“a pilar”






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fecha de publicación07.06.2016
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Dijo José, risueñamente reprensivo, Ananías, recuerda aquello que murmuró Abraham para sí, incrédulo, cuando el Señor le anunció que le daría descendencia, si podría un niño nacer de un hombre de cien años y si una mujer, de noventa, sería capaz de tener hijos, aunque Joaquín y Ana no estaban en tan provecta edad como la de Abraham y Sara en aquellos días, y por lo tanto mucho más fácil le habrá sido a Dios, aunque para {él no hay nada imposible, suscitar entre mis suegros un retoño. Dijo el vecino, Eran otros tiempos, el Señor se manifestaba en presencia todos los días, no sólo en sus obras, y José respondió, fuerte en razones de doctrina, Dios es el tiempo mismo, vecino Ananías, para Dios el tiempo es todo uno, y Ananías se quedó sin saber qué respuesta dar, no era ahora el momento de traer a colación la controvertida y nunca resuelta polémica acerca de los poderes, tanto los consustanciales como los delegados, de Dios y de César.
Al contrario de lo que podrían parecer estos alardes de teología práctica, José no se había olvidado del inesperado convite de Ananías para celebrar con él y los suyos la Pascua, aunque no quiso demostrar demasiada prisa en aceptar, como de inmediato decidió, bien se sabe que es muestra de cortesía y buen nacimiento recibir con gratitud los favores que nos hacen, aunque también sin exagerar el contento, no vayan a pensar que estamos a la espera de más. Se lo agradecía ahora, alabándole los sentimientos de generosidad y buen vecino, justo cuando salía Chua de la casa trayendo consigo a María, a quien decía, Qué buena mano tienes para cardar, mujer, y María se ponía colorada, como una doncella, porque la estaban alabando delante del marido.
Un buen recuerdo que María guardó siempre de esta Pascua tan prometedora fue el de no haber tenido que participar en la preparación de las comidas y que la hubieran dispensado de servir a los hombres. La solidaridad de las otras mujeres le ahorró este trabajo. No te canses, que apenas puedes contigo, fue lo que le dijeron, y debían de saberlo bien, pues casi todas eran madres de hijos. Se limitó, o poco más, a atender a su marido, que estaba sentado en el suelo como los otros hombres, inclinándose para llenarle el vaso o renovarle en el plato las rústicas mantenencias, el pan ácimo, la tajada de cordero, las hierbas amargas, y también unas galletas hechas de la molienda de saltamontes secos, bocado que Ananías apreciaba mucho por ser tradición de su familia, pero ante el que torcían la nariz algunos invitados, aunque avergonzados de tan mal disimulada repugnancia, pues en su fuero íntimo se reconocían indignos del ejemplo edificante de cuantos profetas, en el desierto, hicieron de la necesidad virtud y del saltamontes maná. Hacia el fin de la cena, la pobre María se sentó en la puerta, con su gran vientre posado sobre la raíz de los muslos, bañada en sudor, sin oír apenas las risas, los dichos, las historias y el recitado constante de las escrituras, sintiéndose, cada momento que pasaba, a punto de abandonar definitivamente el mundo, como si colgara de un hilillo que fuese su último pensamiento, un puro pensar sin objeto ni palabras, sólo saber que se está pensando y no poder saber en qué y para qué. Despertó sobresaltada, porque en el sueño, súbitamente, llegando de una tiniebla mayor, apareció ante ella el rostro del mendigo, y después aquel su gran cuerpo cubierto de andrajos, el ángel, si ángel era, había entrado en su sueño sin anunciarse, ni siquiera por un fortuito recuerdo, y estaba allí mirándola, con aire absorto, tal vez también con una levísima expresión de interrogativa curiosidad, o ni siquiera eso, que el tiempo de verlo llegó y pasó, y ahora el corazón de María palpitaba como un pajarillo asustado, ella no sabía si era de miedo o porque alguien le dijo al oído una inesperada y embarazosa palabra. Los hombres y los muchachos seguían sentados en el suelo y las mujeres iban y venían jadeantes ofreciéndoles los últimos alimentos, pero ya se notaban las señales de saciedad, sólo el rumor de las conversaciones, animadas por el vino, había subido de tono.
María se levantó y nadie reparó en ella. Era ya de noche, la luz de las estrellas, en el cielo limpio y sin luna, parecía causar una especie de resonancia, un zumbido que rozaba las fronteras de lo inaudible, pero que la mujer de José podía sentir en la piel, y también en los huesos, de un modo que no sabría explicar, como una suave y voluptuosa convulsión que no acabara de resolverse. María atravesó el patio y miró fuera. No vio a nadie. La cancela de la casa, al lado, estaba cerrada, igual que la dejó, pero el aire se movía como si alguien acabara de pasar por allí, corriendo, o volando, para no dejar de su paso más que una fugaz señal que otros no sabrían entender.


Pasados que fueron tres días, después de acordar con los clientes que le habían encargado obras que tendrían que esperar a su regreso, hechas las despedidas en la sinagoga y confiada la casa y los bienes visibles que contenía a los cuidados del vecino Ananías, partió de Nazaret el carpintero José con su mujer, camino de Belén, adonde va para censarse, y ella también, de acuerdo con los decretos llegados de Roma.
Si, por un atraso en las comunicaciones o fallo en la traducción simultánea, aún no ha llegado al cielo la noticia de tales órdenes, muy asombrado deberá estar el Señor Dios al ver tan radicalmente transformado el paisaje de Israel, con gente que viaja en todas direcciones, cuando lo propio y natural, en estos días inmediatos a la Pascua, sería que la gente se desplazase, salvo justificadas excepciones, de un modo por así decir centrífugo, tomando el camino de casa desde un punto central, sol terrestre u ombligo luminoso, de Jerusalén hablamos, claro está. Sin duda la fuerza de la costumbre, aunque falible, y la perspicacia divina, absoluta esa, harán fácil el reconocimiento e identificación, incluso desde tan alto, del lento avance que muestra el regreso de los peregrinos a sus ciudades y aldeas, pero lo que, a pesar de todo, no puede dejar de confundir la vista es el hecho de que estas rutas, conocidas, se crucen con otras que parecen trazadas a la ventura y que son, ni más ni menos, los itinerarios de aquellos que, habiendo celebrado o no en Jerusalén la Pascua del Señor, obedecen ahora las profanas órdenes de César, aunque no es muy difícil sustentar una tesis diferente, la de que fue César Augusto quien, sin saberlo, obedeció la voluntad del Señor, si es verdad que Dios tenía decidido, por razones de él sólo conocidas, que José y su mujer, en este momento de su vida, tendrían marcado en su destino ir a Belén.
Extemporáneas y fuera de propósito a primera vista, estas consideraciones deben ser recibidas como pertinentísimas, puesto que gracias a ellas nos será posible llegar a la invalidación objetiva de aquello que a algunos espíritus tanto les agradaría hallar aquí; por ejemplo, imaginar a nuestros viajeros, solos, atravesando aquellos parajes inhóspitos, aquellos descampados inquietantes, sin un alma próxima y fraterna, confiados sólo a la misericordia de Dios y al amparo de los ángeles. Ahora bien, inmediatamente después de salir de Nazaret se puede ver que no va a ser así, pues con José y María viajan otras dos familias, de las numerosas, en total, entre viejos, adultos y chiquillos, unas veinte personas, casi una tribu. Cierto es que no se dirigen a Belén, una de ellas se quedará a mitad del camino, mucha más al sur, hasta Bercheba, pero aunque hayan de separarse antes, porque vayan más deprisa unos que los otros, posibilidad siempre razonable, seguirán apareciendo en el camino nuevos viajeros, sin contar con los que vendrán andando en sentido contrario, quizá, quién sabe, a censarse en Nazaret, de donde ahora salen estos. Los hombres caminan delante, formando un grupo, y con ellos van los chicos que han cumplido ya trece años, mientras que las mujeres, las niñas y las viejas, de todas las edades, forman otro confuso grupo allá atrás, acompañadas por los chiquillos pequeños. En el momento en que iban a ponerse en camino, los hombres, en coro solemne, alzaron la voz para pronunciar las oraciones propias del caso, repitiéndolas las mujeres discretamente, casi en sordina, aprendido tienen que de nada vale que clame quien pocas esperanzas tiene de ser oído, aunque no pida nada y sólo esté alabando.
Entre las mujeres, la única que va encinta, y tan adelantada, es María, y sus dificultades son tales que de no haber dotado la Providencia de una paciencia infinita a los asnos que creó, y de no menor fortaleza, a los pocos pasos ya esta otra pobre criatura habría rendido el ánimo, rogando que la dejasen allí, a la orilla del camino, a la espera de su hora, que sabemos va a ser en breve, a ver dónde y cuándo, pero no es esta gente aficionada a las apuestas, que sería en este caso cuándo y dónde nacerá el hijo de José, sensata religión ésta que prohibió el azar.
Mientras llega el momento, y durante el tiempo que aún tenga que padecer la espera, la embarazada podrá contar, más que con las pocas y distraídas atenciones de su marido, entretenido como va en la conversación de los hombres, podrá contar, decíamos, con la probada mansedumbre y los dóciles lomos del animal, que va echando de menos, si mudanzas de vida y carga que pueden llegar al entendimiento de un asno, los golpes de vergajo, y sobre todo que le consientan caminar sin prisas, con su paso natural, suyo y de sus semejantes, que algunos como él van en la jornada. Por causa de esta diferencia, se retrasa a veces el grupo de las mujeres y, cuando tal acontece, los hombres, desde delante, se paran y permanecen a la espera de que ellas se aproximen, pero no tanto que lleguen a reunirse unas y otros, estos llegan incluso hasta el punto de fingir que se han parado sólo a descansar, no hay duda de que el camino a todos sirve, pero ya se sabe que donde cantan gallos no pían las gallinas, si acaso cacarean cuando han puesto un huevo, así lo ha impuesto y proclamado la buena ordenación del mundo en que nos cuadró vivir. Va pues María mecida por el suave andar de su corcel, reina entre las mujeres, que sólo ella va montada, la borricada restante transporta la carga general. Y para que no todo sean sacrificios, lleva en el regazo, ahora a uno, luego a otro, tres niños de pecho, con lo que descansan las madres respectivas y empieza ella a habituarse a la carga que la espera.
En este primer día de viaje, como las piernas aún no estaban hechas al camino, la etapa no ha sido extremadamente larga, no hay que olvidar que van en la misma compañía viejos y chiquillos, unos que, por haber vivido, han gastado ya todas sus fuerzas y no pueden ahora fingir que las tienen, otros que, por no saber gobernar las que empiezan a tener, las agotan en dos horas de carreras desatinadas, como si acabara el mundo y hubiera que aprovechar sus últimos instantes. Hicieron alto en una aldea grande, llamada Isreel, donde se situaba un caravasar que, por ser estos días, como dijimos, de intenso tráfago, encontraron en un estado de confusión y algarabía que parecía de locos, aunque, a decir verdad, era la algarabía mayor que la confusión, por lo que, al cabo de algún tiempo, habituados la vista y el oído, se podía presentir, primero, y luego reconocer, en aquel conjunto de gente y animales en constante movimiento dentro de los cuatro muros, una voluntad de orden no organizada ni consciente, como un hormiguero asustado que intentase reconocerse y recomponerse en medio de su propia dispersión.
Tuvieron la suerte las tres familias de poder acogerse al abrigo de un arco, arreglándoselas los hombres por un lado y las mujeres por otro, pero esto fue más tarde, cuando la noche cerró y el caravasar, animales y personas, se entregó al sueño.
Antes tuvieron las mujeres que preparar la comida y llenar los odres en el pozo, mientras los hombres descargaban los asnos y los llevaban a beber, pero en una ocasión en que no hubiera camellos en el bebedero, porque estos, en sólo dos sorbos brutales, lo dejaban seco y era necesario llenarlo un sinfín de veces antes de que se dieran por satisfechos. Al cabo, dispuestos los asnos en el comedero, se sentaron los viajeros a cenar, empezando por los hombres, que las mujeres ya sabemos que en todo son secundarias, basta recordar una vez más, y no será la última, que Eva fue creada después que Adán y de una costilla suya, cuándo aprenderemos que hay ciertas cosas que sólo comenzaremos a entender cuando nos dispongamos a remontarnos a las fuentes.
Después de que los hombres cenaran y mientras las mujeres, allá en un rincón, se alimentaban con las sobras, ocurrió que un anciano entre los ancianos, que viviendo en Belén iba a censarse a Ramalá y se llamaba Simeón, usando de la autoridad que le confería la edad y de la sabiduría que se cree es su efecto, interpeló a José sobre cómo pensaba que habría que proceder si se verificaba la posibilidad, obviamente razonable, de que María, pero no pronunció su nombre, no diera a luz antes del último día del plazo impuesto para el censo. Se trataba, evidentemente, de una cuestión académica, si tal palabra es adecuada al tiempo y al lugar, porque sólo a los agentes del censo, instruidos en las sutilezas procesales de la ley romana, cabría decidir sobre casos tan altamente dudosos como éste de presentarse una mujer con una barriga tan abultada en las oficinas del censo, Venimos a inscribirnos, y no es posible averiguar, in loco, si lleva dentro varón o hembra, sin hablar ya de la nada desdeñable probabilidad de una camada de gemelos del mismo o de ambos sexos. Como perfecto judío que se preciaba de ser, tanto en la teoría como en la práctica, jamás el carpintero pensaría en responder, usando de la simple lógica occidental, que no es a aquél que tiene que soportar una ley a quien incumbe suplir los fallos que en ella se encuentren, y que si Roma no fue capaz de prever éstas y otras hipótesis, será porque está mal servida de legisladores y hermeneutas.
Colocado, pues, ante la difícil cuestión, José se detuvo a pensar, buscando en su cabeza el modo más sutil de darle respuesta, una respuesta que, demostrando a la asamblea reunida en torno a la fogata sus dotes de argumentador, fuese, al mismo tiempo, formalmente brillante.
Finalizada la sufrida reflexión, y alzando lentamente los ojos que, en el tiempo que duró la gestación de la respuesta, mantuvo fijos en las ondeantes llamas de la hoguera, dijo el carpintero, Si llegado el último día del censo no hubiera nacido aún mi hijo, será porque el Señor no quiere que los romanos sepan de él y lo pongan en sus listas. Dijo Simeón, Fuerte presunción la tuya, que así te arrogas la ciencia de lo que el Señor quiere o no quiere.
Dijo José, Dios conoce todos mis caminos y cuenta todos mis pasos, y estas palabras del carpintero, que podemos encontrar en el Libro de Job, significaban, en el contexto de la discusión, que allí, entre los presentes y sin excepción de los ausentes, José reconocía y proclamaba su obediencia al Señor y manifestaba su humildad, sentimientos, cualquiera de ellos, contrarios a la pretensión diabólica, insinuada por Simeón, de aspirar a conocer los saberes enigmáticos de Dios. Así debió de entenderlo el anciano, pues permaneció callado y a la espera, de lo que se aprovechó José para volver a la carga, El día del nacimiento y el día de la muerte de cada hombre están sellados y bajo guarda de los ángeles desde el principio del mundo, y es el Señor, cuando le place, quien quiebra un sello y luego otro, muchas veces al mismo tiempo, con su mano derecha y con su mano izquierda, y hay casos en que tarda tanto en partir el sello de la muerte que hasta parece haberse olvidado de aquel viviente. Hizo una pausa, vaciló un momento, pero remató luego, sonriendo con malicia, Quiera Dios que esta charla no haga que se acuerde de ti. Se rieron los circunstantes, pero a escondidas, porque era manifiesto que el carpintero no había sabido guardar, entero, el respeto que a un anciano se debe, aun cuando la inteligencia y la sensatez, por efecto de la edad, no abunden ya en sus juicios. El viejo Simeón tuvo un gesto de cólera, dio un tirón a su túnica y respondió, Quizá haya Dios roto el sello de tu nacimiento antes de tiempo y todavía no deberías estar en el mundo, si de manera tan impertinente y presuntuosa te comportas con los ancianos, que más que tú vivieron y que en todas las cosas saben más que tú. Dijo José, Simeón, me preguntaste cómo se debería proceder si mi hijo no hubiera nacido antes del último día del censo y la respuesta a la pregunta no podía dártela yo, porque no conozco la ley de los romanos, como, según creo, tampoco tú la conoces, No la conozco, Entonces te dije, Sé lo que dijiste, no te canses en repetírmelo, Fuiste tú quien empezó a hablarme con palabras impropias cuando me preguntaste quién me creía para pretender conocer la voluntad de Dios antes de ser manifestada, si yo te ofendí luego, te ruego que me perdones, pero la primera ofensa vino de ti, recuerda que, siendo anciano y por eso mi maestro, no puedes dar el ejemplo de la ofensa.
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