La revolucion de 1868. El sexenio revolucionario (1868-1874)






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títuloLa revolucion de 1868. El sexenio revolucionario (1868-1874)
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Los dos años de reinado de Amadeo se caracterizaron por el creciente enfrentamiento político entre los dirigentes de las distintas fuerzas que habían promovido su acceso al trono. Corrupciones electorales y económicas, sublevaciones en provincias, un atentado, devaneos amorosos que se tienen que tapar con millones de pesetas extraídos ilegalmente del presupuesto, todo desembocó, con el plante de los artilleros que el gobierno no quiso tolerar haciendo de detonante, en la renuncia de Amadeo al trono. Son años difíciles para Pí y Margall. La situación política le coloca en una posición centrista dentro de un partido que por sus propias características no puede tener una dirección central y efectiva. Pí no aprueba las insurrecciones porque existe libertad política, pero suscribe sus demandas; defiende los derechos de las secciones de la Internacional obrera, pero las organizaciones obreras desconfían de él y le regatean su apoyo; mantiene sus diferencias con el sector “benevolente” de los Castelar y Orense, pero tiene que maniobrar para evitar que se deslicen más hacia la derecha... Y todo ello sin olvidar la cotidiana tarea en las Cortes de oposición a los gobiernos de Amadeo I.

El 11 de Febrero de 1873, oficial ya la renuncia de Amadeo al trono, las Cortes, sin un respeto escrupuloso del procedimiento constitucional, proclamaron la República.Al igual que sesenta años después, podría afirmarse que la República no la traen los republicanos sino las circunstancias y los manejos de los jefes de los partidos que antes habían colocado a Amadeo en el trono. El partido republicano federal estaba dividido y desmoralizado, falto de credibilidad. Seguían las quintas y los consumos, persistía el caciquismo electoral, no había mejorado la situación de los obreros y de los jornaleros... En el primer gobierno republicano presidido por el federal Estanislao Figueras, en el que hay cuatro ministros radicales que lo han sido también en la monarquía de Amadeo, Pí se encargó del ministerio de Gobernación. Si bien es cierto que en la primera reunión del gobierno propuso la celebración inmediata de elecciones municipales y a diputaciones provinciales, lo que no fue aceptado, también lo es que otra de sus primeras actuaciones fue telegrafiar a todos los gobernadores civiles pidiendo que disolviesen las juntas revolucionarias que se hubieran formado y ordenasen la reposición de  ayuntamientos y diputaciones.  Los republicanos federales además de divididos, estaban solos. Tenían enfrente a toda la derecha formada por los generales y dirigentes que habían provocado la revolución de Septiembre de 1868, y a los radicales, que también conspiraban con ellos; el ejército estaba indisciplinado, las milicias sin organizar, los carlistas en guerra, la economía en quiebra...El 22 de marzo la Asamblea quedó disuelta según lo previsto, funcionando una comisión permanente hasta la celebración de las elecciones de diputados para Cortes Constituyentes previstas para el 15 de Mayo. Pero esa comisión permanente se dedicó a conspirar contra el gobierno y el 23 de Abril se produjo el intento de golpe de estado que encabezó el alcalde de Madrid. Como antes el de Martos, todo se desbarató gracias a la enérgica actuación de Francisco Pí y Margall, entonces presidente interino del gobierno, pues Figueras estaba profundamente afectado por la muerte de su mujer en esos días. Firmó Pí el decreto de disolución de esa comisión permanente y destituyó a Pavía, capitán general de Madrid. Las elecciones se celebraron con una limpieza nunca vista antes, gracias a la firme voluntad de Pí desde el ministerio de Gobernación para que así fuera. Sin embargo, no se pudo impedir la gran abstención, mayor del cincuenta por ciento, promovida por las fuerzas reaccionarias del país y acrecida con la guerra carlista. Los federales obtuvieron 343 actas, 20 los radicales, 7 los conservadores y 3 los alfonsinos.

Reunidas las cortes constituyentes, el once de Junio, tras la huida a Francia de Estanislao Figueras y no sin fuerte tensión y encono entre la propia representación federal, fue elegido presidente de la República Francisco Pí y Margall tras no pocas peripecias. En su programa de gobierno figuraban las siguientes propuestas: restablecimiento de la disciplina en el ejército, suspensión temporal de las garantías constitucionales, separación de la Iglesia y el Estado, enseñanza gratuita y obligatoria, abolición de la esclavitud en Cuba (había sido aprobada su abolición en Puerto Rico, proyecto de ley elaborado en las Cortes de Amadeo), extensión de todas las libertades y derechos a las provincias de ultramar, jurados mixtos de trabajadores y empresarios, prohibición del trabajo de los niños menores de doce años, reducción de la jornada laboral a nueve horas, acceso de los jornaleros a la propiedad de la tierra... Es decir, un programa que en muchos aspectos quedaría pendiente y tendría que ser reformulado sesenta años después.

En medio del creciente descontento popular, con la Hacienda española en una situación crítica; con una guerra en el Norte y otra en Cuba; con motines y sublevaciones por doquier: Vicálvaro, Aranjuez, Sagunto, Alcoy, Madrid...; dimisiones de ministros, minorías de diputados intransigentes que en su oposición al gobierno llegaron a abandonar el hemiciclo; con capitales de provincia y hasta regiones enteras que se declaraban independientes...; con la mayoría de las Cortes en contra, el 18 de Julio de 1873, Pi y Margall presentó la dimisión del gobierno de la nación. Un día antes se había presentado a las Cortes el proyecto de constitución federal.

Sometida a votación la designación de presidente del gobierno, Francisco Pí y Margall obtuvo 93 votos, frente a los 119 de Nicolás Salmerón. El nuevo presidente, abogado y catedrático de Filosofía de la Universidad Central, había formado parte del primer gobierno republicano al frente de la cartera de Gracia y Justicia. En el nuevo gobierno, Salmerón mantuvo en los tres ministerios clave: Guerra, Hacienda y Gobernación, a los tres ministros del presidido por Pí.  El 19 de Julio, ante el pleno de las Cortes, al que se habían reintegrado los diputados de la izquierda, expuso Salmerón su programa de gobierno.

Tras su etapa como presidente y ministro de la gobernación, no solamente la honradez de Pí quedó fuera de toda duda, sino que se comprobó que apenas había gastado nada de los fondos secretos del ministerio. Siempre se negó a cobrar la cesantía que como ministro y presidente le correspondía.

Salmerón, a su vez, presentó la dimisión el 5 de Septiembre por no querer autorizar la ejecución de ocho soldados condenados a pena de muerte. Le sucedió en la presidencia del ejecutivo Emilio Castelar, hasta entonces presidente de las Cortes. Castelar venció al otro candidato a la presidencia del gobierno, Pi y Margall, por 133 votos contra 67. Nicolás Salmerón fue, a su vez, elegido presidente de las Cortes.

En la madrugada del día 3 de Enero de 1874 estaban las Cortes reunidas votando un nuevo presidente que sustituyera a Emilio Castelar. Dio entonces el golpe de estado del general Pavía, que en un primer momento ofreció la presidencia del gobierno al dimitido Castelar, que la rechazó sin contemplaciones. El general Pavía era partidario de los llamados republicanos unitarios y en Diciembre le había propuesto a Castelar que mantuviera suspendidas por tiempo indefinido las actividades de las Cortes. Formó gobierno el general Serrano. el Termidor al bonapartismo.

Tras el golpe de Pavía, Pi y Margall tuvo que abandonar forzosamente la política activa. Dedicó su tiempo a preparar un libro en el que quedasen recogidas tanto su actuación política en el tiempo que duró el régimen republicano como sus ideas. Este libro recibiría el título de “La República de 1873” y sería prohibido por las autoridades. En Mayo de ese año de 1874, Pi y Margall fue víctima de un atentado en su propia casa, del que afortunadamente salió indemne. El autor fue un clérigo, el párroco del pueblo manchego de Poblete, que le disparó dos tiros de pistola y se suicidó acto seguido. Poco se sabe de la represión que siguió al golpe de Pavía y de la que tuvo lugar en los primeros años de la restauración. El propio Pí y Margall fue detenido y conducido a una prisión andaluza, donde permaneció no mucho tiempo.

En esos años que siguieron a la entronización de Alfonso XII, Pí y Margall retornó a la profesión de abogado y sustituyó el imposible activismo político por el trabajo intelectual.Publicó la obra titulada “Joyas literarias” y, en 1876, ”Las Nacionalidades”, sin duda, su obra más famosa, en la que desarrolló todas sus ideas sobre el federalismo y el estado federal. En 1878 sacó a la luz los primeros capítulos de su “Historia general de América”. Otras obras suyas son: “La Federación”; “Las luchas de nuestros días”; “Primeros diálogos”; “Amadeo de Saboya”; “Estudios sobre la Edad Media” y “Observaciones sobre el carácter de D. Juan Tenorio”.

Hasta 1890 no empezaron a reorganizarse las fuerzas republicanas. Fue entonces cuando Pí fundó el partido republicano que llamará “federal pactista”,diferenciándolo del “republicano progresista” y del “federal orgánico”. El programa político del partido republicano federal elaborado por Pí fue aprobado, junto con el proyecto de constitución federal, en el congreso celebrado en Zaragoza en 1883.

Elegido diputado a Cortes en 1886 por acumulación de votos en diferentes distritos electorales, Pí y Margall acudió pocas veces al Congreso y rara vez hizo uso de la palabra. En 1891 fue elegido diputado por Barcelona y por Valencia, tomando el acta de Barcelona, siendo el jefe de la minoría republicana en el Congreso. Redactó el programa del partido federal que se aprobó en 1894. Lo acertado de su crítica a los gobiernos y al régimen y el cumplimiento de sus previsiones quedó patente en el conflicto con Cuba y la guerra con Estados Unidos. Pi y Margall fue el único en defender primero la autonomía y, más tarde, la independencia de Cuba, y se opuso resueltamente a la guerra con Estados Unidos. Su acertada labor quedó reconocida en las elecciones de 1899, donde salió diputado por dos distritos y fue el candidato que sacó mayor número de votos, volviendo a obtener el acta de diputado en las siguientes elecciones.

A pesar de su avanzada edad, hizo numerosos viajes de propaganda política y, en 1890, fundó y dirigió el periódico El Nuevo Régimen, órgano oficial del partido federal, escribiendo artículos y ayudando a confeccionar cada uno de sus números. Con lucidez, tenacidad y coherencia se mantuvo en el activismo político hasta el último instante de su vida. Defendió su ideario republicano y federal contra viento y marea. Destacó como historiador, periodista, crítico de arte, filósofo y economista. Dio ejemplo de honradez y su vida privada estuvo marcada por la sencillez y discreción.

Murió en su casa de Madrid, a las seis de la tarde del 29 de Noviembre de 1901. Tenía setenta y siete años.

Francisco Pi y Margall fue el político español más importante del siglo XIX.
NICOLÁS SALMERÓN ALONSO 1837-1908 .





Catedrático de Metafísica y político español, que ocupó en 1873, durante mes y medio, la presidencia de la República española. Nació en Alhama la Seca (Almería), el 10 de abril de 1837 –en 1932, inicios de la Segunda República, se cambió en su honor incluso el nombre del pueblo: Alhama de Salmerón–. Su padre era médico, y su hermano mayor el jurista y político español Francisco Salmerón (1822-1878). Estudió el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Almería (fundado en 1845, perteneció Salmerón a la primera promoción del Instituto que hoy lleva su nombre). En Granada cursó Derecho y Filosofía y Letras, siendo condiscípulo de Francisco Giner de los Ríos. En Madrid sufrió la influencia del krausismo a través de Julián Sanz del Río, que fue profesor suyo. En 1858 era profesor de Filosofía en el Instituto San lsidro de Madrid, y al año siguiente fue designado profesor auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. En 1863 ganó por oposición la cátedra de Historia Universal de la Universidad de Oviedo, a la que renunció, obteniendo el 13 de julio de 1869 la cátedra de Metafísica de la universidad madrileña. Sus artículos en los periódicos La Discusión y La Democracia le dieron renombre, y en 1867 fue detenido por sus actividades revolucionarias dentro del Partido Demócrata, junto a Pi y Margall, Figueras y Orense, sufriendo cinco meses de cárcel. Durante el sexenio democrático (1868-1874) fue uno de los adalides del republicanismo (a pesar de las discrepancias doctrinales que tenía con el federalismo de Pi y Margall). Diputado por Badajoz en 1871, cuando las ocupaciones políticas se lo impedían era sustituido en la cátedra de Metafísica por Urbano González Serrano, su discípulo más cercano.
Al proclamarse en 1873 la República se le nombró Ministro de Gracia y Justicia con Estanislao Figueras. Intentó reformar el sistema judicial y establecer una legislación laica. Sucedió a Francisco Pi y Margall en la presidencia de la República, que desempeñó del 18 de julio al 7 de septiembre de 1873. Por entonces se generalizaron las sublevaciones cantonalistas (Málaga, Sevilla, Cádiz, Cartagena...), que combatió con energía, viéndose obligado a pactar con los militares antifederalistas y finalmente a dimitir, cuando no llevaba todavía dos meses en la presidencia, para no seguir cediendo a las exigencias de los conservadores: en su monumento funerario se recuerda que dimitió por no firmar unas sentencias de muerte, dictadas para restablecer la disciplina del ejército. Durante su presidencia su hermano Francisco ocupó la presidencia de las Cortes. El 9 de septiembre fue elegido presidente del Congreso y, desde ese puesto, inició una dura campaña contra Emilio Castelar, que le sucedió como presidente de la que le sucedió como presidente de la República, y del que se había enemistado a raíz de la provisión que éste había hecho de las sedes vacantes en numerosos obispados. Por este enconado enfrentamiento, en la noche del 3 de enero de 1874 se negó a dar un voto de confianza al gobierno de Emilio Castelar, por lo que triunfó el golpe de estado del general Pavía, y Salmerón se desprestigió como político al precipitar el final de la República.

Vuelto a la cátedra en 1874, contamos con un curioso testimonio de entonces del Salmerón profesor (por el que, además, Salmerón habría sido el responsable del fructífero encuentro que se produjo en Valladolid entre Marcelino Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde). Escribe Menéndez Pelayo a su amigo Antonio Rubio en 30 de mayo de 1874, sin haber cumplido los dieciocho años (EMP 1-104):
«Hoy, mi queridísimo Antonio, estoy lleno de temores y sobresaltos. Figúrate que el Sr. D. Nicolás Salmerón y Alonso, ex-presidente del Poder Ejecutivo de la ex-República Española y catedrático de Metafisica en esta Universidad, entra el día pasado en su cátedra y después de limpiarse el sudor, meter la cabeza entre las manos y dar un fuerte resoplido, pronuncia las siguientes palabras, que textualmente transcribo, sin comentarios ni aclaraciones: 'Yo (el ser que soy, el ser racional finito) tengo con Vds. relaciones interiores y relaciones exteriores. Bajo el aspecto de las interiores relaciones, nos unimos bajo la superior unidad de la ciencia, yo soy maestro y Vds. son discípulos. Si pasamos á las relaciones exteriores, la Sociedad exige de Vds. una prueba; yo he de ser examinador, Vds. examinandos. Tengo que hacerles a Vds. dos advertencias, oficial la una, la otra oficiosa. Comencemos por la segunda. Como amigo, debo advertirles a Vds. que es inútil que se presenten a exámen, porque estoy determinado a no aprobar a nadie, que haya cursado conmigo menos de dos años. No basta un curso, ni tampoco veinte para aprender la Metafísica. Todavía no han llegado Vds. a tocar los umbrales del templo de la ciencia. Sin embargo, por si hay alguno que ose presentarse a examen, debo advertirle oficialmente que el examen consistirá en lo siguiente: 1º Desarrollo del interior contenido de una capital cuestión en la Metafísica dada y puesta, cuestión que Vds. podrán elegir libremente. 2º Preguntas sobre la Lógica subjetiva. 3º Exposición del concepto, plan, método y relaciones de una particular ciencia filosófica, dentro y debajo de la total unidad de la Una y Toda Ciencia'. Como nos quedaríamos todos al oír semejantes anuncios, puedes figurártelo, considerando que Salmerón no nos ha enseñado una palabra de Metafísica, ni de Lógica subjetiva, ni mucho menos de ninguna particular ciencia (como él dice), pues en todo el año no ha hecho otra cosa que exponernos la recóndita verdad de que la Metafísica es algo y algo que a la Ciencia toca y pertenece, añadiendo otras cosas tan admirables y nuevas como esta, sobre el conocer, el pensar, el conocimiento que (palabras textuales) 'es un todo de esencial y substantiva composición de dos todos en uno, quedando ambos en su propia sustantividad, o más claro, el medio en que lo subjetivo y lo objetivo comulgan' y explicando en estos términos la conciencia, como medio y fuente de conocimiento. 'Yo me sé de mí (¡horrible solecismo!) como lo uno y todo que yo soy, en la total unidad e integridad de mi ser, antes y sobre toda última, individual, concreta determinación en estado, dentro y debajo de los límites que condicionan a la humanidad en el tiempo y en el espacio'. En tales cosas ha invertido el curso y ahora quiere exigirnos lo que ni nos enseñó ni nosotros hemos podido aprender. Esto te dará muestra de lo que son los Krausistas, de cuyas manos quiera Dios que te veas siempre libre. Por lo tanto he determinado examinarme aquí de Estudios críticos sobre Aut. Griegos e Historia de España, y después al paso que voy a Santander, me detengo en Valladolid y me examino allí de Metafísica, librándome así de las garras de Salmerón.»
El mismo día explica a sus padres sus propósitos de no examinarse con Salmerón y de hacerlo en Valladolid, de paso hacia Santander (EMP 1-106): «Tú no comprenderás algunas de estas cosas, porque no conoces a Salmerón ni sabes que el krausismo es una especie de masonería en la que los unos se protegen a los otros, y el que una vez entra, tarde o nunca sale. No creas que esto son tonterías ni extravagancias; esto es cosa sabida por todo el mundo.»

Tras el golpe militar (del general Martínez Campos, en Sagunto, 29 diciembre 1874) que liquidó la República y proclamó la restauración borbónica, Salmerón, como otros profesores, fue desposeído de su cátedra (Real Orden de 17 de junio de 1875, revocada en 1881), exiliándose en París, donde colaboró estrechamente con Manuel Ruiz Zorrilla y participó en la fundación del Partido Republicano progresista.

En 1876 escribió Nicolás Salmerón el Prólogo a una de las dos ediciones que se publicaron ese año en español del libro de Juan Guillermo Draper, Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (en traducción directa del inglés por Augusto T. de Arcimís). Ese prólogo apareció también publicado en la Revista de España (julio-agosto de 1876), y fue contestado por Menéndez Pelayo en el contexto de la «polémica» sobre la ciencia española que estaba organizando Gumersindo Laverde.

Regresó a España en 1884, al ser amnistiado y haber ya recuperado su cátedra. Elegido diputado en 1886 por el Partido Progresista, se convirtió en el adalid de la minoría republicana en el congreso. En 1887 fundó el Partido Centralista. Fue cofundador del diario La Justicia y jefe de la Unión Republicana desde 1890, siendo elegido diputado en todas las legislaturas desde 1893 a 1907. Apoyaba las aspiraciones nacionalistas catalanas en cuanto fueran compatibles con las republicanas y al fundarse en 1906 la Solidaridad Catalana, es elegido presidente de la misma, con lo que provoca la escisión dentro del movimiento republicano del sector españolista de Alejandro Lerroux. Falleció en Pau (Francia), donde se encontraba de vacaciones, el 20 de septiembre de 1908. Sus restos fueron trasladados a Madrid e inhumados en el cementerio civil del Este en 1915.

Como filósofo se distinguió por sus ideas racionalistas y sus obras se hallan recopiladas en cuatro volúmenes publicados en 1911. Se fue apartando de la obediencia krausista a medida que le fue influyendo el positivismo, del que se hizo adepto. Fue conocido por su oratoria grandilocuente, de un mismo tono y diapasón, sin altos ni bajos, con escasos matices que le hicieron acreedor por sus contemporáneos que su verbo era mayestático.
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