La historia es la politica del pasado…






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HISTORIA DEL MOVIMIENTO

OBRERO ARGENTINO

Una visión desde los trabajadores


LA HISTORIA ES LA POLITICA DEL PASADO…

LA POLITICA ES LA HISTORIA DEL PRESENTE”

FASCICULO V


Central de Trabajadores Argentinos

Año 2005

Los siguientes fascículos son la reproducción de un curso realizado por Víctor De Genaro, en el Anfiteatro Eva Perón, de A.T.E., entre los meses de marzo y julio del año 2004.
RECUPERACION DE LAS INSTITUCIONES DEMOCRATICAS y CRISIS NACIONAL e INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

(1983-1990) 5ta. etapa


Hay dos cosas que hoy no puedo dejar de decir. Venía leyendo unos materiales de historia, de los que se dan en la secundaria, y me sorprendió cuando en un momento dado una de las autoras dice que “no se puede hablar de la historia reciente”. Que “hay que esperar unos 30 años para escribir historia, porque los hechos son demasiado contemporáneos”. Por suerte, como ya vimos acá eso que dice Galasso, de que “la historia es la política del pasado, y que la política es la historia del presente”, entonces podemos seguir.

Cuando hablábamos de este período, hablamos de la recuperación institucional, y una crisis internacional. Veníamos de un mundo que en muchos lados se iba camino del socialismo. La mayoría de la gente y de los países vivía en el socialismo, o con experiencias socialdemócratas. En cambio en esta etapa vamos a encontrar que la crisis de la clase trabajadora no es sólo en la Argentina, sino que hay un “crack” internacional que se puede sintetizar en el ’89 cuando se cae el Muro. Y yo recuerdo cuando fui a Alemania pensaba que el Muro estaba solamente en Berlín, y me sorprendió que el muro atravesaba Alemania. Es como si acá fuera de Bahía Blanca a San Nicolás. Ese ’89 abrió una instancia de discusión tremenda, porque toda la concentración de poder que se tuvo desde el siglo anterior, en las primeras etapas del socialismo, o de la autogestión, o de las cooperativas, o de las comunidades que sintetizó el Manifiesto Comunista. Que habían sido una experiencia espectacular, que los “comuneros” de París habían empezado a mostrar que era posible, y que se había coronado con la primera revolución en la Unión Soviética en el ’17, iban a verse en cuestionamiento en 1989. No es poca cosa, porque hasta ese momento en la sociedad sabíamos hasta dónde íbamos, pero en el campo popular nadie discutía que se iba hacia una etapa superior, que del capitalismo deberíamos pasar al socialismo. Cada cual le ponía el nombre que quería, nacional, internacional, latinoamericano, indomericano.

Pero volviendo en el tiempo, el 30 de marzo de 1982 la CGT Brasil, la CGT regionales, y las agrupaciones gremiales peronistas convocaban a la movilización hacia Plaza de Mayo. Ese día nos metieron presos por todos lados, estuvimos sacando compañeros como hasta las cinco de la mañana. Y al otro día nos metieron la marchita por Malvinas.

El otro día, la compañera que estuvo acá, de prensa, contó cómo a finales del ’81 habían hecho ellos un paro por tiempo indeterminado, o sea, se venía un avance. Y ese día 30 de marzo, se venía en fin de ese proceso de deterioro, y aunque todavía no se había armado la Multisectorial, estaban empezando a discutir cómo salían.

Y ahí viene Malvinas, que no se inventó en un día, se venía preparando. Para entonces, vale la pena recordarlo, se estaba en el mundo, en el marco del Documento “Santa Fe I”. Estaba Ronald Reagan como presidente en Estados Unidos, y se había firmado ese acuerdo, por el cual se reconocía que la Doctrina de la Seguridad Nacional ya no servía ante el fenómeno de las luchas populares que venía creciendo, y se acuerda recomponer la institucionalidad.

Respecto de Malvinas, no se puede determinar con claridad, pero desde mi lógica lo más seguro es que Estados Unidos quisiera quedarse con Malvinas, y alentó la posibilidad de las “tres banderas” como solución: la inglesa, la norteamericana, y la argentina. Quizás eso haya entusiasmado a las Fuerzas Armadas argentinas como una salida decorosa. A Estados Unidos les permitía poner un pie en forma directa esta parte del mundo. Eso no termina pasando, por esas cosas de la vida, y porque otra vez el pueblo argentino metió la cola con su protagonismo.

El 2 de abril se toman las Malvinas, y se produce un debate muy grande. Porque contrariamente a lo que se impone en el imaginario, ese 2 de abril el movimiento obrero no fue a la Plaza de Mayo. Es más hubo un intento de “arrastrar” gente a la Plaza y no funcionó. Por supuesto que José María Muñoz, que ya había alentado no sólo en el mundial, sino después cuando vino la comisión de la OEA, en el ’79 cuando fue el mundial juvenil donde jugaban Maradona y Ramón Díaz, había querido que fuera el pueblo argentino a la Plaza de Mayo, y fueron solamente los pibes del secundario, que les dieron hora libre y fueron. Pero nada más.

Estaba la cola de gente que iba a hacer las denuncias ante la comisión de la OEA, y los únicos que iban y puteaban eran los “servis”. Acá, el 2 de abril del ’82, pasó algo parecido. Muñoz lanzaba la idea de copar las plazas en todo el país, y solamente hubo gente en la parte de adelante, cerca de la Casa Rosada. Y para mí eso es importante. Yo en ese momento era de las Agrupaciones Peronistas, me llaman y dicen “Están convocando a la plaza”. Discutimos fuerte si había que ir o no. Ricardo Pérez, que era de Camioneros, y secretario de prensa de la CGT, recién salía de la cana después del acto del 30 de marzo. Los habían soltado, claro, porque “tenían que hacer el negocio”. Habían pensado, “nosotros los soltamos, ustedes nos bancan Malvinas”. Nosotros discutimos mucho.

Y me acuerdo que a las dos de la tarde mandamos un grupo de compañeros a ver si había gente en la Plaza y decíamos “si hay mucha gente, vamos”. Por suerte, no había nadie.
¿Cuándo sí hubo una manifestación popular importante? El 10 de abril. Ese día la plaza de Mayo se llenó. Yo estuve, medio a contrapelo, con bronca, pero fui. Esa mañana llegaba el encargado de Estados Unidos para la negociación. Las tropas ya estaban en Malvinas. Nosotros habíamos empezado a recibir la solidaridad latinoamericana, ese es un dato importante. Venezuela, Cuba, Brasil, Uruguay, nos habían manifestado su apoyo. En Cuba se hacían colas para alistarse como voluntarios. En Perú decían que nos iban a mandar aviones. Salvo el Chile de Pinochet, que jugó otro rol, los latinoamericanos apoyaban. Y ese 10 de abril, venía Haigh, el enviado norteamericano, que venía a plantear lo de las “tres banderas”.

Yo vivía en Lanús, y esa mañana mi mujer insistió mucho en venirnos. Vine con ella y con mi hija Lucía arriba del hombro. Y esa tarde, con la Plaza de Mayo llena, cuando llega Haigh, Galtieri sale al balcón y dice la famosa frase: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”. Y la gente hace “Uahhhhhh”. Una ovación, que es la parte que muestran siempre. Y es la imagen que queda. Pero después yo viví algo que después, con los años, injustamente no vi recuperado en ningún lado. Porque es increíble, nunca había visto cambiar al pueblo, en un instante su expresión política. Sin embargo, para el recuerdo, en televisión quedó sólo hasta ahí. Está claro que la historia oficial lo debe recordar así, pero no nosotros. Los dos materiales que muestran ese acto, creo que es injusto que muestren sólo ese pedacito. Yo le dije a Rodríguez Arias y a Aliverti, que hicieron documentales, para poder tener el video entero, porque tenía miedo que se hubiera perdido el original. Después de esa ovación, entonces, Galtieri se agrandó tanto que dijo: “Yo, como presidente de la Nación...”, y ahí se larga una chiflatina espectacular, y muchos empezaron a gritar “Borombonbón, borombonbón, esta plaza es de Perón”. Y eso no lo mostraron nunca después. Ese pueblo enfrentaba al enviado norteamericano, defendía a los compañeros que estaban allá ante la posibilidad de la derrota militar, y supo diferenciar. Fue como si se le hubiera dicho a Galtieri: “Estoy acá para que nos defiendas de los ingleses, pero otra cosa no te voy a bancar”. Lo que demuestra que la conciencia va por un lugar que uno tiene que aprender a sentir. Después, el 14 de junio, cuando terminó la guerra, se cantaba “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Eso sí lo muestran.

En ese tiempo, con la guerra, habían venido dirigentes latinoamericanos para apoyar a la Argentina, y nosotros recuerdo que aprovechamos esa legalidad e hicimos actos en todo el país con reivindicaciones. Esto que se entienda, uno no está hoy defendiendo Malvinas. Se había recuperado una legalidad, no sólo para el movimiento obrero. El rock nacional también. Ahí aprendí que los únicos que estaban al lado nuestro eran los latinoamericanos. Lo que demuestra los intereses de los grandes poderes, ahí ellos estaban todos juntitos.
DEL PUBLICO: Esto demostró el doble valor de la actitud de los pueblos latinomericanos, que no respondieron con venganza a los repetidos ataques de los gobiernos militares para con todo el continente...

Sí. Además, lo que aparece con fuerza es la unidad del movimiento obrero en todo Latinoamérica. Después de eso se fueron dando las huelgas de los metalúrgicos –donde estaba Lula– en Brasil, la PIT CNT en Uruguay, y otras experiencias.

Después de la guerra, empieza la debacle, que va a terminar con las elecciones del 30 de octubre del 83. En ese tobogán, va a haber dos paros nacionales: el primero, convocado por la CGT Brasil, y el segundo, ya cerca de las elecciones, convocado por todo el movimiento obrero. Que por ese tiempo estaba dividido entre la CGT Brasil y la CGT Azopardo, que era el que no había sido intervenido, y que tenía tipos como Triaca, significaba el sindicalismo botón, participacionista. Los militares se retiraban, y todo se aceleró, incluso en el movimiento obrero. Pero recuperar la legalidad era la prioridad, recuperar la democracia era más importante que cualquier otra especulación.

Se armó la Multipartidaria. El 16 de diciembre de 1982, se movilizó en todo el país exigiendo la vuelta de la democracia. Ese día murió el compañero Danilo Flores.

En esta etapa los militares presentan la ley de autoamnistía, donde Bignone resuelve que “lo que pasó, pasó”, y que “si hubo excesos, ya fueron juzgados por los Tribunales Militares”. Por supuesto esto fue rechazado por todos. Y ahí las Madres ya empiezan a tener una participación que no es sólo de resistencia. Adolfo Pérez Esquivel había recibido el Premio Nóbel de la Paz, y desde la CGT Brasil le hacemos un homenaje. Recuerdo que SMATA estaba participando de eso. Hoy, eso es imposible pensarlo en cosas así, pero entonces era un gremio que venías de ser intervenido... Otra anécdota que recuerdo es que Hebe de Bonafini intentó ir uno de esos días a la CGT Brasil con las Madres –nosotros no estábamos– y se pudrió mal. Después, lo terminamos llevando a Ubaldini, quizás se acuerden de la foto, a la Plaza para darle un beso a las Madres y reconciliarse. De ahí lo conozco a Claudio Lozano, que entonces militaba en el SERPAJ, era secretario de Pérez Esquivel. Eran tiempos difíciles, muchos militaban en varios lados, en apoyaturas de las Madres, con sectores piolas de la Iglesia. En mi caso, para la CGT era el “zurdito”, y para los grupos de derechos humanos era “facho” porque estaba en el sindicalismo. Costó mucho tiempo que estos dos brazos de resistencia contra la dictadura pudiéramos hacer alguna síntesis. Había muchos prejuicios. Y el enemigo jugaba mucho sobre esas contradicciones.

De 1982 a 1983, dentro de las dos CGT empieza un proceso de unidad, que era complicado. Porque había que juntarse con tipos que eran delincuentes, traidores, botones. Pero hubo una tendencia hacia esa unidad, que se da antes de las elecciones. Y era indudable que se iba a dar, porque el peronismo iba a participar de las elecciones, y el movimiento obrero debía ser protagonista, como había pasado en otras épocas. Y se decide, con la unidad, una conducción de cuarenta. Diez de “los 25”, diez de “las 62”, diez de “los participacionistas”, y diez de los independientes.

Alfonsín levanta entonces dos banderas importantes: el desconocimiento de la ley de autoamnistía, que era importante –Luder era puro “Blu, blu, blu, blu”–. Y lanza la idea del pacto militar-sindical, que era que si había un triunfo del peronismo, como el sindicalismo había sido y se veía como responsable de mucho de lo que había pasado después del ’76, iba a bancar el proyecto de autoamnistía. Se producen en ese tiempo manifestaciones impresionantes. Ustedes las recordarán, yo estuve... en las de Luder (risas). En ese momento, en la campaña, el peronismo movilizaba una vez y media lo que movilizaba el radicalismo. Y en cada uno de los actos, había más de un millón de personas.

Y hay una cosa bárbara de esa película “Las patas de la mentira”. Cuando muestran ese acto de cierre en Vélez, donde habla Bittel. Lorenzo no podía hablar... Nosotros, me acuerdo, estábamos en la puerta, no habíamos podido entrar. Y en ese video se ve una cosa impresionante, cuando Bittel cierra diciendo: “En 1945, la opción era Perón o Braden, y el pueblo eligió Perón. En el ’73, era liberación o dependencia, y el pueblo eligió liberación. Hoy, es de nuevo liberación o dependencia, y nosotros elegimos dependencia”. (risas) Y nosotros lo votamos, ese es el problema. Yo creí que era un fallido, qué fallido, el hijo de puta decía la verdad (risas).

En el movimiento obrero se daba la resistencia, y la mayoría de los sindicatos, las organizaciones de defensiva, bancábamos al peronismo. Y cuando se produce la elección, uno piensa muchas cosas. Yo estaba en la unidad básica cerca de mi casa, y eran las dos de la mañana, y decíamos “vamos a esperar que vengas las otras mesas”. Porque habíamos perdido en el centro de Lanús, pero uno se imaginaba que en barrios como Monte Chingolo... y en todos esos barrios con tanto peronismo, también ganaba Alfonsín. Fíjense hasta qué punto había significado la discusión de la representación sindical, que Alfonsín terminó ganando en los barrios más humildes, donde estaban los trabajadores. Algunos, como siempre cuando pasan estas cosas, le echaron la culpa a los trabajadores, al pueblo. Pero no. Algo había pasado. Había una crisis de representación partidaria fundamental. Y la propaganda política, lo que había pegado en esos barrios, era “No a los militares, no a la burocracia sindical”.

Cuando asume Alfonsín, a la dirigencia sindical, al aparato, le dio un miedo por todos los costados. Tenía un apoyo muy grande. Y plantea tres cosas que iba a hacer: en lo económico, en los derechos humanos, y en el movimiento sindical.

Una primera etapa que va a durar hasta mediados del ’85. Cuando estaba Grinspun como ministro de economía, que es el espacio por recuperar la CGE, de plantear con otros países del continente el Club de Deudores cuando Alan García había ganado las elecciones en Perú –que sería para que entiendan los más jóvenes algo parecido a lo que es Chávez hoy–. Hay también un intento para crear una comisión bicameral para enjuiciar a Martínez de Hoz y a Walter Klein, que había sido su secretario de hacienda, por el tema de la deuda externa. Ahí, el diputado radical Tello Rozas –creo que después de eso no pudo presentarse en ningún otro cargo, lo castigaron para toda la vida– que “osó” encarcelar en el Parlamento a Walter Klein, para hacer un allanamiento en sus oficinas. Y finalmente la comisión no salió.

En derechos humanos se produce el primer cimbronazo: se le dice que “no” a la ley de autoamnistía, pero frente a la propuesta de la Comisión Bicameral de investigación que proponían los organismos de derechos humanos para que los militares no fueron juzgados por los jueces que habían jurado por el estatuto de la dictadura, se plantea la posibilidad de un alto juzgamiento de los tribunales militares. Había una factibilidad de que los militares fueron juzgados por ellos mismos. Y había un artículo que ya planteaba que se juzgara solamente “a los que habían dado órdenes, y a los que habían cometido excesos”, con el criterio de lo que mucho después va a ser la Obediencia Debida. Se hace en oposición a esto una marcha impresionante al Congreso que impide que los diputados voten esa ley. Se modifica, aunque sin aceptar la comisión bicameral. Aparece como propuesta nueva la CONADEP, a la que se oponen los organismos, y la decisión de que si a los seis meses los militares no se autojuzgaban, los tribunales civiles podrían hacerlo.

Para el movimiento sindical presenta la “ley Mucci”, con la intención de reordenar la estructura sindical. Que hoy entenderla puede llevar toda una discusión. En ese entonces va a ser aprobada en Diputados, pero no pasa en el Senado. Por los votos, y fundamentalmente por la movilización de la CGT, a la cual también convocamos nosotros. La ley cae y entra en otra etapa de la negociación con los sindicatos.

Yo, en tanto tiempo fuera del trabajo y expulsado del gremio, era secretario general de la agrupación. Y la discusión no fue fácil. Mucci, ministro de trabajo de Alfonsín, era un compañero que había sido gráfico y estatal, sin demasiada experiencia sindical.

La discusión no fue fácil. A mi juicio, hubo un error en esa ley. Se permitía la intervención a los sindicatos. Para garantizar la democracia, de alguna manera, ponía en disponibilidad a todos dirigentes. A nosotros nos llamaron al ministerio, y nos dicen que uno de los 20 gremios que pensaban intervenir era ATE. A mí recién me habían reincorporado al laburo. Mucci nos dice: “Muchachos, nosotros les garantizamos la intervención, y ponemos una comisión para garantizar las elecciones”. Y fue difícil decidir. Iban a hacer lo mismo con la UOM, con SMATA. “A esa comisión van cinco –nos dice– tres los ponen ustedes y dos nosotros”. Ahí dijimos “¿Cómo que estos ponen dos? ¿De dónde salieron estos radicales?”. Y rechazamos la ley. Y marco esto, porque nosotros optamos por llegar al gremio no por la vía de la intervención, sino por democracia. Nosotros queríamos esa garantía, después si perdíamos era otra cosa.

De esto vamos a seguir hablando también el próximo lunes con un invitado como Alberto Piccinini, que había estado muchos años preso, y participó en ese momento de una experiencia en la cual yo no estaba. Ellos conformaron frente a esa ley Mucci, el ENTRA, que era el Encuentro Nacional de Trabajadores Argentinos. Ahí estaba también Julio Guillán. Ante la desesperación política de que los gremios no se podían recuperar, el ENTRA fue importante. Porque ATE costó muchísimo, pero quizás otra cosa eran Metalúrgicos o Telefónicos. Y ese ENTRA no fue una cosa anecdótica. Uno de esos días, estábamos en Constitución, y nos vinieron ofrecer a nosotros participar del acto que organizaban en Federación de Box, donde iba a hablar Piccinini. Para mí hablar en ese acto era una cosa muy grande, pero les dijimos que no. Porque para nosotros había que recuperar al movimiento obrero desde la participación democrática. Alberto, después uno de los constructores de la CTA, va a venir a hablar el lunes que viene.

También estaba el Movimiento Sindical de Recuperación, donde estaba Rompani, compañero judicial radical.

Cuando cae la ley Mucci, viene Casella al ministerio de Trabajo, que termina arreglando.
PREGUNTA PUBLICO: se habla de que el error fue la posibilidad de intervención, porque dejaba en claro que querían ganar sindicatos. Pero hubo otro tema que fue el de la reincorporación de compañeros a los cuales, de acuerdo a ese proyecto, no tenían el tiempo para presentar listas o integrar una comisión.

Bueno, la ley que va a salir, negociada, posibilita de todos modos una democratización. De hecho, nosotros recuperamos el gremio. Lo que fue ANUSATE, del 6 de noviembre de 1984, fue una recuperación de nuestra organización. Uno a veces hace un crack y ve cómo de ser cinco pasás a ser miles, y en esa etapa lo vivimos. Se recuperaron muchos gremios, como Sanidad, una experiencia de izquierda, que terminó de manera diferente a la de ATE, pero que fue importante. Algunos gremios regionales, como la UOM de Quilmes y Matanza, la Construcción de La Plata. Fue una época de democratización muy grande. Y en el ’84, se produce el primer paro. Ya empezaba a tambalear la experiencia de Grinspun. Igual no era fácil analizar la situación. Se hacían reuniones, y nos invitaban, para analizar las salidas al “no pago de la deuda”. Si dejábamos de pagar, y Estados Unidos nos bloqueaba como habían hecho con Cuba, ya se había estudiado que Argentina era el único país deudor que podía “vivir con lo propio”.

Va a pasar algo en 1985, que sí va a cambiar la historia: Alfonsín va a Estados Unidos. Después de todo lo que había cuestionado y todo eso, cuando vuelve convoca a la Plaza de Mayo. De acá de ATE fueron todos, había un cierto crédito en el gobierno, había una expectativa de querer ayudar. Y fue un cimbronazo, porque ahí Alfonsín planteó que había que hacer la economía de guerra, que había que privatizar, que negociar, “para defender la democracia”. Y nosotros, a la siguiente reunión de la CGT, planteamos una convocatoria. Estábamos empezando a inclinar la balanza, ganamos el debate. Ubaldini, que era independiente y había pasado a ser de “los 25”, de donde era yo. Y Ubaldini no tiene mejor idea que delante de los periodistas ponerse como organizador. Y para mí la movilización de ese 23 de mayo del ’85, fue espectacular, para algunos por casualidad, para otros la providencia. Pero cuando pusimos la fecha, les digo con toda sinceridad porque la propuse yo, no éramos conscientes de lo que podía significar. Y ahora les explico por qué: por entonces teníamos cuatro secretarios generales, Ubaldini, Borda, Baldassini y Triaca. Y era el primer acto grande en Plaza de Mayo después de mucho tiempo. Resulta que Baldassini y Triaca, dos delincuentes que seguíamos teniendo ahí, habían ido unos días antes al Juicio a las Juntas y ahí habían dicho que en la Argentina no sabían que “hubiera habido desaparecidos”. Y en el acto del ’23, no pudieron hablar. Estaba previsto que fueran oradores, y no pudieron estar en la Plaza. Fue algo maravilloso. Era jueves, y llegaron las Madres a hacer su ronda, Ubaldini no había hablado todavía. Y la Plaza se abrió, y las Madres pasaron con todos cantando “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Fue hermoso. Más allá de la traición de sus dirigentes, los trabajadores estaban ahí, reconociéndolas como las Madres de la clase trabajadora, aquellos dos brazos de la resistencia a la dictadura militar, en la misma plaza en unidad.
PUBLICO: ¿Ese fue el día que Ubaldini le dijo a Alfonsín que “llorar era un sentimiento y mentir es un pecado”?

No, recuerdo que una tarde Alfonsín había dicho en un acto, a uno que lo puteaba en Río Negro, “a vos, gordito, no te va nada mal”. Y esa misma noche, Ubaldini sale después de mucho laburo, habíamos discutido mucho, de la CGT Brasil, y según cuenta, se encontró ahí con una señora mayor que le dijo: “Usted no tenga miedo por ese Alfonsín, que le dice llorón. Porque llorar era un sentimiento, y mentir es un pecado”. Y después lo iba a decir en un acto y la frase quedaría en la historia, pero no fue ese 23 de mayo.

Después se va a la segunda movilización, ya en agosto, que genera los 26 puntos de la CGT. El primero de esos puntos era el “no pago de la deuda externa”. Era casi un programa, porque Ubaldini empieza a ser la referencia política de la clase trabajadora. Hay dos personas después de la dictadura que concentraban la esperanza de la gente, le guste o no a uno: Alfonsín y Ubaldini. Después del ’83, la imagen del tipo que estaba al frente del proceso de recuperación del peronismo era él. Y nos enfrentamos, me acuerdo al PJ de Herminio Iglesias, y fundamos “Justicia, Democracia y Participación” (JDP). Estábamos por afuera del PJ, parecía una locura. Pero me acuerdo que “lo enganchamos” a Cafiero. El primer acto lo hicimos en Lanús. Ahí yo era el secretario general de ATE, y hablo. Y también Irma Roy, y otros. La renovación peronista comienza a jugar un rol fundamental. Empieza a confluir también el PI en esa experiencia. Y ahí, el JDP gana en provincia de Buenos Aires. Con lo cual, el peronismo estaba otra vez en condiciones de ganar el país.

Alfonsín entonces negocia. Y devuelve el edificio de la CGT. Hicimos un acto por la recuperación del salón, y ahí también me tocó hablar, casi se me caen las medias. También habló Lisandro Viale, del PI de la provincia de Santa Fe, Humberto Volando, por la Federación Agraria, y... se van a reír, José Luis Manzano, por el peronismo, que ahí era un pendejo, un pibe renovador que venía con mucha fuerza, Florentino Cortés, por los ferroviarios, y Ubaldini. Y vean como son las cosas, hay gente que dice las cosas con mucha claridad. Hacía una semana que habíamos recuperado el edificio. Y ese era un acto nuestro, obviamente éramos la conducción de los 40. Y entraron las Madres de la Plaza de Mayo, para mí era increíble, habíamos logrado que entraran. Hebe fue, y a la semana siguiente, en la reunión, me acuerdo que Cavallieri me armó un quilombo bárbaro. Y nos cuestionaban hasta que Julio Guillán estuviera ahí adentro. O sea, se bancaban hasta ahí a los derechos humanos, pero no la interna gremial, al que los podía cuestionar por adentro.

En 1986, en cancha de Atlanta, se termina definiendo la conducción de la CGT. Se normaliza, y en lugar de ser todos los grupos, Ubaldini es el nuevo secretario general. Todas las representaciones se renuevan. Y esa base va a durar hasta el ’89. Es un período en todo el país de unidad del movimiento sindical.

Alfonsín, frente a la derrota electoral del ’85 y frente al avance, produce un hecho importante en ese año. Se conforma la “comisión de los 15”, con los gremios más poderosos y los sectores más colaboracionistas, con dirigentes como Triaca, Palacios de la UTA, que en ese momento era un joven que mucho no se conocía, que aparentemente venía de un sector más combativo, pero que estaba en los 15. Luz y Fuerza, Sanidad, todos los grandes, y van a recibir de Alfonsín el ministerio de Trabajo. Y lo ponen a Alderete. Es un tiempo donde se producen las negociaciones más importantes con la CGT. Y donde surgen la ley de asociaciones profesionales –que consolida una estructura sindical que defiende el unicato, la personería, y demás–, y la ley de obras sociales, que le da a cada gremio la posibilidad de tener una obra social propia. Una pelea muy fuerte. Yo recuerdo que elevamos un documento por escrito a la conducción, eso no se hace nunca. Hubo dos planteos que hicimos: la democratización sindical y que todos pusieran el 0,1 por ciento del aguinaldo para la CGT, que no tiene financiamiento propio. La CGT depende de los grandes popes, y dependés de los que tienen la guita. Ubaldini, por ejemplo, era un gran tipo de Cerveceros, pero había sido puesto ahí por Diego Ibañez, de Petroleros, y Lorenzo Miguel. Nosotros decíamos que la CGT debía ser de los trabajadores, no una coordinadora de sindicatos. Y en cuanto a la obra social, planteamos que haya una sola. Q ue fuera del movimiento obrero todo, que se eligiera una conducción entre todos, y que hubiera auditores. En aquel momento, sigo convencido hoy, todavía teníamos la posibilidad de defender un proyecto de salud para todo el conjunto. Todavía la mayoría teníamos trabajos estables. Había fortaleza en las estructuras de los trabajadores. Y todavía había posibilidad de pensar en recuperar esos espacios. Y la ley de obras sociales salió a darle a cada uno “su aparatito”.

Al ganar en el ’87 el Justicialismo las elecciones, ya Cafiero se había metido en la interna del partido, la cosa cambia. En lo personal, yo seguía en el JDP. El PJ gana catorce gobernaciones. Podía gobernar el país. Nosotros incluso le propusimos a Cafiero que creara una moneda propia de esas catorce provincias, y que empezara un proceso de redistribución fuerte del ingreso. Por supuesto que Cafiero no nos hizo caso. Aunque el alfonsinismo había negociado con la peor parte del sindicalismo, pero no había podido frenar el avance de los trabajadores, y triunfa el PJ. No es que ganan porque tienen esperanza, sino que pierden porque había que votar en contra del otro. En la CGT se produce una crisis, los del “grupo de los 15” renuncian todos a sus cargos. Ellos creían que así producían la acefalía. E intentan llegar a un Congreso, y no pueden hacerlo porque lo evita uno de ellos, hay que reconocerlo, que fue Palacios. Por eso se resuelve en el Confederal, posición para la cual jugamos fuerte. Nosotros llegamos ahí y quisimos reemplazar la conducción. O sea, llenar los cargos vacantes, y echarlos a la mierda. Y fue un Confederal transmitido por televisión, era de una legalidad máxima. Es más, ahí en el Felipe Vallese estábamos todos sentados de un lado los que queríamos cambiar la conducción, y los otros, sentados del otro lado. Era una relación tres a uno. Firma Ubaldini, y cuando “vamos a la cancha”, cuando bajamos, me acuerdo que estaba Marconi, ese árbitro que ahora habla por televisión, y pensábamos que ganábamos. Y Ubaldini dice: “Antes de comenzar a dar el informe, quiero que me acompañe acá un compañero, que es como mi hermano, el compañero Lorenzo Miguel”... y ahí se fue todo a la puta que lo parió. Y de ese Confederal salió un paro contra la política de Alfonsín antes de diciembre del ’87, y se comenzó a transitar el camino para la recuperación del PJ, y del gobierno hasta el ’89.

Sourrouille, que venía de plantear el plan Austral después de Grinspun –que era “un austral, un dólar”, no sé si les suena–, lanza al Plan Primavera. Se producen muchos movilizaciones populares y paros, que a los radicales los vuelve locos lo de los 13 paros. Pero a los paros no los hizo solamente la dirigencia sindical. Porque al paro lo puede convocar cualquiera, pero eso tiene importancia hasta las 0 horas. Cuando comienza el paro, los que lo hacen son los trabajadores. Uno puede políticamente convocar, pero los que lo asumen son los compañeros. Y en esa época paraban también los laburantes radicales, paraba la clase. Se resistía.

Y ese PJ, por supuesto, va a terminar en el “menemismo”. Que de renovación peronista había pasado antes de la interna a representar a los sectores más ortodoxos. Y después va a pasar esa cosa insólita, que Menem va a decir después que si hubiera dicho lo que iba a hacer no lo votaba nadie. Gana la interna, y habla de revolución productiva y salariazo. Para muchos, significaba esperanza. Río Turbio, por ejemplo, en la mina que Alfonsín había querido cerrar en el ’85, lo recibe a Menem como candidato que llega a decir “desde este socavón, nacerá la revolución productiva”. En realidad, la otra alternativa era Angeloz y su “lápiz rojo”. Por eso yo me acuerdo que acá, en un congreso de ATE, dijimos que había que optar, y que había que ir y votarlo aunque supiéramos que al otro día íbamos a tener una confrontación. Con Menem se podía llegar a pelear. Y así, el movimiento obrero llega totalmente incorporado al PJ. Con un retroceso del movimiento popular, ya no es el ’84 o ’85. Después de aquel acuerdo de Alfonsín con la dirigencia sindical, se había retrocedido mucho. Y va a haber un compromiso muy grande de parte del movimiento sindical con el proceso político que va a ser el menemismo, que se acelera con la hiperinflación. Que produce en 1989, después del Plan Primavera, un traspaso de dinero a los sectores más concentrados. Que para que tengan una idea, es algo parecido a lo que pasó en el 2001. Se genera un proceso inflacionario espectacular, se producen los saqueos, y Alfonsín tiene que dejar el gobierno.
PUBICO: ¿EL SEGURO NACIONAL DE SALUD ES DEL 85?

Y, esa es la etapa del ’85 al ’87, en que por ejemplo, Terragno quería privatizar y nosotros lanzamos la campaña “Terragno vendepatria”, que llenó el país. Y uno en esos momentos no se da cuenta, pero a la semana que habíamos largado esa campaña, Menem lo recibió en La Rioja a Terragno y dijo de él que era “un verdadero patriota”.

Lo más importante, que se va a demostrar después con Menem, es que no hay conducción política de la clase trabajadora. Que una vez asumido Menem, quebrada la CGT, ese problema se va a hacer más profunda. Y la última marcha es el 15 de noviembre de 1990. Y después de ahí la CGT va a desaparecer. Crisis que es nacional, pero que tiene un contexto internacional. No se puede entender nuestra crisis, sin ver lo que pasaba en el mundo.
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