Revista de Estudios Cotidianos nesop issn: 0719-1928






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E.- Quinta conferencia.

En su última exposición en Río, Foucault aborda un problema que luego desarrollará profundamente en su obra más conocida: Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. Se trata de la proliferación práctica de lo que él denominó panoptismo (término que acuñó como una especie de “homenaje” a Bentham, pero esto es dudoso), en oposición al legalismo impulsado por los teóricos del siglo XVIII (Beccaria, Brissot), pero no sólo destacando lo paradójico que esto resulta, sino tratando de captar el panoptismo propio de la sociedad moderna, industrial, capitalista, y su vigilancia de base: allí donde aparece menos claramente, dónde más alejado está del centro de la decisión y del poder del Estado. En buenas cuentas, cómo es que existe el panoptismo a un nivel más simple (pero no por ello menos complejo) vinculado a instituciones que encuadran la vida y los cuerpos de los individuos; es decir, el panoptismo afectando la existencia individual.

Foucault advierte que el panoptismo y su peculiar arquitectura no constituye solamente un problema de espacio o dimensiones físicas, sino que en su concepción subyace una práctica generalizada y diseñada desde, hacia y para el poder, con la finalidad de controlar, vigilar y corregir no sólo la mente de los individuos, sino también sus cuerpos, para lo cual resulta fundamental que la ejecución de las penas deje de ser un espectáculo público, un show para la galería o un circo romano, para transformarse en un sistema profesional, gris y burocrático, pero altamente eficiente, de administración de la justicia penal, más acorde con la estructura de poder característica de una sociedad disciplinaria de tipo burguesa, industrial y capitalista. En otros términos, para que la transformación (corrección) de los individuos sea efectiva, es preciso que el sistema judicial sufra también una transformación profunda. Es menester, en palabras de Foucault, que exista una inversión del espectáculo en vigilancia, un giro copernicano desde la parafernalia del castigo hacia la aburrida precisión de bisturí de la moderna justicia penal.

En las sociedades disciplinarias la parte más importante del castigo penal, es decir, la ejecución de la pena, deja de ser un espectáculo público para convertirse en un asunto menor, de naturaleza administrativa y prosaica. Y esto ha sido posible gracias a las bondades de la prisión: al encierro del criminal en una cárcel, aislándolo, corrigiéndolo y reformándolo; permitiendo -de paso- el surgimiento de una serie de nuevos funcionarios cada uno con su cuota o parcela de micropoder: gendarmes, abogados, médicos, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, etcétera.

Se comprende que este nuevo carácter oculto y reservado de la ejecución del castigo penal, implique un cierto “oscurantismo” de cara a la ciudadanía, lo que se traduce en que la mayoría del pueblo desconocerá las paupérrimas condiciones de reclusión, aislamiento y hasta tormentos corporales y espirituales que se infligen a diario a las personas privadas de su libertad en cárceles, hospicios y recintos psiquiátricos. En las sociedades disciplinarias, la prisión pierde su sentido original y técnico -en cuanto sanción penal- para transformarse en un encierro, es decir, pasa a ser mucho más que la ejecución de un simple castigo: un eficiente sistema de control y vigilancia social.

Es por ello que -a partir de 1971- veremos a Foucault no sólo teorizando en libros y ensayos en revistas especializadas acerca de los mecanismos de control y vigilancia de las sociedades disciplinarias, sino que, al mismo tiempo, participando en acciones concretas para combatir el micropoder enquistado en los intersticios de la maquinaria estatal. Es por esta razón que Foucault -junto con otros intelectuales, miembros de la sociedad civil francesa, grupos intermedios, familiares y amigos de presidiarios- formó el GIP (por sus siglas en francés), institución que tenía por finalidad dar a conocer públicamente las inhumanas condiciones de reclusión de los presos, permitiendo que estos últimos pudiesen expresarlas directamente, sirviendo el GIP sólo como un vehículo para su difusión, pero sin interpretar o desfigurar lo que los presos querían transmitir a la opinión pública francesa8.

Desgraciadamente, este Foucault visionario, activo en la praxis y combativo en torno al poder, no volverá a repetirse en los años que sucedieron hasta su muerte en 1984 (con excepción tal vez, del “caso Irán” en 1978), constituyendo justamente la principal crítica en su contra, como veremos más adelante9.

Las sociedades de control

A Foucault le debemos el análisis de las sociedades disciplinarias y sus métodos de vigilancia, pero será otro filósofo francés quien hará una crítica incisiva sobre un nuevo tipo de sociedad característico de la segunda mitad del siglo XX. Nos referimos a las denominadas “sociedades de control”, y al filósofo francés Gilles Deleuze.

La expresión sociedades de control, como el mismo Deleuze lo refiere, surge a raíz de una idea contenida en el magnífico libro del escritor William Burroughs, El Almuerzo desnudo. En el comienzo de su libro, Burroughs describe un sistema de control estatal de los adictos al consumo de drogas que él denomina “tratamiento por apomorfina”, y que considera sumamente eficaz para tratar la adicción a las drogas y –por lo mismo- para combatir el tráfico ilícito de estas sustancias (Burroughs, 2010:10).

El ejemplo de Burroughs es interesante porque refleja claramente el mecanismo con que opera una sociedad de control: el sujeto es controlado (más o menos estrictamente) sin necesidad de encerrarlo en un recinto especial de arquitectura panóptica, ni estar vigilándolo todo el tiempo. Basta con que diariamente se le administre su dosis de apomorfina y el problema está resuelto: tenemos a un adicto a las drogas perfectamente “bajo control”.

El punto de partida del análisis deleuzeano es que todos los centros de encierro descritos por Foucault atravesarían una crisis generalizada: cárceles, hospitales, fábricas, escuelas, familias; instituciones todas caracterizadas por ser lugares a los que los individuos ingresan (muchas veces contra su voluntad), y están impedidos de salir por un cierto tiempo, y en las que más allá de los objetivos explícitos (educar, prevenir y mejorar la salud física y mental, proporcionar empleo, etcétera), lo que se pretende -en última instancia- es disciplinar y corregir, formando sujetos fuertes, pero dóciles y obedientes.

Es importante consignar que si bien cada una de estas instituciones opera de un modo más o menos similar, el tránsito de una a otra implica siempre un comienzo desde cero. Así, al niño que está en la escuela se le dice: "ya no estás en tu casa"; al joven que está en su trabajo le dicen: "ya no estás en la escuela", y así sucesivamente.

Ahora bien, esta crisis de los lugares de encierro no significa que las nuevas sociedades de control sean preferibles a las disciplinarias descritas por Foucault. En palabras de Deleuze: "Es posible que los más duros encierros lleguen a parecernos parte de un pasado feliz y benévolo frente a las formas de control en medios abiertos que se avecinan" (Deleuze, en Ferrer, 1991).

Como vimos en el ejemplo de Burroughs, en las sociedades de control el énfasis no se coloca en impedir la salida de los individuos de las instituciones. Muy por el contrario, se fomenta la formación on-line, el trabajo en casa. Sin horarios, sin nadie que esté vigilando. De lo que se trata ahora no es de impedir la salida, sino de obstaculizar la entrada. No es sencillo acceder a puestos de privilegio, a posgrados de nivel internacional o a medicinas que contemplen la atención domiciliaria. Para poder hacerlo, hay que franquear diversas barreras, entre las cuales la principal es de tipo económico: "El hombre ya no está encerrado, sino endeudado". No sólo resulta difícil ingresar; también es muy difícil permanecer. Pero los privilegios de "pertenecer" hacen que se extremen los esfuerzos por cruzar la barrera.

Cuando el niño salía de la escuela, sentía el alivio de abandonar el encierro. Es verdad que ingresaba a la casa, pero las leyes de la casa dejaban atrás las de la escuela. Cuando el obrero regresaba de la fábrica, podía tomarse un respiro: el tiempo del trabajo había terminado, al menos hasta el día siguiente.

En la actualidad, la supuesta libertad del tiempo abierto resulta un elemento de control mucho más fuerte que el encierro. Ya no se necesita tener a un empleado confinado bajo llave ni vigilado para que trabaje. Incluso se le permite que haga su tarea en su casa, sin horarios, durante su tiempo libre. Pero ese empleado sabe que si él no hace su trabajo en tiempo récord otro lo hará por él, quitándole su lugar; que si no tiene su teléfono celular encendido permanentemente, poniendo todo su tiempo a disposición de la empresa (la expresión full time pasó ahora a ser entendida literalmente), su jefe llamará a otro empleado "más comprometido con el trabajo". De modo semejante, quien se capacita on-line no lo hace en su "tiempo libre" sino quitándose horas de sueño, porque sabe que si no se actualiza permanentemente dejará de pertenecer a un grupo de privilegio. "Estamos entrando en sociedades de control que ya no funcionan mediante el encierro, sino mediante un control continuo y una comunicación instantánea" (Deleuze, en Ferrer, 1991).

Todo es flexible, todo es líquido, todo se resuelve con la tarjeta de crédito. Pero cada vez que usamos la tarjeta, cada vez que enviamos un e-mail o que miramos una página de Internet, vamos dejando rastros, huellas. Vamos diciendo qué consumimos, con qué nos entretenemos, qué opinión política cultivamos. Y cuanto más dentro del grupo de pertenencia está un individuo, más se multiplican sus rastros. Todo eso forma parte de un enorme archivo virtual que permite, entre otras cosas, "orientar" nuestro consumo.

No se nos confina en ningún lugar, pero somos permanentemente ubicables. No se nos interna en un hospital, pero se nos somete a medicinas preventivas y consejos de salud que están presentes en cada instante de nuestra vida cotidiana, que nos hacen decidir qué tomar, qué comer, cómo conducir un automóvil. No hacemos el servicio militar ni somos convocados a participar en el ejército, pero vivimos "militarizados" por el miedo que los medios de comunicación nos infunden de que las bandas urbanas nos asesinen por un par de zapatillas.

Las nuevas formas características de las sociedades de control han extendido sus redes hacia diversos ámbitos, entre ellos, la vigilancia policial, incorporando nuevas y mejores tecnologías para desempeñar sus funciones preventiva y correctora: “Las nuevas tecnologías de la comunicación y la información son la expresión de un orden social distinto. Hoy, la clásica representación del poder, basada en la idea del panóptico unidireccional, ya no sirve para explicar la forma en que es ejercida la vigilancia. La policía, como institución y como actividad, se ha visto obligada a incorporar técnicas y tecnologías nuevas, acordes a la nueva racionalidad” (Requena, 2004:1).

Criticando a Foucault

Llegamos al epílogo de este trabajo, y estamos en condiciones de ajustar la mira y apuntar contra el filósofo francés, pero no con el propósito (un tanto malicioso) de descubrir inconsistencias, fracturas o puntos débiles en su pensamiento, sino más bien por una exigencia de método: una forma de proceder cartesiana que hace de la duda el motor principal del razonamiento filosófico y del progreso científico.

La principal objeción que podría hacerse a la filosofía de Foucault es la siguiente: “Lo que le falta a Foucault es señalar que para rechazar lo que somos, tenemos que ejercer un acto absoluto de libertad… donde hay libertad, hay poder. Que era exactamente lo que queríamos que Foucault dijera. Que lo dijo un año antes de morirse, cuando ya no le quedaba tiempo para desarrollar una temática tan rica, tan necesaria. Es una lástima. Tenemos, ahora -nosotros, que no somos foucaltianos-, que decirla por él…” (Feinmann, 2010:637).

Excepto en los casos GIP (1971) e Irán (1978), no observamos a un Foucault reaccionando contra el poder con la misma energía, intensidad y profundidad con la que describió el nacimiento de las sociedades disciplinarias en el siglo XIX y sus mecanismos implícitos de vigilancia y control de los individuos, sobre la base de una arquitectura panóptica. Y ocurre que este es, precisamente, el problema central que enfrentamos en nuestra limitada condición de individuos formando parte de las sociedades posmodernas del siglo XXI: el tema del poder. Pero ya no se trata de un poder ligado a la resistencia (como históricamente ha sido concebido), sino asociado a la libertad: que allí donde hay poder hay libertad y viceversa. Como dijo Jean Paul Sartre: “No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros” (Sartre, 1961), que significa “Yo soy lo que hago con lo que los demás hicieron conmigo”. ¿Pero quiénes son “los demás”? Son los “otros”: es el poder y el micropoder; el poder del Estado, de nuestros padres, hijos, profesores, compañeros, empresarios, dueños de fábricas. Y si hicieron “algo” con nosotros, cabe preguntarse: ¿Qué somos nosotros? ¿Pura facticidad o podemos evolucionar? Según Sartre, sólo por la vía de negar nuestra facticidad (lo que los demás han hecho de nosotros), podemos evolucionar. Sólo el hombre puede negar su facticidad (subjetividad) para ser auténticamente libre. Probablemente sea esta la diferencia fundamental con el resto de las especies del mundo animal. Y tal vez Nietzsche tenga razón cuando afirma que no es el conocimiento lo que nos distingue de las demás bestias de la creación, ya que es la negación de nuestra facticidad, historicidad y subjetividad lo que –algún día- permitirá que seamos realmente libres.

Existe otro nivel de críticas más técnicas contra el pensamiento foucaltiano, como su concepción acerca de la Historia, o su interpretación de Nietzsche y Heidegger, pero dar cuenta de ellas excedería con creces los límites de este trabajo centrado básicamente en la estrecha relación entre saber y poder.

Como conclusión, nos parece que el gran desafío de la posmodernidad capitalista y el salto adelante hacia una Historia con mayúscula, consiste en repensar la relación libertad y poder en términos neo sartreanos. Ese es el gran “giro copernicano” del siglo XXI.

Bibliografía

-Boullant, Francois, “Michel Foucault y las prisiones”, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 2004.

-Burroughs William, “El almuerzo desnudo”, Editorial Anagrama, Barcelona, 2010.

-Deleuze Gilles, “Posdata sobre las sociedades de control”, Revista Electrónica Escuela Filosofía Universidad Arcis, citado por Christian Ferrer (comp.) El lenguaje literario, Ed. Nordan, Montevideo, 1991.

-Feinmann, José Pablo, “La filosofía y el barro de la historia”, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2010.

-Foucault, Michel, “Microfísica del poder”, Ediciones La Piqueta, Madrid, 1992.

-Foucault, Michel, “La verdad y las formas jurídicas”. Editorial Gedisa, 2008, pág. 18.

-Rawls, John, “Teoría de la justicia”, Fondo de Cultura Económica, México, 2009.

-Requena Hidalgo, Jesús, “De la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. La incorporación de nuevas tecnologías a la policía”, Scripta Nova, Revista Electrónica, Universidad de Barcelona, 2004.

-Sartre Jean Paul, Prefacio a Fannon, Franz, “Los condenados de la tierra”, Fondo de Cultura Económica, México, 1961.

-Von Clausewitz, Carl, “De la guerra”, Editorial Virtual, 2002, pág. 37.



Más poder menos mujeres:

Una mirada a la democracia interna de los partidos y su relación con la participación de las mujeres en el Legislativo en Chile

More power less women: A look at internal party democracy and its relationship with the participation of women in the legislative branch in Chile

Claudia Urrutia Sierra

Resumen:
La incorporación de las mujeres al ámbito político mediante cargos de representación o de toma de decisiones, tiene relevancia al interior de los partidos políticos. La situación de las mujeres como miembras activas de un partido político en Chile, es una cuestión que amerita reflexionar. Más aún, cuando ser relaciona la figura de Presidenta de la República con la participación de las mujeres al interior de los partidos políticos. La democracia interna de los partidos políticos, es un elemento central ante la incorporación efectiva de los géneros en el sistema políticos.

Palabras Clave: participación política, democracia interna, mujeres, partidos políticos.

Abstract:

The incorporation of womens in the political enviroment, throuch changers of popular representation, or the decision making, adquires importance in the political parties. ¿Wich is the womens situation as active members of a political parties in Chile?, its a matter that needs thinking. Even more, when in Chile, its common to relate the figure of the president of the republic with the participation of womens inside the political parties. The internal democracy of the political parties, is a central element before the efectives incorporation of the genders in the political system.

Key Words: Political participation, Internal democracy, womens, political parties.

Introducción
La participación de mujeres en política se ha convertido en objeto de estudio tanto para disciplinas de las ciencias sociales como para los partidos políticos.

La irrupción de las mujeres en el mundo político ha sido estudiada a través, de diversos estudioscomo los PippaNorris (1985) ó Wilma Rule (1987) y organismos (IDEA, CEPAL, FLACSO y otros) los cuales señalan que si bien las mujeres participan cada vez más de la política, la necesidad de contar, por ejemplo, con mecanismos de acción afirmativa, sería el canal para poder asegurar una real participación de la mujer en el ámbito político y, en la toma de decisiones. Que las mujeres tengan un rol activo en la toma de decisiones, es el objetivo de la acción afirmativa. Mecanismos como las cuotas actúan como dispositivos que intentan asegurar, por ejemplo, que las mujeres tengan una posibilidad real de llegar al Legislativo.

Por lo tanto, si entendemos que la democracia tiene entre sus características el principio de legitimidad del poder para tomar decisiones sobre la vida de las personas, su sociedad y su país, debe derivarse de una elección por parte de quiénes se verán afectados por tales decisiones. De tal forma, que la incorporación de las mujeres al ámbito político mediante cargos de representación popular o toma de decisiones, adquiere relevancia en el ámbito político y, en particular en y dentro de los partidos políticos.

Reflexionar sobre cuál es la situación de las mujeres como miembras activas de un partido político cobra relevancia, en este contexto.

El objetivo del texto es presentar cómo la falta de democracia interna en los partidos políticos incide en la participación de la mujer en el Legislativo, específicamente en la Cámara de Diputados. Para ello, en la primera parte del artículo se hace referencia a la incorporación de la mujer a la política. Luego, se describe sucintamente cómo se han incorporado las mujeres al mundo político en Chile a través de cargos de representación, cargos designados en el Ejecutivo, etc. Y se establece que pese a su incorporación, este avance no se aprecia dentro de los partidos políticos.

En el segundo apartado, se abordan algunas visiones respecto de cómo la mujer se ha incorporado al ámbito político. Luego, se desarrolla el concepto de democracia interna que tienen los partidos políticos y la relación con la participación efectiva de las mujeres dentro de los partidos.

Y en el tercer apartado, se hace mención a la relación que hay entre las mujeres y los partidos políticos. Para ello, se refiere a los mecanismos de acción positiva y cuáles han sido sus consecuencias dentro de los partidos políticos.

Por último, el documento termina con algunas reflexiones respecto del tránsito que viven las mujeres que participan en partidos políticos.

Planteamiento:

La relación que hay entre la participación política y el género en los partidos políticos chilenos1, es, hoy por hoy, un asunto que amerita ser estudiado: no solo porque hablar de política nos remite al tema del poder, en tanto el estudio de la política tiene en cuenta una cuestión básica: el poder es una actividad de hombres y también de mujeres; sino porque incorpora la dimensión de la participación política y el género, es decir, como los géneros participan de la política. Y por último, porque responde a una coyuntura política: por primera vez Chile, de 9 candidatos a la Presidencia, 3 son mujeres2, cuestión que conlleva a plantearse el rol que tienen los liderazgos femeninos en la política nacional.

La participación en la política no solo supone organizarse como parte de la sociedad civil, tener capacidad de crítica y de propuesta, incidir en los programas públicos, etc., sino también, considera la inclusión efectiva de los actores sociales en el sistema político, en la representación y en la adopción de decisiones. La inclusión se transforma entonces, en un elemento esencial. Y en este contexto, la inclusión de las mujeres en los espacios de poder público en pie de igualdad respecto de los hombres, es uno de los propósitos cuando se trata de mejorar la calidad de la democracia y, en consecuencia, la gobernabilidad democrática (CEPAL 2004:18).

Que las mujeres participen de la política y específicamente, en centros de toma de decisiones, permite que se tomen medidas necesarias para eliminar las desigualdades. Por lo tanto, “el aumento de participación de las mujeres se convierte en un motivo para la adopción de medidas específicas” (Gispert1990:244). De ahí entonces, que la importancia de que las mujeres no solo participen en política sino además, manifiesten abiertamente rasgos de liderazgos, radica no solo en que son un sector importante de la población, sino que también, pueden liderar procesos en la toma de decisiones, fortalecer la creación de políticas públicas en pro del colectivo de género que representan, etc.

El auge de la temática de género hoy día, no solamente pasa por la incuestionable incorporación y participación de la mujer en el espacio público sino también, por su inserción y liderazgo en la toma de decisiones y de poder, a través, de puestos de responsabilidad como, por ejemplo, cargos directivos al interior de los partidos políticos o de representación. Al respecto, han surgido distintas orientaciones que han conducido los debates en torno a la equidad de género y la democracia3 señalando que la afirmación de los derechos ciudadanos de las mujeres y el de participar en igualdad de condiciones que los hombres en las instancias de poder y de toma de decisiones, es una condición necesaria para avanzar en el proceso de democratización del país. Cuestión que amerita una reflexión respecto de la incorporación de la mujer en el ámbito político, ya que la incorporación de las mujeres en la política, así como el desarrollo de su liderazgo, deben ser contextualizados.

Con la llegada de la democracia y bajo el gobierno de Aylwin, se nombró a una mujer como ministra, la cual estuvo a cargo del Servicio Nacional de la Mujer SERNAM, el cual fue creado como servicio público pero con rango ministerial. A su vez, bajo el gobierno de Frei Ruiz-Tagle, se nombró a tres mujeres como ministras. Una a cargo del SERNAM, otra a cargo de Justicia y la tercera, a cargo de Bienes Nacionales.

Pero el reconocimiento por parte de la ciudadanía de la lenta inserción en la política de las mujeres se originó bajo el gobierno de Lagos, quién en marzo de 2000 nombró (por primera vez en la historia de Chile) a cinco mujeres como ministras en las carteras de Planificación, Educación, Salud, Relaciones Exteriores y SERNAM. Ignorando el Presidente el impacto a futuro que tendrían dos de sus ministras en la ciudadanía: Michelle Bachelet y Soledad Alvear4.

El nombramiento de estas cinco ministras permitió en cierta medida romper con la invisibilidad a la que las mujeres hasta en ese entonces estaban condenadas. “Instaladas en los más altos cargos de responsabilidad política, así como la posición que ocuparon en ministerios relevantes y tradicionalmente masculinos” (Hardy, 2005:44). Sin embargo, la distancia respecto a la participación equitativa en cuanto a género aún es significativa.

A pesar de lo anterior, el tránsito de la presencia femenina en los diferentes poderes públicos así como puestos de representación desde 1990 (reiniciada la democracia) hasta la fecha arroja datos relevantes. En primer lugar, y según los datos del PNUD en sus Informes de Desarrollo Humano, se aprecia claramente una deficiente participación de las mujeres en relación con los avances que vive el país5, cuestión no menor si pensamos en la factibilidad real de participación y liderazgo femenino.

En segundo lugar, yque se desprende de lo anterior, es que en más treinta años, se ha experimentado un cambio en cuanto a la participación femenina. Por ejemplo: de un total de 293 mujeres en 1990 que se distribuían tanto en el Poder Ejecutivo, Legislativo, Gobiernos Regionales y Municipales, así como en las mesas directivas en los Partidos Políticos, se pasó a un total de 649 en 2005.

Efectivamente, con el transcurso de los años las mujeres se han ido sumando lentamente al ámbito político a través, por ejemplo, de su participación en el Ejecutivo pero, ¿por qué pese a que existe más participación de mujeres en los partidos políticos, no ocurre lo mismo en el Congreso?, ¿por qué no se ve reflejado en las directivas de los partidos?

Ciertamente, el reconocimiento de la escasa presencia de mujeres en el espacio político y, particularmente al interior de los partidos políticos constituye un problema fundamental de la distribución y ejercicio del poder político en las sociedades con sistemas democráticos. Ello, debido a la existencia de partidos políticos que se caracterizan por poseer estructuras de tipo oligárquico y donde las elites “controlan de manera férrea el poder, no facilitan la participación de todos los grupos…, en una elección de los candidatos (Freindenberg, 2005). Así, partidos como estos, se destacan por su escasa democracia interna incidiendo en la calidad de la democracia.

En términos ideales y siguiendo a Dahl, la democracia como sistema de gobierno10 debiera asegurar instancias de participación para todos, cosa bastante compleja de cumplir en la realidad. Por ello, la democracia real de Dahl, entre sus características apunta a una participación efectiva de manera de lograr incorporar a todos y todas en el sistema de gobierno. Una democracia que potencie una participación más efectiva tiene mayores probabilidades de ejercer y distribuir equitativamente el poder político. De ahí entonces, que se considere necesario indagar respecto a la débil incorporación y participación de las mujeres al interior de los partidos políticos.

En este sentido, la democracia formal, aquella que contempla exclusivamente la elección de representantes y la separación de los sistemas político, social y económico (Dahl, 1992), es incapaz de concebir y contener el concepto de diversidad ya que supone para la participación femenina la noción de democracia que se maneja en una sociedad. Si la democracia se entiende estrechamente como un sistema político en el cual el concepto de representación se cumple una vez que los electores participan en el acto formal de elegir a quienes los representarán, la inclusión de colectivos o de representantes de colectivos en los espacios de poder se convierte en marginal respecto del concepto de democracia. De igual manera, si el concepto de participación política se refiere exclusivamente a la cantidad de votantes en los actos electorales, los planteamientos de inclusión de mujeres y otros grupos en los espacios de poder son lógicamente entendidos y visualizados como luchas sectoriales de grupos que defienden su participación en función de sus propios intereses y no como propuestas que apuntan a la calidad de la democracia. Con estas limitaciones de contenido, el debate sobre la posibilidad de un mejoramiento cualitativo de la democracia no se plantea. (CEPAL, 2004:16). Situación que podría explicar el que por años esta legitimidad haya sido limitada para las mujeres11. Una vez que las mujeres obtuvieron el derecho a voto, se pensó que con ello su incorporación y participación en el ámbito político estaba prácticamente resuelto. Sin embargo, el sufragio universal no asegura por si mismo el establecimiento de órganos representativos de toda una sociedad.

Distintos sectores de la población han quedado marginados en lo que se refiere a su participación en estos órganos representativos, entre ellos: las mujeres. De hecho, la proporción de mujeres en estas instancias es significativamente baja. Cuestión inquietante, en tanto habría un sector de la población (significativo) que no puede incorporarse de manera “natural” a estos órganos. Para suplir en parte este escenario algunos partidos han incorporado las cuotas con el fin de incrementar la cantidad de mujeres en puestos de decisión política, cuestión que ha generado diferencias en cuanto a la presencia femenina en cargos de representación, respecto de partidos que tiene cuotas y aquellos que no.

Ante tal escenario, es posible establecer que si bien el sistema democrático en Chile permite que hoy en día exista una mayor presencia y participación de las mujeres en la política nacional, cuestión que se puede observar en puestos de poder. Al interior de los partidos políticos, no se observa un fortalecimiento de la participación femenina en puestos directivos o de toma de decisiones. Por lo tanto, se plantea como hipótesis que existen diferencias respecto a la presencia de mujeres en las directivas de los partidos políticos y en la vida parlamentaria, en los partidos con cuotas versus los partidos sin cuotas.

Así las cosas, el derecho a elegir y ser elegido se basa en el principio del sufragio. Pero la realidad nos muestra que el derecho a voto sigue siendo hasta hoy día, limitado12. Ello se debe a que los candidato(as) por los cuales se puede votar, que están dispuestos o bien que se les permite asumir posiciones de liderazgo son generalmente hombres. Situación que se ve reflejada, por ejemplo, en el legislativo chileno con una composición desigual de representación, donde basta con observar la configuración del congreso en cuanto a género para dar cuenta de tales diferencias13.

Claramente, los partidos políticos son indispensables para la democracia por lo que todo sistema democrático necesita de ellos para seguir. “Sin ellos, no hay democracia representativa” (Freindenberg, 2005). Sin embargo, el que un partido haga uso de elecciones para seleccionar a sus dirigentes no implica que sea más democrático. El nivel de participación de grupos poco representados como las mujeres en la definición del programa, en la delimitación de las estrategias, etc., es sin duda, un elemento relevante para el fortalecimiento de la democracia interna de los partidos.

Finalmente, este trabajo intenta responder al por qué de la escasa presencia femenina en el legislativo (pese a que han transcurrido más de veinte años desde el retorno de la Democracia), pese a la existencia de cuotas por parte de ciertos partidos y su relación con la democracia interna.

Participación femenina, democracia interna y partidos políticos:

Los estudios sobre liderazgos y participación política femenina (Htun 2002, Hardy 2005), en su mayoría parten del supuesto de que la política es un espacio social masculino, situación que ha dificultado la participación femenina en la esfera política. Otro elemento a considerar, es la idea extendida en algunas áreas de que la mujer no demostraría mayor interés en participar de la política, aspecto asociado a la distribución tradicional de los roles sexuales donde para las mujeres estaba reservado el desempeño de las actividades privadas al interior del hogar, mientras que para el hombre estaban reservadas las actividades en el ámbito público, fuera del hogar. Esta explicación a la menor participación de la mujer en la vida pública ha sido utilizada desde Duverger (1955) hasta nuestros días (Ruiz y Mateos). La justificación de la menor participación de las mujeres en la vida pública tendría su origen en características como la emocionalidad, su compromiso con los miembros de la familia o su vocación maternal (Astelarra, 1997:7).

Según Astelarra (1990:15), el que las mujeres participan menos en los partidos políticos y sindicatos, al mismo tiempo que presentan mayores tasas de abstención electoral, no tendría su explicación en la variable sexo, sino que podría tener su explicación (según la autora) en la marginalidad política de las mujeres. Sin embargo, cabe señalar que no existe consenso al respecto. Ello, “porque es muy difícil hacer cualquier comparación utilizando la variable sexo, sin plantear cómo marco histórico la división sexual del trabajo y la organización social que la regula al sistema de género que afecta a las relaciones entre los sexos” (Astelarra,1990:9). Lo que si es posible afirmar según estudios acerca de la participación femenina en política es que efectivamente, las mujeres participan menos que los hombres en la política institucional. Pero en períodos de grandes movilizaciones políticas se aprecia una presencia importante de mujeres, cuestión contraria con la escasa presencia femenina en las elites políticas, donde casi no hay mujeres en los puestos de poder.

Por otro lado, desde el principio de la década de los setenta y finales de los sesenta, distintas teorías han intentado dar cuenta del porqué persisten las posiciones de poder político y social de los hombres frente a las mujeres. El intento por explicar teóricamente situaciones como éstas o sus consecuencias tales como la dominación, la discriminación ha sido una característica de la movilización política y social de las mujeres (García de León 1994).

En este escenario, las mujeres que han querido incorporarse al sistema político deben superar barreras tales como, partidos políticos, mecanismos de reclutamiento, tipos de listas, sistema electoral, etc. Pero sin duda, uno de los factores más importantes es la democracia interna que existe al interior de los partidos políticos.

Todo sistema democrático requiere de partidos políticos para sobrevivir, ya que son indispensables para la democracia (Linz 2002). Aun cuando hay partidos con “desarrollos participativos y procesos decisionales poco participativos no han impedido la rutinización de sistemas poliárquicos” (Freindenberg, 2005) pese a que afectan la calidad de la democracia.

En este sentido, se suele pensar que la democracia interna de los partidos políticos tiene relación con la idea de ser un buen partido dejando de lado el comportamiento partidista. Semejante visión sobre la democracia interna se explica en parte, por ser este un concepto multidimensional el cual generalmente -en el cotidiano-, se asocia a un carácter de tipo normativo, hecho que lleva a que el concepto sea empleado de diferentes maneras. Tal situación hace que la democracia interna como categoría tenga que “luchar” constantemente con el obstáculo epistemológico más común: el conocimiento común (Bachelard1984). ¿Cómo entender entonces qué es la democracia interna?. La bibliografía revisada (Flores Jiménez, 1999, Duverger 1992, Michels2010, et al.),señala que la democracia interna ha sido analizada a partir de distintos elementos como, por ejemplo, mecanismos de selección de candidatos, disciplina de los miembros en el legislativo, responsabilidades de los órganos partidistas, financiamiento partidista, etc.

Según Alcántara y Freindenberg, los estudios realizados en América Latina al respecto, suelen enfocarse es un solo aspecto: la selección de candidatos a cargos de representación popular, omitiendo con ello las demás dimensiones de la democracia interna, como son la selección de candidatos, disciplina de los miembros, responsabilidades de órganos partidistas, financiamiento partidista, etc.

La selección de candidatos es sin duda, un elemento clave en una organización partidista. La elección del candidato/a, es una de las decisiones centrales que deben tomar las y los integrantes de un partido. La importancia de contar con una candidatura radica en la obtención de “un recurso de poder clave en una organización partidista” (Freindenberg 2005), ya que por una parte el candidato puede obtener un cargo político y por otro, ganar una elección se traduce en el objetivo fundamental.

De esta manera, proponer un candidato es una decisión que no sólo vincula a los miembros del partido a través de la obligación (apoyo) es además, una postulación legítima, ya que la candidatura surge de la organización. Pero además, es una situación que permite “observar una de las dimensiones centrales de la estrategia organizativa para conquistar apoyo por parte de los políticos y sus partidos y puede afectar la disciplina de los miembros en el legislativo” (Freindenberg 2005).

En síntesis, la selección de candidatos da luces sobre el grado de democracia interna de un partido político, ello porque es dable suponer que la forma o modo de selección de candidatos “son más participativos que otros, lo cual contribuye a dotar de mayores niveles de democracia interna al partido, tanto en términos reales como en cuanto a la percepción de sus miembros” (Freindenberg2005). Así entonces, un partido tendría democracia interna cuando cumple con requisitos mínimos que se vinculan a la participación efectiva del afiliado en la formación de la voluntad partidista y en el proceso de toma de decisiones.

Ahora bien, cuando se analiza la dimensión de las candidaturas surge inmediatamente la interrogante acerca de quiénes pueden presentarse a elecciones o qué candidaturas serán apoyadas por el partido. Para ello, hay dos formas de responder. Según Freindenberg, la primera, seria a través de lo que estipula la ley electoral acerca de quién puede ser candidato. La segunda, lo que indique el partido, ya sea a través de elecciones internas u órganos colegiados como pueden ser asambleas de delegados o convenciones.

En el caso, por ejemplo, de la elección de candidatos al Legislativo en Chile, el sistema electoral binominal no sólo incide en la selección de candidatos al Legislativo, sino que además, afecta (al decir de Rhoda o Guzmán) al sistema de partidos14.

La selección y obtención de una candidatura efectivamente tiene que ver con cómo se da el proceso de nominación al interior del partido así como también el nivel de inclusión, ya que quién/es elige puede ser una persona, varias ó todos los miembros de la organización. Así, la realización de internas implica un mayor nivel de participación al interior del partido versus la decisión personal de quien lidera el partido y que excluye a los miembros. De esta manera, es posible determinar cuál es la relación entre las elites partidistas y los potenciales gobernantes.

En síntesis, históricamente los partidos políticos se han caracterizado por ser estructuras sexistas donde hasta hace poco las mujeres no figuraban en sus filas. Acceder a las elites al interior de los partidos no es fácil, ya que generalmente se caracterizan por ser círculos cerrados, las cuales en su mayoría están constituidas por varones. Son numerosos los países donde las mujeres conforman “la mitad o más del total de miembros del partido y, sin embargo, rara vez disfrutan de una posición igual a la de los hombres tanto en los comités ejecutivos como entre los candidatos a los cargos de elección popular” (Ríos 2006: 24).

La participación femenina al interior de los partidos políticos, se ha incrementado cuantitativamente a través del tiempo. Sin embargo, cualitativamente, este aumento no se ve reflejado. Al respecto, Htun (2000)afirma que la presencia de las mujeres en la actividad política sigue siendo reducida, pese al aumento de participación femenina15.

En gran parte de América Latina, las directivas de los partidos políticos adolecen de representación femenina, cuestión que se traduce en una subrepresentación de las mujeres16. Hecho que a su vez, se transforma en un déficit del sistema democrático, toda vez que existe un sector de la población que no logra insertarse con “naturalidad” al interior de los partidos políticos, situación que puede explicarse en parte, por la existencia de una serie de obstáculos de carácter político y el nivel de democracia interna.

Las consecuencias que tiene la democracia interna para la paridad de género, se manifiestan claramente en mecanismos tales como el reclutamiento de candidatos, el grado en que se promueve la participación de las mujeres al interior del partido ó la ubicación que le otorgan a la mujer en la elaboración de una lista electoral.

Las discusiones que giran en torno a la equidad de género y la democracia (Phillips 1996), señalan que los derechos ciudadanos de las mujeres y el de participar en igualdad de condiciones que los hombres en las instancias de poder y de toma de decisiones, es una condición necesaria para avanzar en el proceso de democratización.

Que los partidos políticos tengan efectivamente democracia interna, significa no solamente asegurar una participación efectiva de sus miembros sino además, implica per sé considerar la relación de paridad, esto significa por ejemplo:

  1. Que un partido puede tener un discurso democrático hacia fuera y no en su interior



  1. Que el partido efectivamente asuma que la democracia interna no se agota en la selección de candidatos y mucho menos, en las listas internas que presentan las elites del partido.



  1. Que efectivamente el partido no considere la paridad como un elemento de democracia interna en su interior.

En este contexto, la selección de candidatos es un tema a considerar al interior de los partidos ya que diferentes estudios demuestran que las mujeres poseen menos recursos que los hombres en su carrera hacia el poder.17

Por último. Las democracias occidentales son democracias de partidos políticos y por lo tanto, “la vida política está regulada por la acción de los partidos políticos…y, son ellos quienes presentan candidatos a las elecciones” (Norris, 58), incidiendo directamente en la calidad de la democracia.

Las consecuencias de la democracia interna que tienen los partidos políticos en Chile, se reflejan en los puestos que tienen las mujeres al interior de los partidos políticos y en los cargos de representación a los cuáles la mayoría accede mediante respaldo de sus partidos.

Mujeres y política en Chile:

Según el estudio realizado por IDEA “Mujeres en el Parlamento. Más allá de los números”, los partidos políticos son los que controlan el acceso y el avance de las mujeres en las estructuras de poder, cuestión que se traduce en que las mujeres están subrepresentadas en diferentes comités de dirigencias de partidos y en las candidaturas para elecciones.

En algunos países, se han dado cambios en la legislación, con el fin de favorecer la participación de las mujeres, cuestión que luego se ha visto reflejada en los estatutos de partidos políticos. Pero, también hay países en los cuales no existe legislación al respecto y son los partidos los que adoptan o no, normas de cuotas de género.

Mecanismos de acción afirmativa:

Las mujeres rara vez ocupan cargos o puestos con toma de decisiones (Kirkwood 1990, Valcárcel 1990,Amorós 1995). Así como rara vez los partidos apoyan con suficientes recursos financieros la candidatura de mujeres. Las investigaciones indican que existe una estrecha correlación entre el número de mujeres nominadas y el de candidatas que resultan elegidas. Pese a ello, se suele colocar a las mujeres en las listas de forma que no resulten elegidas si el partido no gana suficientes votos (Bareiro 2004).

Producto del lento avance de la representación femenina, se han implementado diferentes métodos para potenciar la participación de la mujeres. Conocidos como mecanismos de Acción Positiva18, en el ámbito de la política, estos mecanismos intentan cambiar “las prácticas actuales por las cuales las mujeres quedan subrepresentadas en las esferas de poder y aumentar su capacidad de participación en la toma de decisiones y en los niveles directivos” (SERNAM, 2002:10). Como medidas concretas de acción positiva, se han propuesto dos soluciones: las cuotas y la paridad.

  1. Cuotas: Conocidas también como cupo de representación mínima. Las cuotas son un mecanismo de acción positiva que intenta terminar con la discriminación.

Brevemente, es posible señalar que este mecanismo busca garantizar una determinada proporción de cupos de mujeres respecto de la totalidad de candidatos en cargos electivos. Al respecto existen experiencias tanto de gobiernos como de partidos políticos con diferentes tipos de cuota19 (Constitucional, legislativa o por iniciativa de partidos políticos).

  1. Sistema de Representación Proporcional, permite que los partidos mediante la ley electoral puedan contar con un cierto número de candidatas, sin que ninguno de los sexos supere una cierta proporción.



  1. Cuotas Informales son aplicables por los propios partidos políticos, los cuales regulan este mecanismo a través del reglamento interno, asegurando con ello un cierto número de candidaturas a elecciones populares o elecciones internas

El establecimiento de las cuotas por parte de países o bien de partidos políticos, ha permitido no solamente un debate respecto de la eficacia de este tipo de acción afirmativa sino además, ha centrado el interés en las cifras. Actualmente, existen 50 países que han adoptado la ley de cuota, de los cuales 12 son de América Latina (Ríos 2006: 32)20.

CUADRO N° 1: PARTIDOS POLÍTICOS EN AMÉRICA LATINA CON SISTEMA DE CUOTAS

País

Partido Político

Cuota


Brasil

Partido dos Trabalhadores

30%

Chile

Parido Socialista

Partido Por la Democracia

Partido Demócrata Cristiano

30%

40%

20%

Costa Rica

Part. Unidad social Cristiana

40%

El Salvador

Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional

35%

México

Part. Revolucionario Democrático

Part. Revolucionario Institucional

30%

30%

Nicaragua

Frente Sandinista de Liberación Nacional

30%

Paraguay

Asociación Nacional Republicana

20%

Venezuela

Partido Acción Democrática

Movimiento por la V. República

20%

30%
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