El Final de la Economía Política Una Crítica Islámica de la Economía






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El Final de la Economía Política
Una Crítica Islámica de la Economía




'Umar Ibrahim Vadillo


Para citar este texto puede utilizar el siguiente formato:

Umar Ibrahim Vadillo (2005) Una Crítica Islámica de la Economía. Colección Libros de Economía Gratis. Accesible a texto completo en

www.eumed.net/libros/2005/uiv/



El autor


Umar Ibrahim Vadillo
El profesor Vadillo ha estudiado en la University of Friburgo, Alemania, y ha enseñado en universidades de Malasia, Indonesia y Marruecos. Ha sido también presidente de la Islamic Trade Organisation and Islamic Mint. Es también vice-presidente de E-Dinar.

Introducción

El Islam es din al-fitr, es decir, la transacción natural con Allah, la ciencia de como vivir en este mundo de formas. Islam quiere decir sometimiento a Allah, que también implica el no sometimiento a algo distinto de Allah. Esta es la radical libertad del musulmán.
Vivir dentro del Islam le enseña al musulmán que la transformación del medio social, en un sentido auténtico, sólo es posible por una transformación de si mismo, y lo que es más importante, por el permiso de quien gobierna y ha creado el mundo, Allah, que alabado sea. Esto le hace al musulmán, perder el temor de la existencia, porque sólo teme a Allah.
Cuando conoce de este modo a Allah, el musulmán llega a entender que todo acto es adoración de Allah. Que no hay separación entre la política y la adoración de Allah, ni entre el comercio y la adoración de Allah. En este estado, el musulmán comprende que sólo vive por y para Allah, que depende y confía en Allah.
Le pedimos a Allah, ta'ala, que nos haga ser guía clara para todos los que buscan el camino del Islam, que ilumine sus corazones y que El bendiga y dé Paz al Profeta Muhammad, a su Familia y a sus Compañeros.

La cuestión de la usura
La posición del Islam contra la usura es tajante. Allah dice en el Corán:
"ALLAH HA PERMITIDO EL COMERCIO

PERO HA PROHIBIDO LA USURA"(1).
Esta prohibición de la usura fue Ley ya en los tiempos del Profeta Moisés, que la paz sea con él, concerniendo a todos los seres humanos; también el Profeta Jesús, que la paz sea con él, confirmó esta misma prohibición; y el Ultimo Profeta, Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él, reiteró la condena de la usura para todos los tiempos venideros.
Aunque muy poca gente sepa hoy lo que es realmente la usura, el crimen de la usura ha sido siempre condenado por todos los grandes hombres de nuestra civilización:
En la antigua Grecia: Platón(2), quien la consideraba como enemiga del bienestar social por crear una clase, la de los ricos prestamistas usureros, a costa de la de los pobres prestatarios; Aristóteles(3), quien la consideraba antinatural; Aristófanes(4); o Plutarco(5), quienes la consideraban como un robo.
Entre los romanos hombres como Séneca(6), o Cicerón(7), quienes comparaban la usura con el asesinato.
Entre los primeros padres de la iglesia cristiana: Gregorio Nysseno(8); Juan Chrisostomo(9) ; Agustín(10) ; Tomás de Aquino(11) , quienes comparaban al usurero con alguien que trata de vender el vino y su uso separadamente; o Duns Escoto(12) . La condena también incluye a la mayor parte de los concilios celebrados hasta 1830 -año en el que la oficina vaticana empieza a autorizar el cobro de pequeñas cantidades de beneficio fijo en el préstamo de dinero- y de papas, como Benedicto XIV(13) .
Entre los reyes cristianos españoles algunos como Alfonso X, el Sabio(14), o Alfonso XI(15). Y la práctica totalidad de los califas musulmanes.
Entre los autores modernos tenemos a Goethe(16), quien se burlaba del timo del recién nacido papel-moneda; Richard Wagner(17), quien combatió a riesgo de su vida contra el estado y la usura;
J.P. Proudhon(18) quien considera la usura la primera causa de paralización comercial e industrial; ó Ezra Pound(19) quien, por condenar la usura, se vió acusado de traidor por su propio país.
La gran y desgraciada excepción histórica (y presente) es la de los judíos, que se empeñaron una y otra vez en la tergiversada interpretación talmúdica de las leyes mosaicas que les daba y da licencia para prestar con usura a los no judíos como medio para alcanzar poder,como bien muestra Werner Sombart en su libro "Los judíos y la vida económica".
Ell paso de la prohibición de la usura a su permisividad no se produjo de la noche a la mañana sino que llegó paulatinamente, al tiempo que se transformaba la visión del mundo y la existencia. Una atención especial merece la evolución del concepto de valor a lo largo de la historia.
Si nos remontamos a Aristóteles, observamos como su condena de la usura fue bien clara y contundente. Aristóteles consideraba que en toda transacción comercial los valores de los bienes intercambiados son iguales, y advirtió que la medida del valor no puede "estar" en el hombre, ya que cosas con mucha importancia tienen poco valor, como el agua, mientras que cosas con poca importancia, como los dia­mantes, tienen mucho valor. Es por tanto, en el marco de la interrelación del mercado donde el valor sucede. Reparó en que, dadas las condiciones de mercado de Libertad y Equidad, en todo intercambio de un bien por otro, establecemos una equivalencia entre ambos. Por ejemplo, cuando intercambio mi trabajo de una semana por unas cuantas monedas, estoy estableciendo que esta cantidad de monedas equivale a mi trabajo, que de hecho ha merecido el esfuerzo de mi trabajo. Esta apreciación tan elemental resulta de una trascendental importancia. Así, para Aristóteles valorar es un acto vivido y, por tanto, el valor, no es una representación subjetiva, sino el resultado vivido de valorar.

Esta misma forma de entender el valor fue traída a Occidente por los musulmanes entre quienes Qadi Abu Bakr ibn al-Arabi, uno de los más famosos jurista de Al-Andalus, definiría la usura de la forma con­siderada tradicional, como: “la usura es todo incremento no justificado entre el valor de los bienes recibidos y el contravalor de los bienes entregados”. Los incrementos no justificados son todos aquellos debidos a irregularidades en las condiciones generales del mercado o de la transacción misma. Por ejemplo, son incrementos no justificados los debidos a la existencia de monopolios o monopsonios, o la imposición de precios máximos o mínimos, o la compulsión de una mercancía como medio de cambio o moneda, etc; y también los debidos al alquiler de mercancías no alquilables (de consumo), o establecimiento de incertidumbre en el contrato, loterías o juegos de azar, etc.
El Escolasticismo europeo preservó para toda la cristiandad esta concepción clásica del valor que condenaba la usura. Así, Tomás de Aquino distingue entre mercancías alquilables y mercancías no alquilables (como la moneda) para poder preservar la condición de equidad de todo trato comercial, esto es, la igualdad de valores: Al prohibirse la usura se prohibía la posibilidad de que en los intercambios alguien pudiera ganar algo a cambio de nada.
La historia de la usura es tan antigua como el comercio mismo y ha sido su mal crónico, aliviado o agudizado, en la medida de la habilidad de los usureros y la fortaleza de las gentes. La ley romana, a parte de algunos fracasados intentos por prohibirla, admitía una limitada tolerancia y finalmente una abierta práctica de la usura, que condujo a la destrucción de Roma (20). Como la práctica de la usura estaba prohibida a los cristianos y a los musulmanes, muy pronto se convirtió ésta en dominio exclusivo de los judíos. Desde el siglo XI hasta el XV, Venecia, centro del comercio mediterráneo, con un desproporcionado número de judíos, se convirtió en la más importante ciudad usurera de Europa, donde se establecieron los primeros negocios de depósito y crédito bancarios, que sirvieron de escuela a los futuros banqueros europeos.
El mundo cristiano prohibió la usura, o al menos la mantuvo limitadamente mientras estuvo regido por la ley canónica. Los reformistas cristianos, tanto Lutero como Zuinglio, reafirmaron la condena de la usura, pero el reformista Jean Cauvin (Calvino) fue el primero en levantar la voz en favor de la usura; un siglo más tarde un discípulo suyo Claude Saumaire argumentará en su libro "Sobre la usura" (1638) que cargar interés es necesario para la salvación. El Renacimiento supondrá un cambio fundamental en la visión cristiana del mundo que pasará del teocentrismo cristiano a un paulatino humanismo que culmina en la Ilustración.
La fatal interpretación cartesiana del hombre como subjectum o medida del mundo afectó entre otras muchas cosas a la concepción tradicional de valor. La visión cartesiana daba licencia para concebir el valor, no como una vivencia existencial, sino como una figura idealizada racionalista dentro del esquema de sujeto/objeto. En este clima de profundo cambio los usureros obtuvieron su más importante victoria. La gran victoria de la usura, con claros precedentes en Inglaterra y Estados Unidos, fue sin duda la revolución francesa. Dos acontecimientos cruciales en el año mismo de la revolución, aunque raramente mencionados,coronaron la misma: La circulación oficial por primera vez en Europa de papel-moneda estatal, los assignats ; y la derogación de la prohibición del interés en el préstamo, por primera vez en la historia de Francia, en el Decreto del 2 y 3 de Octubre de 1789. Acerca de la revolución francesa, el Abate Barruel escribió en su libro "Memorias": “Tres grupos diseñaron la revolución: ateos, enciclopedistas y economistas”. Asimismo, Edmond Burke diría en su "On French Revolution": "La edad de la caballerosidad se ha ido. Una de sofistas, economistas y calculadores ha triunfado; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre”. ¿Pero quiénes eran estos economistas?
Se atribuye al Abate Ferdinando Galiani el haber sido el primero en sostener que la única medida del valor es el hombre para él el valor es una idea en la mente del individuo. Turgot en su Valeurs et Monnais" (1768) fue el primer escritor en afirmar que: “... en un cambio cada parte valora lo que recibe en más de lo que da”; posición exactamente opuesta al realismo aristotélico. Su escuela alcanzaría su máximo exponente en Jeremy Bentham, a quien se considera padre del utilitarismo. Bentham llamó a este concepto subjetivista de valor "utilidad", como esa propiedad de un objeto, que tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad. En 1787 escribió el libro explícitamente titulado "Defensa de la usura". El subjetivismo utilitarista permitía jugar con el valor. Para los utilitaristas, valor es una idea en la mente del individuo, por tanto usura no es más que una idea en un mundo de ideas. Consecuentemente, las teorías utilitaristas, que derivaron hacia las modernas teorías de consumo, han aceptado el delito de la usura como principio, o bien han ignorado el tema hasta llevarlo al olvido. El economista J. S. Mill podía proclamar en "Principios de Economía Política" (1848) que la teoría del sujeto está completa. Siguiendo esta línea, ya en pleno siglo XX, el judío y premio Nobel (1970) Paul samuelsom presentó en su "Una nota sobre pura teoría del comportamiento de los consumidores" (1938) una significativa contribución a la tesis subjetivista con una teoría de la elección basada en los datos observables. Daba licencia así, a calcular "objetivamente" la valoración de la gente por medio de datos estadísticos, que se desentiende de la diferencia entre ambas formas de valoración: El tratamiento del acto de valorar como una cosa medible que hace del hombre algo cosificado y el “valorar, en cada caso mío” que caracteriza el modo de valorar del hombre libre.
Otra escuela fue la seguida por Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx. Aunque ellos admitían que en la transacción no hay incremento, su afirmación resulta contradictoria. Adam Smith considerado padre de la Economía, era calvinista, por tanto doctrinalmente usurero, y su contribución a la "teoría" del valor fue la de considerar que el trabajo es la fuente del valor. El judío Ricardo incluso llega a admitir que el individuo no produce el valor, ya que sería tanto como negar la realidad de que el precio lo establece el mercado, aunque consideraba que provenía del trabajo.
Con Marx, el más influyente economista moderno, también de origen judío, el valor de una mercancía se transforma en la forma objetiva del trabajo social gastado en su producción, y la cantidad de valor contenida en ella equivale a la cantidad de trabajo contenida en ella. No obstante, Marx mismo tuvo que reconocer que el trabajo (real o concreto, según su vocabulario) no puede ser utilizado como unidad elemental con la cual el valor de todas las mercancías pueda ser medida, ya que cada trabajo tiene distinto valor real. Por tanto, tuvo que formar la idea de dos tipos de naturalezas una “concreta” y otra “abstracta” del trabajo contenido en las mercancías(21), y apunta que la substancia del valor es el trabajo abstracto. Pero he aquí la falacia: En primer lugar, hemos de admitir que el valor procede de un trabajo abstracto sin ninguna realidad, por tanto, "acientifico" e "idealista"; en segundo lugar, para que todos los trabajos tengan el mismo valor habremos de tener una total indiferencia en la elección de uno u otro, afirmación que también carece de realidad, pero que en la práctica resulta terriblemente peligrosa, ya que legitima la posibilidad de que esta indiferencia no-natural sea establecida impositivamente a la gente a través de un selecto grupo de políticos planificadores (el estado marxista).
Un examen detallado de las teorías de Marx revela que la teoría de la plusvalía no es nada más que una ocultación de la usura: Primero, desvía el problema del injusto infrasalario, que los obreros se ven forzados a aceptar bajo la coacción del desempleo -cuyo origen debe únicamente a la práctica de la usura y no a la introducción de nuevas máquinas como pretendía David Ricardo, a un aparente, pero no causal, conflicto entre empresarios y empleados; en segundo lugar, ignora toda crítica de la usura al considerar a los banqueros como otros empresarios más, que actúan en un negocio más. No es de extrañar pues el rumor de que el gran banquero Rothschild -también judío- financiara su obra "el Capital”, ya que en ella aparece la más abierta defensa del dinero fantástico (papel-moneda), con el que se habían enriquecido todas las casas bancarias de Europa: “...en un proceso que lo hace cambiar constantemente de mano, basta con que el dinero exista simbólicamente. La existencia funcional absorbe, por así decirlo, su existencia material. No es más que un reflejo objetivo de los precios de las mercancías, reflejo llamado a desaparecer funcionando, sólo como función, como signo de sí mismo, es natural que pueda ser sustituido por otros signos”. El famoso economista judío y premio Nobel (1976) Milton Friedman, considerado padre del monetarismo capitalista moderno, no tuvo más que continuar esta visión funcional que reemplaza la visión existencial de la moneda que Marx había trazado. Por esta razón podemos afirmar que el monetarismo no es más que una fórmula reformada de marxismo; otra prueba que revela la falsa oposición de la dialéctica izquierda / derecha.
La Economía es un típico producto de la metafísica subjetivista ( metafísica cartesiana y kantiana). La Economía se fundamenta en una visión del hombre estrecha y funcional, independientemente de las escuelas. El lema “si funciona bien es bueno”, convertido en moral económica, ha servido como argumento para constreñir la libertad del individuo. Esta moral considera apropiado que los políticos estimen que es lo que la gente quiere y administren la riqueza de otras personas incluso sin su consentimiento. Para hacer posible esta justificación, el acto libre y vivido de valorar se ha "convertido" en cifras o algo medible al antojo de los economistas y políticos, y el derecho de propiedad ha sido también tergiversado. La Economía Moderna ha dado ya abundantes signos de haber perecido, de no ser capaz de entender ni al hombre, ni al mundo; al tiempo que conduce a ambos a una destrucción que nadie desea.
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