1. aproximación a la formación de palabras






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2.3. DERIVACIÓN



En una definición simple y sin entrar en problemas de diacronía, podemos definir la derivación como “la creación de elementos léxicos nuevos por la adición a palabras ya existentes en la lengua de elementos inseparables, es decir de afijos, o por la supresión de algún sufijo” (Alvar Ezquerra: 1995; 49). La diferencia fundamental entre la derivación y la composición es, como apunta Mervyn Lang (1990:25), que mientras la primera conlleva la combinación de palabras o morfemas léxicos más afijos, la composición consiste en la unión de palabras (ya sean formas libres o morfemas léxicos). Así pues, los afijos carecen de significado independiente fuera de su unión con los morfemas léxicos, si exceptuamos algunos tipos de prefijación que podrían considerarse como ejemplos de composición (contra, mal, sin, bien), como apuntan algunos autores.
Los morfemas ligados antepuestos al primitivo son prefijos y los pospuestos, sufijos. Además, los afijos españoles presentan infijos, elementos que aparecen intercalados en el interior de la estructura de un derivado. La clásica distinción entre morfología flexiva y derivativa presenta hoy en día algún que otro problema. Algunos lingüistas consideran derivación y composición como un mismo proceso básicamente. Los argumentos utilizados para demostrar que se tratan de procedimientos diferentes son que la derivación puede cambiar la categoría gramatical de una palabra; la derivación es anterior a la flexión; los procesos pueden aplicarse de forma concatenada y recursiva, mientras que los morfemas flexivos no pueden hacerlo; y lo más importante, mientras que el inventario de afijos derivativos puede ampliarse, la flexión comprende un grupo cerrado y limitado.

    1. Sufijación



La sufijación es el más importante de los procedimientos de la derivación, y el único para los estudiosos que consideran que los infijos no son sino una clase de sufijos. La sufijación ha tenido una gran vitalidad a lo largo de la historia de la lengua, y aún hoy sigue siendo muy rentable, no sólo por la pervivencia de elementos formados en el pasado, sino también por la creación de neologismos mediante sufijos. Mediante la sufijación, el concepto primario representado por la base léxica queda orientado en un sentido u otro, o gramaticalmente, o semántica y gramaticalmente, según el tipo de sufijo que se le haya añadido. Así por ejemplo, a partir de una base léxica podemos encontrar varios derivados: con mirar se han hecho mirada, mirador, miradero, miradura, mirón; con jugar, jugada, jugador, juego, jugadera, jugarreta. Todas esas nuevas formaciones deben tener una modificación en el significado primitivo, y probablemente, también en la función.
De otro modo, no se podría explicar la profusión de tales creaciones. El sufijo indica la nueva categoría que adopta la unidad creada. Así, unos serán sustantivos (mirada, juego), otros adjetivos (mirón), o verbos (liderar, de líder), adverbios (felizmente). El sufijo posee además un valor especificativo:
jugador es el hombre que juega

mirada es la acción de mirar

felizmente es de manera feliz
Los sufijos pueden poseer distintos valores, además no están especializados en un significado, ya que distintos sufijos pueden expresarla misma idea. Para crear la idea de acción lo normal es partir de verbos: retirada, aparcamiento, entrenamiento. El sustantivo resultante mantiene el carácter dinámico del verbo del que se parte, posiblemente porque se quieren alcanzar formaciones que designen acciones. De ahí que los compuestos puedan indicar las diversas fases del proceso que se refieren, motivo por el que las definiciones que aparecen en los diccionarios no son muy explícitas y recurren a fórmulas del tipo “acción y efecto de...”, como si fuese igual la acción y el efecto. Esa fórmula fue condenada por Julián Ribera, pero hasta ahora son muy pocos los diccionarios que le han prestado atención.
Debido a la abundancia de sufijos de acción que existen, parece haberse producido una especialización semántica en algunos casos. Así, de la designación de una acción puede pasarse a la de un estado duradero, consecuencia de la acción (hacinamiento, casamiento, alojamiento, asociamiento). El estado duradero se pasa a asignar la cualidad, partiendo usualmente de adjetivos, no de verbos (arborescencia, pubescencia, perseverancia, delgadez, malcriadez, curiosidad, ingeniosidad, peleador, coleador, hermosura, sabrosura, vitalismo). Los sufijos que se emplean para producir sustantivos abstractos son muchos y rentables, en latín ya existían y han producido elementos en todas las épocas de la historia de nuestra lengua (esperanza). De la designación de un abstracto puede pasarse a nombrar un colectivo, formaciones presentes en la lengua aunque no muy elevadas (audiencia, arboleda, bandada). Del efecto o resultado de la acción inicial podemos pasar a designar el objeto o instrumento que sirve para realizarla (cosechador, ensanchador, cerradura, armadura). En este tipo de formaciones suelen abundar los derivados mediante sufijos átonos, y las nominalizaciones de verbos tomando sus participios, quizás porque el sufijo tónico podría remitir a la “acción” y no al “efecto”.
En otros derivados, se ha pasado de nombrar la acción a designar el lugar relacionado con la acción (aparcamiento, matadero, comedor, relicario, pagaduría) o la época en que se efectúa (cosecha, recolección). El sufijo sirve, incluso, para nombrar a la persona de la que parte la acción (abogado, criado, torero). De lo llevamos dicho se desprende que lo caracterizador de un sufijo es la función que confiere al derivado, más que su propia forma, pues no importa tanto el elemento empleado con tal de que el resultado sea el que se busca. La posibilidad de alternancia de los elementos es la causa de las fluctuaciones y de las modas sufijales en la historia de la lengua.
Los sufijos que hemos ido presentando hasta ahora perecen recoger la noción de acción o sus consecuencias y tal vez no están todos los que las expresan. Podemos afirmar que los átonos (-a.-e, -o) apenas tienen rendimiento, aunque hemos visto algunos ejemplos con ellos (-ancia, -encia, -anza). Es cierto que los derivados en –ción son muy productivos, apoyados además por el lenguaje científico y técnico (ebullición, fluidificación, humidificación, salificación, melificación, molificación, quilificación), y no tanto los formados con –miento (debilitamiento, levantamiento, florecimiento, sentimiento, aburrimiento). Dentro del grupo de los sustantivos que producen nombres y adjetivos merecen un lugar especial los apreciativos, que alteran semánticamente la base de un modo subjetivo emocional, pero sin cambiar su categoría gramatical. Se suelen dividir en diminutivos, aumentativos y peyorativos. La determinación de lo que es o no un sufijo apreciativo resulta problemática, ya que muchos sufijos, en función de su interpretación, pueden ser adscritos a una u otra categoría. Así pues, resultaría precipitado categorizar estos sufijos fuera de su contexto.


Diminutivos

El repertorio básico está compuesto por los siguientes sufijos:

-ito poco poquito

-ico rato ratico

-illo chico chiquillo

-ete calvo calvete

-ín maleta maletín

-uelo ladrón ladronzuelo
Sólo –uelo resulta problemático, debido a que muchas veces se considera peyorativo, por influencia de la vocal anterior u a la que se suele asociar un efecto fonosimbólico negativo. En realidad, todos los diminutivos recogidos anteriormente pueden utilizarse como peyorativos o, al menos, pueden ser proferidos con intención peyorativa. El sufijo diminutivo por excelencia es –ito, presenta un alto grado de utilización, es el menos marcado dialectalmente y el que encierra un menor valor peyorativo. Como otros apreciativos, no se adjunta a bases que designan conceptos abstractos (*paciencita, *sufrimientito).
Una importante restricción semántica de –ito consiste en su tendencia a producir lexicaciones de significado especializado, de tal manera que la motivación original llega a perderse (cochecito = carrito de bebé). El morfema diminutivo –illo también es muy utilizado. Se documenta especialmente en Andalucía, donde se utiliza en lugar de –ito, pero también está muy difundido en el resto de España y en Hispanoamérica. Su tendencia al cambio de significado aparece en horca > horquilla, cola > colilla, fiera > fierecilla, entre otras. El derivado no es, en absoluto, equivalente semánticamente a su base, aunque la conexión aún pueda traslucirse. Otra restricción de uso de –illo es el cambio de género (zapato > zapatilla).
El sufijo -ete de caracteriza por su bajo contenido afectivo comparado con –ito e –illo, aunque su valor peyorativo es menor que el de –uelo. La limitada productividad de –ete puede explicarse por su tendencia a la lexicalización (plazoleta, burlete, caseta); su imprevisibilidad genérica y su poca tolerancia ala adjunción con diferentes bases, no aparece con adverbios ni con bases de procedencia extranjera. Su relativa debilidad léxica se refleja por su tendencia, cada vez mayor, a utilizarse en combinación con otros sufijos apreciativos (puñetazo, colchoneta).
En cuanto a –uelo, como ya hemos señalado es el que encierra un mayor matiz peyorativo dentro del sistema de los diminutivos. No obstante, dicho matiz es moderado y en ocasiones, puede resultar jocoso y afectivo. Algunos estudiosos han llamado la atención sobre su mayor utilización en nuestros días. Es más productivo que –ete o –ín, a pesar de la limitada naturaleza que caracteriza a las bases a las que se adjunta. No es sensible a asociaciones dialectales, si bien presenta un alto grado de alomorfia (rey > reyezuelo). Se combina con otros apreciativos formando, en ocasiones, diminutivos lexicalizados (riachuelo, copichuela, barquichuelo). De igual forma que –illo, -ín y –ete, -uelo tiende a la lexicalización, que suele venir acompañada de importantes cambios de significación (pañuelo, lentejuela, castañuela).
-Ín se caracteriza por su moderado valor peyorativo, su fuerte tendencia a la lexicalización y su adscripción dialectal a la provincia de Asturias. Las formaciones sobre bases adjetivas se limitan a algunos lexemas comunes: pequeñín, borrachín, monín; pero no *inteligentín, *imposibilitín. Los derivados deverbales son aún más restringidos y su particularidad radica en que se trata de formas de infinitivo que se combinan íntegramente: saltar > saltarín. Además se produce un cambio gramatical de verbo a adjetivo. En la denominación de plantas y animales pequeños aparece la variante –ino. Ante este hecho podemos considerar, bien que se trata de una variante alomórfica, bien de un morfema diferente (lechuga > lechuguino). La restricción de uso más fuerte que se aplica a –ín se debe a su frecuente aparición en formaciones lexicalizadas, así como su tendencia a efectuar cambios de género (pata > patín, silla > sillín).
De todos los morfemas derivativos expuestos hasta aquí, -ico es el que posee un carácter dialectal más marcado, adscribiéndose a Aragón, Andalucía oriental y América central. Desde la perspectiva semántica se sitúa muy cerca de -ito por su valor estrictamente diminutivo, medianamente afectivo y sólo peyorativo en su variante alomórfica –ica (acusica, miedica, cobardica).
Aumentativos

Los más frecuentes son:

-ón barracón

-azo portazo

-ote machote

-udo ceñudo
Los aumentativos presentan semejanza con los peyorativos, debido quizás a que la idea de gran tamaño puede ser asociada, a veces, con la fealdad. No obstante, también se le asocia, en ocasiones, un efecto positivo (¡qué morenazo!). Sin embargo, el valor más frecuente entre los sufijos aumentativos es el de “golpe”, que se encuentra especialmente ligado al sufijo -azo. El paso del valor aumentativo al de “golpe” parece ser la consecuencia de una serie de confusiones de sufijos producidas en la lengua a finales de la Edad Media: aldabonazo, codazo, puñetazo... El uso de –azo para expresar “golpe” es el más moderno de los que conocemos y forma sustantivos masculinos partiendo de masculinos y femeninos (mano > manotazo, almohada > almohadazo). Más antigua es la presencia en la lengua del sufijo –ón con ese valor o con el de “acción brusca”: apagón, chapuzón, resbalón. Pero el valor de “golpe” no es exclusivo de los sufijos aumentativos, ya que también aparecen con el sufijo de acción –ada: pedrada, patada, puñalada. Como prueban los ejemplos, podríamos decir que podría haber una especialización gramatical en esos sufijos, pues con –azo se forman sustantivos masculinos y con –ada femeninos a partir de otros sustantivos; con –ón se forman sustantivos tomando como base verbos. En cuanto a los aumentativos –ote y –udo podemos señalar su escasa productividad y su marcado significado peyorativo.
Peyorativos

El repertorio de sufijos peyorativos es mayor que el de los diminutivos y aumentativos, aunque su productividad es menor. Se pueden clasificar en:


  • Sufijos que tienden a significar valores diminutivos


-ejo diablejo, animalejo, tipejo

-ucho delgaducho, calducho


  • Sufijos propiamente peyorativos


-aco bicharraco, retaco, pajarraco

-acho poblacho, ricacho

-ajo hierbajo, escupitajo

-astro camastro, poetastro

-orro ventorro, ceporro

-uza gentuza

-ute franchute

-uzco negruzco


  • Sufijos peyorativos utilizados con intención humorística

Cualquier sufijo apreciativo puede ser utilizado con intención humorística. Poseen un carácter neologístico y se usan de manera espontánea formando derivados ad hoc o efímeros. Su registro estilístico pertenece al lenguaje popular, el de la juventud y el del periodismo satírico. Algunos son:
-ales rubiales, viejales

-oide extranjeroide, perroide

-engo frailengo, chulengo

Por otra parte, dentro de la sufijación no apreciativa, los sufijos producen también adjetivos, muchas veces sustantivados. Entre ellos es enormemente productivo -ble, cuya función es sólo la de cambio de categoría, sin añadir significados nuevos al derivado, lo que facilita la proliferación de esos adjetivos. Los derivados en –ble se forman preferentemente a partir de verbos. El resultado de estas formaciones significa que el sujeto tiene la capacidad de que se efectúe en él la acción designada por el verbo que sirve de partida. Si el verbo es de la primera conjugación, el sufijo toma la forma -able: prorrogable; si es de la segunda o tercera, toma la forma -ible: reconocible, distinguible. Los derivados de verbos intransitivos o de sustantivos suelen tener valor activo: agradable, servible.
Con el sufijo –al se forman derivados cuyo significado es el de “relativo” a lo designado por la base léxica. Estas formaciones son muy frecuentes y los resultantes son tanto adjetivos como sustantivos: ferrovial, cultural, semanal, En los sustantivos indica el lugar en que abunda el primitivo: arrozal, peñascal, manantial, trigal.
Con –ista se construyen adjetivos que pueden sustantivarse, y cuya significación es la de “partidario, seguidor, aficionado”, a veces con su correspondiente derivado en –ismo: comunista > comunismo, europeísta > europeísmo, optimista > optimismo, altruista > altruismo. También se forman sustantivos que denotan generalmente “el que tiene determinada ocupación, profesión u oficio”: almacenista, periodista, electricista. Otras veces los sufijos son creaciones analógicas por parecido a otras terminaciones, o a otras lenguas, aunque no desentonan en nuestra lengua, como sistemático en vez de sistémico.
El sufijo –mente produce adverbios partiendo de adjetivos, se une a la forma femenina de esto y significa “manera”: amablemente, fácilmente, violentamente, duramente, velozmente...
El sufijo –ísimo forma adjetivos en grado superlativo: sencillísimo, altísimo, preciosísimo. Algunos adjetivos al recibir el sufijo –ísimo toman en su radical la forma latina: fortísimo, fidelísimo, novísimo,; y todos los que en grado positivo terminan en –ble: amabilísimo, nobilísimo. En algunos casos coexisten, sin embargo, la forma latinizante y la moderna o popular: bonísimo / buenísimo, frigidísimo / friísimo, certísimo / certísimo, ternísimo / tiernísimo. –Érrimo es variante de –ísimo y sólo se presenta, fosilizado, en la formación superlativa de determinados adjetivos: misérrimo, integérrimo, acérrimo, paupérrimo, celebérrimo, aspérrimo, pulquérrimo, libérrimo, salubérrimo, nigérrimo, ubérrimo. Algunos de estos adjetivos, cultos todos, alternan en el uso con los de formación corriente: negrísimo, pobrísimo.
Los sufijos no sólo sirven para crear sustantivos o adjetivos, como hemos visto hasta ahora, sino que también los hay verbalizadores. Existe un tipo de sufijación simple, o inmediata, también llamada impropia, mediante la que se añade a la base léxica la terminación verbal, del mismo modo que se producían sustantivos a partir de verbos con los sufijos –o, -e, -a. Son muy frecuentes los verbos resultantes de la primera conjugación, formaos a partir de sustantivos: almidonar, carbonar diaconar, y alguno derivado de un adjetivo: publicar. En todas estas formaciones aparece el sentido de “acción” añadido al valor primero de la base léxica.
El otro tipo de verbalización es la mediata, en la cual no se produce el cambio de categoría gramatical, sino que a través de la adición de sufijos se añaden significados nuevos. En este sentido, el sufijo verbal más productivo parece ser –ear, dando lugar, incluso, a dobletes del tipo plantar / plantear. Se añaden a sustantivos para formar verbos: chapucear, machear, agujerear boicotear, fanfarronear, gandulear, parpadear, relampaguear. Tampoco es despreciable la cantidad de verbos formados a partir del sufijo culto –izar, emparentado etimológicamente con –ear. Produce numerosos neologismos, científicos y técnicos, tomando como base sustantivos: obstaculizar, vaporizar, carbonizar; adjetivos: impermeabilizar, visualizar, simpatizar.
También es culto el sufijo –ificar, con cuya forma vulgar se han creado dobletes a lo largo de toda la historia de la lengua (verificar / averiguar, santificar / santiguar). Da lugar a verbos partiendo de sustantivos: santificar, gasificar, acidificar, resinificar; de adjetivos: simplificar, purificar, falsificar... El sufijo incoativo –ecer tiene una rentabilidad escasa. Constituye verbos a partir de sustantivos: agradecer, anochecer, amanecer, engrandecer.


    1. La Creación Léxica. NeologismoS


Como ya hemos dicho, la relación que hay entre la oración léxica y la composición es la relación entre el todo y la parte de ese todo; pero lo que ya no es tan evidente es qué entendemos exactamente por neologismo en general, como lo demuestran las distintas calificaciones que de él existen. Tanto es así, que algunos autores han llegado incluso a borrar este término de sus investigaciones o creen necesaria una justificación previa de su operatividad o de su existencia en el sistema lingüístico. El neologismo tiene una existencia relativa, no existe en sí mismo, sino que implica una motivación, un conocimiento por parte del hablante de su carácter neológico y del proceso de creación a que responde. Teniendo en cuenta su carácter relativo, se puede definir el neologismo como “l´unité, de nature lexicale, dans un code linguistique défini”2.
El neologismo modifica las relaciones que existen dentro del sistema léxico, en la medida en que implica siempre una reestructuración del campo nocional o semántico en que se inserta. A la vez, el neologismo, por lo menos en cierta medida, es consecuencia del carácter abierto de ese sistema, caracterizado por no ser denominado por ningún hablante, y porque cada hablante establece distintas relaciones jerárquicas dentro de él, en función de principios no sólo “lingüísticos”, sino también en función de su edad, sexo, profesión, clase social, origen geográfico, etc., de tal forma que resulta prácticamente imposible determinar ni siquiera el léxico de carácter más general, sin traicionar la realidad de nuestra lengua.
Esta heterogeneidad del sistema léxico afecta también a la definición de novedad del neologismo, pues varios son los criterios que podemos utilizar. En primer lugar, podemos hablar de una novedad objetiva, en virtud del propio acto de creación, pues todo neologismo supone la aparición de un nuevo significante o significado. En segundo lugar, podemos hablar también de una novedad social, en función del proceso de aceptación del neologismo dentro de una comunidad, pues en ese proceso, existen diferencias entre los neologismos, no en función del tipo de creación que representan, sino de su valoración dentro del uso del código, uso que es inseparable del propio código. Por último, habría que hablar de una novedad en función de las relaciones que son modificadas en el sistema léxico en virtud de la aparición el neologismo y de su uso, por una determinada comunidad.
En cuanto a la tipología del neologismo, puede decirse, en general, que dos son los criterios más frecuen

temente utilizados para calificar los neologismos:


  • Clasificaciones "amplias" del neologismo:

  1. Atendiendo a la presencia/ausencia de un nuevo signo:

  • Palabra nueva:

      • Creación ex nihilo

      • Convencional

      • Motivada (onomatopeyas y palabras expresivas)

      • Sobre el sistema léxico existente:

  • Composición

  • Derivación

  • Préstamo:

      • Estricto: palabra nueva

      • Calco semántico

  • Cambio semántico

  • Cambio de categoría gramatical

  1. Atendiendo al origen del sistema (preexistencia de los elementos):

    • Derivación (progresiva o regresiva)

    • Composición

    • Amputación3

    • Cambio semántico

    • No realización del sistema: préstamos


3. Atendiendo al origen de los elementos y a la estructura interna del signo lingüístico:

  • Fonológico (relaciones que atañen al significante)

  • Sintáctico (relación entre signos)

  • Semántico (relación que atañen al significado): Cambio de semas (metáforas, metonimia, etc.), cambio de categoría gramatical y especializaciones y generalizaciones de determinados grupos socio-lingüísticos.

  • Préstamo

  • Neologismo gráfico




  • Clasificaciones "estrictas" que sólo atienden a los sistemas de creación propios de la lengua considerada y no a la aparición de préstamos:

  1. Atendiendo a los elementos constituyentes del signo lingüístico:

  • Neologismos basados en asociaciones del significante: onomatopeyas, palabras expresivas y etimologías populares.

  • Neologismos basados en asociaciones del significante y el significado: derivación, prefijación y composición4

  • Neologismos basados en asociaciones del significado: cambio semántico.


2. Atendiendo a la forma y función de los elementos neológicos (sólo para los neologismos basados en asociaciones simultáneas del significante y del significado):

  • Palabra compuesta

  • Palabra derivada: preficación, infijación y sufijación

  • Por sustracción de algún elemento de la base: derivación "regresiva"


También hay neologismos por creación de una nueva unidad o de una nueva relación entre significante y significado:


  • Creación ex nihilo: Pueden ser totales (greguerías, sicalíptico5) y parciales (jitanjáfora):

  1. Por motivación fónica:

  • Onomatopeyas puras:

    • Simples: croar, miau.

    • Compuestas repetitivas: tic-tac, tintineo.

    • Semionomatopeyas6 (onomatopeya + elemento léxico): tartamudeo, pipirigallo.

    • Reinterpretaciones lexemáticas7: carricoche, piquitojué, cristofué, diostedé.

    • Palabras expresivas (algo no sonoro que se limita o traduce con forma sonora en virtud de sinestesias o connotaciones):

        • Simples: tango.

        • Compuestas: zig-zag, lelo, memo.

      • Acronimia:

        • De enunciados de la propia lengua:

        • con resultado fonéticamente aceptable: BOJA, ONU, RENFE, SEAT.

        • sin resultado fonéticamente aceptable: LRU, EGB.

        • de enunciados de otras lenguas: NATO, UFO



3. OBSERVACIONES



  • Observaciones sobre la formación de los diminutivos acabados en -ico, -illo E -ito


Los sustantivos, adjetivos y algunos gerundios, participios y adverbios forman sus diminutivos mediante la adición de un sufijo. Si el vocablo termina en vocal, la pierde; pero si en consonante, la conserva. Por ello, de casa decimos cas-ita; de coche, coch-ecito; de zurrón, zurron-cito; de pequeño, pequeñ-ito; de dócil, docil-ito; de callando, calland-ito; de muerta, muert-ecita. Los diminutivos de lejos conservan la s final: lejitos, lejillos.


  • Los sufijos diminutivos ececito, ececillo, ececico se añaden a monosílabos acabados en vocal, como de pie, pi-ececito. Admiten también ecito, ecillo, ecico:

  • Los monosílabos acabados en consonante, inclusa la y; red-ecilla, troj-ecica, sol-ecito, pan-ecillo, son-ecico, flor-ecita, dios-ecillo, rey-ecito, pez-ecito, voz-ecita. Exceptúanse ruin-cillo y los nombres propios de personas, como Juan-ito, Luis-ico.

  • Los bisílabos cuya primera sílaba es diptongo de ei, ie, ue: rein-ecita, hierb-ecilla o yerb-ecilla, huev-ecico.

  • Los bisílabos cuya segunda sílaba es diptongo de ia, io, ua: besti-ecita, geni-ecillo, legü-ecita. Exceptuándose rub-ita, agü-ita, pascu-ita.

  • Todos los vocablos de dos sílabas terminados en e: bail-ecito, cofr-ecillo, nav-ecilla, parch-ecito, pobr-ecito, trot-ecico. Prado, llano y mano hacen prad-ecito y prad-illo, llan-ecillo y llan-ito, man-ecilla y man-ita (o man-ito, según uso admitido en extensas zonas de América).

  • Terminados en cito, cillo, cico. Toman este otro incremento:

  • Las voces agudas de dos o más sílabas, terminadas en n o r: gaban-cillo, corazon-cito, mujer-cita, amor-cillo, resplandor-cico. Exceptúanse vasar-illo, alfiler-ito y algunos nombres propios de personas, como Agustin-ito, Joaquin-illo, Gaspar-ico. Úsanse indistintamente altar-cillo y altar-illo, pilar-cillo y pilar-illo, jardin-cillo y jardin-illo, jazmin-cillo y jazmin-illo, sarten-cilla y sarten-illa.

  • Las dicciones graves acabadas en n: Carmen-cita, dictamen-cillo, imagen-cica.

  • Terminados en ito, illo, ico. Admiten este menor incremento las palabras que, sin las condiciones específicas hasta aquí, pueden tomar forma diminutiva: vain-ica, jaul-illa, estatu-ita, vinagr-illo, candil-illo, pajar-ito, camar-illa, titul-illo.

  • Las indicaciones precedentes no han de entenderse como reglas exclusivas. El uso culto de unos u otros países del mundo hispánico admite hierb-ita, huev-ito, flor-cita, cafe-cito, mam-ita, mama-íta y mama-cita, ind-ito e indi-ecito, etc.

  • Los sufijos ecico, cico, ico, no regionales en los siglos XVI y XVII, son propios hoy de Aragón, Murcia, Andalucía oriental, y, en ciertas condiciones, de ciertos países americanos, como Costa Rica y Colombia.



  • Observaciones en los aumentativos acabados en -ón y –azo


No todas las palabras reciben los sufijos aumentativos en ón y azo. Aquellas que los admiten, si acaban en vocal, la pierden; pero si terminan en consonante, la conservan: de hombre, hombr-ón; de papel, papel-ón; de gigante, gigant-azo; de bribón, bribon-azo.



  • Observaciones en superlativos terminados en –ísimo


Se forman añadiendo a los positivos la terminación ísimo, cuando acaban en consonante, o si acaban en vocal, ocupando su lugar: como de formal, formal-ísimo; de prudente, prudent-ísimo. Por ello, resulta arriesgado hacer una clasificación de sufijos, aunque los usos más comunes son:


    • En cuanto a la procedencia de una persona (Gentilicios)

-ense onubense -ino vizcaíno -és aragonés

-ano sevillano -eño alcalareño


    • Para expresar profesión:

-ero tornero


    • Para formar sustantivos que indiquen un lugar o establecimiento:

-adero apeadero -ador velador -aduría contaduría

-ario campanario -atorio laboratorio -edor contenedor

-ería peluquería


    • Para señalar abundancia

-udo peludo


    • Para expresar cualidad

-ancia ignorancia -anza bonanza -dad maldad

-ería tontería -ez, -eza bajeza -ía filantropía

-ismo liberalismo -ura cordura -itud eclavitud

    • Para formar lexías que indique agrupación

-ada granizada -ado internado -aje cortinaje

-al trigal -eda rosaleda -ío mujerío

-edo robledo


    • Para formar adjetivos

-ado, -ada azulado, colorada -able amable -ador madrugador

-ano urbano -ario deficitario -ero faldero

-esco burlesco -iento mugriento -ino albino

-izo castizo -oso morboso -al natural

-il juvenil






4. Bibliografía



ALARCOS LLORACH, E.: Gramática de la lengua española, Ed. España-Calpe, Madrid, 1994.
Alvar Ezquerra, M.: La formación de palabras en español, Ed. Arco Libros, Madrid, 1995.
COLLADO, J. A.: Fundamentos de lingüística general, Ed. Gredos, Madrid, 1974.
COSERIU, E.: Lecciones de lingüística general, Ed. Gredos, Madrid, 1981.
GÓMEZ TORREGO, L.: Manual del español correcto II, Ed. Arco/Libros, Madrid, 1989.
LAMÍQUIZ, V.: Lingüística española, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1995.
Lang, M. F.: Formación de palabras en español. Morfología derivativa productiva en el léxico moderno, Ed. Cátedra, Madrid, 1992.
Malkiel, Y.: “Los interfijos hispánicos: problema de la lingüística histórica y estructural” en Estructuralismo e historia, 106-99, Ed. La Laguna, Universidad de La Laguna, 1958.
Real Academia Española: Gramática de la lengua española, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1931.
Real Academia Española: Diccionario de la Lengua Española, (21ª edición, 2 vols), Ed. Epasa-Calpe, Madrid, 1992.
PENA, J.: “Partes de la morfología. Las unidades del análisis morfológico” en Gramática descriptiva de la Lengua Española, tomo III, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 2000.

SECO, M.: Gramática esencial del español. Introducción al estudio de la lengua, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1989.
SECO, M.: Diccionario de Dudas y dificultades de la lengua española, (10ª edición) Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1998.
VARELA ORTEGA, S.: Fundamentos de morfología, Ed. Síntesis, Madrid, 1990.
VARELA ORTEGA, S.: La formación de las palabras, Ed. Taurus, Madrid, 1993.



1 También denominado clipping.

2 Rey, A.: Néologisme: un pseudo-concept?, Cahiers de Lexigologie, 25-29, 1975-1976.

3 Se refiere a la creación de nuevas unidades mediante la desaparición de parte del signiticante de otra, por ejemplo, como ocurre con métro a partir de métropolitain.

4 Es en este apartado en el que nos vamos a centrar más concretamente.

5 Hablamos de motivación parcial cuando la creación es arbitraria en cuanto a la relación significante-significado, pero en su creación se han tenido en cuenta las posibles relaciones de la nueva palabra con otras unidades (no presentes) del sistema.

6 La unidad neológica está formada por un elemento onomatopéyico y una unidad léxica de la lengua considerada.

7 Las unidades de motivación fónica se reinterpretan como unidades léxicas en cuanto a su forma sonora, pero no en cuanto a su contenido. Los nombres que se han dado como ejemplos (exceptuando el primero) son nombres de pájaros que reciben su nombre por las características de sus cantos, ya que el nombre se asemeja de algún modo a los sonidos emitidos por dichos animales. Sus nombres están recogidos en el DRAE.


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