Segunda guerra mundial y los japoneses, 1931-1945






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títuloSegunda guerra mundial y los japoneses, 1931-1945
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E contro’ cakukido y e adoctriramiento



Las leyes de seguridad interna contra
la libertad intelectual
En 1868, el nuevo gobierno Meiji procedió de inmediato a controlar los periódicos y las demás publicaciones a fin de suprimir el apoyo al régimen anterior. Toda una serie de leyes internas de seguridad, empezando con la regulación de las publicaciones (1869) y la ley de los periódicos (1873), restringieron la libertad de expresión. Esas leyes contenían arrolladoras disposiciones tales como “Está prohibido publicar críticas indiscriminadas de las leyes o desacreditar a las personas” o “Queda prohibido agregar en forma indiscriminada comentarios críticos al describir los actos del gobierno y las leyes”. Los círculos oficiales pretendían la inmunidad a las críticas a través de esas normas.’ La ley del libelo de 1875 y las regulaciones a los periódicos eran extremadamente severas, y durante un tiempo prevaleció una atmósfera de terror en contra de los periodistas.2
Un vigoroso reto de alcance nacional al nuevo gobiernos el movimiento de los Derechos del Pueblo, ocurrió en la década de 1870 y en la de 1880. Con el objetivo de dividir y debilitar a ese movimiento, las autoridades colgaron la zanahoria de las recompensas económicas delante de algunos miembros de la oposición. Otros de ellos fueron perseguidos, encerrados y silenciados. Una aplicación de leyes de seguridad interna más exacerbada aún demostró funcionar como el arma más efectiva en contra de la disensión: las normas sobre el derecho de reunión (1880), la revisión y enmienda de la misma ley en 1882, la revisión de la regulación de los periódicos (1883) y una ley que prohibía la divulgación de las peticiones al trono y al gobierno. La libertad de reunión y de asociación fueron también severamente restringidas. El movimiento de los Derechos del Puebio, fue destruido, y la actividad política de cualquier clase se convirtió en algo extremadamente difíciL3
Sin embargo, los activistas de los Derechos dci Pueblo 10- graron su objetivo inmediato: el del establecimiento de un parlamento por elección. A fines de 1881, el gobierno anunció que en 1890 se presentaría el proyecto de una constitución para una asamblea de elección. Los disidentes habían exigido que en la nueva constitución se incluyeran derechos políticos garantizados. Los proyectos de constituciones preparados por el ala izquierda del Jiyuto (partido liberal) contenían garantías absolutas de libertad intelectual, académica y educativa, así como de expresión.4 El movimiento de los Derechos deL Pueblo era• un esfuerzo por conseguir una asamblea nacional, la participación en el poder del gobierno y, simultáneamente, una lucha por establecer la libertad de expresión y los derechos humanos básicos. Su fracaso hizo abortar la lucha por la libertad de expresión. Después de aniquilar al movimiento, el gobierno, en secreto y de una manera arbitraria, preparó la consthución y la promulgó clii de febrero de 1889. No hubo participación popular en el proceso; el emperador se la presentó al pueblo como un “regalo imperial”.
La constitución Meiji no garantizaba los derechos -humanos básicos. La libertad de expresión se reconocía únicamente “dentro de los límites de la ley”. Virtualmente, las libertades que garantizaban la constitución podían abolirse por medio de leyes subsecuentes. Muy pronto las restricciones empezaron a ver- terse de la autoritaria cornucopia del gobierno. A la libertad de publicación la afectaron con la Ley de Publicación (1893) y la Ley del Periódico (1909); la libertad de reunión y de asociación se vio afectada por la Ley de Organización de Asarnbleas y de Organización Política (1890) y su sucesora, la Ley de Policía y Orden Público, de 1900; y la libertad intelectual por la disposición de lesa majestad del código criminal y por la Ley para la Preservación de la Paz (1925). Las películas y las representaciones teatrales fueron estrictamente controladas por normas administrativas en vez de por leyes que la Dieta hubiera aprobado. El pensamiento y la expresión quedaron tan circunscritos que sólo quedó una pequeña esfera de libertad.
El objetivo primordial de las leyes de seguridad interna era prevenir la discusión o la información de facto acerca de tres I1e-l que 11% 1 itOl id a sidci t1 u i flhfltc f

la familia imperial y la mor pública. Un objetivo adicional fue el de controlal la biformación sobre asuntos militares y diplomáticos. La Ley para Ja Preservación de la Paz fue puesta en vigor con la finalidad a enterrar las jdeas y el movimiento socialistas. Posteriormente C le empleó en contra de otras ideologías que disgustaban a ios regidores del Estado.
El sistema político Meij1 amordazó al pueblo y le vendó los ojos. Privado de los hechO5 básicos y de un libre intercambio de opiniones sobre los asuntOS más importt del Estado y la sociedad, el público casi no podía participar en la conformación del futuro del JaP°” Las áreas hipersensitivas antes mencionadas se establecieron en las leyes como vagas categorías y podrían interpretarse amP amente extenderse hasta donde fuera posible con tal de atrapar al disidente. Cualquier asunto importante conternporá1° podía caer bajo alguna de las categorías peligrosas, siempre e%lstía el temor de que los periódicos cualesquiera otras publica Ones y las expresiones en público, fueran prohibidas por algúfl arbitrario ordenamiento policiaco. No había apelación posiblC contra la persecución policiaca. Los guiones de las películas y de las obras teatrales estaban sujetos a una censura previa y se controlaban de la misma manera que las publicaciones y los diScursos en público. Más todavía, esas leyes de seguridad interna acarreaban castigos en lo criminal. Bajo la disposición de lesa majestad y la y para Conservación de la Paz, las personas con creencias que repugnaran al gobierno, aunque no se expre5 abiertamente, podían caer en la cárcel.5
Por supuesto, no todas las ideas que Jncurríafl en la ira oficial cran una contribUCj valiosa a la vida política japonesa. Sin embargo, no podía desarrolla una conciencia política y social saludable Cfl una 5ocjedad donde ci intercambio (le hechos e ideas vitales estaba engrillado. Haciendo a un lado por el momento otros efectos nocivos, la imposibilidad de recibir información esencial que concibiera juicios informados e independientes acerca de la gue y la seguridad nacional, dejaba un gran vacío intelectual. fodo estaba lleno de un militarismo oficial, y el púbiicO ignorante de la verdad o de sus alternativas, autómataffle1tC le dabil apoyo a la poSiCiÓfl del gobierno.
En 1901, por ejemplos el jefe de la estación de policía de Kagurazaka en Tokio, descubrió que una declaración del Shakai MinshutO (Partido Social Demócrata), emitida por Abc lsoo, abogaba por la abOijdlOtl de la Casa de los Pares, por la adopción del sufragio 03ir y por la reducción y abolición del arrnamefltismo. El funcionario de la policía exigió que se clii.- rnncPrniP1 la Casa de los Pares

Cuando Abc se negó a hacerlo, el partido fue prohibido. Rodo çcjsaj (El Mundo Obrero) y otras publicaciones que sacaron a luz la declaración fueron confiscadas. ¡Represión más que severa para un partido político que consistía en seis intelectuales! Sin embargo las autoridades, por lo menos durante algún tiempo, erradicaron tres ideas peligrosas.0
Hubo apenas titubeantes inicios de cierto sentimiento antibélico en el Japón. Una de sus venas la representó el pacifismo cristiano de Uchimura Kanzo y sus seguidores durante la Guerra Ruso-japonesa. Otra fue una aversión humanitaria a la gue-’ rra, como dice el poema de Yosano Akiko, “Kimishini tamau koto nakare” (Hermano mío, no desperdicies tu vida en la guerra). Sin embargo, esas corrientes jamás se aglutinaron en un movimiento organizado y fueron los socialistas los que avivaron el tema antibélico de una manera sistemática.7 La inclusión de ideas de desarme en el programa del Shakai Mmshuto fue un acto sernin.d para el futuro desarrollo de las ideas antibélicas en el Japón. En esa época, el gobierno consideraba al socialismo como un baturrillo de ideas nada prácticas que no tenía seguidores políticos efectivos. A las autoridadds les preocupaban más las ideas democráticas radicales, tales como la abolición de la Casa de ios Pares y el sufragio popular, que las disposiciones económicas en la plataforma del partido. Eso cambió durante la época de la Guerra Ruso-Japonesa, cuando Kotoku Shusui, Kinoshita Naoe, Sakai Toshihiko y otr-os socia- litas publicaron el Heimin Shimbun (El Periódico de los Comuneros) e iniciaron un movimiento socialista a fondo.
Las autoridades alarmadas acosaron y golpearan con fuerza a lOS activistas. El desenlace sobrevino cuando Kotoku Shusui, en ese tiempo un anarGuista, y otros veintitrés fueron senten- -.
ciados a muerte en el Kaigyaku Jiken (por conspiración para asesinar al emperador) en 1910. Doce de ellos fueron ejecutados, entre ellos Kotoku, que fue falsamente implicado; doce de las sentencias fueron reducidas por el perdón imperial. El gobierno aprovechó los juicios de la conspiración como un pretexto para prohibir todas las publicaciones acerca de socialismo. Los libros en contra de la guerra, como el de Kotoku, Niju seiki no kaibutsu, teikokushugi (El Imperialismo, El Monstruo del Siglo Veinte, 1901), el de Yamaguchi Koken Hateikokushugi (Antiimperialismo, 1904) y el de Rinoshita Naoe Ni no hashira (El Pilar de Fuego, l904) Lodos fueron prohibidos (Hi no hash ira fue reimpreso a fines de la década de los afios veinte, pero con numerosas intervenciones de la censura).
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abierta o1)osición la expedicn japonesa a Siberia para intervenir cii la revolución rusa. La oposición no obstante, se debió a una profunda diVi5i entre los dirigentes japoneses acerca de la prudeflc de inmisc0 en el confuso cuadro ruso, y ésa fue una política dVjdida dentro de la élite gobernante, en la que el pueblo no jugó ningún papel. Continuaron, igual que antes, el control de la 0tormauon las restricciones a la crítica sobre la intervención en Siberia de los militares y de la política colonial del Japón. El libro de Ikeda Kyokugai, Ku? Raku? Shinpei no scikatsu (La Vida de un Recluta. ¿Agonía o Placer? 1915), una historia semidOcumental acerca de la vida en el cuartel, sin alusiones ideológicas, fue prohibida a causa (le sus sombrías descripciones de la vida militar. Los escritos más conscientes políticamte enfrentaban un destino previsto de anteman° Según se fue extendie0 la literatura proletaria en la década de los añOS veinte, obras con una perspectiva de clase mucho más explkita presentaban ideas antibélicas y descripciones poco halagadoras 50bre la vida militar. Por ejempio, el libro (le KobayaShi Takiji Kani kosen (La Embarcación de la Empacadora 1929) describíít a las tropas aplastando una manifestaciólL Novelas como la de Kuroshima Denji, Buso seru shigai (La Ciudad Bajo las Armas) revelaban las privaciones y sufrimientos de los soldados de la expedición siberiana. Ambos fueron proscritos.
Todo el material impreso era controlado por un sistema de reportes bajo el cual, teóricamte la acción oficial tenía lugar después de la publicación; en la práctica, sin embargo, el material era presentado a las autoridades antes de ser distribuido. Los funciOn10S revisahahl las publicaciones y las regían de una manera arbitraria. Las películas estaban sujetas a una censura previa según las gulac0fle5 del Ministerio de Asuntos internos publicadas en 1925. EU el ministerio seleccionaban las películas para su exhibi Ófl blica Y con frecuencia las prohibían clefinitivamdTte o les imponían largos cortes. Las películas extranjeras recibí1fl ese mismo tratamiento represivo. La película estadou dense, Sin Novedad en el Frente se exhibió Cli Japón en 1930. AunqUe trataba del ejército alemán durante la Primera Guerni Mundial y fO tenía nada que ver con el J31)ón, el tema 3ntibéljCo era 3atema para los (le! gobierno. Las escenas más dra áticas fuCr0i censuradas: la paliza del suboficial (1ue liaNa tratal0 mal a los estudiantes que eran soldados voluntarjo5, las agotadas tropas en las trinche! zs sufriendo de la fatigt dci coIfll)ate, la carnicería del campo de
-- ii,-c rnW. durantY” descanso, se quejan amarnoche en el cráter abierto por una granada cori los cadáveres de unos soldados franceses, y la de un veterano pronunciando un discurso antibélico ante unos niños de escuela. No era gran cosa lo que había quedado del clásico mensaje antibélico después que los censores manejaron las tijeras y enviaron la película a las salas de exhibición.8
A principios de la década de los años treinta, los comunistas, con sus lemas de Oposición a la Guerra Imperialista, eran casi el único grupo con una posición analítica en contra de la guerra. El gobierno los quebró declarando al partido fuera de la ley y enviando a la cárcel a sus dirigentes. El movimiento comunista se vio obligado a convertirse en clandestino. Las críticas contra la guerra desaparecieron del diálogo público y ya no hubo manera de que las ideas u opiniones que tuvieran un punto de vista analítico llegaran a las masas. Las restricciones a la libertad intelectual y la expresión dirigidas en contra de los comunistas fueron más allá de su proporción circunscribiendo de manera atroz el derecho a la libertad de palabra, el derecho de reunión y el de asociación. La policía y los fiscales emplearon sus poderes sumarios, protegidos por las regulaciones de la misma policía y la Ley del Desempeño Administrativo, y arrestaron y detuvieron ilegalmente a activistas políticos y a toda persona que expresara puntos de vista antigobiernistas. A los apresados se les imponían castigos corporales y eran mantenidos en detención durante largos periodos antes del juicio. Los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley violaban ésta y constantemente abusaban de su autoridad legal,9 atropellando los derechos de los ciudadanos y atemorizando al público para que guardara silencio. El gobierno aplastó la libertad de expresión, el pacifismo y el antimilitarismo medianté el vigoroso uso y abuso de las leyes de seguridad interna, que eran la primera línea de defensa del Estado en contra de la disensión. Las autoridades, asimismo, recordaron que la mejor defensa es un buen ataque y, por lo tanto, crearon un arma poderosa con qué adoctrinar ideas y valores que brindaran apoyo espontáneo de las masas en pro del militarismo: el sistema de educación pública.
La educación para una conformidad nacional dirigentes Meiji heredaron de las publicaciones, el control del gobierno ‘Tbkugawa de la actividad política y del catolicismo. El hecho de que el gobierno debiera controlar la educación y, por lo tat0, dirigir la doctrina del pueblo, el-a algo que aún no se le había ocurrido a las autoridades; dicha noción sólo se concibió posteriormente, cuando estuvo establecido un Estado absolutista que se centraba en el emperador.
Al príflclPbo el gobierno Meiji reconoció la necesidad de contar co un sistema educativo moderno. Durante muchos
,ués, en tiempos del “periodo de ilustración”, cuando
absorbiendo todo lo posible de Occidente, el gobierno de1 que el pueblo tuviera un sentido de aceptación jntelectua’ y de curiosidad acerca de la tecnología y cultura occidentales. Lejos de restringir rígidamente el contenido educativo, la p0hti del gobierno permitía a las escuelas el uso de libros de texto, publicaciones plagadas de las doctrinas políticas y jegales que constituían la base de los conceptos sociales occidentaS, de la ética cristiana y de la democracia moderna. Los libro5 publicados por editores comerciales podían usarse en las esC’1 sin temer que fuera necesaria la aprobación del gobierno-
Pero cuando el movimiento de los Derechos del Pueblo alcanzó su ?UfltO más alto a fines de la década (le 1870, la política cambió. n 1880 el gobierno compiló una lista de libros que favorecían a la democracia, entre ellos, los escritos de Fukuzawa HUidchi, y prohibió que se usaran como libros de texto. Ése fue e1 primer movimiento en el camino a la intervención oficial el contenido de la educación. El gobierno abandonó la política de alentar la curiosidad intelectual y la ilustración cultural e inició un renacimiento de las virtudes confucianas feudales, y empezó a compilar los libros de texto para inculcar esos
El go10 procedió paso a paso —pero a un ritmo rápido, podría j1o añadir— para refrenar al dragón educativo antes de que se desbocara. Al principio se fijó un sistema de rera los libros de texto. Las escuelas seleccionaban los
portes p
libros y notificaban a las autoridades qué clase de textos estaban usando. uego el gobierno exigió que las escuelas obtuvieran una aprob1Ót1 antes de adoptar los libros. En 1886 se puso en efectO un sistema de certificación. Los libros no podían adoptarsC como textos a menos que estuvieran certificados por el Minist° de Educación. El Estado había adquirido el poder ic cnntrO los libros de texto, una capacidad que fue crecien L

celosa imposición del gobierno Meiji de controles a la
libertad de exoresión fnp n nrtP irn nrn1nncrí-,i lp 1,

Después de 1904 los textos de las escuelas elementales eran compilados por el gobierno nacional; a todos los niños laponeses se les enseñaba según los libros producidos por el Minh terso de Educación. En una sociedad premoderna, sin que importe cuánto poder tengan los gobernantes y lo débil que sea el pueblo, contra la autoridad, resulta virtualmente imposible para la clase gobernante adoctrinar a la población entera, ya que no existen - los medios (le comunIcación suficientes. Una élite gobernante necesita de un sistema escolar moderno para hacer llegar su mensaje. El Japón moderno logró un vasto incremento cuantitativo a nivel intelectual en la ciudadanía estableciendo rápidamente la educación obligatoria, incrementando el periodo obligatorio de txes a seis años y obteniendo un promedio de inscripción de más del noventa por ciento apenas unos años después de 1900: Casi todos los niños recibían la educación básica. Sin embargo, el contenido educativo estandarizado selló una apariencia uniforme en la mayoría de las mentes japonesas. 1 La diversidad de la ignorancia se vio reemplazada por la conformidad de unos conocimientos inyectados por el Estado. El niño casi siempre retiene su primera educación hasta llegar a la edad adulta, a pesar de sus experiencias posteriores. Y en el Japón de antes de la guerra, para la mayoría de las personas la educación formal terminaba con la escuela primaria.
Hasta 1943, a las escuelas secundarias se les permitió usar libros de texto certificados permiliéndoles así uni piica de- variedaci. Sin embargo, dacIo el curriculum tan detallado del I\[inisterio de Educación, el empleo de libros publicados comercialmente no significó una gran diferencia. Más aún, no muchos estudiantes pasaban a la secundaria; la conformidad nacional creada por los libros de texto del Estado en los primeros grados, no se modificaba al llegar a ese segundo nivel, El control del gobierno sobre el contenido educativo era notableinente débil (pero existía) en la escuela secundaria (koto gakko), en los colegios técnicos (senmon gakko) y a nivel ucdversitario. Todavía errn smíS pocos los estudiantes, incluso, que llegaban a una preparación avanzada, y quienes iq conseguían formaban un estrato especial de la intelectualidad. La breclia entre los inte!ect aaiesy la co::ccnca ¡.oouiar era por sí nijsma una barrera contra el mc onu Oicu u) de la con foruii da masiva -
¿Qué era lo que les enseñaban a odus los japoneses a creer y a honrar? La política cte estandarizar la educación fue una respuesta al movimiento de 105 Derechos del Pueblo y, tiaturalmente, aceleró la propas:ición de los valores a ntideinorrdti s

constitución con derechos humanos garantizados exigida por el movimiento de los Derechos del Pueblo, se impuso desde arriba una constitución absolutista que se centraba en el emperador. No simplemente como cabeza del Estado, el emperador se convirtió en un monarca con una autoridad sacrosanta basada en los mitos del Kojiki y del Nihon shoki, objeto de veneración. En 1890, un año después de anunciada la constitución, el Edicto Imperial sobre la Educación fue publicado como un esfuerzo por inculcar la sumisión total a la autoridad política, presidida por el emperador. La práctica de las ceremonias patrióticas que se veían copadas por el emperador el día de la apertura de clases cada año, se inició más o menos en esa misma época. A los niños se les exigía que veneraran la fotografía imperial, y había una solemne lectura ceremonial del decreto de educación. Esos ritos se empleaban para inspirar la obediencia total tanto al emperador como al Estado.
La función más directa del Edicto Imperial sobre la educación consistía en ser objeto sagrado de esas celebraciones rituales, pero también desempeñaba un papel práctico digno de notarse, como la declaración normativa última sobre la educación pública hasta 1945. El contenido de los libros de texto de ética, por ejemplo, se basaba en los valores y preceptos del Edicto. Tal documento es una compleja mezcolanza ideológica que refleja los objetivos de quienes la formularon.11 Motoda Nagazane, el maestro confuciano del emperador Meiji, deseaba imponerle al pueblo el confucianismo como la religión del Estado. Ito Hirobumi, uno de los dirigentes de la restauración y del nuevo gobierno, e Inoue Kowashi, su consejero intelectual, deseaban un sistema político que, aunque permitiera cierto grado de constitucionalismo, se orientara hacia el Estado. La autoridad del soberano debería ser lo más alto. Yamagata Aritomo, otro de los dirigentes de la restauración y uno de los fundadores del militarismo japonés moderno era un enérgico defensor del edicto. Siete meses antes de que éste se publicara, Varnagata escribió en un “Memorándum sobre Armamentos Militares” que: “Corea es el punto vital dentro de la esfera de intereses nacionales del Japón” y “los elementos indispensables de
una política exterior para proteger esos intereses son: primero, tropas y armamentos; y segundo, la educación. La educación debía nutrir y conservar el patriotismo”.12 El comando militarista del edicto muestra la influencia de Yamagata: “Si se presentara una emergencia. . . guardar y mantener la prosperidad de nuestro trono imperial”. Hay también la frase “respetar siempre la constitución y cumplir las leyes”. Aunque parlamentaria, el edicto subvierte el propósito básico de las constituciones modernas que consiste en limitar la autoridad del Estado y garantizar los derechos humanos. El edicto aborda la constitución únicamente en el contexto de la obligación del pueblo y de obediencia a la ley: no hay ninguna referencia a los limites cTe poder del Estado. En él no existe un espíritu de respeto por los derechos humanos.13
Con bastante naturalidad y, otra vez, muy al contrario del pensamiento constitucional moderno, la educación pública ha-:
sada en el edicto tendía a inculcar una obediencia incondicional al Estado.
Una aquiescencia pasiva al Estado no era suficiente. Las autoridades Meiji querían que la educación les procreara ciudadanos que en forma espontánea y entusiasta apoyaran las políticas nacionales. La total disposición a morir por el país en tiempos de guerra era algo que se subrayaba como “lealtad al emperador y amor a la patria” (chukun aikoku). En el ejem. pio que ofrecimos antes, la inculcación de sentimientos de desprecio hacia China en las escuelas primarias durante la Guerra Sino-Japonesa parece que fue un fenómeno generalizado en todo el país. Fue reportado también en una escuela elemental de Takamatsu, en la prefectura de Kagawa. Durante la clase. (le éti. ca el maestro “mostró cuadros y describió con detalles excitantes cómo nuestros leales y valientes oficiales y soldados rechazaron a los coletudos chinks hasta P’yongyang, para después seguirlos acosando y finalmente capturar las posiciones de los viles enemigos”. La mayoría de los estudiantes “estaban sentados con un brazo doblado sobre ci otro, encima del pupitre, la cabeza hacia adelante, los ojos clavados en el maestro y pendientes de sus palabras más íntimas, totalmente ajenos a todo 10 que no fuera la historia de la guerra”. Un “informe de guerra” prepa. rado por los maestros fue colocado en el pizarróri de boletines de la escuela. El reporte decía: “22 de septiembre de 1894. Reporte de Batalla. Tropas japonesas derrotan a los chinos en P’yongyang y obtienen una gran victoria. Los cadáveres chinos fueron apilados y formaron una montaña. ¡Oh, qué gran triunfo! ¡Chinka, Chinka, Chinka, Chinka, tan estúpidos y apestosos!”
El militarismo era sistemáticamente inculcado durante la Guerra Ruso-Japonesa. Por ejemplo, todos los directoi-cs de escuelas primarias de la prefectura de Saitama, fueron convocados a una reunión donde se les inforrn acerca de los “tópicos que deben enseñarse durante la presente emergencia”. Había que hacer hincapié en la guerra y el patriotismo a lo lanro de

“significado del edicto imperial que declara la guerra; del edicto imperial en el curso de la guer de las hazañas del valiente Japón y de nuestros valientes 1julutares; de la conducta especial que se esperaba de los niños durante la guerra y de los deberes del servicio militar”. En la clase de lengua japonesa habría que estudiar “los edictos irnpere5 relacionados con la guerra, los artículos acerca de la situación de la guerra, la correspon-,/ deiicia de los soldados que cstai en el frente”. Los maestros tendrían que utilizar ilustraciones relacionadas con la guerra que el gobierno les proporcionaría para iniciar discusíones. En las clases de aritmética habría que hacer “cálculos sobre temas militares”. Los tópicos científiC°S serían “una información general acerca de reflectores, comunicación inalámbrica, minas terrestres y torpedos, submarinOS, dirigibles militares, explosivos Shimose, palomas mensajes militares, cañones pesados, morteros, ametralladoras, el cafíóI Arisaka y la salubridad militar”. En la educación física habría que incluir “entrenamiento del carácter y juegos de guerra” Las clases de música tendrían que reverberar con cantos guerreros. El objetivo era militarizar todo el currículum. El impactO sobre los niños pronto se hizo evidente. Consideremos la composición de un estudiante de tercer grado: “Seré soldado y rnataé rusos y los haré prisioneros. Mataré más rusos, les cortaré la cabeza y se la llevaré al emperador. Volveré a entrar en combate y cortaré más cabezas rusas, los mataré a todos. Seré un gran hombre”.’4
Eso podría descartarse comO un exceso pasajero de tiempos de guerra, pero el caso es que hubo una guerra cada diez años y el currículum volvía a repetirse cada vez. La conciencia nacional se vio marcadamente afectada por esas inyecciones de estímulo jingoísta todas las décadas. Más aún, los acontecimientos dejaron un tinte militarista permanente en el currículum estándar que se éñseñabadurate los años entre una Y tra guerra. Un vistazo a las páginas de los libros de texto del gobierno nos trae de regreso a los marciales espectros del pasado.’ 5 El libro de ética de la escuela primaria para estudiantes de segundo grado, publicado efl 1903, contenía las siguientes lecciones:
Lección 23. El emperador asiste a las maniobras anuales del ejército y la armada observa a soldados y marineros cumplir con sus obligaciones. Debemos apreciar la real benevolencia del emperador.

Leeeión 24 Km-’h Thpi no sentía miedo en lo bn1utn

ces en su clarín la orden de avanzar. Inspiradas pOr su vahene ejemplo, nuestras tropas atacaron y derrotaron al enemigo, pero a Kiguchi lo alcanzó una bala que lo tumbó al SUCIO dejándolo mortalmente herido. Más tarde encontraron el? cuerpo con el clarín ocIavía en sus labios.
Lección 25. Nuestra laucha torpedera atravesó la negra noche; atacó a la flota enemiga y hundió cuatro navíos.
Esas tres lecciones con láminas ilustrativas aparecen en una secuencia. En el Libro de Lectura Elemental No. 8, publicado al año siguiente, en la Lección 7, titulada “Takeo se Enrola”, Takeo y su padre sostienen esta conversación:
Takeo: Padre, la idea de “enrolarme era el serdcio de mi patria” hace que me sienta orgulloso y feliz. Me entrenarán y, cuando llegue la guerra, no le voy a tener miedo a la muerte. Daré todo lo que tenga para demostrar de qué pasta está hecho un buen combatiente japonés. ¶
El padre: ¡Ése es el espíritu que debe animarte! Debes perseguir esa determinación. No ternas morir. Na te preocupes por los que aquí quedarnos. Y debes serle siempre fiel a los preceptos imperiales para los soldados y marineros. -
Yo corrí con la suerte de asistir a la escuela primaria desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta mediados de la dé. cada de lOS años veinte, que fue el periodo educativo más libe- ml hasta después de 1945. Los libros de texto de la tercera edición que se usaban entonces contenían mucho más material sobre solidaridad internacional, por ejemplo, que 105 de las cinco ediciones anteriores a la guerra. No obstante, se nos in cuicaba una buena dosis de militarismo. Los libros eran tan sólo un poco diferentes de los del periodo anteior. Nuestro texto sobre ética contenía también la historia de Kiguchi, el corneta. El libro que usábamos en el segundo grado tenía una inspiradora lección acerca de la lealtad.
El comandante Hirose Takeo zarpó una noche oscura para bloquear la entrada de la bahía en Puerto Arturo con un buque (le vapor. Desafiando al fuego enemigo, completé sus preparativos, y ya iba a abandonar la nave cuando se dio cuenta de que el suboficial contramaestre, Sugino, no estaba. El comandante recorrió la nave tres veces. Finalmente, cuan aborda

un bote pequeño, fue alcanzado por el fuego del enemigo y tuvo una gloriosa muerte heroica.
En nuestro libro de japonés podíamos leer una historia que se llamaba: “La madre de un marino”.
Un marino recibe una carta de su madre: “Me escribiste que no participaste en la batalla de la isla de Toshima. Estuviste en el ataque a Weihaiwe del 10 de agosto, pero no te distinguiste con ninguna proeza personal. Para mí eso es deplorable. ¿Para qué fuiste a la guerra? Tienes que ofrecer tu vida para saldar con ella tu obligación a nuestro benevolente emperador”. Uno de los oficiales, viendo que leía la carta y se ponía a llorar, consoló al marino: “Hijo”, le dijo, “con toda seguridad habrá Otra gloriosa guerra muy pronto. Entonces harás grandes hazañas de valentía y le darás honor a nuestro navío, Takachiho. Explícale eso a tu madre y tranquilízate”.
Las secciones de historia moderna contemporánea de nuestro Libro de Historia Japonesa para Escuela Elemental consistían en dos partes: “El emperador Meiji” y “El Emperador reinante” (el emperador Taisho). La discusión de la política nacional en la primera parte terminaba con una sección sobre “La Promulgación de la Constitución”. El resto del libro estaba lleno de material acerca de la familia imperial, guerras o del cada vez mayor prestigio internacional del Japón: “La Guerra SinoJaponesa”, “La Revisión del Tratado”, “La Guerra Ruso-Japonesa”, “La Anexión de Corea” y “La Muerte del Emperador Meiji’. La sección sobre Taisho, asimismo, no tenía nada sino acontecimientos como la coronación del emperador, el papel que japón había desempeñado en la Primera Guerra Mundial y su participación en la Conferencia de Paz de París y la Conferencia de Washington. No había en él ni una sola palabra
•sobre el desarrollo de los acontecimientos nacionales sociales o políticos.
El libro de texto de canciones traía la historia del comandante Hirose con arreglo musical:
Los cañones rugen, las granadas silban;
de pie en la cubierta barrida por las olas, el llamado del comandante penetra en lo oscuro:
Sugino, ¿dónde estás? ¿Estás ahí?



Llama, pero nadie contesta, busca, pero no encuentra la mínima huella.
Poco a loco, al barco se va hundiendo bajo las olas, Las granadas enemigas vuelan, espesas y rápidas,
El comandante salta al bote pequeño,
una granada llega volando y ctalia.
¡Cudn trágica muerte afuera de Puerto Arturo!
La fama del heroico Hirose sigue latiendo.
Los militares nunca perdían la oportunidad de hacer llegar su mensaje. Hasta canciones populares como “Somos Hijos del Mar” (Ware wa urni no ko) tenían una estrofa que se les había agregado.
¡Vamos! Abordemos los barcos y zarpemos. Recogeremos los tesoros del mar.
¡Vamos! Abordemos el buque de guerra. Defenderemos esta nación del mar.
Si me las enseñaron en la escuela o las oí por ahí es algo que no está muy claro, pero las canciones que les conozco tanto la letra como la melodía son generalmente canciones militares. Todavía me acuerdo de la canción “Teniente Coronel Tachibana” con el verso “La noche desciende sobre el fuerte Liaoyang”, y puedo cantar la marcha de los buques de guerra de la marina, que dice: “Defendiendo o atacando, como una fortaleza de acero flotante.., tan digna sIc confianza”. -
Los libros de texto de ética, lenguaje e historia, con sus mensajes escritos y visuales, tenían una significativa influencia .- jingoísta. No obstante, las canciones militares, con sus “vahentes y garbosas” melodías, sacudían un nivel emocional más profundo. Ningún cambio ocasionado por el nuevo punto de vista del pasado ni la apreciación de la democracia de la posguerra pueden borrar esas excitantes tonadas de gloria a la memoria de la generación de antes de la guerra.’°
El entrenamiento militar era llevado directamente a las escuelas. Tal vez los del ejército pensaran que ni siquiera el uniforme color cac1ui conseguiría producir una ideología tan agresiva. En 1917, la Comisión sobre Educación Ad hoc propagó la siguiente resolución: “Deberán ponerse en vigor rápidamente medidas apropiadas para alentar el entrenamiento militar en las escuelas”. Entre las razones para tal cosa se contaban
“Crear un nueblo fuerte y saludable rnpnranHn b nsinup fl(W
y habilidades en asuntos militares con lo que se cultivará la lealtad a través de la disciplina moral (el espíritu nacional se equipara con el espíritu marcial). Echar los cimientos de un entrenamiento militar futuro es un elemento esencial de la educación en el Japón de nuestros días y algo que no puede descuidarse”. Objeciones como las siguientes se dejaron oír en
juntas de comités. Un crítico dijo, “Uno de los defectos de nuestro sistema educativo actual ha sido el mal desarrollo del intelecto de los niños. Se les ha obligado a pensar de cierta manera
y no tienen ideas propias. A los estudiantes se les atiborra con información, pero jamás se les alienta a pensar. Esa es una
pedagogía que ignora la propia voluntad, el pensamiento independiente. ¿No tendrá el entrenamiento militar el funesto
efecto de hacer a los niños todavía más dóciles, menos capacitados para pensar por ellos mismos?” Otro dijo, “El espíritu
fundamental de lo militar es la obediencia absoluta a la autoridad. Sin embargo, la educación en general se base en la libertad de la idea. Temo que vaya a haber un choque de prioridades en pugna, y tal cosa debe evitarse”. Las críticas fueron r inútiles: la resolución fue adoptada unánimemente.17
A partir de l25, a todas las escuelas secundarias oficiales del servicio activo (exceptuando a las escuelas para señoritas)
les fue asignada tal resolución y el entrenamiento militar se convirtió en parte del currículum regular. Al año siguiente
se establecieron centros de entrenamiento para la juventud en todas las ciudades, pueblos y aldeas como parte de un programa
de cuatro años y cuatrocientas horas de instrucción militar para los varones cuya educación formal había terminado o terminaría en la escuela primaria. Los militares extendieron sus redes tan ampliamente como para pescarlos a todos: a los hijos de las ciases media y superior que seguían estudiando para obtener una educación superior y a los muchachos de las familias proletarias que tenían que trabajar apenas terminada la primaria.
El Estado había estructurado armas poderosas en contra del individuo. Una educación militarista implantaba ideas jingoístas en el pueblo y abrumaba toda conciencia que criticara la guerra. Toda la educación se estandarizó bajo el control centralizado del Ministerio de Educación. Ningún maestro ni padre de familia podía escoger materias de educación para sus hijos. Desde el jardín de niños hasta la escuela superior, a los estudiantes se les decía qué era lo que tenían que aprender y cómo debían pensar.18 Bajo esas condiciones era más que imposible enseñarles a los estudiantes a pensar racionalmente acer-
rip la sociedad, y especialmente a uc adoptaran alguna ac


Entrevistador:
¿Y qué ha sido lo contrario? ¿Qué ha sido 10 que más gusto te ha dado?
Nalca jima: Nuestra gran victoria en Machansan.
Kato: Es muy bonito que japón gane una batalla tras otra’
Fulcunaga: Lo que más me gustó fue cuando el embajador Yoshizawa le dijo al presidente Briand que la Liga era túpída y que debería hacer precisamente lo que Japón qucia’°
Por supuesto, los jóvenes no estaban en la escuela las vein
cuatro horas del día, pero su mente y sus valores morales er21
también conformados por su vida familiar y por el materí
(le lectura que abordaban fuera de los salones de clase (RC
cuerdo que las revistas para jóvenes que leíamos, traían artíc5
los jingoísticos como “La Futura Guerra Entre Japón y Estad’a
Unidos”).’° Aunque no era la única influencia formativa, educación ejercía indudablemente un gran impacto. KikuC10
Kunisaku estudió los problemas de la disciplina en el ejérd durante el periodo de 1915 a 1937. Sus datos los tomó de es dfsticas preparadas sobre los que evadían el servicio militar la insubordinación, la mala conducta, el suicidio, etcétera, e el Informe Anual del Ejército (Rihugun nenpo). Kikuchi cubrió que los soldados-problema a los que el ejército catalog como “personas no patrióticas” provenían en su gran mayo,I
de dos estratos de la población. Tendían o a ser intelect5
les de las universidades imperiales y otras prestigiosas cscuC11 de la. élite o a ser muchachos con poca o ninguna educac formal.2’ La masa de la población entre esos dos extremos ar bía sido acondicionada por la educación pública para acepr de buen grado la disciplina militar. Cualesquiera dudas a te
i ca del militarismo les habían sido destruidas por la congelar
escarcha del adoctrinamiento del Estado.
Pero el Estado no podía mantener a los jóvenes indef’
clarncnte en el vientre protector de las escuelas elementales’
pesar de que estuvieran sobresaturados de sumisión a la aut’
dad y de la glorificación de la guerra, algunos egresados de,d
secundarias pasaban a las escuelas superiores y a las univers11
cies, en las que el control del gobierno era relativamente d la:
O se ponían a trabajar y descubrían Ci mundo real de las clones obrero-patronales y de la explotación. A través de
progresivo crecimiento intelectual y por experiencia Persoj
‘I”1fl íN (ir onortunidades de escapar del enibrujo idc


Todo el proceso educativo merece un estudio cuidadoso y un profundo análisis en lo que concierne a su papel socializante, pero debo limitar mis comentarios a aquellas partes del sistema que abierta y directamente implantaron el militarismo en la mente ele los niños japoneses. Ya vimos uno de los resultados de esa educación primaria en la composición de un niño de la época de la Guerra Ruso-japonesa. Observemos ahora el mismo proceso según se reflejaba en una discusión de mesa redonda auspiciada por el Asahi Gurafu en 1932, no mucho después del incidente de Manchuria. Los participantes eran niños y niñas de quinto y sexto año de la escuela primaria Taimei, en Tokio,
Entrevistador: ¿De qué trata ci incidente de Manchuria?
Kato: Los chinos nos insultaron y nuestros soldados están combatiéndolos en Manchuria para vengarnos.
Entrevistador: Recientemente la Liga de las Naciones ha hecho todo un escándalo al respecto. ¿Qué piensas tú de la Liga?
Kato: Es un lugar donde los cobardes del mundo se reúnen para discutir.
Entrevistador: Si fueras Ministro del Exterior, ¿qué harías? Nahajima: La Liga de las Naciones es tendenciosa, así es que no tendría nada que ver con ella.
Hoita: Si yo llegara a ser Ministro del Exterior, todo aquel que siguiera repitiendo tonterías de ese tipo se llevaría un puñetazo en la nariz (risas). -
Entrevistador: ¿Piensas que pueda haber una guerra entre Estados Unidos y japón?
Fukuzavja: Sí, pienso que sí. Los norteamericanos son muy arrogantes. Me gustaría enseñarles una o dos cosas.
Kato: Siempre actúan como creyéndose la gran cosa; necesitan una buena paliza. Yo los aniquilaría.
Fukutomí: tOh, a mí tambidn me encantaríaf
Entrevistador: Si japón se queda más y más aislado, ¿qué harías tú?
Varios estudiantes: Seguiríamos haciendo la lucha, seguiría. mos adelante, no cejaríamos hasta morir. (Se dejó oír todo un coro de voces.
Fukuteinj: El final es cuando uno se muere, ¿no es así? (Quiso decir: “Yo seguiría hasta el fin” y 10 dijo con voz firme).

independientes como reu1tado de su contacte con nuevas ideas y puntos de vista. Sin embargo, no era tan fácil. La información y las ideas políticas estaban circunscritas por las leyes de seguridad interna. El egresado común de la escuela pública estaba tan lleno de “hechos” aprobados, de mitos y de patriotismo, que resultaba inmune a toda idea nueva o radical. Los que andaban con los ojos más abiertos gracias a una educación mejor o por experiencias posteriores, tenían todavía que con-; tender con la cruda realidad de que, a causa de la represión del Estado, no había manera de que sus disidentes puntos de vista pudieran causar algún efecto en la sociedad.
Yo hablo por experiencia personal. Estuve en una escuela primaria durante los años más liberales del periodo anterior a la guerra. Sin embargo, cuando estuve en la secundaria, me saturé de ideas jingoístas y jamás las puse en dude. Cuando ocurrió el incidente de Manchuria, un poco después, de que había ingresado a la secundaria, yo era incapaz de comprender su verdadera naturaleza y me asombró muchísimo descubrir que había compañeros de clase que rechazaban los valores ortodoxos y la ideología que yo mismo había aceptado como la verdad del evangelio. Ellos tenían puntos de vista diferentes y actuaban de acuerdo con ellos. Los últimos meses de 1932 constituyeron el punto crucial en mi propio desarrollo intelec- tual y espiritual. A fin de escapar de las acechanzas de mi “educación”, rechacé la mayor parte de lo que me habían enseñado en la escuela pública, pero fueron necesarios todavía otros veinte años para que pudiera superar el obstáculo de aquel ternprano adoctrinamiento y pudiera aceptar las cuestiones más fundamentales.
El Estado de antes de la guerra mantenía al pueblo con una poderosa clavija: por un lado estaban las leyes de seguridad interna con sus restricciones a la libertad de expresión y de pensamiento; y por el otro estaba la educación conformista que bloqueaba el crecimiento de una conciencia libre y de cualquier actividad encaminada a propósitos políticos. Y la clavija era apretada siempre que el individuo y la resistencia popular (lesafiaban a la temeraria acción militar. Esas luyes y la educación pública, empicadas como instrumentos de coerción y manipulación, fueron los factores decisivos que hicieron imposible que 1 el pueblo japonés le impidiera a su país desencadenar la Guerra del Pacífico.
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