Efam escuela de Formación y Animación Misionera Pastoral Misionera Arquidiocesana Salta






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fecha de publicación14.08.2015
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EFAM – Escuela de Formación y Animación Misionera – Pastoral Misionera Arquidiocesana – Salta

Dimensión Misionera de la Liturgia




DIMENSION MISIONERA DE LA LITURGIA
Contenidos:

  • La Liturgia: Conceptos básicos. Dimensión misionera

  • Los Sacramentos: Conceptos básicos. Dimensión misionera.

  • Otras Celebraciones Litúrgicas: Sacramentales, Piedad Popular y Exequias Cristianas.

  • La Liturgia de las horas: Conceptos Básicos. Dimensión Misionera.


Tema 1: La Liturgia

Conceptos básicos

“Liturgia” es un vocablo que procede del griego leitourgia, que está compuesto por el sustantivo leiton = pueblo y ergon = obra, trabajo, por lo cual su sentido etimológico podría traducirse como “obra, o quehacerpúblico” o “servicio de parte y a favor del pueblo”. Antes de alcanzar el significado religioso, los griegos utilizaban esta palabra para referirse a todo acto o servicio público, actos oficiales del gobierno y hasta el servicio militar. En el Nuevo Testamento, la palabra liturgia es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino (He 13,2; Lc 1,23), sino también el anuncio del Evangelio (Rm 15,16; Flp 2,14-17.30) y la caridad en acto (Rm 15,27; 2Co 9,12; Flp 2,25), haciendo referencia a un servicio de Dios y de los hombres (CIC 1070). Pío XII define la liturgia en la encíclica Mediator Dei como “el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre, como cabeza de la Iglesia, y el que la Iglesia tributa a su fundador y por medio de El al eterno Padre. ”(MD 29).
El Concilio Vaticano II dedicó todo un decreto, el “Sacrosantum Concilium” a la sagrada Liturgia, y sentó las bases de lo que entiende hoy la Iglesia por la liturgia.
En él, afirma que Dios realizó la salvación de la humanidad por medio de Jesucristo, quien fue instrumento de nuestra salvación. Por esto en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino. Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. (SC 5)
Cristo es sacramento del padre, en cuanto que es signo visible del Padre invisible. Y esta sacramentalidad se realiza de tres formas básicas:


  • Leitourgia (culto público): Cristo Sacerdote. Sus actos son el más sublime culto ofrecido a Dios, y al mismo tiempo son una fuente de santidad y gracia para los hombres.

  • Martyria (testimonio): Cristo Profeta, “el que está en el seno del Padre” (Jn 1,18) revela al Padre; por su situación especial es el testigo único que habla de lo que ha isto. Su sola persona une lo visible con lo invisible. Es un signo, una manifestación de Dios entre nosotros (emmanuel).

  • Diakonia (servicio): Cristo Señor (Rey) recibe del Padre todo juicio definitivo y el poder de hacernos partícipes del reinado de Dios.


Y así como Cristo fue enviado por el Padre, El, a su vez, envió a los Apóstoles llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda la tierra, sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica. (SC 6). Por lo tanto, esta salvación obrada una vez y para siempre por Jesucristo, se prolonga en la Iglesia por medio de la liturgia.
La Iglesia es el signo detrás del cual palpita el mismo Cristo, y en ella se prolongan las mismas funciones esenciales: leitourgia, martyría y diakonía. En este sentido es que afirma la constitución Gaudium et Spes que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre (GS 45)
El servicio litúrgico cumplido en la Iglesia tiene por sí mismo un valor evangelizador que la Nueva Evangelización debe situar en un lugar muy destacado. En la liturgia se hace presente hoy Cristo Salvador. La Liturgia es anuncio y realización de los hechos salvíficos (cf. SC 6) que nos llegan a tocar sacramentalmente; por eso, convoca, celebra y envía. (SD 35)

La Liturgia, alabanza a Dios y santificación del hombre

En la liturgia se da un doble movimiento, una doble misión que la Iglesia realiza a través de ella, continuación de la doble misión de Jesucristo:


  • Un movimiento ascendente como culto que toda la Iglesia rinde al Padre. Cristo expresó en su oración sacerdotal este movimiento ascendente: “Yo te he glorificado aquí en el mundo cumpliendo la obra que me encomendaste” (Jn 17,4). La finalidad primera de la liturgia es la alabanza y acción de gracias a Dios por la gratuidad de su amor “que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales” (Ef 1,3).

  • Otro movimiento descendente, por el que la Iglesia y el mundo por su intermedio, experimentan la santificación . Cristo también manifiesta esta misión descendente: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10,10). Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica que “en la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente el misterio pascual.” (CIC 1085)


Llamamos liturgia a la respuesta que damos a Jesús y por medio de El al Padre. En la liturgia, aceptamos su Palabra y tratamos de vivirla en comunidad. Jesucristo nos enseñó a vivir la liturgia:


  • Nos enseñó a orar con su ejemplo (Mc 1,12) y con sus palabras (Lc 11,1; Mt 7,7)

  • Nos mandó ofrecer dones: “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11,24)

  • Nos prometió que cuando estemos reunidos, El estaría con nosotros (Mt 18,20)


Así es que Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica:


  • En la asamblea reunida en su nombre: de hecho la asamblea se reúne “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y nos dirigimos al Padre en el nombre de Jesús (“por Jesucristo nuestro Señor”). Se cumple así su promesa: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt., 18,20). (SC7)

  • En la persona del ministro: Cristo ordenó que se hiciera en su memoria lo que El hizo en la última Cena. El ministro sigue siendo siempre Cristo, pero el que preside la celebración actúa “en nombre de Cristo”, lo representa. (SC7)

  • En la Palabra proclamada, “pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla” (SC7). En efecto, “en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio” (SC 33)

  • En el sacrificio Eucarístico: Bajo las especies eucarísticas del pan y el vino, tiene una presencia muy especial, en comparación con los otros sacramentos. En los otros sacramentos, los elementos materiales (agua, aceite, etc) no cambian su identidad real ni se transforman, en cambio en la Eucaristía se da un cambio tal que del pan y del vino se dice con verdad: Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre. (cfr SC7)

  • En los demás sacramentos: Está presente con su virtud, de tal modo que la acción producida le pertenece. Cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza, o perdona, ofrece, bendice, consagra, santifica, sana... (cfr SC7)

  • En la actitud orante de la Iglesia: El Sumo Sacerdote de la nueva y eterna alianza, “une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino h imno de alabanza” (SC 83 refiriéndose a la Liturgia de las Horas)


Con razón, entonces, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia. (SC 7)
El Espíritu Santo prepara para recibir a Cristo, recuerda (anamnesis) y actualiza (epiclesis) el Misterio de Cristo en la liturgia, y pone en comunión con Cristo para edificar su cuerpo que es la Iglesia.
Dimensión misionera de la Liturgia

Existen profundas relaciones entre liturgia y misión. A continuación se mencionan las principales:

  • La misión de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la caridad del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, la libertad y a la paz de Cristo por el ejemplo de la vida y de la predicación, por los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación del misterio de Cristo. (AG5)




  • La liturgia robustece a la Iglesia para predicar a Cristo (SC2)




  • La salvación obrada por Jesucristo principalmente por el Misterio Pascual de su pasión, resurrección y glorificación (SC 5) es continuada por la Iglesia por medio de la liturgia (cfr SC 6)




  • La acción litúrgica manifiesta a la Iglesia y la edifica como tal. Le da la posibilidad visible de mostrarse como Iglesia, pueblo, asamblea, heredad e Dios convocada y congregada. Por un lado, la celebración litúrgica es un gesto visible de la Iglesia, que sirve de testimonio de fe a los no creyentes, haciendo presente a la Iglesia en medio de las comunidades humanas. Además, la comunidad eclesial se va construyendo en torno a la liturgia. Los que se incorporan a la Iglesia lo hacen a través del sacramento del bautismo y se congregan cada semana para celebrar la Eucaristía y los sacramentos. De aquí su fuerte relación con la misión, que tiene estos dos mismos objetivos: manifestar a Dios y a su Iglesia en el mundo, y edificar la Iglesia en medio de los hombres.




  • De la liturgia brota la misión, puesto que la fecundidad del apostolado seglar depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: "El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer" (Jn. 15,4-5). Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre de auxilios espirituales, que son comunes a todos los fieles, sobre todo por la participación activa en la Sagrada Liturgia (AA 4). Al finalizar la Misa, los que han participado de la celebración litúrgica, deben “ir de nuevo al mundo”, enviados a convocar comensales al banquete del reinio. Este es el significado de la palabra “misa” aplicada a la Eucaristía (“missio” = “ vayan”) como el deseo de hacer de cada celebración un envío al mundo.




  • La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos (esto es, la misión) se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor. (SC 10)




  • La predicación del mensaje y su celebración litúrgica deben ir en consonancia como nos lo recuerda el famoso adagio “lex orandi, lex credendi” (la ley de la oración es la ley de la fe) o sea, la Iglesia cree como ora. Cuando celebra los misterios, confiesa la fe recibida de los apóstoles. Y así, lo que celebra la impulsa a predicarlo, y lo predicado la impulsa a la celebración, tributando de esta manera un reconocimiento filial a la gloria de Dios que, allí donde se manifiesta, merece nuestra adoración, alabanza y gratitud.


Tema 2: Los Sacramentos


Conceptos básicos

Los sacramentos son signos sensibles (palabras o gestos simbólicos) que anuncian al ser humano, y le aportan efectivamente, en ciertas etapas decisivas de su vida, la salvación que posee en plenitud nuestro Señor Jesucristo por su muerte y resurrección, comunicada por el ministerio de la Iglesia en ejercicio del sacerdocio de Cristo, dando un culto público e integral al Padre, al mismo tiempo que se ofrece la santificación del hombre.
Cristo, en su calidad de “Señor” puede comunicarnos la gracia que mereció y adquirió para nosotros. Los sacramentos son una continuación de la presencia del Verbo encarnado y del papel soteriológico (salvador) de su cuerpo. En ellos se hacen presentes los actos salvíficos de Cristo. “Lo que era visible en Cristo ha pasado a los sacramentos de la Iglesia” (San León Magno, Sermón 74). Lo que hacía la humanidad de Cristo por referencia a la divinidad, lo hacen ahora los sacramentos.
Cristo, al ser “el rostro visible del Dios invisible” (Jn 14,7.9), signo de la presencia de Dios con nosotros (Emmanuel) se constituye en “sacramento del Padre”. La Iglesia al continuar la obra redentora de Cristo, se convierte en “sacramento universal de salvación” (cfr LG 9b, 48b, 8a), puesto que es un signo sensible de la presencia de Dios en medio de los hombres.
La sacramentalidad de la Iglesia se manifiesta en los siete sacramentos que concretan y realizan la presencia actuante del Señor en medio de la comunidad creyente. Cada sacramento es un acontecimiento salvífico y supone un encuentro con quien ofrece la salvación, por eso tienen carácter dialógico (de diálogo) y festivo (de buena nueva). Los sacramentos presentan el doble aspecto de santificación del ser humano y culto dirigido a Dios; por ello son una verdadera liturgia.
Es importante destacar que la acción de Cristo se extiende mucho más allá de la visibilidad de la Iglesia. La virtud de la cruz es anterior a los vehículos sensibles que la hacen presente. Anterior significa independiente, en el sentido de que “Dios no ligó su virtud únicamente a los sacramentos” (Santo Tomás). Conviene notar esto para no dar a los sacramentos, ni siquiera a la Iglesia un balor absoluto que no tienen. Pero el orden normal de la gracia es el ya descrito: Jesús fundó una Iglesia que despliega sus riquezas salvadoras en los signos sacramentales. Un no bautizado puede estar unido a Cristo por la fe y la caridad, pero no ha recibido el signo sensible. Falta, pues, la certeza objetiva para fundamentar un culto comunitario, eclesial, en el que se pueda señalar la presencia de Cristo y permita decir: “Cristo está ahí, en ese gesto, actuando ahora”.
Dimensión misionera de los Sacramentos

Los sacramentos son según San Agustín “palabra que se hace visible” o signos con los que confesamos nuestra fe. Dice el Concilio: “Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios; pero, en cuanto signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe”. (SC 59). A través de los sacramentos, la Iglesia da testimonio al mundo de su fe.
Tanto la preparación como la celebración de los ritos sacramentales son también una ocasión para la predicación de la Palabra de Dios. Sacramentos y Palabra de Dios van indisolublemente unidos, como decía San Agustín: “se añada unas palabras a un elemento y resulta un sacramento” (Tratado sobre el Evangelio de Juan 80,3). Los sacramentos se manifiestan como actos acompañados de palabras: el conjunto de gestos y palabras son el lenguaje que explicita el acto salvífico realizado por Cristo en el acto visible simbólico del sacramento.
El carácter sacramental (señal espiritual e indeleble en el alma impresa por algunos sacramentos) conferido por el bautismo, la confirmación y el orden, tiene características de ser:

  • Un signo distintivo: distingue al bautizado, confirmado y ordenado de los que no lo son

  • Un signo obligativo: obliga a una coherencia con el sacramento recibido

  • Un signo dispositivo: dispone para desempeñar la misión a favor del Reino. Los sacramentos capacitan a quien los recibe para participar de la misión de la Iglesia.

  • Un signo configurativo: configura con Cristo para ejercer su sacerdocio y ordena la vida del creyente a la Iglesia visible, y por ello mismo a su naturaleza íntima de “enviada al mundo”.


El Bautismo marca el punto de partida del camino salvífico: vivir lo que se ha llegado a ser. El bautizado entra en el designio de salvación universal y se hace partícipe de un programa de vida, de un compromiso ineludible, lo hace apto para ser signo de la presencia de Dios ante el mundo y le da la fuerza para serlo. Dice LG 11: “Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia
La Confirmación da plena forma a la misión bautismal, puesto que el Espíritu Santo, al recaer sobre el bautizado, lo constituye en “poder” para la misión con miras a la predicación y al testimonio. A través de la confirmación se ratifica la inserción plena del bautizado en la vida y misión de la Iglesia. Dice LG 11: “Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras, como verdaderos testigos de Cristo.
La Eucaristía culmina este proceso de configuración con Cristo y prolongación de su misterio, por lo cual aparece como fuente y culmen de toda la evangelización. Juan Pablo II decía en mayo de 1988 en su visita al Perú que “de la Eucaristía nace la misión de todos: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, de todo el pueblo de Dios. En ella se hace presente la potencia del Espíritu Santo que nos impulsa a ser testigos de Cristo para anunciar su mensaje salvador a todas las naciones. Es el sacramento de la misión y el envío”
El envío al final de la celebración eucarística siempre se ha interpretado como una invitación a la misión. Quien se ha alimentado de la Palabra de Dios y de su Cuerpo y Sangre, debe salir como un portador de Cristo y testigo de la salvación.
Dice LG 11: “Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según su condición. Pero una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan concretamente la unidad del pueblo de Dios aptamente significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento.
La Reconciliación es una proclamación ante el mundo del amor misericordioso de Dios, y un retorno de quien la recibe a la transparencia de Cristo que había sido opacada por el pecado. La recepción de este sacramento tiene incidencia en el espíritu misionero porque experimenta en sí mismo la salvación de la que se le pide ser testigo ante los demás. Dice LG 11: “Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la ofensa hecha a Dios por la misericordia de Este, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que pecando, ofendieron, la cual, con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión.
La unción de los enfermos vincula al enfermo creyente con la Pascua redentora de Cristo. Al unirse a este misterio pascual, se une también a la causa de Cristo, puesto que se hace cooperador de la misma obra dando sentido salvífico a su situación doliente. En este momento, ofrecer los propios sufrimientos por el bien de los demás y por la propagación del reino, son una forma de cooperar activamente en la misión universal de la Iglesia. Dice LG 11: “La Iglesia entera encomienda al Señor, paciente y glorificado, a los que sufren, con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, para que los alivie y los salva; más aún, los exhorta a que uniéndose libremente a la pasión y a la muerte de Cristo, contribuyan al bien del Pueblo de Dios.
El matrimonio confiere a la pareja la gracia de ser verdaderos y propios misioneros del amor y de la vida. Y no únicamente para quedarse en el interior de su propia familia, sino para ser un signo luminoso de l a presencia de Cristo y de su amor para los alejados.
El orden es el sacramento gracias al cual, la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempo: es pues el sacramento del ministerio apostólico. (CIC 1536). Este sacramento configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo a favor de su Iglesia (CIC 1581). La gracia conferida por el Orden, impulsa a quien lo recibe a anunciar el Evangelio a todos, a ser el modelo de su rebaño, a precederlo en el camino de a santificación identificándose en la Eucaristía con Cristo Sacerdote y víctima. (CIC 1586). Por ende, orienta a quienes lo reciben a ser los signos misioneros de la comunidad eclesial. Dice LG 11: “Además, aquellos que entre los fieles se distinguen por el orden sagrado, quedan destinados en el nombre de Cristo para apacentar la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios.

Tema 3: Otras Celebraciones Litúrgicas


Los sacramentales son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida. (CIC 1667, cfr SC60)
Han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificacio´n de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como el uso de cosas útiles al hombre. Según las decisiones pastorales de los obispos, pueden responder también a las necesidades, a la cultura y a la historia propias del pueblo cristiano de una región o de una época. Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de las manos, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita (que recuerda el bautismo) (CIC 1668)
Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella. (CIC 1670)
Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones de personas (profesiones religiosas, bendiciones para ministerios tales como lectores, acólitos, catequistas, etc.), de la mesa, de objetos (un altar, los santos óleos, vasos y ornamentos sagrados, imágenes, estampas, medallas, etc.), de lugares (una casa, un templo), etc., las que se realizan invocando el nombre de Jesús y haciendo habitualmente la señal de la cruz (CIC 1671-1672).
Existen también diversas manifestaciones de piedad de los fieles y de religiosidad popular enraizadas en las distintas culturas, a través de las cuales el pueblo cristiano expresa su sentido religioso en torno a la vida sacramental de la Iglesia, como por ejemplo la veneración de las reliquias, las visitas a los santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rezo del rosario, las medallas, etc. (CIC 1674). Estas expresiones prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la sustituyen. Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas que expresan mejor un sentido evangélico y una sabiduría humana, enriqueciendo la vida cristiana, y purifica y rectifica aquellas que necesitan ser corregidas, en vistas a que conduzcan a un mejor conocimiento del Misterio de Cristo.
Por último, también tienen una función sacramental (en el sentido de manifestar visiblemente a Cristo y su Iglesia) las exequias cristianas. Las exequias consisten en una celebración realizada con motivo del fallecimiento de un cristiano. No confieren al difunto ni sacramento ni sacramental, puesto que ya ha fallecido. A través de ella se expresa la comunión eficaz con el difunto y hace participar en esa comunión a la asamblea reunida en torno a él.
Tanto los sacramentales como las manifestaciones de la piedad popular, como las exequias cristianas, tienen una dimensión misionera, en cuanto que son manifestaciones visibles de la fe y de la comunidad eclesial, sirviendo de testimonio ante los no creyentes y a los alejados.


Tema 4: La Liturgia de las Horas


Conceptos básicos

La Liturgia de las Horas (en otro tiempo Oficio Divino) es una oración que la Iglesia ha confeccionado sirviéndose especialmente de los salmos, y que está estructurada de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche (SC84). Es la “oración pública de la Iglesia” (SC98), en la que todos los fieles participan según su lugar propio en la Iglesia y las circunstancias de la vida: los sacerdotes, porque son llamados a permanecer asiduos en la oración y el servicio de a Palabra (CF SC86); los religiosos y religiosas, por el carisma de su vida consagrada (cf SC 98) y los fieles laicos según sus posibilidades (cf SC100).
Esta oración que comenzó en los primeros cristianos siendo una obra común (liturgia), por diversas circunstancias terminó siendo por largo tiempo tarea del clero y de los monasterios. Se les encargó su “lectura orante” en latín según un esquema fijado en el Breviario u Oficio Divino. La comunidad cristiana se desentendió de esta forma de oración sálmica, buscando otras devociones, como el rosario que llegó a llamarse el breviario del pueblo sencillo (el origen de las 150 avemarías que componían el rosario tradicional hasta el año 2002, se remonta a los 150 salmos, cuya recitación, fuera del alcance del pueblo que no sabía leer, fue reemplazado por 150 avemarías). Luego del Concilio Vaticano II se devuelve esta oración al Pueblo de Dios, incentivándolo a participar de ella.
Los signos y las letanías de la Liturgia de las Horas insertan la oración de los salmos en el tiempo de la Iglesia, expresando el simbolismo del momento del día, del tiempo litúrgico o de la fiesta celebrada. Además, la lectura de la Palabra de Dios en cada hora y, a ciertas horas, las lecturas de los Padres y maestros espirituales, reflejan más profundamente el sentido del misterio celebrado, ayudan a la inteligencia de los salmos y preparan para la oración silenciosa. (CIC 1177)
Los principales momentos sobre los que gira la Liturgia de las Horas son:

  • Horas Principales: Laudes, como oración matutina y Vísperas como oración vespertina

  • Completas, que corresponden al final del día, oración para el descanso nocturno

  • Oficio de Lectura, anteriormente llamada Maitines, que puede celebrarse en cualquier momento del día

  • Horas menores: Tercia por la mañana, Sexta al medio día y Nona por la tarde.


Los sacerdotes están obligados, por su consagración, al rezo de la Liturgia de las Horas, mientras que las mismas son recomendadas para los religiosos e incluso para los fieles laicos.
Dimensión misionera de la Liturgia de las Horas

La oración es el motor de la misión. Así lo entendieron los apóstoles, que al constituir diáconos, dijeron: "Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra" (He 6,4).
Al orar se alimenta la fe de cuantos participan y las mentes se dirigen a Dios, presentándole una ofrenda espiritual y recibiendo de El su gracia con mayor abundancia (OGLH14). Debido a esta vinculación con Cristo, “los que toman parte de la liturgia de las horas contribuyen de modo misteriosos y profundo al crecimiento del pueblo de Dios, ya que las tareas apostólicas se ordenan a que todos, una vez hechos hijo de Dios por la fe y por el bautismo, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor” (OGLH 18). Quien da eficacia a la evangelización es el mismo Espíritu de Dios, por lo mismo, orar en el Espíritu es estar fecundando su obra. Con esta oración se alimenta la vida personal, pero también se nutre y alienta la acción pastoral y misional.

Abreviaturas Utilizadas

AG: Decreto “Ad Gentes” sobre la actividad misionera de la Iglesia (Concilio Vaticano II)

CIC: Catecismo de la Iglesia Católica

GS: Constitución “Gaudum et Spess”, sobre la Pastoral de la Iglesia en el mundo actual (Concilio Vaticano II)

LG: Constitución “Lumen Gentium” sobre la Iglesia (Concilio Vaticano II)

MD: Encíclica “Mediator” Dei (Pío XII)

OGLH: Ordenación General de la Liturgia de las Horas (1971)

SC: Constitución “Sacrosantum Concilium”, sobre la Sagrada Liturgia (Concilio Vaticano II)



Trabajo Evaluativo
a.- Lee y sintetiza los conceptos fundamentales de los siguientes artículos de los Documentos de la Iglesia:

a1.- Relativos a la Liturgia en general: SC 2.5-7; CIC 1078-1092

a2.- Relativos a los Sacramentos y Sacramentales: SC 59-60; CIC 1113-1121.1210.1212-1213.1262.1267.1270.1285.1302-1303.1322-1325.1422.1468-1469.1499.1520-1522.1536.1581.1586.1594-1596.1601.1653.1656; LG11

a3.- Relativos a la Liturgia de las Horas: SC 83-90.95-100
b.- Describe los rasgos misioneros de la Liturgia. ¿Cómo podemos hacer que la liturgia en nuestras Parroquias y Comunidades sea motivadora para la misión?
c.- Describe los rasgos misioneros de cada uno de los sacramentos.


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