Capítulo I. Los orígenes de la nacionalidad hispanoamericana






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fecha de publicación27.05.2015
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Capítulo I. LOS ORÍGENES DE LA NACIONALIDAD HISPANOAMERICANA

  1. El nuevo imperialismo:

Las revoluciones por la independencia en Hispanoamérica fueron repentinas, violentas y universales. Con todo, la independencia, aunque precipitada por un choque externo, fue la culminación de un largo proceso de enajenación en el cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de su cultura, se hizo celosa de sus recursos. Hispanoamérica estaba sujeta a finales del siglo XVIII a un nuevo imperialismo; su administración había sido reformada, su defensa reorganizada, su comercio reavivado. La nueva política era esencialmente una aplicación del control, que intentaba incrementar la situación colonial de América y hacer más pesada su dependencia. Sin embargo, la reforma imperial plantó las semillas de su propia destrucción: se reformismo despertó apetitos que no podía satisfacer, mientras que su imperialismo lanzaba un ataque directo contra los intereses locales y perturbaba el frágil equilibrio del poder dentro de la sociedad colonial.

Pero si España intentaba ahora crear un segundo imperio, ¿qué había pasado con el primero? A finales del siglo XVII Hispanoamérica se había emancipado de su dependencia micial de España. Las sociedades americanas adquirieron gradualmente identidad, desarrollando más fuentes de riqueza, reinvirtiendo en la producción, mejorando su economía de subsistencia de alimentos, vinos, textiles y otros artículos de consumo. Cuando la injusticia, las escaseces y los elevados precios del sistema de monopolio español se hicieron más grandes, las colonias ampliaron las relaciones económicas entre sí, y el comercio intercolonial se desarrolló vigorosamente, independientemente de la red transatlántica. El crecimiento económico fue acompañado de cambio social, formándose una élite criolla de terratenientes y otros, cuyos intereses no siempre coincidían con los de la metrópoli. El criollo era el español nacido en América. Y aunque la aristocracia colonial nunca adquirió poder político formal, era una fuerza que los burócratas no podían pasar por alto, y el gobierno colonial español se convirtió realmente en un compromiso entre la soberanía imperial y los intereses de los colonos.

Ahora, las colonias se quedaban con una mayor parte de su propio producto, y empleaban su capital en administración, defensa y economía. Al vivir más para sí misma, América daba menos a España. El giro del poder podía observarse también fuera del sector minero, en el desarrollo de las economías de plantación en el Caribe y en el norte de Sudamérica, que vendían sus productos directamente a los extranjeros o a otras colonias. América, creó su propia industria de astilleros en Cuba, Cartagena y Guayaquil, y adquirió una autosuficiencia global en defensa. Por lo tanto, el declive ce la minería no fue necesariamente un signo de recesión económica: puede indicar un mayor desarrollo económico, una transición desde una economía de base estrecha a otra de mayor variedad. Cuando el primer ciclo minero de México se cerró, a mediados del siglo XVII, la colonia reorientó su economía hacia la agricultura y la ganadería y empezó a cubrir mayor número de sus necesidades de productos manufacturados. Al mismo tiempo una creciente proporción del ingreso gubernamental en México permanecía en la colonia o sus dependencias para la administración, defensa y obras públicas, lo que significaba que la riqueza de México sostenía más a éste que a España.

Perú siempre fue más colonial, menos desarrollado que México, y su capacidad minera duró más tiempo. Pero para abastecer a los campamentos minero la colonia creó una economía agrícola que se desarrolló prósperamente por sí misma. Pero nunca fue tan autosuficiente en manufactura como en agricultura. Por lo demás, Perú no dependía necesariamente de las importaciones de España: tenía capital sobrante y una marina mercante, y podía satisfacer muchas de sus necesidades de consumo dentro de América, particularmente con lo procedente de México, y de Asia. Entre 1651 y 1739, la mayor parte de la renta peruana era gasta en Perú. Hasta cierto punto la colonia se había convertido en su propia metrópoli. Sin embargo, dejando aparte el hecho de que el ambiente político e ideológico de principios del siglo XVIII no era propicio para un movimiento de liberación nacional, los hispanoamericanos tenían poca necesidad de declarar la independencia formal, porque gozaban de un considerable grado de independencia de facto, y la presión sobre ellos no era grande. Un siglo más tarde la situación era diferente. El peso del imperialismo era entonces mucho mayor, precisamente como resultado de la renovación del control imperial después de 1765.

Detener la primera emancipación de Hispanoamérica, éste era el objetivo del nuevo imperialismo de Carlos III. Porque la reforma colonial era una parte de un plan más amplio para crear una España más grande, una visión que compartían Carlos III y sus ilustrados ministros, nacida de un movimiento de reforma que intentaba rescatar a España del peso del pasado y restaurar su poder y prestigio. La reforma tomó fuerza como consecuencia de la desastrosa derrota a manos de los ingleses en la guerra de los Siete Años, y desde 1763 España hizo un esfuerzo supremo por enmendar el equilibrio en Europa y en las Américas. En el curso del reinado de Carlos III (1759-1788) éste dirigió España en un renacer político, económico y cultural, y dejó la nación más poderosa de lo que la había encontrado. El gobierno fue centralizado, la administración reformada; la agricultura aumentó su rendimiento y la industria su producción; se promovió y protegió el comercio ultramarino.

  1. Respuestas Americanas:

La segunda conquista de América fue ante todo una conquista burocrática. Después de un siglo de inercia, España volvió a tomar a América en sus manos. Creándose nuevos virreinatos y otras unidades administrativas. Nombrándose nuevos funcionarios, los intendentes. Los intendentes eran instrumentos de control social, enviados por el gobierno imperial para recuperar América. Durante la época de inercia la colonización había significado distintas cosas para distintos intereses. La corona quería gobernar América sin gastos. Los burócratas querían un trabajo bien pagado. Los comerciantes querían producir para exportar. Los campesinos indios querían que los dejaran en paz. Muchos de estos intereses eran irreconciliables; pero el problema se resolvió con asombrosa sencillez. En un momento dado de principios del siglo XVII, en un período de gran crisis económica, la corona virtualmente dejó de pagar el salario a sus principales funcionarios en América, los alcaldes mayores y corregidores, los funcionarios de distrito en el imperio español. En lugar de pagarles les permitió conseguir unos ingresos vulnerando la ley, convirtiéndose, de hecho, en puros mercaderes, que comerciaban con los indios que estaban bajo su jurisdicción, adelantando capital y créditos, proporcionando bienes y equipos, y ejerciendo un monopolio económico en sus distritos. Los mercaderes garantizaban salarios y gastos a los funcionarios que llegaban, quienes luego obligaban a los indios a aceptar adelantos de dinero y equipos para extraer productos agrícolas destinados a la exportación o simplemente a consumir excedentes de mercancías. Este era el infamante repartimiento, un ardid que esforzaba a los indios a la dependencia financiera y al peonaje por deudas.

En interés de una administración humana y racional abolieron el sistema entero por real decreto. La Ordenanza de Intendentes (4 de diciembre de 1786), un instrumento básico de la reconquista, terminó con los repartimientos y substituyó a los corregidores y alcaldes mayores por intendentes, asistidos por subdelegados en los pueblos indios. Esto se hizo en México. En Perú también fueron abolidos los repartimientos e impuesto el sistema de intendencia (1784). La nueva legislación introdujo funcionarios pagados, y garantizó a los indios el derecho a comerciar libremente con quienes quisieran.

En Perú reaparecieron los repartimientos, cuando los subdelegados quisieron aumentan sus ingresos, los terratenientes mantuvieron su control sobre la mano de obra, y los mercaderes restablecieron los antiguos mercados de consumo. En México, también, se alertaron poderosos grupos, y los nuevos funcionarios fueron persuadidos gradualmente a volver a los antiguos métodos. Así, después de un breve experimento, la política de los Borbones fue saboteada dentro de las propias colonias, y en México, una élite local con el tiempo tomaría el poder político para impedir, entre otras cosas, una repetición de la legislación liberal. El absoluto control de la mano de obra era demasiado importante como para renunciar a él.

Del mismo que los Borbones fortalecieron la administración, también debilitaron la Iglesia. En 1767 fueron expulsados los jesuitas, muchos de los cuales eran criollos y quedaban así sin patria y sin misiones. Los hispanoamericanos consideraron la expulsión como un acto de despotismo contra sus compatriotas en sus propios países. De los 680 jesuitas expulsados de México, alrededor de 450 eran mexicanos; su exilio a perpetuidad fue causa de un gran resentimiento. El complejo de intereses eclesiásticos, otro de los puntos centrales de la independencia, era uno de los principales objetivos de los reformadores borbónicos, debido a que La iglesia gozaba de una situación y privilegios especiales. Intentaban colocar al clero bajo la jurisdicción de los tribunales seculares, y a la vez ir reduciendo la inmunidad clerical.

Otro centro de poder y privilegio era el ejército, pero aquí la metrópoli tuvo que proceder con más cuidado. España no tenía ni dinero ni hombres para mantener grandes guarniciones de tropas regulares en América, y dependía principalmente de las milicias coloniales, que a mediados del siglo XVIII fueron ampliadas y reorganizadas. Para estimular el alistamiento, sus miembros fueron admitidos en el fuero militar, con lo que se concedieron a los criollos, e incluso a los mestizos, los privilegios de que gozaban los militares españoles. Al pasar la defensa imperial a depender más de las milicias locales, al aumentar la americanización incluso del ejército regular, España creó un arma que podía volverse contra ella. No tardó en hacerse evidente el riesgo que ellos representaban para la seguridad. En el Perú, la rebelión india de 1780 puso entredicho la eficacia y la lealtad de las unidades criollas y mestizas, lo que impulsó a España a tomar medidas para reforzar el control imperial. El papel de la milicia fue reducido y en su lugar se potenció el del ejército regular.

A la vez que España intentaba aplicar un control burocrático mayor, también se preocupaba por reafirmar un control económico más estrecho. El objetivo no era tan solo erosionar la posición de los extranjeros, sino también destruir la autosuficiencia de los criollos, hacer que la economía colonial trabajara directamente para España, extraer el excedente de producción que antes había sido retenido en América. Desde la década de 1750 se hicieron grandes esfuerzos para incrementar el ingreso imperial. En especial se utilizaron dos mecanismos: la ampliación del monopolio estatal del tabaco y la administración directa de la alcabala, antes cedida a contratistas privados. La alcabala era un impuesto español, un robusto trasplante de la península. A partir de 1765 la resistencia a la tributación fue constante y en algunos casos violenta. Y cuando, desde 1779, España empezó a presionar con más fuerza para financiar su guerra con Gran Bretaña, la oposición de se hizo más desafiante; en el Perú de 1780 los motines de los criollos sólo fueron superados por la rebelión india; y en 1781 en Nueva Granada los contribuyentes mestizos, los comuneros sorprendieron a las autoridades por la violencia de su protesta. Menos espectacular pero más implacable fue la oposición de los cabildos, las únicas instituciones donde estaban representados los intereses de los criollos.

Los planificadores intentaron aplicar la nueva presión fiscal a una economía expansiva y controlada. Entre 1765 y 1776 desmantelaron el sistema restrictivo del comercio colonial y abandonaron reglas seculares, fijaron las tarifas, abolieron el monopolio de Cádiz y de Sevilla, abrieron libres comunicaciones entre los puertos de la península y los del Caribe y los del continente, y autorizaron el comercio intercolonial. Y en 1778 se amplió un comercio libre y protegido entre España y América para dar cabida al de Buenos Aires, Chile y Perú, a los que en 1780 se añadieron Venezuela y México. Todo esto unido a la ampliación de la libre trata de esclavos a partir de 1789, al permiso para comerciar con colonias extranjera a partir de 1795, y en navíos neutrales a partir de 1797, aumentó en gran medida el comercio y la navegación en el Atlántico español. Sin embargo, la industria nacional no respondió al mercado colonial y España no se convirtió en una metrópoli desarrollada. Hispanoamérica experimentó períodos de recuperación y períodos de recesión bajo el libre comercio. Los americanos se dieron cuenta de que todavía estaban sujetos a un monopolio, todavía se veían privados de mercados opcionales, todavía dependían de las importaciones controladas por los españoles. El comercio libre tenía además un defecto básico. La economía americana no podía responder con suficiente rapidez a los estímulos exteriores. Los mercados de Perú, Chile y el Río de la Plata estaban saturados y, si bien esto bajaba los precios para os consumidores, arruinaba a muchos mercaderes locales y agotaba el dinero de las colonias. Hubo quejas en toda Hispanoamérica pidiendo que la metrópoli se frenara. Este era el problema crucial: las industrias coloniales sin protección, las manufacturas europeas inundándolo todo, y las economías locales incapaces de ganárselas mediante el incremento de la producción y exportación. La política económica borbónica incrementó así la situación colonial de Hispanoamérica e intensificó su subdesarrollo. La dependencia económica, la herencia colonial de Hispanoamérica tuvo sus orígenes, no en la época de inercia, sino en el nuevo imperialismo.

América continuaba excluida del acceso directo a los mercados internacionales, seguía forzada a comerciar sólo con España, seguía desprovista de estímulo comercial para su producción. En Venezuela los grandes terratenientes criollos, señores de vastas haciendas, propietarios de numerosos esclavos, productores de cacao, añil, tabaco, café, algodón y curtidos, tenían permanentemente dificultades por el control español del comercio de importación y exportación. El 1781, la Compañía de Caracas, el principal instrumento del monopolio, perdió sus contratos, y en 1789 el comercio libre se extendió a Venezuela. Pero la nueva casta de mercaderes continuaba siendo de españoles o criollos españolistas, y su control del comercio transatlántico le permitía ejercer un dominio completo sobre la economía venezolana, pagando por debajo las exportaciones y sobrecargando las importaciones. El Río de la Plata como Venezuela, experimentó su primer desarrollo económico en el siglo XVIII, cuando surgió un incipiente interés ganadero, dispuesto a ampliar la exportación de cueros y otros productos animales a los mercados del mundo. Desde este punto de vista, la revolución por la independencia puede interpretarse como una reacción americana contra una nueva colonización, un mecanismo de defensa puesto en movimiento por la nueva invasión española del comercio y los cargos oficiales.

Durante la primera mitad del siglo XVIII a los criollos se les permitió comprar cargos, y en la década de 1760 la mayoría de los jueves de las audiencias de Lima, Santiago y México eran criollos. Se produjo entonces una reacción española: la metrópoli empezó a reafirmar su autoridad, a reducir la participación criolla en el gobierno y romper los vínculos entre los burócratas y las familias locales. La corona adquirió un nuevo gobierno imperial, pero la frustración entre los americanos fue en aumento. Había una diferencia obvia entre la primera conquista y la segunda. La primera fue la conquista de los indios; la segunda, un intento de controlar a los criollos. Era una batalla perdida, porque los criollos aumentaban constantemente su número. A pesar del aumento de la inmigración, los factores demográficos estaban en contra suya: los criollos dominaban ahora a los peninsulares en alrededor del 99%. En tales términos la independencia tenía una inevitabilidad demográfica y simplemente fue la derrota de la minoría por la mayoría. Pero había algo más que números. La hostilidad social de los americanos hacia los nuevos inmigrantes tenía matices raciales. Los peninsulares eran blancos puros, con un sentido de la superioridad nacido de su color. Los americanos eran más o menos blancos. Las sociedades coloniales estaban compuestas, en variadas proporciones, de una gran masa de indios, un número menor de mestizos y una minoría de blancos. Pero en casi todas partes los indios eran un pueblo conquistado, obligados a vivir en una situación social inferior, sujeto a tributos así como a servicios públicos y personales. La situación social de los pardos era incluso peor que la del otro grupo mezclado, el de los mestizos, productos de la unión hispanoindia. El pardo era despreciado por su origen esclavo y por su color. Los perjuicios de raza crearon en América una ambivalente actitud hacia España. En partes de Hispanoamérica la revuelta de los esclavos era una posibilidad tan obsesionante que los criollos no estaban dispuestos a abandonar a la ligera la protección del gobierno imperial. Fue ésta la principal razón por la cual Cuba permaneció al margen de la causa de la independencia. Por otro lado, la política borbónica introdujo un elemento de movilidad social. Se permitió a los pardos ingresar en la milicia, lo que les dio acceso a fueros, prestigio y riqueza en una medida de la que muchos blancos nos gozaban. El gobierno imperial tenía sus propias razones para fomentar esta movilidad. Las razones no eran totalmente fiscales, ya que la fórmula no presentaba un gran potencial en lo referente a rentas; tampoco eran puramente humanitarias. La nueva política constituía básicamente el reconocimiento de cambios habidos en la sociedad. Los pardos crecían en número, pero sufrían enormes injusticias; era necesario ofrecerles espacio y aliviar las tensiones. Incrementar la movilidad social equivaldría a reforzar la élite blanca por medio de una clase económicamente motivada y ambiciosa, lo cual socavaría los ideales tradicionales de honor y categoría social y al mismo tiempo realzaría los valores empresariales. Pero fue Venezuela, con su economía de plantaciones, mano de obra esclava y numerosos pardos, quien inició el rechazo de la política social del segundo imperio y estableció el clima de la revolución venidera. En estas circunstancias, cuando la monarquía cayó en 1808, los criollos no podían permitir que se prolongara el vacío político; actuaron rápidamente para anticiparse a la rebelión popular. Entonces tuvieron que aprovechar la oportunidad de obtener la independencia, no sólo para arrebatarle el poder a España, sino, sobre todo, para impedir que los pardos se hicieran con él.

  1. El Nacionalismo incipiente:

Poder político, orden social: éstas eran las exigencias básicas de los criollos. Pero, aunque España hubiera querido y podido responder a sus necesidades, los criollos no hubieran estado satisfechos hasta encontrar la independencia. Al mismo tiempo que los americanos empezaban a negar la nacionalización española se sentían conscientes de las diferencias entre sí mismos.

Las condiciones en el imperio colonial favorecían la formación de unidades regionales distintas unas de otras. Las divisiones administrativas españolas proporcionaron la estructura política de la nacionalidad. El imperio estaba dividido en unidades administrativas, virreinatos, capitanías generales, audiencias, cada una de las cuales tenía una maquinaria burocrática y un jefe ejecutivo. Estas divisiones, basadas en las regiones preespañolas, promovían más el regionalismo y un sentido de arraigo local. Y después de 1810 fueron adaptadas como armazón territorial de los nuevos estados, bajo el principio de uti possidetis. El regionalismo se reforzó debido a las divisiones económicas. Algunas colonias disponían de excedentes agrícolas y mineros para exportar a otras y quebrantaron las barreras legales puestas al comercio colonial. Cuando esas barreras fueron oficialmente levantadas, a partir de 1765, el gobierno imperial estimuló el comercio interamericano, pero no pudo realizar la integración económica. El nacionalismo incipiente también alcanzó cierto grado de expresión política. Éste era el significado de la irreprimible exigencia americana de cargos públicos, una exigencia que probablemente tenía más que ver con razones de patrocinio que con la política. En 1771, el cabildo de la ciudad de México proclamó que los mexicanos deberían tener un derecho exclusivo a ocupar cargos públicos en su país. Los americanos, decían, estaban educados y cualificados para ocupar cargos público, y tenían un derecho de prioridad sobre los españoles, que eran extranjeros en México.

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