está en manos de la clase capitalista, será necesario desposeerla mediante la Revolución. Una vez la clase obrera en el poder, deberá existir un período de dictadura del proletariado para destruir los prejuicios burgueses, después de lo cual el Estado desaparecerá y se pasará a la sociedad comunista sin clases.

En 1864 se constituyó en Londres, bajo el liderazgo de Marx, la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), llamada después Primera Internacional, que pretendía representar al movimiento obrero en su conjunto. Desde el primer momento se produjo una pugna entre marxistas y anarquistas; entre Marx y Bakunin. Los primeros defendían la toma obrera del poder estatal y la implantación de la dictadura del Proletariado, como transición necesaria para llegar al comunismo. Los segundos rechazaban toda autoridad, independientemente de su carácter de clase. La larga disputa finalizó con la expulsión de Bakunin y los anarquistas en el Congreso de la Haya en 1872.

Las luchas internas llevaron a la disolución de la Primera Internacional en 1878 y a la constitución de la Segunda Internacional, que agrupaba a los partidos socialistas y laboristas de los países europeos, en 1879. En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial y al imponerse los sentimientos nacionalistas en el seno de la organización, las escisiones la liquidaron. Entre tanto, había nacido en Rusia la URSS como consecuencia de la revolución y la victoria del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y, en 1919 nació, por iniciativa de Lenin, la Tercera Internacional, llamada Internacional Comunista (Komitern). La URSS se convirtió en la patria de la revolución marxista.

Como consecuencia del impacto intelectual de Marx en el socialismo, los términos ‘socialismo’, ‘comunismo’ y ‘marxismo’ aparecen con frecuencia como sinónimos, oscureciendo la presencia de los que despectivamente tildó de ‘socialismos utópicos’. Así, los partidos de ideología marxista se han denominado ‘comunistas’ y los estados marxistas han monopolizado el calificativo ‘socialista’, siguiendo el ejemplo de la URSS.

En una reunión celebrada en 1879 en la taberna Casa Labra de Madrid a la que asistieron 4 médicos, 2 plateros, un científico, un marmolista, un zapatero y 16 tipógrafos18, se fundó el PSOE bajo la presidencia de Pablo Iglesias y en 1888 el primer sindicato socialista, la Unión General de Trabajadores (UGT). En las elecciones de 1910, el PSOE consiguió un escaño en el Parlamento en la persona de Pablo Iglesias, pero no conseguía ser un partido de masas, a causa de su radicalismo. Unamuno, el único intelectual con el que llegó a contar, lo abandonó por entender que los socialistas eran «fanáticos necios de Marx, ignorantes, ordenancistas, intolerables, llenos de prejuicios...». Al crearse la III Internacional, controlada por la URSS, una comisión del PSOE acudió a Moscú para negociar la adhesión y Lenin le planteó un documento con 21 condiciones que exigían:

Defender la dictadura del proletariado - Crear una organización clandestina paralela - Divulgar las ideas comunistas en el ejército - Agitación sistemática en el campo - Desenmascarar el patriotismo y el pacifismo - Propaganda entre las tropas de su propio país para que no colaboren con la opresión de los pueblos coloniales - Constituir células comunistas en los sindicatos y en los consejos obreros -- Organización centralizada e imposición de disciplina - Frecuente depuración entre los miembros del partido - Apoyo incondicional a las repúblicas soviéticas - El programa del partido debe ser ratificado por la Internacional Comunista - Los miembros del partido que rechacen las condiciones y tesis de la Internacional Comunista deben ser expulsados.

Las exigencias mencionadas son solo un breve resumen del documento de las 21 condiciones que debía cumplir todo partido para ser admitido en la III Internacional. En 1921, el Congreso Extraordinario del PSOE rechazó tales condiciones dictatoriales, lo que produjo una escisión de los miembros más radicales, que se adhirieron y constituyeron el Partido Comunista de España (PCE). Pero el PSOE no dejó de ser un partido marxista hasta 1979. Largo Caballero lo decía bien claro en 1936.

«Hay que hablar de socialismo marxista, de socialismo revolucionario... Los problemas sociales no pueden ser resueltos en los regímenes capitalistas. Así, por ejemplo, el del paro sólo lo ha resuelto Rusia, donde los beneficios industriales van a parar al Estado.

En 1923, la Dictadura fue agua de mayo para el PSOE. El Dictador nombró Consejero de Estado a Largo Caballero y otros militantes del partido pasaron a formar parte de los siguientes organismos: Consejo Interventor de Cuentas, Consejo del Trabajo, Comisión de Corporaciones del Ministerio de Trabajo, Comités Paritarios y Oficina Internacional de Ginebra y, hasta en las ciudades, colaboraron con las corporaciones locales. Gracias a su colaboración con la Dictadura, el PSOE y la UGT se convirtieron en los protagonistas de la política y del sindicalismo y colaboraron con ella a la persecución de sus competidores, CNT, FAI y PCE. Con razón el dirigente socialista Indalecio Prieto diría años más tarde «ojalá todas las dictaduras fueran como la suya».

Gracias a ello, cuando se proclamó la República en 1931, el PSOE era el partido político más extendido y mejor organizado del país y el más votado en las elecciones de 1931, en las que obtuvo 131 diputados frente al único diputado del PCE. En 1934, el número de afiliados era de un millón y medio frente a los mil del PCE. El radicalismo que impuso Largo Caballero al partido fue una de las causas de los enfrentamientos dentro del Gobierno y en la sociedad española, que llevaron al fracaso de la República. El cenit del radicalismo y la confrontación fue la Revolución de Asturias de 1934.

AII.5. NACIONALISMO

«Las sociedades superiores no asuman las competencias que puedan ejercer las inferiores... cuanto más vigorosamente reine el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, quedando en pie este principio de la función supletoria del Estado, tanto más firme será la autoridad y el poder social, y tanto más próspera y feliz la condición del Estado».

Pío XI (Decio, 1857 – Roma, 1939)
El primer grupo social sobre la tierra debió de ser la familia. Patriarcal, matriarcal, promiscua o monogámica, la familia ofrecía al ser humano la primera posibilidad de cooperación. A nadie debía sumisión; era la última instancia, la soberana. Al ritmo del progreso y de la especialización humana, los entes asociativos cedieron su poder a otros entes superiores, sea por conquista, matrimonio o, más raramente, por acuerdo. Al pasar de nómadas a sedentarios, la ciudad comenzó a imponerse como ente soberano. Babilonia, Alejandría, Esparta, Atenas, son ejemplos brillantes. Más tarde tomaron el relevo regiones como Macedonia, Castilla o Aragón. La Edad Moderna conoció el nacimiento de los Estados nacionales: España, Alemania, Portugal, Francia...

El proceso ha conocido pasos atrás y asimetrías. Le acechan dos peligros: centralismo y separatismo. El primero pretende llevar la soberanía más allá de las necesidades que la han motivado, regular y uniformar conductas y procederes que pueden ser resueltos autónomamente. El segundo pretende romper los lazos que le unen al conjunto. Centralismo y separatismo se alimentan mutuamente. El principio de subsidiariedad, procedente de la doctrina social de la Iglesia, postula que lo que pueda hacer familia no lo haga la ciudad, lo que pueda hacer ésta no lo hagan las autonomías y lo que puedan hacer éstas no lo hagan los Estados. Con ello, la Iglesia no hace otra cosa que ratificar un principio de racionalidad.

En España, el mayor estímulo para los nacionalismos regionales fue el asfixiante centralismo de los borbones. Ya en 1825, el Manifiesto de Manzanares del General O’Donell, cuya redacción se debe al joven Cánovas que no era catalán ni vasco, sino andaluz, declaraba: «Queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios». Observarás que apunta algo olvidado por los nacionalistas de hoy, que absorben en las comunidades autónomas muchas competencias que se ejercerían con más eficiencia en los municipios.

Los primeros brotes nacionalistas se produjeron en las regiones que habían disfrutado tradicionalmente de fueros o leyes propias, que vieron anuladas por la fuerza, como Cataluña y el País Vasco. Se trataba, además de las dos regiones que salían más perjudicadas económicamente por la descolonización. El nacionalismo catalán, por provenir de una región con una mayor evolución política, que había dado al mundo grandes pensadores y de la que habían surgido el primer Presidente del Gobierno provisional de la República Federal, Estanislao Figueras y el primer Presidente de la República, Francesc Pi i Margall, era y sigue siendo más pragmático y menos separatista. Las “Bases de Manresa”, aprobadas en la Asamblea constitutiva de la Unió Catalanista, que se celebró en 1892 en esa ciudad catalana, pedían la soberanía de Cataluña para todos los asuntos de interés regional y reservaban al poder central «las relaciones internacionales, el ejército, fijación de aranceles, la construcción de carreteras, ferrocarriles, canales y puertos de interés general, la resolución de conflictos interregionales y la formación del Presupuesto anual». Aspiraban al federalismo, que no a la independencia. No obstante, no dejaron de plantear problemas a la República. Ya el mismo 14 de abril, Francesc Macià desde el Palacio de la Generalitat, proclamó la República Catalana como Estado integrado en la Federación Ibérica y, en 1934, coincidiendo con la Revolución de Asturias, Luís Companys, proclamó desde el mismo lugar el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, teniendo que rectificar en los dos casos por la fuerza. La aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña en 1934 provocó violentas diatribas entre los nacionalistas de ambos bandos tanto en el Congreso como en la prensa y en la calle.

El nacionalismo vasco tenía un componente racial, ausente en el catalán. Surgió en la mente de un joven de 17 años, Sabino Arana, en el transcurso de una enfermedad que lo tuvo postrado durante dos años. Nacido en el seno de una familia carlista despechada por las adversidades políticas, la permanente derrota generó en él un sentimiento de odio a todo lo español, que le hizo escribir:

«Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas (...) el que España prosperara y se engrandeciera».

Desgraciadamente, la conflagración intestina que celebraría con tanta fruición y júbilo llegó 40 años más tarde y fue una tragedia para su pueblo, como cualquier mente lúcida hubiera podido prever. En 1895 fundó el Partido Nacionalista Vasco; es difícil saber si los actuales dirigentes del partido asumen comentarios sabinianos como el siguiente: «Respecto de los españoles, las Juntas Generales acordarán si habrían de ser expulsados», o este otro: «les aterra el oír que a los maestros maketos se les debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah, la gente amiga de la paz...! Es la más digna del odio de los patriotas».

La gestación del Estatuto Vasco fue conflictiva. Ya antes de llegar a las Cortes fue difícil llegar a un acuerdo entre los que discutían si darle un carácter laico o confesional, los que deseaban primar el factor demográfico, las tendencias más o menos separatistas o centralistas, y la inclusión de Navarra. El carlismo consiguió incluir el carácter confesional e incluso la posibilidad del establecimiento de un Concordato con la Santa Sede, que hizo temer a los socialistas, como Indalecio Prieto, que se crease «un Gibraltar vaticanista en el norte». Tal Estatuto chocaba con la Constitución laica recientemente aprobada, por lo que decayó. Frustrado un segundo intento por el voto en contra de los representantes de los ayuntamientos navarros, la aprobación del Estatuto hubo de esperar a 1936, después de estallada la Guerra.

El primer partido nacionalista gallego fue constituido en diciembre de 1931 y no planteó ningún problema político a la República, aunque Galicia también tuvo su proyecto de Estatuto, redactado en 1936, que no llegó a ser debatido en las Cortes a causa de la Guerra.
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