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AMERICA LATINA: CAPITALISMO, DEMOCRACIA E INTEGRACIÓN1

Armando Di Filippo

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Resumen Ejecutivo

Por primera vez en la historia de América Latina parece posible lograr avances irreversibles e interdependientes en los procesos de democratización y de integración de las sociedades latinoamericanas. Es más, en este siglo XXI existen condiciones para promover un círculo virtuoso en el que los avances en los procesos de integración y de democratización se refuercen recíprocamente. Sin embargo la historia no reconoce determinismos y los resultados finales de los procesos sociales siempre son abiertos e impredecibles. Dependerá de nosotros mismos, en última instancia el curso que asuman los procesos históricos.
Introducción

Las sociedades contemporáneas de occidente se caracterizan en este siglo XXI por la existencia interdependiente de dos sistemas institucionales el capitalismo y la democracia. El capitalismo ha sido el gran creador de fuerzas productivas y riqueza material pero también de las desigualdades y conflictos, explotación humana, guerras criminales y devastación de la naturaleza que hoy asolan a buena parte de la humanidad. La democracia ha sido el mecanismo a través del cual se han intentado preservar las capacidades humanas y desarrollar sus potencialidades inherentes con base en principios tales como los que se asocian a la Revolución Francesa (1789) pero claramente compartidos por la Revolución Americana (1776).
Solamente la democracia parece ser el sistema político y social capaz de interactuar con el capitalismo y ponerle límites en defensa del desarrollo humano. Hay muchos tipos ideales de democracia y de capitalismo sobre los que es dable teorizar pero, en primer lugar, aquí hablaremos de dos complejos institucionales interactuantes que modelan la historia occidental desde más de 200 años. En vez de adentrarnos de inmediato en tipos ideales o teóricos, empezaremos explorando someramente la historia de América Latina.
En ese contrapunto histórico entre capitalismo y democracia, América Latina ha escrito su propia historia, en la que el capitalismo periférico ha sido en esta región tanto el principal obstáculo al avance al proceso de democratización como el creador de las condiciones para el desarrollo de las fuerzas productivas y de la riqueza material en América latina.
Cabe considerar, como punto de partida, dos factores históricos de largo plazo que, todavía hoy afectan el desarrollo de América Latina tiñendo con rasgos propios la evolución de sus instituciones, tanto las del capitalismo como las de la democracia. El primero de esos factores es la instalación y larga permanencia de instituciones coloniales, autoritarias y centralizadas, que operaron durante varios siglos bajo el dominio de los imperios ibéricos. La segunda atañe a las modalidades de incorporación del progreso técnico proveniente de las revoluciones industriales que sucesivamente modelaron el capitalismo de las naciones industrializadas de occidente e influyeron en la condición periférica de América Latina (Di Filippo 1981).
Respecto de la herencia colonial los dos factores más perdurables fueron primero la desigualdad social rural derivada de las formas de servidumbre y esclavitud campesina que predominaron en las haciendas señoriales y en las plantaciones tropicales, y se tradujeron en un rasgo que también se hizo extensivo a las formas rurales menos comprometidas con esos regímenes como fue el caso de la pampa húmeda Argentina. En todos los casos sin excepción la distribución de la propiedad de la tierra, y del poder social y político rural fue en América Latina una fuente perdurable de desigualdad. El segundo factor corresponde a la herencia burocrática centralista de la dominación colonial que modeló el perfil territorialmente concentrado de nuestro diseño territorial urbano, y dio fuerza a las formas presidencialistas y personalistas apoyadas en modalidades clientelistas y populistas de gobierno tan características de los sistemas políticos latinoamericanos tras el proceso de independencia.
Las Revoluciones políticas Francesa y Americana de fines del siglo XVIII que implantaron las formas modernas de la democracia liberal, influyeron ideológicamente en las elites latinoamericanas y contribuyeron a la elección de Constituciones Políticas de base democrática. Pero las instituciones formales de la democracia tardaron mucho en penetrar en los sistemas políticos vigentes, y quizá recién ahora podamos decir que están formando parte permanente de la cultura política latinoamericana. En el siglo XIX la dicotomía rural-urbana se expresó políticamente en otra dicotomía de los sistemas políticos la del contrapunto entre conservadores y liberales que modeló la dinámica de fuerzas políticas durante el período oligárquico. El quiebre de esa dominación oligárquica revolucionó el orden político latinoamericano a lo largo del siglo XX pero no logró superar su estilo burocrático autoritario que hunde sus raíces profundas en la herencia colonial.
El siglo XIX, en su segunda mitad fue el período donde comenzó a operar el segundo de los factores de largo plazo, que fue señalado por la Escuela Latinoamericana del Desarrollo, el que aún influye como elemento transformador principal de las instituciones económicas y políticas contemporáneas de América Latina. Es de naturaleza dinámica, y expresa un patrón de relacionamiento internacional (así denominado centro-periferia) que fue históricamente cambiante en sus rasgos concretos para cada una de las grandes revoluciones tecnológicas del orden capitalista, pero siempre implicó la principal fuerza transformadora externa del desarrollo latinoamericano. Me refiero al cambio técnico generado en los grandes centros del orden internacional y traducido especialmente en tres grandes mutaciones tecnológicas: La Revolución Industrial Británica de fines del siglo XVIII (máquina de vapor, acero, ferrocarriles, barcos de vapor, etc.), la Revolución Industrial Norteamericana de fines del siglo XIX y comienzos del XX (electricidad, petróleo, petroquímica, motor de combustión interna, electrónica, gran industria, taylorismo, etc.), y la actual Revolución en las tecnologías de la información (informática, telecomunicaciones, telemática, biogenética, exploración sistemática del espacio exterior, etc.), que también es predominantemente norteamericana pero abarca con rapidez a todas las regiones del mundo (Di Filippo 1998).
La formación del capitalismo periférico en América Latina

El impacto de esos grandes cambios tecnológicos experimentados a lo largo del desarrollo capitalista sobre las sociedades latinoamericanas fue el hilo conductor que permitió a los científicos sociales de la Escuela Latinoamericana del Desarrollo (ELD) vinculada con las aportaciones fundacionales de la CEPAL, plantear sus interpretaciones históricas sobre las modalidades concretas del desarrollo latinoamericano (Prebisch 1949, Furtado 1965). 3
La interpretación de la formación económica y social de América Latina tomó como punto de partida las modalidades de propagación del progreso técnico originado en los centros hegemónicos sobre la formación de las economías de exportación de América Latina. A partir de los estudios históricos de diferentes miembros de la ELD, surgieron tipologías compartidas de unidades socioeconómicas sobre las que había acuerdo, tanto respecto del origen externo de su instalación como respecto de sus tipos principales. Por ejemplo, para la fase colonial la hacienda señorial, la plantación, y la estancia colonial, o, durante la fase periférica propiamente dicha las explotaciones agropecuarias de clima templado, las agrícolas tropicales, o las minero-extractivas. Posteriormente esos estudios, partiendo de estas aportaciones retrospectivas examinaron los procesos económicos a partir de los años treinta entrando en los rasgos de la industrialización latinoamericana, “sustitución de importaciones”, estrategias de desarrollo “hacia fuera”, “hacia dentro”, y “desde dentro”, etc.
Desde luego antes y después de las aportaciones de la ELD muchos historiadores enriquecieron con trabajos minuciosos el conocimiento de estos procesos, pero el sentido interpretativo general de estos esfuerzos a veces fragmentarios se originó en los trabajos pioneros de los economistas estructuralistas, imbuídos de la visión centro-periferia que otorgaba identidad y unidad a la formación económica de América Latina.
Esta idea, de aplicabilidad transhistórica, relativa a la propagación de la técnica a escala mundial y a la distribución y utilización de sus frutos sigue abriendo el camino a la comprensión del desarrollo latinoamericano. Sin embargo las formas concretas a través de las cuales el progreso técnico actual impacta las sociedades periféricas del siglo XXI, ya no son las que Prebisch, o Furtado estudiaban en los años cincuenta y sesenta. La distribución de las ganancias de productividad en el plano internacional no se verifica única ni fundamentalmente a través del comercio de bienes.
El principal impacto interno de largo plazo de la inserción periférica de América Latina fue la conformación de sus estructuras económicas a partir de su posición exportadora en el mercado mundial. Esta orientación exportadora que se origina ya en la fase colonial, determinó varios de los rasgos estructurales que conformaron su modalidad periférica de capitalismo: discordancia entre su estructura de producción orientada hacia el exterior, y su demanda interna satisfecha en grado importante con importaciones ; perennes desequilibrios estructurales tales como las posiciones deficitarias y deudoras de balanza de pagos, o las porfiadas formas de subempleo tanto rural como urbano. El esfuerzo por lograr la industrialización durante la primera mitad del siglo XX, bajo mecanismos de sustitución de importaciones, creó modalidades truncas y dependientes que no lograron afianzarse por insuficiencia de mercados internos. Hasta fines de los años sesenta del siglo XX, alrededor de la mitad de la población latinoamericana habitaba en áreas rurales sujeta a las formas desiguales y marginalizantes de los complejos latifundio-minifundio asociados a la herencia colonial de las haciendas señoriales y las plantaciones esclavistas. La convergencia de estos procesos se sintetizó en un rasgo definitorio del subdesarrollo latinoamericano: la heterogeneidad estructural. Es decir la convergencia de formas productivas, relaciones sociales y mecanismos de dominación correspondientes a diferentes fases y modalidades del desarrollo latinoamericano, pero coexistentes en el marco de los actuales estados políticamente unificados (Pinto y Di Filippo 1979).
Durante el siglo XIX y buena parte de la mitad del siglo XX, las formas principales de apropiación de las ganancias de productividad se verificaban a través del comercio internacional de productos primarios, sujetos al deterioro secular de sus términos de intercambio.
El comercio internacional de bienes, y en particular el intercambio de manufacturas por productos primarios, ya no constituyen el exclusivo eje contemporáneo de las relaciones centro-periferia en América Latina, ahora hay que incluir el comercio de servicios como los que ejemplificamos más arriba, las transacciones en tecnología, y sobre todo (ese el punto principal de nuestro argumento) el papel protagónico de las empresas trasnacionalizadas en la asignación de los recursos de inversión (excedentes derivados de sus ganancias de productividad, pero también de sus posiciones oligopólicas y oligopsónicas de poder económico).
Nótese sin embargo que, cuando hablamos de empresas transnacionalizadas no sólo nos referimos a las grandes corporaciones transnacionales con casas matrices en las economías desarrolladas tales como Monsanto, Cargill, Dupont, Nestlé, United Fruit, Exxon, Shell, Ford, Visa, Master Card, Microsoft, Telefónica, Citibank, Santander,etc. También hay que incluir los grandes grupos económicos latinoamericanos que se transnacionalizan, asumen forma corporativa en su organización interna, cotizan en bolsa, e invierten en sus países vecinos.
La distinción entre capital nacional y extranjero, resultaba mucho más clara durante el estilo latinoamericano de desarrollo industrial protegido del período de posguerra, pero pierde significación y nitidez, bajo los modos de operar del capital transnacional, y lo que interesa determinar es más bien el carácter global, regional o nacional de los ámbitos operativos de ese capital. Uno de los rasgos definitorios del proceso de globalización actual es que los intereses de los grandes grupos empresariales nacionales con casas matrices en América Latina no necesariamente entran en contradicción con los intereses de los grupos transnacionales originados en los países centrales. Esto deriva del hecho que la propia globalización económica desdibuja o anula los límites que separan los mercados nacionales de los mercados externos. Aún así, sigue siendo cierto que en el comercio entre periferias y centros, las crisis coyunturales de éstos suelen repercutir sobre los precios reales de los productos primarios.
La presente crisis global (2009), pareció implicar que los países periféricos exportadores de commodities se habían desvinculado o desacoplado de los centros con la ayuda de los grandes países emergentes de Asia. Sin embargo los últimos datos internacionales hacen dudar de los alcances de este “desacoplamiento”. El dinamismo de las economías emergentes de Asia ha sido perturbado por la recesión en los centros, y los precios de los productos primarios se han vuelto a desplomar. Será necesario esperar los impactos de largo plazo que deriven de estas nuevas situaciones.
En la presente etapa del capitalismo global (siglo XXI) los jugadores económicos principales son las corporaciones transnacionales que controlan el progreso técnico originado en las sociedades centrales donde asientan sus casas matrices, e influyen decisivamente en la formulación y aplicación de las reglas que emanan de los organismos multilaterales como el BM, el FMI o la OMC. Tras la, así denominada, Revolución Conservadora de los años ochenta (bajo la orientación gubernamental de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margareth Thatcher en Gran Bretaña), estas corporaciones influyeron sobre las reglas de juego internacionales a través del cabildeo operado en sus países de origen o haciendo uso de su propio poder económico, no sólo a esta escala global, sino también en el ámbito hemisférico para fijar reglas como el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (ALCAN) o el, por ahora frustrado, Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
Los estilos y estrategias de desarrollo instalados en toda América Latina a partir de los años noventa del siglo XX fueron funcionales a dichas influencias globales: la caída de las barreras a los movimientos de bienes, servicios y capitales, tanto productivos como financieros; la mayor presencia privada y transnacional en la asignación de los recursos económicos; y sobre todo las reformas reguladoras en campos tan vitales como las inversiones extranjeras, los servicios públicos, la propiedad intelectual, las normas sobre competencia, las compras gubernamentales, las políticas cambiarias y monetarias, la flexibilización de los mercados de trabajo, la capitalización privada de fondos de pensiones y jubilaciones, la privatización y desregulación de los servicios de salud, de educación, de transporte público interurbano, la privatización parcial de los mecanismos e instrumentos para la seguridad ciudadana, etc. Estas nuevas modalidades de apertura, de privatización y de regulación privatizante afines con la transnacionalizaciòn de los mercados, configuran los estilos y estrategias de desarrollo establecidos en toda América Latina a partir de los años noventa del siglo XX.
La lógica transnacional en las actividades primarias, manufactureras y de servicios determina una creciente concentración de las ganancias de productividad constitutivas del excedente empresarial, las que, bajo las reglas de juego del proceso de globalización pueden reinvertirse en territorios muy diferentes a aquellos en donde esas ganancias se produjeron. Esto no sólo se verifica en las formas mas tradicionales de la inversión extranjera en América Latina por ejemplo minería, petróleo, servicios públicos, etc., sino también en las nuevas modalidades de la inversión industrial vinculada a la existencia de cadenas y sistemas de valor, en que piezas partes y componentes de diferentes orígenes se ensamblan para la elaboración de productos globales. Estos procesos acontecen en ámbitos de planificación transnacional organizados, sea bajo la modalidad de “maquila”, o bajo otras combinaciones como las operadas en la industria automotriz del MERCOSUR donde se verificó la existencia de una transnacionalización regulada mediante acuerdos gubernamentales, los que incluyeron la participación negociada de las grandes productoras automotrices.
Los servicios son el sector más dinámico y visible de la inversión transnacional contemporánea, en su expresión minorista o al menudeo, los vemos cotidianamente en los grandes
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