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libertarianista y republicana.
Uso aquí el lenguaje de la filosofía política (Kimlicka 2002) según el cual la vertiente republicana no debe confundirse con posiciones políticas como las asumidas hasta 2008 por el partido republicano estadounidense, las que son más bien una buena muestra de la democracia neoliberal. La vertiente libertarianista (neoliberal) de la democracia ha enfatizado las libertades individuales no sólo de los propietarios sino también de las empresas, y en general las capacidades de emprendimiento de los dotados de poder económico. Expresa la posición de filósofos políticos como Von Hayek o Nozik, cuyas ideas sustentan la legitimación política del neoliberalismo económico contemporáneo.
De otro lado la vertiente, así denominada republicana -por sus remotos orígenes greco romanos, o sus expresiones posteriores en los fundamentos filosóficos de la democracia americana- ha tendido a recalcar las virtudes ciudadanas de la educación y el papel indelegable del Estado en la transmisión de una moralidad cívica. En la primera visión predomina un concepto de libertad que se define de manera individualista como la propiedad individual, legítimamente adquirida como valor fundante del orden social y del Estado, y legitimación suficiente de la justicia conmutativa de las transacciones contractuales de mercado.

En la segunda visión (republicana) la libertad es una situación que deriva de la pertenencia a un orden social anterior a cada individuo. Sus orígenes más remotos e ilustres los encontramos en la idea del hombre como animal político propuesta por Aristóteles, y en su análisis de los regímenes de gobierno elaborados en Política. En este segundo caso la condición de ciudadano y las virtudes requeridas para serlo en plenitud preponderan sobre la condición de propietario individual. La noción de persona humana, como diferente de las personas jurídicas que estructuran el orden capitalista, es un fundamento de la justicia distributiva que el estado debe asegurar en la búsqueda del bien común.
El tema central de la democracia como contrapeso del capitalismo pasa por el estudio de las condiciones que podrían llevar a su fortalecimiento mediante la educación y la moralidad cívica. La educación requerida para hacer a los ciudadanos desfavorecidos más concientes de sus derechos, y la moralidad cívica para evitar el desinterés por la política que tanto afectó el destino reciente de algunas naciones latinoamericanas.
La democracia reconquistada en América Latina (de manera generalizada a partir de los años noventa del siglo XX) es un instrumento insustituible para introducir los criterios de equidad en la distribución de las ganancias de productividad que están derivando de la revolución de las tecnologías de la información. Volviendo al viejo lenguaje aristotélico las formas de la justicia distributiva pueden contraponerse a través del ejercicio de la democracia a las formas de la presunta justicia conmutativa expresadas en las transacciones mercantiles privadas, y hoy claramente sesgadas en beneficio de los grandes grupos económicos sean estos latinoamericanos o no.
Democracia e integración Latinoamericana

El tema de la democracia puede ligarse al tema de la integración regional. La tesis que aquí sostendremos es que la integración regional, concebida multidimensionalmente (económica, social, cultural y política) puede perseguirse con mayor esperanza. Pero esta esperanza depende, en grado decisivo, en la posibilidad de establecer un recíproco círculo virtuoso con las instituciones de la democracia. La integración regional de las sociedades nacionales latinoamericanas, puede consolidar este régimen político y ayudar, a una escala regional o subregional, a controlar legítimamente los impactos sociales negativos de la propagación del capitalismo global sin renunciar a los impactos positivos que derivan de la propagación del progreso técnico y de sus frutos controlado por las ETS.
Este objetivo exige una convergencia a escala sudamericana o latinoamericana de los movimientos y partido políticos. El camino para lograr esa convergencia pasa a través de la consolidación de temas e intereses que nos sean comunes y que podríamos, como ciudadanos latinoamericanos defender de manera coordinada y legítima a través de los partidos y de otros movimientos sociales.
Algunos de los temas más candentes, podrían referirse a la distinción entre dos formas radicalmente diferentes de concebir los procesos de integración regional: de un lado la integración de mercados nacionales como un aspecto del proceso de globalización a escala mundial en lo que podríamos denominar integración unidimensional o mercadista, y, del otro, la integración de las sociedades nacionales en una modalidad multidimensional y profunda guiada políticamente por el ideal de la democracia.
En los marcos normativos del así denominado “Consenso de Washington”, se fueron desarrollando en América Latina y en toda América los Tratados de Libre Comercio (TLC) que expresan la filosofía unidimensional o mercadista aludida en el párrafo anterior. De otro lado y, paralelamente, se ha ido insinuando la alternativa de la integración multidimensional de sociedades nacionales, a través de los bloques subregionales tales como el MERCOSUR, la CAN, el MCCA y el CARICOM.
Es hoy ineludible reconocer las dificultades y turbulencias que se observan en los bloques subregionales, especialmente en la esfera comercial, incluyendo una cierta tendencia de los países latinoamericanos a asumir posiciones recíprocamente extremas e intolerantes. De un lado hay un grupo de países (por ejemplo México, Perú y Colombia) que han concedido mayores preferencias y asumido compromisos más profundos en sus TLC con los países desarrollados que los asumidos hasta ahora en sus relaciones recíprocas. De otro lado hay otro grupo de países (por ejemplo Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua) que han tomado la integración en una perspectiva política muy asociada al carácter presidencialista y personalista que es una característica de los procesos políticos latinoamericanos. En los primeros predomina una visión más mercadista de la integración en los segundos una visión más política, pero teñida por fuertes tintes personalistas.
La integración política de gobiernos concretos tiene corto alcance, no es lo mismo que la integración de los estados y de las sociedades nacionales. Esta última se procesa a través de una democracia sólidamente institucionalizada y compartida.
El proceso político democrático sólo puede incidir en la integración latinoamericana si se funda en las instituciones del Estado y no en los acuerdos tácticos de gobierno que son necesariamente fugaces. La integración europea ha logrado un grado de desarrollo y consolidación que estuvo en función de las democracias parlamentarias allí vigentes alejadas de los personalismos de caudillos dominantes que Europa soportó durante el período de entreguerras. Solamente cuando la democracia estuvo sólidamente establecida en sus estados miembros fue posible encarar el proceso constitutivo de la actual UE. Es de esperarse que la excesiva ampliación del bloque, combinada con la actual crisis global no ponga en peligro sus fundamentos democráticos.


La integración mercadista, liderada microeconómicamente por las ETS, apoyadas por los grandes centros del capitalismo mundial, tiende a aislar los mercados del resto de las instituciones latinoamericanas. Esta tendencia genera un gran impacto institucional en las regulaciones internas de los países latinoamericanos dando lugar a reformas que favorecen la dinámica de la transnacionalización.
Los impactos más importantes de esta visión mercadista de la integración sobre los sistemas de regulación interna tienen lugar en campos tales como las políticas de competencia, las inversiones ligadas al comercio y a los servicios, la propiedad intelectual, las compras de gobierno, la legislación medio ambiental, etc. En vista de que las normas incluidas en los TLC con naciones desarrolladas son mucho más precisas y específicas, la ratificación parlamentaria de estos acuerdos supone compromisos vinculantes que marginan o dejan obsoletas otras normas preexistentes en el interior de los bloques subregionales de integración.
Este impacto mucho más concreto de las reformas institucionales mercadistas, también deriva de que en los bloques subregionales latinoamericanos, los compromisos multidimensionales recíprocos (políticos, sociales y culturales), asumen un carácter más retórico o declarativo y luego no se traducen en las medidas institucionales y presupuestarias requeridas para viabilizarlos.
Las convergencias, negociadas en los planos políticamente sensibles de los bloques subregionales, que serían necesarias para lograr un círculo virtuoso entre la consolidación de la democracia y la integración de las sociedades nacionales, exceden el campo específicamente mercantil o económico, e incluyen normas institucionales igualmente profundas en los campos político, social y cultural. Entre éstas se cuentan las así llamadas cláusulas democráticas y de seguridad regional, las regulaciones requeridas para la convergencia de sistemas laborales o previsionales, de sistemas educacionales, de sistemas migratorios, de protección medioambiental, etc. Estos compromisos no son de fácil ratificación parlamentaria y suelen quedar postergados porque terminan predominando intereses locales, personalismos presidenciales, o cuestiones de corto plazo que impiden la consolidación gradual del tejido institucional de la integración de nuestras sociedades latinoamericanas.
Por oposición, en el corto plazo los TLC hemisféricos y extra hemisféricos tienen un impacto mucho más masivo en las perspectivas comerciales de los países de la región. En efecto, los TLC (especialmente los suscritos con EEUU y la UE) en vista de su carácter unidimensional enfocado a las transacciones de mercado en campos muy similares a los discutidos en el ámbito global de la OMC, terminan afectando de manera mucho más precisa y permanente la estructura institucional interna de las naciones que los suscriben. Esto es así por la importancia decisiva para el comercio latinoamericano (especialmente en México y en los países andinos, centroamericanos y caribeños) de las transacciones con esos grandes centros, medidas, por ejemplo, como porcentaje del comercio total de nuestros países. Por lo tanto si asumimos la óptica reductivamente comercialista de la integración no hay duda que, desgraciadamente, las reglas de juego de la globalización capitalista hasta ahora han preponderado sobre las reglas de juego de la democracia planteada a escala regional.
Pero, la crisis del capitalismo global actual (2009) ha abierto, por un lado, una ventana de oportunidad y por otro lado ha levantado una voz de advertencia respecto del peligro que corren los países latinoamericanos y caribeños que se entregaron solamente a una integración de tipo mercadista en el orden hemisférico. En México, Centro América y el Caribe, se ha instalado la así denominada “maquila” (zonas procesadoras de exportaciones) en donde los principales “productos exportables” son el trabajo barato, y la permisividad ambiental. Asimismo hay otros diminutos países del Caribe que operan como paraísos fiscales y financieros exportando “impunidad” para muchos traficantes ilegales y especuladores.
En el marco de la crisis actual, muchos de esos países, empezando por el propio México, observan una caída importante de las actividades en las zonas procesadoras de exportaciones, y en las remesas de los migrantes, los que sin el marco de derechos y libertades ciudadanas se instalaron en los Estados Unidos. Así la integración mercadista o basada en la lógica puramente microeconómica, es vulnerable y sujeta al vaivén de los ciclos de este capitalismo neoliberal. Para México la situación ha sido aún más volátil por los altibajos observados en los precios del petróleo. Aún así, la situación mexicana es diferente al resto de Centroamérica y del Caribe porque siendo un vecino demasiado importante en la esfera geopolítica (especialmente en el ámbito de la seguridad fronteriza) Estados Unidos le prestará ayuda. Esta ayuda implicará afectar los intereses microeconómicos del narcotráfico, una expresión extrema del capitalismo global “desregulado”.
La “moraleja” es que la integración mercadista, basada en reglas de juego especialmente diseñadas para la lógica microeconómica de las ETS, genera fuertes vulnerabilidades a las naciones latinoamericanas que han apostado a la capacidad del capitalismo global para autoregularse. Esta presunta autorregulación se procesó hasta hace poco tiempo, a través de la “mano invisible” de las estrategias corporativas transnacionales de los bancos de inversión con los catastróficos resultados que están a la vista.
Hay aquí un tema político de enorme trascendencia para el futuro de la integración latinoamericana. Los acuerdos multidimensionales de integración, en el caso de América Latina, tienen un carácter intergubernamental. Esta modalidad contrasta fuertemente con lo que acontece, por ejemplo, con el “modelo” de la Unión Europea (UE) fundado en la existencia de una estructura institucional de carácter supranacional con organismos (tales como la Comisión, el Parlamento, el Tribunal de Justicia, el Banco Central, la moneda única, etc.) que defienden los intereses comunitarios como un todo por encima de los intereses de los países miembros. Cabe reiterar, por último, que el carácter parlamentario de los sistemas políticos europeos otorga el poder a las instituciones y al estado de derecho por encima del voluntarismo político que eventualmente quisiera ser desplegado por los representantes de turno de los poderes ejecutivos.
La carencia de la voluntad política en América Latina para generar este tipo de instituciones supranacionales, produjo la triste paradoja de que los TLC hemisféricos unidimensionales o “mercadistas”, partiendo de un campo más acotado como es el de las transacciones microeconómicas de mercado, han terminado incidiendo de manera más profunda en las instituciones de los países latinoamericanos firmantes. En tanto que las iniciativas más audaces y multidimensionales de los bloques subregionales latinoamericanos no encuentran ratificación parlamentaria oportuna y pierden credibilidad y eficacia, entre otras razones por la carencia de instancias supranacionales que aseguren su carácter vinculante.
La integración regional de las sociedades nacionales latinoamericanas necesita de una convergencia de los sistemas democráticos de los países miembros. Esto pasa por la determinación de problemas e intereses comunes, por una incorporación de esos problemas e intereses a las plataformas y las preocupaciones de los partidos políticos que coordinadamente los representen en cada sociedad nacional, y por un fortalecimiento de fuerzas parlamentarias que posibiliten un acercamiento institucional gradual de los sistemas políticos, sociales, y culturales de países que tienen un origen y un destino común.
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1 Versrión actualizada y ampliada de América Latina, Desarrollo, capitalismo y democracia, conferencia dictada en el VII Congreso Nacional sobre Democracia, organizado por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Rosario, Argentina desde el 31 de octubre al 3 de noviembre de 2006, cuyo tema central fueLos Desafíos del Siglo XXI en América Latina, Democracia, Desarrollo e Integración”.

2 Esta presentación sintetiza argumentos desarrollados más prolijamente en otros trabajos de su autor, las referencias bibliográficas incluidas al final, y la página web que se adjunta contienen las fuentes principales.

3 Las contribuciones de la escuela estructuralista latinoamericana de economía política fueron el fundamento de lo que hoy denominamos Escuela Latinoamericana del Desarrollo Son muchos los trabajos que se han escrito respecto de los rasgos medulares de esa Escuela de pensamiento (véase por ejemplo Gurrieri 1982), y no sería fructífero proceder a una repetición abstracta de esas ideas, sino, más bien, utilizarlas para el tema aquí propuesto. En particular, respecto de la dialéctica entre capitalismo y democracia cabe consultar dos textos clave de los padres fundadores del estructuralismo latinoamericano: Prebisch 1981, en especial la Introducción, y Furtado 1965, en especial capítulos 5 y 6..




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