Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en






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Antonio Blay

ENERGÍA PERSONAL

Técnicas prácticas para

su pleno desarrollo y

aprovechamiento

Editado en 1990


PRÓLOGO
Todos vivimos por debajo de nuestras verdaderas sensibilidades. Pero son tan sólo unas cuantas las personas que realmente se dan cuenta de ello y, en consecuencia, buscan con interés los medios prácticos de elevar su capacidad de rendimiento, tanto en su vida profesional como en la privada y social. Para estas personas que no se resignan pasivamente a sufrir limitaciones artificiales e innecesarias, sino que están dispuestas a trabajar seriamente para conseguir el mejoramiento de su personalidad, sean cuales sean las circunstancias que los rodean, está escrito el presente libro.

En él se encontrarán unas técnicas, precisas y ampliamente verificadas, que darán como resultado el progresivo y estable aumento de la energía disponible para la mente consciente, clave del verdadero poder personal y paso fundamental en la maduración del ser humano.

En la Primera Parte veremos, en rápido resumen, los principales factores que intervienen en la formación de nuestra personalidad y también aquellos otros que producen deformaciones o distorsiones en su funcionamiento. A continuación estudiaremos las bases y fundamentos del trabajo de transformación interior.

En la Segunda Parte daremos, sucesivamente, las técnicas adecuadas para incorporar a nuestra mente consciente las grandes reservas de energía psíquica, contenidas en nuestro nivel vital, en el inconsciente, en el sector de nuestra mente asociado al mundo exterior y en los elevados niveles de nuestra dimensión espiritual.

Recordamos al lector que la simple lectura del libro, por interesante y curiosa que pudiera resultar, no le ayudará gran cosa en su efectiva transformación personal. Esto sólo puede conseguirse mediante la cuidadosa y perseverante puesta en práctica de las técnicas aconsejadas.
PRIMERA PARTE
LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS


1. CÓMO SE FORMA Y CÓMO SE DEFORMA NUESTRA PERSONALIDAD
En este primer capítulo, haremos un ligero recorrido de los principios psicológicos fundamentales del funcionamiento de nuestra personalidad, que ofrecerá al lector una visión suficientemente completa y sólida como base para la mejor comprensión de las técnicas que expondremos en capítulos ulteriores.

En la formación y desarrollo de nuestro psiquismo intervienen muchos factores, internos unos, otros externos. El grado y el modo de su influencia puede diferir según las personas, pero en todo caso es fundamental su estudio y comprensión para poder así valorar su efecto en cada caso particular y poder aplicar las técnicas más convenientes según el tipo de mejora que se desee obtener. Y tal estudio es particularmente interesante en el caso de aquellos factores que, por no actuar de un modo correcto, ejercen una influencia negativa y deformadora sobre nuestro carácter y modo de ser en general.

Nuestra existencia tiene un argumento central
En primer lugar, al iniciar este estudio, necesitamos identificar y comprender perfectamente el principio básico que palpita detrás de toda acción humana, el móvil fundamental que anima a toda conducta. Un hombre, desde el punto de vista psicológico objetivo, es una conducta. Y aunque esta conducta tiene un perfil concreto y distinto en cada individuo, sus motivaciones internas más profundas son siempre, y universalmente, las mismas.

Efectivamente, el hombre pone en acción sus facultades y persigue más o menos conscientemente fines determinados, pero en el fondo, toda esta actividad nace de un impulso más profundo que surge del mismo centro de su ser y posee una dirección precisa, expresión de la verdadera intencionalidad de la vida. Es el auténtico argumento de nuestra existencia, que da unidad y sentido a las mil motivaciones, a menudo contradictorias en apariencia, de todos los niveles y facetas de nuestra personalidad.

Sin embargo, todos comprobamos que, por extraño que parezca, habitualmente al obrar no percibimos esa consigna central de nuestra vida. Vivimos con la mente demasiado cerrada, enfocada hacia aspectos parciales y limitados de nuestra realidad. Captamos así, tan sólo, las características más inmediatas y superficiales de las cosas y se nos escapa por completo la intencionalidad más honda e importante que subyace detrás de todos nuestros impulsos secundarios.

Los objetivos profundos de nuestra vida
En realidad, toda nuestra vida, según acabamos de decir, obedece a un objetivo trascendental, al que nos empuja y lanza el impulso primario central que nos anima. Este objetivo profundo se desdobla en dos vertientes: la objetiva y la subjetiva.

En su vertiente objetiva el impulso fundamental nos mueve a desarrollar todas nuestras estructuras y a actualizar todas las capacidades que cada uno de nosotros trae, al nacer, en estado latente.

En efecto, hay en nosotros una tendencia innata, natural e imperiosa a conseguir el pleno desarrollo de cada una de nuestras capacidades y potencialidades en todos los planos o niveles de nuestro ser: en el nivel físico, en el afectivo, en el intelectual y en el espiritual. La consecución de este pleno desarrollo constituye la vertiente objetiva, dinámica, operativa de la motivación general.

La vertiente subjetiva consiste en la necesidad que sentimos de alcanzar la plena conciencia del sentido de nuestra realidad, de conseguir la realización íntima, viva, directa e inmediata de nuestro verdadero ser o yo espiritual.

Al decir yo espiritual nos referimos al yo básico que es el centro inmutable de donde dimanan todos nuestros impulsos, sentimientos, tendencias e ideas y del que procede toda noción, en nosotros, de absoluto, es decir, de realidad, de potencia, de plenitud, de sabiduría, de verdad, de amor, de unidad.

Ambas vertientes, la objetiva y la subjetiva, se complementan mutuamente. Pues, según vayamos desarrollando y expresando nuestras capacidades mediante las actividades concretas correspondientes, iremos tomando conciencia de nosotros mismos, o sea, de la potencia, conocimiento y plenitud personal en que consistimos, en que consiste, para hablar con mayor precisión, nuestro verdadero yo central.

Como verá el lector más adelante, todas nuestras acciones, incluso las más elementales y ordinarias, obedecen en última instancia a este doble impulso fundamental: el de la plena autoexpresión y el de la plena concienciación de nuestro ser. Sepámoslo o no, seamos o no conscientes de ello, toda nuestra vida no es otra cosa que el desarrollo de este sencillo y profundo argumento que puede sintetizarse en una sola idea: la autorrealización total.

Éste es el motivo y el objetivo subyacente de nuestra conducta, el principio que nos impulsa y al mismo tiempo la meta a la cual tendemos. La autorrealización constituye el verdadero sentido de nuestra existencia. Y las cosas, las situaciones, las actitudes y la conducta son para nosotros -desde el punto de vista psicológico - buenas en cuanto nos permiten aproximarnos a este objetivo, y malas y perjudiciales en la medida en que nos alejan de él.

Así como cuando alguien tiene hambre o sed no queda satisfecho hasta que come o bebe lo suficiente, del mismo modo mientras no actualicemos toda nuestra capacidad de expresarnos, no llegaremos a gozar de la conciencia de plenitud, de totalidad interior. Y no conseguir esta meta natural de nuestro ser equivale a sentir siempre en nosotros insatisfacción, vacío, ansiedad, temor y toda la gama de estados emocionales, negativos y positivos, que sirven de indicio inequívoco de que algo está todavía en curso de desarrollo, sin la debida actualización.

Sólo en la medida en que nos aproximemos a la autorrealización nos sentiremos plenos, maduros y satisfechos: en camino de dar cumplimiento a la razón íntima, profunda y trascendental de nuestra vida.

Las necesidades básicas
Queda claro hasta aquí que el impulso de desarrollo y el de toma de conciencia brotan primariamente del impulso vital y son el motivo central y más profundo de toda conducta.

Ahora bien, este doble impulso, al manifestarse en la persona concreta, lo hace a través de los diversos niveles de la personalidad humana. Y como cada nivel tiene una estructura peculiar propia, el impulso primario se va diferenciando, dando lugar a otros tipos de motivaciones más concretas y específicas, que constituyen nuestras necesidades básicas.

Enumeramos a continuación sucintamente las necesidades básicas a que da lugar el impulso primario en cada uno de los niveles:
Nivel físico
Necesidad de alimento, de aire, de una temperatura regular, de ejercicio, de descanso, de placer corporal, necesidad sexual, etc.
Nivel afectivo
En este nivel se manifiestan tres tipos de necesidades:

Centrípeta: la necesidad de recibir afecto, que se desdobla en una serie de necesidades derivadas: necesidad de ser aceptado, comprendido, protegido, etc.

Centrífuga: necesidad de expresar afecto: necesidad y deseo de proteger, de brindar amistad, de cordialidad, de pertenecer a un grupo, de admirar a alguien, de aspirar a algo más elevado, etcétera.

Axial: necesidad de afecto de uno hacia sí mismo, es decir, la autoestimación. No se trata de ningún narcisismo ni de una contemplación admirativa de sí mismo, sino de la necesidad que experimentamos todos de la propia aprobación de nuestro modo de ser, de la propia aceptación de los rasgos más fundamentales de nuestra personalidad.
Nivel mental
Necesidad de conocer el qué, el cómo y el porqué de las cosas que nos rodean, de la gente con quien alternamos, de las situaciones y de los hechos que vivimos. La necesidad de adquirir datos y llegar a un claro conocimiento, a una correcta comprensión del mundo que nos rodea.

Los niveles hasta aquí citados son de tipo personal y concreto, y por lo mismo no impersonal ni abstracto o espiritual. Se trata, pues, de niveles inferiores, en los que el impulso primordial se expresa aún superficialmente. Cuando dicho impulso puede ser canalizado para vitalizar los niveles superiores de la personalidad, se presentan necesidades de una calidad distinta y más elevada, que son características de las minorías selectas, en cualquier aspecto de la vida en que se manifiesten. Los niveles superiores y las necesidades básicas que en ellos se expresan son, en síntesis:
Nivel mental superior
Necesidad de comprender y de participar inteligentemente en realidades de orden general, universal, bien sea en el plano social o en el político, científico, filosófico, económico -no me refiero en este caso, como es lógico, a nuestras necesidades personales en el terreno económico-, etcétera. Se trata siempre aquí de la necesidad que brota como expresión del impulso primordial en este nivel superior, de conocer y participar en verdades que trascienden la mera conveniencia o interés del individuo aislado, para centrarse en hechos de índole colectiva, que requieren una actitud impersonal. Tal actitud, propia de la persona madura en el nivel mental, es una de las cualidades indispensables que debe poseer toda persona que haya de trabajar en equipo.
Nivel afectivo superior
Necesidad de sentir y amar la belleza, la armonía, la bondad y de expresarlos. Y además, y por otro lado, necesidad de algo perfecto, absoluto. En este nivel brota la creación artística, la admiración sincera por cuanto significa amor abnegado y altruista -que se centra en el otro, no en el yo personal-, ese mismo amor y, ya en su expresión más elevada, el verdadero amor de Dios.

Por último, en la cumbre de la personalidad, el nivel más raramente desarrollado, el de la voluntad espiritual.

Calificamos a esta voluntad de espiritual, para distinguirla de lo que en términos vulgares suele entenderse por voluntad, que debería apellidarse voluntad vital o afectiva, según los casos, ya que, en efecto, en la vida cotidiana nuestra acción se nutre casi exclusivamente de la energía dimanante de los niveles vital-instintivo o físico y afectivo personal, ambos inferiores; y se debe a esta razón, a que, estando por lo general bajo el «tono fisiológico y el emotivo», la persona se siente abúlica y apática, es decir, incapaz de interesarse por las demás personas o por los hechos habituales de su ambiente más que de un modo personal y concreto. Pero aquí nos referimos a la voluntad que ocupa el nivel más elevado de la psique humana y que es por completo independiente del estado vital o afectivo de la persona. Cuando este nivel superior se manifiesta, proporciona al individuo una peculiar intuición de todo cuanto existe y de sí mismo como expresión de un poder primordial, de una voluntad-potencia que está detrás y por encima de todo. Consecuentemente, el individuo experimenta la necesidad básica, en este nivel, de vivir apoyado en su propia noción de potencia, de fuerza interior, que, en suma, es la conciencia más próxima a la noción directa de ser.

Todas estas necesidades, especialmente las de los planos personales, es decir, hasta las del nivel mental concreto inclusive, son necesidades básicas, las tenemos todos, existen en todo hombre. Sin embargo, algunas de ellas, en particular las correspondientes a los niveles superiores, apenas se manifiestan, aun existiendo también en todo el mundo, al menos potencialmente.

Desde luego, una persona será intrínsecamente superior en la medida en que haya llegado a expresar de un modo más real y más operativo sus niveles superiores. Y en ello estriba, en definitiva, la verdadera calidad humana. Quien sólo tiene desarrollados sus niveles personales, aunque por el ambiente en que haya vivido y las circunstancias en que actualmente se desenvuelva su vida es posible que hable y razone sobre el deber, el amor a los demás, la religión, etc., sin embargo, en realidad, no pasará de ser un hombre inferior, egocentrado, y la espiritualidad y el altruismo que expresa en sus palabras es pura teoría, que anda muy lejos de la verdadera calidad de sus acciones, pues éstas revierten siempre en él, constituyendo su propia persona el objetivo final de cuanto hace.

Es preciso llegar a comprendernos a nosotros mismos para ver hasta qué punto funciona cada uno de nuestros niveles y con qué intensidad. Esto nos proporcionará al mismo tiempo una primera pauta muy útil para aprender a mirar y a calibrar a los demás.

Tendencias temperamentales
El impulso primordial de desarrollo que se expresa a través de las necesidades se diferencia y especifica aún más, posteriormente, al manifestarse de distinto modo a través de los diversos temperamentos.

En efecto, otro factor a tener en cuenta al estudiar cómo se forma nuestra personalidad es la constitución física. Nos estructuramos, crecemos, nos desarrollamos sobre una base biológica; después aparecerán estructuras superiores, afectivas, intelectuales, espirituales. Y cuanto más elevadas sean, más independencia veremos que adquieren respecto a lo biológico. Pero inicialmente nuestra personalidad psicológica se estructura, se configura guardando un paralelismo muy estrecho con nuestra personalidad física.

Por esto es importante conocer las características de nuestra personalidad física y cómo ésta se relaciona o el paralelismo que guarda con nuestras tendencias biológicas.

La constitución física es la base del temperamento. Temperamento es nuestra tendencia básica a reaccionar, no por educación, por dominio propio, sino por impulso natural, de modo espontáneo, y depende de nuestra estructura biológica. La persona en que predomine el aparato locomotor tendrá una tendencia innata a la acción, al esfuerzo, a la violencia si es preciso; si el aparato locomotor es poco importante pero predomina el sistema nervioso, su reacción será intelectual, emotiva, de agilidad, pero no de fuerza; y en quienes predomine el factor visceral, vegetativo, habrá un sentido realista ante las cosas, serán personas que buscarán la comodidad, la seguridad, el ahorrarse esfuerzo y violencias.

Por esto es importante, porque nuestro carácter se estructura básicamente sobre el patrón de nuestra constitución. El temperamento es la vertiente psicológica de la constitución. Y el carácter es el temperamento más la educación, más las experiencias adquiridas, es decir, más todo lo que se ha ido sedimentando sobre la estructura primitiva. Temperamento es la raíz psicológica, el esqueleto psíquico de nuestra conducta. El carácter, la conducta misma considerada como fuente de las acciones en sus matices peculiares para cada persona.

Como es fácil distinguir los elementos de la constitución, resulta interesante conocerlos un poco. Hay muchas escuelas que determinan los diversos tipos de temperamento. Cada una parte de un punto de vista distinto. Todas son ciertas, pero también todas parciales. Poder enfocar aunque sólo sea nuestra constitución física y, por tanto, la temperamental de un modo completo es prácticamente imposible. Existe la escuela italiana de Viola y Pende, que estudia la importancia que tiene en la constitución física y después en el carácter el desarrollo endocrino, cuando predomina más una glándula que otra, lo que da una configuración y tendencias distintas y concretas. Su estudio es de interés más bien para las personas que pretenden especializarse, porque requiere unos conocimientos fisiológicos complejos.

La escuela alemana de
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