Para conocer bien a la Virgen María no tenemos otras fuentes que la Sagrada Escritura. El mismo Dios nos la presenta con pocas y breves palabras, pero que dicen






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MARÍA, LA VIRGEN

  1. María fue la Madre Virgen de Jesús de Nazaret, el Mesías, el Hijo de Dios. "Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emanuel" (Cf. Is., 7, 14; Miq., 5, 2-3; Mt., 1, 22-23) (LG, 55). Según los datos bíblicos María engendró a Jesús por obra del Espíritu Santo, no por la unión con un varón. Así se lo dijo el ángel Gabriel: « El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). El Evangelio dice que María en Belén dio a luz a su “primogenito”. Eso significa que antes no tuvo otros hijos, ni con José ni con nadie. Incluso los protestantes están de acuerdo que María fue virgen hasta el nacimiento de Jesús. Las Iglesias Católica, Anglicana, Ortodoxa y Copta, afirman que María siempre fue Virgen, también después de nacer Jesús. Los que lo niegan, citan algunos pasos de los Evangelios donde basan su afirmación y su convicción. Pero esos pasos no son prueba contundente; no son problema, pues tiene explicación por otros datos bíblicos.



  1. Son tres particularmente los pasajes bíblicos en que se apoyan los que niegan la virginidad posterior de María. 1) Mateo 12,47: “Mira que tu madre y tus hermanos están allí fuera preguntando por ti". 2) Mateo 1,25 donde se lee: "Al despertar José de su sueño hizo como el ángel le había mandado, recibiendo en casa a su esposa. No la conoció hasta que dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús". 3) Lucas 2,7 que dice: "y dio a luz a su primogénito”. Con respecto a los hermanos de Jesús, sabemos por cierto que eran primos o parientes: los Hebreos con la misma palabra “hermano” incluían a los parientes en general. Nos bastan algunos ejemplos. La Biblia afirma que Abraham era tío de Lot (Gén. 11:27; 12:5); no obstante a Lot y Abraham más de una vez se los denomina “hermanos” (Gén. 13:8; 14:14,16). También Labán llama “hermano” a Jacob, sin embargo era su “sobrino”, hijo de su hermano Abrahám (Gen 29:15). Tobías consideraba hermana a su esposa Sara (Tob 1,19). Así se comprende entonces que Asaía tuviera “doscientos veinte hermanos” (1.ª Cró 15:6).



  1. Y vemos muchos más casos en la Biblia donde se llama "hermano" o "hermana" a quien en realidad no son sino parientes: primos, sobrinos, tíos, etc., pero no verdaderos hermanos: - Los hijos de Aarón son llamados hermanos de Missael y Elsafá, que en realidad eran primos segundos. -Joaquín hizo rey a su hermano Sedecías, que era su tío. - Se citan los hermanos de Ocozías, que eran primos o sobrinos - Se dicen que las hijas de Eleazar se casaron con sus hermanos, pero éstos eran primos. - Flavio Josefo, en sus "Antigüedades Judaicas", explica que Abraham llama hermana a su mujer Sara porque era sobrina, hija de un hermano. - A Rebeca, su madre le llama hermana (Gn 24, 55-60). El hijo de Tobías le dice hermana a su esposa, hija de Ragüel y Edna. En griego existía una palabra que significaba "primo"; en hebreo y arameo no existía una palabra para "primo" y se le decía hermano.



  1. Con respecto a los citados hermanos de Jesús: “¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, José, Judas y Simón?” (Marcos 6,3; igual Mt 13, 53), el mismo Mateo indica en otro lugar (27,56) que la madre de estos cuatro es una mujer distinta de la Virgen, “la otra María (Mt 28,1). Y San Juan en 19,25 aclara más: esta mujer era esposa de Cleofás y "hermana" (es decir, pariente) de la Virgen. También en Marcos 15,40 se habla de Santiago y José como hijos de otra María (la mujer de Cleofás). Igualmente Lucas 24,10 habla de una María, madre de Santiago, uno de los cuatro. Por lo tanto los mismos Evangelios presentan a estos cuatro como parientes de Jesús, no como hijos de la Virgen.



  1. En todo el Nuevo Testamento se ve únicamente a la Sagrada Familia: Jesús, María y José, nadie más, ningún otro hijo más que Jesús solamente. La Sagrada Familia regresa de Egipto con un único niño: Jesús; peregrina a Jerusalén, cuando Jesús tenía 12 años, con un solo niño: Jesús; y cuando hace mención a que el Niño Jesús "crecía en gracia ante Dios y los hombres" (Lucas 2, 52) no hace mención a que Jesús tuviera hermanos. Sólo más adelante aparecen unos "hermanos" de Jesús, que en realidad ya hemos visto que eran primos de Jesús. En el Evangelio se llama a Jesús "el hijo de María", no "un hijo de María", sino "el hijo", señal de que sólo tenía uno: Jesús.



  1. Con respecto al texto de Mateo 1,25 donde se afirma que José “no la conoció (no tuvo relaciones) hasta que dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús”; podría suponerse que después sí, pudo haber tenido relaciones conyugales con María. Sin embargo no fue así, pues ya vimos como la Virgen no tuvo otros hijos. Además en hebreo o arameo, incluso en griego, esa conjunción de tiempo (hasta, hasta que), no implica que lo que no ha sucedido antes suceda más tarde. Son numerosos los ejemplos bíblicos que lo confirman: "Este pecado nunca será perdonado hasta que muráis" (Lucas 22, 14). "Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies" (Salmo 110). "Ninguno de ellos había caído, hasta que volvieron felizmente" (Macabeos 5, 54).



  1. El tercer texto esgrimido para demostrar que María tuvo más de un hijo es éste: “Y dio a luz a su primogénito” (Lc 2,7). Un primogénito supone otros hijos, se arguye. Pero no es necesariamente así. A esta objeción podría responderse como respondió San Jerónimo a Helvidio: "Primogénito no es aquel tras del cual vienen otros hijos, sino aquel antes del cual no ha habido ningún hijo". En la Biblia es frecuente que el término "primogénito", tenga el sentido de hijo único. Valga esta cita por todas: "Y de nuevo, al introducir Dios Padre al Primogénito, Cristo, en el mundo, dijo: Adórenlo lo ángeles de Dios " (Heb 1,6). Aquí está claro que primogénito equivale a único (Dios sólo tiene un hijo natural, Cristo). En un cementerio judío de Egipto se encontró este epitafio en la tumba de una joven madre muerta a consecuencia del primer parto, que reza así: "La suerte me condujo al final de la vida por el dolor que me produjo el parto de mi hijo primogénito". Está claro que ya no tuvo hijos después, pues murió, y sin embargo a su unigénito le dice primogénito.



  1. ¿Por qué – si María estaba llamada a ser virgen por la altísima dignidad de su maternidad divina – Dios le asignó un esposo? Las razones son obvias. Primero para que María no fuera considerada como una mala mujer, una adúltera, al aparecer embarazada sin estar casada (así pensó José, por eso quiso repudiarla (Mt 1,19); podía haberla hecho apedrear); y para que el Hijo de Dios no fuera considerado como fruto del pecado. Segundo, para que María tuviera un apoyo y una ayuda para criar y cuidar al niño Dios; muy importante era el reconocimiento jurídico y legal que el niño Jesús podía recibir solo a través de un padre. José, que era un “hombre justo” (es decir bueno, santo), aceptó la misión de ser padre adoptivo, respetando a María, después que el Señor le reveló el gran misterio del inesperado embarazo de la Virgen (Mt 1,18-24).



  1. Recordemos por último que la virginidad de María - antes, durante y después del parto - es un dogma de fe, proclamado por la Iglesia, con la autoridad que le dio Cristo. Entonces podemos profundizarlo, para comprenderlo siempre más, pero no podemos negarlo, porqué negaríamos lo que dijo Jesús a sus discípulos: “Quien os escucha, a mi me escucha; quien os rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10,16). Negaríamos también al Espíritu Santo, que Jesús envió a la Iglesia justamente para iluminarla y “guiarla a la verdad plena” (Jn 16,13). Por supuesto la Iglesia no define una verdad dogmática por capricho y sin fundamento, sino que recoge toda la doctrina de los teólogos y la fe del pueblo, tratando de fundamentarla en la Palabra de Dios, directa o indirectamente, como verdad explícita o como consecuencia de otras verdades.



  1. San Juan Pablo II° en su catequesis del 10-7-1996 afirma: << El concilio de Calcedonia (451), en su profesión de fe, redactada esmeradamente y con contenido definido de modo infalible, afirma que Cristo «en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, (fue) engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humanidad» (DS 301). Del mismo modo, el tercer concilio de Constantinopla (681) proclama que Jesucristo «nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que es propiamente y según verdad madre de Dios, según la humanidad» (DS 555). Otros concilios ecuménicos (Constantinopolitano II, Lateranense IV y Lugdunense II) declaran a María «siempre virgen», subrayando su virginidad perpetua (cf. DS 423, 801 y 852). El concilio Vaticano II ha recogido esas afirmaciones, destacando el hecho de que María, «por su fe y su obediencia, engendró en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo» (LG, 63) >>



  1. << La expresión “siempre virgen” fue recogida por el segundo concilio de Constantinopla, que afirmó: el Verbo de Dios «se encarnó de la santa gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, y nació de ella» (DS 422). Esta doctrina fue confirmada por otros dos concilios ecuménicos, el cuarto de Letrán, año 1215 (DS 801), y el segundo de Lyón, año 1274 (DS 852), y por el texto de la definición del dogma de la Asunción, año 1950 (DS 3.903), en el que la virginidad perpetua de María es aducida entre los motivos de su elevación en cuerpo y alma a la gloria celeste >>. (Catequesis de Juan Pablo II° del 28-8-1996)



  1. En general quienes niegan la virginidad de María, son aquellos que desconocen “el poder del Altísimo” (Lc 1,35) y piensan que la sexualidad es un absoluto, de la cual no se puede hacer a menos. Sin embargo hay miles de hombres y mujeres que hacen voto de castidad para entregarse a Dios en el sacerdocio o en la vida religiosa. Con la gracia de Dios todo es posible. Sabemos que algunos judíos también hacían este voto (ej.: los Esenios). Además habían mujeres consagradas vírgenes para el servicio del Templo. María era la “llena de gracia”, destinada por Dios a ser Madre virginal, consagrada a su Hijo; y “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). El mismo Jesús dirá: “Todo es posible para el que cree” (Mc 9,23) . Y María creyó y se entregó a la obra maravillosa de Dios (Lc 1,38). “Feliz de ti porque has creído” (Lc 1,45), le dice su prima Isabel. María contesta con un canto de alabanza y agradecimiento a Dios: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…. porque ha hecho en mí grandes cosas” (Lc 1,46-49).



  1. El Catecismo de la Iglesia Católica confirma toda la teología bíblica, la teología Patrística y del Magisterio de la Iglesia sobre la virginidad perpetua de María. En el número 499 dice: “La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de disminuir, consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen" (cf. LG 52). Si María es perfecta, entonces su consagración virginal, - no como renuncia, sino como consagración a un amor más perfecto a Dios – es lógica, consecuente y conveniente.

MARIA, DISCÍPULA de su Hijo

  1. Discípulo es aquel que es elegido por el Señor, acepta su llamado, convive con El, aprende su mensaje doctrinal y su estilo de vida, crece en la fe y en el amor, se hace testigo y pregonero del Señor, colabora con su misión salvadora, comparte su triunfo y su dicha absoluta. En María se concretizan de manera perfecta todos estos aspectos.



  1. Jesús dijo a los Apóstoles: “No son Ustedes quienes me han elegido a mí; sino yo quien los elegí a Ustedes” (Jn 15,16; cfr Mc 3,13). Así también María fue elegida por Dios para ser Madre del Redentor. La preservó del pecado, la colmó de gracias y privilegios, se fijó en su humildad y en su belleza interior y le propuso ser madre de su “Hijo amado”. Ya en el A.T. vemos como Dios eligió a Abrahán y los patriarcas, a Moisés, los jueces, los reyes, los levitas, los sacerdotes, los profetas… Los ungía consagrándolos para su servicio. A María le confió la misión más alta y más digna de todos los tiempos, por eso la hizo perfecta. Muchas veces el Señor no se fija en lo que uno ha sido, sino en lo que podrá ser y hacer con su gracia. Así ocurrió con San Pablo, a quien convirtió de perseguidor en el apóstol más apasionado. En María “hizo grandes cosas” (Lc 1,49) en previsión de su maternidad divina. Y ella canta agradecida al Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46-47).



  1. El llamado de Dios siempre provoca una respuesta gozosa y confiada, porque nos compromete para grandes cosas y nos promete grandes recompensas; además todos entienden que lo que viene de Dios siempre es lo mejor. A los Apóstoles Jesús prometió “el cien por uno y la vida eterna” (Mt 19,29) y que los haría sentar “sobre doce tronos en su Reino” (Lc 22,30); además le ofreció su amistad especial (Jn 15,15) y un lugar en las moradas celestiales (Jn 14,2). María acepta obediente y totalmente dispuesta la propuesta de ser Madre del Mesías, Madre del Hijo del Altísimo: “Yo soy la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y Dios le reservó una recompensa incomparable, haciéndola “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42) llenándola de gozo: “Mi alma se alegra en Dios mi Salvador… Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,47-48).



  1. El discípulo está a contacto con el maestro, lo sigue, convive con él. El Evangelio dice que Jesús “eligió de entre ellos (discípulos) a doce, para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar. A estos le dio el nombre de Apóstoles” (Mc 3,14). María no solo engendró a Jesús, sino que estuvo siempre con El, en el hogar de Nazaret durante treinta años, viéndolo crecer “en estatura, en sabiduría y en gracia” (Lc 2,52), luego lo acompañó durante su ministerio hasta el pie de la cruz. Después de la resurrección sintió la presencia de su glorioso Hijo que prometió acompañar a sus discípulos hasta el fin del mundo (cfr. Mt 20,28). Y el Señor luego se la llevó en cuerpo y alma a las moradas eternas.



  1. La palabra “discípulo” viene del latín “discere” que quiere decir aprender. El discípulo es aquel que quiere aprender una doctrina, una sabiduría, una ciencia., un arte. Al maestro o profesor se le dice “docente”, palabra que viene del latín “dócere” y significa enseñar. Aquel que sabe mucho se le dice docto; a los profesionales de la medicina y de la educación, de las leyes y de algunas ciencias, se les dice doctores. A Jesús le decían Maestro, porque se dedicaba a enseñar las verdades divinas y eternas. El mismo afirma que no hay que decir a nadie maestro o doctor en las cosas de Dios, porque hay uno solo, y es el Cristo. En efecto “nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Los discípulos aprendieron de Jesús no solo una doctrina, que luego redactaron fielmente en los libros del Nuevo Testamento, sino sobre todo su manera de vivir y de relacionarse con Dios Padre y con el prójimo. María, si bien enseñó a Jesús, cuando niño, todas las cosas humanas, luego aprendió de su Hijo las cosas divinas. Ella también se convirtió en discípula: la primera y la más perfecta de todos. Estaba atenta a todo lo que decía y hacía Jesús, y “conservaba todas esas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19).



  1. María tuvo en sus entrañas, en su regazo y en su hogar al Hijo de Dios, al Maestro divino. De El aprendió como buena discípula, a hacer siempre la voluntad del Padre: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Mt 12,50). María aprendió a vivir como Jesús, a quien escuchó decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Ella fue y es como su Hijo: pobre y humilde, mansa, pacífica, limpia de corazón, amante de la perfección, misericordiosa, sufriendo con su Hijo por la causa del Reino de Dios… (cfr las bienaventuranzas: Mt 5,3.12). “Sean perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) dijo Jesús; María es perfecta, inmaculada, llena de gracia. El divino Maestro enseñó que hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo; eso resume toda la Ley y los Profetas (cfr Mt 22,37-40): María vivió totalmente consagrada a Dios y a su Hijo divino. El Documento de Aparecida n° 266 afirma que la vida de María es “la máxima expresión de la existencia cristiana… por su fe (Lc 1,45) y obediencia a la voluntad de Dios (Lc 1,38), así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (cfr. Lc 2,19.51)”.



  1. Toda persona que se hace discípulo de otro, es porque cree en él. Pero para llegar a apreciarlo y tenerle fe, debe conocerlo. Los Apóstoles siguieron a Cristo y fueron conociéndolo poco a poco. Descubrieron su identidad mesiánica y divina; quedaron admirados y encantados con su doctrina, sus virtudes y su poder. Los acontecimientos de la Pascua, de la Ascensión y de Pentecostés los afianzaron en su fe y se fueron a pregonarlo por todo el mundo, dando la vida por El y por su Evangelio. ¿Quién más que María conocía a Jesús? Desde el momento de la Anunciación supo que su vida y su destino estaba unido al del Hijo de Dios. Jesús era su hijo único, por lo tanto toda su atención y todo su corazón era para él. Seguramente María captó toda la psicología humana del niño y del joven Jesús; sintonizaba con sus alegrías y con sus penas, con sus anhelos y sus proyectos; pero no podía abarcar la magnitud y el misterio de su personalidad divina.



  1. María fue creciendo y madurando en la fe, porque no lo sabía todo de su misterioso Hijo. Así lo explica en la encíclica “Redentoris Mater” el papa San J. Pablo II°. Así también lo expresa el Documento de Aparecida 266: “Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe, como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre”. Cuando Simeón y Ana hablaron proféticamente del niño, “su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él¨ (2,25-33.36-38). Cuando el niño a los doce años, perdido y hallado en el templo de Jerusalén, le contestó a su madre que debía ocuparse de las cosas de su Padre, el Evangelio afirma que María y José no comprendieron lo que les decía (cfr. Lc 2,50). A medida que Jesús se iba manifestando, también María lo iba conociendo más, amándolo más, convirtiéndose en su discípula y adoradora. Ya en las bodas de Caná, María sabe del poder de Jesús, por eso le pide que saque de apuro a la pareja de esposos; y Jesús convirtió el agua en vino. Luego ella lo siguió en su vida pública, a veces de cerca, otras veces de lejos, escuchando o enterándose de sus discursos, parábolas, enseñanza y milagros; y se unió más y más a su vida y su misión, hasta el calvario, gozando y sufriendo con El, hecha un solo corazón con su amado Hijo.



  1. Seguramente María sufrió una dura prueba en su fe, cuando vislumbró el doloroso final de Jesús. Ella como los discípulos, pensaba que el Mesías, su Hijo, vino al mundo para vencer a los enemigos y restaurar el Reino de Dios; pero la perspectiva de la cruz la habrá desconcertado. Habrá reflexionado y meditado, como sabía hacerlo, y recordando las Escrituras y las palabras del mismo Jesús, que predijo su muerte pero también su resurrección, se habrá apaciguado. La resurrección confirmará su fe inquebrantable y su amor inefable a su Hijo adorado, el Hijo de Dios, que se sometió a la pasión y muerte, para dar vida al mundo entero. Seguramente recordaría las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.



  1. <<Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad. Es la perfecta discipula que se abre a la Palabra y se deja penetrar por su dinamismo: cuando no la comprende y queda sorprendida, no la rechaza o relega; la medita y la guarda (cfr. Lc 2,51). Y cuando suena duro a sus oídos, persiste confiadamente en el dialogo de fe con el Dios que le habla; así en la escena del hallazgo de Jesús en el templo y en Caná, cuando su Hijo rechaza inicialmente su suplica y a asociarse a la cruz, como al único árbol de la vida. Por su fe es la Virgen fiel, en quien se cumple la bienaventuranza mayor: "feliz la que ha creído" (Lc 1,45)>>. (Juan Pablo II, Homilía Guadalupe. AAS LXXI, p. 164).



  1. Jesús dijo a sus discípulos: “Recibirán el Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). El Espíritu Santo les recordará todo lo que Jesús había dicho y hecho, les abrirá la mente para una comprensión total del misterio de Cristo (cfr. Jn 14,26) y les dará valor para anunciarlo con gozo y valentía. María también recibió el Espíritu Santo junto con los Apóstoles en Pentecostés, y recordaba perfectamente todos los detalles de su vida compartida con el Señor, desde la Anunciación hasta su muerte y Resurrección, porque “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Ella es la testigo más cualificada y más apasionada, porque la fe, el amor y la convivencia con su Hijo divino la convierte en la fuente principal de todo conocimiento fidedigno sobre Jesús, el Mesías, el Salvador. Será ella quien proporcionará a la primera comunidad cristiana y a los escritores del N.T. las noticias sobre los acontecimientos de la concepción, el nacimiento en Belén y la infancia de Jesús en Nazaret. Luego se unirá a los discípulos en el seguimiento de Cristo en su vida pública, presenciará su muerte en el Calvario y lo verá resucitado, glorioso y triunfante.



  1. María revelará que el Angel Gabriel le había dicho que tendría un hijo, a quien debía ponerle por nombre Jesús (que significa Salvador), sería grande, Hijo del Altísimo, Rey eterno (cfr Lc 1,30-33). Y así fue. Y ella lo pregonará a todo el mundo, uniéndose a la obra evangelizadora de los apóstoles y de la Iglesia. El Documento de Aparecida dice que María fuePerfecta discípula y pedagoga de la evangelización” (DA. 1),Primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos> (DA. 25),La discípula más perfecta del Señor> (DA. 266),Imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo> (DA. 270),La seguidora más radical de Cristo> (DA. 270), (DA. 364), (DA.451).



  1. La obra evangelizadora de María es prácticamente universal. Su presencia y su intervención en la Iglesia es constante y relevante. Donde está Cristo, está su madre, amando, socorriendo, salvando. Su único deseo es que conozcan a su Hijo y “hagan todo lo que él les diga” (Jn 2,5). María atrae multitudes hacia Dios. Todos los países cristianos tienen santuarios marianos, que son lugares de oración y de conversión. Su mirada materna y compasiva, su belleza sobrenatural, su actitud humilde y acogedora, y su poderosa intercesión, inspiran confianza, ablanda los corazones y despierta las conciencias. Millones de peregrinos y de penitentes recobran la fe y la gracia en el encuentro con María. Ella es la versión femenina y materna de bondad y la misericordia de Dios; por eso nos acercamos a ella sin temor, y esperamos ser aceptados, perdonados y salvados. María es mujer, es madre, y como tal solo vemos en ella amor, protección, refugio, misericordia. Con eso nos conquista para Dios, para la vida eterna. Por eso la invocamos con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.



  1. Jesús vino al mundo para buscar a las “ovejas perdidas”, a los “hijos pródigos”. Y dijo que “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15,7). Seguramente María gozaba al ver tanta gente que escuchaba a su Hijo Divino y lo seguía con fe y entusiasmo. En el Magnificat María había cantado la gloria de Dios, porque “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… enaltece a los humildes y a los hambrientos los colma de bienes” (Lc 1,50-51). Eso vio hacer a Jesús; eso hará ella siempre, a través de los siglos: brindar misericordia y colmar de bienes a los humildes, pobres, pecadores, enfermos y afligidos. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28). María se asemeja a Jesús; tiene el mismo corazón de su Hijo, el Buen Pastor, el que dio la vida por sus ovejas. Discípula perfecta, María hace con Jesús una sola bondad infinita.
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