“a pilar”






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fecha de publicación07.06.2016
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La noche tiene aún mucho que durar. El candil de aceite, colgado de un clavo al lado de la puerta, está encendido, pero la llama, como una almendrilla luminosa flotante, apenas consigue, trémula, inestable, sostener la masa oscura que la rodea y llena de arriba abajo la casa, hasta los últimos rincones, allí donde las tinieblas, de tan espesas, parecen haberse vuelto sólidas. José despertó sobresaltado, como si alguien, bruscamente, lo hubiera sacudido por el hombro, pero sería la ilusión de un sueño pronto desvanecido, que en esta casa sólo vive él, y la mujer, que no se ha movido, y duerme. No es su costumbre despertar así, en medio de la noche, en general él no se despierta antes de que la estrecha grieta de la puerta empieza a emerger de la oscuridad cenicienta y fría.
Muchas veces pensó que tendría que taparla, nada más fácil para un carpintero, ajustar y clavar un simple listón de madera sobrante de una obra, pero se había acostumbrado hasta tal punto a encontrar ante él, apenas abría los ojos, aquella línea vertical de luz, anunciadora del día, que acabó imaginando, sin reparar en lo absurdo de la idea, que, faltándole ella, podría no ser capaz de salir de las tinieblas del sueño, las de su cuerpo y las del mundo. La grieta de la puerta formaba parte de la casa, como las paredes y el techo, como el horno o el suelo de tierra apisonada. En voz baja, para no despertar a la mujer, que seguía durmiendo, pronunció la primera oración del día, aquella que siempre debe ser dicha cuando se regresa del misterioso país del sueño.
Gracias te doy, Señor, nuestro Dios, rey del universo, que por el poder de tu misericordia así me restituyes, viva y consciente, mi alma. Tal vez por no encontrarse igual de despierto en cada uno de sus cinco sentidos, si es que entonces, en la época de que hablamos, no estaba la gente aprendiendo algunos de ellos o, al contrario, perdiendo otros que hoy nos serían útiles, José se miraba a sí mismo como acompañando a distancia la lenta ocupación de su cuerpo por un alma que iba regresando despacio, como hilillos de agua que, avanzando sinuosos por los caminos de las rodadas, penetrasen en la tierra hasta las más profundas raíces, llevando la savia, luego, por el interior de los tallos y las hojas. Y al ver qué trabajoso era este regreso, mirando a la mujer a su lado, tuvo un pensamiento que lo perturbó, que ella, allí dormida, era verdaderamente un cuerpo sin alma, que el alma no está presente en el cuerpo que duerme, de lo contrario no tendría sentido que agradeciéramos todos los días a Dios que todos los días nos la restituya cuando despertamos, y en este momento una voz dentro de sí preguntó, Qué es lo que en nosotros sueña lo que soñamos, Quizá los sueños son recuerdos que el alma tiene del cuerpo, pensó, y esto era una respuesta. María se movió, acaso estaría su alma por allí cerca, ya dentro de la casa, pero al final no se despertó, sólo andaría en afanes de ensueño y, habiendo soltado un suspiro profundo, entrecortado como un sollozo, se acercó al marido, con un movimiento sinuoso, aunque inconsciente, que jamás osaría estando despierta. José tiró de la sábana gruesa y áspera hacia sus hombros y acomodó mejor el cuerpo a la estera, sin apartarse. Sintió que el calor de la mujer, cargado de olores, como de un arca cerrada donde se hubieran secado hierbas, le iba penetrando poco a poco el tejido de la túnica, juntándose al calor de su propio cuerpo. Luego, dejando descender lentamente los párpados, olvidado ya de pensamientos, desprendido del alma, se abandonó al sueño que regresaba.
Sólo volvió a despertar cuando cantó el gallo. La rendija de la puerta dejaba pasar un color gris e impreciso, de aguada sucia. El tiempo, usando de paciencia, se contentaba con esperar a que se cansasen las fuerzas de la noche, y ahora estaba preparando el campo para que llegase al mundo la mañana, como ayer y siempre, en verdad no estamos en aquellos días fabulosos en los que el sol, a quien ya tanto debíamos, llevó su benevolencia hasta el punto de detener, sobre Gabaón, su viaje, dando así a Josué tiempo de vencer, con toda calma, a los cinco reyes que cercaban su ciudad. José se sentó en la estera, apartó la sábana, y en ese momento el gallo cantó por segunda vez, recordándole que aún le faltaba una oración, la que se debe a la parte de méritos que correspondieron al gallo en la distribución que de ellos hizo el Creador a sus creaturas.
Alabado seas tú, Señor, nuestro Dios, rey del universo, que diste al gallo inteligencia para distinguir el día de la noche, esto dijo José, y el gallo cantó por tercera vez. Era costumbre, a la primera señal de estas alboradas, que los gallos de la vecindad se respondieran unos a otros, pero hoy permanecieron callados, como si para ellos la noche aún no hubiera terminado o apenas hubiera empezado. José, perplejo, miró a su mujer, y le extrañó su pesado sueño, ella que despertaba al más ligero ruido, como un pájaro.
Era como si una fuerza exterior, cayendo, o permaneciendo inmóvil en el aire, sobre María, le comprimiera el cuerpo contra el suelo, pero no tanto que la inmovilizase por completo, se notaba incluso, pese a la penumbra, que la recorrían súbitos estremecimientos, como el agua de un estanque tocada por el viento. Estará enferma, pensó, pero he aquí que una señal de urgencia lo distrajo de la preocupación incipiente, una insistente necesidad de orinar, también ella muy fuera de la costumbre, que estas satisfacciones, en su persona, se manifestaban habitualmente más tarde, y nunca tan vivamente. Se levantó cauteloso, para evitar que la mujer viera lo que iba a hacer, pues escrito está que por todos los medios se debe mantener el respeto de un hombre, hasta el límite de lo posible, y, abriendo con cuidado la puerta rechinante, salió al patio. Era la hora en que el crepúsculo matutino cubre de un gris ceniza los colores del mundo. Se encaminó hacia un alpendre bajo, que era el establo del asno, y allí se alivió, oyendo con una satisfacción medio consciente el ruido fuerte del chorro de orines sobre la paja que cubría el suelo. El burro volvió la cabeza, haciendo brillar en la oscuridad sus ojos saltones, luego agitó con fuerza las orejas peludas y volvió a meter el hocico en el comedero, tanteando los restos de la ración con el morro grueso y sensible. José se acercó al barreño de las abluciones, se inclinó, hizo correr el agua sobre las manos, y luego, mientras se las secaba en su propia túnica, alabó a Dios por, en su sabiduría infinita, haber formado y creado en el hombre los orificios y vasos que le son necesarios a la vida, que si uno de ellos se cerrara o abriera cuando no debe, cierta tendría su muerte el hombre.
Miró José al cielo, y en su corazón quedó asombrado. El sol todavía tasrdará en despuntar, no hay, en todos los espacios celestes, el más leve indicio de los tonos rubros del amanecer, ni siquiera una leve pincelada rosa o de cereza poco madura, nada, a no ser, de horizonte a horizonte, en todo lo que los muros del patio le permitían ver, y en la extensión entera de un inmenso techo de nubes bajas, que eran como pequeños ovillos aplastados, iguales, un color único de violeta que, empezando ya a hacerse vibrante y luminoso del lado por donde rompe el sol, se va progresivamente oscureciendo, de más a más, hasta confundirse con lo que, del otro lado, queda aún de noche.
En su vida había visto nunca José un cielo como éste, aunque en las largas charlas de los hombres viejos no fueran raras las noticias de fenómenos atmosféricos prodigiosos, muestra todos ellos del poder de Dios, arco iris que llenaban la mitad de la bóveda celeste, escaleras vertiginosas que un día unieron el firmamento con la tierra, lluvias providenciales de maná, pero nunca este color misterioso que tanto podía ser de los primeros como de los últimos, variando y demorándose sobre el mundo, un techo de millares de pequeñas nubes que casi se tocaban unas a otras, extendidas en todas direcciones como las piedras del desierto. Se llenó de temor su corazón, imaginó que el mundo iba a acabarse, y él puesto allí, único testigo de la sentencia final de Dios, sí, único, hay un silencio absoluto tanto en la tierra como en el cielo, ningún ruido se oye en las casas vecinas, aunque fuese sólo una voz, un llanto de niño, una oración o una imprecación, un soplo de viento, el balido de una cabra, el ladrar de un perro.
Por qué no cantan los gallos, murmuró, y repitió la pregunta, ansiosamente, como si del canto de los gallos pudiera venirle la última esperanza de salvación.
Entonces, el cielo empezó a mudar. Poco a poco, casi sin que pudiera darse cuenta, el violeta se iba tiñendo y se dejaba penetrar por un rosa pálido en la cara interior del techo de nubes, enrojeciéndose luego, hasta desaparecer, estaba allí y dejó de estar, de pronto el espacio reventó en un viento luminoso, se multiplicó en lanzas de oro, hiriendo de pleno y traspasando las nubes, que, sin saberse por qué ni cuándo, habían crecido y eran ahora formidables, barcos gigantescos arbolando incandescentes velas y bogando en un cielo al fin liberado.
Se desahogó, ya sin miedos, el alma de José, sus ojos se dilataron de asombro y reverencia, no era el caso para menos, siendo él además el único espectador, y su boca entonó con voz fuerte las debidas alabanzas al creador de las obras de la naturaleza, cuando la sempiterna majestad de los cielos, convertida en pura inefabilidad, no puede esperar del hombre más que las palabras más simples, Alabado seas tú, Señor, por esto, por aquello y por lo de más allá.
Lo dijo él, y en ese instante el rumor de la vida, como si lo hubiera convocado con su voz, o como si entrase de repente por una puerta que alguien abriera de par en par sin pensar mucho en las consecuencias, ocupó el espacio que antes había pertenecido al silencio, dejándole sólo pequeños territorios ocasionales, mínimas superficies como aquellos breves charcos que los bosques murmurantes rodean y ocultan. La mañana ascendía, se extendía, verdaderamente era una visión de belleza casi insoportable, dos manos inmensas soltando a los aires y al vuelo una centelleante e inmensa ave del paraíso, desdoblando en radioso abanico la rueda de mil ojos de la cola del pavo real, haciendo cantar cerca, simplemente, a un pájaro sin nombre. Un soplo de viento allí mismo nacido golpeó la cara de José, le agitó la barba, sacudió su túnica, y luego dio la vuelta a su alrededor como un remolino que atravesara el desierto, o quizá lo que así le parecía no era más que el aturdimiento causado por una súbita turbulencia de la sangre, el estremecimiento sinuoso que le recorría la espalda como un dedo de fuego, señal de otra y más insistente urgencia.
Como si se moviese en el interior de la vertiginosa columna de aire, José entró en la casa, cerró la puerta tras él, y durante un minuto se quedó apoyado en la pared, aguardando a que los ojos se habituasen a la penumbra. A su lado, el candil brillaba mortecino, casi sin luz, inútil. María, acostada boca arriba, estaba despierta y atenta, miraba fijamente un punto ante ella y parecía esperar. Sin pronunciar palabra, José se acercó y apartó lentamente la sábana que la cubría. Ella desvió los ojos, alzó un poco la parte inferior de la túnica, pero sólo acabó de alzarla hacia arriba, a la altura del vientre, cuando él ya se inclinaba y procedía del mismo modo con su propia túnica y María, a su vez, abría las piernas, o las había abierto durante el sueño y de este modo las mantuvo, por inusitada indolencia matinal o por presentimientos de mujer casada que conoce sus deberes.
Dios, que está en todas partes, estaba allí, pero, siendo lo que es, un puro espíritu, no podía ver cómo la piel de uno tocaba la piel del otro, cómo la carne de él penetró en la carne de ella, creadas una y otra para eso mismo y, probablemente, no se encontraría allí cuando la simiente sagrada de José se derramó en el sagrado interior de María, sagrados ambos por ser la fuente y la copa de la vida, en verdad hay cosas que el mismo Dios no entiende, aunque las haya creado.
Habiendo pues salido al patio, Dios no pudo oír el sonido agónico, como un estertor, que salió de la boca del varón en el instante de la crisis, y menos aún el levísimo gemido que la mujer no fue capaz de reprimir. Sólo un minuto, o quizá no tanto, reposó José sobre el cuerpo de María.
Mientras ella se bajaba la túnica y se cubría con la sábana, tapándose después la cara con el antebrazo, él, de pie en medio de la casa, con las manos levantadas, mirando al techo, pronunció aquella oración, terrible sobre todas, a los hombres reservada, Alabado seas tú, Señor, nuestro Dios, rey del universo, por no haberme hecho mujer. Pero a estas alturas ya ni en el patio debía de estar Dios, pues no se estremecieron las paredes de la casa, no se derrumbaron ni se abrió la tierra. Entonces, por primera vez, se oyó a María, humildemente decía, como de mujer se espera que sea siempre la voz, Alabado seas tú, Señor, que me hiciste conforme a tu voluntad, ahora bien, entre estas palabras y las otras, conocidas y aclamadas, no hay diferencia alguna, reparad, He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra, queda claro que quien esto dijo podía haber dicho aquello.
Luego, la mujer del carpintero José se levantó de la estera, la enrolló junto con la de su marido y dobló la sábana común.
Vivían José y María en una aldehuela llamada Nazaret, tierra de poco y de pocos, en la región de Galilea, en una casa igual que casi todas, una especie de cubo inclinado hecho de adobe y ladrillos, pobre entre pobres.
Invenciones del arte arquitectónico, ninguna, sólo la banalidad uniforme de un modelo infatigablemente repetido. Con el propósito de ahorrar algo en materiales, estaba construida en la ladera de la colina, ceñida al declive excavado hacia dentro, formando de este modo una pared completa, la del fondo, con la ventaja adicional de facilitar el acceso a la azotea que formaba el techo.
Sabemos ya que José es carpintero de oficio, regularmente hábil en el menester, aunque sin talento para perfecciones cuando le encomiendan obra de más finura. Estas insuficiencias no deberían escandalizar a los impacientes, pues el tiempo y la experiencia, cada uno con su vagar, no son suficientes para añadir, hasta el punto de que eso se note en la práctica diaria, la sabiduría profesional y la sensibilidad estética a un hombre que apenas pasa de los veinte años y vive en tierras de tan escasos recursos y aún menores necesidades. Con todo, no debiéndose medir los méritos de los hombres sólo por sus habilidades profesionales, conviene decir que, pese a su poca edad, este José es de lo más piadoso y justo que se pueda encontrar en Nazaret, exacto en la sinagoga, puntual en el cumplimiento de sus deberes, y aunque no haya tenido la fortuna de que Dios lo haya dotado de facundia suficiente que lo distinga de los comunes mortales, sabe discurrir con propiedad y comentar con acierto, especialmente cuando viene a propósito introducir en el discurso alguna imagen o metáfora relacionadas con su oficio, por ejemplo, la carpintería del universo. No obstante, como le ha faltado en su origen el aleteo de una imaginación realmente creadora, nunca en su breve vida será capaz de producir parábola que se recuerde, dicho que mereciese quedar en la memoria de las gentes de Nazaret y ser legado para los venideros, menos aún uno de aquellos proverbios en los que la ejemplaridad de la lección se nota de inmediato en la transparencia de las palabras, tan luminoso que en el futuro rechazará cualquier glosa impertinente, o, al contrario, lo suficientemente oscuro, o ambiguo, como para convertirse en los días del mañana en pasto favorito de eruditos y otros especialistas.
Sobre las dotes de María, sólo buscando mucho, e incluso así, no hallaríamos más de lo que legítimamente cabe esperar de quien no ha cumplido siquiera los dieciséis años y, aunque mujer casada, no pasa de ser una muchacha frágil, cuatro reales de mujer, por así decir, que tampoco en aquel tiempo, y siendo otros los dineros, faltaban estas monedas. Pese a su débil figura, María trabaja como las otras mujeres, cardando, hilando y tejiendo las ropas de casa, cociendo todos los santos días el pan de la familia en el horno doméstico, bajando a la fuente para acarrear el agua, luego cuesta arriba, por los caminos empinados, con un gran cántaro en la cabeza y un barreño apoyado en la cintura, yendo después, al caer la tarde, por esos caminos y descampados del Señor, a apañar chascas y rapar rastrojos, llevando además un cesto en el que recogerá bosta seca del ganado y también esos cardos y espinos que abundan en las laderas de los cerros de Nazaret, de lo mejor que Dios fue capaz de inventar para encender la lumbre y trenzar una corona. Todo este arsenal reunido daría una carga más apropiada para ser transportada a casa a lomo de burro, de no darse la poderosa circunstancia de que la bestia está adscrita al servicio de José y al transporte de los tablones. Descalza va María a la fuente, descalza va al campo, con sus vestidos pobres que se gastan y ensucian más en el trabajo y que hay que remendar y lavar una y otra vez, para el marido son los paños nuevos y los cuidados mayores, mujeres de éstas con cualquier cosa se conforman.
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