Para conocer bien a la Virgen María no tenemos otras fuentes que la Sagrada Escritura. El mismo Dios nos la presenta con pocas y breves palabras, pero que dicen






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MARIA, MADRE DOLOROSA

  1. María fue dichosa, gozó inmensamente por todos los privilegios y las gracias recibidos de Dios; sobre todo por la maternidad divina, por el amor de su incomparable Hijo. Pero también sufrió inmensamente. Entre las devociones a la Virgen hay también el “Rosario de los siete dolores”. El primer dolor fue cuando, en la presentación al templo del niño Jesús, el sacerdote Simeón le dijo: "Y a ti, Madre, una espada de dolor te atravesará el corazón.” (Lc 2,35). Debe haberle caído como un rayo. Después del estallido de gozo frente a su prima Isabel, y después de la dicha inefable por el nacimiento del Divino Niño, María se encuentra con esta terrible profecía que ensombrece todo su futuro. Ella seguirá gozando momentos de cielo con el Niño en sus brazos y en su hogar; pero seguirá latente la amenaza de la “espada”; y lo peor era que no sabía cuando iba a ocurrir. Las potencias del mal se acercaron pronto para arrancarle su divino tesoro.



  1. Segundo dolor de María: la profecía de Simeón empezó a cumplirse a los pocos días, pues el rey Herodes quiso matar al Niño Jesús. ¿Qué siente una madre cuando quieren arrancarle o matarle a su hijito? Solo ella puede saberlo, y no se lo puede explicar a nadie. Dolor, angustia, desesperación, llanto, desgarramiento del alma… se le muere el corazón en el pecho, porque el hijo es su corazón. Hasta los animales arriesgan su vida para salvar a su cría. La “espada” empezó a penetrar profundamente en el corazón de María. Pero sobrevivió, porque pudo sustraer a su Niño de la muerte, huyendo precipitadamente hacia Egipto, de la mano del buen José, igualmente angustiado. La Sagrada Familia se escapó en una noche de horror, entre los gritos de otras madres y la sangre de sus bebés. Dios no permitió que el Niño pereciera, porque debía cumplir con su misión. Nunca pudieron ponerles las manos encima a Jesús; él se entregará voluntariamente cuando llegará su “hora” (Jn 13,1). Por eso dijo: “Nadie me quita la vida; yo la doy” (Jn 10,18); “Yo doy mi vida por las ovejas” (Jn 1011).



  1. Tercer dolor de María: siempre a causa de su amado Hijo. Cuando el Niño cumplió los doce años, lo llevaron a Jerusalén para la fiesta de Pascua. A esa edad los jovencitos eran reconocidos como adultos en el pueblo de Israel, y se los habilitaba para el culto divino. Jesús quiso recordarles a María y José que él era el Hijo del Altísimo y debía estar en su casa; por eso se quedó en el templo, mientras ellos volvían a Nazaret. Después de tres días se dieron cuenta de que Jesús no estaba en la caravana, ni con los hombres, ni con las mujeres, pues los niños podían ir con unos o con otros. María pensaba que Jesús estaba con José; y José creía que estaba con María. A la Madre le dio un vuelco el corazón. Fueron momentos terribles. Volvieron presurosos a la ciudad buscándolo “con angustia” (Lc 2,48). Esta palabra lo dice todo: ¡cuánta pena, cuánta preocupación, cuánto cariño! Y más por tratarse de su único Hijo, tan hermoso, tan perfecto, tan bello en su alma, tan divino en su corazón… ¡Qué alivio al encontrarlo! La respuesta de Jesús fue enigmática: María lo comprenderá después, mientras tanto tenía nuevamente a su gran tesoro.



  1. Cuarto dolor: María se encuentra con Jesús cargado de la cruz, camino al Calvario. ¿Cómo es posible que le hicieran eso a su amado Hijo? No podía comprenderlo. Sabía que era absolutamente inocente. Solo “pasó haciendo el bien y curando a todos” (Hch 10,38). Siempre dijo la verdad y manifestó el amor y la grandeza de Dios. Echaba a los demonios, y los adversarios lo acusaron de ser su aliado. Se desvivió para instaurar el Reino de Dios, y lo acusaron de blasfemo. Ofrecía el perdón a los pecadores, y lo consideraron un pecador, porque no se lavaba las manos antes de comer y curaba a los enfermos en día sábado. Les dio señales inequívocas de su mesianismo, cumpliendo las profecías y haciendo milagros estrepitosos, y lo acusaron de impostor. Reprochó a los sacerdotes, fariseos y escribas, por su hipocresía y legalismo, y ellos no se lo perdonaron nunca, en lugar de recapacitar y convertirse. Es increíble hasta donde llega la ceguera y la maldad humana. Le hicieron un juicio injusto, con irregularidades y falsedades; mintieron y amedrentaron a Pilatos arrancándole la sentencia de muerte, de la cual no estaba convencido, pues se lavó las manos, diciéndoles que ellos cargarían con la sangre de ese inocente. Y ahí estaba Jesús, golpeado, sangrante, arrastrando una pesada cruz hacia el lugar de la muerte. Todo eso le parecía una horrible pesadilla a su pobre Madre, y la hacía sufrir lo indecible. Y no podía hacer nada para parar ese cortejó de demonios que empujaba a su Hijo querido hacia Calvario, hacia la tumba.



  1. Quinto dolor: Jesús muere en la cruz (Jn 19, 17-39). No tuvieron misericordia de su Hijo. Lo querían muerto y lo consiguieron. Ella no podía comprender tanto odio, tanta insensibilidad, tanta crueldad. Dar muerte a una persona es destruirlo, anularlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Es lo máximo del odio. Se ensañaron con aquel que demostró lo máximo del amor. María sabía ciertamente que Jesús debía morir, porque las profecías lo habían anunciado; porque el mismo Jesús lo había dicho varias veces. Pero no se había imaginado hasta donde llegaría la malevolencia de sus adversarios: gritos, venganza, satisfacción, burlas, regocijo… mentiras, engaños, amenazas, insultos, golpes, muerte! Todo contra su Hijo. Pero ¿qué había hecho? Nada; era totalmente inocente. No había y no habrá nadie en el mundo tan bueno, tan recto y tan perfecto como Jesús. Ella lo conocía perfectamente; había gozado durante largos años del esplendor de su ser y de su amor. Por eso le dolía inmensamente verlo herido, despreciado, destruido. ¡Qué tremenda injusticia! ¡Qué terrible maldad! Parecía que el infierno se había dado cita en Jerusalén, donde “mataban a los profetas” (Mt 23,37). La “espada” entró profundamente en el corazón de María y la dejó agonizando de dolor convirtiéndola en la Dolorosa.



  1. Sexto dolor: María recibe a Jesús muerto en sus brazos (Mc 15,42-46). El dolor de María superó toda medida, porque con su alma perfecta y su corazón grande, tenía una sensibilidad y un amor total hacia aquel que también la amaba de manera ilimitada, con su corazón humano y divino. Más grande es el amor, más grande el dolor. María amó hasta la adoración a su divino Hijo; y por otra parte sentía la inmensidad del amor de Jesús hacia ella. Con su Hijo muerto en los brazos, María habrá recordado cuanta vida, cuánta belleza, cuánto amor, cuánta grandeza había gozado contemplándolo en los años de su niñez y de su juventud; y cuanta bondad, cuánta majestad, cuánto poder en los años de su vida pública. ¡Como le dolía en el alma verlo ahora inerte y sin vida, tan maltratado, víctima de la maldad humana y satánica! Fue el trance más terrible en la vida de María. Ella misma se sentía muerta, pues ya no estaba quien daba vida a su corazón. María padeció un dolor absoluto.



  1. Séptimo dolor: sepultura de Jesús (Jn 19,38-42). Al correr la loza sobre la tumba, María se habrá desecho en un mar de lágrimas. Era lo irreparable, ya no volvería a verlo, a estar con él, a escuchar su amable voz. Habrá querido irse con él, acompañarlo en la eternidad, porque no aguantaba estar separado de él. Había oído de sus labios que resucitaría, pero no sabía cuando, como… todo quedaba oscuro y en el ámbito de la fe. Mientras tanto ahí tenía la dura realidad de la tumba, triste testimonio de lo que le hicieron a su amado Hijo. María sufría por Jesús; y Jesús había sufrido por verla penar tanto. El cementerio es un lugar de tristeza, pero también de paz y esperanza. Seguramente había escuchado decir a Jesús: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). Lo habían matado, pero esperaba verlo de nuevo, porque era la mujer de la fe perfecta. Pero eso no le quitaba el inmenso dolor que sentía por lo que le hicieron, y por la demora en poder abrazarlo de nuevo. Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5,4) había dicho Jesús; pero ahora le tocaba llorar.



  1. Tal vez alguien podrá pensar que los responsables de los dolores de María y de Jesús, fueron sus contemporáneos judíos. Sin embargo sabemos que la razón verdadera por la cual el Señor soportó la pasión y muerte – y su Madre con él – fueron los pecados de toda la humanidad, de la humanidad de todos los tiempos, para rescatarla de la condenación eterna. Entonces nosotros también estamos implicados e involucrados en los hechos del Calvario. Nosotros también causamos la muerte de Cristo e hicimos llorar a la Virgen con nuestros pecados. No estaría mal de vez en cuando pedirles perdón y expresarles nuestro hondo pesar. Cuando uno se da cuenta de que ha hecho sufrir mucho a una persona que ama mucho, y que es amado mucho por ella, lo siente en el alma, y trata de reparar las ofensas o perjuicios.



  1. El 15 de septiembre de 1989 parece que la Virgen de San Nicolás (Argentina), reveló a su devota y vidente Gladys Quiroga de Motta, que sus siete dolores de nuestros tiempos son los siguiente: <<1) el rechazo hacia mi Hijo. 2) el ateísmo. 3) La falta de caridad. 4) Los niños que no nacen. 5) La incomprensión en las familias. 6) El gran egoísmo de muchos hijos en el mundo. 7) Los corazones aún cerrados al amor de esta Madre>>. No se trata de un dogma de fe, pero seguramente esta realidad no debe agradarle nada al Señor y a la Virgen. Y tal vez alguno de nosotros estamos metidos en esta triste realidad de pecado.



  1. La Virgen prometió a Santa Brígida, que concederá siete gracias a los que diariamente la honran practicando la devoción de los siete dolores, rezando siete Ave María en cada dolor. Le dijo: 1) Pondré paz en sus familias. 2) Serán iluminados en los Divinos Misterios. 3) Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos. 4) Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas. 5) Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y los protegeré en todos los instantes de sus vidas. 6) Los asistiré visiblemente en el momento de la muerte: verán el rostro de su Madre. 7) He conseguido de mi divino Hijo que los que propaguen esta devoción (a mis lágrimas y dolores) sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y yo seremos “su eterna consolación y alegría”. (El Rosario de los siete dolores de la Virgen lo puede bajar de internet).

MARIA la REINA

  1. En la tradición monárquica de los judíos y de la cultura hebrea, a la madre del rey se la consideraba reina, la reina madre. En 1Reyes 2,19 vemos que Betsabé, la madre del rey Salomón, se sienta a su derecha e intercede por la gente ante Salomón. El se inclinó ante ella, y manifestó que no podía negar las peticiones que ella hacía por el pueblo (1Reyes 2,20). A la madre del rey se le decía “Señora” (Gebirah) y hasta llevaba la corona (Jr 13,18). La Gebirah es mencionada casi regularmente en las listas de los reyes de Judá. El saludo del ángel a María fue “Salve”; saludo que sólo se le daba a la realeza, y se hacía con toda reverencia. Por eso María se turba al saludo del ángel, pues la trata como una reina. Efectivamente María “dará a luz un hijo, a quien Dios le dará el trono de David su antepasado, y su reino no tendrá fin” (Luc 1). Isabel saluda a María como “Madre de mi Señor” (Lc 1,43). Jesús es el “Rey de reyes y Señor de señores” (Apc 19,16). Jesús mismo afirma ser Rey, respondiendo a Pilatos; aunque aclara: “Soy Rey, pero mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). En el día de la Ascensión dijo a los Apóstoles: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra…” (Mt 28,18). San Pedro afirma: “Jesucristo está a la diestra de Dios, habiendo subido al cielo después de que le habían sido sometidos ángeles, autoridades y potestades. (1Pdr 3,22; cfr Mc 16,19; Col 3,1 etc). Por eso en la carta a los Hebreos se dice: “Adórenlo todos los ángeles del cielo” (Hbr 1,6), porque él está muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino también en el venidero” (Ef 1,21).



  1. En el Nuevo Testamento se nos revela que también los que son fieles al Señor reinarán con Él. Con mayor razón María, la “llena de gracia”, Madre del Señor. Jesús dijo a los Apóstoles:De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt 19, 28). San Pablo afirma: “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Ti 2, 12). En Apocalipsis leemos: Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap 3, 21. Ver 1 S 2, 8). Dice María que los humildes son exaltados (Lc 1, 52). Ella fue exaltada por encima de todos, y “vestida de sol” y “coronada por doce estrellas” (Apc 12), por considerarse “la esclava del Señor” (Lc 1,38).



  1. San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: «Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina». Con la encíclica “Ad Coeli Reginam”, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de María Reina, que se celebra el 22 de agosto. En la encíclica se afirma que María debe ser llamada Reina, no sólo por su divina maternidad de Jesucristo, sino también porque Dios ha querido que ella tenga un papel excepcional en la obra de nuestra eterna salvación. Unida a Cristo, con lazos de sangre, de amor y de gracia, en el gozo y en el dolor, María colabora con su Divino Hijo en su misión redentora. Participa con su corazón, con sus méritos y con sus sufrimientos al pie de la cruz. Está plenamente identificada con el proyecto y la acción de Jesús. Ella se prodigará a través de los siglos pata acercar los hombres a Cristo (“Hagan lo que él les diga”) para que sean redimidos por él. María es comparada a la “reina Esther” que conquista el corazón del Rey y consigue de él la liberación de su pueblo.



  1. En varias oraciones a la Virgen se la invoca como Reina, en la Iglesia latina: “Salve Regina”, “Ave Regina coelorum”, “Regina coeli laetare aleluya”, y otras oraciones recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María. «Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro» (Brev. Rom); «La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa» (Brev. Rom); «Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre» (Brev. Rom). La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, porque es Madre de Jesucristo, Rey del universo. En las letanías lauretanas, que se rezan desde hace centenares de años, se le dice también Reina del Cielo.



  1. En el cuarto misterio glorioso del santo rosario, celebramos la “coronación de la Virgen María Reina del cielo y de la tierra”. En el arte, especialmente en la iconografía se ha representado bellamente a María vestida de Reina, sentada en un trono, ceñida la cabeza con corona, rodeada ángeles y santos. La razón teológica de esta distinción, además de su maternidad divina y de su participación a la obra salvadora de Cristo, es también su gran belleza espiritual. Los escritores sagrados no se detienen mucho en hablar de María, porque todo su interés está centrado en presentar a Cristo, Salvador del mundo. Las pocas referencias que el N.T. hace de María, son suficientes para desvelarnos el esplendor de su alma purísima. Ella es la “llena de gracia” (Lc 1,28), la “mujer vestida de sol” (Apc 12). Es la “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42). Mujer llena de fe: “Dichosa de ti porque has creído” (Lc 1,45). Mujer humilde, a pesar de ser perfecta e “inmaculada: “Aquí está la esclava del Señor” (Lc 1,38). Perfectamente dispuesta a obedecer a la voluntad de Dios: “Hágase en mí según su Palabra” (Lc 1,38). En socorrer a su prima Isabel y en las bodas de Caná manifiesta la exquisitez de su atención caritativa (cfr Jn 2,1-12).



  1. Paulo VI en la exhortación apostólica “Marialis cultus” enumera las virtudes de María: “la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la solícita caridad; la sabiduría reflexiva; la verdadera piedad, que la mueve a cumplir sus deberes religiosos, a expresar su acción de gracias por los bienes recibidos, a ofrecer en el Templo y a tomar parte en la oración de la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro y en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la Cruz; la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte y casto amor esponsal”. En el canto del “Magnificat” María revela su alma totalmente abierta y centrada en Dios; y abre su corazón agradeciendo al Señor, porque hizo en ella y en su pueblo “grandes cosas” (Lc 1,49).



  1. María celebra el poder y el amor de Dios, su misericordia y benevolencia que “llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50), y lo alaba exultante. Cree en el Dios bondadoso que “enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos” (Lc 1,52-53). Pero lo que más resalta la belleza y la santidad de María, y que le hace merecer la corona de Reina, es su amor sin medida a Dios. El amor es la medida de la santidad; nadie supera a María en el amor a Dios, porque es su Hijo. Cuando bebé lo habrá abrazado, amamantado y acunado con una ternura inefable, como madre perfecta que era. La intensidad y la inmensidad de su amor por Jesús niño, lo manifiesta ella misma cuando lo perdió en Jerusalén y lo halló en el templo, y le dijo que lo buscaba “angustiada” (Lc 2,48). La misma angustia y aprensión experimentará al ver a su amado Hijo denigrado, acusado de falso profeta, impostor, endemoniado, amigo de los pecadores, amenazado de muerte, y por fin crucificado. En el Calvario ella estará al pie de la cruz, unida a él con el corazón partido.: “Una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35) le dijo el sacerdote Simeón. Nadie amó y ama tanto al Señor como María, ni los hombres ni los ángeles; nadie tampoco es amada tanto por el Señor como María. El amor es la perfección de la santidad (cfr Mt 22,37-40). Entonces nadie es más santa que María. Ella es la Reina del amor y de la santidad. Por eso le decimos “María Santísima”.



  1. El amor de María no era puramente natural, por ser la madre biológica del Señor. El ser “llena de gracia”, inmaculada y perfecta, la capacitaba para un amor sobrenatural y perfecto. Jesús dijo:”Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Mc 3,33-35; Lc 11,27-28). María estaba atenta y disponible a cumplir la voluntad de Dios. Dos expresiones, que ya citamos arriba, nos lo aseguran: “Guardaba todas estas cosas en su corazón y las meditaba” (Lc 2,19); “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según su Palabra”. Perfecta discípula de su Hijo, María hizo todo con amor y por amor. Por eso Dios “miró la humildad de su esclava” e hizo en ella “grandes cosas”. La hizo Madre del Salvador, la hizo Reina del cielo y de la tierra.



  1. El reinado de María no es de pompas y de prepotencias como los reinos de la tierra. El reinado de María es el de su Hijo, que no es de este mundo (cfr Jn 18,36), no se manifiesta con las características del mundo. María tiene todo el poder como reina de cielos y tierra y a la vez, la ternura de ser Madre de Dios. En la tierra ella fue siempre humilde, la sierva del Señor. Se dedicó totalmente a su Hijo y a su obra. Con El y sometida con todo su corazón y con toda su voluntad a El, colaboró en el misterio de la Redención. Ahora en el cielo ella continúa manifestando su amor y su servicio para llevarnos a la salvación” (citado en www.corazones.org).



  1. El dogma de la Asunción al cielo de María Santísima, es el sello de una verdad que la consagra definitivamente como Reina. El Concilio Vat II° afirma: “La Virgen Inmaculada… asunta al cielo en cuerpo y alma a la gloria celestial, fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG n.59). El Papa Pio XII con la “Munificentissimus Deus” proclamó el dogma de la Asunción de esta manera: “…declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.



  1. La Asunción de la Virgen al cielo “en cuerpo y alma” es una consecuencia lógica, legítima y, diríamos debida, de la Inmaculada Concepción, de la Maternidad divina, y no por último del amor sin medida que su Hijo le tenía. La corrupción de la muerte fue causada por el pecado: María no tuvo pecado, luego no merecía la corrupción. Convenía que la Madre de Dios, de quien se originó el cuerpo glorioso de Cristo, tuviera el mismo destino glorioso, sin padecer la corrupción y disolución de la muerte corporal. El amor del Hijo guardó intacta la figura de su Madre, con su poder de dar la vida que comparte con el Padre (cfr. Jn 5,21). Se trató de una resurrección anticipada. Jesús nos ha revelado que todos los hombres resucitarán al fin de los tiempos, para el juicio universal. San Pablo habla de que los que se salvarán tendrán un “cuerpo glorioso”. María ya está glorificada con su cuerpo y su alma, reinando junto a su Hijo divino, quien resucitó al tercer día con un “cuerpo glorioso”. El dogma ratifica la fe de toda la cristiandad católica.
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