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THEODOR GOMPERZ
PENSADORES GRIEGOS
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA DE LA ANTIGÜEDAD
PRIMERA EDICIÓN EN CASTELLANO CON UN PROLOGO DE
J. NATALICIO GONZÁLEZ

LIBRO I

EDITORIAL GUARANIA
Libera los Libros

Copyright by EDITORIAL GUARANIA
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theodor GOMPERZ (1832-1912)
PENSADORES GRIEGOS
Primera edición en castellano. Tomo I traducido del alemán por Carlos Guillermo Körner.
Las notas griegas han sido traducidas por Pedro von Haselberg y Eduardo Prieto.
Titulo original: Griechische Denker. Eine Geschichte der antiken
Philoophie von Theodor Gomperz. Erster Band. Dritte durchgesehene Auflage.
IMPRESO EN LA ARGENTINA Ρ R I Ν Τ E D I Ν ARGENTINE
EDITORIAL GUARANIA
ASUNCIÓN DEL PARAGUAY


Nota para la versión digital:
- Se ha conservado la paginación original, indicandola en rojo.
- Se ha utilizado el tipo de fuente SPionic para representar los caracteres griegos que así lo requirieran.

Indice


PROLOGO 7

PREFACIOS DEL AUTOR A LA PRIMERA EDICIÓN 19

LOS COMIENZOS 21

I 22

II 25

III 28

IV 30

V 31

VI 40

VII 46

VIII 48

IX 52

CAPÍTULO I - LOS ANTIGUOS FILÓSOFOS NATURALISTAS JÓNICOS 59

I 60

II 63

III 66

IV 72

V 76

CAPITULO II - COSMOGONÍAS ÓRFICAS 93

I 93

II 96

III 102

CAPÍTULO III - PITÁGORAS Y SUS DISCÍPULOS 110

I 110

II 113

III 120

CAPÍTULO IV - ELABORACIÓN ULTERIOR DE LAS DOCTRINAS PITAGÓRICAS 122

I 122

II 127

CAPÍTULO V - LA CREENCIA ÓRFICO-PITAGÓKICA EN LAS ALMAS 132

I 132

II 136

III 138

IV 144

V 152





PROLOGO



9





A antigua Brünn, capital de Moravia, provincia un tiempo del heterogéneo Imperio de los Habsburgos, es una típica ciudad del siglo XVII, donde el genio creador de los jesuítas alcanzó sus mejores expresiones arquitectónicas. Suaves y encantadoras colinas alzan sus combas por el lado del sud. El pueblo tiene el instinto de la gracia y el carácter alegre del vienes. Hace un siglo la gran industria hizo aparición en sus contornos, hasta convertirla en una Manchester atareada, con sus vastas fábricas de teji­dos y de maquinarias de toda índole. Ubicada cerca de la con­fluencia del Zvitava y del Schwarza, por las aguas de este úl­timo río, afluente del Danubio, se puede llegar a esta gran, vía fluvial que vió incubarse tantos acontecimientos de la historia europea. Brünn, al entrar a formar parte del terri­torio de Checoeslovaquia, se convirtió en la moderna Brno, de 280.000 habitantes, que llegó a adquirir cierta nombradía en América, más por las armas que nos proporcionaba que por sus añejas tradiciones culturales.
Teodoro Gomperz nació en 1832 en esta ciudad, cuando aún conservaba reminiscencias del siglo XVII y el ambiente se hallaba impregnado de acentuada cultura humanística. Allí pasó su estudiosa adolescencia, entre clásicos recuerdos y él espectáculo armonioso del paisaje circundante. En 1850 arribó a Viena, que brillaba como centro de una corte católica pero nada austera. La bella ciudad danubiana, célebre por su espí­ritu ingenioso y alegre, y por ese don. ateniense de la gracia que no se destaca precisamente entre las cualidades del mundo germano, era mirado por unos como otro París ameno y en­cantador, y por los más. por los doctos aficionados a las evo­caciones clásicas, como "la ciudad de los feacios", por alusión a aquel pueblo ligero y benigno que cantó Homero y que aco­gió al sutil Odiseo en una de las etapas de sus trabajosas aven­turas. En este ambiente, en que hasta la ciencia se vestía de 10 cierto encanto mundano, Gomperz inició sus estudios bajo la dirección severa de Herrmann Bonitz, filólogo de prestigio uni­versal. En 1869 fué nombrado profesor auxiliar de filología, en la Universidad de Viena, y cuatro años después profesor numerario. Ulteriormente, y hasta su muerte, ocurrida el 29 de agosto de 1912, ensenó Historia de la filosofía antigua. Heredó su cátedra, prestigiada durante tantos años por las lec­ciones del sabio, su hijo Enrique Gomperz, quien en 1921 pu­blicó, en edición definitiva, la obra que la editorial GUARANIA ofrece hoy por primera vez a los lectores de habla hispánica, en una traducción directa del alemán cuidadosamente revisada.
Extensos estudios sobre Platón, Aristóteles, Herodoto, Epicuro, Filodemo, destacaron al joven profesor vienes como uno de los más brillantes historiadores del pensamiento helé­nico. Su monografía sobre los poetas trágicos griegos reveló que el docto investigador de la filosofía antigua era un hombre familiarizado con todas las manifestaciones de la literatura de la Hélade. Su obra sobre Leibniz y Espinosa, y otra ulterior sobre John Stuart Mill, demostraron que no le eran ajenas las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo. Su libro Interpretación de los Sueños y la Hechicería le preparó para comprender las conexiones de la filosofía primitiva con la ma­gia religiosa, tan visibles en la doctrina órfica y en la escuela pitagórica.
La mentalidad de Teodoro Gomperz se singulariza por su insaciable curiosidad y su amplitud. Profundizó el estudio de todas las corrientes filosóficas de su tiempo, sin excluir de sus meditaciones el fenómeno literario. Ideas francesas e in­glesas asoman con frecuencia en sus producciones; había es­tudiado acuciosamente a los maestros de la filosofía positiva, desde Augusto Comte hasta Herbert Spencer, y con especiali­dad la vasta obra de Wilhelm Wundt, el más eminente repre­sentante alemán de dicha filosofía y fundador de la psicología étnica moderna. El propio Gomperz, después de esbozar su manera de considerar el desenvolvimiento histórico del espe­cular filosófico; después de advertir que, "por su naturaleza misma, la filosofía es una ciencia universal y, desde el punto de vista de los Antiguos, una fuerza rectora y determinante de la vida", confiesa: "La concepción que más se aproxima a nuestro punto de vista se encuentra en la introducción de Wundt a su Sistema de Filosofía".
Gomperz es un sabio en quien se aúna un extraordinario escritor. Los traductores han procurado trasuntar en la versión española esa gracia del estilo gomperciano, esa precisión 11 transparente con que se enuncian las ideas más abstrusas, y la magia evocadora de ciertas páginas. En el arte literario de Gomperz se descubre un remoto influjo de Flaubert, tanto en el estilo sabio, formado de todos los matices de lo claro y transparente, como en su teoría sobre la manera de evocar a la vida las civi­lizaciones extinguidas. Por eso explica su método histórico con palabras del autor de Salambó: "Hago continuamente lo que puedo para infundir amplitud a la mente, y trabajo con la sin­ceridad del corazón; el resto no depende de mí". Lucidez, jus-teza interpretativa, agudeza crítica, sin excluir la emotiva com­prensión del hombre que especula entre el misterio circundante: he ahí las raras y eminentes calidades que brillan en la obra del profesor vienes.
Los primeros fascículos de pensadores griegos (Griechische Denker) vieron la luz en 1893. Siguieron apareciendo re­gularmente durante nueve años, hasta completar, en 1902, con el duodécimo de ellos, el tomo segundo. En el tercero trabajó Gomperz hasta los últimos años de su vida.
"Esta obra decía el autor—, aue abarcará tres volúme­nes y en la cual resumo la actividad de mi vida entera, será accesible, lo espero, al extendido círculo de las personas culti­vadas. Mi exposición se ceñirá ante todo al, desenvolvimiento histórico del pensamiento, y no asumirá carácter subjetivo si­no cuando se trata de dar relieve a los puntos esenciales, de dístinguir lo más netamente que convenga, lo que es durable e importante de lo que es indiferente y pasadero. De la historia de la religión, de la literatura y de las ciencias especiales, haré entrar en mi obra las partes necesarias a la inteligencia del movimiento especulativo, de sus causas y de sus efectos". Anun­ció su propósito de consagrar el primer volumen a Sócrates y a los socráticos: el segundo a Platón, a Aristóteles y sus suce­sores; y el tercero "al antifiuo Pórtico, al Jardín de Epicuro, a las escuelas místicas, escénticas y sincretistas". Pero este plan no pudo cumplirse totalmente. El desenvolvimiento no previsto que dió al estudio sobre Platón le impidió tratar en el segundo tomo la historia del Liceo, y Aristóteles ocupó casi todo el tercer volumen. Por eso dejó de lado el estudio sobre la filosofía de Epicuro y la época helenística, y si bien habrá que demorar siempre esta omisión impuesta por la brevedad de la vida humana, no por eso la obra de Gomperz dejará de figurar en primera, línea entre esas admirables creaciones que en el siglo XIX y a princimos del XX. permitieron a Europa rete­ner el cetro de la vida intelectual en el mundo.

12 La obra de Gomperz comenzó a salir en plena hegemonía de Eduardo Zeller, que a raíz de la publicación de la FILOSO­FÍA de los griegos (Die Philosophie der Griechen), ejer­ció abrumador influjo sobre el pensamiento de fines del siglo pasado. Zeller, frío y científicamente rígido, tuvo el genio de la abstracción y supo moverse en el dominio de las ideas con agilidad incomparable. En su grande obra se capta el pensa­miento helénico en todos sus matices, con precisión técnica, pero sin conexión con el mundo circundante, con olvido de los hombres que lo animaron. La historia de la filosofía griega se desenvuelve en esas paginas heladas, incoloras, a veces des­lumbrantes como la nieve de la cumbre, en un plano totalmen­te deshumanizado.
Gomperz enfoca la historia de la filosofía griega desde otro punto de vista. Era ciertamente audaz atreverse a replan­tear un asunto que Zeller parecía haber agotado, pero el pro­fesor de Viena unía a su vasta preparación filosófica, a su especialización en filología clásica, un conocimiento profundi­zado de la vida griega. Puede decirse que triunfó en su empe­ño. No superó a Zeller, pero le complementó. Encaró la histo­ria del pensamiento helénico en relación con el medio, con raí­ces en la tierra, en la sociedad y en los hombres. Le sostuvieron en esta empresa de toda la vida un vivo cariño y una deslum­brada admiración por aquel pueblo armonioso de mercaderes, de poetas y de filósofos. Por eso eligió para epígrafe de su libro estas palabras de Sir Henry Summer Maine: "Es a un pueblo diminuto que le fue concedido el principio del progreso. Este pueblo ha sido el griego. Excepto las fuerzas ciegas de la naturaleza, nada se mueve en este universo que no sea griego por su origen'.
Esta estrechez aparente de criterio se concillaba en Gom­perz con una visión universal de las cosas, hasta el punto de señalar, en un pasaje de su libro, cierta similitud existente entre la teoría platónica de la reencarnación de las almas y las creencias ancestrales del indio americano. En sus páginas aparece la filosofía griega en función de la vida, como fruto espontáneo de la insaciable curiosidad del hombre perecedero. Detrás del pensamiento predominante en un momento dado, advertimos el influjo de las pasiones humanas, de los intereses 13 que le son contemporáneos, de la psicología de un pueblo, de las peculiaridades de una geografía.
"Un Jenófanes, un Heráclito, un Empédocles, un Sócrates, un Platón, no son espíritus puros: son individualidades inten­samente originales, que infunden a cuanto piensan un giro ab­solutamente original, comenta bellamente Alfredo Croiset. Y estos grandes espíritus no se hallan aislados en el tiempo y en el espacio: viven en la sociedad de los hombres, son hijos de una raza, deben mucho a aquellos que les han precedido o les rodean, aún cuando los combaten; las más novedosas ideas son a veces el desarrollo y otras la negación de ideas preexisten­tes. Toman como punto de apoyo el suelo natal, hasta para evadirse o planear más alto. Con mayor razón aún, entre los pensadores menos vigorosos, entre aquellos en quienes la razón pura no brilla con el mismo esplendor, las influencias tempe­ramentales y del medio se manifiestan con más fuerza todavía: un Jenofonte, por ejemplo, es inteligible como moralista sólo a condición de que se conozcan al hombre integral y las cir­cunstancias de su vida. Gomperz lo ha comprendido a mara­villa, y de ahí que en su libro aparezcan tantos capítulos que puedan parecer a primera vista extraños a la filosofía propia­mente dicha, pero que son en realidad la preparación necesa­ria y como el soporte del análisis de los sistemas. Citaré, a título de ejemplo, la introducción del primer volumen sobre las creencias griegas anteriores a las primeras tentativas sis­temáticas de los Jonios, el capítulo sobre los logógrafos y so­bre Herodoto, el capítulo sobre la medicina y las doctrinas mé­dicas, y, en el segundo volumen, los hermosos capítulos sobre las transformaciones de las creencias y las costumbres, y sobre la Atenas del siglo V, el estudio psicológico y biográfico sobre Jenofonte, la historia de los años de viajes y de estudios de Platón. En el capítulo sobre Atenas, particularmente, ha ha­blado brevemente pero con precisión y profundidad, de Esqui­lo, de Sófocles, de Eurípides, de Tucídides. ¿Se hallan tales páginas fuera de lugar? De ninguna manera. Captamos así la atmósfera que respiraron los Socráticos. Logramos penetrar mejor el origen de sus preocupaciones. Ya no les consideramos, como con frecuencia ocurre a los especialistas de la filosofía, en relación a los modernos teorizantes que ellos no pudieron presentir y con quienes no comparten en ningún grado las desazones o las curiosidades: les consideramos en relación a las ideas de su tiempo. Captamos de ese modo con mayor pre­cisión los propios problemas que ellos tenían que resolver y la significación verdadera de sus teorías. Nos mostramos menos 14 dispuestos a atribuirles ideas que son las nuestras, o a extraer prematuramente de sus principios consecuencias que no podían aparecer sino más tarde. En otros términos, comprendemos mejor su filosofía, porque les conocemos mejor a ellos mismos como individuos y como miembros de una determinada colec­tividad".
La obra de Gomperz aportó notorias innovaciones e intro­dujo en la consideración del mundo helénico nuevos puntos de vista, que ahora nos son familiares. En gran medida destruyó la hipótesis de Ernesto Schleiermacher, cuya escuela veía en Platón al artífice de un sistema cerrado, planeado desde la ju­ventud. Logró una valoración más adecuada de los sofistas o profesores de sabiduría, como se apellidaran aquellos mento­res de la juventud, mezcla de periodistas y de catedráticos, que a través de los rasgos caricaturescos que trazó de ellos Platón, pasaron a la posteridad envueltos en juicios poco me­nos que denigrantes. Por último, señaló similitudes entre el primitivo mundo griego y los ciclos culturales vecinos y con­temporáneos de Egipto y Asia Menor, en violenta oposición con la tesis en boga hasta entonces, que veía en el llamado "mi­lagro griego" algo que surgió mágicamente, sin antecedentes foráneos, como la Palas Atenea brotada de la cabeza de Zeus. Pero al abordar el estudio de Aristóteles no pudo eludir la abrumadora autoridad de Zeller, y no sólo consideró la obra del Estagirita como un bloque compacto, como un sistema fi­losófico cerrado, maduro y perfecto en todas sus partes; sino que vió en ella la síntesis de todo el saber de la Hélade clásica, sin advertir que la grandiosa construcción aristotélica, inspi­rada en los intereses políticos de Macedonia, fué una reacción mortal contra el claro espíritu ateniense y vino a inaugurar el predominio de lo bárbaro en el mundo.
Los estudios de Werner Jaeger, ampliados y rectificados por Nuyens en el dominio de la Psicología, y por Mansión en lo relativo a la Física, han logrado ofrecer en los últimos tiem­pos una visión nueva de la obra aristotélica, que presenta una etapa juvenil netamente platónica, visible en los fragmentos que quedan de sus Diálogos y en lo que de ellos ha pasado a los Tratados; y una segunda etapa caracterizada por la reac­ción antiplatónica, y que es la, que toma en cuenta los comenta­ristas ortodoxos de Aristóteles.
Gomperz, a causa del influjo preponderante de Zeller, no llegó a superar la idea escolástica de que la filosofía del Esta-girita es un sistema estático de conceptos. Por eso no indaga 15 exhaustivamente la cronología y el desarrollo de las doctrinas de Aristóteles, ni se preocupó de seguir paso a paso la evolu­ción de su pensamiento.
No es posible, sin embargo, encontrar ningún gran filó­sofo en quien las últimas ideas no sean el resultado de una larga evolución. El propio Platón juvenil no coincide sino me­dianamente con el Platón de los años maduros. Se inicia como discípulo de Sócrates, como un pensador-poeta de seductora genialidad, apasionado por los problemas morales y estéticos, siempre en contacto con la vida real que sirve de soporte y de médula a sus especulaciones. Hacia el año 370 antes de la Era cristiana aparece el segundo Platón, audaz explorador del mun­do abstracto, en quien el lógico infunde lucidez y fuerzas a las intuiciones del poeta. Es la época brillante en que apare­cen sucesivamente, tras larga incubación, el Teeteto, el Sofista, el Político, el Parménides, el Filebo. Toma forma concreta su clásica doctrina de las Ideas; discurre maravillosamente sobre la unidad y la multiplicidad, sobre el placer y el dolor, y escri­be aquellas páginas relativas al alma y a la virtud, en estilo que, aún a través de tantas pálidas traducciones, conserva el encanto de no sé qué mágica e imperecedera juventud. Ya ba­jo el peso de los años, lleno de angustia al advertir los signos de la decadencia que amenazaba al mundo griego, formula su grandiosa teoría del Estado, que parece quimérica a la menta­lidad de hoy, pero que fué sabia, realista, y que señaló a su pueblo el camino de la salvación posible.
Fué en esta época de la madurez de Platón, cuando ya la voz de Sócrates intervenía apenas en las especulaciones del discípulo impar, que Aristóteles ingresó a la Academia, y du­rante veinte años vivió como magnetizado "por el sortilegio del maestro incomparable. Toda su producción de este período lle­va la marca del poderoso espíritu que le deslumbraba y le guiaba. Los fragmentos de sus Diálogos recogidos por los doxó-grafos, así lo comprueban. A través de un agudo y erudito aná­lisis, Jaeger ha demostrado que en su Eudemo Aristóteles tra­sunta la teoría de la inmortalidad del alma expuesta en el Fedón. Y aún después de estructurar su propia filosofía y de hacerse notorio por su antiplatonismo militante, la sombra del maestro se alzaba en su recuerdo como la sombra de una per­sonalidad cercana a lo divino por su perfección. Este estado de alma se trasunta, con esa mesurada exaltación que es la marca de su espíritu, en la elegía del altar erigido a la Sere­nísima Philia, en honra del varón solitario por sus virtudes entre los mortales:

16

Al llegar a la famosa llanura de Cecropia

piadoso levantó un altar de la santa Amistad

al varón a quien no es lícito a los perversos ni siquiera loar,

al único o primero de los mortales que reveló claramente,

con la propia vida y con los métodos de sus palabras,

cómo un varón llega a ser bueno y feliz al mismo tiempo.

Ahora, imposible que nadie vuelva jamás a alcanzar ambas cosas.
Jaeger ha establecido que los "perversos", a quienes loar al maestro no les era lícito, no podían ser otros que "aquellos equivocados admiradores" que asumieran la defensa de Platón contra las críticas de Aristóteles. "Sólo así logramos, añade, dar sentido concreto a esta apasionada condenación del impío. En el estilo de Aristóteles es inconcebible una vacua hipérbole retórica, y atribuirla a Diógenes el Cínico como lo hace Gom-perz (en el tomo segundo de pensadores griegos), porque también él enseñaba la autosuficiencia de la virtud, parece de todo punto demasiado extraño. Es posible que Diógenes apela­ra a Sócrates en apoyo de sus propias doctrinas, pero jamás a un pensador tan teorético y tan lejano de él como Platón".
Pese a todo, el culto de la memoria del maestro no fué bastante poderoso como para mantener a Aristóteles dentro de la gran tradición ateniense. Pudo convertirse en el más ilustre exponente de esa corriente, en el defensor de la con­cepción de vida de ese pueblo, pero aceptó otro destino y se erigió en el más genial falsificador del espíritu griego, del que retuvo las fórmulas intelectuales, pero no la entraña mo­ral y mística. Contribuyó, con más eficacia que la espada de Alejandro, a dar jerarquía intelectual a la dominación mace­dónica. Gomperz, ni por incidencia señala el sentido barbari­zante de la larga hegemonía aristotélica en el pensamiento eu­ropeo; por lo demás, nadie ha hecho esa observación, ni ha dirigido sus indagaciones hacia ese rumbo. Es un lugar común llamar helenización del mundo antiguo a la macedonización del mismo; pero los griegos, que estaban en contacto con la realidad de su tiempo y sintieron los efectos de este vuelco brutal de la historia, ciertamente pensaron de otro modo, y la grande figura de Aristóteles apareció a sus ojos como la potente encarnación intelectual de una causa que trabajaba por el aniquilamiento del helenismo. Por lo demás, la propia vida de Aristóteles arroja, por inferencia, una grave luz so­bre el carácter barbarizante de su filosofía.
El año 347 murió Platón y Aristóteles partió para el Asia Menor. Durante tres años desenvolvió una admirable actividad intelectual en Asos, y luego se trasladó a Mitilene de Lesbos, la tierra de Teofrasto, a quien acababa de conocer. Aquí se 17 dedicó a la enseñanza hasta que en 342, llamado por Filipo, acudió a Pela, la capital de Macedonia, en calidad de precep­tor del joven Alejandro.
El mundo macedónico no podía desconcertar a Aristóteles. Hijo de la Calcídica, había nacido en Estagira, la ciudad des­truida por Filipo, en el seno de una, familia que vivió largo tiempo en la corte de Macedonia. Lejos de repugnar a su espí­ritu, más bien aceptaba el sometimiento de las ciudades grie­gas a los soberanos de Pela, en nombre de un panhelenismo di­rigido por los bárbaros, idea que provocaba la ira de los ate­nienses. Para más, Hermias, señor de Atarneo, cuyo dominio se extendía desde la región del Ida hasta la costa de Asos, cedió en matrimonio a Aristóteles a su sobrina e hija adopti­va Pitias. De ese modo el Estagirita reforzaba su vinculación con los bárbaros, y su filosofía, bajo el influjo de nuevas cir­cunstancias, se apartó de las fuentes atenienses y comenzó a, estructurarse en un vigoroso sistema, de Upo dogmático, que era trasunto del espíritu macedónico bajo formas helenizadas. De que Aristóteles había pasado al mundo bárbaro, ideológica y sentimentalmente, se hace visible en el juicio sobre su sue­gro Hermias, "el infante de Atarneo" muerto en manos de los persas, cuyo nombre los atenienses excecraban y a cuya memo­ria Aristóteles consagró este poema:
Virtud, penosa para la raza de los mortales,

premio más bello de la, vida,

hasta el morir por tu causa,

Virgen, es un destino envidiable en la Hélade.

Y el soportar duros e incesantes trabajos.

Tal fruto brindas al espíritu,

par de los inmortales, y mejor que el oro

y que ilustres antepasados y que el sueño de ojos lánguidos.

Por tu causa Heracles, el hijo de Zeus, y los gemelos de Leda

mucho hubieron de soportar en las hazañas

que emprendieron buscando poseerte.
Por anhelo de tí bajaron Aquiles y Áyax a la mansión, de Hades.

Por amor de tu forma también el infante de Atarneo

dejó en la desolación los rayos del sol.

Por eso hará famosas sus hazañas el canto,

y él será declarado inmortal por las Musas,

hijas de la memoria,

que engrandecen y recompensan la firme amistad y el culto de Zeus hospitalario.
Demóstenes y los nacionalistas atenienses vieron el mor­tal peligro que se cernía sobre la cultura helénica, con tan lú­cida clarividencia, que es difícil superarles en el campo de las previsiones humanas. Para salvarse, se esforzaron por crear 18 un equilibrio entre las fuerzas mutuamente hostiles que se movían en el mundo asiático. Lucharon con angustiada y pa­tética desesperación para impedir el eclipse del espíritu grie­go, al tiempo que Aristóteles servía la causa macedónica y cantaba maravillosamente a los reyes bárbaros. Las Filípicas fueron el último grito armonioso de la Grecia moribunda. Por todo esto, el gran filósofo prolongó su ausencia; no retornó hasta el año 335, cuando Atenas gemía bajo la autoridad de Antipater, el procónsul de Alejandro y protector de Aristóteles.
El Estagirita fundó en Atenas el Lyceo y su extraordi­naria potencia intelectual, su genio orgánico y lúcido, fueron parte para ofrecer una visión más benigna de la política de la corte de Pela. Jóvenes procedentes principalmente de la periferia del mundo helénico acudieron al Lyceo, pero ningún ateniense; pues Demóstenes y sus amigos, señala Jaeger, sólo "veían en la escuela de Aristóteles una oficina macedonia de espionaje".
Una tentativa de liberación terminó con terribles re­presiones. La sagrada Tebas fué arrasada. Demóstenes, fu­gitivo, premeditaba la revancha. Bajo la bandera de un pan-helenismo de entraña bárbara, Alejandro se empeñaba en macedonizar el mundo antiguo, relampagueando en sus fulgu­rantes campañas por tierras asiáticas; al tiempo que Aristó­teles, desplegando en Atenas una poderosa acción intelectual, combatía la supervivencia del platonismo y contribuía, más que ninguno, a pervertir la concepción ateniense de la vida.
Los griegos percibieron claramente la realidad y no per~ donaron al fundador del Lyceo. Le rodeaba una sorda hosti" lidad. Algunas expresiones de la misma llegaron hasta él y no dejaron de amargar su corazón. Los deíficos eliminaron el nombre de Aristóteles de la lista de los vencedores píticos: "la votación de Delfos escribió el filósofo a Antipatery el privarme de mis honores diré que siento, pero no dema­siado".
A la muerte de Alejandro en S23, los helenos realizaron, bajo la dirección de Demóstenes, los postreros esfuerzos para salvar su civilización. La insurrección fué aplastada por An­tipater; Demóstenes se quitó la vida. Con el suicidio del ex­traordinario orador, la Grecia clásica, la que creara la trage­dia y encontrara su expresión más alta en Platón, dejó de ser; una nueva civilización en su aurora, la de los bárbaros, iniciaba un nuevo ciclo de la historia universal.
A los primeros signos de la reacción ateniense contra sus conquistadores, Aristóteles se trasladó precipitadamente a 19 Galcís, en la Eubea, huyendo del odio de los oprimidos. Allí murió en 322, casi al propio tiempo que Demóstenes, a los 62 años de edad.
Estos antecedentes biográficos no carecen de importan­cia, porque toda la filosofía aristotélica se halla influenciada por la dirección que tomó su vida al servicio de los bárbaros. Hijo de Macedonia, su admiración por Atenas nunca logró extirpar de su alma el sentimiento de fidelidad a la tierra na­tal. Por lo mismo que su ideología era meteca, Aristóteles fue el primer gran pensador que buscó antecedentes históricos a su filosofar, empeñándose en darle raíz griega. Pero pese a todos sus esfuerzos, la concepción aristostélica de la vida, de que se ha venido nutriendo la cultura europea durante tantos siglos, no tiene sino conexiones formales con la ateniense, tan sana por su eticismo militante.
Platón fué un amante de las matemáticas; bajo el influjo de los pitagóricos, no desechó del todo la asociación de los números con la esencia mística, tal vez mágica del universo. Su escuela dió bases científicas a la botánica y a la zoología. Place señalar que coincide en esto con ciertas tendencias de las culturas indígenas de América, que crearon una zoología, lo mismo que una botánica médica y agrícola, y aventurándo­se en las abstracciones de unas matemáticas conectadas con ideas religiosas, ya en los días de Platón usaban una nume­ración basada en la posición de valores, gracias a la invención y al empleo adecuado del cero. Hubieron de trascurrir mil doscientos años antes de que los indostanos inventaran un sis­tema similar, que no se generalizó en Europa hasta el si­glo XV.
Para Platón, el conocer es el antecedente de la perfección, la causa de la acción moral. Identifica constantemente el co­nocimiento teorético y la conducta práctica; el objeto de sus investigaciones es el arquetipo, la Idea, que intuitiva o racio­nalmente captada, da la inteligencia del bien y de la belleza, de la meta a que se dirige las imperfectas creaciones que bu-tten sobre el haz del planeta. La filosofía, lejos de detenerse a asimilar estáticamente el descubrimiento teorético, y a es­pecular por puro placer intelectivo sobre él, trasciende sin ce­sar a lo cotidiano y le dicta normas. Su fin es la reorganizacíón de todos los elementos constitutivos de la vida en vista al constante ascenso hacia la perfección. Por eso la filosofía platónica tiene incesantemente en cuenta las necesidades del día y de la vida práctica; y si se eleva hasta celestes abstrac­ciones, si procura alcanzar el puro conocimiento teorético, si 20 se empeña en asir la Idea, es para proyectar un reflejo de la perfección entrevista hacia el hombre imperfecto, y para ayu­darlo, mediante la visión siquiera empañada de la verdad más alta, a hacer de su vida un remedo de ella. Partiendo de Só­crates, que había sentado la necesidad de conocer la naturale­za de la virtud, Platón llega a sostener que el conocerla nos lleva necesariamente a practicarla. De ahí la primacía que concede al intelecto, esa segunda vista animada por reminis­cencias divinas, que permite al hombre percibir la Idea y a reorganizar la vida conforme al arquetipo. Hay en esto algo del "vivir según el ejemplo de Dios" de los cristianos.
Platón descubre en el hombre una capacidad ilimitada de conocer, y quiere que ella sea empleada para realizar el bien y la belleza, esas dos caras de una misma realidad. Su teoría del conocimiento es optimista, y su idealismo también lo es.
El sistema aristotélico tiende a destruir el eticismo esen­cial de la filosofía platónica, su carácter de metafísica de las costumbres, que trasciende hasta en los más humildes actos humanos, como factor eficiente del perfeccionamiento indivi­dual y social. Descarga reiterados golpes sobre la teoría de las Ideas, cuya aceptación despierta en el alma el aguijón de la inquietud, el ansia inefable de mejorar y de perfeccionarse. Para Aristóteles el conocimiento es una experiencia del in­telecto, sin ninguna repercusión sobre la vida práctica, in­capaz de objetivarse en normas morales, ni de contribuir a la extirpación de los bajos instintos. El gran filósofo aparece en la historia del pensamiento como el fundador del amora-lismo europeo, como el hombre que estableció claramente que la razón pura carece de esencia ética y que se reduce al pru­dente conocimiento de lo ventajoso a uno mismo. La cultura europea se construyó sobre estos cimientos, y sus grandezas como sus miserias se hallan penetradas de aristotelismo. La moral occidental, la moral de la Europa contemporánea, es una moral profundamente utilitaria: el valor de ella se mide por el provecho material que proporciona su práctica; y el idea­lismo de algunos de sus filósofos, que parten de la afirmación de que el mundo que conocemos es un fenómeno cerebral, pa­dece de un pesimismo medular, porque también lo es su teoría del conocimiento. Surgió no ya como rectificación, sino como antítesis del idealismo platónico.
El mundo moderno se mueve bajo el signo de esta filo­sofía, inspirada en la barbarie antigua, que surgió para sa­tisfacer la necesidad de ofrecer una justificación intelectual 21 del amoralismo macedónico. San Agustín intentó atraer a la generación de su tiempo a un platonismo cristiano, pero este esfuerzo fue anulado por la escolástica, por el aristotelismo genial de Santo Tomás. La filosofía se convirtió en una es­peculación teorética, incapaz de influir en la orientación de la conducta, de imponer normas de moral práctica. En el len­guaje popular de occidente "ser filósofo" consiste en el des­enfado con que se pone de lado los escrúpulos para acumular ventajas. La noción del provecho ka reemplazado a la noción de la virtud en la dirección de la vida. Hasta la religión per­dió su fuerza normativa; los creyentes cumplen con los ritos pero no obedecen las reglas emanadas de su dios para orien­tar la vida, para purificar la conducta, para despertar en su alma siquiera, un mediocre y esporádico anhelo de santidad.
Cualquiera, que se acerque a la doctrina platónica, que contiene tantos elementos afines a ciertas tendencias innatas en el espíritu indoamericano; cualquiera que a través de sus lecturas vuelva a percibir los acentos angustiados y proféti­cos de Demóstenes, que aún resuenan con el vigor originario en ciertos pasajes de las Filípicas, necesariamente piensa en lo que pudiera ser el mundo moderno si la filosofía y la reli­gión, en vez de subsistir como especulación de ingeniosos y de eruditos, se manifestasen otra vez como fuerzas normativas de la vida, y si reviviese en el alma humana ese sacro horror que impide usar el conocimiento para el mal. ¿Qué otra edad pudo haber estado tan cerca de Dios, dada la inaudita gran­deza que ha alcanzado el genio inventivo del hombre moder­no? Desgraciadamente, nuestra ciencia se ha despojado total­mente de todo contenido ético, y en vez de acercarnos a lo di­vino, nos hundimos en lo demoníaco.
Juzgando las cosas dentro de la concepción ateniense, él mundo europeo de hoy es un mundo bárbaro, porque su civi­lización se funda en la ruptura de la moral y de la ciencia. Ya del conocimiento teorético no desciende una ley de bondad, de bien y de belleza sobre la vida. Si nuestra América, sólo a medias barbarizada, se esforzase en restablecer la unidad de los valores morales e intelectivos, bien podría provocar el retorno de los dioses y de la alegría del vivir. Advendría en la historia el ciclo armonioso del milagro americano, como un eco lejano del milagro griego, fundado en la identificación del bien, de la belleza y del saber, bajo el nombre que ya nos pa­rece arcaico de VIRTUD.
J. natalicio gonzález


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