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EFAM – Escuela de Formación para Animadores Misioneros – Pastoral Misionera Arquidiocesana – Salta

Misión y Culturas




MISIÓN Y CULTURAS
Contenidos:

  • Cultura

  • Evangelio y Cultura


Introducción

Entre los temas más frecuentemente tratados por el Papa Juan Pablo II está la Evangelización, y como un aspecto importante de ella, la inculturación del Evangelio. Desde el lejano 27 de Abril de 1979, a los pocos meses de su Pontificado, el Papa hablaba en una Alocución de este tema y exponía que "la inculturación es un componente de la Encarnación": es decir, que la inculturación de la fe y del Evangelio es una consecuencia práctica de la Encarnación del Hijo de Dios, que salvando todo y sólo aquello que asume debe asumir en la Iglesia todas las culturas, purificando o eliminando lo que es contrario a su espíritu, pero por ello mismo preservándolo de toda autodestrucción. La fe debe penetrar hasta los niveles más profundos del hombre y de la sociedad, hasta fermentar de vida cristiana el modo de pensar, de sentir y de actuar: éste debe ser el resultado de la acción animadora del Espíritu en la historia, para lograr una "nueva Creación".
Ahora bien ¿qué cosa es inculturación? ¿Qué entendemos ante todo por cultura? ¿Qué es evangelizar la Cultura? ¿Desde cuándo entró al lenguaje de la Iglesia el concepto de inculturación de la fe o del Evangelio? ¿Cómo hacer para inculturar el Evangelio?. Son interrogantes que se presentan a la reflexión misionológica actual.
El Concilio miró desde una perspectiva pastoral, siendo consciente de que las culturas son los ambientes normales en los cuales la Iglesia desempeña su misión. La Iglesia ha contribuido, por su experiencia propia, al progreso de las culturas, se ha esforzado, a lo largo de su historia, por penetrar en las culturas más diversas y expresarse a través de ellas. La conciencia clara de su universalidad, ya que ha sido enviada a todos los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares, la lleva necesariamente a no identificarse con ninguna cultura particular y a permanecer disponible para entrar en comunión con todas las civilizaciones. No está ligada de una manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre antigua o reciente. Su actitud de universalidad y de comunión es doblemente fecunda; de ahí el enriquecimiento que resulta tanto para ella como para la cultura.
Tema 1: Cultura

Concepto de Cultura

  • Un concepto subjetivo de la cultura comprende todo cultivo personal del hombre, en sus cualidades espirituales y corporales (GS 53).




  • Un concepto objetivo de cultura comprende el cultivo de tres relaciones básicas del hombre: relación con la naturaleza, para modificarla, dominarla y sacar de ella bienes de consumo y de servicio; relación con el hombre, para hacer más humana la convivencia, mediante el perfeccionamiento de las costumbres e instituciones; relación con Dios, mediante la práctica religiosa (GS 53): es esencial a toda cultura la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios, por los valores o antivalores que ello entraña (Puebla 386, 389).




  • Un concepto sociológico (etnológico) que descubre una pluralidad de culturas en la historia, diversos estilos de vida común (GS 53), con diferentes escalas de valores, distinto modo de trabajar, de usar las cosas, de expresarse, de practicar la religión, de establecer leyes e instituciones jurídicas de crear arte y cultivar la belleza. Esta cultura es patrimonio de cada comunidad (Puebla 38 7).


Las culturas son construcciones heredadas. Las personas humanas son autores y productos de sus culturas. Todos somos herederos y agentes históricos de nuestras culturas. La cultura es una herencia social, no una herencia biológica. Ella nos califica como persona humana y nos distingue del reino biológico de los animales (libertad).
Cada pueblo construye su cultura en el transcurrir de miles de años. La relación del animal con el mundo es una relación inmediata, dirigida por programaciones biológicas, como los instintos y los impulsos. La relación de los grupos humanos con el mundo es una relación mediada por instrumentos y herramientas, como mitos, lenguas, arte, tecnologías, religión, filosofías, conceptos y conocimientos científicos.
En cuanto seres humanos, somos biológicamente mucho más frágiles. Sin nuestra cultura no conseguiríamos sobrevivir. Las culturas son las muletas que los grupos sociales inventan para vivir y compensar su precariedad biológica. Las culturas son aprendidas; no están en la sangre. Por eso podemos aprender otras culturas.
La cultura es un proyecto histórico de vida, codificado en la economía de un pueblo, en sus prácticas socio políticas en su cosmovisión. La cultura es un segundo medio ambiente, históricamente construido. El primer medio ambiente es la naturaleza. Sobre este primer medio ambiente construimos un segundo medio ambiente que es nuestra cultura. Ella nos provee de instrumentos, relaciones organizadas y de sentido de la vida. Sin ese segundo medio ambiente, no conseguiríamos vivir. Y esa es nuestra diferencia con los animales. Ellos viven biológicamente, dirigidos por el instinto. En la cultura, guardamos codificadas nuestras experiencias históricas antiguas y nuestro proyecto político para el mañana.
Cultura y Culturas

Como ya dijimos anteriormente, con la palabra cultura se indica el modo particular, como en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios, de modo que puedan llegar a un nivel plenamente humano. Es el estilo de vida común que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de pluralidad de culturas, porque cada pueblo posee “su” cultura diferente de las de los demás.
La diversidad cultural reconocida y aceptada en la Iglesia manifiesta la dimensión católica de su unidad. La unidad de la Iglesia no es reductora, sino por el contrario abierta a la comunión. Por eso el Concilio no teme las diversidades litúrgicas, artísticas. En lo referente a la pastoral y para la expresión y la comunicación catequética de las verdades de la fe, hay que tener muy en cuenta las diferentes culturas y conocerlas con profundidad para penetrarlas desde su interior.
Al hablar de "culturas" nos estamos refiriendo a los diversos modos de vida y de sujetos que llevan esa vida. Cuando se habla de "cultura de la paz", por ejemplo, no se trata de una cultura propiamente dicha. No tiene sujetos que puedan ser identificados, ni un territorio, donde esté siendo realizada. Al hablar de "cultura de la paz", "cultura de la solidaridad", “cultura de la vida” o "cultura del trabajo" hablamos analógicamente de cultura. Es preciso distinguir entre cultura propiamente dicha y cultura entre comillas. Esas culturas entre comillas no tienen pueblo, ni territorio. No podemos inculturarnos en ellas.

La cultura como cultivo de las relaciones del hombre con la sociedad


La anterior descripción nos da la posibilidad de presentar los términos básicos de la relación del hombre con la naturaleza, con el mismo hombre y con Dios. El hombre, participando de su experiencia colectiva como pueblo, trata de responder imprimiendo el sello de su particularidad y estilo a su vocación de perfeccionar la creación y con ella sus capacidades y cualidades espirituales y corporales. Este cultivo, así entendido, crea un "estilo de vida", una "modalidad" propia, que caracteriza a los diversos pueblos. Naturalmente la libertad juega un papel determinante, ya que ella implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas, como hermanos; y con Dios, como hijo.

La cultura como proceso histórico y social


El hombre nace, crece y se desarrolla en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular: la recibe, la modifica de manera creativa y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social.
Por ser proceso histórico y social, tiene algunas características: la cultura es una actividad creadora y dinámica, envuelta en situaciones dramáticas de lucha, en medio de luces y sombras, acicateadas por contradicciones y desgarramientos. Necesita ser cultivada, es decir requiere una atención continua y consciente a su evolución, especialmente en los momentos de crisis y de formación de nuevas síntesis.

Naturaleza totalizante de la cultura


La cultura engloba y abarca todos los aspectos de la vida humana. Abarca todas las formas de relación del hombre con la realidad: el mundo, los demás hombres y Dios. Está presente en todo el proceso de la vida humana: en la formación de la conciencia con sus valores y desvalores, en las formas diversas de comunicación, y en medio de la vida como proceso histórico y social. En la vida de los pueblos todo se halla dentro del marco de la cultura.
En este contexto el Santo Padre afirma: «La cultura no es un asunto exclusivamente de científicos y mucho menos ha de encerrarse en los museos. Es el hogar habitual del hombre, el rasgo que caracteriza todo su comportamiento y su forma de vivir, de cobijarse y de vestirse, la belleza que descubre, sus representaciones de la vida y de la muerte, del amor, de la familia y del compromiso, de la naturaleza, de su propia existencia, de vida en común de los hombres y de Dios».

Dimensión comunitaria y tradicional de la cultura


La cultura hace referencia exclusiva al hombre como parte de una comunidad. La cultura organiza las relaciones del hombre en cuanto ser social, que se define y constituye por los lazos estables y dinámicos que construye con los demás, constituyendo así el núcleo cultural.
No hay sujeto humano sin identidad; y no hay identidad sin un flujo de continuidad histórica. No hay futuro sin presente y sin pasado. Estamos constituidos integralmente por la historia. El sujeto colectivo implica siempre una tradición, que marca la identidad fundamental desde la cual actúa. Por eso la cultura hace presente siempre una tradición que aun cuando sea dinámica y dialéctica no deja de ser tradición. Este aspecto tiene gran importancia para la evangelización, ya que la evangelización, que va dirigida de manera específica a la persona, no puede deslindarse de la colectividad con toda la influencia que ésta ejerce sobre el individuo. Para que la misión de la Iglesia se realice radicalmente ha de tener en cuenta la colectividad, con todos los elementos que ésta transmite de generación en generación. Es evidente que no podemos hablar hoy de unidad cultural. El individuo se descubre como participante en grupos culturales diferentes, desplazándose de uno a otro grupo con el consiguiente cambio de actitudes y valores. Pero, ¿cuál es realmente su cultura? Es decir, ¿cuál es la comunidad con que realmente se identifica? Esta situación se hace más compleja, aún, con los medios de comunicación que la técnica moderna lleva a todas partes y con los cuales se propaga la mentalidad urbana en todos los ambientes.
Las personas a quienes queremos evangelizar generalmente no tienen un mundo simbólico claro, pues su significación se encuentra llena de una multitud de objetos que no alcanzan a integrar plenamente para encontrarles su verdadero sentido, por el influjo de los medios de comunicación. Ante tal disociación se hace necesaria una tarea de identificación cultural, que exige una nueva pedagogía que responda a los requerimientos fundamentales de su vida hoy. El cristianismo ofrece en su mensaje los puntos fundamentales que responden a tal significación y los puede integrar maravillosamente en el propio contexto cultural, desde la comunidad que determine efectivamente la pertenencia del individuo.
Tema 2: Evangelio y Cultura

Evangelizar la Cultura

En 1974 se celebró en Roma un Sínodo de Obispos sobre Evangelización y culminó con la Exhortación Apostólica "Evangelii Nuntiandi" de Pablo VI (8 diciembre 1975). Este documento fue el que guió todos los trabajos de la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano celebrado en Puebla, en febrero de 1979, con el resultante Documento Puebla, de tanta relevancia en la vida de la Iglesia.
El Papa y Puebla enseñan que evangelizar es evangelizar las Culturas, pues la Buena Nueva debe llegar a todos los ámbitos y transformar desde el interior la conciencia personal y colectiva del hombre (EN 1 8), los valores y modelos de vida de la humanidad que no estuvieran acordes con el designio de salvación de Dios (EN 19). Lo que importa es evangelizar la cultura y las culturas del hombre, partiendo de la persona considerada en si misma y en sus relaciones con los demás y con Dios (EN 20).
-Puebla dedica amplio espacio a este tema (n. 388-56): llegar a las raíces de las Culturas, transformar estructuras y ambiente social, fortalecer los valores auténticos de las culturas, contribuir al desarrollo de las "semillas del Verbo", purificar los desvalores apartar las idolatrías y valores absolutizados, corregir las falsas concepciones de Dios y las manipulaciones del hombre por el hombre.
-Como punto específico de la evangelización de la cultura en Latinoamérica debe señalarse el purificar y dinamizar por el Evangelio el "Catolicismo popular" (Puebla 457), así como la debida promoción de la persona humana según la doctrina social de la Iglesia, para liberarla de la servidumbre del pecado personal y social, y lograr una convivencia digna de los hijos de Dios (472-506).
Orígenes del término Inculturación

Por primera vez en la historia, el tema de la cultura entró en la enseñanza formal del Magisterio de la Iglesia en los documentos del Vaticano II. Gaudium et Spes sostiene que el hombre no alcanza niveles, de realización si no es mediante la cultura (GS 53), que tiene un valor propio y una legítima autonomía (GS 55:AA7), pero recién en EN aparece el tema de la Evangelización de la Cultura y las Culturas, ante el drama de nuestro tiempo: la innegable ruptura ente Evangelio y Cultura (EN 20). En esta labor hay que partir siempre de la persona humana, en sus relaciones con otras personas y con Dios (ibidem).
Puebla desarrolla la reflexión sobre cultura de Gaudium et Spes, asimila la propuesta de EN sobre la evangelización de la cultura y la transforma en programa pastoral para la iglesia en América Latina: el Evangelio debe penetrar los valores y criterios que inspiran nuestras culturas (Puebla 395). Cuando Puebla señala unos criterios para asumir las culturas, habla de una encarnación (n. 400), pero no desarrolla el problema de la inculturación del Evangelio. Más aún, ni siquiera emplea este vocablo, que ya existía desde el Sínodo de 1977. Fue Juan Pablo II quien Consagró el término "inculturación" y determinó su sentido. En una alocución a unos fieles de Bérgamo, en 1982, sobre cultura cristiana y evangelización de la cultura, el Papa señala dos ejes fundamentales: un sano concepto antropológico de cultura y un concepto teológico de inculturación del Evangelio. Estos dos conceptos van a guiar todo el Magisterio de Juan Pablo II.
Entre cristianismo y cultura hay un nexo inseparable, orgánico, como siempre lo ha habido entre religión y cultura. Para aproximarse el Evangelio a la cultura y a través de ella al hombre, debe el Evangelio conocer el lenguaje y las categorías mentales de la cultura a la que se acerca, sus formas de vida, sus valores. Así podrá integrarlos en el cristianismo y transformarlos paulatinamente, hasta llegar a una encarnación vital del cristianismo en esa cultura. En esto consiste la inculturación.

La inculturación a lo largo de la historia de la Iglesia

La Iglesia, en su labor misionera siempre ha ejercido la inculturación. La puso en práctica San Pablo en el mundo griego y romano. Los hermanos Cirilo y Metodio, en la Edad Media -siglo IX - llevaron la luz del Evangelio a los pueblos eslavos y les prepararon los textos litúrgicos en la lengua y mentalidad eslava (cfr. la Encíclica Slavorum Apostol, del 2 de junio de 1985). Los jesuitas apóstoles de China Matteo Ricci y Martino Martini en el siglo XVII pudieron incorporar ritos chinos y malabares a la liturgia católica.La inculturación no es una mera adaptación del kerygma o de la liturgia, o una táctica para hacer atractivo el cristianismo aún a costa de mutilar la Revelación.
Distintas formas de aproximación cultural

La aproximación cultural tiene varios niveles y objetivos. La enculturación o socialización cultural, la aculturación, la integración y la inculturación.
La primera aproximación cultural sucede cuando aprendemos nuestra propia cultura en la casa, en la calle y en la escuela. A tal aprendizaje llamamos enculturación o socialización cultural. Hay una gran diferencia, si aprendemos nuestra cultura (enculturación), desde la infancia, o si aprendemos, ya adultos, una segunda cultura (inculturación). Como no todos tenemos la misma facilidad para aprender una segunda lengua, también para un segundo aprendizaje cultural no todos tenemos la misma habilidad.
La aculturación es la aproximación y el intercambio entre dos culturas diferentes de las que puede nacer una tercera cultura. La aculturación no es un encuentro cultural inocente, porque tal aproximación no sucede en condiciones simétricas (de igualdad). En realidad, lo que sucede en la aculturación es que la cultura de los dominantes políticamente se impone a los demás haciendo concesiones periféricas o folklóricas en campos secundarios (comida, ropa, danzas, adornos). Una Misa con adornos de culturas indígenas, afroamericanas o populares ahora no es una Misa inculturada. Es una Misa, culturalmente folklórica.
Otro modo de aproximación cultura en América fue la integración colonial. Los conquistadores intentaran colocar a los conquistados en el interior y, al mismo tiempo, en la periferia de su cultura. Tanto la integración del otro en mi universo cultural, como la identificación de la mía con la cultura del otro, son destructivas frente a la alteridad el otro.
Ningunos de estos modos de aproximación son el modo en que el Evangelio debe relacionarse con las Culturas. Dios no se aculturó en el mundo, ni nos integró a su cultura. El se encarnó en este mundo por medio de Jesús de Nazareth. Jesús no vino para un encuentro a medio camino. No descendió un poco para levantar a la humanidad un poco por encima. El no se adornó con la cultura de su pueblo. Dios descendió y se encarnó en la condición más vil de la humanidad, en el pesebre y en la cruz, un sin casa y un sin tierra: se inculturó.
Algunas ideas acerca de la aproximación del Evangelio a las Culturas

Las culturas no pueden ser valoradas "superiores" o "inferiores", "primitivas" o "adelantadas". Ninguna cultura es perfecta o pura. Todas las culturas están atravesadas por "estructuras de pecado". Los diferentes pueblos supieron adaptar sus culturas, sus instrumentos materiales, su organzación social y política y su universo religioso a nuevas circunstancias históricas. Gracias a sus culturas, viven y sobreviven, resisten contra la muerte y festejan la vida. En el interior de cada cultura, surgirán formas específicas de invocar la protección de seres sobrenaturales y de convivir en paz con ellos. Con sus "instrumentos" culturales se liberan del miedo a la naturaleza y de la angustia de seres superiores. La cultura es como un laboratorio colectivo donde cada pueblo produce su identidad y los medios y comportamientos necesarios para su vida. En el interior de cada cultura, los pueblos construirán y reconstruirán su cosmovisión, sus signos y significados, su origen y su destino. En fin, producirán su religión, su visión del cosmos y del mundo. Como cada pueblo, que habita cerca de un río construye un determinado tipo de canoa para atravesar el río, así también "construirán" su religión para atravesar el río del tiempo y de la historia y para viajar allá o acá. Religión y cultura están inseparablemente ligadas.
La historia de cada pueblo y grupo social es historia de salvación. La hermenéutica de la historia de salvación no obliga a los pueblos a desconsiderar su cultura o a olvidar su historia, sino que nos invita a leer ambas-cultura e historia- bajo un nuevo ángulo.
La religión de cada pueblo es el camino ordinario de su salvación. Cada pueblo y grupo social encuentra en su cultura su “Antiguo Testamento”. La presencia de Dios en la historia humana, desde la creación del mundo, precede a la Encarnación de Jesús de Nazaret.
Ahora, pueblo de Dios no significa exclusivamente hijos de Abraham. Pueblo de Dios son los pobres. El Espíritu de Dios ungió a Jesús de Nazaret y lo envió para anunciar la Buena Nueva a los pobres (Lc 4,18). Es el año de gracia. Se acabó la herencia, el privilegio. Jesús dice que no importa ser hijo de Abraham, pues hasta las piedras pueden ser transformadas en hijos de Abraham. Hay una ruptura con la legitimidad genealógica. Jesús no es hijo de José, por tanto, no es hijo de Abraham. Toda la historia es redimida. No hay historia que no fuera tocada por la creación y por la Encarnación. Toda la historia es historia de salvación.
En culturas secularizadas, la religión puede diversificarse en diferente denominaciones o filosofías de vida. Entre muchos grupos sociales en Brasil, convive una religión étnico-cultural (religión indígena, candomblé, catolicismo pulular) con diferentes denominaciones religiosas (cristianas) oficiales y externas. Jesucristo vino a unirnos en torno al Padre. El Dios de la vida quiere unir a toda la humanidad, más allá y a través de las particularidades religiosas de cada pueblo. Al Dios de la creación y de la Vida, le tenemos en común con todas las religiones.
El Evangelio no tiene cultura propia. La pluralidad e historicidad de las culturas impide reivindicar una cultura cristiana o evangélica. El Evangelio de la Vida puede ser vivido en todas las culturas.
La Evangelii Nuntiandi (n.20) aclara el equívoco de "cultura cristiana" cuando declara: "El Evangelio, y consecuentemente la evangelización, no se identifican por cierto con ninguna cultura, y son independientes con relación a todas las culturas. Y mientras, (...) la edificación del Reino no puede dejar de servirse de elementos de la cultura y de las culturas humanas. El Evangelio y la evangelización independientes en relación con las culturas, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino susceptibles de impregnarlas a todas sin esclavizarse a ninguna de ellas".
Las culturas no necesitan del Evangelio o del cristianismo que, históricamente, son fenómenos tardíos. El Evangelio, a pesar de eso, necesita del soporte cultural, porque se expresa en diferentes lenguas, utiliza conceptos filosóficos, imágenes y parábolas disponibles. Para expresar los misterios de Dios, la evangelización inculturada no precisa de sofisticadas obras técnicas o de eruditos conceptos filosóficos. Frente a los misterios de Dios, todas las culturas son precarias, Jesús no recurrió a la cultura de Grecia, considerada superior por muchos contemporáneos suyos. La historia de salvación no pasó por Atenas, sino por Jerusalén. La cultura de Israel era suficiente.
El evangelizador no tiene acceso al Evangelio "puro", sino a un Evangelio culturalmente situado. La llamada "evangelización de las culturas" es siempre una evangelización a partir de un Evangelio embutido en una cultura. No existe una cultura modelo, cultura pura para la evangelización. Cuando queremos construir una cultura pura, nos volvemos destructores de culturas. Evangelizamos siempre a partir de determinada cultura que, a su vez, también es atravesada por estructuras de pecado.
Analogía entre Inculturación y Encarnación

El paradigma de inculturación se inspira en la analogía entre Encarnación del Verbo y su inserción en un determinado contexto histórico. Jesús, según su naturaleza humana, nació en Belén y fue criado en Nazareth, donde se enculturó y socializó con su propia cultura. Hasta aquí, no hubo inculturación en una cultura extraña. El aprendió desde la infancia su propia cultura como todos nosotros.
Como persona divina, por lo mismo, podemos analógicamente decir, que El vino "de otro continente", salió de su "patria divina" y se incultura en una "patria” extraña, la "patria humana".
La Encarnación, por tanto, tiene algo específico y no puede, sin más ni menos, ser identificada con la inculturación. Necesitamos siempre distinguir esos dos momentos. Dios, despojándose de su divinidad entra en esa cultura de Nazaret (inculturación). Pero ese Dios también nació como persona humana y se enculturó aprendiendo como los nazarenos.
Para explicar la voluntad de Dios, Jesús de Nazaret se sirvió de lo culturalmente disponible. Con todo, no hizo imprescindible "su cultura para vivir la experiencia de Dios, e intervino críticamente en ella, cuando se trataba de estructuras de pecado".
Jesús no hizo préstamos o importaciones culturales para explicar los misterios de Dios. A pesar de la precariedad de su cultura, explicaba los misterios de Dios en un lenguaje disponible en su tierra y comprensible para todo el mundo. Jesús no fue un "innovador cultural".
En Santo domingo quedó claro que la inculturación no es una opción, sino una obligación (DSD 13) que emana del imperativo del seguimiento de Jesús.
En qué consiste la inculturación

En el proceso de evangelización inculturada necesitamos distinguir tres niveles: aquello que el Evangelio presenta como contenido normativo, o lo que tiene valor paradigmático y aquello que es opción convencional.
Normativo, en el Evangelio, por ejemplo, es la Encarnación del Verbo en Jesús de Nazareth, el hecho de su muerte y resurrección, el concepto de pecado y la salvación, el mandamiento del amor, la opción preferencial por los más pobres, etc. La normatividad del Evangelio nos remite a otra cuestión: la identidad del Evangelio. ¿Qué debe ser vivido en todas las culturas? La inculturación actúa no en el ámbito paradigmático y convencional, es decir, en aquello que representa apenas un ejemplo de una cultura y que puede cambiarse por otro ejemplo en otra cultura. Evidentemente, la inculturación no puede tocar el núcleo normativo del Evangelio.
Con la Encarnación, Jesús de Nazaret no dogmatizó su cultura. Dio un ejemplo para la "encarnación" del Evangelio en todas las culturas. Las parábolas del Reino, es claro, son paradigmáticas, por tanto, culturales. Se puede inventar en otras culturas otras parábolas.
La buena noticia del Evangelio para las Culturas

Para revelarse, entrar en diálogo con los hombres e invitarlos a la salvación, Dios se ha escogido, de entre el amplio abanico de las culturas milenarias nacidas del genio humano, un Pueblo, cuya cultura originaria Él la ha penetrado, purificado y fecundado. La historia de la Alianza es la del surgimiento de una cultura inspirada por Dios mismo a su pueblo. La Sagrada Escritura es el instrumento querido y usado por Dios para revelarse, lo cual la eleva a un plano supracultural. « En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios » (Dei Verbum, n. 11). En la Sagrada Escritura, Palabra de Dios, que constituye la inculturación originaria de la fe en el Dios de Abraham, Dios de Jesucristo, « las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana » (ibid., n. 13). El mensaje de la revelación, inscrito en la historia sagrada, se presenta siempre revestido de un ropaje cultural del cual es indisociable, pues es parte integrante de aquélla. La Biblia, Palabra de Dios expresada en el lenguaje de los hombres, constituye el arquetipo del encuentro fecundo entre la Palabra de Dios y la cultura.

La Inculturación como proceso

La inculturación es un proceso permanente. Más allá del proceso, debemos respetar diferentes etapas. La primera etapa es el momento de aproximación. Una persona o un grupo entra en un ambiente cultural extraño; se aproxima, escucha, aprende, comienza a comunicarse. Por la segunda etapa responde el respectivo pueblo. El coloca el Evangelio dentro de su cultura. Como ninguno consigue colocar el mensaje evangélico plenamente dentro de su cultura queda siempre un imperativo para una inculturación más adecuada. La inculturación no tiene un punto final.
En la inculturación de la fe o evangelización de la cultura hay una dialéctica que se enmarca dentro del misterio pascual: muerte y resurrección. Se inicia con un esfuerzo de expresar la fe en las categorías de esa cultura, en un intento de encarnación. En el segundo paso el Evangelio somete a juicio a esa cultura para que se despoje de lo que no es compatible con él. De este momento de muerte de elementos no asimilables resucita una nueva cultura original cristiana. Toda cultura es producto del hombre, en consecuencia, estará marcada por el pecado: también la cultura debe ser purificada, elevada, perfeccionada (RM 54)
La Inculturación en los Documentos de la Iglesia

La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues « Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad » (1 Tm 2, 4). Mediante el testimonio explícito de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad de las culturas.
« Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad [...] Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación.


  • Lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre, en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

  • El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

  • La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo [...] De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva » (Evangelii Nuntiandi, nn. 18-20). Para hacerlo es necesario anunciar el Evangelio en la lengua y la cultura de los hombres.


Esta Buena Nueva se dirige a la persona humana en su compleja totalidad, espiritual y moral, económica y política, cultural y social. La Iglesia no duda en hablar de evangelización de las culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los comportamientos. « La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura » (Ecclesia in America, n. 70).
Si las culturas, cuya totalidad está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas, el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente inagotable de vida (cf. Col 1, 8-12; Ef 1, 8) y de comunión. Portadores de esta novedad absoluta de Cristo al corazón de las culturas, los misioneros del Evangelio no cesan de rebasar los límites propios de cada cultura, sin dejarse encerrar en las perspectivas terrestres de un mundo mejor. « Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), la Iglesia o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume » (Lumen Gentium, n. 13). El evangelizador, cuya propia fe está ligada a una cultura, ha de dar abierto testimonio del puesto único de Cristo, de la sacramentalidad de su Iglesia, del amor de sus discípulos a todo hombre y a « todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio » (Fil 4, 8), lo que implica el rechazo de todo lo que es fuente o fruto del pecado en el corazón de las culturas.
« Un problema ulterior nace de la exigencia hoy intensamente sentida de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe » (Pastores dabo vobis, n. 55). Una y otra caminan con igual paso, en un proceso de mutuo intercambio que exige el ejercicio permanente de un discernimiento riguroso a la luz del Evangelio, a fin de identificar valores y contravalores presentes en las culturas, construir sobre los primeros y luchar enérgicamente contra los segundos. « Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión » (Redemptoris missio, n. 52). « Necesaria y esencial » (Pastores dabo vobis, n. 55), la inculturación « está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas ». « En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos » (Fides et Ratio n. 71).
En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo » (Pastores dabo vobis, n. 55). Los sucesivos sínodos de obispos no cesan de subrayar la particular importancia para la evangelización de esta inculturación a la luz de los grandes misterios de la salvación: la encarnación de Cristo, su Nacimiento, su Pasión y Pascua redentora, y Pentecostés, que por la fuerza del Espíritu, concede a cada uno escuchar en su propia lengua las maravillas de Dios. Las naciones convocadas en torno al cenáculo el día de Pentecostés no han escuchado en sus respectivas lenguas un discurso sobre sus propias culturas humanas, sino que se sorprenden de oír, cada uno en su lengua, a los apóstoles anunciar las maravillas de Dios. Si bien es cierto que el mensaje evangélico no se puede aislar pura y simplemente de la cultura en la que está inserto desde el principio, ni tampoco, sin graves pérdidas, de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos, sin embargo, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora (cf. Catechesi Tradendae, n. 53). « El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicación en la verdad » (Fides et Ratio, n. 71).
En el capítulo V de la Encíclica Redemptoris Missio, se señalan los Caminos de la Misión: el testimonio de vida cristiana, el kerygma o anuncio de Cristo crucificado, muerto y resucitado, la conversión y el bautismo, la formación de comunidades cristianas, la inculturación o proceso de inserción en las culturas de los pueblos (n. 52-54), el diálogo con otras religiones, la educación de las conciencias para promover el desarrollo. Todo ese programa deberá estar movido por el amor. Inculturar es transformar íntimamente los auténticos valores culturales en valores cristianos, integrándolos en la misma visión de vida, y a su vez enraizar el cristianismo en las diversas culturas. Abarca la reflexión y la praxis. No es un proceso fácil, pues no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la vida cristiana. La Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas transmitiéndoles sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. La Iglesia se enriquece a sí misma, conoce y expresa aun mejor el misterio de Cristo y las comunidades evangelizadas podrán expresar la propia experiencia cristiana en maneras y formas originales, con su arte y tradiciones, cuidando de permanecer en sintonía con las exigencias de la fe.
En el capítulo III de la 2a parte del documento de la IV Asamblea del CELAM en Santo Domingo, se trató el tema de la Cultura Cristiana (n 228-286). Allí se abunda sobre la inculturación (n 230) y la evangelización inculturada (n. 248). El Papa habló de "las proporciones insospechadas" que tiene la crisis con la desaparición de valores humanos y cristianos. Medio para atacar ese desafío es la inculturación del Evangelio, a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: Navidad (Encarnación), Pascua (sufrimiento redentor) y Pentecostés (acción del Espíritu para entender en la propia lengua la maravillas de Dios). Inculturar es encarnar el Evangelio en las diversos culturas, transmitir valores, reconocer valores de las diversas culturas, purificarlos, evitar sincretismos, En esa labor participan Pastores y fieles, todo el pueblo de Dios (n. 2309).
Debe ofrecerse una evangelización inculturada a los hermanos indígenas, respetando sus formulaciones culturales, aprendiendo su cosmovisión que, de la globalidad Dios-hombre-mundo hace una unidad que impregna todos las relaciones humanos, espirituales y trascendentes. Se debe acoger con aprecio sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el genuino sentido de la fe (n, 248). Trato semejante se debe a los hermanos afroamericanos (n. 249) y a las etnias (n. 252).
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