“a pilar”






descargar 1 Mb.
título“a pilar”
página6/43
fecha de publicación07.06.2016
tamaño1 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   43
Alrededor de la hoguera hubo un discreto murmullo de aprobación, el carpintero José, claramente, llevaba la victoria en el debate, a ver ahora con qué sale Simeón, qué respuesta le da. Y he aquí como lo dijo, sin espíritu ni imaginación, Por deber de respeto, no tenías más que responder a mi pregunta, y José dijo, Si te respondiese como querías, pronto quedaría al descubierto la vanidad de la cuestión, tendrás que admitir, por mucho que te cueste, que lo que yo hice fue mostrarte el mayor respeto, facilitándote, anunque no lo quisiste entender, la oportunidad de discurrir sobre un tema que a todos intersaría, es decir, si querría o podría el Señor, alguna vez, esconder su pueblo ante los ojos del enemigo, Ahora estás hablando del pueblo de Dios como si fuese tu hijo no nacido, No pongas en mi boca, Simeón, palabras que no he dicho ni diré, y escucha lo que es para ser comprendido de una manera y lo que es para ser comprendido de otra. A esta tirada no respondió ya Simeón. Se levantó el corro y fue a sentarse en el lugar más oscuro, acompañado de otros hombres de la familia, obligados por la solidaridad de la sangre, pero, en lo más íntimo, despechados por la tristísima figura que el patriarca había hecho en aquellas justas verbales.
Allí, entre la compañía, cubriendo el silencio que siguió a los rumores y murmullos de quien se dispone al reposo, se hizo otra vez perceptible el sordo oleaje de las conversaciones en el caravasar, cortadas por alguna exclamación más sonora, por el resuello y pateo de los animales y, a veces, por el bramido áspero, grotesco, de un camello picado de celo. Fue entonces cuando, todos juntos, concertando el ritmo del recitado, los viajeros de Nazaret, sin cuidarse ya de la reciente discordia, entonaron en voz baja, pero ruidosamente siendo tantos, la última y la más larga de cuantas oraciones van dirigidas al Señor a lo largo del día y que así dice, Alabado seas tú, Dios nuestro, rey del universo, que haces caer las ataduras del sueño sobre mis ojos y el torpor sobre mis párpados, y que a mis pupilas no retiras la luz.
Sea tu voluntad, Señor mi Dios, que me acueste ahora en paz y pueda mañana despertar para una vida feliz y pacífica, consiente que me aplique en el cumplimiento de tus preceptos y no permitas que me acostumbre a acto alguno de transgresión. No permitas que caiga en el poder del pecado, de la tentación ni de la vergüenza. Has que tengan presencia en mí las buenas inclinaciones, no dejes que tengan poder sobre mí las malas. Líbrame de las inclinaciones ruines y de las enfermedades mortales, y que no me vea perturbado por sueños malos y malos pensamientos y que no sueñe con la Muerte. Pasados pocos minutos, ya los más justos, si no los más cansados, dormían, algunos tuvieron que esperar mucho, allí estaban, sin otro abrigo la mayoría que sus propias túnicas, sólo los viejos y los chiquillos, frágiles unos y otros, gozaban del conforto de un paño grueso o de una escasa manta. Al faltarle el alimento, la hoguera se consumía, unas llamas desmayadas danzaban aún sobre el último leño recogido de camino para este útil fin.
Bajo el arco que abrigaba a las gentes de Nazaret, todos dormían. Todos, con excepción de María. Al no poder tumbarse por causa de la incomodidad del vientre, que a la vista más parecía contener un gigante, se reclinó en unas alforjas buscando amparo para sus martirizados riñones. Como los otros, estuvo oyendo el debate entre José y el viejo Simeón, y se alegró con la victoria del marido, como es obligación de toda mujer, aunque se trate de peleas incruentas, como ésta fue.
Pero ya estaba barrido de su memoria el motivo de la discusión, o es que el recuerdo del debate se había sumergido entre las sensaciones que dentro de su cuerpo iban y venían, igual que las marcas del océano, nunca visto, pero del que alguna vez oyó hablar, fluyendo y refluyendo, entre el ansioso choque de las olas que eran los movimientos del hijo, movimientos singulares, como si estando dentro de ella quisiera levantarla, a pulso, sobre sus hombros. Sólo los ojos de María estaban abiertos, brillando en la penumbra, y siguieron brillando incluso cuando la hoguera se apagó del todo, pero nada de extraño tiene esto, les sucede a todas las madres desde el principio del mundo, aunque nosotros lo supiéramos definitivamente cuando a la mujer del carpintero José se le apareció un ángel, que lo era, según su propia declaración, a pesar de venir en figura de mendigo itinerante.
También en el caravasar cantaban gallos en la fresca madrugada, pero los viajeros, mercaderes, arrieros, conductores de camellos, urgidos por sus obligaciones, apenas esperaron el primer canto, y muy temprano empezaron los preparativos de la jornada, cargando las bestias con sus haberes y teneres propios, o con las mercaderías del negocio, de este modo levantaban en el campo un barullo que dejaba pequeña a la vista, o a los oídos mejor, para usar la palabra exacta, la algarabía de la víspera. Cuando estos se hubieron ido, el caravasar pasa algunas horas más tranquilas, como un lagarto pardo tendido al sol, pues se quedan sólo los huéspedes que decidieron descansar un día entero, hasta que, acercándose la caída de la tarde, empiece a llegar el nuevo turno de camineros, a cual más sucio, pero todos fatigados, aunque manteniendo intactas y poderosas las cuerdas vocales, acaban de entrar y están gritando ya como posesos de mil diablos, con perdón. Que la compañía de Nazaret vaya engrosada desde aquí es algo que no debe sorprender a nadie, se juntaron diez personas más, mucho se engaña quien imagine que esta tierra es un desierto, mayormente en época tan festiva, de censos y de Pascuas, conforme fue explicado.
Entendió José, de sí y para sí, que su deber sería hacer las paces con el viejo Simeón, no por pensar que con la noche hubieran perdido fuerza y razón sus argumentos, sino porque fue instruido en el respeto a los más viejos y en particular a los ancianos que, pobrecillos, habiendo vivido una larga vida, que ahora se apaga robándoles el espíritu y el entendimiento, no pocas veces se ven desconsiderados por la gente joven. Se aproximó a él, y le dijo en tono de comedimiento, Vengo a pedirte disculpas si te parecí insolente e infatuado anoche, nunca fue mi intención faltarte al respeto, pero ya sabes cómo son las cosas, una palabra tira de la otra, las buenas tiran de las malas, y acabamos diciendo siempre más de lo que queríamos. Simeón oyó con la cabeza baja y respondió al fin, Estás disculpado. A cambio de su generoso movimiento, era natural que José esperase una respuesta más benévola del obstinado viejo y, con la esperanza de oír palabras que creía merecer, caminó a su lado durante un buen trozo de tiempo y de camino. Pero Simeón, con los ojos puestos en el polvo del sendero, hacía como si no advirtiera su presencia, hasta que el carpintero, justamente enfadado, esbozó el gesto de quien va a alejarse. Entonces el viejo, como si súbitamente lo hubiese abandonado el pensamiento fijo que lo ocupaba, dio un paso rápido y lo cogió de la túnica. Espera, dijo. Sorprendido, José se volvió hacia él. Simeón se había parado y repetía, Espera. Fueron pasando los otros hombres y ahora están estos dos en medio del camino, como en tierra de nadie, entre el grupo de los varones, que se iba alejando, y el de las mujeres, allí atrás, cada vez más cerca. Por encima de las cabezas podía verse la silueta de María, balanceándose al compás de la andadura del asno.
Habían dejado el valle de Isreel. La senda, ladeando cerros, vencía dificultosamente la primera cuesta, para embreñarse en los montes de Samaria, por el lado de poniente, a lo largo de los cerros áridos tras los que, cayendo hacia el Jordán y arrastrando en dirección sur su rasero ardiente, el desierto de Judea quemaba y requemaba la antiquísima cicatriz de una tierra que, siendo prometida a unos, nunca sabría a quién entregarse.
Espera, dijo Simeón, y el carpintero obedeció, ahora inquieto, temeroso sin saber por qué. Las mujeres estaban cerca ya. Entonces el viejo volvió a andar, agarrándose a la túnica de José, como si le huyeran las fuerzas, y dijo, Anoche, después de retirarme a dormir, tuve una visión, Una visión, Sí, pero no una visión de ver cosas, como siempre acontece, fue más bien como si pudiese ver lo que está detrás de las palabras aquellas que dijiste, que si tu hijo no hubiera nacido aún cuando llegase el último día del censo, sería porque el Señor no quiere que los romanos sepan de él y lo pongan en sus listas, Sí, yo dije eso, pero qué viste tú, No vi cosas, fue como si, de pronto, tuviese la certeza de que sería mejor que los romanos no supieran nada de la existencia de tu hijo, que nadie supiera nunca nada de él y que, si ha de venir a este mundo, al menos que viva en él sin pena ni gloria, como aquellos hombres que allí van y las mujeres que ahí vienen, ignorado, como cualquiera de nosotros, hasta la hora de su muerte y después de ella, Siendo su padre lo que yo soy, es decir nada, un carpintero de Nazaret, esa vida que le deseas es la que seguramente va a tener, No eres tú el único que dispone de la vida de tu hijo, Sí, todo el poder está en el Señor Dios, él es quien lo sabe, Así fue siempre y así lo creemos, Pero háblame de mi hijo, qué has sabido de mi hijo, Nada, sólo aquellas palabras tuyas que, en un relámpago, me pareció que contenían otro sentido, como si mirando por primera vez un huevo tuviese la percepción del pollito que hay dentro, Dios quiso lo que hizo e hizo lo que quiso, en sus manos está mi hijo, yo nada puedo, En verdad, así es, pero estos son aún los días en los que Dios comparte con la mujer la posesión del niño, Que después, si es varón, será mía y de Dios, O sólo de Dios, Todos lo somos, No todos, hay algunos que andan divididos entre Dios y el Diablo, Cómo saberlo, Si la ley no hubiera silenciado a las mujeres para todo y para siempre, tal vez ellas, porque inventaron aquel primer pecado, del que todos los demás nacieron, supieran decirnos lo que nos hace falta saber, Qué, Qué partes divina y demoníaca las componen, qué especie de humanidad llevan dentro de sí, No te comprendo, creo que estabas hablando de mi hijo, No hablaba de tu hijo, hablaba de las mujeres y de cómo generan los seres que somos, si no será por voluntad de ellas, si es que lo saben, por lo que cada uno de nosotros es este poco y este mucho, esta bondad y esta maldad, esta paz y esta guerra, revuelta y mansedumbre.
José miró hacia atrás, venía María en su asno, con un chiquillo ante ella, montando a horcajadas, a la manera de los hombres y, por un instante, imaginó que era ya su hijo y a María la vio como si fuera la primera vez, avanzando en delantera de la tropa femenina, ahora engrosada. Todavía resonaban en sus oídos las extrañas palabras de Simeón, pero le costaba trabajo aceptar que una mujer pudiera tener tanta importancia, al menos ésta suya nunca le dio señal, por mediocre que fuese, de valer más que el común de todas. Fue en este momento, pero entonces iba mirando hacia delante, cuando le vino a la memoria el caso del mendigo y de la tierra luminosa. Se estremeció de la cabeza a los pies, se le erizaron el pelo y las carnes, y aún más cuando, al volverse de nuevo hacia María, vio, con sus ojos claramente visto, caminando al lado de ella a un hombre alto, tan alto que sus hombros se veían por encima de las cabezas de las mujeres y era, por estos signos, el mendigo que nunca pudiera ver.
Volvió a mirar y allí estaba él, presencia insólita, incongruencia total, sin ninguna razón humana que justificara su presencia, varón entre mujeres. Iba José a pedirle a Simeón que mirase también él hacia atrás, que le confirmase estos imposibles, pero el viejo ya se había adelantado, dijo lo que tenía que decir y ahora se unía a los hombres de su familia para recobrar el simple papel de hombre de más edad, que es siempre el que menos tiempo dura. Entonces, el carpintero, sin otro testigo, volvió a mirar a la mujer. El hombre ya no estaba allí.


Habían atravesado en dirección al sur toda la región de Samaria, y lo hicieron a marchas forzadas, con un ojo atento al camino y el otro, inquieto, escrutando las cercanías, temerosos de los sentimientos de hostilidad, aunque más exacto sería decir aversión, de los habitantes de aquellas tierras, descendientes en maldades y herederos en herejías de los antiguos colonos asirios, que llegaron a estos parajes en tiempos de Salmanasar, rey de Nínive, tras la expulsión y dispersión de las Doce Tribus, y que, teniendo algo de judíos, pero mucho más de paganos, sólo reconocían como ley sagrada los Cinco Libros de Moisés y afirmaban que el lugar elegido por Dios para edificar su templo no era Jerusalén, y sí, imaginaos, el monte Gerizim, que está en sus territorios. Caminaron deprisa los de Galilea, pero aun así tuvieron que pasar dos noches en campo enemigo, al relente, con vigías y rondas, por si se daba el caso de que los malvados atacaran a la callada, capaces como son de las peores acciones, llegando al extremo de negar una sed de agua a quien, de puro tronco hebreo, de necesidad se estuviese muriendo, no vale mencionar alguna excepción conocida, porque no es más que eso, una excepción. Hasta tal punto llegó la ansiedad de los viajeros durante el trayecto que, contrariando la costumbre, los hombres se dividieron en dos grupos, delante y detrás de las mujeres y niños, para guardarlas de insultos o cosa peor. Pero estarían los de Samaria de humor pacífico en esos días, porque, aparte de aquellos con quienes en el camino tropezaron, gentes también de viaje, que satisfacían su rencor lanzando a los galileos miradas de escarnio y algunas palabras malsonantes, ninguna cuadrilla formal y organizada se precipitó de los riscos al asalto o apedreó en emboscada o asustó al inerme destacamento.
Un poco antes de llegar a Ramalá, donde los creyentes más fervorosos o de más apurado olfato juraban percibir ya el santísimo aroma de Jerusalén, el viejo Simeón y los suyos dejaron el grupo para, como antes se dijo, censarse en una aldea de éstas. Allí, en medio del camino, con gran profusión de bendiciones, hicieron sus despedidas los viajeros, las madres de familia le dieron a María mil y una recomendaciones hijas de la experiencia, y se fueron todos, unos bajando al valle, donde pronto podrán reposar de sus fatigas de cuatro días de camino, otros para Ramalá, en cuyo caravasar pasarán la noche que va cayendo. En Jerusalén, finalmente, se han de separar los que quedan del grupo que salió de Nazaret, la mayor parte para Bercheba, todavía con dos días de viaje por delante, y el carpintero y su mujer, que se quedarán cerca, en Belén. En medio de la confusión de abrazos y de adioses, José llamó aparte a Simeón, y con mucha deferencia, quiso saber si desde que hablaron tuvo algún recuerdo más de la visión. Que no fue visión, ya te lo dije, Fuese lo que fuese, a mí lo que me interesa es conocer el destino de mi hijo, Si ni tu propio destino puedes conocer y estás ahí, vivo y hablando, cómo quieres saber el destino de algo que no tiene existencia todavía, Los ojos del espíritu van más lejos, por eso imaginé que los tuyos, abiertos por el Señor a las evidencias de los elegidos, quizá hubiesen conseguido alcanzar lo que para mí es pura tiniebla. Es posible que nunca llegues a saber nada del destino de tu hijo, quizá tu propio destino esté a punto de cumplirse, no preguntes, hombre, no quieras saber, vive sólo tu día. Y, habiendo dicho estas palabras, Simeón posó la mano diestra sobre la cabeza de José, murmuró una bendición que nadie pudo oír y fue a unirse a los suyos, que lo esperaban. Por un sendero sinuoso, en fila, empezaron a descender hacia el valle, donde, al pie de otra ladera, casi confundida con las piedras que del suelo rompían como fatigados huesos, estaba la aldea de Simeón. No volvería José a tener noticia de él, sólo, pero mucho más tarde, sabría que murió antes de censarse.
Después de dos noches pasadas a la luz de las estrellas y al frío del descampado, ya que, por miedo a un ataque por sorpresa, ni hogueras encendieron, los de Nazaret se sintieron felices al acogerse una vez más al resguardo de las paredes y arcadas de un caravasar. Las mujeres ayudaron a María a bajar del burro, diciendo, piadosas, Mujer, que esto va a ser pronto, y la pobre murmuraba que sí, que sería pronto, como de eso era señal, a todos evidente, el repentino, o así lo parecía, crecimiento de la barriga. La instalaron lo mejor que pudieron en un rincón recogido y fueron a tratar de la cena que ya se retrasaba, de la que luego vinieron todos a comer.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   43

similar:

“a pilar” iconPacto de pilar pacto celebrado en la Capilla del Pilar entre los...

“a pilar” iconProyecto Wiki El Pilar

“a pilar” iconPilar de la Peña Minguell

“a pilar” iconÉtica: pilar de la persona y de la comunidad

“a pilar” iconDª Olga Pilar Navarro Júlvez

“a pilar” iconCablevisión S. A. c. Municipalidad de Pilar • 04/04/2006

“a pilar” iconEl Ejército, pilar de la estabilidad nacional: Peña

“a pilar” iconDiana Del Pilar Cardenas Rios

“a pilar” iconI. E. Nuestra señora del pilar sede c monterredondo

“a pilar” iconTítulo: “El cine español de la transición y la política cinematográfica de Pilar Miró”






© 2015
contactos
ley.exam-10.com